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| Sábado, 14 de junio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) FELIZ DÍA DEL PADRE 2008 A TODOS: La pluma descansa sobre el papel y sobre la mesa de escribir, para recrearme un poco en el Día del Padre. ¡Feliz Día del Padre a todos! ¡Y que todos se junten con sus padres y le den su abrazo de amor eterno! En la medida en que, el amor de padre a hijo e hija es para siempre. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, con su misma vida, que nuestro Padre celestial es para siempre, no sólo para él, como su Hijo amado o como el Cristo, sino también para cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias de las naciones del mundo, por ejemplo. Y así también nuestros padres biológicos en la tierra y en el cielo. Porque en la tierra regresamos a ellos siempre porque los vemos, y cuando partimos al cielo de regreso a nuestra vida del paraíso, entonces nos volvemos a juntar con ellos, para jamás volvernos a separar por razones de la muerte del pecado, sino que viviremos juntos con ellos infinitamente, gracias a lo que Jesucristo ha hecho por nosotros con su sangre unificadora. Es decir, que sea que estemos en la tierra o en el paraíso de regreso a la vida eterna, volvemos a ellos, a nuestros padres, por mandato de Dios, ¡gracias a nuestro Salvador Jesucristo! Como nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, después de haber resucitado de entre los muertos, en el Tercer Día, entonces él mismo le dijo a María Magdalena, quien fue la primera en buscarlo y en verlo vivo dentro de su tumba y con dos ángeles que le servían, suéltame que no he subido a mi Padre que está en los cielos. Regreso a él, porque él es mi Padre y el Padre de todos ustedes; él es mi Dios y el Dios de todos ustedes. Así pues nosotros también, como hijos e hijas de nuestros padres biológicos en toda la tierra, regresamos a nuestro padre, no sólo en el día del Padre, sino también en cada día de nuestras vidas. Sea que nuestro padre biológico esté en la tierra o en el cielo, regresamos a él siempre para saludarlo y para darle mucho de nosotros, de todo lo que nuestro Dios nos haya dado en nuestras vidas, gracias a su Jesucristo, como es lógico. Porque nuestro Padre celestial que está en los cielos nos ve y desea que honremos a nuestros padres biológicos, para que ese amor de padre a hijo e hijas entonces crezca siempre y nunca deje de ser. Por eso, nuestro Padre celestial envió a su Jesucristo al mundo, para que él, por el poder del Espíritu Santo de su palabra de verdad, haga, entonces, volver el corazón de los padres a sus hijos, y el corazón de los hijos a sus padres; y si no yo mismo vendré, dice el SEÑOR Todopoderoso, golpeare la tierra con destrucción, (Mal. 4: 4). Ahora, en éste día muy especial, voy a ver el juego de pelota entre Ecuador y Argentina; y que gane el mejor, (aunque yo le voy de antemano a nuestra selección nacional a todas luces y como de costumbre). Pienso que ustedes también; espero que sea así, ya que ellos necesitan de nuestro apoyo incondicional siempre, para alcanzar sus metas por muy difíciles que sean y por donde sea que vayan también por el mundo futbolístico. Además, deseo tomar esta noble oportunidad, como el Día del Padre y delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santísimo que están en los cielos, para agradecerles grandemente por haberme permitido escribirles mis libros y Cartas del cielo a cada uno de todos ustedes, por ejemplo, no sólo en el Ecuador, sino también en muchos lugares más. Pues éste es el evangelio de la antigüedad de señales interminables, aquí con nosotros, para echar al suelo paredes impenetrables de hierro y, a la vez romper las cadenas de la esclavitud del maligno, para que las familias del SEÑOR sean libres para amarle y servirle sólo a él, en el espíritu y en la verdad infinita de su Jesucristo. Le doy, pues, gracias a nuestro Padre celestial por su tiempo y por su amor hacia él y hacia su perfecta voluntad de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, en sus corazones, en sus almas eternas y, en fin, en sus nuevas vidas abundantes en la tierra y en el cielo también. Porque la vida eterna de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado es para cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todas las naciones, sin duda alguna, para vivirla ya con cada uno de sus milagros, maravillas y poderes sobrenaturales del cielo y de la tierra, para gloria y honra de su nombre muy santo. Y, además, le doy gracias a nuestro Padre celestial de todo corazón por cada uno de ustedes, porque él mismo los ama con su más profundo amor antiguo y eternal, como siempre ama la verdad y la justicia celestial e infinita de su Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por ello, han sido nobles y dignos de la sangre expiatoria de Jesucristo, llena de bendiciones y favores de nuestro Creador y de su Espíritu Santo, para hacerlos volver a nacer no de la vida pecadora de Satanás, sino la de su Árbol de la vida eterna, su Hijo Santo, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además, le dio gloria y honra a nuestro Dios y Creador de nuestras almas infinitas, por haberme dado un poco de su tiempo, para leer y estudiar la palabra de bendición, de prosperidad y de salvación eterna para nuestros corazones y para nuestras almas vivientes; y así ninguno de ustedes no caiga jamás en las trampas crueles de Satanás. Porque Satanás tiene a su gente, malvada, mentirosa y cruel, hablando mentiras, calumnias y blasfemias terribles en contra de la palabra y del espíritu del evangelio eterno de nuestro Señor Jesucristo, para hacer milagros, maravillas y prodigios en los cielos y en la tierra para sanar de todo corazón a cada uno de sus hijos e hijas. Porque así nuestro Padre celestial se ha placido en liberar a sus hijos e hijas de todas las familias de las naciones, para que gocen hoy y siempre de la paz y de la felicidad de su verdadera vida de sus corazones y de sus almas vivientes, para que no mueran más sino todo lo contrario. Y esto es para que cada uno de ellos viva infinitamente, como él mismo vive con su Jesucristo, por ejemplo, en el cielo; porque nuestro Padre celestial es Dios de vivos y más no de muertos; es decir, que si Dios es tu Dios por medio de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces ya no estás muerto, sino vivo para la eternidad. Visto que, es la voluntad perfecta de nuestro Padre celestial, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, de que cada uno de nosotros entre a la vida eterna, de la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, pero sólo por el camino antiguo de la verdad eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque ésta ciudad nuestro Padre celestial la creo con mucho amor en su corazón para cada uno de nosotros, para que la amemos, tal cual como ella misma nos ama con sus cielos gloriosos, aguas y sus tierras llenas de vida y de árboles frondosos, repletos de sus más ricos y saludables frutos para agradar nuestro paladar y sanar nuestros cuerpos siempre. Además, éste amor de nuestro Dios no es diferente al de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, en verdad es el mismo en nuestros corazones y en nuestros cuerpos y espíritus humanos, hoy en día en la tierra y así también en la nueva eternidad celestial. Por lo tanto, nuestro Padre celestial nos ama profundamente, como jamás lo podríamos pensar en nuestras mentes y en nuestros corazones humanos, por ejemplo, así como ama desde siempre a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que seamos exactamente como él, en la tierra y así también en el cielo, cada día de nuestras nuevas vidas infinitas y celestiales. Y es por eso que es muy necesario para nuestro Padre celestial que cada uno de nosotros vuelva a nacer de la palabra de verdad de su fruto de vida eterna, tal como se lo requirió a Adán y a Eva que lo hiciesen así en el paraíso, para bien eterno de sus vidas y la de los suyos también. Porque el volver a nacer de la palabra de verdad, sólo nos llenaría de felicidades insondables a nuestros corazones, almas, espíritus y cuerpos humanos, para sólo conocer y gustar del bien de cada una de las cosas creadas por nuestro Dios, por nuestro Espíritu Santo y por nuestro Salvador Jesucristo, ¡el perfecto Árbol de la vida eterna de nuestra humanidad entera! Muchas gracias entonces, por haber permitido que los poderes sobrenaturales de nuestro Padre celestial, de su Hijo amado y de su Espíritu Santo hayan entrado en sus vidas cada día más para cambiar e enriquecer sus corazones profundamente como hoy mismo, con tan sólo creer e invocar el nombre santísimo de nuestro Señor Jesucristo, ¡el único salvador posible de nuestras almas inmortales! Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es el amor, la verdad, el gozo, la felicidad, la sabiduría, el poder, la fuerza y la vida infinita de nuestros corazones, de nuestras almas y de nuestros cuerpos humanos, glorificados en nuestro Padre celestial y en su Espíritu Santo para la nueva eternidad venidera. La gracia de nuestro Dios sea con cada uno de ustedes hoy y siempre. Ya escribiré más para todos ustedes en los próximos días, por los poderes sobrenaturales de las Escrituras del SEÑOR, ¡la Santa Biblia! Gracias, entonces, por su amor incondicional a nuestro Padre celestial y a su Jesucristo, y a su Espíritu Santísimo también en el Día del Padre y por siempre. Y síganse gozando grandemente de las señales de maravillas, milagros y prodigios del cielo y de la tierra del evangelio antiguo de nuestro Señor Jesucristo para con cada uno de ustedes, de los que aman a su Dios y Fundador de sus nuevas vidas celestiales, ¡el SEÑOR Todopoderoso! ¡Amén! (Las siguientes “Cartas del cielo” las deberían volver a leer todos, especialmente los padres de familia, ya que contienen muchas bendiciones sobrenaturales de nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, para que no sólo vuelvan a nacer en el camino antiguo de las muchas bendiciones, maravillas y milagros grandiosos del cielo y la tierra, sino mucho más que esto. Y esto es para que se acerquen más y más al Dios Todopoderoso, lo cual es muy importan hoy más que nunca, para que el corazón santísimo de nuestro Dios sea bendecido por nosotros mismos, gracias al Espíritu noble de la gracia infinita de su Jesucristo, en nuestros corazones eternos latiendo vida eterna desde ya en nuestras tierras para la eternidad.) Carta: EL QUE ESTÁ EN JESUCRISTO ES UN INFANTE DEL CIELO PARA DIOS: De modo que sí alguno está en el Señor Jesucristo, es un recién nacido para nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo que están en los cielos; las cosas viejas pasaron al olvido eterno, para jamás volver a ser recordadas; he aquí todas son hechas nuevas en Cristo Jesús, Señor nuestro, exclusivamente para los que aman a su Creador Celestial. Y sin el Señor Jesucristo nada podrá volver a ser nuevo para el hombre delante de Dios en el paraíso, en la tierra y así también en el nuevo reino venidero, eternamente y para siempre. Por lo tanto, el plan de Salvación de nuestro Padre Celestial para Adán y para cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, «era simplemente que tenia que volver a nacer del Espíritu de la Ley divina del paraíso y del nuevo reino celestial, para entrar a la vida eterna». Y sin este nuevo nacimiento voluntario y personal de cada uno de sus hijos e hijas, entonces no podían jamás no sólo permanecer a vivir sus vidas normales del paraíso, sino que también jamás podrían ser parte de la nueva vida venidera. Cómo en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo, con tan sólo volver a nacer, en un momento de fe y de obediencia a nuestro Padre Celestial y a su Espíritu Santo, al comer del fruto de vida eterna del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y, por ello sin esta comida celestial del Árbol de Dios, «entonces Adán ni ninguno de sus descendientes podía hacer jamás del cielo su morada infinita, ni mucho menos conocer el verdadero amor de Dios al verle a Él cara a cara», tal cual como siempre su Hijo le ha conocido desde la antigüedad. Por cuanto, para llegar a alcanzar no sólo la gloria de vivir en el cielo, sino de conocer al misma tiempo el Creador del cielo y de la tierra, «entonces se requiere vivir en el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos de Dios», totalmente honrado por el Espíritu de una sangre santa, poderosa, feliz y expiatoria, como la de Jesucristo. Porque sólo el Señor Jesucristo es el cumplimiento cabal del Espíritu de Los Diez Mandamientos en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era venidera del nuevo reino celestial; porque, además, «sólo el Señor Jesucristo es la vida perfecta de Los Diez Mandamientos divinos de Dios, eternamente y para siempre». O también podríamos decir que la vida de Los Diez Mandamientos es el Señor Jesucristo o el gran rey Mesías de todos los tiempos, el Ángel del Señor o el Hijo de David, por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo, para nuestro Padre Celestial y para toda su verdad y justicia infinita y, además de todo redentora, «es el Espíritu glorioso e infinitamente cumplido de Los Diez Mandamientos eternos en su corazón santo y así también en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». En vista de que, mayor Espíritu del Señor Jesucristo para agradar el corazón santísimo de nuestro Padre Celestial y, a la vez, el corazón del hombre y de la mujer de todas las familias de las naciones de toda la tierra, en verdad, no existe otro igual, en el cielo ni menos en la tierra, para siempre. Entonces el que ama el Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés, «en realidad está amando al Señor Jesucristo en lo íntimo de su corazón y de su espíritu humano, como Dios manda, para gloria y honra de nuestro Padre Celestial en la tierra y en el cielo, para siempre». Y esto es ya el engrandecimiento del espíritu de la paz y de la felicidad insondable del corazón sagrado de nuestro Padre Celestial, de su Espíritu Santo y así también de sus huestes angelicales del cielo y del hombre y de la mujer de fe, de toda la tierra, por ejemplo. Por lo tanto, sin el Señor Jesucristo en el corazón de Adán y así también de cada uno de sus descendientes, en sus millares, en el paraíso y en la tierra, «entonces nuestro Dios no puede jamás comenzar la nueva vida eterna de la nueva ciudad celestial»; y esto no sólo es tristeza para el cielo, sino para la tierra también. En la medida en que, es totalmente imposible comenzar la nueva vida eterna en el corazón y en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, «sí el Espíritu de Los Diez Mandamientos no ha sido cumplido cabalmente en su vida espiritual, por medio de la invocación del Señor Jesucristo». Y estas son profundas tinieblas de males terribles de Satanás y de su espíritu de error por todos lados, en la vida del hombre de toda la tierra, comenzando por los lugares altos y celestes del más allá, como el paraíso, por ejemplo, «porque fue ahí en donde empezó el pecado del hombre para mal eterno de muchos lamentablemente». Porque todos los que están en el espíritu de error de Adán, ciertamente van camino hacia la condena eterna de la muerte del fuego perpetuo del infierno y del lago de fuego también, «para jamás volver a tener la oportunidad de ver la nueva vida eterna de Dios y del Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Y éste camino es ancho y lleno de muchos placeres mundanos de la vida pecadora y rebelde al nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!; pero el camino al cielo, sin duda alguna, «es la verdad y la misma vida de nuestro Señor Jesucristo». Es por eso que era indispensable para Adán comer del fruto del Árbol de la vida, cuanto antes mejor, no sólo para él mismo sino también para todo su linaje humano, para que así comience a vivir desde ahora la vida infinita del cielo, «tal cual como Dios los había creado para esta gran obra celestial de sus manos santas». Porque la nueva vida infinita del nuevo reino sempiterno, en el transcurso del tiempo, es una obra santa, gloriosa y justa de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para vivir por fin eternamente con sus huestes angelicales, «y el hombre es una de sus partes muy importantes, si no la más importante de todas ellas, con toda seguridad». Ya que de Adán y de sus hijos, el paraíso y así también la tierra y los demás lugares creados por nuestro Padre Celestial, por su Espíritu Santo y por su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, «iban a ser poblados de pueblos, naciones y reinos para que por fin conozcan a su Creador y a su único nombre salvador del cielo». Y este nombre salvador de nuestro Padre Celestial, en el cielo y así también en toda la tierra, es el de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!, «para hacer a las naciones y sus familias junto con sus religiones autóctonas volver a nacer en el Espíritu Sagrado de las ordenanzas eternas del cielo». Por lo tanto, mayor nombre santísimo de nuestro Padre Celestial, lleno de vida y de salud eterna de milagros, maravillas y de prodigios sobrenaturales, para el paraíso y para toda la tierra de la humanidad entera, no hay otro igual, eternamente y para siempre, «para por fin despertar, sanar y así librar al hombre de su muerte segura del infierno». Es por eso que nuestro Padre Celestial nos ha dado, nos ha confiado, sin escatimar nada de Él mismo, su nombre muy santo, lleno de los dones de su Espíritu Santísimo de su Ley viviente, «para que escapemos la muerte del más allá y así sigamos viviendo entonces nuestras nuevas vidas infinitas, aún más allá de lo imposible». Para que todo aquel que invoque su nombre antiguo y misterioso, entonces al instante, como en un momento de fe y de oración, escape cada una de las más terribles tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos, para librar su alma preciosa de muchos males y enfermedades terribles y, sobre todo, de la muerte segura y cruel del infierno. Porque sólo nuestra fe, basada en el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo nos puede librar de los males de la tierra y así también de los del mundo de los muertos, como del ángel de la muerte; por ende, «sin el nombre del Señor Jesucristo, entonces nadie puede tener vida alguna jamás». Dado que, para nuestro Creador, el vivir en perfecta santidad del Espíritu de Sus Diez Mandamientos es, en si, sin duda alguna, el haber comido ya del fruto del Árbol de la vida eterna, su gran rey Mesías, ¡nuestro Salvador Jesucristo!; de otra manera, «no podemos vivir en paz con Dios, ni menos gozar ninguna de sus bendiciones infinitas para siempre». Y esto es de miedo espantoso, para no decir más, que nuestro Padre Celestial esté airado constantemente con cada uno de nosotros en el reino de los cielos, porque no podemos honrar el Espíritu de sus ordenanzas sagradas en nuestros corazones, «ya que el Espíritu de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, no está en nuestro diario vivir como debe ser». Y este es un pecado mortal de cada día, el cual no sólo ha destruido a muchas vidas ingenuas y engañadas, sino que también han muerto perdidos en las profundas tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos en sus corazones atormentados por sus propios males, «porque viven lejos de toda verdad y justicia cumplida de las ordenanzas celestiales sólo en Jesucristo». Además, nuestro Padre Celestial no desea ver el sufrir constante de Satanás en el corazón ni menos en la vida preciosa de ninguno de sus hijos e hijas, «sino la felicidad y la alegría infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, al tan sólo creer en su nombre santo para ser librarse de muchos males ocultos, por ejemplo». Porque todos los que hemos nacido del espíritu de la vida y de la sangre pecadora y rebelde de Adán, sin duda alguna, «somos rebeldes infinitamente no sólo a nuestro Padre Celestial, sino también al Espíritu y a cada palabra de nuestro fruto del Árbol de la vida del paraíso y de la nueva era venidera», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por ello, tenemos problemas en nuestras vidas y los enemigos gratuitos no nos faltan jamás, y hasta aún de los que menos pensamos, porque el espíritu de error de Adán en nuestras vidas, «infelizmente atrae las tinieblas junto con los males de otros, para añadir más aflicción y dolor a nuestras vidas, ya agobiadas por los males comunes de cada día». Porque el espíritu de error de Adán en nuestras vidas de cada día atrae, muchas veces sin que nos demos cuenta de nada, como piedra magnética, tinieblas escondidas y traicioneras de gente que jamás pensamos conocer en nuestras vidas de tierras lejanas, «para añadir más mal a nuestras almas infinitas ya agobiadas por la rivalidad terrible de Satanás». Y Satanás nos envidia terriblemente, porque somos la gloria de Dios, «como que somos, por ejemplo, sin duda alguna, la misma imagen y semejanza celestial y perfecta de su Árbol de vida eterna del nuevo reino venidero, para no pecar jamás, sino sólo vivir en la paz y la felicidad eterna del cielo». Es por eso que tenemos que volver a nacer del Espíritu Santo de Los Diez Mandamiento cumplidos en la vida y la sangre expiatoria del Señor Jesucristo, «para escapar el espíritu de error y de rebelión de Adán y Eva hacia Dios y hacia su gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, no podremos jamás escapar nuestras propias tinieblas de siempre, ni muchos menos las tinieblas de otras gentes, sino que moriremos cada vez más, como cada día que viene a nuestros días de vida por toda la tierra, para oscurecer aun más que antes nuestros corazones en las más profundas tinieblas de Satanás y de su infierno sin compasión. Entonces si somos rebeldes a nuestro Padre Celestial y a su Jesucristo, por inicio, «pues moriremos indefectiblemente en este mismo espíritu de error y de rebelión eterna de Adán y de Eva hacia nuestro Salvador celestial y hacia cada una de sus muy ricas bendiciones infinitas», para jamás conocer la felicidad añorada de nuestros corazones y de nuestras almas eternas. En verdad, esta es una muerte cruel de nuestros corazones y de nuestras almas eternas, de la cual nuestro Padre Celestial está haciendo todo lo posible y hasta lo imposible también, «para redimirnos de sus males escondidos y terribles, por medio del Espíritu sagrado de la vida y de la sangre expiatoria de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque «éste espíritu de rebelión»,el cual comenzó en el paraíso, en el día que Adán y Eva comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuando no estaban supuestos a comer de él, «es eterno en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera para muerte segura, en el infierno». Y, por lo tanto, es éste mismo espíritu de error hacia el fruto del Árbol de la vida del paraíso y de La Nueva Jerusalén Colosal, «el cual te hace no sólo pecar día y noche y sin cesar ante nuestro Creador, sino que es el mismo espíritu rebelde, el cual te lleva hacia tu día final en el infierno tormentoso». Es por eso que estamos llamados, por nuestro Creador y por su Espíritu Santo, a escapar éste terrible mal de nuestras vidas, «el cual empezó, desdichadamente, en el corazón de Eva y luego se regó hacia a Adán y cada uno de sus descendientes en toda la tierra» (como hoy en día contigo y conmigo, para morir atormentados en el infierno). Además, nuestro Padre Celestial no nos forma en sus manos santas, para que seamos esclavos del pecado y de sus muchos males eternos, ni víctimas del ángel de la muerte ni mucho menos propiedad personal para los caprichos de Satanás, «sino que nos creo en su imagen y conforme a semejanza gloriosa para vivir infinitamente en La Nueva Jerusalén Celestial». Es por eso que, hoy en día, tenemos una entrada asegurada en el libro de la vida, para entrar a la vida eterna en la tierra y en el paraíso de nuevo, «y esta vez para quedarnos con Él, porque hemos vuelto a nacer del Espíritu cumplido por Jesucristo de la Ley divina, para sólo conocer el bien eterno». Por ello, desde ahora en adelante, estamos en el Señor Jesucristo, viviendo confiados, para sólo recibir el bien del cielo y de su Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, para que nos supla cada una de nuestras necesidades, «y sin que jamás nos falte su favor ni su protección constante de nuestro Padre Celestial y Fundador de nuestras vidas eternas», ¡el Todopoderoso! Porque nuestro Padre Celestial es el Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas sus cosas, «y su Hijo amado es el único Árbol de la vida eterna del paraíso, de la tierra y así también de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Entonces nuestro Hacedor piensa en nuestro bienestar día y noche y, simultáneamente, se preocupa mucho por cuando nos ve vulnerable ante los ataques crueles del pecado y de Satanás, «para que jamás recibamos en nuestras vidas el Espíritu de la sangre santísima y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, para sólo entonces comenzar a entender toda verdad y justicia salvadora». Ciertamente, Satanás es un mentiroso y cobarde ante toda verdad y justicia salvadora de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo para bien de Israel y de las naciones de la tierra; por lo tanto, «nuestro Dios conoce muy bien a los malvados y inescrupulosos, para darles su merecido en su día y en su hora, sin más tardar». Entonces «si amamos a Dios y a su Ley santísima, pues entonces amamos de verdad al Espíritu Salvador de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, aunque no lo hayamos visto aún, como los antiguos lo vieron cara a cara, por ejemplo», cuando ministraba a las multitudes de Israel para sanar sus cuerpos y liberarlos de las tinieblas de Satanás. Porque es el Espíritu de la sangre expiatoria, la cual es viviente, llena de poderes del cielo y de la tierra y, por tanto, nos llena de las bendiciones de nuestro Dios «para entonces nosotros poder alejarnos de las tinieblas y así empezar una nueva vida maravillosa, como la que él quiere, llena del conocimiento sagrado de su Jesucristo». Porque el que conoce al Señor Jesucristo, «entonces para nuestro Creador ha vuelto a nacer para él y para su nueva vida infinita, llena de su Espíritu Santo, el cual es para cada uno de nosotros», en nuestros millares, en toda la tierra, el gozo, el poder, la gloria, la santidad y la salud que necesitamos diariamente y para siempre. Porque con el Espíritu del Señor Jesucristo instalado en nuestros corazones, entonces estamos con Dios para crecer siempre en muchos de sus atributos gloriosos y espirituales de nuestras vidas, «para sólo conocer el amor de las cosas siempre»; pero sin el Señor Jesucristo, «entonces estamos con Satanás y lejos de toda verdad y justicia celestial y salvadora, para nuestras almas infinitas». Y esto es una muerte cruel y segura en la tierra y en el infierno también, eternamente y para siempre; por ello, nuestro Dios está luchando cada día junto con su Espíritu de amor eterno en contra de Satanás, «para que este mal no sea una realidad jamás para ninguno de sus hijos e hijas de todas las familias de la tierra». Es decir, que si estamos con Satanás, como desde cuando nacimos en la carne y la sangre de nuestros padres, «entonces estamos lejos de Dios por culpa del pecado de Adán y Eva del paraíso, para seguir pecado para siempre desastrosamente; pero si recibimos al Señor Jesucristo, «entonces estamos vivos antes Dios, para ser árboles de buen fruto a cada instante». Porque las manos de nuestro Dios nos crea en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para ser siempre el bien de todos, y más no para que seamos el mal de nadie jamás; es decir, que estamos llamados por Dios ha estar siempre en el espíritu del Señor Jesucristo y más no en el espíritu de error de Adán. Porque si nuestro Salvador Jesucristo es el Árbol de la vida del paraíso y del mundo entero, pues nosotros también, tal cual como él mismo, «para ser infinitamente árboles de vida y de bendición eterna no sólo para los nuestros, sino potencialmente para cada familia de las naciones, para jamás sufrir el mal eterno, sino gozar por siempre del bien angelical». Porque todos los que están en el Señor Jesucristo, pues son los verdaderos árboles del paraíso, para dar por siempre frutos de salud y de bendición eterna para todos, en toda la creación de Dios; pero si permanecemos en el espíritu de error de Adán y Eva, entonces somos instrumento de Satanás, para destrucción y muerte eterna en el infierno. Y nuestro Dios no nos creo, para que seamos el mal favorito de Satanás, sino para el bien eterno de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo; «porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la alegría eterna del corazón de Dios y así también de cada uno de nuestros corazones, en la tierra y en la eternidad infinita». Y esta alegría infinita del Señor Jesucristo no tiene principio ni fin, sino que desde siempre y para siempre ha existido en el corazón de Dios, en su Espíritu Santo y en cada uno de sus ángeles fieles a él y a su nombre santo, y así pues también hoy en día con nosotros de todas las familias de la tierra. Es decir, si tan sólo creemos en el Señor Jesucristo en nuestros corazones y confesamos su nombre santísimo y misterioso con nuestros labios, pues seremos felices eternamente y para siempre; «y esto es para volver a nacer no en el Espíritu quebrantado de la Ley divina, sino del Espíritu infinitamente cumplido de la Ley celestial en nuestro Salvador Jesucristo». Por lo tanto, si hemos vuelto a nacer del Espíritu de Dios, y ya no vivimos en el espíritu de error, «pues entonces todas las bendiciones del cielo y de la tierra vienen una a una a nosotros, cada vez que la necesitemos para nosotros o para los nuestros, por ejemplo, en cualquier lugar de toda la tierra». Y sí esto es así con cada uno de nosotros, de acuerdo a la voluntad perfecta de nuestro Creador y de su Espíritu Santo, gracias al nacimiento sin pecado y vida gloriosa y fructífera del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, «pues entonces tenemos que vivir en el Espíritu de Jesucristo cada día, para gozar de muchos favores del cielo siempre». Porque el favor de Dios está siempre presente únicamente con los que están viviendo día a día en el Espíritu del Señor Jesucristo, y más no los que están viviendo en el espíritu de error y rebelde en contra de toda verdad y justicia infinita de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo, por ejemplo. Y sí esto es así, pues entonces tenemos que huir del espíritu de error y de Satanás, cuanto antes mejor, «para volver a nacer no de la carne y del espíritu de Adán, sino de la carne y del Espíritu de la sangre y de la vida santísima del paraíso, para comenzar a sentir a Dios y a su Espíritu Santo ininterrumpidamente». Y este Espíritu de la carne y de la sangre santísima del cielo es, sin duda alguna, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo; y sólo así podremos realmente volver a nacer en la tierra y para el paraíso, para ser declarados por nuestro Dios: «libres de Satanás y de sus pecados eternos, para no morir jamás, sino vivir felices infinitamente». Entonces sólo nuestro Padre Celestial puede remover de nuestras vidas a Satanás y a cada uno de sus pecados terribles, «sí tan sólo confiamos en él y en el Espíritu glorioso de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, para despertar de las tinieblas en donde estamos, para entonces vivir una vida mejor y abundante del nuevo reino celestial desde hoy». Ya que, sólo el Señor Jesucristo nos puede librar de cada uno de los males terribles de Satanás y del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, «sí únicamente permanecemos en él, para que ya no sólo no pequemos más, sino para que ya no muramos más para Satanás y para su mundo interminable del infierno. Es por eso que es importante para nosotros permanecer siempre en el Espíritu de la fe, por la sangre y la vida expiatoria del Señor Jesucristo, «para librarnos cada día de nuestras vidas de los poderes de Satanás y del infierno, y sólo entonces nuestros corazones y nuestras mentes podrán comenzar a ver la luz de nuestra verdadera vida eterna del paraíso». Es decir, que tenemos que volver a nacer, «para salir del espíritu de error y de maldad eterna de Adán y de su fruto prohibido del pecado, la rebelión, de las enfermedades y de muchos males más», incluyendo hasta la misma muerte terrible de nuestras almas infinitas en la tierra y en el lago de fuego eterno, por ejemplo. Y sin éste nacimiento del Espíritu de Dios y de su Árbol de la vida en nuestros corazones, «entonces no tenemos ningún chance o oportunidad alguna de volver a ver la vida del paraíso», como Adán y Eva la vieron antes de morir en sus pecados de rebelión ante el Señor Jesucristo, al comer del fruto prohibido para mal de muchos. Es decir, que «el fruto del árbol prohibido aún está en nosotros, y es por eso que somos rebeles desdichadamente a muchas cosas que son de Dios si no de todas, como no amar al Señor Jesucristo, por inicio», como el mejor amigo de nuestras almas y de nuestras vidas en la tierra y así también en la eternidad también, por ejemplo. Porque todo aquel que nace de la sangre rebelde de Adán, pues come del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, «es decir, que ha nacido del espíritu de error y rebelión, por inicio, hacia Dios y hacia su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para mal eterno de su vida y la de muchos también, trágicamente». Aparte de eso, el que cree en Jesucristo entonces nace automáticamente del Árbol de la vida, como el Hijo de Dios, ya sea en el paraíso o en la tierra, pues ahora vive para la vida celestial de La Nueva Jerusalén Celestial, «en donde viviremos por siempre todos nosotros, en la carne y en la sangre sagrada de nuestro Salvador Jesucristo». Porque la verdad es que nadie podrá jamás vivir en la nueva vida santa del nuevo reino sempiterno, como en La Nueva Jerusalén Celestial, «sí primeramente no ha vuelto a nacer en la carne ni en la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo»; es más «ni al paraíso podrá regresar el primer pecador, Adán, sin la sangre expiatoria del Señor Jesucristo». Porque sólo el Señor Jesucristo es el pan del cielo, el fruto de la vida de cada hombre, mujer, niño y niña, «para escapar cada día el mal de Satanás, y así vivir por fin libre de la mancha del pecado desde hoy, en sus corazones y en sus mentes, para sólo conocer el amor y la verdad de Dios infinitamente». Porque todos han nacido en la tierra, por inicio, desde Caín y Abel, los primeros hijos de Adán en al tierra, en el espíritu rebelde del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, «y así también cada uno de nosotros, en todas las naciones, por ejemplo, salvo el Árbol de la vida», ¡el Hijo de David! En vista de que, de acuerdo a la Escritura, el Espíritu de Dios descendió del cielo y entro en el vientre virgen de la hija de David, para que a los nueve meses de embarazo, «entonces nos diera la sangre interminable de la vida eterna en su Hijo amado, el Hijo de David», ¡el gran rey Mesías de todos los tiempos! Porque era necesario que el gran rey Mesías naciese de su misma sangre santa y expiatoria, pero sin la mancha del pecado de la sangre rebelde de Adán, por ejemplo: «porque la sangre rebelde de Adán ya había quebrantado el Espíritu de la Ley en el paraíso, al rehusar comer de su fruto de vida eterna, Jesucristo, para mal eterno de todos». Entonces sólo con una sangre nueva y sumamente santa y gloriosa del Hijo de David, no sólo él mismo podía nacer en la tierra libre del pecado de Adán, «sino que también cada uno de sus descendientes, al creer en su nombre santo, para volver a nacer en el paraíso literalmente, pero esta vez libre del espíritu de la sangre pecadora de Adán». Porque es la sangre pecadora de Adán en nuestras venas la que ofende constantemente a Dios y a su Ley santísima y, por tanto, nos maldice y enferma siempre, «y más no así con la sangre santísimay expiatoria del Señor Jesucristo, el Santo de Israel y de la humanidad entera, pues ella nos salva y nos llena de bendiciones abundantemente». Ya que, sin el Espíritu de la vida y de la sangre expiatoria del gran rey Mesías no podíamos jamás volver a nacer, ni mucho menos vivir en paz con nuestro Dios y con su Espíritu Santo para siempre, en la tierra ni menos en el nuevo reino celestial. Y, ahora si el Espíritu de Dios entro en el vientre virgen de la hija de David, para que a los nueve meses de embarazo el Hijo de David naciese en la tierra prometida de Israel, cumpliendo así la promesa de Dios de salvar a Israel de sus pecados con su rey Mesías, «pues entonces Jesucristo es tu Mesías también infinitamente». Y sí recibes, hoy en día, al Señor Jesucristo en tu corazón, como tu Mesías (el único Salvador perfecto de tu vida), pues entonces ya no estás viviendo en el espíritu de error ni de las maldiciones eternas de Satanás, sino todo lo contrario. Realmente «estás viviendo en el Espíritu de la vida y de la sangre santísima e intercesora por ti, la cual clama a Dios con su voz santísima día y noche, para que jamás te falte ninguno de sus muchos favores celestiales, terrenales e infinitos, por ejemplo, en tu vida ni en la vida de los tuyos tampoco». Porque para esto nos dio su sangre santísima y misteriosa nuestro Señor Jesucristo, «para que su misma sangre santa venga a ser nuestra sangre de vida, de salud, de paz, de felicidad y de bendiciones eternas y, a la vez clame por nosotros diariamente ante nuestro Hacedor, y así no nos falte ningún bien del cielo, ni de la tierra, jamás». Dado que, la promesa de salvación y de bendición eterna viene hacia cada uno de nosotros, aun cuando no habíamos nacido en la tierra, por nuestro Padre Celestial, «para tocar nuestras vidas en un día como hoy, por ejemplo, llena de amor, paz, gozo y felicidad infinita del Espíritu de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos para todos nosotros y para siempre». Porque sin el cumplimiento cabal del Espíritu de las ordenanzas de Dios y de su Espíritu Santo, entonces la posibilidad de una vida nueva en la tierra y en el nuevo reino sempiterno es totalmente imposible; pero gracias a nuestro Señor Jesucristo, «porque él sí cumplió con el Espíritu de la Ley, para siempre y para todos nosotros también, con certeza». Es más, nadie podría jamás cumplir el Espíritu de Los Diez Mandamientos en todos los días de su vida, salvo nuestro Salvador Jesucristo, «para ponerle fin a la sangre de Adán y así finalmente empezar la nueva vida infinita con la sangre de Jesucristo, sólo soñada por Dios mismo desde la antigüedad, para La Nueva Jerusalén Celestial y Soberana, por ejemplo». Es por eso que el nacimiento virgen del Espíritu de Dios en el vientre de la hija de David era necesario, para darnos al gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, «y así entonces hacernos infinitamente parte de su carne santa y de su sangre sacrificada, llena de vida eterna para todo el mundo y para siempre». Es decir, también, que al fin del embarazo de la joven virgen, «quien rompió su virginidad, y salió de ella, fue, sin duda alguna, el mismo Espíritu de Dios hecho carne y sangre reparadora, como el único prometido de Dios para Israel desde la antigüedad, para darnos el Hijo de Dios», ¡el único Salvador posible de Israel y del mundo entero! Y esta es la única salvación posible y eterna de Dios y de su Espíritu Santo, hoy en día, para cada uno de nosotros, de todas las familias, naciones, pueblos, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, «para así no seguir viviendo en el poder del pecado ni de la muerte eterna de Satanás, sino todo lo contrario». Y esto es de vivir día y noche y por siempre, como de ahora en adelante, y en la eternidad venidera también, «únicamente en el milagro glorioso y salvador del Espíritu Santísimo de la carne y de la sangre santificadora del Señor Jesucristo, su Hijo amado», ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera! Porque esta es la única manera correcta de vivir delante de nuestro Creador para Adán y así también para cada uno de nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo, «para que la sangre del Señor Jesucristo bendiga su nombre santísimo, y más no lo ignore como siempre lo ha hecho la sangre rebelde de Adán». Porque cada uno de nosotros, comenzando con Adán en el paraíso, fue creado en las manos de Dios, en su imagen y conforme a su semejanza divina, «para ser por siempre y para siempre tal cual como el Señor Jesucristo ha sido en su vida santísima del reino celestial delante de Él y de su Espíritu Santo, por ejemplo». Es decir, también, que cada uno de nosotros es una copia exacta del Señor Jesucristo delante de Dios, «sí tan sólo invocamos su nombre salvador y creemos en su obra santísima», la cual lleva acabo sobre el monte santo de Jerusalén, para fin de la sangre rebelde de Adán y el comienzo de la sangre obediente y expiatoria en todos nosotros. Entonces sólo esa es la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para con cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos las familias de las naciones de la tierra, «de exclusivamente llevar la santidad, la verdad y la vida santa y perfecta de su Hijo amado para siempre, en la tierra y en el cielo». Porque es la sangre santísima y expiatoria del Señor Jesucristo la cual nos da vida y salud infinita día a día, «porque clama con su voz favorecedora por cada uno de nosotros continuamente delante de nuestro Padre Celestial, para que ningún mal del enemigo jamás nos haga daño a nosotros ni a ninguno de los nuestros, por ejemplo». Porque es la sangre rebelde de Adán, la cual nos lleva por el camino de la maldición eterna por su voz mentirosa, para enfermarnos y finalmente dejarnos caer a nuestra mala suerte eterna en el infierno, por ejemplo, para jamás volver a conocer el amor, la verdad y la justicia de Dios y de su Jesucristo en nuestras vidas. Es decir, que con el Señor Jesucristo ya viviendo en nuestras vidas, «entonces para nuestro Hacedor cada verdad, cada santidad, cada justicia, cada milagro, cada maravilla, cada prodigio y cada poder sobrenatural que haya salido de Él, absolutamente viene a ser de nosotros también infinitamente»; porque para esto nos creo Dios, «para que seamos como su Jesucristo en todo y para siempre». Es por eso que debemos estar llenos del Espíritu Santo de la sangre aclamadora y viviente del Señor Jesucristo, para que estemos siempre felices y ricos en santidad delante de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, y más no pobres y maldecidos por Satanás y por su gente del engaño eterno, por causa de la sangre mentirosa de Adán en nosotros. Además, el día se acerca ya, «cuando cada uno de nosotros seamos revestidos de los huesos, de la carne, de la sangre y de la vida santísima de nuestro Señor Jesucristo», tal cual como Dios nos crea inicialmente en el cielo, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para jamás volver a conocer el mal, sino sólo el bien. Y es el Espíritu de esta sangre santísima de Jesucristo que está en los cielos, «la que nos devuelve la vida eterna hoy», la cual Satanás se la quiso robar para él, para que no solamente no sea salpicada sobre el altar del monte santo de Jerusalén para fin del pecado, sino también para que no sea salpicada sobre nosotros jamás. Porque es en la sangre del Señor Jesucristo, «en donde nuestro Padre Celestial nos ha dado su misma vida eterna, es decir, una vida mayor y muy poderosa de la que Adán y Eva perdieron en el paraíso, al comer rebeldemente del fruto prohibido para mal de sus vidas y de la de sus hijos por doquier, por ejemplo». Entonces cuando invocamos al Señor Jesucristo como nuestro único y suficiente salvador de nuestras vidas, «lo que estamos haciendo es volver a nacer en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos», de acuerdo a la voluntad perfecta de Dios, para ser hechos sus hijos, «de la misma manera cuando el Señor Jesucristo nació de la hija de David, por ejemplo». Por ello, cuando recibimos a Jesucristo como nuestro salvador personal de nuestras almas infinitas, no sólo nos perdona y nos libera instantáneamente de los males del infierno, «sino que nos hace nacer de nuevo, pero en su mismo Espíritu Santo, para darnos vida y salud infinita, como sí hubiésemos nacido del vientre virgen de su madre biológica, por ejemplo». Entonces era necesario que el Ángel del Señor entrase en el vientre virgen de la hija de David, «para darnos ese nuevo nacimiento sin igual de vida y de salud eterna, y sólo así cada uno de nosotros pueda volver a nacer del vientre virgen también, pero sin la sangre pecadora de Adán», para seguir infinitamente la vida eterna de Jesucristo. Además, sólo así no sólo escaparemos del poder del infierno sino también de cada una de las profundas tinieblas de la misma muerte eterna del ángel de la muerte y de Satanás, «para entrar por fin a la vida eterna y aun mientras vivimos en el mundo, como sí ya viviéramos en el paraíso y con nuestro Árbol de la vida, por ejemplo». Porque los que nacen de Adán viven en la vida de los problemas de Satanás para morir en el infierno, pero los que vuelven a nacer del Espíritu de Dios, al invocar al Señor Jesucristo en un momento de fe y de oración, pues entran al instante a vivir sus nuevas vidas infinitas y con todos sus poderes celestiales del paraíso. En otras palabras, el que nace en la tierra nace para vivir la vida pecadora y rebelde de Adán hacia Dios y hacia su fruto de vida y de salud, «pero los que vuelven a nacer en el Señor Jesucristo, en realidad nacen en la vida riquísima del Árbol de la vida del paraíso, para no enfermarse ni menos morir jamás». Y sólo así podremos estar para siempre, en esta vida y en la venidera también, «en el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos cabalmente cumplidos en la vida sagrada de nuestro Señor Jesucristo», para jamás volver a conocer la amenazada de la muerte del infierno, sino únicamente la vida santísima del paraíso y de La Nueva Jerusalén Colosal del cielo. Pues para esto nuestro Padre Celestial nos crea en sus manos santísimas en el reino de los cielos, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, «para jamás conocer la amenaza de la muerte eterna del infierno ni de sus maldiciones infinitas, sino sólo conocer la vida eterna del Árbol de la vida, su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque toda la verdadera vida personal de nuestro Padre Celestial, sólo se encuentra en su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo; «y sin nuestro Señor Jesucristo para nuestro Padre Celestial y así también para el hombre de la tierra no hay vida que valga en esta vida ni en la venidera tampoco, eternamente y para siempre». Porque sólo el que está en el Señor Jesucristo puede permanecer delante de Dios y de su Espíritu Santo, «ya sea en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era venidera, como en La Nueva Jerusalén Colosal e Infinita, en donde todo es paz, amor y vida abundante y alegría sin igual para los hijos de Dios». Sí, sólo los que están en el Señor Jesucristo, para nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo junto con sus huestes angelicales del cielo, es, en realidad, un recién nacido en la tierra para entrar desde ahora, a la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Y, de ahora en adelante, eres una nueva criatura infinita, como de costumbre, pero esta vez lleno de vida y de los poderes sobrenaturales de la sangre santísima y sumamente purificadora del Árbol de la vida, tal como Dios deseo que fuese así contigo y con Adán, desde el principio de todas las cosas y del linaje humano en el paraíso. Carta: EN JESUCRISTO RENACEMOS EN LA PERFECTA VOLUNTAD DEL CIELO: Por su propia voluntad, nuestro Padre Celestial nos hizo nacer por la palabra de verdad, y más no por la palabra de mentira de Satanás, como en el caso de Adán, por ejemplo, para que seamos primicias de sus criaturas celestiales ya en la tierra, para entrar felices y llenos de su paz infinita a su nuevo reino sempiterno. Porque sólo los que son nacidos de Jesucristo, en realidad, podrán comenzar a ver y, también, a vivir la vida eterna en la tierra y así en el cielo; ya que, nada que haya nacido de Adán, o del Árbol de la ciencia del bien y del mal, podrá entrar jamás a la nueva vida infinita del cielo. Visto que, el reino de los cielos fue creado por Dios para los ángeles y para los justos de la humanidad entera, como tú y yo, hoy en día, por ejemplo, «sí sólo invocamos a su Hijo amado con nuestros labios, para ser bañados del poder de la salvación infinita de la sangre redentora». Porque los que son de Dios, son los que son lavados y santificados por la sangre del pacto eterno, la sangre viviente y expiatoria del altar de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En otras palabras, nadie que es nacido de la palabra de mentira, como Adán y Eva o como cada uno de sus retoños, como tú y yo, hoy en día, sí no creemos en Jesucristo, por ejemplo, «no podrá permanecer jamás para seguir viviendo su vida normal del paraíso, porque morirá en sus pecados y en sus delitos infinitamente». Y los que mueren en sus pecados y delitos son aquellos que no han sido lavados, ni menos purificados por la sangre redentora y sacrificada del Árbol de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo! ; por lo tanto, «no podrán ver la vida eterna jamás». Y esto no es que Dios los mate en el paraíso como sus enemigos eternos, sino que simplemente es la consecuencia final del espíritu del error de las mentiras de Satanás en Adán y en Eva y así también en cada uno de sus retoños, en la tierra y en el más allá, eternamente y para siempre. A no ser que vuelvan a nacer de la palabra de verdad del cielo y de toda la tierra también, en un momento de oración y de fe, invocando al dador de la vida infinita; porque «hay poderes sobrenaturales en cada palabra de verdad para vida eterna de nuestro Padre Celestial y de su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por ello, esta palabra de verdad de Dios en la tierra y así también en el reino de los cielos, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, sin duda alguna, ha sido su Hijo amado, el Árbol de la vida, nuestro gran rey Mesías de todos los tiempos, ¡el Hijo de David! Y como el Hijo de David no hay otra verdad igual en todo Israel para sanidad, para liberación y para vida eterna, eternamente y para siempre; porque sí existiera alguien mejor que Jesucristo, para bendecir a Dios y la vida de la humanidad entera, «ya lo conociéramos perfectamente, sin duda alguna»; porque nuestro Dios es poderoso para manifestárnoslo, sin tanto preámbulos. Entonces sólo Jesucristo es quien nos sana de los males terribles del árbol de la ciencia del bien y del mal de Adán y Eva, para que Satanás y cada uno de sus secuaces sea derrotado en tu vida de cada día, como ángeles caídos y así también como gentes de la mentira y de la decepción eterna, por ejemplo. Porque no hay mayor mentiroso en la tierra que aquel que vive de la palabra de mentira de Satanás, para hacerles daño a gente inocente y simple; por eso, «sólo nuestro Señor Jesucristo es quien nos protege día y noche con el espíritu de la palabra de verdad, de cada una de las artimañas escondidas del maligno». Entonces la palabra del Señor Jesucristo es importante en nuestras vidas, como el agua a la sed, para no sólo escapar el pecado y sus males antiguos, como las enfermedades y la muerte del infierno, sino también para darnos vida infinita, «como de un nacimiento tan original y único, como el de Jesucristo del vientre virgen de la hija de David». Porque era necesario que el Hijo de David naciese de las profundas tinieblas del vientre virgen de la hija de David, para derrotar a Satanás desde sus propias hondas tinieblas; es decir, «desarraigar a Satanás desde sus propias raíces, para que no vuelva a vivir más, o para que no vuelva a surgir otra vez, como la maleza, por ejemplo». Dado que, para vivir santos de Dios, no es que tengamos que cumplir con el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos, cuando ya lo hemos quebrantado muchas veces, como nuestros antepasados, por ejemplo, sino nacer de él mismo Espíritu Santo una vez más, «y esta vez por los poderes sobrenaturales del mismo nacimiento espiritual y virgen de nuestro Señor Jesucristo». Porque el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo fue santo y puro, libre del pecado y de cada mentira de Satanás para empezar la nueva vida eterna del cielo, «y así es nuestro renacimiento también»: puro, santo y sin ninguna mancha de Satanás, para vivir felices con nuestro Dios en la tierra y en el cielo, para siempre jamás. Es decir, también que todos hemos nacido en el espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos por culpa de Adán, en contra del fruto del Árbol de la vida, para vivir en el espíritu de error y de la mentira; pero en Jesucristo, «con tan sólo invocar su nombre misterioso, volvemos a nacer, pero en su Espíritu cumplidor de Los Diez Mandamientos». En otras palabras, con el Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto y fundamental de la salvación de Dios para Israel y la humanidad entera, «ya Satanás ni mucho menos el ángel de la muerte nos puede culpar, ni una sola vez más, de haber violado el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos». Entonces cada vez que Satanás se acerque a Dios para culparnos de haber violado el Espíritu sagrado de la Ley, como sucedió con Adán o Job y muchos más, por ejemplo, entonces Dios lo culpara de mentiroso, como de costumbre: «porque el Mesías ya cumplió con el Espíritu de la Ley para todos y para sus nuevas vidas eternas, para siempre». Y esto es vida infinita, llena de bendiciones y de salud, como la misma vida del Árbol de la vida o de los ángeles, libres del pecado, y de las cuales ya podemos comenzar a disfrutar cada día de nuestras vidas en la tierra y así también en el cielo infinitamente; pero el pecado original aún se nos opone, desafortunadamente. Es por eso que tenemos que permanecer en la fe, para derrotar al enemigo y sus pecados constantemente; y, por tanto, «sólo nuestro Señor Jesucristo es nuestra fe, delante Dios y de su Espíritu Santo, a cada hora del día en todos los días de nuestras vidas por la tierra y hasta aún más allá de la eternidad venidera». Porque vivir en el Espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos, en verdad, estamos viviendo en el espíritu rebelde y mentiroso a Dios y a su fruto de vida y salud eterna, y esto es tinieblas para maldiciones perpetuas; «pero cuando vivimos en el Espíritu cumplidor de Los Diez Mandamientos en nuestro Señor Jesucristo, pues vivimos en eternas bendiciones sin iguales». Y esto es la felicidad del corazón santísimo de nuestro Padre Celestial ya viviendo en nuestros corazones, porque ya habremos cumplido con su voluntad perfecta y fundamental para perdón y vida, «al creer en su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como nuestro único y suficiente salvador de nuestras almas infinitas, en el paraíso y en la tierra, para siempre». En la medida en que, sólo el Señor Jesucristo tiene los poderes sobrenaturales del cielo y de la tierra, para hacernos renacer a una vida libre de Satanás y de sus mentiras sin fin, como la misma vida del Árbol de la vida o de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. Es decir, que la razón de nuestros pecados y de nuestro diario sufrimiento, «definitivamente, es porque vivimos en el Espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos para morir cada día y así finalmente caer en la condena del infierno», en donde jamás escaparemos nuestros pecados ni menos ninguna de sus enfermedades: porque el espíritu que deshonra la Ley estará aún en nosotros. Pero si vivimos con el Señor Jesucristo en nuestros corazones, como es la voluntad perfecta y fundamental de nuestro Creador desde siempre, «pues entonces estamos viviendo en el Espíritu cumplidor de Los Diez Mandamientos para gozar de bendiciones y milagros interminables», para jamás sufrir ni una sola vez más los males terribles y escondidos de mentiras crueles y destructoras de Satanás. Por ello, sólo nuestro Señor Jesucristo es nuestra única luz verdadera en las tinieblas de Santas, para ver aún más allá de lo que Satanás pueda ver, y así escapar siempre cada una de sus trampas; y, además, también «únicamente Jesucristo es nuestro alivio perfecto, para los males de nuestras vidas de cada día en toda la tierra para siempre». Entonces nosotros fuimos creados por las manos de Dios, para que el Señor Jesucristo sea nuestra luz brillante entre las más profundas tinieblas del más allá y, también para llevarnos siempre de su misma mano santa, por el camino de la verdad y de la vida eterna del cielo, para conocer todo sus poderes sobrenaturales y la gloria de sus ángeles. Porque en el reino de los cielos, todos los ángeles fueron creados, en sus diferentes rangos de gloria, sabiduría y poder sobrenatural, por las palabras y por el nombre santísimo de nuestro Padre Celestial, en el Espíritu cordial de Los Diez Mandamientos, «para que cada uno de ellos le sirva por siempre, en perfecta santidad y por siempre jamás». Y, desde entonces acá, los ángeles no han parado de servirle a Él, como su Dios y único Fundador de sus vidas celestiales; y esto es lo mismo que Dios busca día a día para ti y para cada uno de los tuyos, también, sin duda alguna, y sólo en su Jesucristo. Y por amor al Espíritu sagrado de sus ordenanzas santísimas, entonces nos hizo nacer a nosotros una vez más, y esta vez para comenzar a gozar desde ya los frutos gloriosos de su nueva vida eterna, y sólo en el Espíritu bendito de su Árbol de la vida, «con tan sólo comer y beber de él, su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Es por eso que el Señor Jesucristo no deja de caminar cada día y cada noche hacia ti y hacia cada uno de los tuyos también, en todos los lugares de la tierra, para bendecirte grandemente en todo lo que necesites siempre. Y, hoy en día, cada uno de nosotros es como Adán, a quien Dios mismo llevo por el camino de la palabra de verdad para que nazca, espiritualmente hablando, de los huesos, de la carne, de la sangre santísima y de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Árbol de la vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por cuanto, éste es el fin de cada una de las obras de las manos de Dios, como tú y yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, «el ser exactamente como su Hijo amado, de pies a cabeza, por dentro y por fuera, eternamente y para siempre, en la tierra y en el nuevo reino venidero». Es por eso que el espíritu de la palabra de verdad siempre ha venido a cada uno de nosotros día tras día y sin cesar jamás, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, «para que nosotros volvamos a nacer, no en el Espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos, sino todo lo contrario». Porque el espíritu quebrantador de las ordenanzas sagradas nos condena día y noche por nuestros pecados y por nuestras culpas, por lo tanto, vivimos en constante zozobra del poder del mal de Santas y de sus profundas tinieblas, de maldiciones y de enfermedades mortales en la tierra y en el más allá, para jamás conocer la luz de la vida eterna. Es por eso que la palabra de verdad es esencial en cada uno de nosotros, como la mejor medicina de la ciencia para sanar nuestras heridas, e erradicar nuestros males o enfermedades destructoras de nuestra paz y de nuestro diario vivir en la tierra y en el paraíso también, el fruto de la vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y esto es de volver a nacer, en un día como hoy, por ejemplo, en el Espíritu amigable y sumamente honrado de Los Diez Mandamientos, y sólo en el Espíritu santísimo de la sangre y de la vida salvadora de nuestro Señor Jesucristo, «para no tropezar más en el pecado, sino seguir viviendo protegido por Jesucristo para la nueva eternidad celestial». Porque la verdad es que nadie nos podrá jamás proteger tan bien, como sólo nuestro Señor Jesucristo lo sabe hacer con el Espíritu sagrado de su sangre expiatoria y de su vida gloriosa ante cada una de las amenazas de muerte y de destrucción de Satanás y de sus ángeles caídos, por ejemplo; «porque Jesucristo conoce muy bien a los inescrupulosos». Entonces si estamos con el Señor Jesucristo, pues bien, estamos seguros en el camino de la vida y de la palabra de verdad para recibir en cada instante de nuestras vidas no sólo protección divina, sino también cada una de las bendiciones antiguas de nuestro Hacedor y de su Espíritu Santo, para que no nos falte ningún bien del cielo jamás. Es por eso que el Señor Jesucristo es nuestro Árbol de la vida, porque nos cubre con sus ramas, o con sus alas celestiales, como los ángeles, por ejemplo, «y, al mismo tiempo, nos alimenta de sus muchos y gloriosos frutos de vida y de salud infinita cada día de nuestras vidas en la tierra y así mismo en el paraíso». Ahora, en la nueva eternidad venidera, tendremos días gloriosos, largos y sin fin alguno para vivir alegres, y así por fin conocer muchas cosas que aún no podemos entender, ni menos comenzar a descifrar de nuestro Padre Celestial y de su nuevo plan de vida eterna para con nosotros y para con las huestes angelicales del cielo, por ejemplo. Porque la verdad es que nuestro Padre Celestial es un Dios muy misterioso con todas sus cosas, pero no debemos preocuparnos por nada, «porque nuestro Salvador Jesucristo lo conoce muy bien de pies a cabeza, como siempre, como desde los primeros días de la antigüedad y hasta para siempre jamás en la nueva eternidad celestial». Es decir, que nuestro Señor Jesucristo nos revelara todo lo que tengamos o necesitemos saber de nuestro Creador y de su Espíritu Santo, en el día y en la hora venidera, para que no nos falte ningún conocimiento del cielo ni de la tierra tampoco, «sino que todo sea abierto y transparente ante nuestros ojos y en nuestros corazones también». En otras palabras, si volvemos a nacer en el Espíritu de Los Diez Mandamientos cumplidos de nuestro Señor Jesucristo, «entonces hemos nacido en su verdad, en su mente, en su corazón, en su alma santísima, para sólo conocer todo lo bueno del cielo y de sus ricas bendiciones eternales, de sabidurías y conocimientos sin fin». Por ello, sí verdaderamente estamos en el Señor Jesucristo, entonces cada una de las cosas viejas han pasado, he aquí cada una de ellas es renovada, y esta vez para gloria y honra infinita de nuestro Padre Celestial y de su nuevo reino sempiterno, como en la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo. Porque nuestro Dios no ha creado tantas cosas gloriosas en el reino de los cielos, en la tierra y en las aguas debajo de la tierra, por ejemplo, «para que no sean usadas jamás por sus criaturas celestiales, como los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo y así como nosotros también». Y esto es de todos nosotros, los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso y sin el pecado de Satanás aún; porque cada uno de nosotros fue creado en el cielo, así mismo como los ángeles, «por lo tanto, somos celestiales, por inicio espiritual y sin pecado alguno en nuestras almas infinitas». Entonces somos más santos que los ángeles preliminarmente, no tanto porque fuimos creados en las manos de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, para que seamos como él o como su Hijo amado, nuestro Jesucristo, «sino porque verdaderamente fuimos creados en su perfecta imagen y conforme a su semejanza celestial y sin ningún error alguno, en todo nuestro ser viviente». Sí, así es: en el día de tu creación en las manos de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo fuiste creado mucho más santo que los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres muy santos del cielo, para conocer a tu Dios y Fundador de tu vida, «y sólo en el Espíritu de la Ley virgen de Jesucristo». Pero más tarde llegamos a ser imperfectos, porque Adán se equivoco al creer en las mentiras traicioneras de Satanás, como cualquier ingenuo de hoy en día, las cuales llegaron a él por medio de Eva, para mal de su vida y para mal de la vida de muchos más también, en todo el linaje humano del paraíso y de la tierra. Porque la realidad es que hay más gentes viviendo en el más allá de la humanidad entera y de sus naciones eternas, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, que, hoy en día, en nuestras familias de todas las naciones; «y muchos de ellos viven felices en el paraíso, porque nuestro Salvador Jesucristo es fiel con nosotros, allá arriba también». Es decir, que el amor de nuestro Padre Celestial es eterno hacia cada uno de nosotros, de los que estamos aún viviendo nuestras vidas en la tierra, y así también de los que están viviendo en el más allá, «y sólo por medio de nuestro Salvador Jesucristo», ¡el gran rey Mesías de todos los tiempos! Pero, desdichadamente, los que viven aún en el espíritu quebrantador de Los Diez Mandamientos, como desde el día que nacieron en la tierra por voluntad humana de sus padres, «pues entonces están viviendo las palabras de mentiras de Satanás y de la serpiente antigua, para sólo sufrir males tras males de las profundas tinieblas del más allá en toda la tierra». Y estas palabras de mentiras, de las cuales invadieron los oídos, la mente, el corazón y el espíritu de Adán y Eva primeramente, «fueron las que, sin duda alguna, los hicieron nacer en el espíritu de error y de rebelión en contra de Dios y de su Árbol de la vida, para que no coman ni beban jamás de su Jesucristo». Porque Adán, y así también Eva con cada uno de sus retoños, estaba llamado por nuestro Padre Celestial y por su Espíritu Santo desde su primer día de existencia en el paraíso, a sólo comer del fruto del Árbol de la vida, «para nacer del Espíritu de la vida y de la salud eterna del Árbol de Dios», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque de otra manera, no podían quedarse en el paraíso para seguir viviendo sus vidas normales y celestiales, de las cuales habían recibido de nuestro Creador en el día de su creación, sin primero nacer del Espíritu santísimo de Los Diez Mandamientos, delante de él y de su Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! Visto que, Adán y Eva no nacieron en el paraíso, como cualquier ser humano; en realidad, ellos fueron creados por las manos de Dios, lo cual es muy diferente cuando nosotros nacimos individualmente del vientre de nuestras madres en la tierra, por ejemplo, para posteriormente recibir al Señor Jesucristo en nuestros corazones, como nuestro nuevo nacimiento para la nueva eternidad celestial. Es decir, que el llamado de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo para cada uno de nosotros, desde el día de nuestra creación en sus manos santas es, sin duda alguna, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, «para volver a nacer, y esta vez para siempre, y sólo de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Y es así que se entra a la vida eterna del cielo, o es así que se regresa al paraíso de Adán y Eva o a la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo; «de otra manera, no conoceremos jamás la vida eterna, ni menos a nuestro Creador». Es por eso que nuestro Señor Jesucristo les decía a las multitudes de Israel: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie podrá jamás entrar a la vida eterna, sino es por mí; «y nuestro Señor Jesucristo les habla así, abiertamente y claramente, para que despierten de las tinieblas de sus pecados». Es decir, para que así no pequen más, ni se enfermen de ningún mal de Satanás ni de la serpiente antigua, como les había sucedido a los ángeles caídos, por ejemplo, que, desdichadamente, creyeron en Satanás para mal eterno de sus vidas celestes en el cielo, y así morir condenados posteriormente en el lago de fuego y de tormento eterno. Porque el pecado de Adán lleva el alma preciosa del hombre y de la mujer de toda la tierra no sólo a la muerte del cuerpo y de su alma eterna, «sino también al tormento violento del infierno y del lago de fuego, para jamás volver a ver la vida sino perderse infinitamente en la segunda muerte final». Y de esta muerte nadie se podrá librar jamás, ángel caído o pecador, porque ya no hay salvador alguno para que derrame su sangre, como Jesucristo lo hizo sobre el monte santo de Jerusalén, para perdón de pecados y salvación infinita de toda vida humana del hombre en la tierra y así también en el paraíso, por ejemplo. Porque todo aquel que muere sin haber gustado del fruto del Árbol de la vida, sea ángel del cielo u hombre o mujer de la tierra, como Adán y Eva, por ejemplo, «entonces tiene que morir irremisiblemente en el lago de fuego, para cumplimiento de la justicia infinita de Dios y del Espíritu de Sus Mandamientos vírgenes». En realidad, cada día que vivimos sin el Señor Jesucristo en nuestros corazones, entonces nuestras almas eternas peligran cada vez más, para caer muertos en el infierno, sin fe y sin la salvación eterna del nuevo renacer del Espíritu sagrado de sus ordenanzas eternas de Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras vidas; ciertamente, «vivimos cada día muertos sin Jesucristo». Aún así, nuestro Creador nos ama, y nos quiere redimir de la muerte final, cuanto antes mejor, para que el hombre y así también la mujer comience a amarle sólo a él, «así como se los pidió a Adán y a Eva en el paraíso que lo amasen incondicionalmente, sólo en la verdad del Espíritu virgen de Sus Diez Mandamientos universales». Y esta es una gloria y santidad infinita de cada uno de nosotros, de la cual nuestro Padre Celestial lucha día y noche y sin cesar con la ayuda idónea de su Espíritu Santo en nuestros corazones, «para alcanzarla y jamás dejarla ir de su presencia santa, en esta vida ni en la venidera tampoco, para siempre». Porque para esto nuestro Creador y su Espíritu Santo los levanto de sus primeras profundas tinieblas de la tierra, en donde estaba cada uno de ellos, perdido infinitamente, «para que sean como su Jesucristo, de pies a cabeza, y sólo así entonces que le amen y le sirvan a él, por siempre y para siempre en la nueva eternidad celestial». Es por eso que nuestro Padre Celestial lucha día y noche a capa y a espada, para realzar su nombre santo, por el bienestar de cada uno de nosotros, de todas las familias, naciones, pueblos, tribus y reinos de la tierra, para que no muramos cada día en las mentiras de Satanás, «sino que vivamos infinitamente en la verdad de su Jesucristo». Porque en la tierra nacimos en las palabras de las mentiras de Satanás y de la serpiente antigua, «pero en el paraíso podremos seguir viviendo nuestras vidas normales y celestes en la palabra de verdad del Árbol de la vida eterna», como hoy en día, por ejemplo, si sólo confesamos a nuestro dador de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y así jamás moriremos en la palabra de mentira de Satanás, sino que viviremos por siempre y para siempre en la palabra de verdad de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque nuestro Padre Celestial es un Dios sin prejuicios, obediente de su Ley y, por tanto, muy justo para los que pecan en contra de él, al no honrar ni exaltar la vida santísima de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como les sucedió a los israelíes que salieron de Egipto, e hicieron un becerro de oro para amarlo infinitamente. Y esto les resulta ser un pecado terrible para todos los israelíes, porque se dijeron entre ellos mismos: «Israel, éste becerro de fundición en oro es nuestro dios, el que nos saco de Egipto, con poderes, fuerzas y señales del cielo y de la tierra ante nuestros ojos y ante los ojos de nuestros martirizadores». Y éste pecado en contra de su Árbol de la vida sobre el Sinaí, ésta sangre expiatoria sobre los dinteles de las puertas de sus casas y, justamente el único camino y verdad para entrar a la tierra prometida a Israel, nuestro Dios, pues, dignamente «no quiso perdonarlos jamás por razones del Espíritu de la justicia infinita de su unigénito», ¡nuestro Jesucristo! Ya que, cuando los israelíes rechazaron el Espíritu de la sangre preciosa y expiatoria de su Hijo amado, al crear con sus manos un becerro fundido en oro, entonces volvieron a nacer de las tinieblas de la esclavitud eterna de Egipto, alejándose así una vez más de Dios, y esta vez para siempre. Rechazando así al verdadero salvador de sus vidas de la esclavitud terrible de Egipto, el Árbol de la vida en un incendio brillante y glorioso del Sinaí para testimonio eterno del mundo entero, como el del paraíso sobre el altar de Dios o más bien como el del monte santo de Jerusalén, brillando candentemente, hasta hoy en día, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y éste pecado nuestro Dios no quiso perdonárselos en aquel día de la rebelión en contra de la sangre expiatoria, aunque Moisés intercedió por ellos instantáneamente, poniendo así su misma vida en peligro; y la repuesta sabia de nuestro Dios a Moisés y a los israelíes fue: «Yo no los voy a destruir hoy a todos ustedes, sino en el juicio final». Y el SEÑOR les aseguraba, diciéndoles: «En el día del juicio final de las cosas, entonces tendrán que darme cuenta por lo que han hecho con el Espíritu de la sangre santísima y expiatoria de mi Cordero Escogido, mi Hijo amado, ¡el gran rey Mesías de su salvación eterna!, al reemplazarlo eternamente con un becerro fundido en oro que no vale nada». Y nuestro Dios decidió en aquel día, sin decírselo a Moisés, de que ninguno de ellos entraría jamás a su tierra prometida, prometida únicamente a los fieles del Espíritu y de la sangre santísima y expiatoria de su Árbol de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo!, brillando como fuego ardiente aún en sus corazones, como sobre el Sinaí, por ejemplo. Ciertamente, nuestro Dios los castigo en su día y en su hora sin más tardar, porque sus cuerpos rodearon por cuarenta años el polvo del becerro fundido en oro en el desierto de Egipto, para quedar postrados junto a él para siempre, «y así no volver a caminar en el camino santo de Jesucristo, camino a la Jerusalén Celestial, salvo sus hijos. Porque, sólo sus hijos estaban libres de éste pecado abominable, y no se habían postrado nunca ante éste ídolo tan abominable y tan ofensor al Espíritu cordial de la Ley y sobre todo a la sangre expiatoria de su Hijo amado, su Jesucristo celestial y eterno». Además, nuestro Dios hizo todo esto por amor a la verdad, porque él es un Dios justo y muy santo delante de su Ley bendita, y jamás la quebrantaría, ni menos permitiría que nadie la deshonre con ningún ídolo ni imagen de ninguna naturaleza; y el que lo hace, «indefectiblemente muere condenado por el mismo Espíritu de la Ley virgen». Porque el Espíritu de la Ley con Adán condena a sus hijos e hijas a maldiciones y muertes terribles en la tierra y en el infierno; pero, sin embargo, «la misma Ley con el Señor Jesucristo únicamente bendice a todos, sin dejar a ninguno sin su justa bendición, de amor, paz, gozo, felicidad, salud y vida eterna». Es decir, que fue el Espíritu de la sangre santísima del Cordero Escogido de Dios, la cual fue salpicada inicialmente por las manos de Moisés sobre los dinteles de las puertas de las casas hebreas, «para que el ángel destructor viera la expiación de la sangre y no se acercase a sus hogares para castigarlas mortalmente, por sus pecados, por ejemplo». En aquel día, todos los primogénitos de Egipto y de sus animales murieron, porque el Espíritu de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo no había sido salpicada sobre los dinteles de las puertas de sus casas, de acuerdo a la voluntad perfecta y fundamental de nuestro Padre Celestial, para borrar sus pecados para siempre y así no mueran perdidos jamás. Y en aquella noche crucial para Israel y para la humanidad entera, entonces Dios hacía maravillas, milagros y prodigios impensables para no sólo liberar a Israel de las mentiras de Satanás, sino también para liberar a todas las familias de la tierra; «porque sólo Dios salvaguardaría al mundo entero de las mentiras de Satanás, únicamente por la verdad de su Jesucristo». Y, desde entonces acá, nuestro Padre Celestial no para de salvaguardar al hombre y así también a cada familia, raza, pueblo, nación, tribu, linaje o reino de la tierra, por amor eterno a su fruto de vida, su palabra de verdad inmortal, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque éste evangelio de Dios se desarrollaría milagrosamente para tocar los corazones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, y así regar religiosamente e infinitamente el Espíritu de la gloria bendita y salvadora de la sangre santísima y expiatoria de su Hijo amado, nuestro único salvador posible de nuestras almas eternas, ¡nuestro Señor Jesucristo! Desde que, sólo el evangelio de la sangre del pacto eterno de nuestro Señor Jesucristo para el hombre, puede llevar diariamente la gloria infinita del nombre santísimo de nuestro Dios hacia cada una de las naciones de la tierra, comenzando con Israel primero, por supuesto, de acuerdo al plan perfecto y fundamental de la salvación para la humanidad entera. En verdad, el Espíritu del evangelio bendito de Israel y de las familias de toda la tierra había empezado con gran despliegue de poder, fuerza, e ira incontenible para derribar el poder del pecado con todos sus males frecuentes, y así por fin destrozar cada una de las tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos de la maldad eterna. Porque nuestro Padre Celestial sólo podía liberar y, a la vez proteger por siempre a Adán y a su linaje humano del mal del pecado de Satanás y de sus ángeles caídos, con tan sólo comer y beber del fruto del Árbol de la vida del paraíso, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y así también para con los hebreos en Egipto, puesto que, ellos no podían ser liberados por si mismos, por más que lo tratasen con sus propias fuerzas humanas o con sus mejores armas de guerra, por ejemplo, «pero sí con el poder sobrenatural de la sangre viviente y expiatoria del Árbol de la vida sobre el Sinaí», ¡nuestro Salador Jesucristo! Y lo mismo es verdad hoy, para librarte de cualquier mal de Satanás en tu vida y en la vida de los tuyos también, mi estimado hermano y mi estimada hermana; «porque hay poder de vida y de salud, de la nueva vida infinita de nuestro Creador y de su Jesucristo para tocar tu vida y la vida de muchos poderosamente». Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es el Cordero Escogido de Dios, desde el principio, para rociar el Espíritu sagrado de la sangre del pacto eterno sobre los altares de los levitas, sobre el altar del tabernáculo de reunión de Israel, «y así también en el altar del corazón del hombre de la humanidad entera, para librarlo infinitamente del mal eterno». Porque el poder sobrenatural del evangelio de nuestro Salvador Jesucristo, desde los días de Israel en Egipto y hasta nuestros días, es el mismo, de liberar a muchos de las cadenas cautivadores de Satanás, «sí tan sólo creen en sus corazones y confiesan con sus labios su nombre misterioso de su sangre expiatoria, para volver a nacer nuevamente para el cielo». Para que entonces todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera sean hechos libres de la esclavitud del pecado y de sus muchas profundas tinieblas de Satanás y de su gente de gran maldad, «no sólo en el pueblo hebreo de siempre, sino también en cada una de las familias y naciones de la tierra». En la medida en que, es nuestro Padre Celestial quien nos hace renacer una vez más en él y en el Espíritu de sus ordenanzas vírgenes, desde la antigüedad y hasta hoy mismo, para escapar la esclavitud del pecado de Satanás y de sus muchos males terribles, como enfermedades y muertes eternas del infierno y del lago de fuego, por ejemplo. Es por eso que el Espíritu santísimo de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo es de suma importancia en nuestro diario vivir, para no sólo borrar nuestros pecados, «sino también para hacernos nacer de nuevo y de su Espíritu Santo, de aquí en adelante, alejándonos así perpetuamente de los males del pecado y de la muerte eterna del infierno». En vista de que, es el poder sobrenatural del Espíritu de la sangre santísima y sacrificada de nuestro Señor Jesucristo, la cual nos hace libres de las condenas y maldiciones del Espíritu desobediente de Los Diez Mandamientos, en nuestro diario vivir en todos los lugares de toda la tierra, por ejemplo. Entonces sí crees hoy mismo en tu corazón a la palabra de verdad, con toda seguridad, has vuelo a vivir aunque estés muerto ya y sepultado, «pero no para la vida del pecado de Adán y Eva, sino para la vida santísima y sumamente gloriosa y honrada de su Árbol de la vida eterna del paraíso», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Es decir, también que, sin duda alguna, tu nombre ha sido escrito en el libro de la vida, para jamás morir en el pecado, porque el ángel de la muerte ya no tiene poder alguno sobre ti, como Satanás, por ejemplo, «sino para vivir en la nueva vida eterna del Espíritu virgen de la sangre santísima y cumplidora de Los Diez Mandamientos». Porque hay muchos en la tierra que viven sin el conocimiento santísimo del Señor Jesucristo, para hacerlos, en un momento de oración y de fe, en hijos e hijas de Dios, «para que ya no vivan más bajo la maldición del Espíritu quebrantador de la Ley, sino bajo el Espíritu cumplidor de la Ley de nuestro Señor Jesucristo». Y esta es una vida gloriosa, llena de bendiciones sin fin, por la cual fuiste creado en las manos de Dios en el principio, en el lugar santo de los santos, en el cielo, para que jamás te alejes de él ni de su Árbol de la vida, ¡tu Salvador Jesucristo! Y así todos ellos, por los poderes sobrenaturales del Espíritu de amor de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, hacerlos volver a nacer milagrosamente, no del espíritu ni de la carne pecadora de Adán, «sino más bien de la carne y del Espíritu de vida y de salud infinita de su Cordero Escogido», su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque sólo en nuestro Señor Jesucristo está la vida de cada uno de ellos, y ésta vida es la que su corazón y así también su espíritu humano se lo han pedido desde siempre, «pero no la pueden encontrar jamás, porque no conocen a Jesucristo, o no han vuelto a nacer en el poder del Espíritu de Dios, por ejemplo». Dado que, el que está muerto en sus pecados y sin Jesucristo en su corazón, entonces no puede conocer jamás la verdadera vida, por la cual fue creado en el principio por Dios; es decir, que el hombre está viviendo una vida pecadora, la cual no le perteneció a él jamás, «sino que su verdadera vida está en su Jesucristo». Entonces la verdad es que nuestro Padre Celestial ha estado tratando con el hombre, para que vuelva a nacer una vez más, y esta vez para siempre, «pero sólo en el Espíritu cumplidor de Los Diez Mandamientos eternos de nuestro Señor Jesucristo en el paraíso, en la tierra y así también para La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». Porque mejor vida que ésta no hay otra igual para nadie, ángel del cielo u hombre de la tierra, desde la antigüedad y para siempre en la tierra y en la nueva era venidera de Dios y de su humanidad eterna. De hecho, esto es algo que nuestro Padre Celestial ha estado haciendo así religiosamente con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, con cautela, cada vez que se acerca a él, únicamente por medio de la sangre expiatoria y bendita de su Hijo amado, su único Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque todo aquel que desee acercarse a su Dios que esta en los cielos, pues entonces tiene que volver a nacer del Espíritu de sus ordenanzas santísimas, «para así regresar por fin a su vida normal del paraíso o de La Nueva Jerusalén celestial: en donde su alma vivirá feliz cerca de Dios y de su Árbol de la vida eterna». Porque para nuestro Dios, sólo los que pueden vivir con su Árbol de vida y de salud eterna, entonces pueden muy bien acercarse a él, en la tierra y así también en la nueva vida infinita del nuevo reino celestial, «para que reciban a cada hora del día sus ricas y gloriosas bendiciones de poder, felicidad y de salud infinita». Y así no sean pobres en el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos cumplidos infinitamente en la sangre sacrificada del gran rey Mesías, ni vulnerables ante el pecado de Adán y de la gente de la mentira y la decepción eterna, para robarles, matarles y destruirles, por ejemplo, en todos los lugares de la tierra. Entonces no sean jamás como Adán y Eva en el paraíso, en otras palabras; porque ellos perdieron poder, salud y la felicidad de sus corazones y de los nuestros también, sólo cuando rehusaron comer del Señor Jesucristo en su día y, desastrosamente, «comieron del espíritu mentiroso, malvado y rebelde de Satanás, al comer del fruto prohibido del árbol del mal eterno». Y éste es el veneno espiritual en la vida del hombre de toda la tierra que no se percibe a simple vista, pero le está robando, matando y destruyendo diariamente y sin parar, desde los primeros días de la creación y hasta nuestros días, por ejemplo, «porque no conoce el renacer del Espíritu virgen de la Ley en su vida aún». Dado que, para nuestro Padre Celestial, todos los que viven con el Espíritu de armonía y de amor infinito de su Árbol de la vida, entonces son los que están llenos de su misma vida santísima y gloriosa del cielo, y más no llenos del espíritu de la vida pecadora y de enfermedades y de muertes terribles de Adán, por ejemplo. Porque ésta es la vida pecadora y rebelde que cada pecador y cada pecadora de toda la vida viven, hoy en día, para morir rodeados de tinieblas poco a poco y así, por fin, caer destruidos en el fuego eterno del infierno, candente e infinitamente tormentoso, «para jamás volver a tener la oportunidad de conocer, ni menos comer de su Jesucristo». Porque ésta es la felicidad del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la tierra, de comer y beber del Árbol de la vida, desde sus primeros días de existencia del paraíso y así también en la tierra y en la nueva era venidera del nuevo reino sempiterno de Dios y de su humanidad infinita. En verdad, esto ha sido lo más cruel que le haya sucedido al primer hombre y a la primera mujer de la humanidad entera, «no poder comer en su día del fruto del Árbol de la vida, «para librarse de cada uno de los males de Satanás, para vivir con los suyos una vida feliz y digna de Dios, para siempre». Visto que, el que come del Señor Jesucristo, entonces vuelve a nacer no del espíritu de la carne pecadora de sus antepasados o de Adán y Eva, en un momento milagroso, sino del mismo Espíritu de la carne y de la sangre santísima y llena de vida y de salud infinita de nuestro Árbol de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque Adán, después de haber sido creado por las manos santas de Dios, «entonces volvió a nacer no de la carne ni de la sangre del Árbol de la vida, como Dios deseaba, sino de la carne y de la sangre del Árbol de la ciencia del bien y del mal, para maldición y muerte de su vida en el infierno». Entonces el Espíritu virgen de Los Diez Mandamientos, infinitamente cumplidos en la sangre expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo, es de suma importancia, hoy en día y como en la antigüedad con Adán y Eva en el paraíso o como con los hebreos esclavizados en Egipto, «para volver a nacer a una nueva vida, libre del pecado y de la esclavitud satánica». Porque la esclavitud satánica de cualquier vida del hombre es realmente sólo para los que rehúsan vivir lejos del fruto del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, como le sucedió primordialmente a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, para mal eterno de todos sus descendientes, incluyendo al rey Mesías, ¡el Hijo de David! En vista de que, el Hijo de David tuvo que morir sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, para librarnos de la sangre pecadora y destructora de Adán y Eva, y así por fin dejar el Espíritu de su sangre santa que corra desembarazadamente por nuestras venas para siempre, libre de Satanás y de la vida pecadora de hoy. Porque «Satanás es quien esclaviza al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de Israel y de las familias de las naciones» con los poderes terribles de las profundas tinieblas de las mentiras y del mal eterno en la tierra y así también en el más allá, eternamente y para siempre, para morir condenados en el infierno. Pero con el Espíritu único de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos y honrados en la vida gloriosa de nuestro Árbol de la vida, el unigénito, entonces vivimos infinitamente libres de los males de Satanás para volver a nacer libremente, como desde hoy mismo, en la carne y en la sangre perfecta de la nueva vida eterna del cielo, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque los huesos de Jesucristo no enferman jamás, ni su carne, ni su sangre, ni su Espíritu de vida y de salud infinita, entonces son los huesos de Adán y Eva en ti los que enferman siempre, como tu carne, tu sangre, tu espíritu y tu vida pecadora en todos los lugares de la tierra y aún en el infierno también. Es por eso que debes creer en el Señor Jesucristo, como Dios manda, para que seas como él, de pies a cabeza y por dentro y por fuera, en la tierra y así también en el paraíso, tal cual Adán y Eva debieron hacerlo así en su día y en su hora, para no pecar ni menos sufrir jamás. Puesto que, sólo nuestro Señor Jesucristo, como el Hijo de Dios o como el Árbol de la vida del paraíso, de la tierra y así también de La Nueva Jerusalén Celestial es, sin ambages ni rodeos, nuestro único principio y la eternidad inmortal de cada uno de nosotros, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos mundiales nunca vistos. Entonces nuestro Dios es Rey de reyes, Dios de dioses; sólo él es el Señor de señores, de ángeles y de hombres; es más, él es también el primero y el último, y fuera de él nadie es igual a él, en gloria, en majestad y en poder, si no cree en su única sangre sacrificada y expiatoria, para siempre. Y, por cierto, es en éste nuevo nacimiento milagroso del Espíritu sagrado de Los Diez Mandamientos, cumplidos y honrados infinitamente en la vida de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo, es, en la cual, somos realmente felices de ahora en adelante, «aunque vivamos en la tierra, rodeados de Satanás y de sus mentiras crueles de toda la vida». Porque es la sangre expiatoria del Señor Jesucristo la que nos protege día y noche de las mentiras de Satanás y de sus gentes engañadoras y de gran decepción eterna, «para sólo conocer por siempre la luz de la nueva vida infinita, por la cual fuimos creados inicialmente en las manos de nuestro Creador, para vivir felizmente sólo en ella siempre». Es más, ésta es la vida por la cual nuestros corazones siempre nos han demandado para vivirla ya, como desde el día que nuestro sentido común despertó por vez primera, «porque con el espíritu de error de Satanás y de Adán se sienten ausentes y lejos de ella cada día que pasan nuestras vidas en la tierra, sin Jesucristo». Pero cuando nuestro Señor Jesucristo llega a ser parte de nuestros corazones, como es la perfecta voluntad fundamental de nuestro Padre Celestial desde siempre, «pues entonces comenzamos a sentirnos felices, como ya viviendo una vez más o como en el principio, en el paraíso o en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo». Escrupulosamente, con el Señor Jesucristo estamos por dentro de Dios y repletos de la nueva vida eterna, para sólo vivir en el espíritu de amor, paz y de las glorias eternas del cielo; «pero sin nuestro Señor Jesucristo, entonces estamos afuera de la verdad, como siempre, para morir con dolores y sufrimientos indescriptibles de las tinieblas perdidas del mismo infierno». Porque con las mentiras de Satanás sufrimos y morimos cada día para jamás ser felices, pero con la palabra de verdad de Jesucristo, «entonces nos gozamos en todo y somos felices por siempre para jamás conocer el mal de la muerte, sino sólo la gloria de la vida eterna, como debió ser inicialmente desde nuestra creación en el cielo, por ejemplo». Es decir, que sin el renacimiento del Señor Jesucristo estamos muertos, como desde el día en que nacimos en la tierra, llenos del espíritu quebrantador de las ordenanzas de Dios para sufrir sus maldiciones sin fin, en esta vida y en la venidera también, como en el mundo de los muertos, del más allá de Satanás y de sus ángeles caídos. Es por eso que con el Señor Jesucristo renacemos para nuestro Dios en los poderes sobrenaturales, de su Espíritu saludable de Sus Diez Mandamientos cumplidos, «cumplidos infinitamente para volver a despertar nuestros corazones, mentes y almas eternas a los nuevos días largos y sin fin de la nueva vida del nuevo reino venidero del cielo y de la tierra, también». Y estos son días llenos de milagros, maravillas y de prodigios infinitos de nuestra nueva vida hoy mismo en la tierra, aún mucho más poderosa de la vida que nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo le dio a Adán en el día de su creación, por ejemplo, «para sólo conocer la felicidad y la gloria eterna de las cosas». Por lo tanto, hoy tienes la gran oportunidad de pasar de tu vida pecadora de Adán, hacia la vida honrada de tu Árbol de la vida, el único Salvador posible que jamás violo la Ley, «sino que siempre la cumplió para dártela a ti consumada, sí tan sólo crees en tu corazón y así invocas con tus labios su nombre amigable». Supuesto que, mayor nombre para nosotros poder escapar los males de la vida pecadora de Adán no exista otro igual en el paraíso, ni menos en la tierra; por ello, nuestro Padre Celestial te llama hoy más que nunca, como llamo a los antiguos, a creer en su Jesucristo, en un momento de fe y de oración, ¡invocando su nombre salvador! Puesto que nuestro Creador hizo todo por ti, por medio del Espíritu de la sangre expiatoria y todopoderosa de su unigénito, nuestro Salvador Jesucristo, sobre el monte santo de Jerusalén, «para que pases de una vida muerta hacia una vida sumamente gloriosa y llena de las bendiciones eternas del paraíso y así también de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo». Para que de esta manera te goces en el Espíritu de amor de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que sólo vivas para él, en los poderes gloriosos y portentosos de su Espíritu Santo; «porque todos los dones de su Espíritu Santo son para ti (o existen por ti), por ejemplo». Y esto es verdad, hoy en día, como lo fue con Adán en el paraíso y así también con los antiguos de Israel, ciertamente, «para vida y salud eterna, sí tan sólo le amas a Él, en el espíritu y en la verdad sobrenatural de su Árbol de la vida eterna, nuestro único gran rey Mesías», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y sólo así puedes salir caminando de las tinieblas eternas del infierno cuando quieras, aunque estés aún viviendo en tu vida normal de la tierra y no mueras más, «sino que sólo vivas infinitamente en el Espíritu bendito de la sangre expiatoria y llena de milagros, maravillas y prodigios gloriosos del cielo y de la tierra también, para siempre». Porque otra vida como la de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, «nuestro Padre Celestial no quiere para ti ni para ningún de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del reino de los cielos y de Su Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo». Es por eso que el nombre del Señor Jesucristo y cada palabra de su corazón y de su sangre santísima y expiatoria viene a ti cada día y cada noche, «para que escapes el mal terrible que agobia tu vida y la vida de los tuyos también»; y la palabra de verdad viene a ti, porque Dios te ama profundamente. Y sólo así no mueras más, tú ni ninguno de los tuyos tampoco, en el espíritu de error y del olvido eterno del más allá, como del mundo de los muertos o del infierno, por ejemplo, sino todo lo contrario. Nuestro Padre Celestial sólo desea que vivas infinitamente, no en la vida pecadora de Adán que está en ti, desde que saliste del vientre de tu madre, por ejemplo, «sino en la vida guardada para ti y los tuyos en el Espíritu creador de la Ley viviente, en la sangre santísima y expiatoria de su Árbol de la vida», ¡nuestro Jesucristo! Porque nuestro Padre Celestial y así también el Espíritu cordial de Sus Diez Mandamientos vírgenes han guardado celosamente ésta vida única y muy santa del paraíso y de la nueva era venidera, por cierto, «sólo para ti y para cada uno de los tuyos también, en la vida de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por ello, nuestro Creador nos ha hecho nacer de nuevo por los poderes sobrenaturales de la palabra de verdad, desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra en su fruto de vida y de salud eterna, «para que dejemos atrás, como en el olvido eterno del infierno, cada palabra de mentira de Satanás y de la serpiente antigua». Palabras de mentiras terribles como Adán y Eva las creyeron en sus corazones, «para nacer de Satanás, para sólo conocer tinieblas en los días de sus vidas, y al fin morir en el infierno eterno y tormentoso del más allá», y así jamás volver a tener la oportunidad de conocer y de gustar del fruto de la verdadera vida, ¡nuestro Jesucristo! En otras palabras, la vida en que has nacido del vientre de tu madre no te pertenece, sino que es una vida totalmente extraña a ti, como extraña a tu corazón y a tu alma infinita, porque proviene de la palabra de mentira de Satanás y de su fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Además, estas son las palabras de mentiras las que te están destruyendo día y noche y hasta que finalmente mueras una muerte terrible y sin retorno alguno a la vida del paraíso, por la cual nuestro Creador y su Espíritu Santo te crearon en sus manos santas, para que la vivas y la goces desde hoy y en la eternidad igual. Por todo ello, nuestro Dios sólo desea el bienestar para ti y para cada uno de los tuyos, para que escapes las palabras de mentiras de Satanás y sus muchas consecuencias terribles, «para entonces conocer sólo, en la luz del Árbol de la vida, la felicidad ansiada por tu corazón y por los corazones de todos los tuyos también». Recuerda siempre que la palabra de mentira te destruye poco a poco, como cualquier enfermedad rebelde al cuerpo humano, «pero la palabra de verdad de nuestro Salvador Jesucristo sólo te podrá colmar día y noche de bendiciones sin fin, como de milagros, maravillas y grandes poderes del cielo y de la tierra, para que asciendas siempre hacia arriba», ¡a la vida eterna! Pues bien, ésta es la nueva vida eterna, por la cual nuestro Padre Celestial te creo en sus manos santas en el principio de la humanidad entera en el cielo, «para que seas un ser de luz, santo y puro, como su mismo Hijo amado, mucho mayor que los ángeles y sumamente glorioso para vivir en el nuevo reino celestial». Y sí sigues sufriendo cada día de tu vida los males antiguos, los recuerdos malos que no se alejan de ti, pues esto significa que no has vuelvo a nacer de la luz de Dios ni de su Jesucristo, para que te encuentres a ti mismo en el epicentro de tu verdadera vida infinita ya, ¡cómo la del Árbol de la vida! Y ésta vida eterna es tu Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, la sangre expiatoria de tus pecados, el Hijo de David, tu nuevo renacer, el Cordero escogido, el sumo sacerdote eternal, el Santo de Israel y de las naciones para perdón, para salud y para vida eterna, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. ¡Amén! ¡Gloria al SEÑOR! ¡Dale gloria a tu Dios, pues, hoy más que nunca, y sólo en el nombre del Señor Jesucristo, su Hijo amado para ti y para los tuyos también, eternamente y siempre en la nueva eternidad celestial! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuar |