Re: "La condición humana" (¿vale como propuesta?)
"Sapristi" <manigundaQUITAESTO***yahoo.es> escribió en el mensaje
news:62it82F22mobmU1***mid.individual.net...
> LA CONDICION HUMANA
>
> Cerca del lugar donde trabajo hay un local donde venden periódicos y
> revistas. Es un sitio que me coge de camino; de hecho, paso varias veces
> al día frente a su puerta. El negocio lo lleva un matrimonio, aunque casi
> siempre la que se encuentra tras el mostrador es la mujer, pues el marido,
> o está repartiendo los periódicos a los que están suscritos los bares y
> oficinas de alrededor o está paseando un perrazo de muy mala catadura.
>
> No creo que haya entrado en el local más allá de seis o siete veces desde
> que se inauguró hará unos pocos años. Cuando lo he hecho ha sido para
> comprar algún lanzamiento de coleccionables de los que se anuncian por la
> tele y que colocan fuera del establecimiento de manera llamativa. En tales
> ocasiones siempre fui atendido por la propietaria, a la que llamaré Luisa
> porque no conozco su nombre.
>
> Luisa es una mujer muy amable, de las que no dejan de sonreír durante el
> breve diálogo de la transacción, ofreciéndose para quitar con unas enormes
> tijeras los también enormes cartonajes con que se presentan las
> promociones, señalando fechas de futuras entregas e informando de otras
> ofertas. Al final se despide con cortesía y con una nueva sonrisa. Es por
> otra parte, una mujer que aún conserva mucha de la belleza que debió
> poseer cuando joven y cuando sonríe se le marcan dos mofletitos así como
> infantiles y comestibles.
>
> A partir de las últimas veces que entré en su local, Luisa me ha venido
> reconociendo al cruzarme con ella en la calle y me ha dedicado un
> chispeante buenos días. Esto se produce casi siempre a la misma hora,
> cuando Luisa vuelve de desayunar del bar al que, a la vez, yo me dirijo
> mientras voy escuchando el espacio "Versiones" de Ana Sterling en Radio 5.
> Distingo a lo lejos a Luisa y conforme la distancia que nos separa se
> acorta compruebo que la sonrisa se le va formando en la boca hasta que a
> la altura del cruce resplandece del todo. Buenos días, me dice; y buenos
> días, contesto.
>
> Esto ha venido sucediendo durante semanas, hasta que he decidido que el
> saludo diario no se corresponde con las pocas veces que entro en su
> negocio. Que en cierta forma, la simpatía de Luisa hacia mí podría ser
> también una cordial manera de invitarme a su local, de pasar de ser un
> cliente esporádico a alcanzar la categoría de fijo. Para solucionarlo,
> pensé en entrar de vez en cuando a comprar algo innecesario, un periódico,
> unos chicles, y reforzar así el delgado vínculo que nos lleva a
> saludarnos. El caso es que no lo he hecho. Por el contrario, lo que he
> decidido es ignorar a Luisa, hacerme el sueco, mirar al suelo cuando nos
> cruzamos.
>
> Al día siguiente de tomar esta decisión no fui capaz de desentenderme. Fue
> algo peor. Mirándola de lado no respondí a su saludo ni a su sonrisa,
> queriéndole hacer comprender con mi gesto mi retomado estado de persona
> desconocida que deseaba romper con el recuerdo de unas pocas compras y la
> cortesía debida. Se quedó desconcertada, con la sonrisa puesta pero helada
> y la palabra en la boca. Claro que a medida que fueron transcurriendo los
> días, el momento del cruce con ella se endureció. No es que ya no me
> saludara, es que me miraba con hostilidad, y lo que antes era agradable se
> cambió por un diario mal trago (cambiar la trayectoria para no encontrarme
> con ella es una ridiculez que no estoy dispuesto a asumir).
>
> Lo cierto es que tras varias semanas en esta situación pensé en
> modificarla. Podríamos volver a ser viejos conocidos, no como
> quiosquera/cliente, sino como dos simples personajes que se cruzan día a
> día en el mismo sitio. Por eso, en los últimos encuentros he comenzado a
> sonreírle débilmente, solicitándole con ello el retomar la anterior
> relación. Pero ha sido un fracaso. Luisa no me mira, y si lo hace leo en
> sus ojos el seguro desprecio que siente por mí.
>
> Ante esta situación no encuentro remedio. No sólo eso. Es que en nuestro
> estado, volver por mi parte a entrar en su local es imposible. Ya digo que
> paso por su puerta al menos dos veces diarias, pero sé que nunca más
> compraré libros en campañas de lanzamiento por mucho que me llamen la
> atención. Ni Luisa volverá a saludarme porque he renunciado a su
> amabilidad voluntariamente, con el desparpajo con que asumimos y
> justificamos nuestras bajezas haciendo con ellas y por cada día, un mundo
> peor.
>
> ***
>
>
> Supongo que todos tenemos historias de este tipo. De las que llegan a
> atormentar, surgidas de algún momento de timidez, hijoputez o malos
> entendidos, y a las que no pudimos o quisimos poner remedio; reflejos
> todas de la extraña condición humana. ¿Qué tal como tema? ¿Se anima
> alguien a participar en este capítulo de Confesiones a la sra. Francis?
> Na, lo decía que por entretenernos.
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Seb.- Casi me obligas a pensar que eres un hombre de mucho carácter, Sap.
Eso es una especie de surfing. Has mirado el asunto por una y por otra cara,
y luego lo has puesto a gusto sobre la mesa. Luego pienso que Luisa lo pasó
muy mal. A ella la sepultaron las olas. Qué vida, ¿verdad? Yo no cuento
nada, porque no sabría qué contar. ¡Nada de surfing, por supuesto!
Sebastián. |