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Antiguo 19-07-2008, 19:28:14
Ignacio
 
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Predeterminado CyP - Elogio de la vulgaridad

Elogio de la vulgaridad.

O cómo la cultura comercial (el consumismo y vicios anexos) libera al
islam y, de paso, a nosotros mismos. Aquellos que tengan pensado
visitar tierras del Profeta y, por eso, piensen dejar en casa las
cámaras de fotos, los colores vivos y las faldas, hagan el favor de
pensárselo mejor: en algunos lugares del globo, la horterada posee un
alto poder revolucionario que no conviene desdeñar.

El verano pasado, mientras me pateaba las calles de La Habana en
compañía del singular Antonio José Chinchetru (lo cuenta todo en su
estupendo libro-reportaje Bajo el signo de Fidel: no se lo pierdan),
observé que en la capital cubana la moda juvenil consiste en lucir
cualquier cosa que lleve impreso un mensaje en inglés. "Miami Beach",
"FBI", "CIA" y "NYPD" proliferan en camisetas, gorras y demás prendas,
exteriores e interiores. Como ven, este tipo de cosas no es patrimonio
exclusivo de musculocas pidiendo guerra. En algunos sitios, la
macarrada yanqui no es sinónimo de mal gusto o de ganas de pillar
cacho, sino de libertad.

Hace unos diez años descubrí en varios bares y discotecas de Bombay,
la ciudad más moderna y al mismo tiempo más fundamentalista de la
India (gobernaban en coalición los nacionalistas del BJP y del Shiv
Sena, una especie de versión batasuna del hinduismo radical), que
muchas jovencitas iban enfundadas en incómodas faldas de tubo y
medias. Los chicos vestían de negro riguroso. Pregunté a mis amigos
(algunos de ellos también iban de luto) y me contaron que la falda y
las medias eran una especie de reivindicación de la mujer libre e
independiente que veían en las series americanas. A ellos eso les
gustaba mucho, porque significaba que esas mujeres no estaban
dispuestas a pasar por el matrimonio de conveniencia. Por su parte,
las chicas sentían una especial atracción por los hombres de negro,
que desafiaban a propósito las normas de su comunidad. Entre los
hindúes, este color es tabú, ya que lo suelen llevan los musulmanes.

Los que viajan a Egipto sabrán que allí algunas mujeres combinan el
velo con el vaquero hiperceñido, mascan chicle y llevan gafas de sol
de espejo. El conjunto resulta francamente horripilante, aunque a
ellas les encanta, lo mismo que fumar, escuchar hip-hop y hablar
inglés con acento barriobajero. Sus novios se rapan el pelo y la barba
para demostrar que no son como los barbudos, sino como los
occidentales. Otro día les hablaré de lo que un amigo antropólogo
denomina sexilio, esto es, la inmigración a Europa y EEUU de hombres y
mujeres que prefieren trabajar en un McDonalds o pasar el aspirador en
hogares ajenos antes que aguantar la violencia y la discriminación de
que son objeto por motivos de sexo u orientación sexual en sus países
de origen.

¿Y qué me dicen de Arabia Saudita? Allí la marcha está no sólo enlos
famosos compounds, las urbanizaciones donde viven los extranjeros,
sino en las discotecas clandestinas que ciertos paisanos se construyen
en los sótanos de sus casas. Whisky a gogó (Arabia es uno de los
mayores importadores de licor del mundo, a pesar de esa Ley Seca que
tanto les gusta a los musulmanes y a algunos miembros de la derecha
religiosa norteamericana), luces de neón, minifaldas, maquillaje
multicolor, camisas chillonas de las que sólo se ven en la Pasarela
Gaudí y, de nuevo, mucho rap, hip-hop, Ricky Martin, Gipsy Kings y
similares.

En Arabia Saudí, la chica moderna y liberada es lo que muchas
feministas y puritanas de acá denominan mujer objeto. Lo que por
desgracia son incapaces de ver nuestras defensoras de la mujer es que,
en muchos países, imágenes como las que ellas denuncian aquí
transmiten mucho más de lo que parece. La forma de vestir, de hablar,
incluso de mirar, lleva asociada una miríada de normas y valores de
los que nosotros no nos percatamos de forma consciente, pues hemos
sido socializados en ellos. Por cierto, en Cuba una de las cosas que
más aprecian los televidentes de canales extranjeros prohibidos en
algunos países musulmanes es la publicidad.

En un artículo titulado como éste, Charles Paul Freund, mi cronista
cultural favorito, fumador empedernido, cuenta que en enero de 2001
un grupo de barberos de Kabul fue víctima de una redada perpetrada por
agentes del Ministerio de la Promoción de la Virtud y la Prevención
del Vicio (ahí es nada) porque habían estado cortando el pelo a los
hombres al estilo Titanic. Parece ser que en aquellos tiempos la media
melenita acebollada de Leonardo DiCaprio era un "billete a la cárcel".
Freund también nos recuerda lo que le dijo aquel parisino al
periodista americano que le dio un Lucky Strike: "Es el sabor de la
libertad". Supongo que tanto Bernat Soria como su antecesora, la
sílfide Elena Salgado, tendrían mucho que decir al respecto.

"No se atreverán*** –responderán los biempensantes–. Ellos saben que no
todo es comparable". Pues, por desgracia, algunos sí lo han hecho.

No hay nada peor que un progre poco viajado. Freund nos proporciona un
terrible ejemplo de la arrogancia que pueden deplegar algunos idiotas.
Poco después de la invasión de Afganistán por parte de la coalición
internacional, una tal Anna Quindlen, de la revista norteamericana
Newsweek, se lamentaba de que los afganos celebraran el fin de la
dictadura talibán con objetos electrónicos. Que todo lo que la gente
quisiera hacer fuera irse de compras le parecía de lo más vulgar.
Supongo que para ella –y para muchos otros– lo que los afganos –y los
africanos, y los...– deben hacer es conformarse con la limosnilla que
les ofrecen gobiernos como el nuestro y conservar sus pueblos y
ciudades tal y como están, para que sirvan de parque temático a
turistas del ideal y del exotismo barato.

Lo que estas almas solidarias y absolutamente frívolas no son capaces
de entender es que esos panoramas tan pintorescos ocultan unas
estructuras tremendamente opresivas, y que en muchas ocasiones acabar
con ellas conlleva deshacerse también del escenario, les guste o no a
las Quindlen, Pajines y Marivogues que en el mundo son. Si quieren
disfrutar de un paisaje estrafalario, que se vayan a Las Vegas, que
para eso está.

El exotismo suele terminar en derramamientos de sangre de lo más
desagradable, incluso para los aficionados al turismo cultural de
riesgo y aventura. Que se lo digan a los artistas argelinos
perseguidos, primero por el Gobierno y después por los
fundamentalistas religiosos. La Guerra del Rai, una cruzada religiosa
contra las discotecas, el consumo de alcohol y sobre todo el rai, una
especie de rumbita moruna especialmente apta para el mestizaje (una
vez más, el rap y el hip-hop como símbolos de libertad, aunque también
la salsa, el rock sinfónico y la música culta clásica, tanto árabe
como occidental) y cuyas letras reivindican, entre otras, cosas la
libertad de las mujeres, es un buen ejemplo de ello. Desencadenada por
los islamistas en 1990, aún no ha concluido.

Así que, si por algún casual van a Argelia y acaban en algún antro de
rai, no me jodan con miradas de desaprobación y escándalo ante la
ordinariez ni lamenten la ruin occidentalización de un pueblo tan puro
y ancestral. Únanse a la fiesta. Y por favor, cuéntenlo cuando
regresen a casa.

Descubrí el rai hace cinco años gracias a un amigo que terminó en un
seminario franciscano –la vocación se manifiesta cuando uno menos lo
espera–. Me regaló un disco de Khaled, un cantante maravilloso cuyas
letras siempre apelan a la paz, el amor y el entendimiento. Khaled no
produce verborrea hipócrito-izquierdista (que sea de izquierdas o no
es lo de menos; lo importante es que no habla de oídas), sino genuinos
llamamientos a la concordia. Les recomiendo uno de sus temas más
vulgares –el videoclip desafía cualquier criterio de buen gusto
formulado en los últimos 5.000 años–: "El Harba Wine", interpretado a
dúo con la diosa de Bollywood Amar. El tema, que habla de huir y salir
corriendo (del país, por ejemplo), fue rescatado por Kahled cuando se
desató la guerra civil en su país.

Como pueden imaginar, la ocurrencia no le salió barata al cantante.
Años después incluyó la canción en un nuevo álbum, aunque esta vez
decidió darle un giro y reinterpretarla como el grito de libertad de
dos jóvenes cuyo amor se enfrenta a la tradición del matrimonio de
conveniencia, una costumbre común a hindúes y musulmanes. No teman:
pinchen y disfruten. La historia tiene un final feliz.


http://www.youtube.com/watch?v=4R1iQkykxvI

En fin, que, si viajan demasiado lejos, intenten no confundirse
demasiado con el paisaje. Dentro de un orden y sin armar escándalos
innecesarios, hagan alguna pequeña aportación a esa vulgaridad
liberalizante y mineralizante que tan poco cuesta y que tanto
significa para muchos, y no prejuzguen. Nunca el mal gusto dio tan
buen resultado.

Luis Margol.
http://tinyurl.com/59qrjs
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