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| Sábado, 16 de agosto, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) CON JESUCRISTO VIVIMOS FELICES CON NUESTRO DIOS: La verdad es que muchos profetas, visionarios, fieles y justos de la antigüedad desearon ver lo que ven y no lo vieron, y oír lo que oyen y no lo oyeron, porque la vida de nuestro Señor Jesucristo no había descendido del paraíso a Israel aún, para vivir la vida santísima de la ley divina. Por lo tanto, a ningún hombre o mujer jamás le paso por la mente ni por su corazón todo lo que nuestro Padre celestial podía hacer por el hombre de la humanidad entera, con tan sólo creer en su corazón e invocar con sus labios su nombre misterioso y sumamente glorioso de su Árbol de la vida. Y este nombre misterioso y todopoderoso de nuestro Padre celestial, en el paraíso y en la tierra, hoy en día, es, sin duda alguna, como en la antigüedad, el nombre de su unigénito, nuestro único gran Rey Mesías de todos los tiempos, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por lo que, todo este evangelio antiguo fue escrito por el mismo dedo de nuestro Padre celestial, como Los Diez Mandamientos, por ejemplo, desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra, para que sea visto y oído por ustedes mismos hoy en día en todos los lugares de la tierra, mis estimados hermanos y hermanas. Éste es el evangelio de la verdad única y de la justicia infinita de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, el cual se manifestó cabalmente en la vida de Abraham y de Isaac su hijo, para que no sólo Israel la conociese en su día, sino también cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Además, ésta verdad única y gloriosa entre nuestro Padre celestial y de su Jesucristo, en verdad, está llena de verdad, justicia para la salvación y para la sanidad infinita de cualquier vida humana abatida por las mentiras terribles y crueles de Satanás y de sus ángeles caídos en todos los lugares de la tierra, como a Adán en el paraíso. En otras palabras, esta verdad y su justicia infinita no es sólo para vivir día a día en el paraíso o en el reino de los cielos por los ángeles, sino también en todos los lugares de la tierra y por cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, sin duda alguna. Comprobado que, sólo éste camino es el que sana y bendice tu alma viviente para que ningún mal de Satanás ni de sus gentes de la mentira cruel, mortal y eterna jamás te tenga que hacer ningún mal en la tierra ni menos en la nueva era venidera del nuevo reino de los cielos. En éste evangelio del Espíritu de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo se ve, se oye, se siente y se vive con todas las bendiciones eternas de todo lo que nuestro Padre celestial vive y disfruta con sus ángeles en el cielo. De hecho, éste es el camino, por donde nuestro Padre celestial y así también su Espíritu Santo con cada uno de sus ángeles transita de un lugar a otro en el cielo y en la tierra también; es decir, que éste camino está lleno de milagros, maravillas y prodigios grandiosos de nuestro Padre celestial, para bien eterno de sus siervos fieles. (Entonces, no tardes más, recibe la bendición del perdón y sus misteriosas sanidades y libertades de tu corazón y de tu alma infinita, con tan sólo creer, ver, sentir y vivir con el Señor Jesucristo todos los días de tu vida en la tierra y en el paraíso también, desde hoy mismo y para siempre.) Por ello, sólo éste camino antiguo es el cual conduce cada día, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, el alma viviente del hombre y de la mujer de toda la tierra, como tú y yo, hoy en día, por ejemplo, para alcanzar una bendición de vida y de salud eterna sin igual alguno, para siempre. Además, ésta es una vida tan santa y gloriosa jamás alcanzada ni tan siquiera por los ángeles del cielo, por más poderosos, santos y gloriosos que sean ellos delante de nuestro Padre celestial y de su Árbol de la vida eterna; ciertamente que hoy mismo somos sumamente bendecidos por nuestro Padre celestial y por su Hijo amado, si sólo creemos. Es decir, cada uno de nosotros camina con el Señor Jesucristo día a día, para creer siempre en nuestro Padre celestial y en las bendiciones sin fin de su Espíritu Santo sobre cada una de nuestras vidas, pues creer en nuestro Padre celestial, por medio de su Jesucristo, es vivir ya en la vida de las bendiciones eternas del cielo. Creer en nuestro Señor Jesucristo, como el salvador de nuestras vidas no sólo es creer ya en nuestro Padre celestial, sino que ya tenemos derecho de ser llamados por los ángeles del cielo: hijos e hijas de nuestro Padre celestial; y si somos hijos de Dios, entonces tenemos derecho a cada una de las bendiciones de la vida eterna. Creer en el Señor Jesucristo es dejar de ser, ciego, sordo y mudo para vivir ya en el mismo Espíritu de la vida santa, gloriosa, verdadera y justa de nuestro Padre celestial, de su Espíritu Santo y de sus ángeles para ver y oír las cosas maravillosas de Dios y de su unigénito a toda hora del día y por siempre. Creer sólo en él, comoel único Dios creador, por medio de su Jesucristo, es todo lo que nuestro Padre celestial requiere de cada uno de nosotros, para ser perdonados y bendecidos grandemente en nuestras vidas de cada día en todos los lugares del mundo entero, así mismo como bendijo a Abraham y a sus descendientes para futuras generaciones. Para nuestro Padre celestial, ésta fe, es la que ve y la que oye de todo lo bueno del cielo y de su Árbol de la vida, por lo tanto, es la cual salva y bendice grandemente el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña hoy en día, y para miles de generaciones venideras, en la nueva eternidad celestial. Hay bendiciones sin fin, desde el cielo y para toda la tierra también, sólo para los que creen e invocan con sus labios a su Padre celestial, en el nombre salvador de nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo así infinitamente todo derecho a la verdad y a la justicia de la nueva vida santa del cielo. Pues esto es la alegría del corazón santísimo de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, de que el nombre muy santo de su Hijo sea conocido por nuestros corazones y honrado grandemente por nuestros labios, para que la mentira ya no viva sino que muera y así la verdad de su Ley, llene la tierra, como en el paraíso. Dado que, en el reino de Dios, sólo la verdad infinita de nuestro Padre celestial y de su Hijo en el corazón de sus ángeles reina sublime cada día y cada noche y sin cesar para miles de generaciones venideras; y donde reina la verdad, escrito está, entonces el Espíritu de amor de nuestro Hacedor abunda grandemente en cada vida humana. Además, es, precisamente, éste espíritu de amor, el cual llena de alegría el corazón de nuestro Padre celestial y así mismo de su Espíritu Santo, de sus ángeles y de cada hombre, mujer, niño y niñade la humanidad entera; por eso, debemos cada día reconocer a nuestro Señor Jesucristo delante de nuestro Padre celestial, para que nos vaya bien siempre. Por cuanto, sólo la vida de nuestro Gran Rey Mesías es la misma vida perfecta del Espíritu de Los Diez Mandamientos infinitamente honrados, exaltados, glorificados en nuestros corazones y en cada día de nuestras vidas, así como lo es eternamente honrado en el corazón de Dios y de su Espíritu Santo y con todas sus huestes angelicales. Y así ninguno de nosotros tenga que sufrir, ni menos morir enfermo de ningún mal jamás, porque hay abundancia de grandes y sublimes poderes para los que están con su Padre celestial y sólo por medio de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por lo tanto, ninguno de ellos es ciego jamás, sino que camina cada día en la luz de la vida santa de su Padre celestial y de su Árbol de la vida eterna, su Hijo amado; y lo mismo que nuestro Dios le dijo a Adán y a Eva, pues te lo dice a ti también, hoy en día. Y esto es de que, sin más tardar, ya sea en el paraíso o en toda la tierra: ¡Comas ya del fruto del árbol de la vida eterna, para que vivas fuerte y alegre y jamás sufras más el peligro de Satanás y de su ángel de la muerte del más allá, el infierno! Al presente, eso es todo lo que nuestro Padre celestial pide de cada uno de nosotros, en nuestros millares, desde los primeros días de vida de Adán en el paraíso y hasta nuestros días, por ejemplo, contigo para que veas las puertas y las ventanas secretas del cielo y de la tierra abrirse y así sobreabundemos en profundas bendiciones todos nosotros. En la media en que, las bendiciones de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado en su Espíritu Santo son para todos y en todos los lugares de la tierra, sin hacer excepción de persona alguna; porque cuando Jesucristo murió entonces también resucito al Tercer Día para cada uno de todos nosotros, en todas las familias de las naciones. Por cierto, está es la vida muy santa y antigua la cual nuestro Padre celestial nos quiso siempre dar a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, naciones y reinos de la tierra, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo. Y, hoy en día, está contigo y en ti también para que la vivas paso a paso y hasta llegar a la misma presencia de nuestro Padre celestial en el cielo, como en el lugar de donde fuiste creado en sus manos santas en la antigüedad, para que jamás te vuelvas a separar de él ni de su vida santísima. Y, es por eso, que nuestro Padre celestial desea que le oremos siempre a él, pero sólo por medio del Espíritu de su Jesucristo, para que podamos ver lo que él ve y podamos oír lo que él oye cada día y cada noche y sin cesar hasta por fin entrar a la vida santísima de su nuevo reino celestial. Orando juntos tenemos fuerza, para derribar los males del maligno; somos fuertes delante de nuestro Padre celestial y de sus enemigos eternos de cada día, pero sólo con el nombre de nuestro Señor Jesucristo en nuestros ojos, en nuestras mentes, en nuestros corazones y en nuestras vidas de cada día: Pues entonces, sin demora, oremos cada día todos nosotros juntos, por unos momentos, en cualquier hora del día o de la noche delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, y digámosle a él siempre así: Padre santo que estás en el cielo. Santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra para con los hombres y para con las mujeres, así como es hecha tu voluntad perfecta en los cielos por tus santos ángeles fieles a tu nombre muy santo. Danos el pan de cada día. Y no nos metas en tentación, más líbranosde cada mal del maligno, Satanás. Porque tuya es la gloria, el poder, la honra, la victoria, la riqueza, la salud y la bendición eterna, desde hoy mismo y por los siglos de los siglos. ¡Amén! Preséntate al SEÑOR, en cada momento de tu vida, en el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que jamás las lluvias de bendiciones de su Espíritu Santo, de salud y de prosperidad falten en tu vida ni en la vida de los tuyos, tampoco, hoy en día y para siempre en la eternidad. En nuestras oraciones, reconozcamos que nuestro Señor Jesucristo es nuestra luz santa, viva y eterna en la tierra y en el cielo también, delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, para que nuestro Dios sea feliz con cada uno de nosotros en todo momento y en todas las naciones de la tierra. Reconozcamos fielmente, lo que nuestro Padre celestial siempre ha deseado que reconozcamos en nuestros corazones y confesemos con nuestros labios, para satisfacer toda verdad y toda justicia celestial, para que ya no seamos ciegos, sordos ni mudos delante de nuestro Dios, sino vivos, muy vivos, para él y para su Hijo amado, infinitamente. Y esto es de que su Hijo amado es el Señor, para que su luz alumbre en nuestras vidas mucho más que las tinieblas de Satanás y de nuestros enemigos de siempre, para vivir en paz eternamente y así poder servirle a él cada día en nuestras vidas, así como los ángeles le sirven fielmente en el cielo. Para que de esta manera, ya no suframos más los males de toda la vida, sino que seamos eternamente libres de cada maldad, de cada mentira de la voluntad maligna de Satanás y de sus ángeles caídos hacia nuestras vidas humanas de cada día en el paraíso y en toda la tierra también. Y así sólo la voluntad de nuestro Padre celestial, la cual es nuestro Señor Jesucristo viviendo ya en nuestros corazones y en cada día de nuestras vidas por toda la tierra también, entonces reine sublime eternamente y para siempre en nosotros, para que nunca perdamos ninguna de sus más ricas y gloriosas bendiciones acogidas a la ley divina en nuestras vidas. Por ello, con nuestro Padre celestial, en el nombre del Señor Jesucristo, ya no hay ningún problema o dificultad difícil de resolver en nuestras vidas de cada día por toda la tierra, sino sólo luz para ver siempre el bien eterno de todas las cosas que nos rodean día a día en la tierra. Porque la sangre santísima y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo venció a Satanás y cada una de sus maldades, mentiras, enfermedades y demás males terribles del más allá, como el mismo ángel de la muerte y su infierno candente e infinitamente tormentoso, por ejemplo; por eso, con el Señor Jesucristo hemos vencido a Satanás y sus males eternos para siempre. Sí. Así es. Nuestro Señor Jesucristo venció el mundo entero en el que vivimos y así también con su misma sangre santísima venció el infierno, el cual nos esperaba con sus tormentos y violencias sin fin, para torturarnos más y más y hasta finalmente lanzarnos al lago de fuego eterno, la segunda muerte, la muerte de la muerte en la eternidad. Es más, con nuestro Padre celestial en nuestros corazones, por medio de la invocación del nombre glorioso de nuestro Señor Jesucristo, entonces ya no hay ninguna enfermedad ni ningún problema sin resolver, en cada día de nuestras vidas en la tierra y así también en la eternidad venidera que nos domine y nos haga daño, sino todo lo contrario. Y esto es, realmente, que nosotros venceremos los problemas, dificultades y enfermedades y hasta la misma muerte también cada vez que se nos presenten en nuestras vidas, gracias a nuestro Padre celestial que está en los cielos y a su Hijo amado que está en nuestros corazones, por los poderes gloriosos y sobrenaturales de su Espíritu Santo. De hecho, esto es poder del cielo y de su más allá, inalcanzable para Satanás y para sus secuaces, el cual el hombre y la mujer jamás lo podrán obtener por medio de otros dioses, lejanos al verdadero Dios del cielo y de la tierra, nuestro Padre celestial y su Hijo amado, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Con nuestro Señor Jesucristo ya en tu corazón, como ahora mismo por el espíritu de fe, entonces pues, muy bien puedes oír y puedes ver, a la vez, todo lo que nuestro Padre celestial te ha entregado en la misma vida, sumamente santísima e infinitamente gloriosa, de su Espíritu Santo. Con Jesucristo ya no eres ciego, como los antiguos, por ejemplo, porque nuestro Señor Jesucristo no había nacido ni vivido en sus cuerpos ni en sus vidas humanas, como ha llegado y entrado en nuestras vidas, por ejemplo, en Israel, gracias al amor eterno de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo. ¡Amén! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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