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Antiguo 12-05-2008, 18:13:42
jorfasan
 
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Predeterminado equilibrio puntuado

coppelius <threefall***msn.com> wrote:

> uf, empacho de spanish total;



Un tipo derrotado, pero heroico.
En la calle de Lope de Rueda, en una tasca que se llama Casa
Manolo, asÃ*** de castizamente.
Almuerzo, tras pincharme la insulina en los servicios, cosa que
a veces me depara el espectáculo de ver a alguien que mira, al
observarme en lo del pinchazo –si los excusados no están libres y tengo
que inyectarme en la zona de lavabos–, con ojos de espanto: vaya, me he
ido a topar con un drogadicto, dirá.
En una mesa que hay algo más allá, un tipo, de unos sesenta y
pico de años, enteco, con aspecto enfermizo, con la respiración
disneica… Tiene toda la pinta o de haber salido poco ha del hospital o
de haberse escapado de su mujer para ponerse hasta arriba, esquivando,
al menos por un dÃ***a, la dieta.
De uno de los bolsillos de su chaqueta asoma un tomito. Quiero
pensar que es una novela de Marcial Lafuente EstefanÃ***a o de José
MallorquÃ***. Me hace ilusión pensar eso. Yo también las leo a veces y las
disfruto, a veces –de José MallorquÃ*** me gustó mucho El Charro de las
calaveras.
Come un primero de callos con garbanzos y de segundo un chuletón
con patatas fritas. Ni verduritas, ni ensaladita, ni pescadito, ni
hostias en vinagre… Después, de postre, flan con nata. Bebe mucho vino
con gaseosa durante la comida y luego del postre se pide café y un
coñac. Fuma plácidamente, con la copa. Cada calada al cigarrillo, de tan
larga, debe llegarle a los pies.
Está congestionado, pero se le ve feliz, satisfecho. Va vestido
modestamente pero con gran pulcritud; me recuerda a aquellos veteranos
del Sindicato de la Construcción de la CNT, albañiles siempre
pulquérrimos a despecho de su pobreza, cuando se vestÃ***an de calle, tras
el trabajo.
Este hombre viste traje gris a rayas, con muchos años de uso
pero limpio. Una corbata negra y camisa blanca también limpia. Gemelos
muy pasados de moda en las puñetas de la camisa.
Paga, se levanta muy digno, dice un «que aproveche» a los que
seguimos comiendo y se va muy tieso y algo envarado, como temeroso de
que le fallen las piernas, pero con empaque.
Me dan ganas de aplaudir tanta dignidad y entereza, pero me
reprimo, claro. Y sigo con mi filetito a la plancha, tras la ensalada.
Eso sÃ***, luego del café sin azúcar me tomo un Jack Daniel's y brindo
mentalmente a la salud del héroe. Y enciendo un dunhill.
No recuerdo quién escribió algo acerca de los héroes anónimos y
todo eso, pero estoy convencido de haber visto a uno. Un héroe de sÃ***
mismo, y a pesar de sÃ*** mismo, o sobre sÃ*** mismo, mejor dicho. Como Rip
Van Winkle huyendo de su mujer.

- - - - - -

En el gimnasio al que acudo para mantener la forma y sobre todo
para mantener a raya el azúcar, sito en el callejón que hay entre la
calle de Rafael de Riego y el Paseo de las Delicias, varias chicas, de
entre veintimuchos y treinta y pocos años. Guapas casi todas. Algunas,
espléndidas, muy macizas.
La cosa va bien. Me he hecho amigo de ellas y bromeamos y reÃ***mos
con lo de las pesas, los esfuerzos, todo eso… Creo que con una y hasta
dos de las más macizas y guapotas tengo también chance, y eso que las
más guapas son, al tiempo, las más estiradillas; se protegen,
simplemente… Pero es fácil. Como se trata de un gimnasio de barrio no
hay pijos ni modelos de pasarela, ni ejecutivillos, toda esa peste de
tantos gimnasios, sino, por lo general, macarrones muy musculados.
Incluso deformados de tanto tirar de peso, de tanto peso, mientras se
contemplan con embeleso en los espejos. Las chicas, salvo que sean
culturistas o irremisiblemente horteras, huyen de tipos asÃ***.
Supongo que, pues no soy uno de ellos –menos grave lo suyo, en
cualquier caso, que ser como Justo Navarro y como Juan Manuel de Prada,
de los que también huyen las chicas salvo que anden menguadas de
clÃ***toris o ahÃ***tas de culta vaginitis, que es como ir menguadas de
clÃ***toris: una amiga mÃ***a (E) que tiene el clÃ***toris como una gamba, se
descojona de risa al leer sendas entrevistas con los mentados, a
propósito de sus últimas producciones literarias, y al contemplar sus
fotos–, pues no soy un halterofÃ***lico, ni un Navarro, ni un De Prada,
decÃ***a, me he ganado sin mayores trabajos el favor de las chicas.
A una, cuando estaba en el máximo esfuerzo, tumbada en un banco,
levantando unas pesas, subida la camiseta, el ombligo al aire, una raja
tremenda, un verÃ***simo hachazo marcándosele bajo la malla deportiva, le
he dicho ánimo, tarzanita, y le ha dado una risa floja deliciosa y ha
tenido que parar.
En cuanto se rÃ***en asÃ***, las tienes en el bote, no importa si
están casadas o viven con alguien: quieren vengarse de que el tipo con
el que conviven ya no las hace reÃ***r asÃ***. Y en esto no hay excepciones,
amigos, no se hagan la tonta ilusión… Por eso, sean infieles cuanto
puedan. O, mejor aún, no se casen, ni convivan. LimÃ***tense a gozar de la
compañÃ***a de las mujeres, en lo que tiene de disfrutable, que es mucho, a
pesar de todo, no se vayan a creer lo contrario, a pesar de todo.
El viernes, tras el gimnasio, cenaremos juntos la tarzanita y
yo.

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Otro tipo interesante; a buen seguro, otro héroe.
Suele vender libros viejos en Atocha, ante el Hotel MediodÃ***a. Va
siempre con corbata y chaqueta; un traje tan usado y bien usado como el
del héroe de Casa Manolo, pero no igual de limpio, todo hay que decirlo.
Hoy (XXIV-IV-MMIII) le he comprado, a dos euros cada volumen,
dos guiones de Luis Buñuel, editados por Aymá S. A. Editora en 1973 y
1975, respectivamente: El discreto encanto de la burguesÃ***a y El fantasma
de la libertad. TenÃ***a los libros en el suelo, sobre un trapo.
Cuando me voy a ir, oigo que me dice: «Mire, a lo mejor le
interesa esto». Busca en una cartera de cuero, como las que llevábamos
al colegio –este hombre debe ser cinco o seis años mayor que yo– y me
saca Tres mujeres, de Robert Musil, en la edición de Seix Barral de
1968. Se excusa diciéndome que el libro vale un poco más caro, cinco
euros. Le digo que está bien de precio, naturalmente, y se lo compro.
Supongo –repárese en lo que le he comprado; no tiene, además,
pinta de chamarilero ni de trapero– que los libros provenÃ***an de su
biblioteca particular, pero no me atrevo a preguntárselo.
Otro, probablemente, arruinado por la cultura. Otro,
probablemente, pobre soñador pobre.

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Hay otro también con traje, de los que suelen ponerse frente al
Hotel MediodÃ***a, pero más teatral, como alocado.
Va de culto, lo que no deja de resultar cómico; cuando fuma,
sostiene el cigarrillo con la mano a media altura, la palma en paralelo
al suelo y el pitillo, entre el Ã***ndice y el anular, apuntando al cielo.
Me recuerda a los viejos del cuadro de actores de Radio Nacional de
España. Va muy limpio. Un dÃ***a le presencié una actuación memorable –pero
no suele tener libros interesantes, sino esos de saldo y grandes éxitos,
que les dicen, lo que indica que se emplea en la chamarilerÃ***a libresca.
Un policÃ***a municipal, en uno de esos arrebatos imbéciles y
obcecados que les entran –o les ordenan, seguramente, pero hay que ver
cuán a pecho se lo toman algunos las más de las veces; éste, sin
embargo, es educado– contra la venta ambulante, se dirige a este hombre
y le conmina a recoger sus libros y a largarse –al menos no se los
incauta, como hacen con los discos pirateados que venden los negros y
con las baratijas que venden los chinos y los indios.
Monta en cólera el vendedor de libros. Clama alzando los brazos
teatralmente. Proclama: «La cultura está por encima de todo, incluso por
encima de las leyes, incluso por encima de la Constitución… Siete años
vendiendo cultura aquÃ***, y ahora vienen ustedes a quitarme el pan».
El policÃ***a municipal, joven, probablemente con algunos estudios
que al cabo le resultaron inútiles porque es pobre, quiere ponerse a la
debida altura y le da la réplica: «No me venga usted con sofismas,
caballero». Y le pide de nuevo, con sorprendentes buenas maneras, que
recoja sus libros y se vaya.

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