Algo sobre el ojo I
Los creacionistas que intentan desplegar el argumento de la
improbabilidad
a su favor siempre asumen que la adaptación biológica
en un asunto del premio mayor o nada. Otro nombre para la falacia
del “premio mayor o nada” es “complejidad irreductible” (CI). O el ojo
ve; o no ve. O el ala vuela; o no vuela. Asumen que no existen
intermediarios
útiles. Pero esto está simplemente equivocado. Tales intermediarios
abundan en la práctica—que es exactamente lo que esperaríamos
en teoría. La cerradura de combinación de la vida es un artefacto
de encuentra a la pantufla: “caliente, frío, caliente”. La vida real
busca la suave pendiente de la parte trasera de la Montaña Improbable;
mientras los creacionistas están ciegos ante todo excepto el
descorazonante
precipicio del frente.
Darwin dedicó un capítulo completo del Origen de las Especies a
las “Dificultades sobre la teoría de la descendencia con
modificación”;
y es justo decir que este breve capítulo anticipó y dispuso cada una
de las supuestas dificultades que han sido propuestas desde entonces;
hasta el día de hoy. Las dificultades más formidables son los “órganos
de extrema perfección y complicación” de Darwin; algunas veces
erróneamente descritos como “irreductiblemente complejos”. Darwin
particularizó al ojo como presentando un particular y desafiante
problema: “Suponer que el ojo; con todas sus inimitables
planificaciones
para ajustar el foco a diferentes distancias; para admitir diferentes
cantidades de luz; y para la corrección de las aberraciones cromáticas
y esféricas, pudo haberse formado mediante la selección natural;
parece, lo confieso libremente, absurdo en el más alto grado”. Los
creacionistas se deleitan en citar esta frase una y otra vez. No es
necesario
decir; que ellos no citan lo que sigue. La exagerada confesión
libre de Darwin; resultó ser un artefacto retórico. Él estaba
atrayendo
a sus oponentes hacia él para que cuando su puñetazo llegase, golpease
lo más fuerte posible. El puñetazo; por supuesto, fue la explicación
sin esfuerzo de Darwin sobre exactamente como evolucionó el
ojo gradualmente. Puede que Darwin no haya usado la frase:
“complejidad
irreductible”: o “la suave pendiente hacia arriba de la Montaña
Improbable”, pero él, claramente, entendía el principio de ambas.
“¿Para qué sirve la mitad de un ojo?” y “¿Para qué sirve la mitad
de un ala?” son ambas; instancias del argumento de la “complejidad
irreductible”. Se dice que una unidad funcional es irreductiblemente
compleja si la remoción de una de sus partes provoca que su totalidad
deje de funcionar. Esto ha sido asumido como evidente en sí
mismo para ambos; los ojos y las alas. Pero tan pronto como le
dedicamos
a estas asunciones un momento de pensamiento, vemos inmediatamente
la falacia.
Un paciente de cataratas con el lente de su ojo removido
quirúrgicamente,
no puede ver imágenes claras sin usar lentes; pero puede
ver lo suficiente para no chocar con un árbol o caer por un
precipicio.
La mitad de un ala; de hecho, no es tan buena como un ala completa;
pero ciertamente es mejor que ningún ala en lo absoluto. La mitad de
un ala puede salvar su vida suavizando su caída desde un árbol de
cierta altura. Y el 51 por ciento de un ala puede salvarlo a usted si
cae desde un árbol ligeramente más alto. Cualquiera sea la fracción
de ala que usted tenga; existe una caída para la cual ella le salvará
su
vida; y donde un ala más pequeña no lo lograría. El experimento mental
con árboles de diferentes alturas desde los cuales uno podría caer;
es sólo una forma de ver, en teoría, que obligatoriamente debe existir
un suave gradiente de ventaja a todo lo largo, desde un uno por ciento
de ala, hasta un cien por ciento de ala.
Por analogía con los árboles de diferente altura, es fácil imaginar
situaciones en las cuales la mitad de un ojo salvaría la vida de un
animal, y donde el 49 por ciento de un ojo nó. Suaves gradientes son
proporcionados por variaciones en las condiciones de luz; variaciones
en la distancia desde la cual usted puede ver a su presa—o a sus
predadores. Y; al igual que con las alas, y las superficies de vuelo,
plausibles intermediarios son no sólo fácil de imaginar: ellos abundan
por todo el reino animal. Un gusano plano tiene un ojo; que conforme
a cualquier medida de sensibilidad, es menos de la mitad de un ojo
humano. El Nautilus ( y quizás sus extintos primos amonitas, que
dominaron los mares paleozoicos y mesozoicos), posee un ojo que es
intermediario en calidad entre el gusano plano y el ser humano.
El ojo “cámara hueco de alfiler” del Nautilus, puede hacer una
imagen real; pero es una imagen borrosa y obscura comparada con la
que vemos los humanos. Sería una precisión espuria colocarle cifras
al mejoramiento, pero nadie puede negar cuerdamente que estos ojos
de invertebrados; y muchos otros, son mejores que ningún ojo en lo
absoluto
Veremos como el ojo humano deja de ser una muestra de diseño
inteligente en la segunda parte |