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| Sábado, 05 de julio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Felices Fiestas Julianas a todo el Guayas, y que todas sus familias (dentro y fuera de sus casas) disfruten de todos estos días festivos con gran gozo del SEÑOR y de nuestro Salvador Jesucristo en sus corazones y con sus familiares y buenas amistades también. Y, además, damos gracias a nuestro Padre celestial y a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, por permitir por fin la liberación de Ingrid Betancourt de Colombia y de muchos más rehenes de las ataduras de las FARC; y seguimos rogando a nuestro Dios que permita también la liberación del resto de los rehenes que las FARC aún retiene privados de sus libertades y alejados de sus muy amados.) (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) TRANSFORMADOS EN LA GLORIA DE DIOS: Por lo tanto, nosotros mismos, mirando a cara abierta como en un espejo, por ejemplo, la misma gloria del SEÑOR en nuestras vidas, pues entonces somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen celestial, como por el Espíritu Santo del SEÑOR, «para que seamos exactamente en la tierra y en el cielo como su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque la verdad es que nuestro Padre celestial nos crea en su corazón primeramente y luego en sus manos santas, en los primeros días de la antigüedad, «para que seamos como su Hijo amado desde hoy mismo en el cielo y para siempre en su nueva era venidera de su nuevo reino celestial», ¡La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo! Porque la verdad es también que nadie en el cielo, ni aun los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santísimos no pueden complacer el corazón y el alma de nuestro Padre celestial, «como sólo su Jesucristo lo puede hacer, con toda seguridad, tal cual nuestro Padre celestial lo confirmo desde el cielo algunas veces, para entendimiento de la humanidad entera». Ya que, ninguno de los ángeles fue jamás creado en el corazón de Dios ni menos en su imagen ni mucho menos conforme a su semejanza celestial, por ejemplo, sino que «sólo Adán fue creado en el reino de los cielos en la perfecta imagen y conforme a la semejanza de su Hijo unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! Aquí nos podemos dar cuenta de que cuando el Señor Jesucristo les puso por manifiesto a sus apóstoles una gran verdad celestial para que se sanen de sus males y muchas tinieblas y así finalmente vivan, y entonces les dijo sin más preámbulo alguno: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Dado que yo y el Padre somos uno en el cielo y en la tierra; yo y el Padre no nos podemos separar jamás; somos uno infinitamente en el corazón de los ángeles y así también debe de ser en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, y sólo posible por la gloria del Espíritu Santo. En la medida en que, todo aquel que me ve a mí, ha visto al Padre celestial, sin duda alguna. Es decir, también que nuestro Señor Jesucristo es la imagen y la semejanza divina de nuestro Padre celestial, eternamente y para siempre; y jamás se han separado del uno al otro, por ninguna razón desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Y así también el Señor Jesucristo les aseguraba a sus apóstoles, diciéndoles: Yo soy en el Padre, y el Padre en mí; el que me ve a mí, entonces ve al Padre de ahora en adelante. Por lo tanto, yo regreso al Padre, a donde ustedes no pueden ir ahora, pero más adelante podrán ir a donde yo voy, porque yo regreso al Padre. En otras palabras, nuestro Señor Jesucristo no sólo nos estaba asegurando que él había salido del Padre, sino que también nosotros. Puesto que, aquí el Señor Jesucristo nos estaba asegurando que más tarde podríamos ir a donde él va, «y esto es de regreso a la unidad celestial y divina de nuestro Padre celestial en el reino de los cielo, como a La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del más allá, en donde reina la nueva vida eterna». Además, esto es algo que jamás nuestro Padre celestial, ni su Espíritu Santo ni nuestro Señor Jesucristo jamás le ha declarado abiertamente a ningún ángel del cielo, desde el día de su creación y hasta nuestros días, pero sí al hombre de toda la tierra, (como tú y yo hoy en día, por ejemplo, mi estimado hermano y hermana). Porque, además, el Señor Jesucristo es la imagen y la semejanza perfecta y sin pecado alguno de nuestro Padre celestial, por lo tanto «él sí puede regresar al Padre para seguir viviendo la vida eterna en el reino de los cielos, libre de Satanás y de sus muchas mentiras y maldades crueles del bajo mundo de los muertos». Dado que, donde Satanás y sus mentiras ya no perduran como antes en el corazón del mentiroso y malvado, entonces «reina la paz, el amor, el gozo, la felicidad, la salud de la nueva vida infinita de Dios, de su Hijo amado y de su Espíritu Santo en el corazón de cada uno de nosotros sus siervos fieles para siempre». Sí, sin las mentiras e infamias de Satanás en el corazón del malvado, entonces el hombre es feliz infinitamente y, por tanto «ya no vive bajo la maldición de la Ley de Dios y de Moisés, la cual condena a todo aquel que quebranta su Espíritu Santísimo, sino que él y los suyos viven para ser felices eternamente». Por ello, sí podemos regresar al paraíso y a la nueva vida eterna, porque nuestro gran rey Mesías, el Hijo de David, ya cumplió con el Espíritu Santísimo de la Ley, para que no sea deshonrada jamás con mentiras y crueldades de Satanás, sino todo lo contrario. Es decir, que «el Espíritu Santísimo de la Ley ha vuelto a nacer también, como el hombre, la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera», para que viva en nosotros completamente honrada, exaltada y glorificada por el Espíritu y la vida de la sangre sacrificada de nuestro Salvador Jesucristo, por lo tanto Satanás ya no existe para siempre. Entonces nosotros sí podemos regresar a nuestro Padre celestial también, asimismo como el Señor Jesucristo, porque hemos salido de su corazón, de su alma, de su imagen, de sus manos santas y de su semejanza celestial, además de otros atributos divinos y gloriosos de su vida santísima; por ello, somos hijos legítimos de Dios, «pero perdidos sin Jesucristo, si no lo aceptamos». Y es por eso que nuestro Señor Jesucristo descendió del paraíso, así como Adán y Eva descendieron del paraíso en su día, pero sin la mancha del pecado de las mentiras terribles de la serpiente antigua y de Satanás, por ejemplo, «para posteriormente limpiarnos de nuestros pecados con el Espíritu de su sangre santísima». Hoy, nuestro Padre celestial nos limpia de toda mancha del pecado en nuestra sangre humana con la misma sangre sacrificada de su Hijo amado, «visto que sólo la sangre sacrificada puede limpiar, purificar, bendecir y finalmente salvar para llenarla de nuevo de vida y de salud eterna a toda sangre humana del hombre y de la mujer de toda la tierra». Es por eso que desde el día de la rebelión de Lucifer y de la tercera parte de los ángeles del cielo, de los cuales creyeron en sus mentiras para rebelarse en contra de Dios y de su Jesucristo, «a partir de entonces nuestro Dios no ha encontrado a nadie tan fiel y honrado como su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además, nuestro Señor Jesucristo es tan fiel a nuestro Padre celestial, porque «su sangre es muy santa para limpiar de toda mancha de pecado y destruir, a la vez, toda artimaña del enemigo de toda verdad y de toda justicia celestial», en el paraíso, en la tierra y así también en el más allá, eternamente y para siempre. Ciertamente, nuestro Señor Jesucristo es la imagen y la semejanza inseparable de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, y por ello nuestro Dios es fiel a su unigénito, y así también su unigénito le es fiel a él, como su Padre y Dios eterno: «por cuanto, ambos son de la misma imagen y de la misma semejanza celestial infinitamente». Y, por tanto, nosotros somos mayores que los ángeles en las manos creadoras de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo desde siempre, «porque somos la imagen y la semejanza celestial del Árbol de la vida eterna, su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Como quiera que, así como el Señor Jesucristo es la imagen y semejanza de nuestro Padre celestial y viceversa, así pues también cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, naciones y reinos de la tierra, «es infaliblemente la imagen y semejanza infinita de nuestro Dios y Fundador de nuestras almas eternales». Es por esta razón también que nosotros «si podemos regresar a nuestro Padre y Fundador de nuestras vidas, después de haber nacido pecadores y vivido una vida alejado de él y de su palabra santa por muchos largos años de vida en la tierra», porque sí somos la imagen y la semejanza celestial de él y de su unigénito infinitamente. Por lo contrario, los ángeles caídos, ya sean arcángeles, serafines, querubines y demás ángeles rebeldes, no pueden jamás regresar a Dios ni al Árbol de la vida eterna, porque ninguno de ellos salió de Dios, «ni mucho menos fue creado en la imagen o conforme a la semejanza de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! E aquí por qué los ángeles no pueden ser perdonados jamás por Dios por todos sus pecados, «pero los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera sí pueden ser perdonados de sus pecados y maldades para regresar a su casa celestial e infinita», ¡a nuestro Padre celestial en el cielo! Ahora, cuando alguien te pregunte, por ejemplo: ¿Por qué los hombres sí pueden ser salvos por el Espíritu de la sangre sacrificada del Señor Jesucristo y los ángeles caídos no? Entonces la repuesta correcta será, porque los ángeles no salieron de la imagen o de la semejanza divina de nuestro Padre celestial ni de su Espíritu Santo ni menos de su Hijo amado, el Árbol de la vida, sino que «ellos fueron creados por el poder sobrenatural de la palabra de Dios». En el momento, los ángeles caídos se pierden infinitamente en sus insurrecciones del más allá, porque no salieron de Dios jamás, «por lo tanto su destino final, después del juicio de todas las cosas, es el lago de fuego para destrucción total de su espíritu rebelde e inicuo en contra de Dios y de su gran rey Mesías», ¡nuestro Señor Jesucristo! (En verdad, todo ser viviente se pierde en la tierra y así también en el juicio final de todas las cosas del más allá ya sea del reino de Dios, del paraíso, de la tierra o del infierno, será porque «simplemente jamás recibió en su corazón al dador de su vida eterna». Y éste dador de su vida es el Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; de hecho, ésta es la única razón por el cual los ángeles caídos se pierden y así también cada pecador y cada pecadora de toda la tierra, «para jamás volver a gozar de la paz y de la gloria de Dios en toda su vida».) Además, desde el día que los ángeles pecaron al igual que Lucifer delante de Dios y de su Árbol de la vida, entonces no pueden volver a ser los ángeles de luz del principio, sino que son ángeles de tinieblas, es decir, «que ninguno de ellos podrá jamás hablar la verdad ni menos de la justicia de Dios y de Jesucristo». Es por eso que los ángeles no pueden ser salvos jamás por la sangre sacrificada del Señor Jesucristo, porque ninguna verdad de nuestro Dios y de su Jesucristo tiene ningún efecto en sus corazones ni en sus espíritus infernales, sino «que son reos de muerte eterna en el lago de fuego del más allá». Pero no fue así jamás con Adán y Eva ni con ninguno de sus descendientes, en sus millares, de todas las familias, pueblos, naciones y reinos de la tierra, sino que siguieron viviendo para posteriormente reencontrarse con la gloria de su imagen y de su semejanza celestial, nuestro Salvador Jesucristo, «clavados a él por sus manos y sus pies infinitamente». Es por eso que hoy mismo cada uno de nosotros puede volver a ser salvo, como en el día de nuestra creación en las manos de nuestro Padre celestial y con la ayuda idónea de su Espíritu Santo, «para renacer no de la carne del pecado sino de la carne y de la sangre para vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por todo ello, somos infinitamente la gloria y la honra de nuestro Padre celestial en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, para no volver a conocer las mentiras de nadie jamás, sino sólo la verdad del gran rey Mesías inigualado hasta hoy, ¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir, que no somos para vivir para el pecado, ni menos para conocer las mentiras de nadie como del hombre pecador o de la mujer pecadora de toda la tierra, ni mucho menos conocer jamás a Satanás, sino «sólo conocer a nuestro Padre celestial, a su Espíritu Santo y a su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo!, eternamente y para siempre. Sí, somos la gloria y la honra infinita de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en esta vida y en la nueva era venidera del nuevo reino de los cielos también, para jamás deshonrar a nuestro Padre celestial «como los ángeles caídos lo hicieron en sus días de gran rebelión», sino todo lo contrario. Somos del Padre santo desde mucho antes del comienzo de las cosas en el reino de los cielos, «así como somos de su Espíritu Santo y de su Hijo amado hoy en día por los poderes de la gloria del renacimiento», ¡el Árbol de la vida de La Nueva Jerusalén Colosal del nuevo reino venidero para la nueva eternidad inmortal! Conjuntamente, la obra de nuestro Padre celestial sigue en cada uno de nosotros, pero sólo por medio del Espíritu de la sangre sacrificada y de la vida santísima de nuestro Señor Jesucristo, para seguir viviendo en el Espíritu de la verdad y de la justicia infinita del cielo: «en donde jamás moriremos sino que seguiremos viviendo para conocer la felicidad eterna». Y nuestro Padre celestial ha creado un nuevo reino celestial, para alejarse eternamente de las mentiras y maldades de los ángeles caídos, y así también alejarse de las mentiras y maldades terribles de todos los mentirosos, malvados, crueles e infames pecadores y pecadoras de la tierra; y es así «como nuestro Señor Jesucristo triunfa religiosamente en nosotros y para nosotros infinitamente». Sí, así es: Somos la gloria de nuestro Padre celestial desde los primeros días de la antigüedad y para siempre en la tierra y en el nuevo reino celestial, gracias a la misericordia de nuestro Creador y por la gracia infinita de su unigénito, «para volver a nacer no del espíritu de Adán sino del mismo Espíritu Santo de la verdad inmortal». Hoy en día, somos del Espíritu Santo de Dios, «sí tan sólo creemos en nuestros corazones y así confesamos con nuestros labios la gloria eterna del nombre sagrado del gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por ello, somos el sueño eterno de nuestro Padre celestial para sólo vivir para él, por medio del fruto de la vida del nuevo reino celestial, para jamás dejarlo de amar a él, ni por un instante más en nuestros corazones y en nuestras almas infinitas, hoy en día y para siempre en la eternidad venidera; infaliblemente, ¡somos la gloria del Mesías! Y esta gloria por la cual el reino de los cielos y así también el paraíso y La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo han esperado con gran paciencia desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, tocando tu vida milagrosamente, para que regreses a Dios, tu Padre celestial y único Fundador de tu nueva vida infinita. Presentemente, la lucha entre el mal y el bien siempre la empieza el enemigo de toda verdad y de toda justicia, Satanás, en el reino de los cielos, en la tierra, «para derrotar al Hijo de Dios, el Santo del cielo y de Israel, nuestro Salvador Jesucristo», ¡el Hijo de David!, ¡el único gran rey Mesías posible de todos los tiempos! Satanás pierde humillantemente como siempre delante del Padre, por culpa de las falsedades de su corazón perdido, pero nuestro Señor Jesucristo gana triunfantemente siempre ante él para que su gloria jamás decline en ninguno de nosotros, «sino que solamente crezca en nuestras vidas y por siempre en la nueva era venidera de la nueva vida inmortal de nuestro nuevo reino paradisíaco». Además, éste es un reino de calles de oro que nos llevan a cada una de las puertas de las mansiones de los hijos e hijas de Dios de todas las naciones de la tierra, que han amado a su Creador por medio de su Jesucristo; y «el sol que alumbra esta gran ciudad celestial es el rostro de nuestro Hacedor». Y como desde entonces acá, nuestro Padre celestial perdió tantos ángeles, los cuales rebasan en números incontables de millares, entonces Dios quiso llenar esos vacíos celestiales de gloria y de honra, de los cuales estos ángeles abandonaron en el día de su rebelión en contra de él y de su Árbol de la vida: ¡aquí nuestro Dios pensó en ti profundamente! Aquí es cuando Dios empieza a pensar en el hombre entrañablemente, como tú y yo hoy en día, mi estimado hermano y hermana, para crearlo en su imagen y conforme a su semejanza celestial, «para que el servicio a su nombre muy santo continúe hacia la eternidad, sin más interrupciones de sus enemigos eternos», como Lucifer y sus ángeles caídos. Y ésta imagen y semejanza de nuestro Padre celestial es su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, en el cielo y en la tierra y entre los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera; es decir, «que cada uno de nosotros es infaliblemente la imagen y la semejanza perfecta de Dios y de su Hijo unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es por esta razón que Satanás nos odia así mismo como siempre odio a nuestro Padre celestial y a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en cada uno de nosotros; es más, cada vez que Satanás nos ve, en realidad, está viendo la misma imagen y semejanza santísima de Dios y de su Hijo unigénito en cada uno de nosotros. Y esto es de nosotros de todas las familias, tribus, naciones y reinos de la tierra, para envidiarnos incontrolablemente con las fuerzas de su espíritu y corazón infame y, a la vez odiarnos asimismo con las fuerzas de sus más terribles profundas tinieblas del más allá también: «porque somos infaliblemente la gloria inmortal de vida eterna de nuestro rey Mesías». Es decir, que Satanás nos odia con el mismo odio con el cual se comenzó a rebelar en contra de Dios y de su Hijo amado, en el día de su rebelión en el reino celestial, para hacer que una tercera parte de los millares de ángeles creyeran en su pecado y en su maldad, «para alcanzar un fin terrible para todos». Y sólo nuestro Padre celestial conoce éste mal terrible, el cual Satanás lo planeo desde mucho tiempo atrás para lanzarlo en contra de él y de su Jesucristo y sin piedad alguna también, «para destruir todo lo que es bueno y glorioso en el cielo y en la tierra para siempre, para que el alma preciosa del hombre muera infinitamente». Con el fin de que la humanidad entera ya no ame más a su Dios y Fundador de su vida, ni menos que su gloria florezca más, sino que se rebele en contra de Él y de su plan de perdón, salvación y de bendición eterna eternamente y para siempre, para que jamás haya paz sino sólo violencia eterna por doquier. Porque la verdad es que nuestro Padre celestial tenia que salvar a los ángeles de las mentiras de Satanás primeramente, asimismo como intento salvar a Adán y a Eva de las mentiras torcidas de la serpiente antigua posteriormente, por ejemplo, «para que el mal parara en su lugar muerto y así no avanzara más hacia la tierra, para destruir al hombre. Por cuanto, Satanás lo quiere todo para él: el reino de los cielos, el paraíso del hombre y del Árbol de la vida, la tierra y La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, «para que así nuestro Dios ya no sea más conocido por los ángeles ni menos por los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera». Simplemente Satanás tiene tanto interés como en el principio, de destruir la gloria de Dios y de su Jesucristo a como de lugar en la tierra y posiblemente en el nuevo reino celestial de Dios y de su nueva humanidad infinita, regenerada por el nacimiento del Espíritu Santo, ¡gracias al Espíritu de la sangre sacrificada de nuestro Señor Jesucristo! Pero no lograra Satanás jamás, porque la sangre sacrificada de nuestro Salvador Jesucristo ya lo venció de una vez por todas y para siempre sobre los árboles cruzados de Adán y Eva y sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, «para el fin eterno de su maldad infinita del paraíso en contra del hombre de toda la tierra». Entonces Satanás lucha en contra de Dios y de su Jesucristo cada día como en los primeros días del cielo, para que los ángeles se pierdan infinitamente y así también cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, «para que no crean jamás en la sangre salvadora de Jesucristo». Y esto fue así en la antigüedad con los ángeles y hoy con la humanidad entera también, para establecer su reino infernal en la tierra y en la vasta creación infinita, para que el nombre muy santo de nuestro Padre celestial ya no sea honrado por medio del nombre y de la vida gloriosa de su Jesucristo, «sino para deshonrarlo inhumanamente». Ahora, sí Satanás logra deshonrar el nombre santísimo de nuestro Padre celestial en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, entonces habrá humillado la gloria de Dios; ésta es la gloria eterna, «la cual nuestro Dios envió a la tierra por medio de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para que vivamos y no muramos jamás». Además, la verdad es que los ángeles sólo pueden honrar y exaltar el nombre muy santo de nuestro Padre celestial, por medio del Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa del Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; de otra manera, «los ángeles no pueden honrar ni menos exaltar a nuestro Dios ni a su nombre santísimo jamás». Dado que, sólo por medio del conocimiento del Espíritu de la sangre inmolada, de nuestro Señor Jesucristo y de su vida gloriosa, es que realmente los ángeles celestiales y así también los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, pueden honrar, exaltar, glorificar y amar sobrenaturalmente a nuestro Padre celestial, desde hoy y para siempre en la eternidad venidera. Por ello, el nombre milagroso de nuestro Señor Jesucristo es muy importante para nuestras vidas día y noche para que crezcamos continuamente en su imagen y conforme a su semejanza celestial, «las cuales hemos heredado de nuestro Dios y Creador de nuestras vidas en el reino celestial para vivirlas hoy en la tierra y en el paraíso también, para siempre». Ahora, sin el Espíritu de la sangre inmolada de nuestro Señor Jesucristo y de su vida victoriosa sobre los árboles cruzados de Adán y Eva y sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, entonces «no sólo que no viviremos más, sino que moriremos para seguir viviendo en nuestros pecados eternos en el bajo mundo de los muertos», ¡el infierno! Y nuestro Dios no nos creo para que muramos y descendamos al bajo mundo de los muertos, sino que vivamos infinitamente ante él y sus huestes angelicales para ascender hacia la nueva vida eterna de su Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, «clavado con su sangre santificada sobre los cuerpos cruzados de Adán y Eva para jamás separarnos de él». En vista de que, somos la transformación de la gloria de buena fuente de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, su único gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, ¡nuestro Redentor Jesucristo! Y así cada uno de nosotros será por siempre y para siempre la gloria creciente de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, en el cielo, en la tierra y en La Nueva Jerusalén Colosal del cielo, «gracias al Espíritu de la sangre sacrificada y de la gracia infinita que emana de ella para todos nosotros, su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Sí, todos somos transformados milagrosamente para nuestro Padre celestial día a día, por el renacimiento de la gloria infinita del Espíritu Santo de Dios, ¡gracias al Espíritu de la sangre y de la vida mesiánica del Hijo de David, nuestro Salvador Jesucristo! Ahora, sí deseas ser transformado de la vida de tinieblas a la luz más brillante que el sol, pues entonces «tienes que creer por fin en tu corazón y confesar con tus labios lo que está en tu alma, el nombre santísimo del único salvador de tu vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Y sólo así tu nombre será escrito en “el libro de la vida eterna”del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva Jerusalén Colosal, para que por fin vivas infinitamente libre de Satanás y de los pecadores y pecadoras de gran mentira y de decepción eterna de toda la tierra. Y, por tanto el Señor te dice a ti hoy, como se lo dijo a los antiguos fieles a la sangre sacrificada de su Cordero Santísimo, su Hijo amado: Bienvenido a la vida eterna del nuevo reino de los cielos; no te quedes atrás, entra ya en el gozo eterno de tu Dios y Fundador de tu nueva vida infinita. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano yde la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Creeen Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLEAL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque éstaes la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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