Tema: Lamentable
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Antiguo 20-04-2008, 15:38:53
El Moscardon
 
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Predeterminado Lamentable

Uno de los primeros temas que debe acometer este gobierno es la reforma de
la ley del aborto. Máxima prioridad, máxima urgencia.

--
Mosqui


Marcos y Laura están en la cafetería del hospital Robert Debré, de París.
Una gran maternidad blanca por la que cruzan sin cesar embarazadas y niños
camino del pediatra. En esa cafetería tienen que decidir, en una hora más o
menos, si van a pedir que a Laura se le practique un aborto. Está en el
octavo mes de embarazo. Los resultados de las últimas pruebas indican que es
más que probable que el niño nazca con gravísimos problemas físicos y
psíquicos. Quizá sea un vegetal toda su vida. O quizá no pueda hablar ni
caminar, tenga un importante retraso mental, terribles y constantes
convulsiones y sea, además, ciego. Nadie les dice con seguridad lo que le
espera a su hijo, pero las perspectivas son devastadoras.

La decisión no es fácil. Es un hijo muy deseado, ya casi un bebé. Un aborto
será algo extremadamente traumático. Pero tampoco quieren traer a este mundo
a un niño para que viva con terribles sufrimientos.

Nunca se debió llegar hasta este punto. Las primeras noticias de que algo
podría ir mal en el feto las recibieron poco antes de cumplirse las 22
semanas, plazo legal para interrumpir el embarazo en España. Pero distintos
diagnósticos y la rigidez de la ley española les han llevado al octavo mes
de embarazo y a París, a 1.000 kilómetros de su lugar de residencia, Madrid.
Desde esa semana 22 su vida ha sido un infierno de viajes, consultas a
médicos, llantos, incertidumbre y desesperación. Y, dos meses y medio
después de esa sospecha, están en una cafetería de hospital de una ciudad
desconocida, con un idioma desconocido, para tomar una de las decisiones más
difíciles de su vida.

La pesadilla había comenzado tres días antes de Nochebuena, el 21 de
diciembre del año pasado, con estas palabras: "Me temo que algo no va bien,
nada bien". La doctora de un centro privado madrileño dio a Laura la mala
noticia. Era la segunda ecografía que le hacían, la del segundo trimestre
del embarazo. Laura rompió a llorar y llamó a Marcos, que estaba aparcando.
La doctora les explicó que el tiempo corría en su contra, les contó lo de
las 22 semanas y les recomendó ir rápidamente a un hospital.

La pareja salió corriendo hacia La Paz, hospital público con una prestigiosa
maternidad. Un doctor mayor y experimentado les atendió: "Lo que ha dicho
esa doctora es una barbaridad. Este feto está perfectamente. No veo
absolutamente nada raro".
Fue un gran alivio. Un diagnóstico contundente, claro y positivo. Justo lo
que querían escuchar en ese momento. Salieron de la consulta contentos,
tranquilos, y odiando a la primera doctora. ¿Cómo había podido equivocarse?
Se fueron a pasar las navidades a Sevilla, con la familia de Marcos.
De vuelta en Madrid, acudieron al hospital Ramón y Cajal para otro examen.
Mal asunto. Al parecer, la primera doctora no se había equivocado. Les
recomendaron ir a una clínica privada para que le hicieran a Laura más
pruebas rápidamente, porque en el hospital iban a tardar demasiado. El
tiempo seguía pasando. La resonancia magnética no dejó lugar a dudas: el
feto tenía lesiones irreversibles. Pero las 22 semanas ya habían pasado.

-El feto no está bien, pero yo no puedo firmar nada ni recomendar un aborto
porque estamos fuera de plazo, les dijo el médico del Ramón y Cajal

-Pero entonces, ¿qué hacemos?

-No sé, eso es muy personal.

A partir de ese momento comenzó un periplo imposible por clínicas privadas y
hospitales en distintas ciudades. Acudieron a seis centros y les vieron al
menos 15 médicos. Nada. Todos coincidían en el diagnóstico de la
malformación pero, después de los últimos escándalos y procedimientos
judiciales, las clínicas no se atrevían a practicar abortos de más de 22
semanas a pesar de que la ley lo permite si hay grave riesgo para la salud
psíquica de la madre. Empezaron a escuchar toda suerte de barbaridades:

-Vayan ustedes a Colorado. Allí hay una clínica que está muy bien:
viajecito, hotel de lujo y os solucionan el problema.

-El feto es inviable, pero es demasiado tarde para abortar.

-Tenéis toda la razón, pero no podemos hacer nada. Eso aquí supone cárcel.

En Sevilla casi lograron convencer a un hospital público para que practicara
el aborto a Laura. Pero apareció un problema burocrático inesperado: "Ah,
no, con la tarjeta sanitaria de Madrid no puede ser", escucharon
desesperados. El Estado de las autonomías y la campaña antiabortista les
dejaban sin salida. Mientras tanto, el feto seguía creciendo.

Un domingo leyeron en la prensa un artículo sobre parejas en su misma
situación que se habían ido a abortar a París. Atisbaron una solución más
cercana que Colorado y empezaron con los trámites.

El martes 5 de febrero, a las ocho de la mañana y con Laura casi en su
séptimo mes de embarazo, volaron a París. Un amigo danés que vivía en la
capital francesa les había pedido cita en el hospital. Debían estar allí a
las 12.30. Laura había pasado los dos días anteriores en la cama, llorando.

En París comienza la segunda odisea de la pareja. En el hospital Robert
Debré, público, les reciben con toda la amabilidad del mundo. Incluso buscan
una persona que hable español. Una doctora ve todas las pruebas e informes
de los médicos españoles. Aparentemente, coincide con el diagnóstico. Pero
les dice que es una junta médica la que debe valorarlo. La ley francesa
dispone que las mujeres pueden abortar libremente durante las primeras 12
semanas de embarazo. Después, sólo puede hacerse por malformaciones del feto
o grave riesgo para la salud de la madre. En estos casos, el aborto debe ser
consensuado por varios médicos. A Marcos y Laura les dicen que vuelvan el
viernes para conocer la decisión del centro.

Deben buscar alojamiento para esos días. Ninguno de los dos habla francés,
no conocen París y no tienen mucho dinero. Nada es tan fácil como habían
pensado. Buscar un hotel barato y cercano al hospital resulta una misión
casi imposible. De sitio en sitio, y con la ayuda del amigo danés, su única
vía para comunicarse, acaban en un hotel cerca del périférique, la M-30
parisiense. No tiene muy buen aspecto, pero al menos cuesta sólo 50 euros la
noche.

El hotel es un edificio viejo con empleados altivos y displicentes, moqueta
sucia y raída, paredes y puertas desconchadas de color rosa chicle y verde
calippo. Del ascensor entran y salen parejas formadas por franceses
cincuentones y senegalesas con aspecto de no llegar a los 18. Parece una
casa de citas. Las habitaciones tienen vistas al humo y los coches que
atraviesan sin cesar el périférique. Las ventanas no se pueden abrir, lo que
hace imposible ventilar el cuarto. El inodoro y la ducha están en dos
cabinas independientes de un material enclenque que parece plástico. Hay una
litera de forma extraña. Después de dos días, todo huele mal.

El lugar está, además, muy lejos del hospital. Necesitan hacer al menos tres
transbordos en el metro para llegar allí. Así que deciden salir del
hotel-prostíbulo infecto después de dos noches y buscar otra cosa. El que
encuentran vale 100 euros al día, el doble. Es un Ibis sin ningún lujo,
cerca de la céntrica Place de la République. Al menos pueden abrir las
ventanas y están a seis estaciones en metro directo del hospital, así que
deciden pagar más.

El miércoles y el jueves ocupan los días haciendo cualquier cosa. Algún
paseo por el Sena, por la catedral de Notre Dame, por la Torre Eiffel. Un
chocolate caliente con su amigo danés. A ratos se olvidan de la pesadilla,
del motivo por el que están en París. Pero son ratos cortos. "¿Cómo es
posible que nos esté pasando esto?", se pregunta Marcos "¿Qué ocurre en
España? ¿Es que los políticos no tienen hijas, y hermanas? ¿Es que nadie se
da cuenta de que esto es una barbaridad y que les pasa a muchas familias?
¿No saben que hay muchos diagnósticos tardíos de malformaciones fetales?".

Marcos es católico, pero abomina de algunas imposiciones de su Iglesia.
"Creo en Dios y en Jesús, pero a mí nadie me va a convencer de que una mujer
tiene que traer al mundo a un niño que va a nacer vegetal, o que va a morir
nada más nacer o que va a tener unos sufrimientos terribles. ¿Qué clase de
piedad es ésa? ¿Me van a obligar a que lo vea morir en mis brazos, recién
nacido?".

Laura apenas habla. Es ecuatoriana, pero lleva años trabajando en España.
Está muy nerviosa. Cada vez siente más a su bebé y no sabe qué debe hacer.
"Los médicos españoles nos recomendaban el aborto, pero decían que no podían
ayudarnos. Es para volverse loco", se queja. "Y lo que es más de locos es
que tengamos que salir de España como delincuentes, buscarnos la vida y
gastarnos aquí el dinero que no tenemos", añade Marcos.

Llega el viernes, el día de volver al hospital. Allí no les esperan buenas
noticias. Uno de los médicos de la junta no está seguro del diagnóstico, así
que les dicen que deben esperar. Deben volver en un mes para hacerles las
pruebas con una mayor precisión. Pero les indican que, aunque no es seguro,
lo más probable es que la malformación fetal revista una extrema gravedad.
Les dan cita para marzo, y a esperar.

El mes que pasan en España es aún peor que todo lo que han pasado. No saben
si tener esperanzas en que el niño esté bien o si prepararse para el mazazo
de que les digan que es mejor el aborto. Hablan mucho, piensan y lloran.
Intentan hacer vida normal, pero es casi imposible.

Llega el mes de marzo, y vuelven a París en la fecha señalada. Déjà vu:
vuelo de Air Comet, aeropuerto Charles de Gaulle, hospital Robert Debré.
Ahora es más fácil porque ya se lo conocen. Buscan un hotel cercano al
hospital y aguantan, pacientes, días de pruebas y charlas con médicos,
enfermeras y psicólogos.

Hasta que llega el momento crucial de la cafetería. Tienen una hora para
decidir qué hacer con su vida y con su hijo. Los médicos del hospital están
dispuestos a practicar el aborto. El feto no tiene cavum del septum
pellucidum -una parte del cerebro- y probablemente sufre displasia septo
óptica. Traducido al común de los mortales, una "gran putada para el niño",
en palabras de Marcos. Puede sufrir todo tipo de anomalías físicas y
psíquicas.

Cambian de opinión un millón de veces. Durante el fin de semana se lo
replantean una y mil veces. Finalmente, deciden practicar el aborto.
"Cualquier decisión era difícil", dice Marcos. "A ver cómo nos recuperamos
de esto, sobre todo Laura".

"Ha sido una pesadilla infinita", prosigue. "Pero sólo tenemos palabras de
agradecimiento para el hospital de París. Nos dieron todo el apoyo médico y
humano que en nuestro país nos negaron. Esperamos, de verdad, que los
partidos políticos se den cuenta de que no pueden abandonar así a sus
ciudadanos". Han pasado, probablemente, los peores tres meses de su vida. Ni
Laura es Laura ni Marcos es Marcos. "Preferimos no dar nuestros nombres. Ya
hemos tenido bastante", dicen los dos. Ahora quieren descansar, recuperar
poco a poco la tranquilidad, sus trabajos, y pasar una temporada en Ecuador,
con la familia de ella.

A las españolas siempre les quedará París. Pero en estos casos, como el de
Laura y Marcos, es una tragedia. Aunque venga adornada con el Sena y los
Bateaux-Mouches.

http://www.elpais.com/articulo/socie...lpepisoc_2/Tes


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