Relato VALENCIA. EL RELATO
Paco Miñarro,
29.11.07
16:30 h.
El compañero Miguel y yo nos plantamos ante la puerta del Arzobispado.
Hay dos vehículos oficiales aparcados, y una furgoneta de Barrachina
(cattering a domicilio, bastante casposo). Siete u ocho curiales muy
sonrientes, con el pelo cano, animan el escenario. Una lechera de la
policía nacional permanece estacionada a pocos metros. Nos sentamos bajo
la estatua de un arzobispo de extraña y sospechosa postura, que da la
espalda a una plazoleta arbolada.
16:40 h.
Un fotógrafo deambula frente a nosotros, con signos de aburrimiento. Es
evidente que espera algún tipo de espectáculo. Se aproxima a la estatua
clerical y se presenta. Es del diario Levante, y nos pregunta por lo del
Manifiesto. Le estrechamos la mano. Y cruzamos algunas palabras sobre
las dificultades de los apóstatas y contra la mafia clerical y el
puñetero concordato franquista.
16:45 h.
Los clergymen de la puerta se han deslizado hacia el interior del
edificio. Las puertas están generosamente abiertas. Agarro un manifiesto
y compruebo que llevo el rollo de celo invisible en el bolsillo del
abrigo. Allá voy. Tres pasos dentro del vestíbulo accionan de inmediato
el resorte de una suerte de bedel trajeado y con cara de pocos amigos.
Muy, muy colorada, por cierto. Una ostensible joroba realza la elegancia
del portero, que no alcanza los setenta años ni el metro y medio de
estatura.
-"¿Dónde van ustedes?"
-"Buenas tardes. Quisiéramos colgar este panfleto en la pared. Va
dirigido al señor cardenal. Hace unos días le enviamos un escrito, del
cual queremos nos dé una respuesta".
- "Ah, no, de eso nada. Aquí está prohibido poner carteles. Cuélguenlo
ahí fuera, en la calle".
- Muy bien, pues muchas gracias. Ahora mismo lo fijamos en la fachada de
ladrillo".
Mientras adhiero el A3 en la pared exterior, oigo a mis espaldas un
portazo. El catolicísimo empleado ha cerrado ambas hojas, temiendo algún
asomo de violencia callejera, pero no transcurren ni dos segundos para
que una de ellas se entreabra y deje ver el atento ojo del polifemo.
Otro portazo al girarme. Aprovecho el momento para fijar un segundo
manifiesto en esas puertas de madera tan noble, pero tras cortar dos o
tres tiras de scott surge de las tinieblas el hijo de Poseidón y, en un
arrebato de furia, agarra el papel, lo arruga con muy mala leche y lo
tira al suelo. Otro portazo. El fotógrafo hace su trabajo, y el
compañero Miguel graba la escena en vídeo. Mientras tanto, la veintena
de manifiestos que descansaba bajo el arzobispo de piedra va menguando.
Paseantes desocupados y señoras con perrito han descubierto su presencia
y los secuestran como atractiva propaganda de rebajas. Al menos, cuando
nos damos cuenta, todavía quedan cuatro.
17:00 h.
Nos dirigimos hacia la catedral. Aparece una compañera de las que
tampoco creen en dioses, y se lamenta de haber llegado tarde. Vale,
tampoco habíamos convocado una manifestación, ¿no?
Las puertas están cerradas, y unos cuantos municipales vigilan las
esquinas, pateando la estrecha calle del Micalet de un lado para otro.
También hay gente de paseo, no poca. Y dos o tres punkis mirando el
cielo. Docenas de palomas ejecutan ritos nupciales. Me aproximo con otro
cartelito a la restaurada Puerta de los Apóstoles. Los relieves y las
cabezas de clavos no permiten fijación alguna, pero el dintel presenta
una superficie adecuada. Ahí lo pego. Dos golpecitos a mi espalda.
Cuatro policías con gafas de espejo.
- "Buenas tardes, caballero. ¿Qué está Vd. haciendo?"
- "Buenas tardes, señores. Como pueden ver, colgando aquí un cartel para
que el obispo se dé por enterado de nuestra exigencia de excomunión".
- "Pero, hombre, eso no puede ponerse ahí, toda esta fachada es un
monumento protegido. Quite eso inmediatamente".
- "Ande, no sea usted así, que un simple celo que no va a afectar a los
sillares".
- "Sea lo que sea, aquí está prohibido fijar carteles. Llévese el papel
ese y no se busque problemas".
- "Vale, vale. Y, ¿ahí enfrente lo puedo colocar?"
- "Mire, toda la plaza está protegida. Mejor será que se olvide y no
busque complicaciones".
- "Buenas tardes, entonces".
Y, con sumo cuidado, retiro el manifiesto herético de bajo los pies de
Santiago el Menor y lo enrollo. La compañera atea ha desaparecido bajo
tierra. No volvemos a verla.
17:05 h.
A escasos metros está la basílica de la "Virgen de los desamparados",
conocida como “la geperudeta”. Algunos todavía recordarán al viejo
Alois, cuando el año pasado se encomendó a ella con perfecto acento de
alemán de Baviera: “la-che-pe-rhu-dee-ta”. Los palomos prosiguen
imperturbables su acoso sexual. Me adentro en el edificio barroco y veo
un tablón de anuncios, con el horario de las misas, propaganda variada
de la moderna “autofinanciación” de la santa Madre y algunas súplicas de
solidaridad para con los negritos hambrientos del África misteriosa.
Coloco el mismo manifiesto, que ya tenía los pedacitos de celo
adheridos. Salgo fuera. Entran fieles. Miran el papel, sin notar nada
extraño. En rojos caracteres latinos se lee: "Actus formalis defectionis
ab Ecclesia catholica". El logo de FIdA preside la parte superior. Ni
caso, el vulgo entiende poco de latines. Aguardamos alguna reacción,
pero el espíritu santo parece ocultar esta evidente blasfemia a las
miradas pías de sus adictos. Nos vamos. También el fotógrafo,
deseándonos suerte. Se lleva su panfleto, ya que, según nos dice, los
periodistas son demasiado vagos como para bajárselo de internet. Es el
momento de acudir a las oficinas anexas del obispado, para que nos
sellen el escrito dirigido al flamante cardenal García-Gascó.
17:15 h.
Atravesamos de nuevo los dominios de Polifemo. Esta vez hay dos policías
esperándonos. Les han llamado por teléfono, asegurándoles que tres
individuos andaban buscando gresca y que han tratado de pegar un cartel
en el sacrosanto palacio del obispo. Les explicamos, con una sonrisa,
que nuestra intención era esa, sí, pero que tras la advertencia del
hombrecito acatamos su consejo de colgar en la fachada el papelote, sin
más. Naturalmente, del Actus Formalis no quedaba rastro alguno. Nos
piden la documentación. Preguntamos si acaso se nos ha denunciado.
- "No, no, tan sólo nos han avisado de que había un problema".
- "Bueno, tanto como un problema... Estamos realizando una acción de
protesta, sí, pero dado que vivimos en un Estado laico, nos parece
sumamente inocente el colocar un papel en la fachada de la residencia
arzobispal. Tan sólo deseamos una simple respuesta de la Iglesia, ya que
les dirigimos días atrás este mismo escrito y aún no nos han contestado.
Vamos a realizar esta misma iniciativa en varias ciudades".
- "Sí, claro, tiene usted razón, estamos en un Estado laico, pero tengan
en cuenta que meterse aquí con un documento que va contra ellos, pues...
vamos, que todo tiene sus límites, ¿no?"
- "Por supuesto. Sin embargo, no hemos pretendido abusar de nadie. Se
nos aconsejó que colgáramos el escrito en la fachada, que dentro no se
podía, lo cual hicimos sin apenas rechistar ni oponer quejas".
- "Saquen sus carnés de identidad, por favor".
- "Sí señor. Aquí los tiene".
Apuntan cuidadosamente nuestros datos en su libretilla. Nos confirman
que, en caso de que se presentara una denuncia, se pondrían en contacto
con nosotros. Le digo que yo vivo en el campo y que ningún cartero ha
acercado jamás la nariz por la esquina de mi casa. Les da lo mismo. Nos
preguntan por el tercer individuo.
-"Ah, era un periodista, pero ya se fue".
Nos despiden amablemente. Avanzamos hacia la oficina del registro, a dos
manzanas de allí.
17:30 h.
Las puertas están abiertas esta vez. Hay un empleado de pie, con gafas y
un jersey a rayas de colores. A su derecha, una ventanilla. Junto a
ella, dos puertas de cristal. Detrás, un caballete bien grande con
anuncios y fotografías y estampas de santos.
- "Está cerrado", nos dice.
- "Vaya, pues queríamos entregar esta carta para el obispo".
- "Es que aquí solo abrimos al público por las mañanas, de diez y media
a una".
- "Coño, qué horario más chulo. ¿Podemos darte a ti el sobre y selo
entregas mañana a la Secretaria del Secretario del Obispo?".
- "Mira, yo puedo hacerlo, pero no te aseguro que le llegue".
- "No importa. Dile por favor que queremos una respuesta".
- "A ver si me van a despedir..."
- "Hombre, tampoco será para tanto. Queremos que nos excomulguen, y eso
es gratis".
- "No, si yo lo que quiero es que me despidan. Para la mierda que me
pagan..."
- "Oye, ¿puedo poner este Actus Formalis en aquel tablón?" (señalo hacia
adentro).
- "Yo no he visto nada, ¿eh?"
- "De acuerdo, yo paso, lo clavo ahí con cuatro chinchetas y nos vamos".
- "Bueno, pero va a durar poco ahí".
- "Ya, es igual".
Casi le damos un abrazo. Le deseamos suerte, nos hace un gesto muy
romano, con el pulgar hacia arriba, y emprendemos camino hacia el barrio
del Carmen. Dos cafés para comprobar las tomas grabadas. Dos más, para
reír un rato. Todo bien, mañana o pasado las colgaremos del Youtube
18:15 h.
Qué sencillo ha sido todo. El alto clero no se habrá enterado, pero el
doméstico Polifemo quizá no duerma del todo tranquilo esta noche. La
herejía se ha desencadenado ya. La oscuridad cubre las aceras. Los
palomos defecan en la plaza, posiblemente tras haber consumado actos
impuros. Casi todo es sexo salvaje en esta ciudad, ahora tan
cardenalicia, sin embargo. Incluso parece olerse a esa hora la Formalis
Defectionis que reivindicamos. El viernes enviaremos a Ratzinger una
versión en alemán. Puede que, así, nos condenen pronto a la hoguera. |