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| Sábado, 26 de julio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Felices Fiestas Julianas de Guayaquil 2008 a todas nuestras familias dentro y fuera de nuestras tierras. Muchas felicidades a todos y que se gocen en estos días festivos con el Señor Jesucristo y con las bendiciones abundantes de su Espíritu Santo, delante de nuestro Padre celestial y de sus ángeles fieles. ¡Felices días de sus Independencias Nacionales a cada una de nuestras naciones Iberoamericanas 2008! Damos gracias a nuestro Padre celestial, por nuestro Salvador Jesucristo, porque ahora todo el Ecuador gozara de una nueva Constitución, en la que el nombre de nuestro Creador Celestial es invocado, lo cual bendice y santifican grandemente no sólo sus leyes sociales sino también la vida del «espíritu del buen vivir», el cual buscamos disfrutar muchísimo en los días venideros. Que el nombre bendito de nuestro Dios Soberano y Todopoderoso, el cual invocamos en esta nueva Constitución Nacional, nos continué bendiciendo cada día y cada noche y aún más allá de la eternidad venidera con muchas de sus más ricas bendiciones celestiales. Bendiciones de amor, gracia, sabiduría, paz, prosperidad y misericordia infinita, para cada una de nuestras familias (de padres y madres (como Adán y Eva, por ejemplo), que sean fructíferos y se multipliquen de hijos e hijas para que sean hombres y mujeres de bien para nuestras sociedades), dentro y fuera de nuestras tierras. Pues entonces, que todo sea paz, felicidad, conocimiento, prosperidad y amor a la vida, sobre todas las cosas, es nuestra oración por siempre a nuestro Padre celestial, en el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que nos ame ahora más que nunca y así bendiga grandemente nuestras vidas en los días por venir con su Espíritu Santísimo. ¡Amén!) (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) CEGUERA ESPIRITUAL: Pero aun si nuestro evangelio sin fin está encubierto desde tiempos inmemoriales del paraíso, pues entonces, de entre los que se pierden está encubierto, sin duda alguna, por el resplandor celestial del Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; porque todos ellos son cegados por el mismo enemigo de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «Satanás», ¡el adversario! Para que nunca jamáscoman del fruto del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo; pues son ciegos profundamente como por medio del mismo espíritu de error y de ceguera espiritual del adversario de Jesucristo, para que no sólo Adán y Eva no coman del fruto de la vida eterna, sino también «cada uno de sus descendientes por todos lados». Y esto es, sin que nadie se equivoque, obra de Satanás y más no de Dios, ni de su Jesucristo ni de su Espíritu Santo ni menos de ninguno de sus fieles ángeles del cielo, con toda seguridad, «para seguir cegando los ojos del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra». Pues Satanás es el príncipe de las tinieblas de esta edad presente de la humanidad entera, por lo tanto, «ciega el entendimiento de los incrédulos», como cegó a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, para que no les ilumine desde el principio de las cosas: «!El resplandor del evangelio de la gloria eterna de nuestro Señor Jesucristo!» Visto que, nuestro Señor Jesucristo es la imagen y de acuerdo a la semejanza perfecta de nuestro Padre celestial, como Adán y como cualquiera de sus hijos en las naciones del mundo entero, por ejemplo; es por eso que nuestro Padre celestial dio testimonio fiel de él, sin trabarse su lengua, desde el cielo y en presencia de sus discípulos. Y el mismo SEÑOR dijo, sin titubear y abiertamente, para que todos entiendan en todas las edades de la vida de la tierra: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; ¡a él oigan, y hagan siempre todo lo que les pida, para que siempre les vaya bien a ustedes y a sus hijos, en todos los lugares de la tierra!». Y, desde aquel día, el Espíritu del evangelio de su Hijo amado, no solamente fue predicado por sus apóstoles y discípulos fieles a la verdad celestial, sino también por los que creerían en su nombre santo y salvador y en sus grandes obras de parte de Dios y de su Espíritu Santo, «para bendecir grandemente la vida de todos». Cómo sucede hoy en día, por ejemplo, por donde el Espíritu bendito, sanador y salvador de nuestro Señor Jesucristo se oye considerablemente, para seguir perdonando los pecados de la humanidad entera, y «sólo así sus nombres sean escritos en el libro del Cordero de Dios», ¡el cual fue sacrificado por nosotros!, desde la fundación del cielo y de la tierra. Y éste evangelio de bendición y de salud eterna, a todas luces, «fue escrito por el dedo de Dios», ciertamente, como por el Espíritu de los mismos Diez Mandamientos, para bien eterno de cada uno de todos nosotros en el paraíso, en la tierra y para la nueva eternidad venidera de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Y es por eso que el espíritu del evangelio de Dios y de su unigénito viene a ti día y noche y sin cesar con grandes poderes de justicias sin fin, para que tu corazón sea transformado de los poderes terribles de las profundas tinieblas de Satanás: «a la luz más brillante que el Sol de nuestra inmensidad, ¡nuestro Jesucristo!» Y esto sucederá en ti, de la misma manera que sucedió en el corazón de los antiguos, por ejemplo, para que ya no vivas más en las profundas tinieblas de Satanás, sufriendo día a día sus males de siempre, sino todo lo contrario. Y esto es para que vivas desde hoy mismo «en la luz de la verdad celestial de nuestro Señor Jesucristo», para que te goces día y noche de sus bendiciones sin fin, para tu corazón y para tu alma viviente, en esta vida y en la venidera también de su nuevo reino sempiterno; efectivamente, ésta gloria divina es para ti. Comprobado que, sólo así podrán tus ojos no volverán a mirar en el espíritu de la vida pecadora de Adán y de Eva, sino «en el Espíritude la vida gloriosa y sumamente agradable a nuestro Padre celestial y de sus huestes angelicales», la vida gloriosa de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En la medida en que, nuestros ojos han sido creados por nuestro Padre celestial y por su Espíritu Santo para ver y conocer sólo a nuestro Señor Jesucristo, hoy en día y por siempre, «como el dador y protector de nuestras vidas en la tierra y en el más allá igualmente, eternamente y para siempre». Y si nosotros, hoy en día, podemos ver a nuestro Señor Jesucristo, entonces con toda seguridad que «veremos a nuestro Padre celestial cara a cara», tal como siempre ha sido desde el día que nos comenzó a formar en sus manos santas en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para vivir desde ya la nueva vida infinita del paraíso. Pues bien, si creemos en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, entonces esto significa que hemos dejado de creer en el espíritu de error y de las mentiras de Satanás, y esto es muy bueno y poderoso, «para comenzar a vivir en la luz del cielo y más no en las tinieblas del mundo de los muertos, por ejemplo». Puesto que, han sido las mentiras originales de gran maldición y de muertes terribles de Satanás, las cuales han cegado los ojos de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, para que no vean jamás al Hijo de Dios, «como el salvador perfecto de sus almas infinitas, en esta vida y en la venidera también, para siempre». Y del espíritu de error de estas mentiras originales, las cuales creyeron inicialmente en el paraíso Adán y Eva por boca de la serpiente antigua, es por la cual nuestro Padre celestial junto con la ayuda idónea de su Espíritu Santo lucha día y noche, para librarnos «con los poderes sobrenaturales de la sangre sacrificada de su unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! En vista de que, sólo el Espíritu de la verdad y de la vida infinita del paraíso de nuestro Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, nos puede librar de todos los poderes escondidos en nuestros corazones y espíritus humanos del espíritu de error: «de males terribles y crueles, de enfermedades mortales y sin fin de Satanás, por ejemplo». Es por eso que hoy más que nunca, cada uno de nosotros, y que no se equivoque nadie, «necesita urgentemente del Espíritu de la sangre sacrificada y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo», para hacernos libres de muchos males terribles porvenir muy pronto en nuestras vidas, y así no muramos jamás en nuestras mismas tinieblas de siempre, sino todo lo contrario. En verdad, viviremos en la luz bendita de la vida eterna de nuestro Señor Jesucristo, la cual es más brillante que el sol en el epicentro de nuestros corazones y de nuestras vidas en la tierra y en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo, eternamente y para siempre. Ahora, si la luz del Espíritu de nuestro Señor Jesucristo hace huir a las tinieblas de Satanás de nuestros corazones y de nuestras almas infinitas, por ejemplo, pues también huirán de cada día de nuestras vidas en todos los lugares de la tierra, para no molestarnos ni menos amenazarnos más con sus mentiras de siempre. (En efecto, esto es gloria de la verdad y de la justicia infinita de nuestro Padre celestial, la cual nos ha dado a cada uno de nosotros en el mundo entero, para que la recibamos y la añoremos en nuestros corazones, «como nuestro padre Abraham y así también Isaac y muchos más la añoraron en sus vidas, para bendición eterna».) En tanto que, la luz del Espíritu de vida eterna de nuestro Señor Jesucristo ciega infinitamente cada una las profundas tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos en nosotros, «para que ya no nos vean más con sus ojos malvados y corazones terriblemente pecadores», para hacernos los daños de siempre, con el fin de robarnos, matarnos y destruirnos. Y esto lo hace así Satanás y sus ángeles caídos en contra de cada uno de nosotros, comenzando con nuestro Señor Jesucristo, porque fue nuestro Señor mismo quien sufrió primeramente los ataques crueles de Satanás antes que Adán y cada uno de nosotros, «para desfigurar la imagen y semejanza divina de nuestro Padre, las cuales están en nosotros para la eternidad». Porque la verdad es que cada ataque, desesperado por Satanás, es para destruir la imagen y la semejanza de nuestro Padre celestial, de las cuales viven en cada uno de nosotros y son fielmente protegidas por el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo y por su Espíritu Santísimo también, además de sus ángeles poderosos, «todos listos para defendernos ante Satanás cada día». Entonces sólo el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo puede proteger y salvaguardar la imagen y la semejanza de nuestro Padre celestial en cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, «porque sólo su luz ciega a cada una de las profundas tinieblas del mundo de los muertos y de Satanás mismo también, sin duda alguna». Globalmente, sólo la verdad viviente de nuestro Señor Jesucristo es la que no sólo puede abrir tus ojos plagados por el espíritu de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, sino que también te puede dar perdón, vida y riquezas eternas, «para que jamás vuelvas a creer a ninguna de las mentiras del diablo en tu corazón eterno». Ya que, cada vez que crees en el espíritu de error y de las mentiras de Satanás, sin que te des cuenta de lo que estás haciendo, entonces tus ojos son cegados para que no veas jamás al Espíritu de Dios obrando en tu vida con grandes milagros, maravillas y prodigios «para sanar tu vida de los males abominables de Satanás». Puesto que, cada uno de los males, los cuales se han originado en la vida de Adán y Eva y así también en cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, ha sido por los poderes terribles y escondidos en nuestro espíritu humano, como en nuestra misma sangre enferma, por las primeras mentiras mortales de Satanás, por ejemplo. Y es de este mal terrible, por el cual nuestro Padre celestial lucha incansablemente en contra de cada artimaña mentirosa y simulada de Satanás, «para que su imagen y su semejanza sagrada no sea desfigurada nunca más en ninguno de sus hijos e hijas como tú y yo, hoy mismo, mi estimado hermano y hermana, por ejemplo». Es por eso que el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo es tan importante en nuestras vidas, como nuestro propio respirar de cada segundo de nuestras existencias, «para mantener nuestras vidas activas y crecer en la tierra y así también en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos», de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, no sólo estamos ciegos, sino que también totalmente sin ninguna gota de vida del Árbol de la vida de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «y es precisamente esto lo que Satanás desea ver en nuestras vidas, para destruirlas poco a poco y con toda seguridad infernal». Para que de este modo irreversible, la imagen y semejanza bendita de nuestro Padre celestial no sea más gloria en nuestros corazones y en nuestras vidas de cada día en la tierra y en la eternidad venidera, «para glorificar y honrar grandemente a nuestro Creador en la luz del Árbol de la vida, nuestro Rey Mesías, sino todo lo contrario. En otras palabras, esto es de que Satanás desea vernos, a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias de la tierra, arder entre las llamas ardientes del fuego eterno del infierno, para finalmente morir condenados en nuestra segunda muerte final del lago de fuego del más allá y del tormento eterno. (Hoy, nuestro Hacedor se opone en contra de esta maldad de Satanás y de sus seguidores crueles, como sus ángeles caídos y gentes de la decepción eterna, por ejemplo, y únicamente con el Espíritu de la sangre sacrificada de su Gran Rey Mesías sobre su altar eterno, «para que nunca jamás le suceda éste mal abominable a ninguno de sus hijos».) Y así Satanás fulminaría a manos llenas la obra de nuestro Padre celestial, la cual empezó con gran amor eterno por ti, en el día que creaba con sus manos santas a Adán en el reino de los cielos, por ejemplo, «para posteriormente ponerlo en el paraíso y en su Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». En su nueva ciudad celestial, más brillante que el sol, creada por amor ti, con nuevos cielos y nuevas tierras eternas, llenas de calles de oro y mansiones gloriosas, de mar de cristal y plantas y árboles frondosos, «en donde Satanás y sus ataques ya no serán más, sino sólo la verdad de su Árbol de la vida reinara», ¡nuestro Mesías Celestial! Es en si, la ciudad del gran Rey de reyes y Señor de señores de todos los tiempos, el Hijo de David, «el que quita el pecado del mundo entero por los poderes y autoridades sobrenaturales de su sangre sacrificada y que brilla mucho más que el sol», en los corazones de la humanidad entera, como hoy mismo, ¡nuestro Libertador Jesucristo! Ha sido por esta ciudad celestial, por la cual entrego su vida santísima, sin pecado y sin Satanás, para que todos los que crean en él y en su nombre milagroso, entonces «encuentren su paz y su descanso reconciliador con su Dios y Padre Eterno que está en los cielos», ¡el Todopoderoso de Israel y de las naciones! Y, desde el día y la hora, en la cual nuestro Hacedor y su Espíritu Santo nos comenzó a formar en sus manos santas, para que llevemos la imagen y la semejanza celestial de su rey Mesías, entonces «nuestros corazones no han dejado de pensar en nuestra salvación feliz», de una manera u otra; pues somos legítimamente de Dios, ¡del Eterno! Porque la verdad es que, en el principio nuestro Padre celestial te forma en sus manos santas, para que seas limpio y libre de todo poder de maldad y de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, «para que entonces puedas comer y beber de su fruto del Árbol de la vida eterna, con toda libertad», ¡nuestro Señor Jesucristo! Ciertamente, eres el escogido de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santísimo, para creer en esta hora tan crucial para tu vida y para la vida de los tuyos, en la salvación con buena suerte de tu alma viviente, el Hijo amado de Dios y gran rey Mesías de todos los tiempos, el Eterno, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Pero el enemigo de toda verdad y amo de la maldad y de las mentiras de Satanás nos continua atacando desesperadamente, como para destruir nuestras vidas a como de lugar, «con tal que sus profundas tinieblas de gran maldad no dejen de cegar los ojos inocentes de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera». Pero la luz del evangelio eterno de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo viene a nosotros a cada instante, porque nos ama y no nos quiere dejar ir de su presencia santa, para que le conozcamos a él y a su Espíritu Santo, «tan sólo por medio de su fruto de vida eterna, su unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! Además, nuestro Padre celestial se acerca, como cada vez más a cada uno de nosotros, sin que nos demos cuenta de nada, para tocarnos y liberarnos de las garras del espíritu de error y de Satanás, «para que veamos siempre el camino de la verdad y de la vida, de regreso al paraíso», ¡y a su Árbol de la vida eterna! Comprobado que, nuestro Hacedor sabe perfectamente que con el Espíritu de su Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces todo lo podemos en él, para no sólo escaparnos de nuestros atacantes sino también «para derrotar a Satanás y destruir cada una de sus obras y mentiras malvadas en el mundo entero»; consiguientemente, nuestra victoria de cada día es Jesucristo, sin duda alguna. Dado que, milagrosamente, sólo nuestro Señor Jesucristo nos perdona nuestros pecados por los poderes y autoridades sobrenaturales dadas a él, de parte de nuestro Padre celestial; pues él es como nuestro Moisés en nuestros días, «para guiarnos cada día y cada noche por el camino hacia la tierra prometida de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». Por lo tanto, sólo nuestro Señor Jesucristo es la luz más brillante que el sol en el epicentro del paraíso para Adán y Eva, el Árbol en llamas sobre el Sinaí para los hebreos, el Árbol del fin del pecado y el comienzo de la vida sobre el monte santo de Jerusalén, para Israel y para las naciones del mundo entero. Por todo ello, «nuestro Señor Jesucristo es la luz que dura mucho tiempo de éste camino antiguo de cada día y de cada noche hacia la vida eterna», pasando por medio del mar Rojo y caminando en su fondo seco, cruzando al otro lado, camino por el desierto seco de la muerte y de la destrucción eterna del mundo entero. Y vamos paso a paso con Jesucristo en nuestros corazones, hacia nuevas tierras cubiertas de nuevos cielos sin fin, llenos de vida y de la felicidad infinita, por cierto, de conocer sólo la verdad y la justicia gloriosa y honrada de nuestro Padre celestial, «para servirle sólo a Él, como nuestro único Dios Todopoderoso y Soberano de nuestras almas inmortales». Y estas bendiciones de día a día son, aun con todo, gracias a la gran obra llevada a cabo por su Espíritu Santo, «al darnos», por medio del vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, «al Rey Mesías inigualado hasta hoy», el Hijo de David, nuestro único salvador posible de nuestras almas vivientes, ¡el Señor Jesucristo! Es decir, también que hoy en día, desdichadamente, vivimos con el espíritu de error y de rebelión de Adán y Eva, para ver constantemente sólo el mal del espíritu de error y de rebelión de Satanás, «y es por eso que sufrimos día y noche todas clases de males y de enfermedades terribles a nuestros corazones y a nuestras almas infinitas». En realidad, sin darnos cuenta de nada, es Satanás quien nos está atacando cruelmente a cada momento de nuestras vidas, ya sea por medio de familiares, amistades o gentes desconocidas, por ejemplo, «pero todo es hecho cruelmente para destruir nuestros corazones y espíritu humano de fe, en nuestro Padre celestial y en su Jesucristo», de una manera u otra. Puesto que, si Satanás logra destruir nuestras vidas, entonces ha destruido la obra de Dios y de su Jesucristo en cada uno de nosotros inhumanamente, para empezar entonces su obra de gran maldad y de decepción eterna, «y así jamás regresemos al paraíso,ni menos comamos en persona del fruto del Árbol de la vida eterna», ¡el Hijo de David! Y es por eso que nuestro Padre celestial es un eterno enemigo de cada una de las profundas tinieblas de las mentiras y artimañas crueles de Satanás, para que no sólo sus hijos e hijas no sufran jamás sus terribles maldiciones del infierno, sino también «la gente inocente de todas las naciones, cegadas constantemente por el espíritu de error de Satanás». Ahora, si recibimos el Espíritu de la sangre viva de Jesucristo, la cual salió de su corazón para bañar su cuerpo inmolado y así fundir los cuerpos cruzados y sin vida de Adán y Eva con el de él mismo, y sobre el monte santo de Jerusalén, entonces «volverán a ver nuestros ojos la vida del paraíso, prometida a nosotros inicialmente». Además, nuestro Padre celestial hizo todo esto por Adán, porque él, como tú y yo, hoy en día, no conocía ésta vida del paraíso en el principio; en verdad, los ojos de Adán, como los tuyos y los míos, por ejemplo, «no habían sido abiertos aún por el poder sobrenatural y salvador del Árbol de la vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Dado que, sólo nuestro Señor Jesucristo puede abrir nuestros ojos, para ver a nuestro Padre celestial y su nueva vida infinita de su nuevo reino venidero; de otra manera, «somos ciegos, como los ojos de Satanás son ciegos para siempre». Ahora, podemos decir con toda seguridad que Adán había nacido ciego, como todo recién nacido de la humanidad entera, «porque no había visto la luz de la vida eterna aún con sus propios ojos y con su corazón eterno al Rey Mesías, al Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! En la medida en que, nuestro Señor Jesucristo no sólo es conocido por los ángeles del cielo, como el Árbol de la vida y de la tranquilidad eterna, sino también «como el Rey Mesías, el Hijo de David, el sumo sacerdote, el Cordero Escogido, el Rey de reyes y Señor de señores, el todopoderoso», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es así, precisamente, como nuestro Padre celestial desea que lo conozcamos a él, como a su Hijo amado, para que su luz celestial brille en nuestros corazones y en cada día de nuestras vidas en la tierra y en el paraíso, «para que Satanás y sus muchas tinieblas sean cegados para siempre, y no nos hagan más daño». Es por eso que nuestro Padre celestial, después de haber creado a Adán y luego a Eva, entonces los llevo de la mano a los pies de su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, por amor a su evangelio eterno, para que comieran de él, «y sólo así sus ojos sean para ver la vida eterna del nuevo reino venidero». Puesto que, todo aquel que es nacido de mujer, que no coma del Espíritu del fruto de la vida, entonces va por el camino de las mentiras y de las decepciones mortales de Satanás y de la serpiente antigua, «para sufrir lo mismo que Adán y Eva sufrieron en el paraíso y en la tierra o hasta quizás peor que ellos, fatídicamente». Realmente, nuestro Padre celestial jamás desea que el hombre diera un solo pasó por el camino de las maldades y de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, por ejemplo, sino todo lo contrario; para que de este modo, «Satanás no se aproveche para deshonrar su nombre santísimo en ninguna de sus obras muy sagradas, en toda la tierra». Ahora, lo que nuestro Padre celestial siempre deseo, laboriosamente, fue que Adán y así también su esposa Eva, caminaran únicamente por el camino de la verdad, la vida, la santidad, el poder del amor y de la felicidad infinita de conocerle sólo a él, como el único Dios Todopoderoso, «al comer del fruto del Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por cuanto, todo aquel que ve y conoce a su Dios y Fundador de su vida, como su Padre celestial, en esta vida y en la venidera también, «entonces puede ver todo y nada le es oculto»; porque todas las cosas le son posible cada día en su vida, ¡gracias al Espíritu de nuestro Señor Jesucristo viviendo en su corazón, ciertamente! Dado que, no es posible que nadie que no crea a su Dios y Fundador de su vida, como su Padre celestial, por medio del fruto del Árbol de la vida, «pueda jamás conocerle como tal en el cielo, en la tierra, ni menos en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo». Es decir, que Adán debía conocerle a él, como su Dios y Padre celestial del paraíso y de su nueva vida infinita, pero únicamente posible por medio de creer e invocar el nombre bendito y misterioso de su Hijo amado, «como el Rey Mesías de su vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, los ojos de Adán y así también los de Eva y de cada uno de sus descendientes «no podían ver nada de nada ni menos a su Dios y Creador de sus nuevas vidas infinitas», para desgracia de muchos en el cielo y en la tierra, como hoy en día contigo y muchos más, por ejemplo. Comprobado que, todos hemos sufrido terribles males y mentiras crueles de los malvados seguidores de Satanás, alguna que otra vez y hasta el grado que, para que la obra y el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo no sólo sufra en nuestras vidas sino también «en la vida de muchos en toda la tierra y para siempre también, por ejemplo. Y es, precisamente, éste poder terrible de la ceguera espiritual de muchos, la que hace daño diariamente a la obra santísima de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, para que muchos no sean bendecidos con el perdón de Dios, sino que «mueran cruelmente por el espíritu de error de Satanás y de su infierno eternamente candente del más allá». Pero, desdichadamente, Eva y luego Adán comió del árbol de la ciencia del bien y del mal, y «sus ojos se abrieron para sólo ver del espíritu de error y de rebelión de Satanás y de sus ángeles caídos», como falsas doctrinas de ídolos e imágenes de tallas de profundas maldiciones para todo ser viviente. Y este es el camino de la mentira y de la maldad eterna de cada día y de cada ídolo e imagen de talla, como los del vaticano corto de luces, por ejemplo, «el cual lleva el alma preciosa del hombre hacia la perdición», entre el fuego del infierno eternamente candente y tormentoso del mundo de los muertos del más allá. Ciertamente, esto es, sin duda alguna: «Ceguera espiritual a lo máximo para los que no tienen la luz de la vida eterna encendida en sus corazones, por la presencia santa del Espíritu de la sangre sacrificada y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo»; y esto es muerte segura actualmente, para cualquier incrédulo a la verdad celestial de nuestro Señor Jesucristo. En la medida en que, para nuestro Padre celestial, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, sean ángeles del cielo u hombres y mueres del paraíso o de la tierra, los que no creen en su Hijo amado, «en fin, están ciegos y van paso a paso hacia su muerte segura del infierno». Desafortunadamente, los que no creen en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, como el Árbol de la vida, la bendición, la prosperidad y la felicidad eterna, francamente, que nadie se engañé erróneamente, «ya tienen una imagen o un ídolo que adoran en sus corazones», para mal de sus vidas y de los suyos también, en cualquier lugar de la tierra. Y es por eso que nuestro Padre celestial se aleja de ellos, y no porque desee hacerlo así, sino por culpa de su ceguera espiritual, porque con sus acciones erradas, se den cuenta o no, «están negando las bendiciones del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos en sus vidas», al adorar a ídolos terribles del infierno, en lugar de Jesucristo. Dado que, nuestro Padre celestial requiere del hombre que no sea ciego delante de él, sino que lo vea todo en todo su derredor, para que le sirva por siempre en la tierra y en el paraíso –y «sólo en el Espíritu y en la verdad de la sangre viva y expiatoria de su unigénito», ¡el Árbol de la vida eterna! Es por eso que cada uno de los ídolos e imágenes de talla son malos, no tanto porque sean de Satanás y de sus ángeles caídos, sino porque «perturban constantemente cada una de las ricas bendiciones infinitas de paz, salud, poder, felicidad, milagros, maravillas y demás bendiciones del cielo y del Árbol de nuestra vida eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además, estos son ídolos e imágenes de piedra, madera, tela, metal, por ejemplo, de las cuales no ven el bien de Dios jamás, porque no salieron de la luz de Jesucristo sino de las profundas tinieblas de Satanás, por lo tanto, «sólo saben los males de enfermedades y de guerras terribles para destruir toda vida humana en el mundo entero». Y es por eso que Adán y así también cada uno de sus descendientes ha sufrido males terribles, para caer muertos y no levantarse jamás de sus tumbas de las profundas tinieblas, es decir, si nuestro Dios no los hubiese ayudado a tiempo, «como nuestro Señor Jesucristo murió, por ejemplo, para vencer a sus tumbas eternas y abrirlas únicamente para el paraíso». Y nuestro Padre celestial hizo éste gran milagro de amor, de gracia y de bondad infinita no sólo para Adán y Eva, sino también para cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, porque «sólo la luz de la vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo podía derrotar a cada una de las tinieblas de las tumbas, para abrirlas eternamente». Y es por eso que, hoy en día, muy bien podemos confiar en el Espíritu de la sangre bendita de nuestro Señor Jesucristo, porque él ya abrió nuestras tumbas, las cuales el ángel de la muerte tenia preparadas para cada uno de nosotros y así lanzarnos al infierno, «para que jamás volvamos a ver la luz del día, para siempre». En otras palabras, los que comen y beben del Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, entonces sus ojos ya no se abren para ver los males terribles de las mentiras de Satanás, sino que «se abren cada día para ver el bien infinito de la nueva vida infinitamente gloriosa del nuevo reino de los cielos», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es, precisamente, ésta nueva vida única de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, la cual descendió en su día a Israel, para entrar en tu corazón, hoy mismo, «para que vivas en la luz de la verdad y así dejes de vivir en las tinieblas de las mentiras maldicientes de Satanás». Comprobado que, son las primeras mentiras del espíritu de error de Satanás, las cuales han cegado tu corazón, así como cegaron el corazón de Adán y Eva inicialmente, para que jamás vean, ni menos acepten, al Señor Jesucristo en sus vidas como el fruto de la vida; y todos nacen perdidos desde entonces acá, «por falta de Jesucristo en sus vidas». En suma, todos tenemos que ser bañados por el Espíritu de la sangre sacrificada, desde el comienzo de las cosas en el cielo, para seguir viviendo delante de Dios y de su Espíritu Santo, en perfecta santidad y amor sin igual, por ejemplo; es por eso «que todo aquel que no es bañado por la sangre de Jesucristo, entonces muere». Muere tristemente cualquiera, «estando vivo aún», como Adán y Eva murieron todavía llenos de vida, en la misma inmensidad gloriosa del paraíso, tierra sagrada llena de la vida y de la salud infinita del Árbol de la vida eterna, nuestro único Rey Mesías Celestial posible para Israel y para las naciones de toda la tierra, por ejemplo. Y los muertos para nuestro Padre celestial son todos aquellos, de todas las razas y familias de las naciones, que ya han cerrado sus ojos para siempre ante él y ante su fruto de la vida, su Jesucristo, para jamás ver la luz del día ni menos su propia vida, «reservada en los cielos para los que le aman a él infinitamente». Y si hoy llega a tu vida el Espíritu de la sangre sacrificada para tu corazón, para todo tu cuerpo y vida entera también, entonces no cometas el mismo error que cometieron Adán y Eva, «de no comer de su fruto de vida», al no creer en sus corazones y no confesar con sus labios, ¡el nombre misterioso de nuestro Salvador Jesucristo! Porque luego el Espíritu de esta misma sangre gloriosa y sumamente honrada por el Espíritu de Los Diez Mandamientos no sólo baño a nuestro Señor Jesucristo, clavado a Adán y a Eva, sino que luego se regó en la tierra, «para bañar a cada uno de sus retoños como tú y yo, hoy en día, pare ver la vida posteriormente». Entonces si el Espíritu de la sangre sacrificada viene a cada uno de nosotros, de la misma manera que vino a los antiguos, entonces hemos sido bendecidos por nuestro Padre celestial desde el paraíso, para no vivir más en las tinieblas mentirosas de Satanás, «sino vivir sólo en la luz de la vida eterna, su unigénito», ¡nuestro Rey Mesías Eternal! Y es el mismo Espíritu de la sangre sacrificada de nuestro Señor Jesucristo, después de haber lavado de todo pecado del paraíso a Adán y a Eva, pues entonces viene a nosotros también con sus mismos poderes del paraíso, para «bañarnos y limpiarnos de todo pecado completamente, para que vivamos ya no ciegos sino como alumbrados de nuestro Dios». Dado que, «los que no viven unidos con el Señor Jesucristo en sus corazones son ciegos», así como Satanás y sus ángeles caídos son ciegos, por ejemplo, para seguir andando día y noche por el camino de la maldad y de la maldición eterna de cada mentira, las cuales llegan a nosotros desde el mundo de los muertos para destruirnos eternamente. Por eso, nuestro Padre celestial nos da a su Jesucristo, sin escatimar nada de él, «para que hagamos uso del Espíritu de su sangre salvadora cada día, para nuestros corazones y nuestras almas infinitas, y así ya no sigamos muertos en nuestros delitos y pecados, sino libres para vivir en la luz de los días de la nueva eternidad venidera. Porque la verdad es que hemos sido lavados por el Espíritu de la misma sangre de nuestro Salvador Jesucristo, como sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, para que las tinieblas ya no vivan en nosotros, sino «sólo exista la luz del perdón y de la felicidad bendita de nuestra nueva vida eterna, del nuevo reino sempiterno». Y esta es la nueva vida esplendorosa, la cual nuestro Hacedor no sólo se la prometió a Adán y a Eva inicialmente en el paraíso, sino también a los hebreos para sacarlos de Egipto, hacia una ciudad celestial para servirle a él, «sólo en el Espíritu de la sangre ya sacrificada de su Cordero Escogido desde la fundación del mundo». Ya que, el camino escondido del mar Rojo y por el camino del desierto arenoso de Egipto, en el cual nadie había transitado jamás, hoy en día, «es el mismo camino que llevaba a cada hebreo y así también a cada gentil hacia la nueva vida gloriosa y sumamente honrada de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo». Y como éste camino antiguo, en el cual caminaron muchos de la antigüedad sin prisa y hasta llegar a su destino final del paraíso, como Abraham e Isaac y así también cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas, «de los cuales amaron el Espíritu de la sangre sacrificada más que sus propias vidas, para alcanzar la vida eterna». Así pues, también, tú mismo, mi estimado hermano y hermana, estás llamado por nuestro Padre celestial a transitar por este camino santo y antiguo, el cual nos lleva cada día y paso a paso de regreso al paraíso, «pero ya con el fruto del Árbol de la vida en nuestros corazones y en nuestros labios, para jamás alejarnos de él infinitamente». Además, Adán como Eva en el paraíso y los hebreos por el desierto de Egipto y así también todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, por ejemplo, tienen el mismo llamado supremo de nuestro Hacedor, «de caminar por éste camino santo y bendecido inicialmente por la misma sangre de nuestro Salvador Jesucristo, desde la fundación del mundo entero». Puesto que, en el principio de la creación del cielo y de la tierra, todo estaba desordenado por todos lados, y nuestro Padre celestial envió el Espíritu de la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, para que descendiese sobre la tierra y la ordenara todo, de acuerdo a su voluntad santa, «para la creación posterior de todas las cosas del hombre». Y fue así como nuestro Padre celestial empezó a bendecir a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, mucho antes que fuese creado el primer hombre, Adán, para que no vivan en sus profundas tinieblas de la maldad de Satanás, sino «sólo en la luz del Espíritu de la vida misma de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Entonces nuestro Padre celestial nos bendice grandemente, como en los lugares celestiales y eternos del más allá, mucho antes que nos formara en sus manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que vivamos para él, «pero por medio de nuestro Salvador Jesucristo, para nunca ser ciegos como Satanás, sino alumbrados como él mismo, nuestro Dios Todopoderoso». Entonces esto es de ser «bendecido grandemente», desde el Árbol de la vida del paraíso, por el Espíritu de la sangre sacrificada de su Cordero Escogido, nuestro Salvador Jesucristo, para entrar desde ya a la nueva vida infinita de su nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo; porque sólo en esta ciudad celeste, «nuestro Dios es feliz con nosotros». Ahora, ninguno de nosotros podrá jamás caminar por este camino santo y milagroso de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo, si primeramente no reconocemos en nuestros corazones: «el Espíritu de su sangre bendita y sacrificada sobre el altar del monte santo de Jerusalén, en Israel, para que nuestros ojos se abran y vean recto y siempre hacia él, ¡el Eterno!» De paso, esto es de caminar por el día y por la noche, en el camino que nos lleva hacia la tierra santa y prometida de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «la cual fluye abundantemente leche y miel», para saciar nuestros corazones, nuestros cuerpos y nuestras almas infinitas de todas sus más gloriosas bendiciones de la felicidad eterna. Porque la verdad es que sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, para nuestro Padre celestial y así igualmente para su Espíritu Santo y sus huestes angelicales, «estamos tan ciegos» como muertos ya en vida en el paraíso, en la tierra y en el más allá eternamente y para siempre; y «nuestro Dios no creo muertos sino vivos para el paraíso». Además, ninguno de nosotros podrá jamás ver a nuestro Creador y a su vida muy santa, «si primeramente no abrimos nuestros ojos ya», para ver en la luz del Espíritu del Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, como nuestro Padre celestial llama a Adán y a Eva a obedecerle inicialmente, para que coman y vivan infinitamente sólo de él. Porque esta es la única manera, por la cual no sólo ellos podían abrir sus ojos ciegos para su Dios y Fundador de sus vidas, sino también abrirlas «para ver claramente el fruto de su Árbol de la vida eterna del paraíso, antes hoy que mañana y para la eternidad venidera también», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es su Hijo amado para los ángeles del cielo y para los hombres y mujeres de la humanidad entera, quien nos da de su Espíritu de luz eterna, llena de vida y de la felicidad angelical, para cada uno de nosotros de todas las razas, familias, naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra. Y esto es, sin duda alguna, hoy en día en todos lugares de la tierra, como en el primer día de vida de Adán en el paraíso, por ejemplo, para vivir eternamente iluminados por su verdad y por su justicia infinita, «llena de amor y de su misma gloria celestial de Su Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del nuevo reino sempiterno. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano yde la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Creeen Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLEAL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque éstaes la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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| "valarezo" <valarezo1212***aol.com> escribió en el mensaje news:96f63648-abf9-44eb-8cf0-1186efc16c20***d1g2000hsg.googlegroups.com... Sábado, 26 de julio, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Felices Fiestas Julianas de Guayaquil 2008 a todas nuestras familias dentro y fuera de nuestras tierras. Muchas felicidades a todos y que se gocen en estos días festivos con el Señor Jesucristo y con las bendiciones abundantes de su Espíritu Santo, delante de nuestro Padre celestial y de sus ángeles fieles. ¡Felices días de sus Independencias Nacionales a cada una de nuestras naciones Iberoamericanas 2008! Damos gracias a nuestro Padre celestial, por nuestro Salvador Jesucristo, porque ahora todo el Ecuador gozara de una nueva Constitución, en la que el nombre de nuestro Creador Celestial es invocado, lo cual bendice y santifican grandemente no sólo sus leyes sociales sino también la vida del «espíritu del buen vivir», el cual buscamos disfrutar muchísimo en los días venideros. Que el nombre bendito de nuestro Dios Soberano y Todopoderoso, el cual invocamos en esta nueva Constitución Nacional, nos continué bendiciendo cada día y cada noche y aún más allá de la eternidad venidera con muchas de sus más ricas bendiciones celestiales. Bendiciones de amor, gracia, sabiduría, paz, prosperidad y misericordia infinita, para cada una de nuestras familias (de padres y madres (como Adán y Eva, por ejemplo), que sean fructíferos y se multipliquen de hijos e hijas para que sean hombres y mujeres de bien para nuestras sociedades), dentro y fuera de nuestras tierras. Pues entonces, que todo sea paz, felicidad, conocimiento, prosperidad y amor a la vida, sobre todas las cosas, es nuestra oración por siempre a nuestro Padre celestial, en el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que nos ame ahora más que nunca y así bendiga grandemente nuestras vidas en los días por venir con su Espíritu Santísimo. ¡Amén!) (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) CEGUERA ESPIRITUAL: Pero aun si nuestro evangelio sin fin está encubierto desde tiempos inmemoriales del paraíso, pues entonces, de entre los que se pierden está encubierto, sin duda alguna, por el resplandor celestial del Árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo; porque todos ellos son cegados por el mismo enemigo de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «Satanás», ¡el adversario! Para que nunca jamás coman del fruto del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo; pues son ciegos profundamente como por medio del mismo espíritu de error y de ceguera espiritual del adversario de Jesucristo, para que no sólo Adán y Eva no coman del fruto de la vida eterna, sino también «cada uno de sus descendientes por todos lados». Y esto es, sin que nadie se equivoque, obra de Satanás y más no de Dios, ni de su Jesucristo ni de su Espíritu Santo ni menos de ninguno de sus fieles ángeles del cielo, con toda seguridad, «para seguir cegando los ojos del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra». Pues Satanás es el príncipe de las tinieblas de esta edad presente de la humanidad entera, por lo tanto, «ciega el entendimiento de los incrédulos», como cegó a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, para que no les ilumine desde el principio de las cosas: «!El resplandor del evangelio de la gloria eterna de nuestro Señor Jesucristo!» Visto que, nuestro Señor Jesucristo es la imagen y de acuerdo a la semejanza perfecta de nuestro Padre celestial, como Adán y como cualquiera de sus hijos en las naciones del mundo entero, por ejemplo; es por eso que nuestro Padre celestial dio testimonio fiel de él, sin trabarse su lengua, desde el cielo y en presencia de sus discípulos. Y el mismo SEÑOR dijo, sin titubear y abiertamente, para que todos entiendan en todas las edades de la vida de la tierra: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; ¡a él oigan, y hagan siempre todo lo que les pida, para que siempre les vaya bien a ustedes y a sus hijos, en todos los lugares de la tierra!». Y, desde aquel día, el Espíritu del evangelio de su Hijo amado, no solamente fue predicado por sus apóstoles y discípulos fieles a la verdad celestial, sino también por los que creerían en su nombre santo y salvador y en sus grandes obras de parte de Dios y de su Espíritu Santo, «para bendecir grandemente la vida de todos». Cómo sucede hoy en día, por ejemplo, por donde el Espíritu bendito, sanador y salvador de nuestro Señor Jesucristo se oye considerablemente, para seguir perdonando los pecados de la humanidad entera, y «sólo así sus nombres sean escritos en el libro del Cordero de Dios», ¡el cual fue sacrificado por nosotros!, desde la fundación del cielo y de la tierra. Y éste evangelio de bendición y de salud eterna, a todas luces, «fue escrito por el dedo de Dios», ciertamente, como por el Espíritu de los mismos Diez Mandamientos, para bien eterno de cada uno de todos nosotros en el paraíso, en la tierra y para la nueva eternidad venidera de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Y es por eso que el espíritu del evangelio de Dios y de su unigénito viene a ti día y noche y sin cesar con grandes poderes de justicias sin fin, para que tu corazón sea transformado de los poderes terribles de las profundas tinieblas de Satanás: «a la luz más brillante que el Sol de nuestra inmensidad, ¡nuestro Jesucristo!» Y esto sucederá en ti, de la misma manera que sucedió en el corazón de los antiguos, por ejemplo, para que ya no vivas más en las profundas tinieblas de Satanás, sufriendo día a día sus males de siempre, sino todo lo contrario. Y esto es para que vivas desde hoy mismo «en la luz de la verdad celestial de nuestro Señor Jesucristo», para que te goces día y noche de sus bendiciones sin fin, para tu corazón y para tu alma viviente, en esta vida y en la venidera también de su nuevo reino sempiterno; efectivamente, ésta gloria divina es para ti. Comprobado que, sólo así podrán tus ojos no volverán a mirar en el espíritu de la vida pecadora de Adán y de Eva, sino «en el Espíritu de la vida gloriosa y sumamente agradable a nuestro Padre celestial y de sus huestes angelicales», la vida gloriosa de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En la medida en que, nuestros ojos han sido creados por nuestro Padre celestial y por su Espíritu Santo para ver y conocer sólo a nuestro Señor Jesucristo, hoy en día y por siempre, «como el dador y protector de nuestras vidas en la tierra y en el más allá igualmente, eternamente y para siempre». Y si nosotros, hoy en día, podemos ver a nuestro Señor Jesucristo, entonces con toda seguridad que «veremos a nuestro Padre celestial cara a cara», tal como siempre ha sido desde el día que nos comenzó a formar en sus manos santas en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para vivir desde ya la nueva vida infinita del paraíso. Pues bien, si creemos en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, entonces esto significa que hemos dejado de creer en el espíritu de error y de las mentiras de Satanás, y esto es muy bueno y poderoso, «para comenzar a vivir en la luz del cielo y más no en las tinieblas del mundo de los muertos, por ejemplo». Puesto que, han sido las mentiras originales de gran maldición y de muertes terribles de Satanás, las cuales han cegado los ojos de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, para que no vean jamás al Hijo de Dios, «como el salvador perfecto de sus almas infinitas, en esta vida y en la venidera también, para siempre». Y del espíritu de error de estas mentiras originales, las cuales creyeron inicialmente en el paraíso Adán y Eva por boca de la serpiente antigua, es por la cual nuestro Padre celestial junto con la ayuda idónea de su Espíritu Santo lucha día y noche, para librarnos «con los poderes sobrenaturales de la sangre sacrificada de su unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! En vista de que, sólo el Espíritu de la verdad y de la vida infinita del paraíso de nuestro Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, nos puede librar de todos los poderes escondidos en nuestros corazones y espíritus humanos del espíritu de error: «de males terribles y crueles, de enfermedades mortales y sin fin de Satanás, por ejemplo». Es por eso que hoy más que nunca, cada uno de nosotros, y que no se equivoque nadie, «necesita urgentemente del Espíritu de la sangre sacrificada y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo», para hacernos libres de muchos males terribles porvenir muy pronto en nuestras vidas, y así no muramos jamás en nuestras mismas tinieblas de siempre, sino todo lo contrario. En verdad, viviremos en la luz bendita de la vida eterna de nuestro Señor Jesucristo, la cual es más brillante que el sol en el epicentro de nuestros corazones y de nuestras vidas en la tierra y en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo, eternamente y para siempre. Ahora, si la luz del Espíritu de nuestro Señor Jesucristo hace huir a las tinieblas de Satanás de nuestros corazones y de nuestras almas infinitas, por ejemplo, pues también huirán de cada día de nuestras vidas en todos los lugares de la tierra, para no molestarnos ni menos amenazarnos más con sus mentiras de siempre. (En efecto, esto es gloria de la verdad y de la justicia infinita de nuestro Padre celestial, la cual nos ha dado a cada uno de nosotros en el mundo entero, para que la recibamos y la añoremos en nuestros corazones, «como nuestro padre Abraham y así también Isaac y muchos más la añoraron en sus vidas, para bendición eterna».) En tanto que, la luz del Espíritu de vida eterna de nuestro Señor Jesucristo ciega infinitamente cada una las profundas tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos en nosotros, «para que ya no nos vean más con sus ojos malvados y corazones terriblemente pecadores», para hacernos los daños de siempre, con el fin de robarnos, matarnos y destruirnos. Y esto lo hace así Satanás y sus ángeles caídos en contra de cada uno de nosotros, comenzando con nuestro Señor Jesucristo, porque fue nuestro Señor mismo quien sufrió primeramente los ataques crueles de Satanás antes que Adán y cada uno de nosotros, «para desfigurar la imagen y semejanza divina de nuestro Padre, las cuales están en nosotros para la eternidad». Porque la verdad es que cada ataque, desesperado por Satanás, es para destruir la imagen y la semejanza de nuestro Padre celestial, de las cuales viven en cada uno de nosotros y son fielmente protegidas por el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo y por su Espíritu Santísimo también, además de sus ángeles poderosos, «todos listos para defendernos ante Satanás cada día». Entonces sólo el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo puede proteger y salvaguardar la imagen y la semejanza de nuestro Padre celestial en cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, «porque sólo su luz ciega a cada una de las profundas tinieblas del mundo de los muertos y de Satanás mismo también, sin duda alguna». Globalmente, sólo la verdad viviente de nuestro Señor Jesucristo es la que no sólo puede abrir tus ojos plagados por el espíritu de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, sino que también te puede dar perdón, vida y riquezas eternas, «para que jamás vuelvas a creer a ninguna de las mentiras del diablo en tu corazón eterno». Ya que, cada vez que crees en el espíritu de error y de las mentiras de Satanás, sin que te des cuenta de lo que estás haciendo, entonces tus ojos son cegados para que no veas jamás al Espíritu de Dios obrando en tu vida con grandes milagros, maravillas y prodigios «para sanar tu vida de los males abominables de Satanás». Puesto que, cada uno de los males, los cuales se han originado en la vida de Adán y Eva y así también en cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, ha sido por los poderes terribles y escondidos en nuestro espíritu humano, como en nuestra misma sangre enferma, por las primeras mentiras mortales de Satanás, por ejemplo. Y es de este mal terrible, por el cual nuestro Padre celestial lucha incansablemente en contra de cada artimaña mentirosa y simulada de Satanás, «para que su imagen y su semejanza sagrada no sea desfigurada nunca más en ninguno de sus hijos e hijas como tú y yo, hoy mismo, mi estimado hermano y hermana, por ejemplo». Es por eso que el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo es tan importante en nuestras vidas, como nuestro propio respirar de cada segundo de nuestras existencias, «para mantener nuestras vidas activas y crecer en la tierra y así también en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos», de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, no sólo estamos ciegos, sino que también totalmente sin ninguna gota de vida del Árbol de la vida de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «y es precisamente esto lo que Satanás desea ver en nuestras vidas, para destruirlas poco a poco y con toda seguridad infernal». Para que de este modo irreversible, la imagen y semejanza bendita de nuestro Padre celestial no sea más gloria en nuestros corazones y en nuestras vidas de cada día en la tierra y en la eternidad venidera, «para glorificar y honrar grandemente a nuestro Creador en la luz del Árbol de la vida, nuestro Rey Mesías, sino todo lo contrario. En otras palabras, esto es de que Satanás desea vernos, a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias de la tierra, arder entre las llamas ardientes del fuego eterno del infierno, para finalmente morir condenados en nuestra segunda muerte final del lago de fuego del más allá y del tormento eterno. (Hoy, nuestro Hacedor se opone en contra de esta maldad de Satanás y de sus seguidores crueles, como sus ángeles caídos y gentes de la decepción eterna, por ejemplo, y únicamente con el Espíritu de la sangre sacrificada de su Gran Rey Mesías sobre su altar eterno, «para que nunca jamás le suceda éste mal abominable a ninguno de sus hijos».) Y así Satanás fulminaría a manos llenas la obra de nuestro Padre celestial, la cual empezó con gran amor eterno por ti, en el día que creaba con sus manos santas a Adán en el reino de los cielos, por ejemplo, «para posteriormente ponerlo en el paraíso y en su Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». En su nueva ciudad celestial, más brillante que el sol, creada por amor ti, con nuevos cielos y nuevas tierras eternas, llenas de calles de oro y mansiones gloriosas, de mar de cristal y plantas y árboles frondosos, «en donde Satanás y sus ataques ya no serán más, sino sólo la verdad de su Árbol de la vida reinara», ¡nuestro Mesías Celestial! Es en si, la ciudad del gran Rey de reyes y Señor de señores de todos los tiempos, el Hijo de David, «el que quita el pecado del mundo entero por los poderes y autoridades sobrenaturales de su sangre sacrificada y que brilla mucho más que el sol», en los corazones de la humanidad entera, como hoy mismo, ¡nuestro Libertador Jesucristo! Ha sido por esta ciudad celestial, por la cual entrego su vida santísima, sin pecado y sin Satanás, para que todos los que crean en él y en su nombre milagroso, entonces «encuentren su paz y su descanso reconciliador con su Dios y Padre Eterno que está en los cielos», ¡el Todopoderoso de Israel y de las naciones! Y, desde el día y la hora, en la cual nuestro Hacedor y su Espíritu Santo nos comenzó a formar en sus manos santas, para que llevemos la imagen y la semejanza celestial de su rey Mesías, entonces «nuestros corazones no han dejado de pensar en nuestra salvación feliz», de una manera u otra; pues somos legítimamente de Dios, ¡del Eterno! Porque la verdad es que, en el principio nuestro Padre celestial te forma en sus manos santas, para que seas limpio y libre de todo poder de maldad y de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, «para que entonces puedas comer y beber de su fruto del Árbol de la vida eterna, con toda libertad», ¡nuestro Señor Jesucristo! Ciertamente, eres el escogido de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santísimo, para creer en esta hora tan crucial para tu vida y para la vida de los tuyos, en la salvación con buena suerte de tu alma viviente, el Hijo amado de Dios y gran rey Mesías de todos los tiempos, el Eterno, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Pero el enemigo de toda verdad y amo de la maldad y de las mentiras de Satanás nos continua atacando desesperadamente, como para destruir nuestras vidas a como de lugar, «con tal que sus profundas tinieblas de gran maldad no dejen de cegar los ojos inocentes de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera». Pero la luz del evangelio eterno de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo viene a nosotros a cada instante, porque nos ama y no nos quiere dejar ir de su presencia santa, para que le conozcamos a él y a su Espíritu Santo, «tan sólo por medio de su fruto de vida eterna, su unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! Además, nuestro Padre celestial se acerca, como cada vez más a cada uno de nosotros, sin que nos demos cuenta de nada, para tocarnos y liberarnos de las garras del espíritu de error y de Satanás, «para que veamos siempre el camino de la verdad y de la vida, de regreso al paraíso», ¡y a su Árbol de la vida eterna! Comprobado que, nuestro Hacedor sabe perfectamente que con el Espíritu de su Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces todo lo podemos en él, para no sólo escaparnos de nuestros atacantes sino también «para derrotar a Satanás y destruir cada una de sus obras y mentiras malvadas en el mundo entero»; consiguientemente, nuestra victoria de cada día es Jesucristo, sin duda alguna. Dado que, milagrosamente, sólo nuestro Señor Jesucristo nos perdona nuestros pecados por los poderes y autoridades sobrenaturales dadas a él, de parte de nuestro Padre celestial; pues él es como nuestro Moisés en nuestros días, «para guiarnos cada día y cada noche por el camino hacia la tierra prometida de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo». Por lo tanto, sólo nuestro Señor Jesucristo es la luz más brillante que el sol en el epicentro del paraíso para Adán y Eva, el Árbol en llamas sobre el Sinaí para los hebreos, el Árbol del fin del pecado y el comienzo de la vida sobre el monte santo de Jerusalén, para Israel y para las naciones del mundo entero. Por todo ello, «nuestro Señor Jesucristo es la luz que dura mucho tiempo de éste camino antiguo de cada día y de cada noche hacia la vida eterna», pasando por medio del mar Rojo y caminando en su fondo seco, cruzando al otro lado, camino por el desierto seco de la muerte y de la destrucción eterna del mundo entero. Y vamos paso a paso con Jesucristo en nuestros corazones, hacia nuevas tierras cubiertas de nuevos cielos sin fin, llenos de vida y de la felicidad infinita, por cierto, de conocer sólo la verdad y la justicia gloriosa y honrada de nuestro Padre celestial, «para servirle sólo a Él, como nuestro único Dios Todopoderoso y Soberano de nuestras almas inmortales». Y estas bendiciones de día a día son, aun con todo, gracias a la gran obra llevada a cabo por su Espíritu Santo, «al darnos», por medio del vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, «al Rey Mesías inigualado hasta hoy», el Hijo de David, nuestro único salvador posible de nuestras almas vivientes, ¡el Señor Jesucristo! Es decir, también que hoy en día, desdichadamente, vivimos con el espíritu de error y de rebelión de Adán y Eva, para ver constantemente sólo el mal del espíritu de error y de rebelión de Satanás, «y es por eso que sufrimos día y noche todas clases de males y de enfermedades terribles a nuestros corazones y a nuestras almas infinitas». En realidad, sin darnos cuenta de nada, es Satanás quien nos está atacando cruelmente a cada momento de nuestras vidas, ya sea por medio de familiares, amistades o gentes desconocidas, por ejemplo, «pero todo es hecho cruelmente para destruir nuestros corazones y espíritu humano de fe, en nuestro Padre celestial y en su Jesucristo», de una manera u otra. Puesto que, si Satanás logra destruir nuestras vidas, entonces ha destruido la obra de Dios y de su Jesucristo en cada uno de nosotros inhumanamente, para empezar entonces su obra de gran maldad y de decepción eterna, «y así jamás regresemos al paraíso, ni menos comamos en persona del fruto del Árbol de la vida eterna», ¡el Hijo de David! Y es por eso que nuestro Padre celestial es un eterno enemigo de cada una de las profundas tinieblas de las mentiras y artimañas crueles de Satanás, para que no sólo sus hijos e hijas no sufran jamás sus terribles maldiciones del infierno, sino también «la gente inocente de todas las naciones, cegadas constantemente por el espíritu de error de Satanás». Ahora, si recibimos el Espíritu de la sangre viva de Jesucristo, la cual salió de su corazón para bañar su cuerpo inmolado y así fundir los cuerpos cruzados y sin vida de Adán y Eva con el de él mismo, y sobre el monte santo de Jerusalén, entonces «volverán a ver nuestros ojos la vida del paraíso, prometida a nosotros inicialmente». Además, nuestro Padre celestial hizo todo esto por Adán, porque él, como tú y yo, hoy en día, no conocía ésta vida del paraíso en el principio; en verdad, los ojos de Adán, como los tuyos y los míos, por ejemplo, «no habían sido abiertos aún por el poder sobrenatural y salvador del Árbol de la vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Dado que, sólo nuestro Señor Jesucristo puede abrir nuestros ojos, para ver a nuestro Padre celestial y su nueva vida infinita de su nuevo reino venidero; de otra manera, «somos ciegos, como los ojos de Satanás son ciegos para siempre». Ahora, podemos decir con toda seguridad que Adán había nacido ciego, como todo recién nacido de la humanidad entera, «porque no había visto la luz de la vida eterna aún con sus propios ojos y con su corazón eterno al Rey Mesías, al Hijo de David», ¡nuestro Señor Jesucristo! En la medida en que, nuestro Señor Jesucristo no sólo es conocido por los ángeles del cielo, como el Árbol de la vida y de la tranquilidad eterna, sino también «como el Rey Mesías, el Hijo de David, el sumo sacerdote, el Cordero Escogido, el Rey de reyes y Señor de señores, el todopoderoso», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es así, precisamente, como nuestro Padre celestial desea que lo conozcamos a él, como a su Hijo amado, para que su luz celestial brille en nuestros corazones y en cada día de nuestras vidas en la tierra y en el paraíso, «para que Satanás y sus muchas tinieblas sean cegados para siempre, y no nos hagan más daño». Es por eso que nuestro Padre celestial, después de haber creado a Adán y luego a Eva, entonces los llevo de la mano a los pies de su Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, por amor a su evangelio eterno, para que comieran de él, «y sólo así sus ojos sean para ver la vida eterna del nuevo reino venidero». Puesto que, todo aquel que es nacido de mujer, que no coma del Espíritu del fruto de la vida, entonces va por el camino de las mentiras y de las decepciones mortales de Satanás y de la serpiente antigua, «para sufrir lo mismo que Adán y Eva sufrieron en el paraíso y en la tierra o hasta quizás peor que ellos, fatídicamente». Realmente, nuestro Padre celestial jamás desea que el hombre diera un solo pasó por el camino de las maldades y de las mentiras de Satanás y de sus ángeles caídos, por ejemplo, sino todo lo contrario; para que de este modo, «Satanás no se aproveche para deshonrar su nombre santísimo en ninguna de sus obras muy sagradas, en toda la tierra». Ahora, lo que nuestro Padre celestial siempre deseo, laboriosamente, fue que Adán y así también su esposa Eva, caminaran únicamente por el camino de la verdad, la vida, la santidad, el poder del amor y de la felicidad infinita de conocerle sólo a él, como el único Dios Todopoderoso, «al comer del fruto del Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Por cuanto, todo aquel que ve y conoce a su Dios y Fundador de su vida, como su Padre celestial, en esta vida y en la venidera también, «entonces puede ver todo y nada le es oculto»; porque todas las cosas le son posible cada día en su vida, ¡gracias al Espíritu de nuestro Señor Jesucristo viviendo en su corazón, ciertamente! Dado que, no es posible que nadie que no crea a su Dios y Fundador de su vida, como su Padre celestial, por medio del fruto del Árbol de la vida, «pueda jamás conocerle como tal en el cielo, en la tierra, ni menos en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo». Es decir, que Adán debía conocerle a él, como su Dios y Padre celestial del paraíso y de su nueva vida infinita, pero únicamente posible por medio de creer e invocar el nombre bendito y misterioso de su Hijo amado, «como el Rey Mesías de su vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! De otra manera, los ojos de Adán y así también los de Eva y de cada uno de sus descendientes «no podían ver nada de nada ni menos a su Dios y Creador de sus nuevas vidas infinitas», para desgracia de muchos en el cielo y en la tierra, como hoy en día contigo y muchos más, por ejemplo. Comprobado que, todos hemos sufrido terribles males y mentiras crueles de los malvados seguidores de Satanás, alguna que otra vez y hasta el grado que, para que la obra y el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo no sólo sufra en nuestras vidas sino también «en la vida de muchos en toda la tierra y para siempre también, por ejemplo. Y es, precisamente, éste poder terrible de la ceguera espiritual de muchos, la que hace daño diariamente a la obra santísima de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, para que muchos no sean bendecidos con el perdón de Dios, sino que «mueran cruelmente por el espíritu de error de Satanás y de su infierno eternamente candente del más allá». Pero, desdichadamente, Eva y luego Adán comió del árbol de la ciencia del bien y del mal, y «sus ojos se abrieron para sólo ver del espíritu de error y de rebelión de Satanás y de sus ángeles caídos», como falsas doctrinas de ídolos e imágenes de tallas de profundas maldiciones para todo ser viviente. Y este es el camino de la mentira y de la maldad eterna de cada día y de cada ídolo e imagen de talla, como los del vaticano corto de luces, por ejemplo, «el cual lleva el alma preciosa del hombre hacia la perdición», entre el fuego del infierno eternamente candente y tormentoso del mundo de los muertos del más allá. Ciertamente, esto es, sin duda alguna: «Ceguera espiritual a lo máximo para los que no tienen la luz de la vida eterna encendida en sus corazones, por la presencia santa del Espíritu de la sangre sacrificada y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo»; y esto es muerte segura actualmente, para cualquier incrédulo a la verdad celestial de nuestro Señor Jesucristo. En la medida en que, para nuestro Padre celestial, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, sean ángeles del cielo u hombres y mueres del paraíso o de la tierra, los que no creen en su Hijo amado, «en fin, están ciegos y van paso a paso hacia su muerte segura del infierno». Desafortunadamente, los que no creen en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, como el Árbol de la vida, la bendición, la prosperidad y la felicidad eterna, francamente, que nadie se engañé erróneamente, «ya tienen una imagen o un ídolo que adoran en sus corazones», para mal de sus vidas y de los suyos también, en cualquier lugar de la tierra. Y es por eso que nuestro Padre celestial se aleja de ellos, y no porque desee hacerlo así, sino por culpa de su ceguera espiritual, porque con sus acciones erradas, se den cuenta o no, «están negando las bendiciones del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos en sus vidas», al adorar a ídolos terribles del infierno, en lugar de Jesucristo. Dado que, nuestro Padre celestial requiere del hombre que no sea ciego delante de él, sino que lo vea todo en todo su derredor, para que le sirva por siempre en la tierra y en el paraíso –y «sólo en el Espíritu y en la verdad de la sangre viva y expiatoria de su unigénito», ¡el Árbol de la vida eterna! Es por eso que cada uno de los ídolos e imágenes de talla son malos, no tanto porque sean de Satanás y de sus ángeles caídos, sino porque «perturban constantemente cada una de las ricas bendiciones infinitas de paz, salud, poder, felicidad, milagros, maravillas y demás bendiciones del cielo y del Árbol de nuestra vida eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además, estos son ídolos e imágenes de piedra, madera, tela, metal, por ejemplo, de las cuales no ven el bien de Dios jamás, porque no salieron de la luz de Jesucristo sino de las profundas tinieblas de Satanás, por lo tanto, «sólo saben los males de enfermedades y de guerras terribles para destruir toda vida humana en el mundo entero». Y es por eso que Adán y así también cada uno de sus descendientes ha sufrido males terribles, para caer muertos y no levantarse jamás de sus tumbas de las profundas tinieblas, es decir, si nuestro Dios no los hubiese ayudado a tiempo, «como nuestro Señor Jesucristo murió, por ejemplo, para vencer a sus tumbas eternas y abrirlas únicamente para el paraíso». Y nuestro Padre celestial hizo éste gran milagro de amor, de gracia y de bondad infinita no sólo para Adán y Eva, sino también para cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, porque «sólo la luz de la vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo podía derrotar a cada una de las tinieblas de las tumbas, para abrirlas eternamente». Y es por eso que, hoy en día, muy bien podemos confiar en el Espíritu de la sangre bendita de nuestro Señor Jesucristo, porque él ya abrió nuestras tumbas, las cuales el ángel de la muerte tenia preparadas para cada uno de nosotros y así lanzarnos al infierno, «para que jamás volvamos a ver la luz del día, para siempre». En otras palabras, los que comen y beben del Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, entonces sus ojos ya no se abren para ver los males terribles de las mentiras de Satanás, sino que «se abren cada día para ver el bien infinito de la nueva vida infinitamente gloriosa del nuevo reino de los cielos», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es, precisamente, ésta nueva vida única de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, la cual descendió en su día a Israel, para entrar en tu corazón, hoy mismo, «para que vivas en la luz de la verdad y así dejes de vivir en las tinieblas de las mentiras maldicientes de Satanás». Comprobado que, son las primeras mentiras del espíritu de error de Satanás, las cuales han cegado tu corazón, así como cegaron el corazón de Adán y Eva inicialmente, para que jamás vean, ni menos acepten, al Señor Jesucristo en sus vidas como el fruto de la vida; y todos nacen perdidos desde entonces acá, «por falta de Jesucristo en sus vidas». En suma, todos tenemos que ser bañados por el Espíritu de la sangre sacrificada, desde el comienzo de las cosas en el cielo, para seguir viviendo delante de Dios y de su Espíritu Santo, en perfecta santidad y amor sin igual, por ejemplo; es por eso «que todo aquel que no es bañado por la sangre de Jesucristo, entonces muere». Muere tristemente cualquiera, «estando vivo aún», como Adán y Eva murieron todavía llenos de vida, en la misma inmensidad gloriosa del paraíso, tierra sagrada llena de la vida y de la salud infinita del Árbol de la vida eterna, nuestro único Rey Mesías Celestial posible para Israel y para las naciones de toda la tierra, por ejemplo. Y los muertos para nuestro Padre celestial son todos aquellos, de todas las razas y familias de las naciones, que ya han cerrado sus ojos para siempre ante él y ante su fruto de la vida, su Jesucristo, para jamás ver la luz del día ni menos su propia vida, «reservada en los cielos para los que le aman a él infinitamente». Y si hoy llega a tu vida el Espíritu de la sangre sacrificada para tu corazón, para todo tu cuerpo y vida entera también, entonces no cometas el mismo error que cometieron Adán y Eva, «de no comer de su fruto de vida», al no creer en sus corazones y no confesar con sus labios, ¡el nombre misterioso de nuestro Salvador Jesucristo! Porque luego el Espíritu de esta misma sangre gloriosa y sumamente honrada por el Espíritu de Los Diez Mandamientos no sólo baño a nuestro Señor Jesucristo, clavado a Adán y a Eva, sino que luego se regó en la tierra, «para bañar a cada uno de sus retoños como tú y yo, hoy en día, pare ver la vida posteriormente». Entonces si el Espíritu de la sangre sacrificada viene a cada uno de nosotros, de la misma manera que vino a los antiguos, entonces hemos sido bendecidos por nuestro Padre celestial desde el paraíso, para no vivir más en las tinieblas mentirosas de Satanás, «sino vivir sólo en la luz de la vida eterna, su unigénito», ¡nuestro Rey Mesías Eternal! Y es el mismo Espíritu de la sangre sacrificada de nuestro Señor Jesucristo, después de haber lavado de todo pecado del paraíso a Adán y a Eva, pues entonces viene a nosotros también con sus mismos poderes del paraíso, para «bañarnos y limpiarnos de todo pecado completamente, para que vivamos ya no ciegos sino como alumbrados de nuestro Dios». Dado que, «los que no viven unidos con el Señor Jesucristo en sus corazones son ciegos», así como Satanás y sus ángeles caídos son ciegos, por ejemplo, para seguir andando día y noche por el camino de la maldad y de la maldición eterna de cada mentira, las cuales llegan a nosotros desde el mundo de los muertos para destruirnos eternamente. Por eso, nuestro Padre celestial nos da a su Jesucristo, sin escatimar nada de él, «para que hagamos uso del Espíritu de su sangre salvadora cada día, para nuestros corazones y nuestras almas infinitas, y así ya no sigamos muertos en nuestros delitos y pecados, sino libres para vivir en la luz de los días de la nueva eternidad venidera. Porque la verdad es que hemos sido lavados por el Espíritu de la misma sangre de nuestro Salvador Jesucristo, como sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, para que las tinieblas ya no vivan en nosotros, sino «sólo exista la luz del perdón y de la felicidad bendita de nuestra nueva vida eterna, del nuevo reino sempiterno». Y esta es la nueva vida esplendorosa, la cual nuestro Hacedor no sólo se la prometió a Adán y a Eva inicialmente en el paraíso, sino también a los hebreos para sacarlos de Egipto, hacia una ciudad celestial para servirle a él, «sólo en el Espíritu de la sangre ya sacrificada de su Cordero Escogido desde la fundación del mundo». Ya que, el camino escondido del mar Rojo y por el camino del desierto arenoso de Egipto, en el cual nadie había transitado jamás, hoy en día, «es el mismo camino que llevaba a cada hebreo y así también a cada gentil hacia la nueva vida gloriosa y sumamente honrada de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo». Y como éste camino antiguo, en el cual caminaron muchos de la antigüedad sin prisa y hasta llegar a su destino final del paraíso, como Abraham e Isaac y así también cada uno de los hombres, mujeres, niños y niñas, «de los cuales amaron el Espíritu de la sangre sacrificada más que sus propias vidas, para alcanzar la vida eterna». Así pues, también, tú mismo, mi estimado hermano y hermana, estás llamado por nuestro Padre celestial a transitar por este camino santo y antiguo, el cual nos lleva cada día y paso a paso de regreso al paraíso, «pero ya con el fruto del Árbol de la vida en nuestros corazones y en nuestros labios, para jamás alejarnos de él infinitamente». Además, Adán como Eva en el paraíso y los hebreos por el desierto de Egipto y así también todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, por ejemplo, tienen el mismo llamado supremo de nuestro Hacedor, «de caminar por éste camino santo y bendecido inicialmente por la misma sangre de nuestro Salvador Jesucristo, desde la fundación del mundo entero». Puesto que, en el principio de la creación del cielo y de la tierra, todo estaba desordenado por todos lados, y nuestro Padre celestial envió el Espíritu de la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo, para que descendiese sobre la tierra y la ordenara todo, de acuerdo a su voluntad santa, «para la creación posterior de todas las cosas del hombre». Y fue así como nuestro Padre celestial empezó a bendecir a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, mucho antes que fuese creado el primer hombre, Adán, para que no vivan en sus profundas tinieblas de la maldad de Satanás, sino «sólo en la luz del Espíritu de la vida misma de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Entonces nuestro Padre celestial nos bendice grandemente, como en los lugares celestiales y eternos del más allá, mucho antes que nos formara en sus manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que vivamos para él, «pero por medio de nuestro Salvador Jesucristo, para nunca ser ciegos como Satanás, sino alumbrados como él mismo, nuestro Dios Todopoderoso». Entonces esto es de ser «bendecido grandemente», desde el Árbol de la vida del paraíso, por el Espíritu de la sangre sacrificada de su Cordero Escogido, nuestro Salvador Jesucristo, para entrar desde ya a la nueva vida infinita de su nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo; porque sólo en esta ciudad celeste, «nuestro Dios es feliz con nosotros». Ahora, ninguno de nosotros podrá jamás caminar por este camino santo y milagroso de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo, si primeramente no reconocemos en nuestros corazones: «el Espíritu de su sangre bendita y sacrificada sobre el altar del monte santo de Jerusalén, en Israel, para que nuestros ojos se abran y vean recto y siempre hacia él, ¡el Eterno!» De paso, esto es de caminar por el día y por la noche, en el camino que nos lleva hacia la tierra santa y prometida de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, «la cual fluye abundantemente leche y miel», para saciar nuestros corazones, nuestros cuerpos y nuestras almas infinitas de todas sus más gloriosas bendiciones de la felicidad eterna. Porque la verdad es que sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo, para nuestro Padre celestial y así igualmente para su Espíritu Santo y sus huestes angelicales, «estamos tan ciegos» como muertos ya en vida en el paraíso, en la tierra y en el más allá eternamente y para siempre; y «nuestro Dios no creo muertos sino vivos para el paraíso». Además, ninguno de nosotros podrá jamás ver a nuestro Creador y a su vida muy santa, «si primeramente no abrimos nuestros ojos ya», para ver en la luz del Espíritu del Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, como nuestro Padre celestial llama a Adán y a Eva a obedecerle inicialmente, para que coman y vivan infinitamente sólo de él. Porque esta es la única manera, por la cual no sólo ellos podían abrir sus ojos ciegos para su Dios y Fundador de sus vidas, sino también abrirlas «para ver claramente el fruto de su Árbol de la vida eterna del paraíso, antes hoy que mañana y para la eternidad venidera también», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es su Hijo amado para los ángeles del cielo y para los hombres y mujeres de la humanidad entera, quien nos da de su Espíritu de luz eterna, llena de vida y de la felicidad angelical, para cada uno de nosotros de todas las razas, familias, naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra. Y esto es, sin duda alguna, hoy en día en todos lugares de la tierra, como en el primer día de vida de Adán en el paraíso, por ejemplo, para vivir eternamente iluminados por su verdad y por su justicia infinita, «llena de amor y de su misma gloria celestial de Su Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del nuevo reino sempiterno. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oracion |