EVIDENCIAS DE DISEÑO INTELIGENTE EN LA BIOQUÍMICA El Dr. Michael Behe, escritor del "best-seller" La caja negra de
Darwin, explica el concepto de la complejidad irreducible y su
implicación para el Diseño Inteligente. Con lenguaje sencillo y
explicaciones contundentes del mundo de la bioquímica, demuestra cómo
el darvinismo falla en explicar la evolución en los aspectos
microscópicos. Son estos los que, como sabemos hoy, y Darwin ignoraba,
están detrás de todos los procesos de los organismos vivos.
[NOTA: Algunos de los conceptos aquí mencionados están explicados e
ilustrados en otro artículo: “Máquinas Moleculares”.]
Una serie de ojos
¿Cómo vemos? En el siglo XIX, la anatomía del ojo se conocía en gran
detalle, y sus características sofisticadas asombraban a todos los que
estaban familiarizados con ellas. Los científicos de la época
observaron correctamente que si a alguien por desgracia le faltaba
sólo una de las características integradas del ojo, como por ejemplo,
el cristalino, el iris, o los músculos oculares, el resultado
inevitable sería un severo perjuicio de la visión, o la ceguera total.
Así que, concluyeron que el ojo sólo podía funcionar si se encontraba
básicamente intacto.
Charles Darwin también conocía el ojo. En El Origen de las especies,
Darwin contestaba a muchas objeciones de su teoría de la evolución a
través de la selección natural. Habló sobre el problema del ojo en una
parte del libro apropiadamente titulada: “Órganos de extrema
perfección y complicación”. Para que la evolución fuera creíble,
Darwin tuvo que convencer a todos de que los órganos complejos podrían
ser formados por un proceso gradual, paso a paso.
Triunfó de una forma brillante. Con astucia, Darwin no intentó
descrubrir un verdadero sendero que la evolución pueda haber seguido
al desarrollar el ojo. En cambio, señaló a los animales modernos con
diferentes tipos de ojos, yendo desde lo sencillo hasta lo complejo, y
sugirió que el proceso de la evolución del ojo pudo haber comprendido
órganos intermedios de distintos niveles de complejidad, semejantes a
los que se ven ahora en la naturaleza.
El argumento de Darwin
Podemos resumir el argumento de Darwin así: Aunque los seres humanos
tienen ojos complejos, tipo cámara fotográfica, muchos animales
sobreviven con menos. Algunos animales pequeños tienen un grupo
sencillo de células pigmentadas, o poco más que una mancha sensible a
la luz. Con un arreglo tan sencillo, no se puede decir que exista la
vista, pero sí que existe una percepción de luz y de oscuridad, y así
el funcionamiento del ojo cumple con las necesidades del organismo. El
órgano fotosensible de algunas estrellas de mar es algo más
sofisticado. Su ojo está ubicado en una región hundida. Esto permite
que el animal distinga la dirección desde dónde procede la luz, ya que
la curvatura de la hendidura bloquea la luz que viene de ciertas
direcciones. Si la curvatura se pone más pronunciada, el sentido
direccional del ojo mejora. Pero un aumento en la curvatura disminuye
la cantidad de luz que entra en el ojo, reduciendo así su
sensibilidad. La sensibilidad puede aumentar a través de la colocación
de un material gelatinoso en la cavidad, el cual funcionaría como
cristalino. Algunos animales modernos tienen ojos con cristalinos así
de primitivos. Mejoramientos paulatinos en el cristalino podrían con
el tiempo proveer una imagen con una nitidez creciente, según exigían
las necesidades del entorno del animal.
Utilizando este tipo de razonamientos, Darwin convenció a muchos de
sus lectores de que un sendero evolucionista conduce desde la mancha
fotosensible más sencilla hasta el sofisticado ojo de cámara
fotográfica del hombre. Pero queda la pregunta, ¿cómo empezó la vista?
Darwin persuadió a la mayoría del mundo de que el ojo moderno
evolucionó gradualmente desde una estructura más sencilla, pero ni
siquiera intentó explicar desde qué punto se originó la mancha
fotosensible. Al contrario, Darwin ignoró el asunto del origen
fundamental del ojo:
La forma en que un nervio llega a ser sensible a la luz no nos va a
preocupar más de lo que nos preocupa el origen de la vida misma.
Tenía una razón excelente para rechazar la pregunta: La ciencia del
siglo XIX no podía con ella. No se podía explicar en aquella época el
funcionamiento del ojo, o sea, lo que ocurre cuando un fotón de luz
hace contacto con la retina. En realidad, no se podía contestar
ninguna pregunta sobre los mecanismos fundamentales de la vida. ¿Cómo
causan los músculos el movimiento de los animales? ¿Cómo funciona la
fotosíntesis? ¿Cómo se extrae la energía de la comida? ¿Cómo lucha el
cuerpo contra la infección? Nadie lo sabía.
Para Darwin, la vista fue una caja negra, pero hoy, después del
trabajo duro y acumulativo de muchos bioquímicos, estamos acercándonos
a respuestas sobre el asunto de la vista. Aquí tenemos un repaso breve
de la bioquímica de la vista.
¿Cómo funciona la vista?
Cuando la luz toca la retina, un fotón reacciona con una molécula
llamada 11-cis-retinal, la cual se transforma en picosegundos a trans-
retinal. El cambio en la forma del retinal, fuerza un cambio en la
forma de la proteína, rodopsina, a la cual el retinal está fuertemente
unido. La metamorfosis de la proteína altera su comportamiento,
haciéndole unirse a otra proteína, llamada transducina. Antes de
chocar con la rodopsina activada, la transducina se había unido a una
pequeña molécula llamada GDP. Pero cuando la transducina reacciona con
la rodopsina activada, se cae la GPD, y una molécula llamada GTP se
une a la transducina. (La GTP está estrechamente relacionada con la
GDP, pero es muy distinta.)
La rodopsina, activada por la GTP-transducina, se une ahora a una
proteína llamada fosfodiesterasa, ubicada en la membrana interior de
la célula. Al unirse a la rodopsina activada y a su acompañante, la
fosfodiesterasa adquiere la capacidad de cortar químicamente una
molécula llamada cPMG (un pariente químico tanto de la GDP como de la
GTP). Inicialmente, hay muchas moléculas cPMG en la célula, pero la
fosfodiesterasa baja su concentración como cuando se saca el tapón de
la bañera, y se baja el nivel del agua.
Otra proteína de membrana que enlaza al cPMG es un canal de ion. Actúa
como una puerta que regula el número de iones de sodio que hay en la
célula. Normalmente, el canal de iones permite que los iones fluyan
hacia adentro de la célula, mientras que otra proteína los bombea
activamente otra vez hacia afuera. La acción dual del canal de iones y
de la bomba mantienen el nivel de los iones de sodio en la célula
dentro de unos parámetros pequeños. Cuando la cantidad de cPMG se
reduce, dividida por la acción de la fosfodiesterasa, el canal de
iones se cierra, causando una reducción en la concentración de iones
de sodio positivos. Esto a su vez causa un desequilibrio de carga a
través de la membrana celular, el cual, por fin, precipita la
transmisión de una corriente por el nervio óptico hasta el cerebro. El
resultado, interpretado por el cerebro, es la vista.
¿Complicado?
Mi explicación es un repaso bosquejado de la bioquímica de la vista.
Pero al fin y al cabo, esto es lo que significa “explicar” la vista.
Es el nivel de explicación hacia el cual la ciencia biológica tiene
que apuntar. Para entender verdaderamente una función, hay que
entender también cada paso relevante del proceso. Al final, los pasos
importantes de un proceso ocurren a nivel molecular, así que, una
explicación satisfactoria de un fenómeno biológico como la vista, o la
digestión, o la inmunidad ha de incluir la explicación molecular.
Ahora que se ha abierto la caja negra de la vista, ya no vale la pena
considerar la estructura anatómica de la totalidad de los ojos para
conseguir una “explicación evolucionista” de este fenómeno al estilo
darviniano del siglo XIX, y como lo continúan haciendo hoy en día los
que pretenden popularizar la evolución. Cada uno de los procesos y de
las estructuras que Darwin creía tan sencillos, en realidad comprenden
procesos bioquímicos de una complejidad asombrosa que no se pueden
tapar con retórica. Ahora se ha revelado que los pasos sencillos de
Darwin son en realidad saltos inmensos entre máquinas perfectamente
afinadas. De esa manera, la bioquímica presenta un desafío
liliputiense para Darwin. Ahora se ha abierto la caja negra y está a
la vista un mundo liliputiense de una complejidad maravillosa. Este
tiene que ser explicado.
La complejidad irreducible
¿Cómo decidimos si la teoría de Darwin puede tomar en cuenta la
complejidad de la vida molecular? Resulta que el mismo Darwin
estableció la norma. Reconoció que:
Si pudiera ser demostrada la existencia de algún órgano complejo que
no se hubiera formado a través de pequeñas modificaciones sucesivas y
numerosas, mi teoría se desintegraría totalmente.
Pero, ¿qué clase de sistema biológico no podría haberse formado a
través de “pequeñas modificaciones sucesivas y numerosas”? Pues, para
empezar, un sistema que sea irreduciblemente complejo. “Complejidad
irreducible” es una frase altisonante que utilizo para hablar de un
sólo sistema que está compuesto de varias partes interrelacionadas, en
donde la extracción de cualquier parte precipitaría el cese del
funcionamiento del sistema.
Consideremos un ejemplo cotidiano de complejidad irreducible: la
humilde ratonera. Las ratoneras que mi familia utiliza tienen varias
piezas. Son: 1) una plataforma de madera que sirve de base; 2) un
martillo de metal que aplasta al ratoncito; 3) un muelle con
extensiones que empujan contra la plataforma y el martillo cuando la
trampa está cargada; 4) un enganche sensitivo que se suelta bajo una
presión mínima, y 5) una barra de metal que se conecta al enganche, y
aguanta el martillo cuando la trampa está cargada. Ahora, no se puede
atrapar a unos pocos ratones con una plataforma, y luego a unos
cuantos más si añades un muelle, y a otros más si añades una barra.
Tienen que estar en su sitio todas las piezas de la ratonera antes de
que puedas atrapar algún ratón. Así que, la ratonera es
irreduciblemente compleja.
Un sistema irreduciblemente complejo no puede producirse directamente
por medio de pequeñas modificaciones sucesivas y numerosas de un
sistema precursor, porque si le falta una pieza a cualquier precursor
del sistema irreduciblemente complejo, ese precursor es por definición
inoperante (no funciona). Un sistema biológico irreduciblemente
complejo, si existe tal cosa, sería un desafío poderoso a la evolución
darviniana. Como la selección natural sólo puede escoger sistemas que
ya funcionan, entonces, un sistema biológico que no se pueda producir
gradualmente, tendría que surgir como una unidad íntegra, de repente,
para que la selección natural pudiera escogerlo.
Demostrar que un sistema es irreduciblemente complejo, sin embargo, no
es una prueba de que no exista ningún proceso paulatino hacia su
producción. Aunque no se puede producir directamente un sistema
irreduciblemente complejo, tampoco se puede descartar la posibilidad
de una ruta indirecta a su producción. Sin embargo, al aumentar la
complejidad de tal sistema, la posibilidad de la ruta indirecta
disminuye drásticamente. Y al aumentar el número de sistemas
biológicos inexplicables e irreduciblemente complejos, sube también
como un cohete la seguridad de que el criterio de fracaso que el mismo
Darwin propuso, se ha cumplido.
El cilio
Ahora, ¿existen sistemas bioquímicos que sean irreduciblemente
complejos? Pues, sí, resulta que hay muchos. Un buen ejemplo es el
cilio. Los cilios son filamentos vibrátiles de superficie, propios de
muchos animales y de células de plantas sencillas, que sirven para la
locomoción y el trasiego de sustancias del ambiente. En los seres
humanos, por ejemplo, cada una de las células que forran el aparato
respiratorio tiene alrededor de 200 cilios que se mueven sincronizados
para barrer la mucosidad hacia la garganta para su posterior
eliminación. ¿Cómo es la estructura del cilio? Un cilio está
constituído por un bulto de fibras que se llama el axonema. Un axonema
contiene un anillo de 9 microtúbulos dobles que rodean a dos
microtúbulos centrales independientes. Cada pareja de túbulos
exteriores consiste en un anillo de trece filamentos (subfibra A)
fusionados a un conjunto de 10 filamentos (subfibra B). Los filamentos
de los microtúbulos están compuestos de dos proteínas que se llaman
tubulina alfa y tubulina beta. Los 11 microtúbulos que constituyen el
axonema se mantienen unidos a través de tres tipos de conexiones: las
subfibras A se juntan a los microtúbulos centrales por medio de
radios; las parejas exteriores adyacentes se unen por medio de enlaces
hechos de una proteína altamente elástica llamada anexina; y los
microtúbulos centrales se juntan por un puente conector. Por último,
cada subfibra A lleva dos brazos, uno interior y otro exterior; los
dos contienen una proteína llamada dineína.
Pero ¿cómo funciona un cilio? Los experimentos han demostrado que la
locomoción ciliar es el resultado del “andar” por fuerza química de
los brazos hechos de dineína en un microtúbulo, sobre otro
microtúbulo, haciendo que los dos túbulos se deslicen, el uno
adelantando al otro. Los enlaces de proteína entre los microtúbulos en
un cilio no dejan que los microtúbulos vecinos resbalen, adelantándose
mutuamente no mucho más de una distancia corta. Estos enlaces,
entonces, convierten la moción del desliz causada por la dineína, en
un movimiento curvo de todo el axonema.
Ahora, vamos a considerar las implicaciones de todo esto. ¿Cuáles son
los componentes necesarios para el funcionamiento correcto de un
cilio? La locomoción ciliar requiere, desde luego, los microtúbulos;
de no haberlos, tampoco existirían las fibras deslizables. Además hace
falta un motor, de lo contrario, los microtúbulos de los cilios se
quedarían tiesos e inmóviles. También necesitamos los enlaces que
tiran de las fibras vecinas, convirtiendo el movimiento de desliz en
un movimiento curvo, y a la vez impidiendo la desintegración de la
estructura total. Todas estas partes son necesarias para realizar una
sola función: la locomoción ciliar. Al igual que una ratonera no
funciona si le falta una de sus piezas constitutivas, la locomoción
ciliar simplemente no ocurre sin microtúbulos, sin conectores, o sin
motores. Por lo tanto, podemos concluir que el cilio es
irreduciblemente complejo; un obstáculo enorme para su supuesta
evolución darviniana gradual.
La coagulación de la sangre
Vamos a dirigirnos ahora a otro sistema bioquímico: la coagulación de
la sangre. El funcionamiento del sistema de la coagulación de la
sangre, nos recuerda a las divertidas máquinas imaginarias de Rube
Goldberg.
Rube Goldberg fue un gran caricaturista que nos hizo reír a todos con
sus ridículas máquinas. Su nombre sigue vivo en nuestra cultura aunque
el hombre mismo ha caído en el olvido. Aquí tenemos un ejemplo típico
de su sentido del humor. En esta caricatura, Goldberg se imaginaba un
sistema en donde el agua de un tubo llena una botella, haciendo subir
un corcho con una aguja, la cual perfora un vaso de papel, lleno de
cerveza. La cerveza salpica a un pájaro, y éste, borracho, se cae
sobre un muelle, rebota a una plataforma, y tira de una cuerda,
creyendo que es un gusano. La cuerda tira del gatillo de un cañón, el
cual asusta a un perro. El perro da la vuelta, y empieza a jadear,
haciendo subir y bajar un rascador sobre una picadura de mosquito. Así
el señor de la caricatura no siente vergüenza al ser rascado mientras
habla con una señora.
Si se para usted a pensar, se da cuenta de que esta máquina de Rube
Goldberg es irreduciblemente compleja. Es un sistema independiente,
compuesto de varias piezas interrelacionadas, siendo cada una de las
cuales imprescindible para el funcionamiento del sistema. Si falta el
perro, la máquina no funciona; si al corcho le falta una aguja, el
sistema total se vuelve inútil.
Resulta que todos tenemos a Rube Goldberg en la sangre. Aquí tenemos
una representación de una célula atrapada en un coágulo. La malla se
forma por medio de una proteína que se llama fibrina. Pero ¿qué es lo
que controla la coagulación? ¿Por qué se coagula la sangre cuando uno
se corta, pero no en otros momentos cuando un coágulo causaría un
derrame cerebral o un infarto? Vamos a repasar sólo algunas de la
reacciones químicas que están comprendidas en la coagulación.
Cuando un animal se corta, una proteína llamada factor Hageman se pega
a la superficie de las células que están cerca de la lesión. El factor
Hageman unido, se parte en dos por medio de una proteína llamada HMK
para producir el factor Hageman activo. En seguida, el factor activo
convierte a otra proteína, precalicreína, en su forma activa,
calicreína. La calicreína ayuda al HMK a aumentar la velocidad de la
conversión de aún más factor Hageman en su forma activa. Entonces el
factor Hageman activo junto con el HMK transforman otra proteína,
llamada ATP, a su forma activa. A su vez, la ATP activa, junto con la
forma activa de otra proteína llamada convertina (explicada a
continuación) cambian otra proteína, llamada factor Christmas, a su
forma activa. Este factor, junto con el factor antihemofílico
(activado por medio de la trombina, a su vez activada de una forma
similar a la de la proacelerina) convierte el factor Stuart en su
forma activa. Éste, obrando con acelerina, transforma la protrombina
en trombina. Finalmente, la trombina corta el fibrinógeno, resultando
en fibrina, la cual se une con otras moléculas de fibrina para formar
la malla del coágulo.
La coagulación requiere una precisión elevadísima. Cuando se perfora
un sistema de circulación sanguínea bajo presión, el coágulo tiene que
formarse rápidamente o el animal muere desangrado. Por otro lado, si
la sangre se coagula equivocadamente, el coágulo puede bloquear la
circulación tal como en los derrames cerebrales o en los infartos.
Además, el coágulo tiene que formarse a lo largo del corte, sellándolo
completamente. Pero tiene que limitarse al corte, o el sistema entero
del animal podría solidificarse, matándo al animal. Por lo tanto, la
coagulación requiere un sistema altamente complejo para que el coágulo
se forme sólo, cuándo y dónde haga falta. La coágulación es el mejor
ejemplo de las máquinas tipo Rube Goldberg.
La literatura profesional
Otros ejemplos de la complejidad irreducible abundan en la célula,
incluyendo aspectos del transporte de proteínas, el flagelo bacterial,
el transporte de electrones, los telómeros, la fotosíntesis, la
regulación de la transcripción y mucho más. Ejemplos de la complejidad
irreducible se pueden encontrar en virtualmente cada página de un
libro de texto de bioquímica. Pero si estas cosas no se explican a
través de la evolución darviniana, ¿cómo ha mirado estos fenómenosla
comunidad científica durante los últimos cuarenta años?
Un buen sitio en donde buscar la respuesta a esa pregunta es el
Journal of Molecular Evolution (Boletín de la evolución molecular).
JME es un boletín que fue fundado para tratar específicamente el tema
de cómo ocurre la evolución a nivel molecular. Tiene normas
científicas muy altas, y su redacción la llevan los profesionales más
prominentes. En un número reciente de JME, había once artículos; todos
se dedicaban solamente a la comparación de secuencias de proteínas o
de ADN. Una comparación de secuencias compara uno por uno los
aminoácidos de dos proteínas distintas, o compara uno por uno los
nucleótidos de dos secciones distintas de ADN, anotando la posiciones
en donde son o idénticos o semejantes, y las posiciones en donde no lo
son.
Aunque estas comparaciones son útiles para determinar posibles líneas
de descenso, una cuestión interesante en sí, esto de comparar
secuencias no puede demostrar cómo un sistema complejo bioquímico
consiguió su función. Y es ésta la pregunta que nos preocupa aquí.
Usando una analogía, podríamos decir, por ejemplo, que los manuales de
instrucción para dos modelos distintos de ordenador, los dos de la
misma marca, tendrían muchas palabras, oraciones y hasta párrafos
idénticos, todo esto sugiriendo una fuente común (quizás los manuales
son del mismo autor), pero si comparamos las secuencias de las letras
de los manuales, nunca nos dirán si es posible producir paso a paso un
ordenador, empezando con una máquina de escribir.
Ninguno de los estudios que hemos mencionado habla de modelos
detallados para formas intermedias en el desarrollo de estructuras
bioquímicas complejas. En los últimos diez años, JME ha editado más de
mil estudios. De éstos, cerca de cien hablaron de la síntesis química
de moléculas consideradas necesarias para el origen de la vida, unos
cincuenta proponían modelos matemáticos para mejorar el análisis de
secuencias, y cerca de 800 eran análisis de secuencias. NINGUNO habló
de modelos detallados para formas intermedias en el desarrollo de
estructuras bioquímicas complejas. Y esto no ocurre sólo en JME. No se
encuentran estudios que hablen de modelos detallados para formas
intermedias en el desarrollo de estructuras bioquímicas complejas ni
en Proceedings of the National Academy of Science, ni en Nature, ni en
Science, ni en el Journal of Molecular Biology ni, que yo sepa, en
ningún boletín científico.
"Publicar o perecer" es un proverbio que los académicos toman muy en
serio. Si uno no publica sus estudios para que los demás los evalúen,
no tiene ningún futuro en el mundo académico, y si uno no tiene la
permanencia, será desterrado. Pero el proverbio podría referirse
también a las teorías. Si una teoría promete poder explicar algún
fenómeno, pero no produce ni un intento, pues tendría que ser
desterrada. A pesar de la comparación de las secuencias, la evolución
molecular nunca se ha puesto a explicar cómo las estructuras complejas
han llegado a existir. La teoría de la evolución molecular darviniana
nunca ha publicado nada, así que debería de perecer.
El descubrimiento del diseño
¿Qué pasa aquí? Imagínese un salón en el que yace un cuerpo aplastado
como una tortilla. Una docena de detectives gatean por el suelo,
examinándolo con lupas buscando cualquier pista para identificar al
malhechor. En medio del salón al lado del cuerpo hay un elefante
grande. Los detectives tienen mucho cuidado para evitar las piernas
del paquidermo al gatear, y no lo miran ni de reojo. Al cabo de un
rato, se frustran con la falta de progreso, pero siguen con firmeza,
investigando el suelo aun más de cerca. Verá, como los libros de texto
les instan a los detectives para capturar al “hombre culpable,” no se
les ocurre nunca pensar en los elefantes.
Hay un elefante en el salón lleno de los científicos que intentan
explicar el desarrollo de la vida. El elefante lleva un letrero que
pone “Diseño inteligente”. Para la persona que no se siente obligada a
limitar sus investigaciones a posibles causas no inteligentes, la
conclusión obvia es que muchos sistemas bioquímicos fueron diseñados.
Ni las leyes de la naturaleza, ni el azar, ni la necesidad, los han
diseñado, sino que formaron parte de un plan. El diseñador sabía de
antemano cómo serían los sistemas al final; el diseñador tomó los
pasos necesarios para que los sistemas llegaran a existir. La vida en
la Tierra, a su nivel más fundamental, y en sus componentes más
críticos, es el producto de una actividad inteligente.
La conclusión del diseño inteligente sale naturalmente de los mismos
datos, no de los libros sagrados, ni de las creencias sectarias. Y
llegar a la conclusión de que los sistemas bioquímicos han sido
diseñados por un agente inteligente es un proceso rutinario que no
requiere ninguna innovación en los principios ni de la lógica ni en
los del método científico. Es el resultado del trabajo duro que se ha
llevado a cabo en la bioquímica durante los últimos cuarenta años, y
del mismo proceso con el que cada día sacamos conclusiones de que algo
ha sido diseñado.
¿Qué es el “diseño”? El diseño es simplemente la coordinación
intencional de piezas. La pregunta científica es ¿cómo descubrimos la
presencia del diseño? Pues, se hace de varias formas, pero la
presencia del diseño se nota más claramente en los objetos mecánicos.
Si usted pasea por un desguace, puede observar tornillos, tuercas, y
trocitos de plástico o cristal, la mayoría de ellos esparcidos,
algunos amontonados, otros encajonados. Imagínese que viera un montón
de chatarra que parecía particularmente compacto, y cuando cogió una
barra que sobresalía del montón, el montón completo venía con la
barra. Cuando usted empujó la barra, ésta se deslizó ligeramente hacía
un lado del montón y tiró de una cadena unida a la barra. La cadena
tiró de un engranaje, el cual hizo rodar tres engranajes adicionales,
éstos haciendo girar un eje con rayas blancas y rojas. Con rapidez,
usted se da cuenta de que esto no es un montón de chatarra que se
formara al azar, sino que fue diseñado; fue construído en ordén, a
través de la actuación de un agente inteligente, pues, se ve que los
elementos del sistema funcionan en coordinación para realizar un
trabajo específico.
No se llega a esta conclusión tan sólo al observar los sistemas
mecánicos artificiales. Los sistemas formados enteramente de
componentes naturales también manifiestan evidencia de diseño. Por
ejemplo, supongamos que usted está paseando por el bosque con un
amigo. De repente a su amigo algo le tira violentamente por el tobillo
hacia arriba, y queda colgando de una planta trepadora unida a una
rama de árbol. Después de librar a su amigo, usted examina la trampa.
Ve que la planta trepadora fue enrollada sobre la rama, y el cabo fue
tirado hacia el suelo. Fue anclado firmemente en el suelo con una rama
en forma de horquilla. Esta rama, unida a otra planta trepadora, quedó
escondida en las hojas sueltas y al ser movida la planta trepadora que
funcionaba de gatillo, tiraba de la horquilla, soltando otra planta
trepadora que servía de muelle. El final de la trepadora-muelle estaba
en forma de lazo con un nudo corredizo que cogería el pie de la
víctima, levantándola violentamente en el aire. A pesar de que la
trampa está hecha de materiales totalmente naturales, usted
determinaría rapidamente que fue el producto de un diseño inteligente.
Un mundo complicado
Una advertencia: hay que darse cuenta de que la teoría del diseño
inteligente tiene su contexto: esta teoría no intenta explicarlo todo.
Vivimos en un mundo complejo en donde muchas cosas pueden ocurrir. Al
decidir cómo se han formado varias piedras, por ejemplo, un geólogo
considerará una variedad de factores: la lluvia, el viento, el
movimiento de los glaciares, los efectos del musgo y de los líquenes;
la acción volcánica, las explosiones nucleares, el impacto de
asteroides, o la mano del escultor. La forma de una piedra puede haber
sido determinada primordialmente por un mecanismo, y la forma de otra,
por otro mecanismo. La posibilidad del impacto de un meteorito no
elimina la acción de un volcán; la existencia de escultores no implica
que los fenómenos meteorológicos no tengan ningún papel en la
formación de muchas de las piedras.
Utilizando esta misma lógica, muchos biológos evolucionistas han
reconocido que un gran número de factores pueden haber afectado el
desarrollo de la vida: la descendencia común, la selección natural, la
migración, el tamaño de la población, los efectos del fundador
(efectos que pueden ser debidos al número limitado de organismos que
comienzan una nueva especie), el desplazamiento genético (la
distribución por mutaciones neutrales, no selectivas), el curso del
gen (la incorporación de genes en una población que proceden de otra),
el enlace (la aparición de dos genes en el mismo cromosoma), la
propulsión meiótica (la selección preferente durante la producción
sexual de una de las dos copias de un gen heredado de un organismo
original), la transposición (la transmisión de un gen entre especies
bien diferenciadas por medios no sexuales), y muchos más. El hecho de
que algunos sistemas bioquímicos fueron diseñados por un agente
inteligente, no implica que los demás factores no sean operativos,
corrientes o importantes.
Curiosidades
Al finalizar esta charla, nos quedamos con lo que mucha gente
considera una extraña conclusión: que la vida fue diseñada por un
agente inteligente. Por así decirlo, la gran parte del progreso
científico de los últimos siglos se ha dirigido hacia lo extraño.
Hasta la Edad Media, la gente vivía en un mundo natural. La Tierra
firme era el centro de todo. El sol, la luna y las estrellas giraban
alrededor de ella interminablemente, dando luz de día y de noche; las
plantas y los animales eran los mismos que se habían conocido desde la
antigüedad. Había pocas sorpresas.
Entonces, se propuso algo irracional: la Tierra se movía sobre sí
misma, a la vez que giraba alrededor del sol. Nadie podía sentir el
movimiento; nadie lo veía. Pero giraba igual. Desde nuestro punto de
vista moderno, es difícil imaginar la fuerza de la proposición lanzada
por Copernico y por Galileo, y lo que implicaba referente a nuestros
cinco sentidos. En efecto, lo que decían era que uno ya no se podía
fiar de la evidencia visual.
Y las cosas iban de mal en peor con el paso de los años. Con el
descrubimiento de los fósiles, se puso de manifiesto que los animales
tan conocidos, tanto domésticos como salvajes, no habían habitado
siempre en la Tierra; en cambio, habían existido anteriormente unas
inmensas criaturas extrañas que luego desaparecieron. Más tarde,
Darwin sacudió el mundo, diciendo que todas las cosas vivientes
conocidas procedían de seres vivos muy raros ya extinguidos, y que
este proceso había ocurrido durante períodos de tiempo tan largos que
la mente humana era incapaz de comprenderlo. Einstein nos habló del
espacio curvo, y del tiempo relativo. La física moderna mantiene que
los objetos sólidos son mayoritariamente espacio vacío, y que las
partículas subatómicas no tienen ninguna posición definitiva, y que el
universo tuvo un principio.
Ahora la bioquímica, la ciencia fundamental de la vida, va a sacudir
las cosas. La sencillez que antes formaba la base de la vida no es más
que un fantasma. En vez de cosas sencillas, hay sistemas de una
complejidad irreducible increíble que habitan en la célula. La
conclusión resultante de que un agente diseñó la vida es chocante. Los
del siglo XX nos hemos acostumbrado a la idea de que la vida es el
resultado de reglas naturales sencillas. Pero los siglos anteriores
han tenido que vivir varios choques, y nosotros no tendríamos por qué
pensar que nos vamos a librar de ellos. La humanidad ha aceptado la
idea de que ni la tierra, ni el sol son el centro del universo, y que
la historia de la vida incluye reptiles inmensos que ya no existen, y
que el universo es mortal. También vamos a sobrellevar la abertura de
la caja negra de Darwin.
[NOTA: Algunos de los conceptos aquí mencionados están explicados e
ilustrados en otro artículo: “Máquinas Moleculares”.]
Michael J. Behe es catedrático asistente de química en Lehigh
University en Pensylvania, y es miembro del Center for Renewal of
Science & Culture, del Discovery Institute.
Copyright 2000 Michael Behe. All rights reserved. International
copyright secured.
Discovery Institute
10 de agosto, 1996
De una conferencia celebrada en el Congreso “Dios y Cultura” en el
Discovery Institute
Access research Network
Traducido por Darío Fox
© Mente Abierta, 2003.
Saludos. |