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Antiguo 27-10-2007, 17:25:43
valarezo
 
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Predeterminado (IVÁN): SATANÁS ES DERROTADO Y, POR ELLO, PODEMOS BUSCAR A DIOS


Sábado, 27 de octubre, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


(No nos olvidemos de orar por los nuestros no solamente en Ecuador,
sino también en todos los lugares del mundo, en donde vivan. Para que
el mal del enemigo no les vuelva a perturbar su paz, ni la paz de los
suyos, ni la paz de nadie tampoco. Porque nuestro Dios desea día y
noche y en todos los lugares que todos sus hijos e hijas reciban y
vivan en el Espíritu del Príncipe de la paz, ¡nuestro Señor
Jesucristo!

Y que nuestro Padre Celestial los bendiga a todos por igual, como
siempre, con el amor supremo de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, para que estén en paz con ellos mismo, con los suyos y
sobretodo con sus conciudadanos, en el país que han escogido vivir por
el tiempo que sea.

Pues entonces que reine el Espíritu Antiguo del amor, de la paz y de
la bendición en todos y en todas, para gloria y para honra infinita de
nuestro Padre Celestial que está en los cielos, en el nombre sagrado
de nuestro Señor Jesucristo. ¡Amén!)

(Let us not forget to pray for the people of the State of California
and part of Mexico that have suffered so much the unmerciful flames of
the forest fires. We pray that our Heavenly Father will be with them
always so he may comfort their human spirits that are still suffering
the lost of their loved ones and for what they had work for all their
lives to this day. We would like to see the forest fires come to a
full stop so people may go back to their homes and begin a new life
with the help of all, especially with the help of our Heavenly Father
and his wonderful working Holy Spirit, in the name of our Lord Jesus
Christ. Amen.)


SATANÁS ES DERROTADO Y, POR ELLO, PODEMOS BUSCAR A DIOS:


Nuestro Padre Celestial nos ha entregado grandes victorias sobre
Satanás y sobre el bajo mundo del más allá, por el poder sobrenatural
del Espíritu de su Ley Santa e Infinitamente Sagrada (Los Diez
Mandamientos de Dios y de Moisés), en Cristo Jesús, Señor nuestro. Por
lo tanto, «Satanás ya no tiene poder alguno, ni su bajo mundo de
espíritus de gran maldad», para con los que aman a Dios y a su Ley
Santa, por medio del Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de
nuestro Árbol de vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Y estas victorias sobrenaturales no eran posibles para con Adán, ni
para con ninguno de sus descendientes, en sus millares, de todas las
razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, sin
la ayuda del Espíritu de Dios. Es decir, si es que el Espíritu de la
Ley de Dios y de Moisés, génesis 1:2, por ejemplo, no hubiese sido
derramado desde el cielo, en el comienzo de todas las cosas, para
subyugar todos los poderes terribles de las profundas tinieblas de
Satanás, en todos los lugares de la tierra.

Pero gracias a nuestro Padre Celestial y por su sabiduría infinita,
entonces hizo lo correcto: «derramo sin medida alguna del Espíritu de
su Ley Eternal desde su lugar santo, en el cielo, para saturar a la
tierra»: de donde formaría al hombre y a su linaje humano para la
eternidad. Y luego «le dio Dios del soplo de su aliento para que sea
un ser viviente, como él mismo», ni más ni menos: para amar el
Espíritu de su Ley Celestial en el cielo y por siempre para la nueva
eternidad venidera, por medio de su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, ¡el Cristo!

Entonces «el Espíritu de la Ley de Dios ya había descendido sobre
todos nosotros, aunque aún vivíamos en las profundas tinieblas del
polvo de la tierra», para que en un día como hoy, por ejemplo: pues,
recibamos su bendición y su vida infinita, provenientes hacia nosotros
del cumplimiento y honra eterna de ella, únicamente en Cristo Jesús,
¡Señor nuestro! Y esto seria, realmente, para con cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra,
comenzando con Israel primero, «sólo por la gracia y por la
misericordia infinita de su gran rey Mesías», el Árbol de la vida
eterna del paraíso y de la nueva vida eterna del cielo, ¡nuestro
salvador Jesucristo!

Y «nuestro Dios hacía todas estas grandes cosas, para luego crear al
hombre de la tierra con cada uno de sus descendientes, para que por él
descienda del cielo el Cristo y el conocimiento perfecto del Espíritu
de la Ley de Dios y de Moisés por toda la tierra», para entrar luego a
la nueva vida infinita de la eternidad celestial. Porque «la nueva
vida infinita del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del más allá, sólo se puede vivir en el
Espíritu perfecto de la Ley de Dios y de Moisés, cumplida y sumamente
honrada para la eternidad, en la vida del gran rey Mesías, ni más ni
menos».

Para que entonces «todos los seres creados por Dios, como ángeles del
cielo y así también hombres y mujeres del paraíso y de la tierra,
puedan conocer a su Dios y así también a su nombre muy santo», en sus
corazones y en sus nuevas vidas eternas: «tal como nuestro Señor
Jesucristo le conoce a Él, desde siempre». Porque «con otro espíritu
que no sea el Espíritu Santo de la Ley de Dios, como el espíritu de
Adán y Eva, por ejemplo, llenos de rebelión y del pecado de las
mentiras de Satanás, entonces nuestro Dios no puede ser conocido por
ellos jamás, ni menos su nombre muy santo», en la tierra, ni en el
nuevo reino celestial.

Es por esta razón, que «el nombre de nuestro Señor Jesucristo es muy
importante en nuestro diario vivir por la tierra y así también en el
paraíso», para el nuevo reino venidero de Dios y de sus huestes
angelicales, «para tener comunión con Dios y con su Espíritu Santo,
para siempre». Y «si no has honrado y exaltado la Ley de Dios y de
Moisés en tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, ha de
ser porque aún el Espíritu de amor de Dios y de su Jesucristo no ha
nacido en ti, todavía».

Por lo tanto, «aún permaneces en las profundas tinieblas del mundo de
siempre, de donde nuestro Padre Celestial te levanto en un puñado de
lodo en sus manos santas, para darte mucho más de su Espíritu Santo de
su Ley Bendita», para que conozca a su Árbol de vida en un día como
hoy, «en donde habites en la tierra». Porque «es necesario que
conozcas ya a tu salvador celestial, tal como Dios quiso que Adán le
conociese a él, en el día que lo llevo tomado de la mano y por el
camino de la verdad, del derecho y de la justicia, para que conozca a
su Jesucristo», por razones sobrenaturales de amor para la nueva
eternidad celestial.

Porque «la verdad es que el Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés
sólo conoce al Espíritu del gran rey Mesías, nuestro Señor
Jesucristo», ¡el Árbol de la vida eterna! Y «fuera del Espíritu de
nuestro Señor Jesucristo o del Árbol de la vida, el Espíritu de la Ley
de Dios y de Moisés no conoce a otro espíritu del cielo o de la
tierra». Porque «la verdad es también que sólo el Espíritu de Dios es
la Ley Divina del cielo y la vida perfecta del gran rey Mesías, en la
tierra y así también en la nueva vida infinita del nuevo reino de Dios
y de su Árbol de vida eterna».

Además de todo, «Satanás ya estaba vencido en Cristo, desde mucho más
antes del comienzo de todas las cosas en el paraíso y por toda la
tierra», también. Porque «desde el día que nuestro padre Celestial
permitió que el Espíritu de su Ley Eternal, descienda sobre toda la
tierra, fue para derrotar a Satanás por medio del Espíritu de su misma
Ley, cumplida y sumamente honrada en la vida de su Hijo amado»,
nuestro Señor Jesucristo, «dado que ésta era la única manera de
ponerle fin al pecado».

Y «así entonces comenzar su nueva vida infinita del nuevo reino
celestial, lleno del Espíritu de su Ley Eterna, cumplida y sumamente
honrada en la vida de su Árbol de la vida primero y luego en la nueva
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para
vivir felices y así sólo conocer el amor, infinitamente». Porque «el
Espíritu de la Ley, cumplida y sumamente honrada en la vida del Mesías
y así también en la vida de cada ángel del cielo y de cada hijo e hija
de Dios en la tierra, es, realmente: el comienzo no sólo de una nueva
vida, sino la felicidad de conocer y amar a nuestro Dios,
perennemente, en nuestros corazones».

LO QUE NACE DEL ESPÍRITU DE LA LEY VIVIDA EN CRISTO, VENCE AL MUNDO

Porque «todo lo que ha nacido de nuestro Dios, por medio de su Hijo,
ya sea en el paraíso o en el mundo de nuestros días, realmente, vence
a Satanás y su mundo de pecado, de mentira, de maldad y de muerte
eterna, por ejemplo, en el corazón de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la fe salvadora», ¡Jesucristo! Por lo tanto, «ésta es
la victoria que ha vencido al mundo de todos nuestros enemigos, en sus
millares, en todos los tiempos de la vida de la tierra: nuestra misma
fe salvadora, en nuestro Padre Celestial, centrada en su Jesucristo»,
su único Hijo sumamente Santo.

Pues entonces «como nuestro Dios ha vencido al enemigo de nuestras
vidas, por medio de la vida misma de su Hijo amado, el Árbol de la
vida eterna, ciertamente somos más que vencedores de todos los poderes
(y hasta aún de los más terribles) de Satanás y de sus ángeles
caídos», en el cielo y en la tierra. Es por eso, que «nosotros no
tenemos que temerle al poder maligno del pecado y de las profundas
tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos, en esta vida, ni en la
venidera, también, para siempre: porque el mal del pecado ya no tiene
poder alguno sobre nosotros», ¡únicamente si Cristo vive en nuestros
corazones y en nuestros espíritus humanos!

Porque simplemente «el pecado está muerto eternamente, pero el
Espíritu de la gracia y de la bendición salvadora de nuestro Dios vive
infinitamente», únicamente en la vida gloriosa y sumamente honrada de
nuestro salvador celestial, en nuestro diario vivir en la tierra y en
el paraíso, desde el día que nació esa luz de fe, en nosotros, al
creer en Jesucristo. Y esto es verdad en cada uno de nosotros, en
nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos del mundo, «para no ver jamás el mal de la muerte, sino sólo la
luz y las ricas bendiciones de la vida, por la cual nuestro Dios nos
creo en el comienzo para el paraíso y para la eternidad».

Es por eso, que «el Señor Jesucristo es muy importante en nuestros
corazones y en nuestro diario vivir en el paraíso y así también en la
tierra y en La Nueva Jerusalén Perfecta e Infinitamente Honrada --
Honrada por la nueva vida celestial de su gran rey Mesías», ¡el Árbol
de la vida eterna, nuestro Jesucristo! Porque «en el espíritu glorioso
del nombre del Señor Jesucristo es que realmente tenemos vida y todos
los poderes para derrotar a nuestros enemigos y a cada una de sus
maldades (y hasta sus armas más terribles también), para vivir una
vida feliz y llena de ricas bendiciones», únicas de la vida gloriosa y
sumamente honrada del Árbol de la vida.

Entonces «si estás sufriendo algún mal del enemigo en tu corazón, en
tu cuerpo o en tu vida, pues, tienes que aferrarte al Señor Jesucristo
y sus milagros, para que nuestro Dios que está en los cielos envíe su
Espíritu Santo sobre tu vida», para subyugar a cada una de las
profundas tinieblas del pecado y de la maldad de Satanás. Y «sólo así
podrás vencer a tus enemigos, grandes y pequeños y hasta los más
terribles del más allá, también, como Satanás y sus ángeles de gran
maldad, por ejemplo: como los que quisieron (y hasta hicieron lo
imposible) para destruir la vida y el ministerio glorioso del perdón,
de la bendición y de la salvación de los árboles cruzados», ¡nuestro
Jesucristo!

Pues «con el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo y sus muchos dones
sobrenaturales reinara en tu corazón y en toda tu alma viviente,
también, para que tu cuerpo corporal y tu vida espiritual sean de lo
mejor delante de nuestro Padre Celestial», en la tierra y así también
en tu nueva vida infinita, del nuevo cielo venidero, por ejemplo.
Porque la verdad es que «el Espíritu de Dios es tan importante en
nuestros corazones, en nuestras almas y en nuestros cuerpos humanos,
como lo ha sido desde siempre nuestro Señor Jesucristo (con su sangre
y con su Espíritu de gracia y de salvación infinita), para nosotros
poder vivir nuestras vidas felices con Dios y con su Espíritu Santo,
infinitamente».

Por lo tanto, «todo lo que nace en tu vida, por medio del Espíritu de
la gracia y de la misericordia infinita de nuestro Señor Jesucristo,
en tu corazón y así también en tu alma y en todo tu cuerpo, ha de ser
para enriquecer muchísimo tu vida, hoy en día y en el cielo igual,
para la nueva eternidad celestial». Porque de otra manera, «el que no
nace de nuevo del poder sobrenatural del Espíritu de Dios, entonces no
podrá ver la vida eterna jamás», sino que vera la muerte en el Abismo
profundo y oscuro de la tierra, ¡el infierno!

Porque «exclusivamente los que han nacido del Espíritu de la Ley de
Dios y de Moisés, asimismo como nuestro Señor Jesucristo tuvo que
descender del cielo para nacer del vientre virgen de una de las hijas
de David, en Israel, y poder finalmente cumplir la Ley de la vida
eterna, para darle vida al hombre, pero libre del pecado». Y «nuestro
Dios hace todo esto para revertir el poder y a la muerte del pecado,
pero con el mismo Espíritu Sagrado de la Ley de Dios y de Moisés, para
que el pecado muera y su gente viva infinitamente»: honrado y
exaltando por siempre su palabra viva y su nombre muy santo, en sus
corazones y en sus nuevas vidas.

Es por eso, que «todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, tiene que nacer de nuevo del Espíritu de la Ley de Dios, por
medio de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para regresar al
paraíso y sin la culpa y el pecado de Satanás en sus nuevas vidas
eternas, para gloria infinita del nombre santo de Dios». Porque «para
vivir en la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Celestial, por
ejemplo, Adán, Eva y cada uno de sus descendientes, tiene que haber
nacido del Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés, para comenzar a
tener una verdadera comunión de amor, de paz y de gloria eternal con
nuestro Padre Celestial que está en los cielos».

De otra manera, «el corazón del hombre no podrá jamás realmente amar a
su Dios, ni menos tener una comunión perfecta con su Dios y Creador de
su vida, en la tierra, ni menos en el nuevo reino venidero de La Nueva
Jerusalén Santa e Infinitamente, glorificada por el Espíritu de la Ley
de Dios y de Moisés, por ejemplo». Porque «todos los espíritus del
cielo, así como ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos del reino de Dios, tienen el Espíritu Santo y de la Ley
de Dios en sus corazones y en sus vidas celestiales, también, para
poder ellos mismos vivir sus vidas con su Dios y así entonces servirle
por siempre a su nombre santísimo, infinitamente».

Porque la verdad es que «el espíritu del hombre es uno y el espíritu
de la mujer es otro; es decir, que el espíritu del hombre es diferente
al espíritu de la mujer, o el espíritu del hombre no es el mismo
espíritu de la mujer, pero ambos son de Dios». Ambos son de Dios, «así
como sus hijos e hijas, en el paraíso y en todos los lugares de la
tierra, porque salieron de Él, de su Dios y Fundador de sus vidas
infinitas, en el día de su creación, en el reino de los cielos».

Como los ángeles del cielo, por ejemplo, «el espíritu de los ángeles
es uno, el espíritu de los querubines es otro, el espíritu de los
arcángeles es otro, el espíritu de los serafines es otro y así también
el espíritu de los demás seres santos es otro, también». Pero «aunque
todos los espíritus de los ángeles y así también del hombre y de la
mujer son diferentes del uno al otro en gloria y en poder, pero
nuestro Padre Celestial es el Padre Eterno de cada uno de ellos, en la
tierra y así también en el cielo, por ejemplo, para la eternidad
venidera y para siempre».

Entonces «todo lo que nace de nuestro Padre Celestial, en nuestros
corazones y en nuestro diario vivir de nuestros cuerpos,
verdaderamente, es inmortal y para la eternidad venidera de la nueva
vida gloriosa de Dios y de su Hijo amado, como en La Nueva Jerusalén
del cielo, por ejemplo: En donde el hombre sólo conocerá el amor a la
Ley Eterna». Y «es precisamente éste Espíritu de amor verdadero de
Padre a Hijo y de Hijo a Padre, el cual llega a ti diariamente, por
medio del Espíritu de la predicación del evangelio del perdón, de la
sanidad, de la bendición infinita y de la salvación del alma del
hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera».

«Para que de esta manera vivas y jamás tengas que morir en el pecado,
ni en la muerte de ningún enemigo de Dios, como Satanás o el ángel de
la muerte del infierno y del lago de fuego, por ejemplo, en esta vida,
ni en la venidera, tampoco», para siempre. Pues entonces «nuestro Dios
nos ha dado un Espíritu Supremo y muy fuerte en nuestros corazones,
para nuestras almas y para nuestros cuerpos humanos, el cual venció a
Satanás y a cada una de sus artimañas de sus pecados y de sus muchas
profundas tinieblas en cada uno de sus ángeles caídos y gente de gran
maldad eterna».

O, también, podemos decir, «que nuestro Dios nos ha entregado un
Espíritu Sublime, el cual es el mismo Espíritu de su Ley Divina (La
Ley de los Diez Mandamientos de Moisés y de Dios), para habitar en
nuestros corazones y en nuestros espíritus y cuerpos humanos, el cual
jamás podrá ser vencido por el pecado, ni por Satanás, eternamente».
Para que de esta manera única, «ya jamás nos vuelvan a hacer ningún
mal más, ninguno de los enemigos eternos de Dios y de nuestro Señor
Jesucristo, el Hijo de David, en esta vida, ni en la venidera,
tampoco, eternamente y para siempre».

Porque que «lo único que Dios desea para con cada uno de nosotros, es
paz, prosperidad y amor infinito sobre todas las cosas, en la tierra y
así también en el paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del
cielo, para que su nombre muy santo sea glorificado mucho más que
antes en todos sus seres creados». Entonces «si tienes a Jesucristo en
tu corazón, mi estimado hermano, es porque has vuelto a nacer en el
mismo Espíritu de la Ley Eterna, el cual lo proclamo como el Hijo de
Dios, en el día que salio del vientre virgen de una de las hijas de
David, para darnos el Mesías prometido de nuestra salvación y de
nuestra vida eterna».

NUESTRO DIOS NO ESTÁ EN EL PENSAMIENTO DEL PECADOR

El pecador de nacimiento como el malvado de corazón, «por la altivez
de sus rostros, ninguno de ellos busca a Dios, en ningún momento de
sus vidas; es más, Dios no está en ninguno de sus pensamientos, ni en
los mejores, ni en los peores de ellos, en todos los días de sus vidas
por la tierra». Y «la ira de nuestro Padre Celestial se inflama por
causa de ellos, para mal de muchos ingenuos», para la eternidad.

Porque «habiendo una bendición de perdón eterno y, por tanto, una
salvación tan grande para sus vidas pecadoras en todos los lugares de
la tierra, entonces no la buscan en él, su Dios y Fundador de sus
nuevas vidas infinitas», sólo posible por medio de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo! Y «esto es pecado para muerte eterna para
cada uno de ellos, en todos los tiempos y en todos los lugares de la
vida de la tierra, por ejemplo, del ayer y de siempre». (Y nuestro
Dios está haciendo hasta lo impensable para que el hombre escape éste
mal terrible, con el cual se encontrara pronto si no es ya, es decir,
si no se arrepiente de su pecado, de no conocerle a él, por medio de
la invocación de sus labios del Espíritu de su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!)

Puesto que, «nuestro Dios está airado con el pecador y con el malvado
día a día, porque su Ley Sagrada es deshonrada, y lo único que lo
puede consolar en su corazón santo es el Espíritu de fe y de
arrepentimiento, en sus corazones por todos sus males», sólo posible
¡en el Señor Jesucristo! Porque «nuestro Dios desea ver que su palabra
sea exaltada y honrada día y noche, en los corazones de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, así como
siempre ha sido exaltada y honrada en los corazones de sus ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo, por
ejemplo».

Dado que, «es muy necesario que su Ley Santa sea honrada y exaltada en
los corazones de todos sus seres creados, en el cielo y en la tierra,
para poder glorificar y santificar su nombre santo mucho más que
antes, delante de sus enemigos y de la humanidad entera», para
alcanzar nuevas glorias celestiales de la nueva eternidad venidera.
Porque «una nueva vida infinita de la eternidad venidera, nuestro Dios
no la desea recibir sin la gloria suprema de su nombre santo,
levantada en todo lo alto por sus ángeles y así también por cada
hombre, mujer, niño y niña de la fe viviente, de su Hijo amado»,
nuestro Señor Jesucristo, viviendo en sus corazones eternos, desde
ya.

Es por eso, que «nuestro Dios nos ha entregado del Espíritu de su Ley
Viviente primero, mucho antes de entregarnos de su Ley escrita, en las
Tablas de Moisés, por ejemplo, en las faldas del Sinaí, para
finalmente entregarnos la vida misma del gran rey Mesías, para gloria
infinita de su nombre muy santo», ¡el Cristo Celestial! Y «éste
Espíritu de la Ley de nuestro Dios lo comenzó a regar desde el cielo y
sobre toda la tierra, desde los primeros días de génesis (génesis 1:2)
para subyugar a cada una de las profundas tinieblas del mal de
Satanás, para que haya luz y vida, cuando su palabra escrita
posteriormente descienda del cielo» (como sucedió más tarde, para bien
de muchos).

Y «así comenzar a crear todas las cosas sobre toda la faz de la
tierra, para posteriormente crear al hombre y finalmente a Eva, su
mujer, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, en el paraíso
y en toda la tierra, también, para gloria y para honra de su nueva
vida gloriosa de La Nueva Jerusalén Celestial». Es decir, que «nuestro
Padre Celestial primero lleno toda la tierra de su Espíritu Viviente
de su Ley Celestial, para entonces poder darle vida a todos sus seres
creados del cielo, del mar y de la tierra según su especie y según su
género, para con posterioridad crear al hombre en su imagen y conforme
a su semejanza celestial».

Y «sin el derramamiento del Espíritu de su Ley Divina primero,
entonces nuestro Dios no podía crear nada sobre toda la faz de la
tierra, ni menos al primer hombre y a su mujer, para que su Hijo
amado, su Árbol de la vida, sea instalado en la tierra, para alcanzar,
como hoy, nuevas glorias infinitas a su nombre santo, en tu corazón,
mi estimado hermano». Y «cuando nuestro Dios creo al hombre, entonces
lo creo santo, tan santo como su Mesías, para que lleve el Espíritu de
su Ley Santísima en su corazón y en todos los días de su vida por el
paraíso, por la tierra y para entrar íntegramente a su nueva vida
eterna, de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo».

Es decir, también, «de que nuestro Padre Celestial nos entrego del
Espíritu de su Ley Eterna, en nuestro cuerpos, aún cuando yacían
perdidos entre las profundas tinieblas del polvo de la muerte, en
todos los lugares de la tierra, para entonces podernos dar vida y en
abundancia por medio de su Hijo amado», nuestro Mesías, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Verdaderamente, cuando Dios hizo todo esto: «la tierra fue
la primera en recibir el Espíritu de la Ley del cielo, mucho antes que
el hombre la recibiese en su corazón, por gracia y por obra
sobrenatural del espíritu de fe, de nuestro gran rey Mesías, nuestro
Señor Jesucristo», ¡el único posible salvador de Israel y del linaje
humano, hoy y siempre!

En verdad, «la tierra era tan santa, hasta que Satanás la contamino
con su pecado, por medio de sus ángeles caídos y posteriormente con la
vida del hombre pecador de nacimiento y por el malvado de corazón, por
ejemplo, para mal de muchos». Entonces «Satanás entro al paraíso y al
reino del hombre, para transformarlo en un pecador inmortal y en un
malvado pernicioso para tenerlo siempre en contra de Dios y de su Hijo
amado, nuestro fruto del Árbol de la vida eterna, en el paraíso y así
también en la tierra y hasta en La Nueva Jerusalén del cielo, si fuese
posible».

Pero «nuestro Padre Celestial siempre se manifestó ser más sabio que
Satanás, por medio de su Hijo amado, su Árbol de la vida eterna,
nuestro Señor Jesucristo»: cunado lo derrota por siempre con su mismo
Espíritu de la sangre y de la vida de la Ley Eterna, manifestada
gloriosamente en la vida de Israel, del ayer y de siempre. Es decir,
también, que «por medio de la vida del gran rey Mesías y de la vida de
su pueblo eterno, nuestro Dios se manifestó ser mucho más sabio que
Satanás y que de sus mejores ángeles caídos, cuando nuestro Señor
Jesucristo se levanto glorioso en el Tercer Día de la resurrección,
lleno de vida infinita y de bendiciones para muchos».

Porque en éste día, «nuestro Señor Jesucristo era levantado por el
Espíritu de la Ley Eterna (totalmente cumplida y sublimemente honrada
para gloria de Dios), no solamente regresaba a Israel, sino también
(regresaba) al paraíso, pero sin el pecado para comenzar la nueva
vida»: Vida eternal, llena del Espíritu de la Ley de Dios para bien
infinito del linaje humano. Entonces «desde el día que Satanás hizo
esta maldad en contra del hombre del paraíso y así también en contra
de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, el Árbol de la vida
eterna, el espíritu de la ira y del juicio de Dios se ha incrementado
enormemente, hasta llegar a limites peligrosos para todos los
pecadores, en general».

Porque «la ira de nuestro Dios se ha incrementado tanto, desde el
comienzo de la rebelión del pecado en contra de su Árbol de la vida en
el paraíso por el hombre y por culpa de Satanás, que cuando llegue a
su culmine a de estallar, con el poder sobrenatural aún mayor que las
armas indivisibles creadas por el hombre». Para entonces «destruir a
todo pecador y malvado de sobre la faz de la tierra, para que las
tinieblas ya no reinen más, ni se vean, ni se oigan de ellas jamás del
corazón y de la boca del hombre, sino sólo la palabra buena del
Espíritu de la Ley Sagrada de nuestro Dios y de su Hijo», ¡nuestro
Jesucristo!

Es por eso, que «el pecador de la tierra y así también el malvado de
corazón no busca a su Dios, ni se encuentra en ninguno de sus
pensamientos, porque todos están juntamente perdidos en sus profundas
tinieblas del pecado de sus corazones, por no conocer el amor de Dios
para sus nuevas vidas infinitas», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque la
verdad es que «el espíritu de su corazón y de sus labios, no es el
Espíritu de la Ley de Dios, sino el espíritu de error del enemigo de
toda verdad, justicia y derecho a la paz, al amor y al servicio justo
y sagrado de nuestro Dios que está en los cielos».

Entonces sin más esperar, «no digas que no puedes cumplir la voluntad
perfecta de Dios en tu vida: el creer y exaltar la Ley de Dios y de
Moisés en tu corazón, hasta lo sumo del paraíso y del nuevo reino de
los cielos». Porque «nuestro Señor Jesucristo ya lo hizo todo por ti:
Lo único que tienes que hacer es creer en él y en su obra sublime, la
cual llevo acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para bien eterno de tu vida y de los tuyos,
igual y para siempre».

Para que «con su sangre y con su vida muy santísima entonces entregar
a nuestro Padre Celestial su Ley Santa e Infinitamente glorificada en
su corazón y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera». Con el fin de que «haga nuestro Dios del hombre un
ángel celestial y de la tierra un nuevo paraíso terrenal: en donde
sólo se conozca el Espíritu de la Ley de Dios, el cual nos habla por
siempre del amor de nuestro Creador y de las glorias infinitas de su
Árbol de vida eterna», el Hijo de David, ¡el Mesías del cielo!

(Estos libros te ayudaran a entender más como Satanás ya ha sido
derrotado eternamente; y, a la vez, como podemos buscar a nuestro Dios
que está en los cielos y encontrarlo hoy mismo y sin más tardar con
Jesucristo en nuestros corazones, para vivir felices con él, en la
tierra y en la eternidad.)

Libro

SATANÁS ES DERROTADO:


En el principio de las cosas «nuestro Padre Celestial quería derrotar
a Satanás a como de lugar, poro con su verdad, con su justicia y con
su derecho de honra, santidad, gloria y perfección», sólo posibles no
por medio de los ángeles del cielo, sino mucho más que ellos. Y esto
era «sólo posible por medio de su Hijo amado», su Árbol de vida
eterna, el gran rey Mesías de la eternidad del paraíso y de todos los
tiempos, también.

Además, nuestro «Padre Celestial no creo a su arcángel más gloriosoy
poderoso de todos los tiempos, en el reino de los cielos, para luego
derrotarlo y hasta matarlo», sino para que le sea fiel a él: «cuidando
su Trono de gloria y de misericordia infinita en todos los días de su
vida y hasta la nueva eternidad venidera». Pero al verse Satanás, como
«el arcángel más sabio que todos los ángeles del cielo, entonces pensó
que podía ser tal vez más sabio que el Árbol de la vida», el Santo de
Dios, nuestro salvador Jesucristo; y peca terriblemente en su espíritu
celestial, al pensar así, para comienzo del pecado y mal de muchos.

Ahora, si esto era verdad, de que «fuese más sabio que el Santo de
Dios, entonces podía ser también mucho más poderoso que Él»; algo
«inaudito en el cielo con los ángeles», pero «quizás posible a pesar
de todo»; y, además, no lo iba a saber nunca, es decir, si no «primero
lo intentaba». En el momento de la oportunidad, «si se encontraba ser
más sabio y poderoso que el Santo de Dios, entonces, sin duda alguna,
podía ser tan sabio y hasta tan poderoso como su Creador», nuestro
Padre Celestial que está en los cielos.

Y es aquí que «Satanás peca en contra de su mismo corazón y de su
misma gloria y dignidad como arcángel sabio y sumamente poderoso en el
reino de los cielos», cuidando siempre del Trono de la gloria y de la
misericordia infinita de nuestro Dios. Aquí es «cuando el pecado
comenzó a florecer con sus tinieblas más terribles, para invadir los
corazones de los ángeles infieles y al resto de la creación, por
ejemplo, como la tierra de nuestros días, el infierno y hasta el mismo
lago de fuego eterno, en el más allá.

En realidad, el pecado «comenzó a contaminar el reino de los cielos y,
a la vez, ha regarse como flor silvestre en todos lados y hasta que
nuestro Dios se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en su entorno y
con sus arcángeles más poderosos, también». Y «cuando nuestro Padre
Celestial se dio cuenta de la mentira y de la maldad de Satanás», como
arcángel de gloria y de honra para proteger y cuidar por siempre el
Trono santo de su Dios y Creador de su misma vida, entonces «se opuso
a él, como Dios Santo y único soberano de la vasta creación
celestial».

Ya que, el designio del corazón de Satanás «no sólo era tomarse el
Trono de Dios con sus mentiras más crueles y a la fuerza, en los
corazones de una tercera parte de los ángeles del cielo, sino que
también quería ser como Dios y como el Árbol de la vida», el Santo de
Dios, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y esto «era un imposible para Satanás
alcanzar y, a la vez, para nuestro Dios y para sus ángeles fieles a él
y a su nombre muy santo del cielo vivirlo», en sus corazones y en sus
espíritus sagrados y celestiales, por ejemplo.

«El rechazo total de Dios y de sus ángeles benditos a la maldad de
Satanás en contra del Trono Celestial y de su Árbol de vida eterna,
nuestro Señor Jesucristo, entonces hizo que Satanás y sus seguidores
diabólicos ya no pudiesen seguir viviendo», ni un momento más, en el
reino de los cielos y delante del Trono de Dios. Es decir, también,
que «el mismo nombre muy santo de nuestro Padre Celestial», el cual
habita en perfecta santidad en el corazón de su Hijo amado, el Árbol
de la vida eterna del cielo, del paraíso y de la tierra, «lo lanzo
fuera del cielo y con sus seguidores viles también», para que no
pequen más delante de Dios.

Y así «el espíritu inicuo de Satanás no gane más terreno para que
permanezca en el reino de los cielos» delante de Dios, delante de su
Hijo, delante de su Espíritu y delante de sus ángeles, aún muy fieles
a su nombre santísimo, por supuesto, a pesar de lo que Satanás había
hecho en su rebelión en contra de Dios. En verdad, fue el Espíritu de
amor «del fruto de la vida del Señor Jesucristo», del Espíritu Santo y
de cada uno de los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos, «el que lanzo fuera a Satanás y a sus ángeles caídos»,
para que ya no pequen más delante de Dios y en todos sus lugares
santos del cielo.

Pues así «Satanás sufrió su primer derrota el día que se rebelo en
contra de Dios y de su Trono santo», para exaltar su nombre inicuo aún
mucho más alto que el nombre del Árbol de la vida, nuestro Señor
Jesucristo, en los corazones de los ángeles, «para autoproclamarse
como dios soberano de todo ser viviente en el cielo». Y como «no pudo
autoproclamarse un dios», para ser aún mayor que nuestro Padre
Celestial y que nuestro Señor Jesucristo, entonces se rebelo aún mucho
más que antes: «con juramentos de destruir a Dios y a toda su verdad,
justicia y aún el derecho de existir, no sólo de Dios sino también de
los que invocan su nombre santísimo, por ejemplo».

Entonces «Satanás descendió derrotado del cielo con gran ira y
rebelión en su corazón», por no haber logrado lo que su corazón inicuo
e infinitamente perdido demandada de él: «de ser mayor que Dios y de
su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en los corazones de los
ángeles del reino de los cielos». Es por eso, que «Satanás lleva una
lucha incansable para deshonrar y destruir todo lo que es de Dios, de
su Hijo amado (nuestro Señor Jesucristo), de su Espíritu Santo y de
sus seres muy amados», como ángeles aún más fieles a él que nuncay
así también, como hombres, mujeres, niños y niñas (igualmente fieles a
su nombre santísimo).

Desde entonces muchos se han preguntado: ¿Por qué Dios creo a
Satanás?

La repuesta a esta pregunta es simple: Nuestro Dios no creo a Satanás.
Nuestro Dios creo a un arcángel sabio y perfecto para que sea guardián
de su Trono santo. Pero como vio su gloria de sabiduría y de
perfección ser mayor que la de los ángeles aun más poderosos del reino
de los cielos, por ejemplo, entonces se envaneció su corazón hasta el
punto de ambicionar ser mayor que Dios y del Señor Jesucristo en el
cielo y en el resto de la vasta creación celestial y terrenal.

Y «en éste espíritu rebelde y de profundas tinieblas jamás conocidas
por nadie, sino sólo por Lucifer, fue entonces que comenzó a ser un
ser diablo, Lucifer. Y este ser diablo es el enemigo de Dios, de todo
lo bueno, de todo lo verdadero, de toda justicia y de todo derecho a
la vida de ángeles, del hombre de la tierra, y hasta del derecho del
Señor Jesucristo de ser el único Mesías y Árbol de la vida del paraíso
y de la tierra, también, para siempre.

Es por eso, que se lo conoce «como Satanás», el enemigo de toda vida
del cielo y de la tierra. Y Satanás es enemigo de toda vida del cielo
y de la tierra, porque «la vida sólo sale por toda la creación del
Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo», ¡el único Hijo
amado de Dios, desde la antigüedad y hasta nuestros días! Esa es «la
única razón mayor en el corazón de Satanás para odiar», como odiaa
Dios y al Mesías, en la vida de ángeles del cielo y, pues, así también
a hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por ejemplo.

Ciertamente, nuestro «Dios no creo a Satanás sino que él mismo se
proclamo como Satanás», en el cielo y en la tierra, para ser «un nuevo
dios de todos los seres vivientes que Dios ha creado en el cielo y en
el resto de la creación», para la eternidad. Y así hacer «de éste
nombre inicuo y de profundas tinieblas mayor que el nombre de nuestro
Dios y del nombre de nuestro salvador Jesucristo», en el cielo con los
ángeles y en la tierra con todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera.

En verdad, nuestro «Dios jamás iba a permitir ningún mal de esta
naturaleza que sobre tome su nombre santísimo y de toda la gloria
infinita de su vasta creación celestial y terrenal, con los ángeles
del cielo y con la humanidad de la tierra». Y fue entonces «que
nuestro Dios decidió enviar a su Espíritu Santo, para que se riegue
sobre toda la tierra y subyugue a todas las tinieblas del más allá».
Para luego «entonces enviar a su Hijo amado al mundo», para finalmente
no sólo crear al nuevo hombre de su nueva vida y de su nueva creación
celestial e infinita, sino también «para ponerle fin al pecado y a la
rebelión de Satanás y de su ángel de la muerte».

Porque Satanás y así también el ángel de la muerte matan a todo ser
viviente en el cielo, en la tierra o en cualquier lugar de la vasta
creación de Dios, no porque Dios lo quiso así en el principio, sino
por maldad y rebelión infinita al fruto del Árbol de la vida, nuestro
Jesucristo, nuestro Mesías. Es por esta razón, que nuestro Señor
Jesucristo le declaro abiertamente al ángel de la muerte, delante de
sus apóstoles y las gentes de Israel, para decirle: «Muerte, yo soy tu
muerte».

Y desde entonces «Satanás y su ángel de la muerte están declarados
muertos», para siempre. Porque ellos pensaban y así también todos los
ángeles caídos, «de que jamás morirían, sino que seguirían existiendo
infinitamente». Pero lo que nunca se imaginaron en sus corazones
oscuros, ni en sus peores o mejores pensamientos, fue, realmente, «que
Dios si podía destruir su pecado y sus vidas rebeldes a Dios y a su
Jesucristo, para siempre».

Es decir, «destruir el espíritu de maldad y de rebelión infinita que
se levanta siempre en contra toda verdad, toda justicia y todo derecho
a la vida santa de acuerdo al Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés,
por ejemplo, en el cielo y así también en la tierra y en el resto de
la inmensa creación celestial». Y «sobre el madero, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, el Señor Jesucristo no sólo mato al pecado y sus
poderes, sino también a Satanás y a sus ángeles caídos», especialal
ángel de la muerte: «cuando el ángel de la muerte pensaba que estaba
destruyendo por fin al Árbol de toda vida, realmente se estaba
liquidando el mismo».

Y, «aunque esto y muchas cosas han acontecido desde el día que Lucifer
se rebelo en contra de Dios en el cielo, para exaltar su nombre inicuo
aún más que el nombre de nuestro Señor Jesucristo en la vida de los
ángeles, nuestro Dios no termina con la vida de Satanás» aun, y esto,
teniendo el poder para hacerlo así. Y la razón es que «primero Dios no
creo a Satanás»; Dios creo a un arcángel «que sea sabio, perfecto y
fiel siempre a su Trono y a su Árbol de vida eterna», ¡el Señor
Jesucristo!

Pero «Satanás se convirtió en el enemigo numero uno del nombre del
Señor Jesucristo y del Trono de la gloria y de la misericordia
infinita de nuestro Padre Celestial, por decisión propia o personal».
Y segundo, de una manera u otra: «nuestro Padre Celestial tiene que
sacar a la luz todas las mentiras, maldades, maldiciones, crímenes,
adulterios, homicidios de las profundas tinieblas del más allá, para
finalmente juzgarlas y destruirlas todas en un sólo día, para gloria
de su nombre santísimo, en Jesucristo.

Es decir, que «Satanás es el que trae todos estos pecados terribles y
de profundas tinieblas, del primero de ellos y hasta el ultimo, para
ser expuestos por Dios y destruidos por nuestro Señor Jesucristo, en
el día final de todas las cosas», en la tierra y en el más allá.
Porque «ningún mal ha de quedar oculto, aunque hayan sido pronunciadas
o creadas en lo más oculto de los lugares del cielo, de la tierra y
hasta de la mente y del corazón del pecador y de la pecadora de toda
la tierra».

Porque «toda palabra y toda acción de los ángeles caídos y de los
pecadores y pecadoras de toda la tierra, en su día, serán llevados a
su juicio justo y final, para que entonces empiece una nueva era de
vida eterna»: libre de todos los males de Satanás y del más allá,
también. Es por eso, que «Satanás aun no ha muerto o desaparecido por
completo del cielo y de la vida del hombre, porque su día sólo lo
conoce nuestro Padre Celestial y nuestro Señor Jesucristo con su
Espíritu Santo, por supuesto.

De hecho, esto ha de ser así: «en el día de la muerte de Satanás y de
sus demonios en el lago de fuego eterno, en el juicio final de todos
los males» de los ángeles del cielo y de la humanidad entera, también:
«porque el pecado comenzó con los ángeles y luego llego al hombre de
la tierra». Y sólo entonces «nuestro Padre Celestial habrá destruido a
Satanás y al ángel de la muerte», cuando toda mentira, maldad,
calumnia y pecado haya sido manifestado y juzgado, por los poderes
sobrenaturales del Espíritu de la sangre y de la vida santa del
Mesías.

Y, por ende, para «destruir a Satanás había que humillarlo finalmente
a todas luces del día, en la cruz de nuestro Árbol de la vida eterna,
nuestro Señor Jesucristo, en las afueras de Jerusalén, en Israel».
Entonces «pronto Satanás será atado a un calabozo por mil años para
luego destruirlo por completo», en el día señalado del SEÑOR, para que
todos: «ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, de todas las edades de la tierra, comiencen a vivir sus nuevas
vidas eternales en el cielo»: ¡La Nueva Jerusalén del Mesías
Celestial!

SATANÁS FUE HUMILLADO COMO EXPECTÁCULO PÚBLICO Y NO LO SABIA

También «despojó a los principados y autoridades nuestro Señor
Jesucristo con el poder del Espíritu sobrenatural de su sangre y de su
vida sumamente santísima, y, además, los exhibió como espectáculo
público», para que todos vean la verdad de ellos eternamente y para
siempre: «porque había triunfado sobre cada uno de ellos en la cruz, a
partir de aquel momento». Verdaderamente «ésta era la victoria sobre
Satanás que nuestro Dios había soñado desde tiempos inmemoriales»,
para bien de Adán y de su infinita humanidad en la tierra y así
también para la nueva vida celestial del nuevo reino angelical, como
La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta, Glorificada por la presencia sin
igual del Árbol de la vida, ¡el Mesías!

Ya que, solamente «con ésta victoria de Dios y de su Hijo amado en
contra de Satanás», entonces «nuestro Dios iba a recuperar no sólo a
Adán sino también a todo lo perdido, en el paraíso, en la tierra y así
también en la eternidad celestial e infinita del nuevo más allá
venidero», de ángeles y de la humanidad eternal. Es por esta razón,
que «la victoria de Dios y del Señor Jesucristo sobre la cima de la
roca eterna, clavado a los árboles secos y sin vida de Adán y Eva, es
de suma importancia para el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera», hoy en día y para siempre, en la eternidad
venidera.

Y, además de todo, nuestro «Dios mismo ha hecho y declarado
públicamente que ésta victoria suprema de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, sobre Satanás sea también para cada uno de todos nosotros,
de todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra». Y, «esto es algo que lo saben todos, en el cielo y así en el
bajo mundo» de los espíritus perdidos (sin el fruto de la vida en sus
seres eternos): «pues así también Dios está haciendo que ésta gran
verdad sea conocida en los corazones de los hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera, en la tierra».

Es decir, que «ésta gran verdad de derecho y de justicia eterna del
paraíso, no sólo es conocida en el reino de los cielos, sino que
también en el bajo mundo de los muertos, para gloria y para honra
infinita del nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su
Espíritu Santo que están en los cielos», por ejemplo. Y es por esta
razón, que «Satanás mismo junto con sus ángeles caídos nos teme acada
uno de todos nosotros, tal como siempre ha temido a nuestro Padre
Celestial y a su Hijo amado», desde los días de la antigüedad y hasta
siempre.

Porque «cuando Satanás nos ve, con sus ojos llenos de maldad y de
injusticia, entonces nos está viendo en los poderes sobrenaturales,
obtenidos justamente sobre la cruz del madero, en las afueras de
Jerusalén, para ponerle fin no sólo a nuestros pecados, sino también
fin a la vida rebelde y pecadora del hombre en contra de su Hijo,
nuestro Jesucristo». Es por eso, que «cada uno de nosotros cuando
clama a nuestro Padre Celestial en el nombre sagrado de su Hijo amado,
el Señor Jesucristo, entonces poderes sobrenaturales despiertan»: sólo
para derrotar a Satanás y a cada una de sus artimañas engañosas,
lanzadas en contra de nosotros desde la antigüedad, en todos los
lugares de la tierra, por ejemplo.

Por ello, nuestro «Señor Jesucristo destruyo todos los poderes
sobrenaturales de los principados de las tinieblas y sus autoridades
también, para que no vuelvan a hacer ningún daño a ninguno de los
hijos e hijas de Dios», en el paraíso y así también en todos los
lugares de la tierra, para siempre. Es por eso, que hoy en día, «es
seguro y positivo regresar al paraíso», porque «las tinieblas de
Satanás ya no tienen ningún poder alguno, como en los días cuando pudo
engañar a Adán y a Eva, por ejemplo», por medio de los labios de la
serpiente antigua del Jardín del Edén.

Esto es algo del pasado: «muerto y enterrado para siempre en el polvo
de la vida: la vida del pecado de todo hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo» (aunque
no lo veas así en tu corazón y en tu espíritu humano, mi estimado
hermano y mi estimada hermana). Porque «todos estos poderes y
autoridades sobrenaturales de las tinieblas que existían en el cielo,
han sido derrotados y destruidos una a una para que no vuelvan a hacer
ningún daño jamás a Dios, a su Hijo amado, a ángeles del cielo, ni a
hombres de la tierra».

Puesto que, «antes de que estos poderes de las profundas tinieblas de
los principados y autoridades de Satanás, en el cielo, en el paraíso y
en la tierra, Dios no podía a hacer a ningún hombre, mujer, niño o
niña de Israel y así también de las naciones de la tierra: en su hijo
legitimo o en su hija legitima». Pero «gracias a la obra sobrenatural
del descenso del paraíso para nacer, vivir la Ley de Dios y predicarla
en todo Israel, para luego ser crucificado por cumplimiento de ella en
los árboles cruzados de Adán y Eva y sobre la cima de la roca eterna,
en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces Dios triunfa sobre el
pecado enormemente».

Porque «nadie podía predicar la Ley de Dios y de Moisés, sino la
cumplía cabalmente en su corazón, en su espíritu, en su alma y en su
cuerpo humano» delante de Dios sumamente santo e infinitamente honrado
en el cielo y en la tierra por sus ángeles, pos sus hijos y por sus
hijas. Pero como el Señor Jesucristo no sólo descendió a Israel en el
Espíritu Santo de la Ley de Dios y de Moisés, sino que también vivió
perfectamente en éste Espíritu Celestial de la Ley de nuestra
salvación y de nuestra bendición infinita, en la tierra, para
cumplirla y honrarla para siempre.

Y como nuestro Mesías nació, vivió por el Espíritu de la Ley de Dios y
de Moisés, por ejemplo, entonces Él si podía predicarla a todas luces
a las gentes de Israel, gentiles y hebreas (y del mundo entero, por
supuesto, como hoy en día), para posteriormente derramar su sangre por
ella, sobre la roca eterna, en las afueras de Jerusalén. Y «ésta era
sangre santa, sangre de vida eterna para todos sus fieles de todas las
razas, familias, pueblos, tribus, linajes y reinos del hombre, en el
paraíso, en la tierra y en La Nueva Jerusalén del cielo»,
infaliblemente.

Para que de esta manera, «ya el pecado no tenga ningún poder
sobrenatural por los principados y autoridades de Satanás y de sus
seguidores» en el paraíso, en la tierra y así también en la eternidad
venidera, del nuevo reino inmortal, sino que «todos sean liberados
para conocer sólo la luz de la verdad, el derecho y la justicia del
Mesías». Porque «fue el Mesías, el Árbol de la vida eterna, en el
paraíso, a quien Dios quiso que Adán conociese primero y no a los
ángeles del cielo», aunque esto era muy loable hacerlo así por Dios
primero, pero «la importancia de conocer a Cristo, al Mesías, en el
corazón de Adán, realmente, era mayor en el corazón de nuestro Dios».

Y lo mismo es verdad, hoy en día, en Israel, aunque no lo veas así --
es decir--, que «nuestro Dios sólo desea que el hombre conozca a su
gran rey Mesías, el Cristo, el fruto del Árbol Viviente, en todos los
lugares de la tierra, como su único Hijo amado posible», en esta vida
y en la venidera, también. Porque «sólo el gran rey Mesías es el
cumplimiento de la Ley en el paraíso, en la tierra y así también en la
nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos», para ángeles y
para la humanidad entera, también.

Es más, nuestro «Padre Celestial sólo deseaba que Adán y sus
descendientes conociesen al Mesías, al Árbol de la vida eterna de
aquellos días y de siempre en la eternidad venidera, para alcanzara la
nueva vida infinita, la cual nuestro Dios buscaba encontrarla no tanto
en los ángeles, sino en el hombre por medio de su Hijo amado», ¡el
Cristo! Y es por esta razón, que «nuestro Dios tenia que ponerle fin
al pecado de Lucifer, en los corazones de todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Israel, por
ejemplo, para comenzar entonces la nueva gloria celestial e infinita
de un nuevo reino inmortal», en la tierra y en el cielo.

Entonces «el pecado ha muerto infinitamente, en nuestro Señor
Jesucristo: Gracia a su vida santísima vivida en la tierra de Israel,
de acuerdo al plan de salvación de Dios, la cual cumplió todo precepto
y significado eterno de cada letra, palabra y tildes con sus
significados eternos de la Ley», en la tierra y así en la nueva vida
infinita. Por lo tanto, «el pecado ha muerto en el cielo, en el
paraíso y así también en todos los lugares de la tierra», para los que
creen en Cristo en sus corazones y así confiesan su nombre santo
delante de Dios y de su Espíritu Santo con sus labios, entonces «sean
libres infinitamente para vivir y gozar la vida eterna».

Porque «el pecado no sólo murió para el hombre y la Ley Viviente de
Dios, sino también para Satanás y para cada uno de sus ángeles caídos,
por ejemplo, en todos los lugares de la creación de Dios y así también
en el bajo mundo de las almas perdidas», como el infierno y como el
lago de fuego, por ejemplo. Y, «como el pecado ya no tiene poder
alguno para hacer ninguno de sus males de siempre»: como maldecir,
enfermar, destruir y hasta matar a ángeles del cielo y hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, entonces «Satanás no
posee poder alguno en ninguno de sus principados y autoridades de la
antigüedad, ni de hoy en día, tampoco».

Es decir, también, de que «desde el día que el Señor Jesucristo venció
al pecado con el poder sobrenatural del Espíritu de la letra de la Ley
de Dios, por ejemplo, en su corazón, en su sangre, en su vida
santísima y en su nombre sumamente glorioso y milagroso, entonces
«Satanás comenzó a morir poco a poco para desaparecer
inconmensurablemente». Es decir, que «Satanás no sólo ya no tiene
poder alguno para hacer los daños que antes hacia a los ángeles fieles
a Dios y a su Árbol de vida y al hombre de la tierra, sino que comenzó
a envejecer poco a poco y hasta que por fin muera»: «Muera, como
cualquier pecador, para no volverse a levantar jamás».

Porque «la verdad es que sin el poder absoluto del pecado y de sus
tinieblas, Satanás ya no es el Satanás terrible de antes», sino un
espíritu caído: «caído como cualquier espíritu perdido en las
tinieblas del bajo mundo, como en el infierno y finalmente como en el
lago de fuego», la muerte final de todo ser rebelde a Cristo. Entonces
«desde los días de la cruz, en las afueras de Jerusalén, en Israel, la
Ley de Dios no sólo fue cumplida cabalmente en su totalidad, para
gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en
los cielos, sino mucho más que todo esto».

Realmente «el rival y enemigo de Dios y de toda verdad, justicia y
derecho del Árbol de la vida para bien de ángeles del cielo y así
también para Adán y cada uno de sus descendientes, entonces comenzó a
morir», para la nueva eternidad venidera del nuevo reino inmortal, de
ángeles y de la nueva humanidad infinita, por ejemplo. Y «como Satanás
muere poco a poco y hasta desaparecer por completo de nuestras vidas y
de la vida de nuestro Árbol de la vida eterna, primordialmente,
entonces vamos a comenzar a gozar la vida inmortal con cada una de sus
riquezas celestiales»: como jamás lo pensamos hacer así, ni en
nuestros mejores sueños, mi estimado hermano y mi hermana.

¡Gloria a Dios! Dale: ¡Gloria al que vive por los siglos de los
siglos, en tu corazón eterno, hoy y por siempre en la nueva eternidad
venidera! Entrégale: la gloria de tu corazón a tu Dios y Creador de tu
vida, por medio de su Hijo amado, porque ¡sólo Él es digno de toda
gloria y de toda honra, en la tierra, en el paraíso y así también en
La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo!

DIOS UNGIRA A JESUCRISTO EN NUESTROS CORAZONES, POR SU RECTITUD

"Por lo tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes
repartirá botines en los últimos días de vida de la tierra", hablaba
nuestro Padre Celestial sobre su Hijo amado, el Mesías eterno (en el
libro del profeta Isaías, a sus pueblos de toda la tierra, comenzando
con Israel). Porque ciertamente «nuestro Señor Jesucristo derramó su
vida hasta la muerte sin escatimar nada de él, ni lo más preciado de
su corazón santísimo y, además, fue contado entre los transgresores,
sin haber hecho mal alguno a nadie»: pues, habiendo Jesucristo llevado
el pecado de muchos e intercedido por ellos, alcanzando así: ¡el
perdón y la vida eterna para todos!

En la medida en que, «todos estaban condenados a la muerte eterna del
fuego eterno del infierno candente e infinitamente violento, ya que
habían pecado en sus espíritus humanos, con el tan sólo hecho de haber
nacido en el mundo»: como descendientes directos del espíritu de Adán
en el paraíso, por ejemplo. Y «por culpa de éste espíritu rebelde del
corazón de Adán, entonces no sólo Adán tuvo que alejarse de su vida
angelical del paraíso, sino también Eva (su esposa) y todos sus
descendientes (como tú y yo, hoy), para que el pecado y la maldad de
la mentira y de la muerte eterna no se propaguen en el cielo
infinitamente».

Porque la verdad es que «si Dios hubiese permitido que el hombre
siguiese viviendo su vida con sus descendientes, entonces el espíritu
rebelde de la mentira, la maldad y de la muerte eterna se hubiese
incrementado enormemente para mal de muchos, en toda la creación
celestial», para muerte y destrucción de seres santos, cosas y lugares
gloriosos del cielo, por ejemplo. Pero «Dios fue sabio e hizo cumplir
la palabra viva y bendita de su Ley Eterna, haciendo que Adán y sus
descendientes no sigan viviendo sus vidas angelicales en el paraíso,
sino en otro lugar, lo más lejos posible del paraíso» (para evadir
cualquier clase de problemas terribles que puedan surgir, en el más
allá, como pecados imperdonables, por ejemplo).

Y «éste nuevo lugar de vida para el hombre es la tierra, de nuestros
días y de siempre, para posteriormente cambiarles su espíritu rebelde
a él y a su palabra viva, por el espíritu obediente de su fruto de
vida eterna, su Hijo amado», ¡el único Mesías posible en todos los
tiempos para Israel y para las naciones! Entonces «cuando nuestro
Señor Jesucristo descendió del paraíso, no nació en Israel por
voluntad del hombre, sino por la voluntad perfecta de Dios y del
Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés.

Porque era necesario que nuestro Señor Jesucristo descendiese del
cielo en el único Espíritu Santo de la Ley de Dios y de Moisés, para
empezar la nueva vida infinita del nuevo reino de Dios y de sus seres
muy amados, como hombres, mujeres, niños, niñas y huestes de ángeles
gloriosos del cielo. Y así entonces nuestro rey Mesías y salvador de
nuestras almas infinitas no entre al mundo en el pecado de Adán, como
cualquier pecador o como cualquier pecadora, sino en el Espíritu de la
Ley de la gracia y de la misericordia infinita de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos».

Porque «después de haber el Espíritu de Dios entrado en el vientre
virgen de la hija de David, entonces permaneció nueve (9) meses en su
vientre, formando el cuerpo, con sus huesos y con su sangre santa,
para darnos el Mesías», ¡el único salvador posible de todos los
tiempos, de Israel y de las naciones! Y «si el Espíritu de Dios entro
en el vientre virgen de la hija de David, para salir luego en un
cuerpo formado como hombre de la tierra, entonces éste ser viviente si
es el Hijo amado de Dios, prometido a los antiguos como el salvador
del mundo entero», para gloria y para honra infinita de nuestro Padre
Celestial, para siempre.

Entonces «el Mesías si es el Hijo de Dios» por voluntad perfecta del
Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés, por ejemplo, para hoy en día y
para la eternidad. Es por esta razón, que como otro ser tan santo y
tan glorioso, el Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés no habla de
otro igual, que no sea nuestro gran rey Mesías, ¡el salvador de Israel
y de la humanidad entera, también, eternamente y para siempre!

Pues así «como la Ley de Dios y de Moisés descendió del cielo sobreel
Monte Sinaí para Israel y para la humanidad entera, para darnos el
Espíritu de gracia, misericordia, perdón, sanidad, bendición, paz,
gozo, felicidad y salvación infinita de nuestras almas, por medio del
Mesías», pues así también el hombre le devuelve su Ley sagrada. Es
decir, también que «el hombre le entrego a Dios su Ley Santa,
sumamente honrada y glorificada en la vida de nuestro Señor
Jesucristo, pero con su misma sangre santa y gloriosa, sobre el madero
y sobre lo alto de la cima de un monte escogido por Dios»: la roca
eterna de Dios, en las afueras de Jerusalén, en Israel.

Y «si tú crees en nuestro Espíritu Santo de Dios que trajo al Árbolde
la vida a Israel, para vivir y cumplir la Ley de Dios, con el fin de
matar al pecado y a su autor, Satanás, entonces tienes el perdón de
Dios y la vida en abundancia en tu nuevo ser», para nuestro Padre
Celestial. Es decir, también, «que eres, hoy en día, sin duda alguna,
un hijo de Dios o una hija de Dios», de la misma manera, que nuestro
salvador Jesucristo es el Hijo de Dios, en el cielo y así también en
la tierra para la eternidad venidera de La Nueva Jerusalén Santa y
Perfecta del cielo, eternamente y para siempre.

Porque «si el Espíritu Santo trajo al mundo a nuestro Señor
Jesucristo, por la carne y el vientre virgen de la hija de David, pues
así también por tu carne y por tu espíritu humano y de fe, en el Señor
Jesucristo, puede convertirte en un nuevo ser viviente para Dios»:
libre de pecados y de la condena de muerte infinita. Es decir, que
«nuestro Espíritu Santo te transforma en un ser muy santo, gracias al
Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de nuestro Señor
Jesucristo, en un hijo de Dios o en una hija de Dios, desde hoy mismo
y en adelante para la eternidad venidera», de Dios y de su gran rey
Mesías, ¡el Cristo!

Porque «sólo en éste Espíritu, de la gracia y de la misericordia
infinita de Dios, era que nuestro Señor Jesucristo iba a cumplir la
Ley de Dios y de Moisés en su vida y en la vida de cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera», para empezar ya a vivir el
Espíritu de la nueva vida infinita. Visto que, «la verdad es que el
Espíritu de la vida antigua de la Ley es el mismo Espíritu del Mesías,
o podemos decir también: el Espíritu de la vida del Mesías es el mismo
Espíritu de la Ley de Dios, en el cielo y asimismo en todos los
lugares de la tierra», comenzando en Israel primero, por ejemplo.

Es decir, también, «de que si nuestro Señor Jesucristo no hubiese
descendido del paraíso en su Espíritu de la Ley, para nacer y vivir en
la tierra escogida por Dios, entonces la Ley no se hubiese vivido, ni
menos cumplido en su perfección celestial jamás en Israel, ni mucho
menos Satanás y su pecado hubiesen sido derrotados en la cruz». En
verdad, «estuviéramos más muertos que vivos, hoy en día, en todos los
lugares de la tierra, y nuestro destino final no seria el paraíso,
sino el infierno infinito, sin lugar a duda, para jamás volver a ver,
ni menos vivir el Espíritu de la Ley cumplida en nuestros corazones en
Cristo, salvador y Señor nuestro», hoy y por siempre.

Es decir, también «de que sin Cristo, realmente, no somos nada delante
de Dios, delante de su Espíritu Santo y delante de sus huestes
angelicales, por ejemplo, en el cielo, en la tierra y así también en
la nueva eternidad venidera», de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta
del cielo. Pero «como Dios tuvo misericordia de nosotros, al ver
nuestro estado espiritual y de perdición eterna, entre las profundas
tinieblas de Satanás y de su pecado eterno, entonces nos dio de su
Espíritu Santo, de su Ley Eterna», y, finalmente, nos dio también: «la
vida misma de su Hijo amado», nuestro gran rey Mesías, ¡el fruto
perfecto de la vida!»

Además, «ésta vida eternal es la de su Árbol de vida, nuestro Señor
Jesucristo», para que con su Espíritu de vida infinita, entonces
«cumplamos su Ley Divina al pie de cada letra, de cada palabra y de
cada significado eterno, eternamente y para siempre, con tan sólo
creer en Él, en nuestros corazones y confesar su nombre con nuestros
labios». Porque de otra manera, «no era posible el cumplimiento del
Espíritu de la Ley de Dios y de Moisés, ni menos la derrota eterna del
pecado y de Satanás, en Israel, ni el paraíso, ni en la tierra, ni
mucho menos en la nueva vida venidera», del nuevo reino celestial, de
ángeles y de la nueva humanidad infinita, por ejemplo.

Dado que, «todo hombre y toda mujer nacen en la tierra, exclusivamente
en el espíritu de Adán, el cual se rebelo en contra de Dios y de su
fruto de vida, nuestro Señor Jesucristo, en el paraíso, por ejemplo,
para maldición y perdición de sus almas, en el más allá», como entre
las llamas eternales del infierno candente e infinitamente violento.
De hecho, «esto era algo que nuestro Dios no podía aceptar en la vida
de su Hijo amado, para vencer al pecado y a cada una de las artimañas
de Satanás, en el corazón y en la vida de cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera», comenzando con Adán y Eva, por ejemplo,
en el paraíso.

Entonces «nuestro salvador Jesucristo tenia que nacer en el Espíritu
de la verdad, el derecho y la justicia infinita, del Espíritu de la
Ley de Dios, en el vientre virgen de una de las hijas de David, para
entonces poder cumplir la promesa hecha a los antiguos de
entregarles»: un Mesías Redentor, especialmente para ellos primero y
para las naciones. Porque «si el salvador de Israel y del mundo entero
nacía en el espíritu de Adán, entonces el cumplimiento de la Ley de
Dios y de Moisés era totalmente imposible», en esta vida y en la
venidera, también, eternamente y para siempre: «Lo cual significa
separación total del hombre de Dios y de su nueva vida infinita, en el
cielo».

Y «nuestro Dios no está buscando separarse del hombre más, sino
acercarse cada vez más y hasta por fin unirse para ser una sola vida
eterna», en la tierra y así también en la nueva vida celestial del
nuevo reino de los cielos, como la nueva vida perfecta de la Nueva
Jerusalén del Mesías y de la nueva humanidad celestial. Fue por eso,
que Jesucristo vino a nosotros en los poderes sobrenaturales del
Espíritu de la Ley, en el día que nació en Israel» y así también, hoy
mismo, en cualquier lugar de la tierra: «Él se acerca a ti, por los
poderes prodigiosos del mismo Espíritu Santo, el cual lo trajo al
mundo inicialmente para transformar tu vida milagrosamente».

Porque «eso es lo que nuestro Dios hace en la vida de cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, transformarla sólo por
medio de los poderes milagrosos de su Espíritu Santo y de la vida
gloriosa y sumamente honrada de nuestro Señor Jesucristo», ¡el único
Árbol de la vida eterna y Mesías Redentor de todos los tiempos! Y
«como nuestro salvador, no hay otro igual jamás, en el reino de los
cielos, en el paraíso, en la tierra, ni en la nueva vida infinita de
La Nueva Jerusalén Celestial de la nueva vida eterna, de cada ángel
del cielo y así también de cada hombre, mujer, niño y niña de las
naciones del mundo entero».

Es por esta razón, que también «nuestro Padre Celestial le ha
entregado aún mayores poderes y autoridades muy especiales al Señor
Jesucristo y a su nombre muy santo, por cierto, en nuestros corazones,
para darle parte para con los grandes en su gran día venidero» en la
tierra, en el paraíso y en La Nueva Jerusalén del cielo. Y sólo
entonces «repartir los botines de lo ganado, en todas las batallas en
contra de Satanás y de sus ejércitos de mentiras y de maldades
terribles del infierno, para que su vida y su nombre sea aún mucho más
glorioso y honroso que antes, en los corazones de sus ángeles,
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera».

Porque «fue Jesucristo quien derramo el Espíritu de su sangre y de su
vida muy santa sobre los árboles cruzados de Adán y Eva, y fue contado
entre los pecadores sin haber maldad en Él, para llevar los pecados de
muchos de ellos y así finalmente antes de su muerte intercedió ante el
Padre Celestial, por sus vidas eternas». Para que entonces «Dios mismo
les perdone cada uno de sus pecados, ya que había destruido los
poderes de las tinieblas de la vida de pecado de Satanás, de sus
ángeles caídos y del ángel de la muerte, en la cruz, por ejemplo, para
entonces entregarles su salvación infinita, sin escatimar jamás
ninguna bendición del cielo a ninguno de ellos».

NUESTRO MESÍAS NOS ENTREGA PODERES MILAGROSOS, PARA DERROTAR A SATANÁS

Y «porque nuestro Señor Jesucristo ha alcanzado tanta gloria y tanta
honra para nuestro Padre Celestial que está en los cielos, entonces
nuestro Dios le ha entregado poderes y autoridades sobrenaturales
concerniente a cada uno de nosotros», de todas las razas, familias,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, «para vencer al pecado
y al enemigo de nuestras vidas». Por ello, el Señor Jesucristo les
decía a sus apóstoles y discípulos en todo Israel: «He aquí, les doy
autoridad de pisar víboras venenosas, alacranes, demonios, y sobre
todo el poder del enemigo de Dios y de sus almas infinitas; y nada de
él les hará daño jamás, en esta vida, ni en la venidera, tampoco,
eternamente y para siempre».

Es decir, que cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
posee en si, si tan sólo cree en su corazón y así confiesa con sus
labios el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo: «Poderes y
autoridades sobrenaturales para pisotear a demonios, víboras,
escorpiones y nada del maligno les hará daño alguno en sus vidas, para
siempre». Por lo tanto, hoy en día, «tú tienes los mismos poderes y
autoridades sobrenaturales que cualquier hombre o mujer de fe y buena
voluntad que ame a su Dios y Creador de su vida con todo su corazón,
en el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo; es más, tienes aun
más poderes sobrenaturales que los ángeles del cielo, en Cristo».

Y «ésta es una verdad que Satanás conoce muy bien en su corazón
inicuo, pero él quiere que tú (ni ninguno de los tuyos) jamás la
conozcas, para que estos poderes no actúen en contra de él y de sus
seguidores, en ningún lugar de la tierra», para no ser humillado más,
como Cristo lo humilla públicamente en la cruz. Porque «cada vez que
el corazón del hombre o el corazón de la mujer se arrepiente de su
pecado y de sus maldades, e invocan el nombre milagroso del Señor
Jesucristo, entonces maravillas y prodigios comienzan a obrar a favor
de cada uno de ellos y hasta de sus familias y amigos en sus tierras y
hasta en tierras lejanas, también».

Y «de estos poderes sobrenaturales son muchos, los mismos que actúan a
favor de los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
muy especiales y santos del cielo, para ser protegidos por los poderes
de gran mentira y de gran maldad de Satanás y de sus ángeles caídos,
por ejemplo», para no ser contaminados jamás con las tinieblas del
pecado. Porque «así como Satanás ataco con el espíritu de sangre fría
a los ángeles fieles a Dios y a su Árbol de vida, el Mesías, y de
igual forma ataco a Adán y a Eva en el paraíso: pues así también,
desea seguir atacando a los demás ángeles y la humanidad entera en la
tierra, para contaminarlos con sus mentiras».

Fue por esta razón, que «el comer del fruto de la vida del paraíso era
tan importante para Adán y Eva así como siempre lo fue para los
ángeles del cielo», como de los que no creyeron a las mentiras de
Satanás, cuando Satanás afirmaba que podía exaltar su nombre inicuo
más alto que el nombre del Mesías, por ejemplo. En verdad, «sólo una
tercera parte de los ángeles del cielo creyeron a las mentiras de
Satanás y, por lo tanto, pecaron y, a la vez, fueron destituidos de la
gloria de vivir con Dios y con los ángeles fieles a su nombre muy
santo, en el reino de los cielos».

Y «estos son los demonios que siguen creyendo en sus corazones en las
mentiras y en el nombre inicuo de Satanás, para posteriormente ser
juzgados por Dios y destruidos sus espíritus corruptos en el lago de
fuego, su muerte final en el más allá». De hecho, esto es algo que
ellos saben muy bien en sus corazones, es decir, «que ya están
condenados por Dios por haberse levantado en contra de Él y de su
Árbol de vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo!, en el cielo y enla
tierra, también.

Además, «estos ángeles que creyeron a la mentira de Satanás, por
ejemplo, de que podía exaltar su nombre inicuo mucho más alto que el
nombre del gran rey Mesías, el Árbol de la vida eterna, entonces se
contaminaron sus corazones y sus espíritus eternos con las profundas
tinieblas de maldad para perderse para siempre», en el fuego eterno
del infierno. Porque «la verdad es que para vivir una vida sumamente
santa e infinitamente gloriosa en el cielo, entonces se necesita comer
siempre del fruto del Árbol de la vida, el Mesías; de otra manera, no
es posible vivir delante de Dios con tanta santidad y con tanta pureza
celestial en la infinitud de los ángeles y del Espíritu Santo, por
ejemplo».

Pues «así también es la verdad en el paraíso y en todos los lugaresde
la tierra, el hombre, la mujer, el niño y la niña, al igual que Adán y
Eva, no pueden vivir sin haber comido del fruto de la vida, para
poseer los poderes sobrenaturales de santidades y de perfecciones
eternas y vivir felices infinitamente sus vidas celestiales». Es
decir, «vivir sus vidas celestiales e infinitas en el paraíso y en La
Nueva Jerusalén del cielo, para agradar al corazón y al nombre muy
santo de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, sin jamás
ofenderlos en nada, ni en ninguno de sus preceptos muy santos, por
cierto, de su Ley muy Divina y Eterna».

Es decir, también, «que la santidad y la gloria de nuestro salvador
Jesucristo son de suma importancia en nuestras vidas, en nuestros
hogares, en nuestras tierras así como siempre lo ha sido de tanta
importancia en los corazones de los ángeles, de sus viviendas y de sus
tierras celestiales del cielo, para vivir protegidos por siempre del
mal de Satanás». Y «fue por esta razón, de que nuestro Padre Celestial
ha requerido de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, así como requirió de
los ángeles de su reino celestial, por ejemplo, de comer y de beber de
su fruto de vida eterna», su Hijo, ¡su único rey Mesías!

Para que «de esta manera única y verdadera, entonces vencer día y
noche al enemigo de su verdad, de su justicia y de su derecho de vivir
infinitamente en el paraíso, en la tierra y en cualquier lugar de La
Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, en paz, alegres y gozosos
con su Creador, para siempre en la eternidad». Entonces «estos poderes
y autoridades que Dios mismo les entrego al hombre, por decreto
celestial y voluntad perfecta de su corazón y de su alma santísima por
amor a su palabra, ha sido desde mucho antes del día que nos comenzó a
formar en sus manos santas del polvo de la tierra, para que conozcamos
su amor infinito, únicamente en Cristo».

Puesto que, «sólo por medio de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, es que realmente se puede amar a nuestro Padre Celestial
que está en los cielos; ya que, no hay otra manera u otro Espíritu de
vida eterna, para comenzar a amarle a él y a su Ley Divina, por
ejemplo», en nuestros corazones y en nuestras almas infinitas. Es por
esta razón, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, «que
el nombre del gran rey Mesías de todos los tiempos, Jesucristo, viene
a ti día y noche y sin cesar jamás para tocar tu corazón y convertirte
en un ángel del cielo, ni más ni menos, para el servicio santo de tu
corazón a su nombre santísimo».

Entonces «tú tienes poderes y autoridades sobrenaturales en contra de
Satanás y de sus ejércitos de maldad, en las alturas, en la tierra y
en la eternidad: porque Dios mismo te las ha entregado a ti y a cada
uno de los tuyos, también, para que puedas vivir en victoria
infinitamente, en la tierra y así también en el paraíso». Y «estos son
poderíos sobrenaturales con grandes poderes y autoridades de la vida
santa del paraíso y del reino de los cielos, declaradas de parte de
Dios, en el nombre de Jesucristo, para pisotear a víboras,
escorpiones, demonios y todos los poderes de Satanás», y nada de él
podrá jamás tocar tu vida para robarte, para matarte o para
destruirte.

Y «Satanás no desea que llegue esta gran verdad, justicia y derecho
celestial de Dios y de su fruto de vida eterna a tu corazón», porque
quiere seguir robándote y destruyéndote a como de lugar, «para que tú
jamás conozcas en tu espíritu humano: al Espíritu de su amor y de su
gracia infinita, hacia ti y hacia los tuyos». Verdaderamente, «lo que
el espíritu inicuo de Satanás desea es sólo ruina total en tu vida, no
tanto para que ya no vivas más, sino para que no conozcas a tu Dios y
Creador de tu vida, en el paraíso, ni en la tierra, ni mucho menos en
La Nueva Jerusalén del cielo, por ejemplo».

Y, es por eso, que «Satanás lucha en contra de tu vida con todas sus
armas de guerra más terribles, para arruinarte a como de lugar y hasta
que ya no haya posibilidad alguna de que tu corazón y tu alma infinita
puedan conocer a Dios y a su Hijo amado», en esta vida, ni en la
venidera, tampoco. Y «si tú no crees así, que Satanás sólo desea tu
mal, entonces mira hacia atrás y ve la vida de otros y como terminaron
sus días de vida en la tierra, sin el Espíritu de fe y sin el perdón
eterno del Señor Jesucristo.

Además, «si lees el pasado, entonces te darás cuenta que ellos
vivieron una vida corta y de pronto sucumbieron al polvo de la muerte,
porque Satanás estaba obrando en sus vidas, para robarles, matarles y
destruirles, hasta que no quedo nada de ellos sobre la tierra, salvo
un objeto con sus nombres y el día de sus nacimientos y
fallecimientos». «Eso es lo que Satanás hace en la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que no conoce en su
corazón, ni a invocado con sus labios: el nombre sagrado de sus
poderíos y autoridades celestiales, para destruir cada una de las
obras malignas de Satanás», las cuales ha puesto en sus vidas, para
devastarlas.

De hecho, «estas son palabras y obras de gran maldición eterna de
Satanás, para que obren para mal de cada uno de ellos y de los suyos,
también», día y noche y hasta que no quede nada de ellos sobre la
tierra, sino sólo un objeto en donde se lea su nombre, día de
nacimiento y día de su defunción. En verdad, «Satanás está obrando en
tu vida para destruirte a como de lugar, como a los demás que viven en
el polvo de la tierra, hoy en día».

Pero «nuestro Padre Celestial por medio de su Espíritu Santo y de su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, sigue haciendo maravillas,
milagros y hasta prodigios en los cielos y en la tierra, para que
vivas la vida eterna», con cada una de sus ricas bendiciones de la
nueva vida de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Y esto es
el amor que Cristo trajo al mundo del paraíso para ti y para los
tuyos, para que la humanidad viva y no muera jamás, por culpa del
pecado de nadie, por ejemplo.

CADA DÍA ES EL JUICIO DE ESTE MUNDO Y SATANÁS ES ECHADO FUERA DE TU
VIDA

«Hoy es el juicio de este mundo, a modo definitivo», les afirmaba el
Señor Jesucristo a sus apóstoles y discípulos en todo Israel, cada vez
que predicaba su palabra de reconciliación con Dios y, además,
también, de salud, de bendición y de salvación infinita para sus
corazones y para sus almas infinitas a las multitudes, hebreas o
gentiles, por ejemplo. «Pues ahora será echado fuera el príncipe de
las tinieblas de este mundo, para que la mentira deje de existir en
los corazones y en las lenguas de la gente de maldad y de las
profundas tinieblas del pecado de Satanás y de sus ángeles caídos, en
contra de Dios y de su fruto de vida eternal», ¡el Mesías Celestial!

En vista de que, «para Satanás ya no hay vida alguna posible para él,
en este mundo, ni en el venidero de Dios y de su Árbol de vida eterna,
rodeado por siempre de su Espíritu Santo, de sus huestes angelicales y
de su nueva humanidad infinita de todas las naciones de la tierra. Y
«todos vivirán felices por siempre en la nueva era venidera del nuevo
reino de los ángeles celestiales, porque Satanás y su pecado
amenazador ya no existirán jamás, para hacerle daño a nadie, ni menos
a Dios y a su Hijo amado», ¡el gran rey Mesías de todos los tiempos de
Israel y de las naciones de la tierra!

«Todo será gloria tras gloria, felicidad tras felicidad, prosperidad
tras prosperidad y paz infinita tras paz infinita, jamás alcanzadas
por los ángeles de los cielos hasta aquellos días venideros de nuevas
glorias eternas de Dios, de su Hijo amado y de su humanidad celestial,
llenos por siempre del Espíritu Santo de Dios», para la nueva
eternidad celestial del nuevo reino infinito. En verdad, «la nueva
vida de Dios habrá comenzado en el corazón de Dios primero y luego en
los corazones de todos sus muy amados, en el Señor Jesucristo, como
ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera», comenzando con Israel, por ejemplo, para ser infinitamente
felices y más nunca conocer el mal nuevamente.

Porque en aquellos días, «cada pecado de mentiras, de calumnias, de
ídolos, de maldiciones, de condenas, de abominaciones, de
inmoralidades, de obsesiones, de adulterios, de indecencias y en fin
todos los males de las tinieblas del más allá, habrán sido justamente
juzgadas por Dios», sólo en el poder sobrenatural de la misma vida
gloriosa de su Hijo, ¡el Mesías Infinito! Porque «nuestro Señor
Jesucristo no sólo perdona pecados, salva y sana la vida del hombre,
sino que también es la muerte del pecado, de Satanás y de cada uno de
sus ángeles caídos y hasta finalmente la muerte del mismo ángel de la
muerte, de la tierra y del bajo mundo de las almas perdidas, como el
infierno abrasador».

Y todo esto, «nuestro Señor Jesucristo lo hace con sus poderes
sobrenaturales de su Espíritu de vida y de su sangre, la cual dejo
correr sobre los árboles cruzados de Adán y Eva, sobre la cima de la
roca eterna, en las afueras de Jerusalén, para ponerle fin a la vida
de pecado», en todos los seres creados por Dios. Ciertamente, «cada
día y cada noche es el juicio de Dios para este mundo, por su culpa,
por su rebelión y por sus pecados, llevados acabo en el corazón y en
la vida de cada hombre y mujer rebelde al fruto del Árbol de la vida»,
nuestro salvador Jesucristo, comenzando con el espíritu desobediente
de Adán y Eva, por ejemplo.

Porque «realmente no hay mayor pecado para nuestro Dios que no sea el
desprecio y la humillación hecha en contra de su Hijo y de su obra
justa y sublime, no sólo en las afueras de Jerusalén, sino también,
hoy mismo, en los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas de
la humanidad entera y en sus hogares, por ejemplo». Ya que, «es
necesario que no sólo Dios entre en los corazones y en las vidas de
los ángeles del cielo y así también de la humanidad entera, porque
Dios tiene que vivir en los hogares de cada uno de ellos, por medio de
su Hijo, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para perdón de pecados y para
alcanzar bendiciones infinitas del cielo.

Dado que, «si Dios entra en los corazones y en los hogares de todas
las familias de las naciones de la tierra, entonces ya no habrá más
lugar para las profundas tinieblas de los pecados terribles de Satanás
y de sus ángeles caídos, para seguir robando, matando y destruyendo
toda vida», sino que todo seria totalmente diferente en la tierra. Es
decir, «que toda la tierra seria llena de vida y luz, como en el mismo
reino celestial, como Dios mismo lo soñó desde siempre, para que sea
así con todas las razas, las familias, los pueblos, las naciones y los
reinos del hombre en todos los lugares de la tierra: Un paraíso
terrenal, único como el mismo paraíso antiguo, ciertamente».

Es decir, también, «que el fin del príncipe de este mundo es ya, en tu
corazón y en el corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, porque nuestro Dios lo destruyo junto con sus
poderes diabólicos de sus pecados, llenos de mentiras, engaños y
decepciones terribles del infierno», en el nombre de nuestro salvador
Jesucristo. Entonces, hoy en día, «somos más que vencedores sobre los
poderes del mal de Satanás y de sus ángeles caídos, para que ya no nos
hagan ningún mal, en nuestros corazones y en nuestras vidas por la
tierra y hasta que por fin entremos de lleno a nuestras nuevas tierras
y con nuevos cielos», de La Nueva Jerusalén Celeste e Infinita.

Es por esta razón, también, «que nuestro Padre Celestial siempre le ha
dicho al hombre de toda la tierra, desde el primer día y sin cesar,
que no tema a Satanás en ninguna de sus artimañas, si en sus corazones
vive el Espíritu de la vida y de la sangre gloriosa e infinitamente
sagrada de su Hijo», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque «si el Espíritu
de la vida y de la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo vive
en sus corazones, entonces Satanás ya está derrotado y muerto en sus
vidas, mucho antes que comience a lanzar sus primeros intentos de
ataques a sus almas, por ejemplo, en cualquier lugar del paraíso o de
la tierra, de nuestros días y de siempre.


Libro 173


BUSCANDO A DIOS:

Hemos sido credos por nuestro Padre Celestial en sus manos santas, y
con una sabiduría más que perfecta e indescriptible, indescriptible en
nuestros corazones y para nuestros espíritus y mentes humanas. Somos
un milagro grandioso de sabiduría del más allá, como en el reino de
los cielos y como en el paraíso, por ejemplo, en el corazón, en las
manos y en el Espíritu de nuestro Padre Celestial que está en los
cielos.

Y nuestro Dios lo hizo todo así en cada uno de nosotros, sin
equivocarse en nada, para poner su espíritu de fe, de buscarle a Él,
por siempre, en nuestras vidas por la tierra y posteriormente en
nuestras nuevas vidas celestiales, infinitamente regeneradas por la
vida gloriosa y sumamente sobrenatural de nuestro Árbol de vida
eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! Es como si nuestro Padre Celestial,
desde el momento que nos comenzó a formar del lodo de la tierra en sus
manos santas y, aunque parezca incorrecto decirlo: «aun no termina su
obra infinita de gran gloria eternal en cada uno de todos nosotros,
únicamente si Cristo vive en nuestros corazones».

En verdad, cada uno de nosotros es «una obra santa y perfecta en sus
manos benditas», la cual le ha tomado siglos, para algún día (y muy
pronto, también), completarla cabalmente, para gloria y para honra de
su nombre muy santo, en el cielo y en la tierra, para siempre. Porque
«nuestro Dios nos ha llamado de las profundas tinieblas del polvo de
la tierra», para poner en nosotros de su Espíritu, de su imagen y de
su semejanza celestial, por medio de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo: «para que lo busquemos día y noche y por siempre en la
eternidad celestial y hasta que lo encontremos en su luz perfecta».

Ciertamente, hemos sido creados «para buscar a nuestro Dios aún en los
peores y más oscuros días de nuestras vidas», para encontrarlo:
«encontrarlo a como de lugar, sólo en el Espíritu de fe, de nuestro
Señor Jesucristo». Porque el encontrar a nuestro Padre Celestial en
nuestras vidas pecadoras es casi un imposible, pero no así en la vida
de nuestro Señor Jesucristo; justamente, sólo «en la vida de nuestro
Señor Jesucristo, por su gracia, por su misericordia, por su bondad
infinita y por su amor sin igual, le encontraremos para verle cara a
cara», en la eternidad.

Por ende, «en nosotros está el espíritu de buscar a nuestro Creador,
para encontrarlo», en la manera que nuestro Padre Celestial sólo desea
ser encontrado por cada uno de nosotros, únicamente «por medio de su
fruto de vida, su Hijo amado», ¡el Árbol de la vida eterna! Por eso,
nuestro «Dios creo a Adán y a Eva, por ejemplo, para ser encontrados
por ellos, exclusivamente por medio del comer y beber del fruto del
Árbol de la vida, su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en el
paraíso y en el resto de la creación de Dios».

En verdad, «desde mucho antes que nuestros Dios nos formase en sus
manos santas o en el vientre de nuestras madres, por ejemplo, ya
nuestro espíritu humano buscaba a nuestro Creador», para conocerle tal
como él siempre ha sido y como ha de ser en la eternidad venidera. Y,
de cuando a acá, «buscamos a nuestro Dios, desde mucho antes de la
formación de nuestros cuerpos y de nuestras almas infinitas, en las
profundas tinieblas del lodo de la tierra y aún, hoy en día, con el
mismo espíritu y con el mismo fervor de siempre, pues así, seguimos
buscándole», para encontrar nuestro sentido (o propósito) de vivir
infinitamente.

Muy pronto, si no es ya, gracias a la ayuda idónea de Cristo y del
Espíritu de Dios: «Encontraremos a nuestro Padre Celestial cara a cara
para conocerle tal como siempre ha sido para con cada uno de nosotros,
en un día, no muy lejano y escogido por él y más no por el hombre
pecador de la tierra». Pues buscamos a nuestro Dios, porque «somos
amantes» de la luz y de la vida; en verdad, «tenemos el potencial de
amarle a él, como jamás ha sido amado por nadie, ni aún por los
ángeles del cielo», salvo nuestro Árbol de la vida eterna, nuestro
Señor Jesucristo, claramente.

¿Será por eso, que nuestro Padre Celestial nos ama mucho, quizás? Y
nos ama tanto, nuestro Padre Celestial, hasta el punto de entregarnos
lo más valioso de su vida infinita, en esta vida y en la venidera,
también, su Hijo amado, su único Árbol de vida eterna, para los
ángeles del cielo y para la humanidad eterna, en el paraíso, en la
tierra y así también en La Nueva Jerusalén Celestial.

Buscamos a nuestro Dios, en nuestros corazones y en nuestros espíritus
humanos, porque tenemos el potencial de amar sobrenaturalmente aquel
que nos creo, para librarnos eternamente y para siempre de las
profundas tinieblas del polvo de la tierra y así entonces
establecernos como sus hijos y como sus hijas en el nuevo reino
venidero, de su nueva vida infinita. ¿Será, pues, por este motivo de
que el Señor Jesucristo descendido del cielo, para morir por la culpa
de nuestros pecados, en la manera más cruel posible en las manos de
pecadores, sobre los árboles cruzados de Adán y Eva y sobre la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel!

Creo que si, sin duda alguna. Porque nosotros, como seres humanos que
somos, en verdad, sabemos amar a nuestro Dios y Creador de nuestros
espíritus y de cuerpos humanos, en el cielo y en la tierra aun con un
amor mayor al de los ángeles del cielo; y esto es gloria eterna para
nuestro Padre Celestial, para su Espíritu Santo y para su Hijo amado.
Esta es la gloria que nuestro Padre Celestial siempre ha buscado a
través de las edades, para encontrarla sólo en los que le buscan a Él,
en el espíritu y en la verdad de su Hijo amado, ¡el gran rey Mesías de
todos los tiempos, el Hijo de David!

En realidad, «nuestro Padre Celestial nos creo para la eternidad
venidera, porque nos amaba profundamente, sabiendo en su corazón
santísimo que creaba en sus manos sagradas a unos seres muy
especiales», quienes le amarían sobrenaturalmente y a través de los
siglos, en el mismo espíritu de fe y de amor de su Hijo amado,
¡nuestro Árbol de vida eterna! Aquí, «nuestro Dios no se equivoco con
nosotros, sino que Satanás hizo de las suyas para que nuestro Dios no
sea glorificado en nuestros corazones y en nuestras nuevas vidas
infinitas, del nuevo reino venidero del Árbol de la vida y del
Espíritu de Dios, rodeado por siempre de huestes angelicales del reino
sempiterno de los cielos, por ejemplo».

Ciertamente, buscamos a nuestro Padre Celestial que está en los cielos
aún en nuestros peores momentos de nuestras vidas, aunque estemos muy
ciegos, espiritualmente hablando, y aún así buscamos a nuestro Dios,
para que de una manera u otra encontrarlo a él, para entonces
encontrar nuestra vida y nuestra felicidad infinita, sólo posible por
medio de su Hijo, ¡nuestro Señor Jesucristo! Buscamos, pues, a nuestro
Dios, «porque deseamos ser amados por él y sentir su amor
infinitamente en nuestros corazones, en nuestros espíritus y en
nuestros cuerpos humanos para ser felices y así comenzar a vivir
nuestras vidas, sobrenaturalmente: «y esta vez seria para la nueva
eternidad celestial de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo».

ENTONCES SI DESEAMOS SER FELICES, PUES BIEN, BUSQUEMOS EL REINO DE
DIOS Y SU JUSTICIA: NUESTRO REY MESÍAS, ¡NUESTRO JESUCRISTO!

Ya que, nuestro Mesías, el Árbol de la vida eterna es el reino de los
cielos para ángeles y para la humanidad entera, de todos los tiempos,
comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, para siempre. Y
sin el Señor Jesucristo para los ángeles del cielo y así también para
la humanidad entera la vida no es posible, jamás.

Ciertamente, nuestro Padre Celestial «nos ha creado en sus manos
santas, de acuerdo al designio de su corazón sagrado para que le
amemos, le sirvamos y le busquemos siempre en nuestros corazones y en
nuestras almas vivientes, en el paraíso, en la tierra y así también en
la nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos», de la Jerusalén
Eternal. Entonces «todos pongan el don de Dios de amarle, de honrarle,
de servirle y de buscarle siempre, a obrar en sus vidas, para que los
bendiga día y noche y así crezcan en el poder sobrenatural de su
Espíritu Santo, para comenzar a gozar desde ya», de las bendiciones
más gloriosas de la vida eterna.

Dado que, la nueva vida infinita de nuestro Padre Celestial, «la cual
siempre ha soñado alcanzar en su vida, desde los días de la
antigüedad, es sólo posible para con los hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera, como los que ha formado en sus manos
santas, para que vengan a Él, por medio de su Árbol de vida». Porque
«sólo el camino, de la verdad y de la justicia infinita de su Hijo
amado, es realmente el verdadero encuentro entre Dios y su nueva
creación inmortal, de ángeles del cielo y de la humanidad entera de
toda la tierra, de nuestros días y de toda la vida, también».

Entonces «todos, sin que nadie falte, siempre busquen primeramente el
reino de nuestro Padre Celestial y de su justicia infinita, para que
todas las cosas que le pidan a Él, en el Espíritu maravilloso del
nombre sagrado de su Hijo amado, les sean concedidas, sin más demora
alguna». Porque nuestro Dios es sumamente rico de todas las riquezas
de la vasta creación celestial y de la tierra, también, y no hay nada
que no sea de su creación personal, ya sea por su palabra, por su
nombre, por su Espíritu Santo y por sus manos» (el hombre del paraíso
y de la tierra, de nuestros días, por ejemplo).

Por lo tanto, nuestro Dios desea suplirte todo lo que necesites en tu
vida, si tan sólo se lo pides a él, por medio de su fruto de vida
eterna, su Hijo amado, nuestro salvador Jesucristo. Porque si él no
está en tu corazón y en todo tu espíritu humano, también, entonces
Dios no podrá jamás suplirte nada, de todo lo que necesites en tu
vida, en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva vida
infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por
ejemplo.

Y nuestro Dios nos ha dado, no sólo la habilidad de necesitar muchas
cosas de la vida de la tierra, sino también las del paraíso y las de
La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. Es por
esta razón, «que desde mucho antes de crear las cosas en el paraíso y
en la tierra, también, entonces nos dio de su Espíritu en abundancia,
para que descendiese sobre los lugares de la tierra y así subyugué a
cada una de las profundas tinieblas, de Satanás y de su reino de gran
mentira y de maldad eterna.

Para entonces poder comenzar a crear el primer día y los demás (días)
y en adelante y hasta el fin de las cosas en la tierra, para que sólo
a la luz del día, crear al hombre del hueco de la tierra y en sus
manos santas, también, para saborear en su corazón sagrado nuevas
glorias eternas en su vida bendita. Con el fin de que el hombre de su
creación inmortal entonces, entonces lleve en él (o en ella) su imagen
y todo conforme a su semejanza celestial e infinita, en cada uno de
nosotros, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, comenzando con Adán y Eva primero, lógicamente, en el
paraíso.

Y cuando nuestro Dios ya nos había formado en sus manos santas,
entonces «estábamos llenos de su Espíritu Santo, para conocer a su
Árbol de la vida y posteriormente su Ley Divina, para más tarde
realmente comenzar a vivir su vida gloriosa con él y con las huestes
celestiales de su Espíritu Santo», por ejemplo, de su nueva Jerusalén
Celestial. Es decir, que «nuestro Dios nos lleno de su Espíritu Santo
desde el comienzo de nuestra creación en sus manos santas en el cielo,
para que vivamos por él, por su Espíritu Santo y así llegar a conocer
a su Hijo amado», nuestro único fruto de vida eterna, para realmente
llegar a conocer su Ley Divina, la de toda la vida.

Porque sin la bendición de nuestro Padre Celestial, y la llenura de su
Espíritu Santo y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces
jamás podremos realmente recibir, vivir y honrar infinitamente su Ley
Eternal del cielo y de toda la creación, para siempre. Por lo tanto,
para nosotros poder realmente comenzar a recibir de nuestro Padre
Celestial todas las cosas que necesitemos en nuestras vidas del
paraíso y así también en la tierra y en la nueva vida infinita de La
Nueva Jerusalén del cielo y de su gran rey Mesías, pues, obviamente
tenemos que estar llenos de su Espíritu Santísimo.

Y esto significa de estar llenos infinitamente de su fruto de vida
eterna y de la santidad de su Ley Eterna, sólo posibles en el Espíritu
de Cristo, nuestro salvador Jesucristo. Pues bien, entiende a nuestro
Dios y a su Escritura (la Santa Biblia): Si Dios quiso que la tierra
esté llena de su Espíritu Santo, desde el comienzo de las cosas
(génesis 1:3), entonces también desea mucho que la obra de sus manos,
el hombre y la mujer del paraíso y de la tierra, estén también llenos
de su Espíritu Santo. (No lo crees así, mi estimado hermano y mi
estimada hermana.)

Además, nuestro Dios lleno a la tierra de su Espíritu Santísimo,
primero, porque del lodo de ella iba a levantar al hombre, a la mujer,
al niño y a la niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva,
por ejemplo. Es decir, también, «que el mismo lodo de la tierra, en
las manos de nuestro Padre Celestial, antes que comenzase a crear al
hombre en su imagen y conforme a su semejanza celestial, ya Él mismo
había derramado de su Espíritu Santo sobre ella, para que desde el
primer día el hombre sea lleno de su Espíritu Santo». Entonces sin que
te des cuanta de Dios y de su Espíritu Santo, ya Dios había llenado tu
vida de Él, para posteriormente darte de comer y de beber de su fruto
de vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Es por eso, que el Espíritu Santo de Dios es de suma importancia en
nuestros corazones, en nuestras almas vivientes y así también en todo
nuestro ser interior e exterior, también, porque así Dios lo quiso
desde el comienzo de todas las cosas en nuestras vidas celestiales y
terrenales. Ahora, está del hombre conllevar con él el Espíritu de
Dios, en su corazón y en todo su ser también, todos los días de su
vida, en la tierra y en el paraíso, igual, para que nuestro Dios esté
alegre y contento con cada uno de nosotros, en todos los lugares de la
tierra; de otra manera, no viviremos jamás.

De otra manera, no recibiremos nada de nada jamás de nuestro Padre
Celestial, ni de su Espíritu Santo, ni de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo que está en los cielos; y esto es muerte eterna para
cualquier ser viviente sea ángel del cielo u hombre de la tierra, por
ejemplo. Entonces busquen a su Dios en sus corazones, en sus almas
infinitas, porque el Espíritu de nuestro Padre Celestial ya está en
cada uno de ustedes, desde el primer día de sus vidas en el paraíso y
así también en toda la tierra.

Y esto es realmente para que vivan por él día y noche y por siempre en
la nueva vida infinita del nuevo reino celestial, sólo por medio de
las riquezas gloriosas y sumamente infinitas del fruto de su Árbol de
vida eterna, nuestro gran rey Mesías, ¡el Cristo! Porque sólo en el
Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de nuestro Señor
Jesucristo es que realmente podemos encontrar a nuestro Dios y así
también la felicidad infinita de una nueva vida celestial, en la
tierra, en el paraíso y en La Nueva Jerusalén del nuevo reino de los
cielos, de Dios y de su humanidad infinita.

NUESTRO PADRE CELESTIAL TIENE PLANES COLOSALES PARA NOSOTROS

Y estos planes de Dios, para con cada uno de todos nosotros, en
nuestros millares, de todas las razas, familias, pueblos, tribus,
ciudades y reinos de la tierra y del paraíso, son sólo en el Espíritu
de la sangre y de la vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, ¡el
Santo de Israel y de la humanidad entera! "Porque yo sé los planes que
tengo acerca de ustedes", dice nuestro Padre Celestial, "planes de
bien y no de mal, planes de vida y de salud infinita y planes para
darles porvenir y esperanza, en la tierra y en sus nuevos días largos
y eternos en el paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del
cielo.

Entonces me invocaran, por el Espíritu de amor a mi nombre santo, el
cual vive en sus corazones por la vida y por la obra sobrenatural de
amor y de fe eterna, del gran rey Mesías de todos los tiempos, ¡el
Árbol de la vida! Ciertamente vendrán y oraran a mí, a su Dios y
Fundador de sus vidas, y yo les escucharé todas sus oraciones, sus
suplicas, sus ruegos y sus intercesiones por ustedes mismos y por los
suyos, también, en todos los lugares de la tierra, y les responderé
con muchas y grandes bendiciones infinitas, sin más tardar.

Me buscaran y me hallaran, en la tierra y así también en el cielo,
porque siempre he estado esperando por ustedes; y, además, oirán de
mí, cuando vengan a mí, porque me buscaran con todo su corazón, lleno
del nombre sagrado de su salvador celestial, su Mesías eterno, ¡el
Cristo! Y porque yo soy su Dios, en el cielo y en la tierra, entonces
vivirán, igual, eternamente y para siempre".

Ciertamente, «nuestro Padre Celestial siempre está pensando en cada
uno de nosotros, por amor a su nombre santo, para ayudarnos y para
bendecirnos con su Espíritu Santo y con sus dones sobrenaturales, de
sanidad y de salud infinita. Y, además de todo, «él mismo nos ama con
su amor sobrenatural, el cual siempre ha sendito en su corazón por su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo»: porque quiere que cada uno de
nosotros sea como Él, perfecto e infinitamente santo, en la tierra y
así también en el cielo, para siempre, por los poderes sobrenaturales
de su sangre santísima.

Pues «para esto nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos
santas, para que seamos igual que su Hijo amado, en santidad, en
pureza, en honor y en gloria infinita, en la tierra y en el cielo,
para vivir la nueva vida celestial, del nuevo reino de los cielos.
Porque «todo lo que nuestro Padre Celestial ha comenzando a hacer,
desde el comienzo de todas las cosas, ha sido para empezar la nueva
vida eterna del nuevo reino de los cielos, desde la tierra de nuestros
días y hasta por siempre en la nueva eternidad venidera, por
ejemplo».

Puesto que, nuestro Dios nos ha llamado desde las profundidades de la
tierra para ejecutar sus mayores y poderosos planes de vida y de
santidad infinita, en la tierra para vivirla en la nueva eternidad
celestial de La Nueva Jerusalén Santa y Eternal del cielo, para los
ángeles y para la humanidad entera y de todos los tiempos, también.
Porque nuestro Padre Celestial va a vivir su nueva vida santa y
sumamente honrada por el Espíritu de la sangre de su Hijo amado con
cada hombre, con cada mujer, con cada niño y con cada niña de la
humanidad entera, empezando con Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso
de la antigüedad. Es por eso, que, hoy mismo, «todos podemos regresar
al paraíso, para comer y beber mucho más que antes del Árbol de la
vida y así entonces encontrar y conocer a nuestro Padre Celestial que
está en los cielos, como en los días de Adán y Eva, por ejemplo, pero
esta vez con mayor gloria que antes.

Porque la verdad es que «los mejores pensamientos del corazón
sumamente santo e infinitamente glorioso de nuestro Padre Celestial no
los ha llevado acabo con sus ángeles del cielo, sino que lo ha hecho
con el hombre de la tierra y, por ende, lo seguirá haciendo así en la
nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos». Y estos son
«pensamientos de gloria y de paz infinita de su nueva vida eternal, de
su gran ciudad celestial del más allá, La Jerusalén Perfecta de toda
la vida del gran rey Mesías y de sus hijos e hijas de todas las razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra».

Aquí es «cuando nuestro Padre Celestial ha de llevar acabo los mejores
pensamientos de su corazón santísimo, para bendecir grandiosamente la
vida de cada uno de sus ángeles y así también la de sus hijos e hijas
de la humanidad entera». Y estos son realmente de todos ellos «de los
que han creído en sus corazones y han confesado con sus labios el
nombre sagrado de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo», ¡el único gran
rey Mesías posible de Israel y de las naciones!, quien realmente
cumple las escrituras y la Ley de Moisés, para hacer feliz el corazón
de Dios, infinitamente.

Dado que, «no hay nada más que pueda hacer el corazón de nuestro Dios
muy feliz, si no es de ver que el nombre de su Hijo amado es sumamente
honrado e infinitamente glorificado en los corazones de los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera», como de los que ha
creado en sus manos, en el cielo. Es por eso, que «si realmente deseas
en tu corazón, mi estimado hermano y mi estimada hermana, hacer que
los planes santos de vida y de salud, de gloria y de paz, de porvenir
y de esperanza, sean hechas una realidad en tu vida, entonces tienes
que serle fiel a Él», sólo por medio del Espíritu de fe, de su nombre
santísimo.

Y «éste nombre muy santo de Dios es el mismo nombre sagrado de su Hijo
amado de todos los tiempos del cielo y de la tierra», ¡nuestro Señor
Jesucristo! Porque sólo por medio del Espíritu de fe, del nombre
sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, es que
verdaderamente nuestro Padre Celestial oye las oraciones de sus
ángeles del cielo (porque los ángeles del cielo si oran) y así también
las de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Es
decir, también, para ser más claro, que nuestro Dios jamás oirá tus
palabras, tus oraciones, tus ruegos, tus peticiones, tus necesidades,
sino se las entregas sólo a Él, en el nombre de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Y, en otro nombre, «nuestro Dios no oye la oración de nadie, como a
Lucifer (cuando era ángel del cielo con sus ángeles seguidores) o como
Adán y Eva (cuando ellos vivan en paz con su Creador en el paraíso
hasta que se encontró maldad en ellos en contra de Cristo, por
ejemplo)». Porque «como Lucifer y sus ángeles caídos del reino y así