Deudas Impagadas Extraído de el blog, el nuevo y flamante artículo de ACEGE:
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DEUDAS IMPAGADAS
En el final de su trayectoria, un veterano alcalde (Spencer Tracy) se
despide de todos aquellos que, durante años, han formado su equipo de
colaboradores.
Uno de ellos es un gordo bonachón, al que todos subestiman y consideran algo
bobo, pero que durante años ha sido su más alegre y leal admirador. Así que,
con gran ternura, Tracy le pregunta : "Dime, ¿Cómo le agradecerías a un
hombre un millón de sonrisas?" . A lo que el interpelado, sin tener
conciencia de que se refiere a él mismo, sólo puede responder con inocencia
: "Pues no sé... ¿De quién estamos hablando?" .
La escena pertenece a la película "El Ultimo Hurra", de John Ford. Pero
podría perfectamente aplicarse a los artistas que, durante décadas en muchos
casos, hicieron del entrañable "TBO" una de las cabeceras míticas del comic
español, probablemente sin tener conciencia de su trascendental legado :
Manuel Urda, Marino Benejam, Josep Coll, Ramón Sabatés o José María Blanco,
entre otros, fueron los responsables de la hazaña que supone convertir al
TBO durante más de 90 años (que se dice pronto), pese a los ineludibles
períodos de oscuridad e intermitencia, en fuente de diversión para miles de
españoles de diversas generaciones. Parafraseando a Churchill, nunca tantos
debieron tantas sonrisas a tan pocos.
Y sin embargo, el reconocimiento que ese formidable logro sin duda merece ha
brillado hasta ahora por su ausencia. Los mismos fastos que, por ejemplo, se
han empleado por parte de la crítica del medio para hacer justicia al legado
de la Escuela Bruguera (que irónicamente fue durante décadas la gran rival
del TBO en el comic humorístico hispano), con los dos excelentes libros de
Antoni Guiral como colofón, se le han sido negados sistemáticamente a la
publicación de Joaquín Buigas, poco estudiada , escasamente homenajeada y
colocada siempre en un segundo plano del olimpo comiquero de nuestro país.
La excusa para ese ninguneo ha sido la falta de "contenido" y el presunto
"infantilismo" de su propuesta humorística. En el TBO no existía la ácida
visión de la sociedad franquista y sus miserias tan aplaudida en la Escuela
Bruguera, ni la violenta visceralidad que mostraban sus personajes; mensaje
y violencia , dos de los tres puntales (el tercero era el sexo, obviamente
impensable en aquel contexto histórico) que componen, a ojos de los
analistas más superficiales y estrechos de miras, los rasgos definitorios de
un comic "adulto". Sin darse cuenta, claro, de que tal postura es sólo la
visión simplona y reduccionista procedente de una facilona inversión de las
anteojeras censoras : "Si ellos, que consideran el comic infantil por
definición, abominan de esas tres cosas, es porque deben ser las que marcan
la diferencia entre infantilismo y madurez, ¿no?". Y dejémonos de
complicaciones.
No es una premisa exclusiva del humor gráfico : Recuérdese por ejemplo como
el gran Miguel Gila, en su faceta de "stand-up comedian" por los teatros y
televisiones del mundo hispano, era considerado un humorista "menor" en
comparación con aquellos colegas que hacían chistes políticos (en la medida
de lo posible, claro) o imitaban al famoso de turno de forma vitriólica.
Todo ello, claro está, hasta que alguien cayó en la cuenta de que los
políticos y los famosos pasaban de moda, y el humor centrado en ellos
también, por coyuntural y episódico, mientras que los clásicos monólogos de
Gila sobre su peculiar nacimiento, su pintoresca familia o sus experiencias
en la guerra permanecían tan frescos y carcajeantes como el primer día pese
a su antigüedad.
Con el TBO, parece que aún no se ha caído en la cuenta de que su longevidad
y frescura permanentes, con casi un siglo de vida a sus espaldas (más que
ningún otro comic creado en este país), certificada en las reediciones
periódicas de su material (como los 6 tomos recopilatorios, más el de Super
Humor y el de los Inventos de TBO lanzados por B estos últimos años) no
puede explicarse simplemente en virtud de la nostalgia, habida cuenta de que
muchos de los que lo compramos no habíamos nacido siquiera cuando ese
material se publicó ; ni tampoco por el mero interés arqueológico, que sólo
posee una cantidad ínfima de aficionados al comic, demasiado escasa como
para merecer una reedición como esta.
Tiene que haber algo más, vaya. Como en el caso de la Escuela Bruguera,
tiene que haber un verdadero interés por parte de los lectores, quizá no
multitudinario, pero sí muy por encima de lo testimonial o minoritario, en
los comics del TBO, y para más inri en su producción más clásica (la de las
décadas doradas de los 50 y 60), porque lo que sí que no ha acabado de
funcionar son los intentos de "actualizar" sus contenidos, pese a ser
comandados en su día por gente tan solvente como Joan Navarro. Es "el TBO de
siempre" el que se ha ganado la inmortalidad, el que puede reeditarse una y
otra vez sin agotamiento, y por tanto son sus méritos los que han hecho
posible tal milagro en un medio como el comic en el que frecuentemente lo
publicado ayer por la tarde, mañana ya estará olvidado y descatalogado.
¿Cuales son esos méritos? Probablemente haría falta todo un libro para
analizarlos debidamente (y espero que alguien lo escriba de una vez, porque
se trata de un vacío clamoroso en la tímida bibliografía hispana sobre
comics), labor esta que un simple aficionado como yo no está capacitado para
hacer. Pero lo que sí puedo exponer es lo que un servidor, personalmente,
encuentra en el TBO ; lo que aprecia en su legado y lo que ha hecho que, con
el tiempo, haya pasado de la indiferencia que esa publicación me suscitaba
en mi adolescencia, cuando la vi por primera vez, a la admiración
incondicional que le profeso en la actualidad.
El primer factor que me maravilla del TBO es su inabarcable variedad, ligada
sin duda a sus peculiares premisas de publicación. Mientras que la Escuela
Bruguera apostó en su etapa dorada por los personajes fijos y el formato
standard de historietas de una página, en el TBO la pauta a seguir fue la
relativa libertad de extensión de sus trabajos y la carencia en ellos , con
la excepción inicial de Benejam (Melitón Pérez, La Familia Ulises, Morcillón
y Babalí) de protagonistas reiterativos hasta su última etapa (que no en
vano es el comienzo de su decadencia) en la que estos cada vez adquieren más
espacio de la mano de diversos autores (Altamiro de la Cueva, Josechu el
Vasco, etc.). Eso dota sin duda de una mayor frescura y diversidad al TBO,
en la medida en que los personajes fijos implican, a la larga, la repetición
de unos rasgos y hasta unas fórmulas humorísticas preestablecidas (véase la
característica última viñeta de los personajes Bruguera, casi siempre con el
protagonista huyendo de alguien que quiere atizarle). El TBO por tanto no
tiene ataduras en ese sentido, y eso se nota en el resultado, menos manido y
tópico.
Lo mismo puede decirse de la extensión de sus trabajos, que obligada por la
necesidad de "exprimir" a fondo cada página del "oro blanco" que por los
años 50 era el papel, huye de la estandarización : Dos páginas, una página,
media página, tres cuartos de página, una tira de cuatro o cinco viñetas,
horizontal o vertical, etc. Cierto es que, al igual que ocurre con la
Escuela Bruguera, eso no implica grandes audacias de composición, ya que el
sistema de rejillas de viñetas cuadriculadas con el mismo tamaño es la
tónica habitual, pero aún en eso excepciones que confirman la regla son más
abundantes en el TBO que en sus competidoras (liberación de marcos en las
viñetas, intercalado de viñetas redondas entre las cuadradas, etc.) ,
dejando claro que la libertad narrativa era a todas luces mayor , dentro de
los márgenes establecidos .Y todo ello, repito, añade frescura al resultado.
Otro factor esencial en mi admiracion por el TBO es su apuesta por el humor
visual. En la Escuela Bruguera la verbalización es muy superior : La mayoría
de los gags se construyen a partir de situaciones descritas en los dialogos,
y son ellos, no los dibujos, los que provocan la sonrisa. En el TBO la
tendencia opuesta es mucho más habitual : Si bien es cierto que numerosas
historias mantienen gruesas parrafadas en sus bocadillos, frecuentemente el
texto se sitúa en un segundo plano y es el dibujo el que, con clara
influencia del slapstick cinematográfico, toma el verdadero protagonismo de
los gags , y de hecho las historietas mudas son moneda común. Siendo como es
el comic un medio primordialmente visual, eso constituye desde mi punto de
vista un mérito innegable, tanto más en cuanto no deja de abrir la puerta al
tan comentado surrealismo propio del TBO.
Y es que ese sería otro valor a destacar : El imperio de la imaginación.
Siendo la fantasía tan poco valorada por la crítica ceñuda (que no seria),
no es extraño que la vocación de retrato miserabilista mostrada por la
Escuela Bruguera en los años más duros del franquismo sea tan aplaudida como
despreciado el "cómodo escapismo" practicado por el TBO, que para mí no es
tal, sino un proceso de reinvención de la realidad que recuerda al de los
personajes de tantos films de Terry Gilliam.
Desde mi punto de vista los grandes humoristas se caracterizan por una
visión propia, exclusiva y personalísima de la condición humana y el mundo
en el que vivimos. Y tienen dos vías para conformarla : O bien mediante el
análisis crítico e irónico de esos elementos, o bien a través de la
reinvención de ambos con ayuda de la fantasía, dotándoles así de nuevas
posibilidades creativas. Ninguna de estas vías tiene por qué ser más válida
que la otra, y muchos autores como Bill Watterson usan ambas a la vez :
Véanse por ejemplo las reflexiones casi filosóficas de Calvin sobre la
sociedad actual por un lado, y sus fantasías como"Capitán Spiff" por otro.
En el caso del TBO, la segunda opción fue claramente la elegida a base no de
crear un universo imaginario de hadas, hechiceros, monstruos o reinos
soñados, sino de hacer creer al lector (al menos durante el instante que
dura su lectura) que en su mundo real de la España gris y reprimida de los
50 existían vías de fuga a lo insólito, grotesco o sorprendente que ni tan
siquiera imaginaba.
Quizá el paradigma de lo que digo sean los celebérrimos "Grandes Inventos de
TBO", creados por Nit con clara influencia de las "Inventions" de Rube
Goldberg y posteriormente retomados por otros artistas como Benejam o el
malogrado Ramón Sabatés, que han dado lugar incluso a una deliciosa
exposición itinerante por diversas ciudades españolas. En ellos, con la
apariencia de un sesudo descubrimiento científico, se elaboraban los más
carcajeantes y aparatosos artilugios encaminados a lograr los fines más
insignificantes, o se desgranaban las ideas más disparatadas con la pompa y
circunstancia propias de un hallazgo básico en la Historia de la Humanidad.
Desde los melones con forma (y uso) de ladrillo hasta el armazón metálico
pensado para favorecer el crecimiento (colocando un potente imán en su
extremo superior que tiraba del mismo hacia arriba), pasando por gigantescos
mecanismos encaminados a descorchar una simple botella, las peculiares
invenciones del Profesor Franz de Copenhague supieron otorgar al árido mundo
de la tecnología, una de las obsesiones más veneradas por la atrasada y
cateta España franquista, de un insólito humor rebosante de imaginación y
socarronería, no exento de crítica ridiculizante.
En la misma línea se manifestaron las dos grandes estrellas del TBO, Benejam
y Coll, desarrollando el primero toda una serie de aventuras dignas de un
Verne o un Salgari enloquecidos (véanse los pecualiares métodos de Eustaquio
Morcillón para enfrentarse a los peligros de la selva virgen africana)
mientras que el segundo moldeaba a su gusto las leyes de la física para
convertir las anécdotas más nimias en pequeñas joyas de surrealismo
cotidiano. Resulta curioso, en ese sentido, que ambos maestros no estuvieran
muy alejados de las dos luminarias indiscutibles de la Escuela Bruguera,
Francisco Ibáñez y Manuel Vázquez, tan aficionados a mostrar las mismas dos
tendencias. Probablemente porque todos los genios del humor acaban
convergiendo en territorios similares o, al menos fronterizos.
El resultado es que, resumiendo lo dicho, por unas razones u otras, el
legado del TBO me parece uno de los más inmensos y ricos de toda la Historia
del Comic Español, y también, por desgracia, uno de los menos reconocidos.
(O al menos no tanto como se debiera). De ahí que constituya a mi juicio la
deuda impagada más clamorosa del comic de nuestro país. También lo era en
cierto sentido para mí caso personal, en la medida en que, tras varios años
escribiendo en un foro de noticias de comics, nunca le había dedicado al TBO
el homenaje que merecía por el incontable gozo que me ha regalado durante
años. Al menos estas líneas me han permitido, a nivel particular, pagar
humildemente mi propia deuda con él, y dejar constancia de mi eterno
agradecimiento al TBO y a los que le hicieron grande durante décadas.
Agradecimiento, entre otros motivos, por haberme confirmado lo que tantos
optimistas han defendido a lo largo de la Historia : Que otro mundo mejor es
posible... Y también lo que tantos pesimistas han constatado
melancólicamente con el paso del tiempo : Que sus fronteras nunca
sobrepasaron ni sobrepasarán los límites del papel impreso.
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