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Antiguo 07-06-2008, 17:41:51
valarezo
 
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Predeterminado (IVÁN): EN JESUCRISTO RENACEMOS EN LA PERFECTA VOLUNTAD DEL CIELO


Sábado, 07 de junio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)


EN JESUCRISTO RENACEMOS EN LA PERFECTA VOLUNTAD DEL CIELO:

Por su propia voluntad, nuestro Padre Celestial nos hizo nacer por la
palabra de verdad, y más no por la palabra de mentira de Satanás, como
en el caso de Adán, por ejemplo, para que seamos primicias de sus
criaturas celestiales ya en la tierra, para entrar felices y llenos de
su paz infinita a su nuevo reino sempiterno. Porque sólo los que son
nacidos de Jesucristo, en realidad, podrán comenzar a ver y, también,
a vivir la vida eterna en la tierra y así en el cielo; ya que, nada
que haya nacido de Adán, o del Árbol de la ciencia del bien y del mal,
podrá entrar jamás a la nueva vida infinita del cielo.

Visto que, el reino de los cielos fue creado por Dios para los ángeles
y para los justos de la humanidad entera, como tú y yo, hoy en día,
por ejemplo, «sí sólo invocamos a su Hijo amado con nuestros labios,
para ser bañados del poder de la salvación infinita de la sangre
redentora». Porque los que son de Dios, son los que son lavados y
santificados por la sangre del pacto eterno, la sangre viviente y
expiatoria del altar de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

En otras palabras, nadie que es nacido de la palabra de mentira, como
Adán y Eva o como cada uno de sus retoños, como tú y yo, hoy en día,
sí no creemos en Jesucristo, por ejemplo, «no podrá permanecer jamás
para seguir viviendo su vida normal del paraíso, porque morirá en sus
pecados y en sus delitos infinitamente». Y los que mueren en sus
pecados y delitos son aquellos que no han sido lavados, ni menos
purificados por la sangre redentora y sacrificada del Árbol de la
vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo! ; por lo tanto, «no podrán ver la
vida eterna jamás».

Y esto no es que Dios los mate en el paraíso como sus enemigos
eternos, sino que simplemente es la consecuencia final del espíritu
del error de las mentiras de Satanás en Adán y en Eva y así también en
cada uno de sus retoños, en la tierra y en el más allá, eternamente y
para siempre. A no ser que vuelvan a nacer de la palabra de verdad del
cielo y de toda la tierra también, en un momento de oración y de fe,
invocando al dador de la vida infinita; porque «hay poderes
sobrenaturales en cada palabra de verdad para vida eterna de nuestro
Padre Celestial y de su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Por ello, esta palabra de verdad de Dios en la tierra y así también en
el reino de los cielos, desde los primeros días de la antigüedad y
hasta nuestros días, por ejemplo, sin duda alguna, ha sido su Hijo
amado, el Árbol de la vida, nuestro gran rey Mesías de todos los
tiempos, ¡el Hijo de David! Y como el Hijo de David no hay otra verdad
igual en todo Israel para sanidad, para liberación y para vida eterna,
eternamente y para siempre; porque sí existiera alguien mejor que
Jesucristo, para bendecir a Dios y la vida de la humanidad entera, «ya
lo conociéramos perfectamente, sin duda alguna»; porque nuestro Dios
es poderoso para manifestárnoslo, sin tanto preámbulos.

Entonces sólo Jesucristo es quien nos sana de los males terribles del
árbol de la ciencia del bien y del mal de Adán y Eva, para que Satanás
y cada uno de sus secuaces sea derrotado en tu vida de cada día, como
ángeles caídos y así también como gentes de la mentira y de la
decepción eterna, por ejemplo. Porque no hay mayor mentiroso en la
tierra que aquel que vive de la palabra de mentira de Satanás, para
hacerles daño a gente inocente y simple; por eso, «sólo nuestro Señor
Jesucristo es quien nos protege día y noche con el espíritu de la
palabra de verdad, de cada una de las artimañas escondidas del
maligno».

Entonces la palabra del Señor Jesucristo es importante en nuestras
vidas, como el agua a la sed, para no sólo escapar el pecado y sus
males antiguos, como las enfermedades y la muerte del infierno, sino
también para darnos vida infinita, «como de un nacimiento tan original
y único, como el de Jesucristo del vientre virgen de la hija de
David». Porque era necesario que el Hijo de David naciese de las
profundas tinieblas del vientre virgen de la hija de David, para
derrotar a Satanás desde sus propias hondas tinieblas; es decir,
«desarraigar a Satanás desde sus propias raíces, para que no vuelva a
vivir más, o para que no vuelva a surgir otra vez, como la maleza, por
ejemplo».

Dado que, para vivir santos de Dios, no es que tengamos que cumplir
con el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos, cuando ya lo hemos
quebrantado muchas veces, como nuestros antepasados, por ejemplo, sino
nacer de él mismo Espíritu Santo una vez más, «y esta vez por los
poderes sobrenaturales del mismo nacimiento espiritual y virgen de
nuestro Señor Jesucristo». Porque el nacimiento de nuestro Señor
Jesucristo fue santo y puro, libre del pecado y de cada mentira de
Satanás para empezar la nueva vida eterna del cielo, «y así es nuestro
renacimiento también»: puro, santo y sin ninguna mancha de Satanás,
para vivir felices con nuestro Dios en la tierra y en el cielo, para
siempre jamás.

Es decir, también que todos hemos nacido en el espíritu quebrantador
de Los Diez Mandamientos por culpa de Adán, en contra del fruto del
Árbol de la vida, para vivir en el espíritu de error y de la mentira;
pero en Jesucristo, «con tan sólo invocar su nombre misterioso,
volvemos a nacer, pero en su Espíritu cumplidor de Los Diez
Mandamientos». En otras palabras, con el Señor Jesucristo viviendo en
nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto y fundamental de la
salvación de Dios para Israel y la humanidad entera, «ya Satanás ni
mucho menos el ángel de la muerte nos puede culpar, ni una sola vez
más, de haber violado el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos».

Entonces cada vez que Satanás se acerque a Dios para culparnos de
haber violado el Espíritu sagrado de la Ley, como sucedió con Adán o
Job y muchos más, por ejemplo, entonces Dios lo culpara de mentiroso,
como de costumbre: «porque el Mesías ya cumplió con el Espíritu de la
Ley para todos y para sus nuevas vidas eternas, para siempre». Y esto
es vida infinita, llena de bendiciones y de salud, como la misma vida
del Árbol de la vida o de los ángeles, libres del pecado, y de las
cuales ya podemos comenzar a disfrutar cada día de nuestras vidas en
la tierra y así también en el cielo infinitamente; pero el pecado
original aún se nos opone, desafortunadamente. Es por eso que tenemos
que permanecer en la fe, para derrotar al enemigo y sus pecados
constantemente; y, por tanto, «sólo nuestro Señor Jesucristo es
nuestra fe, delante Dios y de su Espíritu Santo, a cada hora del día
en todos los días de nuestras vidas por la tierra y hasta aún más allá
de la eternidad venidera».

Porque vivir en el Espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos, en
verdad, estamos viviendo en el espíritu rebelde y mentiroso a Dios y a
su fruto de vida y salud eterna, y esto es tinieblas para maldiciones
perpetuas; «pero cuando vivimos en el Espíritu cumplidor de Los Diez
Mandamientos en nuestro Señor Jesucristo, pues vivimos en eternas
bendiciones sin iguales». Y esto es la felicidad del corazón santísimo
de nuestro Padre Celestial ya viviendo en nuestros corazones, porque
ya habremos cumplido con su voluntad perfecta y fundamental para
perdón y vida, «al creer en su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
como nuestro único y suficiente salvador de nuestras almas infinitas,
en el paraíso y en la tierra, para siempre».

En la medida en que, sólo el Señor Jesucristo tiene los poderes
sobrenaturales del cielo y de la tierra, para hacernos renacer a una
vida libre de Satanás y de sus mentiras sin fin, como la misma vida
del Árbol de la vida o de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del
cielo, por ejemplo. Es decir, que la razón de nuestros pecados y de
nuestro diario sufrimiento, «definitivamente, es porque vivimos en el
Espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos para morir cada día y
así finalmente caer en la condena del infierno», en donde jamás
escaparemos nuestros pecados ni menos ninguna de sus enfermedades:
porque el espíritu que deshonra la Ley estará aún en nosotros.

Pero si vivimos con el Señor Jesucristo en nuestros corazones, como es
la voluntad perfecta y fundamental de nuestro Creador desde siempre,
«pues entonces estamos viviendo en el Espíritu cumplidor de Los Diez
Mandamientos para gozar de bendiciones y milagros interminables», para
jamás sufrir ni una sola vez más los males terribles y escondidos de
mentiras crueles y destructoras de Satanás. Por ello, sólo nuestro
Señor Jesucristo es nuestra única luz verdadera en las tinieblas de
Santas, para ver aún más allá de lo que Satanás pueda ver, y así
escapar siempre cada una de sus trampas; y, además, también
«únicamente Jesucristo es nuestro alivio perfecto, para los males de
nuestras vidas de cada día en toda la tierra para siempre».

Entonces nosotros fuimos creados por las manos de Dios, para que el
Señor Jesucristo sea nuestra luz brillante entre las más profundas
tinieblas del más allá y, también para llevarnos siempre de su misma
mano santa, por el camino de la verdad y de la vida eterna del cielo,
para conocer todo sus poderes sobrenaturales y la gloria de sus
ángeles. Porque en el reino de los cielos, todos los ángeles fueron
creados, en sus diferentes rangos de gloria, sabiduría y poder
sobrenatural, por las palabras y por el nombre santísimo de nuestro
Padre Celestial, en el Espíritu cordial de Los Diez Mandamientos,
«para que cada uno de ellos le sirva por siempre, en perfecta santidad
y por siempre jamás».

Y, desde entonces acá, los ángeles no han parado de servirle a Él,
como su Dios y único Fundador de sus vidas celestiales; y esto es lo
mismo que Dios busca día a día para ti y para cada uno de los tuyos,
también, sin duda alguna, y sólo en su Jesucristo. Y por amor al
Espíritu sagrado de sus ordenanzas santísimas, entonces nos hizo nacer
a nosotros una vez más, y esta vez para comenzar a gozar desde ya los
frutos gloriosos de su nueva vida eterna, y sólo en el Espíritu
bendito de su Árbol de la vida, «con tan sólo comer y beber de él, su
unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Es por eso que el Señor Jesucristo no deja de caminar cada día y cada
noche hacia ti y hacia cada uno de los tuyos también, en todos los
lugares de la tierra, para bendecirte grandemente en todo lo que
necesites siempre. Y, hoy en día, cada uno de nosotros es como Adán, a
quien Dios mismo llevo por el camino de la palabra de verdad para que
nazca, espiritualmente hablando, de los huesos, de la carne, de la
sangre santísima y de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Árbol
de la vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Por cuanto, éste es el fin de cada una de las obras de las manos de
Dios, como tú y yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, «el ser exactamente como su Hijo amado, de pies a cabeza, por
dentro y por fuera, eternamente y para siempre, en la tierra y en el
nuevo reino venidero». Es por eso que el espíritu de la palabra de
verdad siempre ha venido a cada uno de nosotros día tras día y sin
cesar jamás, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo,
«para que nosotros volvamos a nacer, no en el Espíritu quebrantador de
Los Diez Mandamientos, sino todo lo contrario».

Porque el espíritu quebrantador de las ordenanzas sagradas nos condena
día y noche por nuestros pecados y por nuestras culpas, por lo tanto,
vivimos en constante zozobra del poder del mal de Santas y de sus
profundas tinieblas, de maldiciones y de enfermedades mortales en la
tierra y en el más allá, para jamás conocer la luz de la vida eterna.
Es por eso que la palabra de verdad es esencial en cada uno de
nosotros, como la mejor medicina de la ciencia para sanar nuestras
heridas, e erradicar nuestros males o enfermedades destructoras de
nuestra paz y de nuestro diario vivir en la tierra y en el paraíso
también, el fruto de la vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Y esto es de volver a nacer, en un día como hoy, por ejemplo, en el
Espíritu amigable y sumamente honrado de Los Diez Mandamientos, y sólo
en el Espíritu santísimo de la sangre y de la vida salvadora de
nuestro Señor Jesucristo, «para no tropezar más en el pecado, sino
seguir viviendo protegido por Jesucristo para la nueva eternidad
celestial». Porque la verdad es que nadie nos podrá jamás proteger tan
bien, como sólo nuestro Señor Jesucristo lo sabe hacer con el Espíritu
sagrado de su sangre expiatoria y de su vida gloriosa ante cada una de
las amenazas de muerte y de destrucción de Satanás y de sus ángeles
caídos, por ejemplo; «porque Jesucristo conoce muy bien a los
inescrupulosos».

Entonces si estamos con el Señor Jesucristo, pues bien, estamos
seguros en el camino de la vida y de la palabra de verdad para recibir
en cada instante de nuestras vidas no sólo protección divina, sino
también cada una de las bendiciones antiguas de nuestro Hacedor y de
su Espíritu Santo, para que no nos falte ningún bien del cielo jamás.
Es por eso que el Señor Jesucristo es nuestro Árbol de la vida, porque
nos cubre con sus ramas, o con sus alas celestiales, como los ángeles,
por ejemplo, «y, al mismo tiempo, nos alimenta de sus muchos y
gloriosos frutos de vida y de salud infinita cada día de nuestras
vidas en la tierra y así mismo en el paraíso».

Ahora, en la nueva eternidad venidera, tendremos días gloriosos,
largos y sin fin alguno para vivir alegres, y así por fin conocer
muchas cosas que aún no podemos entender, ni menos comenzar a
descifrar de nuestro Padre Celestial y de su nuevo plan de vida eterna
para con nosotros y para con las huestes angelicales del cielo, por
ejemplo. Porque la verdad es que nuestro Padre Celestial es un Dios
muy misterioso con todas sus cosas, pero no debemos preocuparnos por
nada, «porque nuestro Salvador Jesucristo lo conoce muy bien de pies a
cabeza, como siempre, como desde los primeros días de la antigüedad y
hasta para siempre jamás en la nueva eternidad celestial».

Es decir, que nuestro Señor Jesucristo nos revelara todo lo que
tengamos o necesitemos saber de nuestro Creador y de su Espíritu
Santo, en el día y en la hora venidera, para que no nos falte ningún
conocimiento del cielo ni de la tierra tampoco, «sino que todo sea
abierto y transparente ante nuestros ojos y en nuestros corazones
también». En otras palabras, si volvemos a nacer en el Espíritu de Los
Diez Mandamientos cumplidos de nuestro Señor Jesucristo, «entonces
hemos nacido en su verdad, en su mente, en su corazón, en su alma
santísima, para sólo conocer todo lo bueno del cielo y de sus ricas
bendiciones eternales, de sabidurías y conocimientos sin fin».

Por ello, sí verdaderamente estamos en el Señor Jesucristo, entonces
cada una de las cosas viejas han pasado, he aquí cada una de ellas es
renovada, y esta vez para gloria y honra infinita de nuestro Padre
Celestial y de su nuevo reino sempiterno, como en la nueva vida eterna
de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo. Porque
nuestro Dios no ha creado tantas cosas gloriosas en el reino de los
cielos, en la tierra y en las aguas debajo de la tierra, por ejemplo,
«para que no sean usadas jamás por sus criaturas celestiales, como los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del
cielo y así como nosotros también».

Y esto es de todos nosotros, los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso y sin el
pecado de Satanás aún; porque cada uno de nosotros fue creado en el
cielo, así mismo como los ángeles, «por lo tanto, somos celestiales,
por inicio espiritual y sin pecado alguno en nuestras almas
infinitas». Entonces somos más santos que los ángeles preliminarmente,
no tanto porque fuimos creados en las manos de nuestro Dios y de su
Espíritu Santo, para que seamos como él o como su Hijo amado, nuestro
Jesucristo, «sino porque verdaderamente fuimos creados en su perfecta
imagen y conforme a su semejanza celestial y sin ningún error alguno,
en todo nuestro ser viviente».

Sí, así es: en el día de tu creación en las manos de nuestro Padre
Celestial y de su Espíritu Santo fuiste creado mucho más santo que los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres muy santos
del cielo, para conocer a tu Dios y Fundador de tu vida, «y sólo en el
Espíritu de la Ley virgen de Jesucristo». Pero más tarde llegamos a
ser imperfectos, porque Adán se equivoco al creer en las mentiras
traicioneras de Satanás, como cualquier ingenuo de hoy en día, las
cuales llegaron a él por medio de Eva, para mal de su vida y para mal
de la vida de muchos más también, en todo el linaje humano del paraíso
y de la tierra.

Porque la realidad es que hay más gentes viviendo en el más allá de la
humanidad entera y de sus naciones eternas, comenzando con Adán y Eva
en el paraíso, que, hoy en día, en nuestras familias de todas las
naciones; «y muchos de ellos viven felices en el paraíso, porque
nuestro Salvador Jesucristo es fiel con nosotros, allá arriba
también». Es decir, que el amor de nuestro Padre Celestial es eterno
hacia cada uno de nosotros, de los que estamos aún viviendo nuestras
vidas en la tierra, y así también de los que están viviendo en el más
allá, «y sólo por medio de nuestro Salvador Jesucristo», ¡el gran rey
Mesías de todos los tiempos!

Pero, desdichadamente, los que viven aún en el espíritu quebrantador
de Los Diez Mandamientos, como desde el día que nacieron en la tierra
por voluntad humana de sus padres, «pues entonces están viviendo las
palabras de mentiras de Satanás y de la serpiente antigua, para sólo
sufrir males tras males de las profundas tinieblas del más allá en
toda la tierra». Y estas palabras de mentiras, de las cuales
invadieron los oídos, la mente, el corazón y el espíritu de Adán y Eva
primeramente, «fueron las que, sin duda alguna, los hicieron nacer en
el espíritu de error y de rebelión en contra de Dios y de su Árbol de
la vida, para que no coman ni beban jamás de su Jesucristo».

Porque Adán, y así también Eva con cada uno de sus retoños, estaba
llamado por nuestro Padre Celestial y por su Espíritu Santo desde su
primer día de existencia en el paraíso, a sólo comer del fruto del
Árbol de la vida, «para nacer del Espíritu de la vida y de la salud
eterna del Árbol de Dios», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque de
otra manera, no podían quedarse en el paraíso para seguir viviendo sus
vidas normales y celestiales, de las cuales habían recibido de nuestro
Creador en el día de su creación, sin primero nacer del Espíritu
santísimo de Los Diez Mandamientos, delante de él y de su Árbol de la
vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Visto que, Adán y Eva no nacieron en el paraíso, como cualquier ser
humano; en realidad, ellos fueron creados por las manos de Dios, lo
cual es muy diferente cuando nosotros nacimos individualmente del
vientre de nuestras madres en la tierra, por ejemplo, para
posteriormente recibir al Señor Jesucristo en nuestros corazones, como
nuestro nuevo nacimiento para la nueva eternidad celestial. Es decir,
que el llamado de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para
cada uno de nosotros, desde el día de nuestra creación en sus manos
santas es, sin duda alguna, desde la antigüedad y hasta nuestros días,
por ejemplo, «para volver a nacer, y esta vez para siempre, y sólo de
su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo!

Y es así que se entra a la vida eterna del cielo, o es así que se
regresa al paraíso de Adán y Eva o a la nueva vida infinita de La
Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo; «de otra
manera, no conoceremos jamás la vida eterna, ni menos a nuestro
Creador». Es por eso que nuestro Señor Jesucristo les decía a las
multitudes de Israel: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie
podrá jamás entrar a la vida eterna, sino es por mí; «y nuestro Señor
Jesucristo les habla así, abiertamente y claramente, para que
despierten de las tinieblas de sus pecados».

Es decir, para que así no pequen más, ni se enfermen de ningún mal de
Satanás ni de la serpiente antigua, como les había sucedido a los
ángeles caídos, por ejemplo, que, desdichadamente, creyeron en Satanás
para mal eterno de sus vidas celestes en el cielo, y así morir
condenados posteriormente en el lago de fuego y de tormento eterno.
Porque el pecado de Adán lleva el alma preciosa del hombre y de la
mujer de toda la tierra no sólo a la muerte del cuerpo y de su alma
eterna, «sino también al tormento violento del infierno y del lago de
fuego, para jamás volver a ver la vida sino perderse infinitamente en
la segunda muerte final».

Y de esta muerte nadie se podrá librar jamás, ángel caído o pecador,
porque ya no hay salvador alguno para que derrame su sangre, como
Jesucristo lo hizo sobre el monte santo de Jerusalén, para perdón de
pecados y salvación infinita de toda vida humana del hombre en la
tierra y así también en el paraíso, por ejemplo. Porque todo aquel que
muere sin haber gustado del fruto del Árbol de la vida, sea ángel del
cielo u hombre o mujer de la tierra, como Adán y Eva, por ejemplo,
«entonces tiene que morir irremisiblemente en el lago de fuego, para
cumplimiento de la justicia infinita de Dios y del Espíritu de Sus
Mandamientos vírgenes».

En realidad, cada día que vivimos sin el Señor Jesucristo en nuestros
corazones, entonces nuestras almas eternas peligran cada vez más, para
caer muertos en el infierno, sin fe y sin la salvación eterna del
nuevo renacer del Espíritu sagrado de sus ordenanzas eternas de
Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras vidas; ciertamente,
«vivimos cada día muertos sin Jesucristo». Aún así, nuestro Creador
nos ama, y nos quiere redimir de la muerte final, cuanto antes mejor,
para que el hombre y así también la mujer comience a amarle sólo a él,
«así como se los pidió a Adán y a Eva en el paraíso que lo amasen
incondicionalmente, sólo en la verdad del Espíritu virgen de Sus Diez
Mandamientos universales».

Y esta es una gloria y santidad infinita de cada uno de nosotros, de
la cual nuestro Padre Celestial lucha día y noche y sin cesar con la
ayuda idónea de su Espíritu Santo en nuestros corazones, «para
alcanzarla y jamás dejarla ir de su presencia santa, en esta vida ni
en la venidera tampoco, para siempre». Porque para esto nuestro
Creador y su Espíritu Santo los levanto de sus primeras profundas
tinieblas de la tierra, en donde estaba cada uno de ellos, perdido
infinitamente, «para que sean como su Jesucristo, de pies a cabeza, y
sólo así entonces que le amen y le sirvan a él, por siempre y para
siempre en la nueva eternidad celestial».

Es por eso que nuestro Padre Celestial lucha día y noche a capa y a
espada, para realzar su nombre santo, por el bienestar de cada uno de
nosotros, de todas las familias, naciones, pueblos, tribus y reinos de
la tierra, para que no muramos cada día en las mentiras de Satanás,
«sino que vivamos infinitamente en la verdad de su Jesucristo». Porque
en la tierra nacimos en las palabras de las mentiras de Satanás y de
la serpiente antigua, «pero en el paraíso podremos seguir viviendo
nuestras vidas normales y celestes en la palabra de verdad del Árbol
de la vida eterna», como hoy en día, por ejemplo, si sólo confesamos a
nuestro dador de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Y así jamás moriremos en la palabra de mentira de Satanás, sino que
viviremos por siempre y para siempre en la palabra de verdad de su
Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Porque nuestro Padre Celestial es un Dios sin prejuicios, obediente de
su Ley y, por tanto, muy justo para los que pecan en contra de él, al
no honrar ni exaltar la vida santísima de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, como les sucedió a los israelíes que salieron de Egipto, e
hicieron un becerro de oro para amarlo infinitamente.

Y esto les resulta ser un pecado terrible para todos los israelíes,
porque se dijeron entre ellos mismos: «Israel, éste becerro de
fundición en oro es nuestro dios, el que nos saco de Egipto, con
poderes, fuerzas y señales del cielo y de la tierra ante nuestros ojos
y ante los ojos de nuestros martirizadores». Y éste pecado en contra
de su Árbol de la vida sobre el Sinaí, ésta sangre expiatoria sobre
los dinteles de las puertas de sus casas y, justamente el único camino
y verdad para entrar a la tierra prometida a Israel, nuestro Dios,
pues, dignamente «no quiso perdonarlos jamás por razones del Espíritu
de la justicia infinita de su unigénito», ¡nuestro Jesucristo!

Ya que, cuando los israelíes rechazaron el Espíritu de la sangre
preciosa y expiatoria de su Hijo amado, al crear con sus manos un
becerro fundido en oro, entonces volvieron a nacer de las tinieblas de
la esclavitud eterna de Egipto, alejándose así una vez más de Dios, y
esta vez para siempre. Rechazando así al verdadero salvador de sus
vidas de la esclavitud terrible de Egipto, el Árbol de la vida en un
incendio brillante y glorioso del Sinaí para testimonio eterno del
mundo entero, como el del paraíso sobre el altar de Dios o más bien
como el del monte santo de Jerusalén, brillando candentemente, hasta
hoy en día, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Y éste pecado nuestro Dios no quiso perdonárselos en aquel día de la
rebelión en contra de la sangre expiatoria, aunque Moisés intercedió
por ellos instantáneamente, poniendo así su misma vida en peligro; y
la repuesta sabia de nuestro Dios a Moisés y a los israelíes fue: «Yo
no los voy a destruir hoy a todos ustedes, sino en el juicio final». Y
el SEÑOR les aseguraba, diciéndoles: «En el día del juicio final de
las cosas, entonces tendrán que darme cuenta por lo que han hecho con
el Espíritu de la sangre santísima y expiatoria de mi Cordero
Escogido, mi Hijo amado, ¡el gran rey Mesías de su salvación eterna!,
al reemplazarlo eternamente con un becerro fundido en oro que no vale
nada».

Y nuestro Dios decidió en aquel día, sin decírselo a Moisés, de que
ninguno de ellos entraría jamás a su tierra prometida, prometida
únicamente a los fieles del Espíritu y de la sangre santísima y
expiatoria de su Árbol de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo!,
brillando como fuego ardiente aún en sus corazones, como sobre el
Sinaí, por ejemplo. Ciertamente, nuestro Dios los castigo en su día y
en su hora sin más tardar, porque sus cuerpos rodearon por cuarenta
años el polvo del becerro fundido en oro en el desierto de Egipto,
para quedar postrados junto a él para siempre, «y así no volver a
caminar en el camino santo de Jesucristo, camino a la Jerusalén
Celestial, salvo sus hijos. Porque, sólo sus hijos estaban libres de
éste pecado abominable, y no se habían postrado nunca ante éste ídolo
tan abominable y tan ofensor al Espíritu cordial de la Ley y sobre
todo a la sangre expiatoria de su Hijo amado, su Jesucristo celestial
y eterno».

Además, nuestro Dios hizo todo esto por amor a la verdad, porque él es
un Dios justo y muy santo delante de su Ley bendita, y jamás la
quebrantaría, ni menos permitiría que nadie la deshonre con ningún
ídolo ni imagen de ninguna naturaleza; y el que lo hace,
«indefectiblemente muere condenado por el mismo Espíritu de la Ley
virgen». Porque el Espíritu de la Ley con Adán condena a sus hijos e
hijas a maldiciones y muertes terribles en la tierra y en el infierno;
pero, sin embargo, «la misma Ley con el Señor Jesucristo únicamente
bendice a todos, sin dejar a ninguno sin su justa bendición, de amor,
paz, gozo, felicidad, salud y vida eterna». Es decir, que fue el
Espíritu de la sangre santísima del Cordero Escogido de Dios, la cual
fue salpicada inicialmente por las manos de Moisés sobre los dinteles
de las puertas de las casas hebreas, «para que el ángel destructor
viera la expiación de la sangre y no se acercase a sus hogares para
castigarlas mortalmente, por sus pecados, por ejemplo».

En aquel día, todos los primogénitos de Egipto y de sus animales
murieron, porque el Espíritu de la sangre expiatoria del Señor
Jesucristo no había sido salpicada sobre los dinteles de las puertas
de sus casas, de acuerdo a la voluntad perfecta y fundamental de
nuestro Padre Celestial, para borrar sus pecados para siempre y así no
mueran perdidos jamás. Y en aquella noche crucial para Israel y para
la humanidad entera, entonces Dios hacía maravillas, milagros y
prodigios impensables para no sólo liberar a Israel de las mentiras de
Satanás, sino también para liberar a todas las familias de la tierra;
«porque sólo Dios salvaguardaría al mundo entero de las mentiras de
Satanás, únicamente por la verdad de su Jesucristo».

Y, desde entonces acá, nuestro Padre Celestial no para de salvaguardar
al hombre y así también a cada familia, raza, pueblo, nación, tribu,
linaje o reino de la tierra, por amor eterno a su fruto de vida, su
palabra de verdad inmortal, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque éste
evangelio de Dios se desarrollaría milagrosamente para tocar los
corazones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, y así regar religiosamente e infinitamente el Espíritu de la
gloria bendita y salvadora de la sangre santísima y expiatoria de su
Hijo amado, nuestro único salvador posible de nuestras almas eternas,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Desde que, sólo el evangelio de la sangre del pacto eterno de nuestro
Señor Jesucristo para el hombre, puede llevar diariamente la gloria
infinita del nombre santísimo de nuestro Dios hacia cada una de las
naciones de la tierra, comenzando con Israel primero, por supuesto, de
acuerdo al plan perfecto y fundamental de la salvación para la
humanidad entera. En verdad, el Espíritu del evangelio bendito de
Israel y de las familias de toda la tierra había empezado con gran
despliegue de poder, fuerza, e ira incontenible para derribar el poder
del pecado con todos sus males frecuentes, y así por fin destrozar
cada una de las tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos de la
maldad eterna.

Porque nuestro Padre Celestial sólo podía liberar y, a la vez proteger
por siempre a Adán y a su linaje humano del mal del pecado de Satanás
y de sus ángeles caídos, con tan sólo comer y beber del fruto del
Árbol de la vida del paraíso, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y así también
para con los hebreos en Egipto, puesto que, ellos no podían ser
liberados por si mismos, por más que lo tratasen con sus propias
fuerzas humanas o con sus mejores armas de guerra, por ejemplo, «pero
sí con el poder sobrenatural de la sangre viviente y expiatoria del
Árbol de la vida sobre el Sinaí», ¡nuestro Salador Jesucristo!

Y lo mismo es verdad hoy, para librarte de cualquier mal de Satanás en
tu vida y en la vida de los tuyos también, mi estimado hermano y mi
estimada hermana; «porque hay poder de vida y de salud, de la nueva
vida infinita de nuestro Creador y de su Jesucristo para tocar tu vida
y la vida de muchos poderosamente». Porque sólo nuestro Señor
Jesucristo es el Cordero Escogido de Dios, desde el principio, para
rociar el Espíritu sagrado de la sangre del pacto eterno sobre los
altares de los levitas, sobre el altar del tabernáculo de reunión de
Israel, «y así también en el altar del corazón del hombre de la
humanidad entera, para librarlo infinitamente del mal eterno».

Porque el poder sobrenatural del evangelio de nuestro Salvador
Jesucristo, desde los días de Israel en Egipto y hasta nuestros días,
es el mismo, de liberar a muchos de las cadenas cautivadores de
Satanás, «sí tan sólo creen en sus corazones y confiesan con sus
labios su nombre misterioso de su sangre expiatoria, para volver a
nacer nuevamente para el cielo». Para que entonces todos los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera sean hechos libres de la
esclavitud del pecado y de sus muchas profundas tinieblas de Satanás y
de su gente de gran maldad, «no sólo en el pueblo hebreo de siempre,
sino también en cada una de las familias y naciones de la tierra».

En la medida en que, es nuestro Padre Celestial quien nos hace renacer
una vez más en él y en el Espíritu de sus ordenanzas vírgenes, desde
la antigüedad y hasta hoy mismo, para escapar la esclavitud del pecado
de Satanás y de sus muchos males terribles, como enfermedades y
muertes eternas del infierno y del lago de fuego, por ejemplo. Es por
eso que el Espíritu santísimo de la sangre expiatoria de nuestro Señor
Jesucristo es de suma importancia en nuestro diario vivir, para no
sólo borrar nuestros pecados, «sino también para hacernos nacer de
nuevo y de su Espíritu Santo, de aquí en adelante, alejándonos así
perpetuamente de los males del pecado y de la muerte eterna del
infierno».

En vista de que, es el poder sobrenatural del Espíritu de la sangre
santísima y sacrificada de nuestro Señor Jesucristo, la cual nos hace
libres de las condenas y maldiciones del Espíritu desobediente de Los
Diez Mandamientos, en nuestro diario vivir en todos los lugares de
toda la tierra, por ejemplo. Entonces sí crees hoy mismo en tu corazón
a la palabra de verdad, con toda seguridad, has vuelo a vivir aunque
estés muerto ya y sepultado, «pero no para la vida del pecado de Adán
y Eva, sino para la vida santísima y sumamente gloriosa y honrada de
su Árbol de la vida eterna del paraíso», ¡nuestro Salvador
Jesucristo!

Es decir, también que, sin duda alguna, tu nombre ha sido escrito en
el libro de la vida, para jamás morir en el pecado, porque el ángel de
la muerte ya no tiene poder alguno sobre ti, como Satanás, por
ejemplo, «sino para vivir en la nueva vida eterna del Espíritu virgen
de la sangre santísima y cumplidora de Los Diez Mandamientos». Porque
hay muchos en la tierra que viven sin el conocimiento santísimo del
Señor Jesucristo, para hacerlos, en un momento de oración y de fe, en
hijos e hijas de Dios, «para que ya no vivan más bajo la maldición del
Espíritu quebrantador de la Ley, sino bajo el Espíritu cumplidor de la
Ley de nuestro Señor Jesucristo». Y esta es una vida gloriosa, llena
de bendiciones sin fin, por la cual fuiste creado en las manos de Dios
en el principio, en el lugar santo de los santos, en el cielo, para
que jamás te alejes de él ni de su Árbol de la vida, ¡tu Salvador
Jesucristo!

Y así todos ellos, por los poderes sobrenaturales del Espíritu de amor
de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, hacerlos volver a
nacer milagrosamente, no del espíritu ni de la carne pecadora de Adán,
«sino más bien de la carne y del Espíritu de vida y de salud infinita
de su Cordero Escogido», su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque sólo en nuestro Señor Jesucristo está la vida de cada uno de
ellos, y ésta vida es la que su corazón y así también su espíritu
humano se lo han pedido desde siempre, «pero no la pueden encontrar
jamás, porque no conocen a Jesucristo, o no han vuelto a nacer en el
poder del Espíritu de Dios, por ejemplo».

Dado que, el que está muerto en sus pecados y sin Jesucristo en su
corazón, entonces no puede conocer jamás la verdadera vida, por la
cual fue creado en el principio por Dios; es decir, que el hombre está
viviendo una vida pecadora, la cual no le perteneció a él jamás, «sino
que su verdadera vida está en su Jesucristo». Entonces la verdad es
que nuestro Padre Celestial ha estado tratando con el hombre, para que
vuelva a nacer una vez más, y esta vez para siempre, «pero sólo en el
Espíritu cumplidor de Los Diez Mandamientos eternos de nuestro Señor
Jesucristo en el paraíso, en la tierra y así también para La Nueva
Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». Porque mejor vida que ésta no
hay otra igual para nadie, ángel del cielo u hombre de la tierra,
desde la antigüedad y para siempre en la tierra y en la nueva era
venidera de Dios y de su humanidad eterna.

De hecho, esto es algo que nuestro Padre Celestial ha estado haciendo
así religiosamente con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, con cautela, cada vez que se acerca a él, únicamente por medio
de la sangre expiatoria y bendita de su Hijo amado, su único Árbol de
la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque todo aquel que
desee acercarse a su Dios que esta en los cielos, pues entonces tiene
que volver a nacer del Espíritu de sus ordenanzas santísimas, «para
así regresar por fin a su vida normal del paraíso o de La Nueva
Jerusalén celestial: en donde su alma vivirá feliz cerca de Dios y de
su Árbol de la vida eterna».

Porque para nuestro Dios, sólo los que pueden vivir con su Árbol de
vida y de salud eterna, entonces pueden muy bien acercarse a él, en la
tierra y así también en la nueva vida infinita del nuevo reino
celestial, «para que reciban a cada hora del día sus ricas y gloriosas
bendiciones de poder, felicidad y de salud infinita». Y así no sean
pobres en el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos cumplidos
infinitamente en la sangre sacrificada del gran rey Mesías, ni
vulnerables ante el pecado de Adán y de la gente de la mentira y la
decepción eterna, para robarles, matarles y destruirles, por ejemplo,
en todos los lugares de la tierra.

Entonces no sean jamás como Adán y Eva en el paraíso, en otras
palabras; porque ellos perdieron poder, salud y la felicidad de sus
corazones y de los nuestros también, sólo cuando rehusaron comer del
Señor Jesucristo en su día y, desastrosamente, «comieron del espíritu
mentiroso, malvado y rebelde de Satanás, al comer del fruto prohibido
del árbol del mal eterno». Y éste es el veneno espiritual en la vida
del hombre de toda la tierra que no se percibe a simple vista, pero le
está robando, matando y destruyendo diariamente y sin parar, desde los
primeros días de la creación y hasta nuestros días, por ejemplo,
«porque no conoce el renacer del Espíritu virgen de la Ley en su vida
aún».

Dado que, para nuestro Padre Celestial, todos los que viven con el
Espíritu de armonía y de amor infinito de su Árbol de la vida,
entonces son los que están llenos de su misma vida santísima y
gloriosa del cielo, y más no llenos del espíritu de la vida pecadora y
de enfermedades y de muertes terribles de Adán, por ejemplo. Porque
ésta es la vida pecadora y rebelde que cada pecador y cada pecadora de
toda la vida viven, hoy en día, para morir rodeados de tinieblas poco
a poco y así, por fin, caer destruidos en el fuego eterno del
infierno, candente e infinitamente tormentoso, «para jamás volver a
tener la oportunidad de conocer, ni menos comer de su Jesucristo».

Porque ésta es la felicidad del corazón del hombre, de la mujer, del
niño y de la niña de la tierra, de comer y beber del Árbol de la vida,
desde sus primeros días de existencia del paraíso y así también en la
tierra y en la nueva era venidera del nuevo reino sempiterno de Dios y
de su humanidad infinita. En verdad, esto ha sido lo más cruel que le
haya sucedido al primer hombre y a la primera mujer de la humanidad
entera, «no poder comer en su día del fruto del Árbol de la vida,
«para librarse de cada uno de los males de Satanás, para vivir con los
suyos una vida feliz y digna de Dios, para siempre».

Visto que, el que come del Señor Jesucristo, entonces vuelve a nacer
no del espíritu de la carne pecadora de sus antepasados o de Adán y
Eva, en un momento milagroso, sino del mismo Espíritu de la carne y de
la sangre santísima y llena de vida y de salud infinita de nuestro
Árbol de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque Adán, después de
haber sido creado por las manos santas de Dios, «entonces volvió a
nacer no de la carne ni de la sangre del Árbol de la vida, como Dios
deseaba, sino de la carne y de la sangre del Árbol de la ciencia del
bien y del mal, para maldición y muerte de su vida en el infierno».

Entonces el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos, infinitamente
cumplidos en la sangre expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo, es
de suma importancia, hoy en día y como en la antigüedad con Adán y Eva
en el paraíso o como con los hebreos esclavizados en Egipto, «para
volver a nacer a una nueva vida, libre del pecado y de la esclavitud
satánica». Porque la esclavitud satánica de cualquier vida del hombre
es realmente sólo para los que rehúsan vivir lejos del fruto del Árbol
de la vida, nuestro Señor Jesucristo, como le sucedió primordialmente
a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, para mal eterno de todos
sus descendientes, incluyendo al rey Mesías, ¡el Hijo de David!

En vista de que, el Hijo de David tuvo que morir sobre el monte santo
de Jerusalén, en Israel, para librarnos de la sangre pecadora y
destructora de Adán y Eva, y así por fin dejar el Espíritu de su
sangre santa que corra desembarazadamente por nuestras venas para
siempre, libre de Satanás y de la vida pecadora de hoy. Porque
«Satanás es quien esclaviza al hombre, a la mujer, al niño y a la niña
de Israel y de las familias de las naciones» con los poderes terribles
de las profundas tinieblas de las mentiras y del mal eterno en la
tierra y así también en el más allá, eternamente y para siempre, para
morir condenados en el infierno.

Pero con el Espíritu único de Los Diez Mandamientos infinitamente
cumplidos y honrados en la vida gloriosa de nuestro Árbol de la vida,
el unigénito, entonces vivimos infinitamente libres de los males de
Satanás para volver a nacer libremente, como desde hoy mismo, en la
carne y en la sangre perfecta de la nueva vida eterna del cielo,
¡nuestro Señor Jesucristo! Porque los huesos de Jesucristo no enferman
jamás, ni su carne, ni su sangre, ni su Espíritu de vida y de salud
infinita, entonces son los huesos de Adán y Eva en ti los que enferman
siempre, como tu carne, tu sangre, tu espíritu y tu vida pecadora en
todos los lugares de la tierra y aún en el infierno también. Es por
eso que debes creer en el Señor Jesucristo, como Dios manda, para que
seas como él, de pies a cabeza y por dentro y por fuera, en la tierra
y así también en el paraíso, tal cual Adán y Eva debieron hacerlo así
en su día y en su hora, para no pecar ni menos sufrir jamás.

Puesto que, sólo nuestro Señor Jesucristo, como el Hijo de Dios o como
el Árbol de la vida del paraíso, de la tierra y así también de La
Nueva Jerusalén Celestial es, sin ambages ni rodeos, nuestro único
principio y la eternidad inmortal de cada uno de nosotros, de todas
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos mundiales nunca
vistos. Entonces nuestro Dios es Rey de reyes, Dios de dioses; sólo él
es el Señor de señores, de ángeles y de hombres; es más, él es también
el primero y el último, y fuera de él nadie es igual a él, en gloria,
en majestad y en poder, si no cree en su única sangre sacrificada y
expiatoria, para siempre.

Y, por cierto, es en éste nuevo nacimiento milagroso del Espíritu
sagrado de Los Diez Mandamientos, cumplidos y honrados infinitamente
en la vida de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, es, en
la cual, somos realmente felices de ahora en adelante, «aunque vivamos
en la tierra, rodeados de Satanás y de sus mentiras crueles de toda la
vida». Porque es la sangre expiatoria del Señor Jesucristo la que nos
protege día y noche de las mentiras de Satanás y de sus gentes
engañadoras y de gran decepción eterna, «para sólo conocer por siempre
la luz de la nueva vida infinita, por la cual fuimos creados
inicialmente en las manos de nuestro Creador, para vivir felizmente
sólo en ella siempre».

Es más, ésta es la vida por la cual nuestros corazones siempre nos han
demandado para vivirla ya, como desde el día que nuestro sentido común
despertó por vez primera, «porque con el espíritu de error de Satanás
y de Adán se sienten ausentes y lejos de ella cada día que pasan
nuestras vidas en la tierra, sin Jesucristo». Pero cuando nuestro
Señor Jesucristo llega a ser parte de nuestros corazones, como es la
perfecta voluntad fundamental de nuestro Padre Celestial desde
siempre, «pues entonces comenzamos a sentirnos felices, como ya
viviendo una vez más o como en el principio, en el paraíso o en la
nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo,
por ejemplo».

Escrupulosamente, con el Señor Jesucristo estamos por dentro de Dios y
repletos de la nueva vida eterna, para sólo vivir en el espíritu de
amor, paz y de las glorias eternas del cielo; «pero sin nuestro Señor
Jesucristo, entonces estamos afuera de la verdad, como siempre, para
morir con dolores y sufrimientos indescriptibles de las tinieblas
perdidas del mismo infierno». Porque con las mentiras de Satanás
sufrimos y morimos cada día para jamás ser felices, pero con la
palabra de verdad de Jesucristo, «entonces nos gozamos en todo y somos
felices por siempre para jamás conocer el mal de la muerte, sino sólo
la gloria de la vida eterna, como debió ser inicialmente desde nuestra
creación en el cielo, por ejemplo».

Es decir, que sin el renacimiento del Señor Jesucristo estamos
muertos, como desde el día en que nacimos en la tierra, llenos del
espíritu quebrantador de las ordenanzas de Dios para sufrir sus
maldiciones sin fin, en esta vida y en la venidera también, como en el
mundo de los muertos, del más allá de Satanás y de sus ángeles caídos.
Es por eso que con el Señor Jesucristo renacemos para nuestro Dios en
los poderes sobrenaturales, de su Espíritu saludable de Sus Diez
Mandamientos cumplidos, «cumplidos infinitamente para volver a
despertar nuestros corazones, mentes y almas eternas a los nuevos días
largos y sin fin de la nueva vida del nuevo reino venidero del cielo y
de la tierra, también».

Y estos son días llenos de milagros, maravillas y de prodigios
infinitos de nuestra nueva vida hoy mismo en la tierra, aún mucho más
poderosa de la vida que nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo
le dio a Adán en el día de su creación, por ejemplo, «para sólo
conocer la felicidad y la gloria eterna de las cosas». Por lo tanto,
hoy tienes la gran oportunidad de pasar de tu vida pecadora de Adán,
hacia la vida honrada de tu Árbol de la vida, el único Salvador
posible que jamás violo la Ley, «sino que siempre la cumplió para
dártela a ti consumada, sí tan sólo crees en tu corazón y así invocas
con tus labios su nombre amigable».

Supuesto que, mayor nombre para nosotros poder escapar los males de la
vida pecadora de Adán no exista otro igual en el paraíso, ni menos en
la tierra; por ello, nuestro Padre Celestial te llama hoy más que
nunca, como llamo a los antiguos, a creer en su Jesucristo, en un
momento de fe y de oración, ¡invocando su nombre salvador! Puesto que
nuestro Creador hizo todo por ti, por medio del Espíritu de la sangre
expiatoria y todopoderosa de su unigénito, nuestro Salvador
Jesucristo, sobre el monte santo de Jerusalén, «para que pases de una
vida muerta hacia una vida sumamente gloriosa y llena de las
bendiciones eternas del paraíso y así también de La Nueva Jerusalén
Santa y Perfecta del cielo».

Para que de esta manera te goces en el Espíritu de amor de nuestro
Padre Celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que
sólo vivas para él, en los poderes gloriosos y portentosos de su
Espíritu Santo; «porque todos los dones de su Espíritu Santo son para
ti (o existen por ti), por ejemplo». Y esto es verdad, hoy en día,
como lo fue con Adán en el paraíso y así también con los antiguos de
Israel, ciertamente, «para vida y salud eterna, sí tan sólo le amas a
Él, en el espíritu y en la verdad sobrenatural de su Árbol de la vida
eterna, nuestro único gran rey Mesías», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Y sólo así puedes salir caminando de las tinieblas eternas del
infierno cuando quieras, aunque estés aún viviendo en tu vida normal
de la tierra y no mueras más, «sino que sólo vivas infinitamente en el
Espíritu bendito de la sangre expiatoria y llena de milagros,
maravillas y prodigios gloriosos del cielo y de la tierra también,
para siempre». Porque otra vida como la de su Hijo amado, nuestro
Señor Jesucristo, «nuestro Padre Celestial no quiere para ti ni para
ningún de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santos del reino de los cielos y de Su Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo, por ejemplo».

Es por eso que el nombre del Señor Jesucristo y cada palabra de su
corazón y de su sangre santísima y expiatoria viene a ti cada día y
cada noche, «para que escapes el mal terrible que agobia tu vida y la
vida de los tuyos también»; y la palabra de verdad viene a ti, porque
Dios te ama profundamente. Y sólo así no mueras más, tú ni ninguno de
los tuyos tampoco, en el espíritu de error y del olvido eterno del más
allá, como del mundo de los muertos o del infierno, por ejemplo, sino
todo lo contrario.

Nuestro Padre Celestial sólo desea que vivas infinitamente, no en la
vida pecadora de Adán que está en ti, desde que saliste del vientre de
tu madre, por ejemplo, «sino en la vida guardada para ti y los tuyos
en el Espíritu creador de la Ley viviente, en la sangre santísima y
expiatoria de su Árbol de la vida», ¡nuestro Jesucristo! Porque
nuestro Padre Celestial y así también el Espíritu cordial de Sus Diez
Mandamientos vírgenes han guardado celosamente ésta vida única y muy
santa del paraíso y de la nueva era venidera, por cierto, «sólo para
ti y para cada uno de los tuyos también, en la vida de su Hijo amado»,
¡nuestro Salvador Jesucristo!

Por ello, nuestro Creador nos ha hecho nacer de nuevo por los poderes
sobrenaturales de la palabra de verdad, desde mucho antes de la
fundación del cielo y de la tierra en su fruto de vida y de salud
eterna, «para que dejemos atrás, como en el olvido eterno del
infierno, cada palabra de mentira de Satanás y de la serpiente
antigua». Palabras de mentiras terribles como Adán y Eva las creyeron
en sus corazones, «para nacer de Satanás, para sólo conocer tinieblas
en los días de sus vidas, y al fin morir en el infierno eterno y
tormentoso del más allá», y así jamás volver a tener la oportunidad de
conocer y de gustar del fruto de la verdadera vida, ¡nuestro
Jesucristo! En otras palabras, la vida en que has nacido del vientre
de tu madre no te pertenece, sino que es una vida totalmente extraña a
ti, como extraña a tu corazón y a tu alma infinita, porque proviene de
la palabra de mentira de Satanás y de su fruto prohibido del árbol de
la ciencia del bien y del mal.

Además, estas son las palabras de mentiras las que te están
destruyendo día y noche y hasta que finalmente mueras una muerte
terrible y sin retorno alguno a la vida del paraíso, por la cual
nuestro Creador y su Espíritu Santo te crearon en sus manos santas,
para que la vivas y la goces desde hoy y en la eternidad igual. Por
todo ello, nuestro Dios sólo desea el bienestar para ti y para cada
uno de los tuyos, para que escapes las palabras de mentiras de Satanás
y sus muchas consecuencias terribles, «para entonces conocer sólo, en
la luz del Árbol de la vida, la felicidad ansiada por tu corazón y por
los corazones de todos los tuyos también».

Recuerda siempre que la palabra de mentira te destruye poco a poco,
como cualquier enfermedad rebelde al cuerpo humano, «pero la palabra
de verdad de nuestro Salvador Jesucristo sólo te podrá colmar día y
noche de bendiciones sin fin, como de milagros, maravillas y grandes
poderes del cielo y de la tierra, para que asciendas siempre hacia
arriba», ¡a la vida eterna! Pues bien, ésta es la nueva vida eterna,
por la cual nuestro Padre Celestial te creo en sus manos santas en el
principio de la humanidad entera en el cielo, «para que seas un ser de
luz, santo y puro, como su mismo Hijo amado, mucho mayor que los
ángeles y sumamente glorioso para vivir en el nuevo reino celestial».

Y sí sigues sufriendo cada día de tu vida los males antiguos, los
recuerdos malos que no se alejan de ti, pues esto significa que no has
vuelvo a nacer de la luz de Dios ni de su Jesucristo, para que te
encuentres a ti mismo en el epicentro de tu verdadera vida infinita
ya, ¡cómo la del Árbol de la vida! Y ésta vida eterna es tu
Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, la sangre expiatoria de tus
pecados, el Hijo de David, tu nuevo renacer, el Cordero escogido, el
sumo sacerdote eternal, el Santo de Israel y de las naciones para
perdón, para salud y para vida eterna, en la tierra y en el paraíso,
eternamente y para siempre. ¡Amén!

¡Gloria al SEÑOR! ¡Dale gloria a tu Dios, pues, hoy más que nunca, y
sólo en el nombre del Señor Jesucristo, su Hijo amado para ti y para
los tuyos también, eternamente y siempre en la nueva eternidad
celestial!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


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http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx



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