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| Sábado, 10 de febrero, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) ALABANDO A DIOS El alabar y honrar a nuestro Padre Celestial es medicina, para nuestro corazón y para nuestro cuerpo en general. Y la única manera que nosotros podremos realmente alabar y honrar a nuestro Dios, ha de ser por medio del Señor Jesucristo: invocando en oraciones, ruegos, suplicas, alabanzas, exaltaciones, peticiones e intercesiones su nombre santo y sobrenatural del cielo y de la tierra, ¡el Señor Jesucristo! Por eso, ésta fue la primera alabanza de gloria y de honra que Dios requirió de Adán, después de haberlo creado en el paraíso, como un ser hecho serafín, perfecto y santo, en su imagen y conforme a su semejanza divina, también. En realidad, el parecer de Adán era tan idéntico a Dios y a su Árbol de vida, su Hijo amado, que cuando los ángeles los veían, entonces no sabían quien era quien, porque hasta en su manera de hablar eran iguales delante de ellos, en todo reino de los cielos. Y esto fue lo primero que Lucifer odio en el hombre, el que él sea igual a Dios, en su imagen y en su semejanza celestial. Y es así que Dios nos ha querido ver a cada uno de nosotros, de todos los descendientes de Adán, en nuestros millares, de todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, como su Jesucristo, perfectos en santidad eterna. Es decir, que nosotros tenemos que no sólo ser tan santos como Adán, como en el día que Dios lo termino de formar en sus manos santas, sino mucho más que esto. Realmente, nuestro Dios desea ver a Adán y a cada uno de sus descendientes en toda la tierra y en el reino celestial igual, ni más ni menos, en la perfección infinita de santidad y de gloria como su Hijo amado, como sus ángeles, como su Espíritu Santo y hasta como Él mismo si fuese posible hacerlo así, por ejemplo. Y todo esto es posible sólo con creer en nuestros corazones y así confesar con nuestros labios: el nombre sagrado de su Hijo amado, su fruto de vida y de medicina eterna para el corazón y para el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. Porque así como nuestro Dios es santo, entonces nosotros también somos santos y Lucifer es el único mentiroso que muy pronto ha de ir a su lugar eterno, en el más allá del más allá, al lago de fuego, su segunda muerte final de su espíritu malvado. Y esta muerte final del ángel de la muerte y de Lucifer, como también de cada uno de sus ángeles caídos, es el Señor Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo fue quien le dijo a Lucifer, en el día que triunfaba sobre él y su reino inicuo: "Muerte, Yo soy tu muerte". Porque todo lo que no es santo ha de morir, tarde o temprano, pero finalmente muere, para que no vuelva a existir jamás para ofender a Dios. Por lo tanto, el fin de todo pecado ha llegado al hombre y también a todos los impíos del más allá, como Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos, en sus millares, como en el bajo mundo del infierno, por ejemplo. Y sólo los que alaban y honran a su Dios por Jesucristo, han de vivir, ángeles del cielo y hombres del paraíso y de la tierra, de siempre. Por lo tanto, nuestro Dios es santo, porque por siempre ha habitado entre las alabanzas de su pueblo y de los que aman el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque nuestro Dios está en los cielos y nosotros en la tierra. Por eso, él ve día y noche todo lo que sucede con el nombre de su Hijo amado, en nuestros corazones y en nuestras vidas, porque para nuestro Dios no hay nada oculto debajo del cielo ni menos en la tierra, sino que todo está expuesto claramente ante sus ojos. Y es Él quien busca día y noche que los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, honren y exalten su nombre santo, con sus corazones llenos del espíritu de fe, del nombre sagrado de su Hijo amado. Para Él entonces poder bendecirlos a cada uno de ellos, con grandes poderes sobrenaturales del cielo, de su nueva vida infinita del más allá, como la nueva ciudad del gran rey Mesías, su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo! Ya que, así como los ángeles del cielo tienen que ser bendecidos por los poderes sobrenaturales de los dones de su Espíritu Santo, pues así también todo aquel que le ame, en el espíritu y en la justicia redentora de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, su Hijo amado. Por ello, todo aquel que desee "encontrarlo en su vida", entonces lo ha de encontrar en las alabanzas de glorias y de honras de su corazón, levantadas hacia el cielo, hacia el trono sagrado de su Dios y Creador de su vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera!, para que bendita su vida eternamente y para siempre. En vista de que, el Dios del cielo y de la tierra ha de venir a la vida del hombre y ha de entrar en él o en ella, si tan sólo le alaba y le honra con su corazón, lleno del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque para nuestro Padre Celestial no existe mayor alabanza, gloria y honra del ángel del cielo y así también del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, que no sea únicamente ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, el que desee exaltarle a Él, como a su Dios y salvador de su vida, en la tierra y en el paraíso, también, para miles de siglos venideros, en el nuevo reino de Dios y de sus huestes celestiales, entonces tiene que hacerlo por el amor sobrenatural de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Porque sólo así, o de esta manera única, ha de llegar al corazón y a la vida del hombre nuestro Dios y su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para entrar y quedarse con cada uno de ellos, en sus millares, en toda la tierra. Y así habitar con cada uno de ellos, como su Dios y Fundador real de sus vidas celestiales, de la misma manera que Él ha habitado con sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del reino de los cielos, en el más allá, por ejemplo, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días. Es por esta razón, también, que los cielos hablan de la gloria infinita de nuestro Padre Celestial, y su inmensidad confirma del poder y de la sabiduría sobrenatural de la mente y de las manos de Él y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. En la medida en que, todo lo que nuestro Dios ha creado en los cielos y en la tierra, también, lo ha hecho con la presencia y asistencia constante de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque sin Él, nada de lo que Dios ha creado por su palabra y con sus manos, pudo haber sido posible jamás, en el reino de los cielos con los ángeles y en la tierra con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, por supuesto. Puesto que, Adán fue la primera obra perfecta de las manos de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para darle de comer y de beber en su día y sin más demora alguna, de su perfecta alabanza infinita, de su Árbol de vida, su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Es por esta razón, que cada uno de los descendientes de adán, en sus millares, en toda la tierra, comenzando con Eva, en el paraíso, por ejemplo, ha sido creado por Dios para que coma y beba día y noche, sólo de su alabanza perfecta. Y esto es del espíritu de la comida y de la bebida, de la alabanza de gloria y de honra eterna de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que su nueva tierra con nuevos cielos, como su gran ciudad celestial, La Gran Jerusalén Infinita, entonces sea llena sólo de nueva vida glorificada y honrada de sus hijos e hijas. Porque Dios ha estado buscando en los ángeles y así en la humanidad entera, nuevas glorias y honras infinitas para su nombre en su nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial, en el más allá. Y es aquí, en donde nosotros tenemos que estar para Él, para su Hijo amado y para su Espíritu Santo, rodeado por siempre de las alabanzas de gloria y de honra a su nombre santo, de los corazones de los ángeles del cielo y así también de los corazones de los hombres y mujeres de toda la tierra. Fue por esta razón, también, de que nuestro Dios buscando nuevas glorias y nuevas honras para su nombre santo, entonces la encontró en un rey impío de Babilonia, llamado Nabucodonosor, por ejemplo. En aquellos días, éste rey Nabucodonosor deseaba engrandecer el nombre de una de su estatua grande y hecha en oro, como el dios soberano de sus tierras y de las naciones en su derredor también. Y todo aquel que no rindiese honra y alabanzas a su estatua de oro, entonces seria echado al fuego candente de uno de sus hornos. Pero en este horno muy candente, Dios se le manifestó a su vida, maravillosamente, en medio de aquellos que quería destruir (a los hebreos), porque no le habían obedecido a su mandato de arrodillarse y de honrar a su estatua de oro. Y en aquel momento, cuando Mesac, Sadrac y Abed-negó eran echados al fuego del horno, por los hombres fuertes del rey babilonio, entonces se visualizo que había estado con sus siervos, los hebreos, el Hijo de Dios, todo el tiempo y hasta en el mismo ardor terrible del horno, para destruir sus vidas. Pero cuando el fuego era aun más fuerte que antes, los hombres verdugos murieron carbonizados, pero los hebreos no murieron y danzaban alabando al Dios del cielo y de la tierra junto con su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Entonces como "Nabucodonosor vio" al Hijo de Dios con sus propios ojos, no murió en aquel día, sino que decidió cambiar su corazón para servirle a su nuevo Señor y salvador de su vida, el Hijo de Dios, el Cristo de la antigüedad y de siempre de Israel y de la humanidad entera. Y en este día, Nabucodonosor estableció una ley de que todo hombre, mujer, niño y niña de su reino y de las naciones en toda la tierra, tenían que alabar y honrar en sus corazones y en sus vidas "al Hijo de Dios", que había conocido en medio del fuego, como Moisés le conoció, por ejemplo, en el Sinaí. Porque sólo el Hijo de Dios podía salvar al hombre del fuego del horno y así también de la muerte eterna del infierno, por lo tanto, él es el Cristo de Israel y de los hebreos, como Mesac, Sadrac y Abed-negó, que fueron redimidos por el poder de Dios, en aquel momento tan crucial de sus vidas o de muerte. Por ello, hoy en día, si tan sólo alabas y honras al SEÑOR del cielo y de la tierra, con tu corazón y con tus labios, entonces su Hijo amado ha de estar junto a ti y a los tuyos, también, para redimirte de todo mal del pecado y del poder de la muerte, como del fuego eterno del infierno. Porque el poder del nombre y de la vida sagrada de nuestro Padre Celestial jamás ha cesado en esta vida ni (cesara) en la venidera tampoco, para todos los que le aman y le alaban día y noche, en sus corazones y en sus almas eternas, también. Es por eso, que si hoy en día necesitas de tu Dios y Creador de tu vida, entonces debes buscarlo a Él, entre el fuego del horno, de los problemas y dificultades de tu vida, para que el Hijo amado de Dios se haga visible en tus ojos y en los (ojos) de los que te conozcan, también. Porque nuestro Dios es real y verdadero, en esta vida y en la venidera, también, así como lo eres tú con los tuyos, pues así, el Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, lo ha de ser contigo, infinitamente verdadero, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Es por eso, que el nombre de tu Dios y salvador de tu vida, como el Hijo de Dios, por ejemplo, debe de ser alabado, desde el levantamiento del sol y hasta cuando se esconde en el horizonte de cada noche de tu vida. Porque al amanecer del día siguiente se volverá a manifestar con poder, como siempre, para que alaben el nombre sagrado de su Creador, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! ALABADO SEA DÍA Y NOCHE EL NOMBRE DE NUESTRO DIOS Desde el nacimiento del sol y hasta donde se pone, sea alabado el nombre del Todopoderoso, en el corazón de sus ángeles y así también en los corazones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra. Porque todo lo que ha creado nuestro Dios, ha sido para que su nombre sea exaltado en la gloria y en la honradez perfecta, de los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo y de la vida celebre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que los ángeles del cielo alaban desde siempre el nombre de nuestro Dios, porque es lo mejor para sus corazones y para sus espíritus celestiales, en el cielo y por toda la creación; es más, no hay nada mejor para ellos que deseasen hacer además de exaltar y de honrar el nombre Creador de sus vidas celestiales. En verdad, el vivir para Dios, es lo mejor para el espíritu de los ángeles, serafines, querubines, arcángeles y demás seres santos del cielo; y si no pudiesen vivir para su Dios, exaltando y honrando su nombre sagrado en todas las alturas del reino de los cielos, entonces sus vidas no serian interesantes, ni gozasen de felicidad alguna, tampoco. Realmente para ellos todo seria monótono, como si les faltase algo en sus vidas, para poder seguir viviendo, delante de su Dios y de su creación santa y perfecta en el cielo, así como el pecador y la pecadora de la tierra, de hoy y de siempre. Es más, los ángeles no fuesen ángeles, ni tampoco existirían, sino que serian parte de la nada, de donde Dios los saco, en el día de su creación, como el hombre, por ejemplo, que Dios lo saco de la tierra. Pero gracias a Dios, porque los ángeles, en sus diferentes rangos de gloria y de grandeza infinita, si conocen el propósito de día a día de sus vidas, delante de Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, como los seguidores del SEÑOR, en todos los lugares de la tierra y, hoy en día, en el paraíso, también. Es por eso, que los ángeles jamás han deseado abandonar a su Dios ni menos a su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, para seguir sirviéndole a Él y a su nombre santo, para miles de siglos venideros en su nueva eternidad celestial, como su nueva gran ciudad santa y eterna: La Nueva Jerusalén del nuevo reino infinito. Es por esta razón, que los ángeles del cielo son realmente felices con su Dios y con su Espíritu Santo, porque sus corazones son bendecidos cada vez más que antes, por la gloria y por la honra infinita que genera el alabar y el honrar el nombre bendito de Dios día y noche en la tierra santa del cielo. Es decir, también, que para los ángeles no existe otra manera posible para que sus corazones y sus espíritus celestiales sean por siempre felices, en sus vidas eternas en el reino de los cielos, de Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, ésta felicidad de los corazones de los ángeles de Dios es tan grande y tan profunda, como los mismo cielos y nuestro universo en su anchura, profundidad y altura infinita, por ejemplo, llena de estrellas, planetas y sus lunas por doquier, visibles e invisibles, a la vez. Y nuestro Padre Celestial nos ha creado en sus manos santas a cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda su creación, celestiales y terrenal, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, para que gocemos junto con Él y con sus huestes de ángeles celestiales de ésta felicidad santa e infinita, en nuestras vidas para siempre. Porque el corazón que nuestro Dios ha puesto en nuestros pechos es un corazón como el de Él mismo, ni más ni menos; por lo tanto, nosotros tenemos un corazón tan grande como su nombre santo, para recibirlo y retenerlo eternamente y para siempre, en la eternidad venidera de su nueva vida infinita para todos, los que le aman fielmente. Es decir, que nuestro corazón es grande, profundo, ancho y capaz de traspasar aun más allá del infinito, como el corazón de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para sentir sólo amor y vida infinita, para servirle y amarle por siempre, tal como Él es amado por sus ángeles del cielo. Y así gozar por siempre, llenos de amor, paz, gozo, felicidad, vida, poder, sabiduría y deseo perfecto de servir y de exaltar a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos día y noche y por siempre en el más allá, en su nuevo reino celestial, de su Hijo amado y de sus millares de huestes angelicales. Es por esta razón, también, que todas las cosas creadas por Dios en el cielo y así también en la tierra, han sido para alabar día y noche el nombre sagrado de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. Porque las estrellas y los planetas con sus lunas, a pesar de sus grandes y profundas distancias en la inmensidad, alaban y honran al nombre sagrado de nuestro Dios, a toda hora de su tiempo universal y sin parar jamás, por ninguna razón. Es más, hasta podríamos decir también que así como las estrellas, los planetas y sus lunas del universo alaban y honran el nombre de nuestro Dios y de su Jesucristo, entonces de igual forma todas las cosas que existen en todos los lugares de nuestra tierra, en sus alturas, en sus profundidades y en sus anchuras, le alaban sin cesar. Por lo tanto, día y noche las nubes al pasar por las alturas de nuestras montañas, como bañándolas con su sustancia, su humo celestial, por ejemplo, alaban y honra la gloria infinita del nombre sagrado, de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sin que nadie se de cuenta, sólo Dios y sus huestes celestiales del cielo. Y así también de las montañas, los ríos que bajan de sus praderas para terminar en los grandes mares, alaban y honran el nombre de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, a la misma vez. Así las aves de las alturas, como los animales terrestres y los peces y monstruos marinos de los océanos alaban y honran día y noche: el nombre bendito de Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que ésta misma alabanza de gloria y de honra eterna a nuestro Dios y a su Jesucristo llegue al hombre también. Es decir, para que el espíritu de alabar y de honrar a nuestro Dios entonces llegue a todo pecador que mora en la tierra y así despierte su corazón de sus profundas tinieblas, para que no sufra y muera más, sino que vea la vida eterna de su Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Porque la lucha de la creación de Dios y de sus muchas cosas, grandes y pequeñas del cielo y de la tierra, es para escapar de las profundas tinieblas, del espíritu de mentira y de gran error de Lucifer y de sus ángeles caídos y así entonces despertar a la luz verdadera del cielo y del mundo, ¡el Señor Jesucristo! Y la única manera que toda la creación ha de escapar los poderes terribles de las profundas tinieblas del más allá, como las de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, ha de ser que alaben y honren sin cesar, el nombre bendito de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo. Porque de otra manera, toda la creación ha de seguir sumergida bajo el poder de las profundas tinieblas, del espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos, para seguir haciendo más daño al nombre santo de nuestro Dios, en el corazón de todos sus seres creados. Seres creados, como ángeles del cielo y hombres y sus reinos de animales de toda la tierra, en sus diferentes géneros del aire, de la tierra y del mar, también. Fue por esta razón, que nuestro Dios comenzó a derramar del Espíritu de vida, de la sangre santa de su Árbol de vida, desde su lugar santo del reino, como desde el paraíso, por ejemplo, génesis 1:2, para subyugar a cada una de estas profundas tinieblas, de gran mentira y de gran maldad que habita en la tierra. Profundas tinieblas del más allá que habitan, por ejemplo, en muchos lugares de la tierra, y las nubes de los cielos, como las montañas, los arboles, plantas, aves del aire, animales terrestres y peces del mar, desean escapar de cada una de ellas, hacia la luz bendita de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para vivir. Para entonces sólo ver y vivir la luz y la gran bendición celestial de día a día de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos, hacia cada una de todas sus cosas creadas en los cielos, en los mares y en toda la tierra, también. Porque la alabanza al nombre santo de nuestro Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, trae día y noche a nuestras vidas más y más bendiciones de maravillas, de milagros y de prodigios en los cielos y en la tierra, para que nuestros corazones sean benditos en todo momento de nuestras días por la tierra. Y así entonces poder bendecir el nombre de nuestro Dios mucho más que antes en nuestras vidas, para alcanzar más gloria y más honra para nuestro Dios y para el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es por esta razón, que el honrar y exaltar el nombre bendito de nuestro Dios día y noche, en nuestros corazones y en nuestras almas eternas, es de suma importancia para el crecimiento espiritual, corporal e intelectual de nuestras vidas, en la tierra y así también en el reino de los cielos, como en el paraíso, por ejemplo. Y nuestro Dios ha de bendecir tu vida, mi estimado hermano y hermana, ni más ni menos, en la vida perfecta, y llena de su Espíritu, de su Jesucristo, para que tú mismo (y no otro) bendigas su nombre, desde el día que tienes uso de razón y hasta aun más allá de tu nueva vida gloriosa del cielo. Y esto ha de ser realmente en tu nuevo lugar eterno, junto con los ángeles que Dios ha creado por ti, en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial, como en su nueva gran ciudad del más allá, La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. En donde mora la nube celestial de Dios y de su Árbol de vida, la que llena de gloria la casa de Dios y de sus fieles en el paraíso y en toda la tierra, también, como en tu mismo corazón, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si tan sólo le amas a Él, por Jesucristo. LA SHEKINAH (NUBE DEL MÁS ALLÁ) MANIFIESTA LA GLORIA DE DIOS Entonces cuando los que tocaban las trompetas y los que cantaban hicieron oír su voz en unísono alabando y dando gracias a nuestro Padre Celestial; y cuando elevaron la voz junto con las trompetas, los címbalos y otros instrumentos de música los israelitas, en los días del Tabernáculo, en el desierto, por ejemplo, entonces se sentía poder de lo alto. Y cuando alababan a nuestro Dios, diciendo con sus voces en unión, también, o como un solo hombre: "Porque Él es bueno, porque para siempre es su misericordia", entonces la casa de nuestro Dios, en medio de los israelíes, se llenaba con una nube gloriosa, no de nuestro mundo, sino del más allá, como del reino celestial, por ejemplo. Y, en aquel momento, los israelitas no podían continuar sirviendo a su Dios, por causa de la misma nube, de acuerdo a los rituales de ceremonia espiritual, de gloria y de honra hacia su nombre sagrado, en su tabernáculo santo del desierto de Egipto. Porque ésta nube era gigante, mucho mayor y gloriosa que las nubes que solemos ver por nuestros cielos y, además, llenaba todo en su derredor de la misma luz sobrenatural, llena de vida y de la gloria infinita del reino de Dios, por ejemplo. Además, ésta luz divina es la misma que siempre habita en las alabanzas a nuestro Dios, de parte de sus ángeles santos, en el reino de los cielos, cada vez que se unen para honrar y para exaltar su nombre sagrado. Pues así también, en aquel día, ésta misma nube (y no otra) era la que estaba sobre la casa de nuestro Padre Celestial, en el campamento israelí, para honrar la sangre del pacto que se había derramado sobre su altar, con alabanzas santas y honradas al "Cordero de Dios" que quita el pecado de Israel y de la humanidad entera. Todo era gloria, en aquella tarde: Los sacerdotes levitas deseaban aun mucho más que antes servir y alabar el nombre sagrado de nuestro Dios, pero ninguno de ellos podía. Porque la gloria de la nube celestial era demasiado grande y gloriosa entre ellos, en el Tabernáculo del SEÑOR, en el desierto de Egipto. Por lo tanto, en aquella hora, y delante de los ojos de los israelíes, y de los pueblos a la redonda, vieron como la gloria de Dios llenaba la tierra santa del reino de los cielos, cada vez que los ángeles alaban y honran su nombre sagrado. Pues así era, en aquellos días, la gloria de nuestro Dios había llenado su casa de oración para Israel y para las naciones, como se suele llenar el lugar y el altar santo de nuestro Dios en el reino de los cielos, por ejemplo, cuando los ángeles, en sus millares y en unísono: alaban y honran su nombre sagrado. Pues así es también en la vida de todo hombre, mujer, niño o niña del mundo, que realmente alabe y honre a su Dios en su corazón y con sus labios, la nube de la gloria de Dios y de sus ángeles ha de manifestarse en su vida, con grandes poderes de gloria y de honra infinitas, aunque sea invisible. En realidad, la gloria de Dios es su Hijo amado, como siempre, en el paraíso, en el reino y en toda la tierra, también. Y ha de manifestarse en la vida del hombre día y noche para proteger su vida (y la de los suyos) y, a la vez, llenarla de muchas de las ricas bendiciones de la tierra y del más allá, también, para que su alma crezca eternamente y para siempre, en toda verdad y en toda justicia celestial de su Dios. Y esto ha de ser en él (o en ella) desde sus primeros días de vida, en la tierra y hasta una más allá de la nueva eternidad venidera, porque el alma del hombre no tiene limites para crecer, corporalmente e espiritualmente, también. El alma del hombre puede desarrollarse y crecer indefinidamente en la tierra y en el paraíso, también, para que su vida sea grande ante su Dios y Creador de su vida celestial, el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera. Entonces cada vez que el nombre de nuestro Padre Celestial que está en los cielos es alabado y honrado, por nuestros corazones y por nuestros espíritus humanos, al momento lluvias de bendiciones espirituales y terrenales llegan a nuestras vidas del Espíritu Santo de Dios, para ayudarnos a desarrollar y crecer en nuestras vidas infinitamente, para engrandecer su nombre santo eternamente. Ya que, así como los ángeles del cielo, los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, fueron formados sólo para honrar y alabar el nombre del Señor Jesucristo, en el paraíso y en toda la creación, como en la tierra de nuestros días, por ejemplo. Es decir, para que cada uno de ellos, tanto ángeles del reino y hombres de la tierra, honren y alaban por siempre el nombre sagrado de nuestro Dios, por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, "porque esto es felicidad y gozo infinito para nuestro Dios que está sentado en su trono santo, en el cielo". Es por esta razón, que nuestro Dios nos ha entregado de su Espíritu Santo y sin medida alguna, también, para llenar nuestros corazones y nuestras almas eternas de su presencia sagrada y del nombre honrado de nuestra salvación infinita, el Señor Jesucristo. Por lo tanto, la riqueza de la presencia del Espíritu de Dios, llena de sus dones con sus poderes sobrenaturales, es de suma importancia, en nuestras vidas de día a día, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra y aun hasta en la nueva eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos, también. Y estos son muchos de los dones de milagros, de maravillas y de prodigios celestiales y terrenales, que vienen directamente de nuestro Dios, para ayudarnos en todo momento, para lo que necesitemos de Él, en aquel día o aquella hora de nuestras vidas, y entonces superar cualquier situación. Y sólo así le podamos rendir gloria y honra al Él, desde hoy mismo y para la eternidad venidera, en su nueva vida infinita de su Gran Jerusalén Santa del cielo, para todo ángel que ama a su Dios y Creador de su vida celestial y así también para todo hombre, mujer, niño y niña, de la humanidad entera. Ahora, si hoy en día, tú, mi estimado hermano y mi estimada hermana, crees en Dios y comienzas a alabar su nombre santo y salvador de su Hijo, el Señor Jesucristo, entonces ésta misma nube del cielo, llamada la Shekinah, Shekhinah ó Shechinah, por los antiguos israelíes y por el mismo SEÑOR, ha de visitar el templo de tu corazón. Ha de visitar el templo de tu mismo corazón, sin duda alguna, el SEÑOR y su Jesucristo, para llenarte de la gloria de su Espíritu y de sus muchos dones sobrenaturales, para enriquecer tu vida, como jamás hayas sido enriquecido por nada ni por nadie, en todos los días de tu vida por la tierra, hasta hoy mismo, por ejemplo. Y una vez que esta nube celestial del reino de los cielos llega a tu vida, en verdad, jamás ha de abandonarte en todos los días de tu vida ni hasta que entres a tu nuevo lugar infinito, en el reino de los cielos, para comenzar a vivir tu nueva vida celestial, en el más allá. Porque en tu nuevo lugar de vida eterna, realmente, has de vivir con Dios y con su Árbol de vida, llena de los frutos de vida para tu alma y para los millares de las huestes angelicales y de gentes, pueblos, naciones, tribus y reinos de mundos pasados de la humanidad entera de la tierra, que aun viven. DIGNO DE SUPREMA GLORIA Y HONRA ES NUESTRO DIOS Y en el cielo, así como en la tierra, en todos los días de tu vida, desde el día que comenzaste a creer en tu Dios y Creador de tu alma, por medio del Señor Jesucristo, entonces has de alabar y de honrar el nombre sagrado de tu Dios, para que bendiga tu vida cada vez mucho más que antes. Y le dirás así al SEÑOR, en el poder y en la llenura de su Espíritu Santo, en tu corazón y en tu vida, con los ángeles del cielo y almas redimidas, por la sangre de Cristo, en tu derredor: ¡ Grande es Jehová y digno de suprema alabanza, en la ciudad de nuestro Rey, en el monte de su santuario! Además, has de gozarte como los ángeles, por ejemplo, en exaltar y en honrar el nombre sagrado de nuestro Dios, de la misma manera que los ángeles lo han venido haciendo así en sus vidas, desde el día de la creación de los cielos y de toda la tierra, por ejemplo. Porque sólo nuestro Padre Celestial es digno de suprema gloria, desde de nuestros corazones y hasta miles de siglos venideros, en su nueva vida infinita de su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén Santa e infinita del cielo, por ejemplo. Y esta gloria de nuestros corazones hacia nuestro Dios y Fundador de nuestras vidas no se la merece nadie más que Él, que está sentado en su trono de la gracia y de la misericordia infinita, en el cielo. Porque la gloria que ha de salir de nuestros corazones y de nuestras almas redimidas, por la sangre de Cristo, del poder del pecado y de la muerte eterna, de las palabras llenas de mentira y de engaño eterno del corazón y de los labios perdidos de Lucifer, es realmente mayor que la de los ángeles del cielo. Por lo tanto, nuestra salvación eterna de nuestras almas vivientes habla mucho más de lo que nosotros podríamos hablar con nuestro espíritu y con nuestra alma humana, de la gracia redentora de la sangre bendita del Señor Jesucristo, hacia nuestro Dios y a hacia su Espíritu Santo que están en los cielos, por ejemplo. Es más, ésta obra sobrenatural del Señor Jesucristo, la cual fue llevada acabo en su día, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, realmente habla mucho más que nuestras propias palabras, de la verdad y de la justicia eterna, de la vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, ¡ el Señor Jesucristo! Entonces la obra del Señor Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras vidas alaban y honran día y noche el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial, en esta vida y en la nueva vida venidera del nuevo reino de los cielos, aunque jamás nos demos cuenta de esta alabanza, honra y adoración de nuestro espíritu hacia nuestro Padre Celestial. Es por esta razón, que nuestros corazones y nuestras almas eternas siempre han sentido un sentir mutuo, de llegar a conocer a nuestro Dios y a nuestro salvador de nuestras vidas (del poder del pecado y de la muerte del castigo eterno, como el infierno o como la segunda muerte de nuestras vidas, por ejemplo, en el lago de fuego). Pero nuestro Dios no nos ha creado para la gloria del fuego eterno del más allá, del infierno o del lago de fuego, por ejemplo, sino para la vida eterna del cielo. Realmente, nuestro Padre Celestial nos ha creado en la imagen y conforme la semejanza sagrada de su Árbol de vida, su gran rey Mesías, el Cristo de Israel y de las naciones, para gloria y para honra celestial de su nueva vida venidera, en el más allá, de su nuevo reino imperecedero de ángeles y de naciones de gentes eternas. Y estas gentes eternas de Dios somos todos nosotros, hoy en día y por siempre, en toda la tierra, sólo por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Entonces nuestro Dios es digno de suprema alabanza y de gran gloria y honra infinita, de nuestros corazones y de nuestras almas eternas, día y noche en la tierra y por siempre en la eternidad venidera, de su nueva era de vida celestial del más allá. Porque para esto nuestro Dios nos ha levantado y nos ha llamado, a la vez, de las profundas tinieblas de la tierra y del más allá, también, cuando estabamos completamente ciegos y sin vida alguna en toda nuestra sustancia, viviendo en el polvo de la muerte eterna, sin que nadie jamás se compadeciese de nosotros, para nada. Ni menos para darnos vida y su bendición celestial, como nuestro Dios lo ha hecho con cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares del paraíso y de toda la tierra, de nuestros días, también, por ejemplo, para que habitemos sus tierras y así aprendamos a vivir con Él y con su Árbol de vida infinita. Es decir, vivir con su Árbol de vida eterna, rodeado por siempre de su Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, de la vida sagrada, del nuevo reino celestial, como su nueva Gran Ciudad Santa e Infinita, en donde todo lo que tiene vida alaba su nombre santo, eternamente y para siempre. Y esta es La Jerusalén Eterna, la cual nuestro Dios siempre soñó vivir en ella, con sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra; y libre por siempre de los males del pecado, de Lucifer y de sus ángeles caídos y de la gente de la mentira eterna, también. Porque en esta ciudad celestial e infinita no habitara jamás la palabra de mentira de ningún rebelde, como Lucifer ni como ningún pecador o pecadora de toda la tierra, del ayer o de siempre, por ejemplo. Porque por allá, sólo se ha de oír las alabanzas de los millares de hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, junto con los ángeles del cielo, alabando y honrando por siempre el nombre de nuestro salvador eterno, nuestro Padre Celestial. Y nuestro Dios ha deseado desde siempre, que cada uno de sus seres creados sea ángel del cielo u hombre de la tierra, que comience a honrarle y a exaltarle a Él, en el nombre sagrado de su Hijo, el Señor Jesucristo, como ha de ser diariamente en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial, por ejemplo. Porque el que le ama a Él, en el espíritu y en la verdad viviente de su Hijo amado, entonces debería comenzar a hacerlo desde hoy mismo, desde el momento que comenzó a creer en su Dios y Creador de su vida, por medio de su palabra viva y del nombre bendito del Señor Jesucristo, en su corazón. Porque sólo por medio, de la vida sagrada y el nombre bendito de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, entonces nuestro Dios ha de ser exaltado y honrado, a la vez, por los siglos de los siglos, en su nueva eternidad venidera de sus nuevas tierras con nuevos cielos, del más allá. Ciertamente un Dios gigantesco y todopoderoso nos ha creado en sus manos, para que le conozcamos a Él, en el espíritu de amor y de vida infinita de Jesucristo, y sólo así entonces comencemos a honrarle y a exaltarle en su espíritu de amor y de justicia celestial, desde nuestros corazones profundos y hasta aun más allá de la eternidad. Por lo tanto, entendemos muy bien en nuestros corazones, que nuestro Padre Celestial es digno de suprema alabanza y de mucha gloria y honra a su nombre santo, el cual ha tenido por siempre un lugar muy especial en lo profundo de nuestros corazones, desde el día de nuestra formación (espiritual y corporal) y hasta nuestros días, por ejemplo. Y esto ha sido algo muy especial para Dios y para su Jesucristo, por lo cual Lucifer ha intentado cambiar en nuestras vidas, con sus palabras de mentira y de muerte eterna, también, en el paraíso y en todos los días de nuestras vidas por la tierra, desde el día que nacimos en ella y hasta hoy mismo, por ejemplo. Pero nuestro Dios nos ha guardado por siempre, a pesar de los ataques de Lucifer y de su espíritu de error, el enemigo eterno de su vida sagrada y de la vida implacable del Señor Jesucristo, porque nos ama tanto, y nos perdona nuestros pecados, como desde el mismo día que nos saco del lodo de la tierra. Por esta razón, el Espíritu de Dios lucha día y noche, desde los días del génesis de todas las cosas, para que no sea así con ninguno de nosotros, para que no perdamos nuestros corazones en las mentiras usuales de Lucifer, sino todo lo contrario. Y esto que cada uno de nosotros, retengamos ese lugar muy especial de nuestros corazones para el nombre de Dios, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para finalmente muy pronto alcanzar nuevas glorias y santidades perfectas para nuestro Dios, desde nuestros corazones hacia la nueva eternidad venidera. JESUCRSITO HABITA EN MEDIO DE NUESTRA ALABANZA Nuestro Padre Celestial es ciertamente santo. Y como Él no hay otro igual, en el cielo ni en la tierra. Y desde tiempos antiguos: ¡Sólo Él es quien realmente habita entre las alabanzas de Israel y de todo su gentío por toda la tierra! Porque nuestro Padre Celestial es quien se mueve sobrenaturalmente y poderosamente entre los pueblos de la tierra, especialmente como aquellos que aman y adoran su nombre santo y su Ley Inmortal, como Israel, desde los días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. De verdad, nuestro Dios es santo, y cada gloria y honra que se levanta hacia Él, hacia el cielo más alto que su reino celestial, del corazón de los ángeles y así también del corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas, es sumamente santo para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y ésta es una gloria y una honra, que nuestro Padre Celestial jamás ha de compartir con ningún otro ser viviente concebido, por sus palabras, por su nombre o por sus manos santas, por ejemplo, como ángeles del cielo u hombres del paraíso o del mundo. Esta gloria y honra sólo pueden verdaderamente salir del corazón y del espíritu de ángeles y de hombres y de las mujeres de la humanidad entera para honrar y para exaltar el nombre de nuestro Dios que está en los cielos, si sólo creemos en su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo en Jesucristo están todos los poderes de alabanzas y de glorias infinitas para nuestro Padre Celestial que está en los cielos, gozando por siempre de la presencia de su Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles gloriosos y eternos. En otras palabras, cada gloria y cada honra de nuestros corazones que se levanta hacia nuestro Dios, es sólo para exaltar y para honrar mucho más que antes la perfección, la santidad y la gloria infinita de su nombre, en el cielo más alto que el reino de los ángeles y de la humanidad de la tierra, también, como ejemplo. Y cuando esta gloria y honra de nuestro salvador llega a la presencia santa de nuestro Padre Celestial, de parte de cada uno de nuestros corazones, entonces Dios muy bien la recibe con gran gozo y alegría en su corazón y en su alma santísima, para jamás olvidarnos eternamente y para siempre, en la eternidad venidera de su gran reino celestial. Y al instante, Dios mismo transforma estas glorias y honras en muchas bendiciones para nuestras vidas y para mucha más gente en todos los lugares de la tierra, que están necesitados y esperando por Él, por ejemplo, para que alivie sus problemas y dificultades de sus vidas. Y nuestro Dios hace todas estas cosas, y muchas más que nuestras alabanzas de gloria, de exaltación y de honra infinita a su nombre santo, para que entonces nosotros no sólo le sigamos sirviendo y rindiéndole gloria y honra a Él y a su nombre eterno, sino que mucho más que esto. Nuestro Padre Celestial realmente sabe muy bien en su corazón sagrado, que otros también, que no le servían ni le conocían, entonces le han de comenzar a conocer y a rendirle glorias y honras de alabanzas y exaltaciones infinitas, para su vida y para su nombre santo, por ejemplo, en el cielo y por toda la tierra, también. Y así cada una de las tinieblas de las mentiras de Lucifer y de su muerte eterna del ángel de la muerte, en la tierra, en el infierno y en el lago de fuego, entonces son poco a poco, pero seguro, destruidas, para liberar al hombre, de todo mal del pecado y de su muerte eterna, también. Pues destruidas son las profundas tinieblas de las mentiras del pecado mortal de Lucifer y de su espíritu de error, por ejemplo, para que jamás se vuelvan a interponer en contra de las alabanzas y de las glorias eternas, en nuestros corazones y en nuestras vidas celestiales, como la del paraíso, para nuestro Dios y para su nombre santo. Y sólo así entonces nuestros corazones y nuestros espíritus humanos han de ser como los espíritus celestiales de los ángeles del reino de los cielos, libres por siempre para honrar y para exaltar el nombre de nuestro Padre Celestial, en el nombre glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo. Para que entonces muchas de las bendiciones, si no todas, que no podían llegar a nuestras vidas, por culpa de las tinieblas de nuestros pecados, ante Dios y ante su Hijo amado, el Señor Jesucristo, pues entonces ahora el Espíritu Santo nos las entregara en su momento justo y sin más demora alguna. Ciertamente el Espíritu Santo nos las ha de entregar una a una cada día y cada noche de nuestras vidas por la tierra y hasta que finalmente entremos de lleno, a nuestras vidas reales del nuevo reino de los cielos, como en el paraíso o como en nuestra nueva ciudad celestial, La Jerusalén Santa e Infinita del cielo. Y estas son bendiciones celestiales, que nuestro Padre Celestial nos ha entregado a nosotros, para disfrutarlas día y noche en nuestros corazones y en nuestras vidas de nuestro diario vivir por la tierra, para que seamos felices con Él y con su palabra santa, si tan sólo creemos en Él, por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y así cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, podríamos realmente servir y alabar por siempre a nuestro Dios y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en nuestras almas, para entonces poder vivir nuestras vidas, como se vive en el cielo, por ejemplo. De otra manera, seguiríamos viviendo en nuestros pecados para finalmente caer en nuestro mal eterno, en la tierra y en el infierno también, en el más allá. Y Dios no nos ha creado a nosotros, ni menos nos ha entregado de su imagen y de su semejanza santa, para ser luego echados al mundo de los muertos, de las almas perdidas eternamente y para siempre en sus maldades y en sus muchos pecados, en contra de Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque la verdad es que nuestro Dios nos ha creado para que seamos como sus ángeles santos, pero con mayores poderes de honra, de santidad y de gloria infinita, para exaltar y para honrar su nombre santo, en la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y para siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial. Porque nuestro Dios ha estado buscando desde siempre mayores glorias de santidades y de honras a su nombre sagrado, jamás alcanzadas por los ángeles, del reino de los cielos, pero esta vez las ha encontrado en la tierra. Esta vez, con los hombres, mujeres, niños y niñas, de toda la tierra, fieles a Él, por medio de la vida y del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, instalado en sus corazones, entonces esto ha de ser posible, hoy y por siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino celestial, alcanzar nuevas glorias del más allá. Entonces grande es nuestro Dios y digno de suprema alabanza y honras eternas, desde lo profundo de nuestros corazones, para traspasar cielos y horizontes de la nueva eternidad venidera de nuestro Dios y su Árbol de vida eterna, rodeada de ángeles y de su humanidad infinita. Infinita humanidad del cielo, redimida por el espíritu de fe, de la sangre santísima del pacto eterno, entre Dios y el hombre de la tierra, porque el hombre y la mujer que Dios ha creado con todos sus hijos e hijas, no ha de morir jamás, sino todo lo contrario. Cada uno de ellos ha de ver la vida eterna, para honrar y para alabar a su Dios y Fundador de su vida, por los siglos de los siglos, en la tierra y en el nuevo reino de los cielos, como los ángeles lo han hecho a través de los siglos y hasta nuestros tiempos, por ejemplo. LA CREACIÓN ANUNCIA LA OBRA DE LAS MANOS DE DIOS Es por eso, que los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos sagrada día y noche ante la vista atónita de los ángeles del reino y de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en toda la tierra. Porque aun el universo con sus millares de estrellas, planetas, lunas y demás seres celestiales del infinito no se cansan jamás de contar de la gloria de Dios, a todos los que los ven desde la distancia de la tierra y hasta donde su vista los pueda divisar en toda la inmensidad celestial, por ejemplo. En realidad, estos seres celestiales de la inmensidad: alaban y honran al Rey de reyes y SEÑOR de Señores, ¡el Señor Jesucristo! Porque todo lo que ha sido hecho fue hecho por medio de Él, y nada de lo que ha sido hecho, en el cielo y en la tierra, en verdad, no ha sido hecho jamás sin Él. Porque sólo en Él está la verdad, la vida, el camino, la sabiduría, la honra, el poder, la alabanza, el triunfo, la victoria, la adoración, la autoridad y la inteligencia perfecta para hacer todas las cosas de las que se ven y de las que no (se ven) en el cielo y por toda la tierra, también. Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial en el día que decidió crear al hombre de la tierra con sus manos santas, entonces le dijo a su Hijo amado, el Señor Jesucristo con su Espíritu Santo: Descendamos a la tierra y hagamos al hombre en nuestra imagen y conforme a nuestra semejanza. Y así fue, en aquel día histórico nuestro Dios crea al hombre con sus manos santas, por medio de aquel que vive en el cielo y en la tierra, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que los apóstoles y así también toda la gente y los discípulos, cuando veían a Jesucristo, no veían en él a un extraño, sino a alguien en su imagen y en su semejanza humana, con quien se identificaban mutuamente, sin ninguna dificultad visible. Pues así es nuestro salvador celestial, el mismo del ayer, de hoy y de siempre, en el paraíso, en la tierra y hoy en día, otra vez en el nuevo reino del cielo. Pero está vez, en nuevas tierra con nuevos cielos adornado con mansiones celestiales, para todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la tierra, que aman a su Dios y Creador de sus vidas, por medio de Él, su Hijo amado, el Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! Y, hoy en día, como en años anteriores, nuestro Padre Celestial ha deseado formar una nueva vida celestial para sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para que le sirvan y le adoren por siempre, por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque todo lo que nuestro Dios ha de crear de nuevo, ha de ser como siempre, como en el principio de todas las cosas, en el cielo y en la tierra, por medio de la vida y del nombre sagrado de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y sin Jesucristo, nada de lo que Dios desee crear en el cielo y en la tierra lo podrá lograr jamás. Es por esta razón, que el Señor Jesucristo es de suma importancia en el corazón y en la vida, de cada uno de los ángeles y así también de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, para entonces Dios mismo poder regenerarnos, reformarnos, y darnos una nueva vida infinitamente feliz, como la de sus sueños, como ejemplo. Y esta es una nueva vida, totalmente llena de verdad y de justicia celestial, para vivirla para nuestro Dios y para su gran rey Mesías, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en la tierra y en su nuevo reino celestial, en el más allá. En donde los que habitan allí, desde tiempos antiguos y hasta nuestros días, por ejemplo, honran y adoran el nombre sagrado de nuestro Dios y de nuestro Señor Jesucristo, para glorificar sus vidas por siempre sólo en la verdad de la palabra viva y de la gran obra infinita y sobrenatural de redimir a la humanidad entera, de la muerte infernal. Porque es muy importante que día y noche, el nombre sagrado de nuestro Dios sea honrado y exaltado, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que las fuerzas de las profundas tinieblas, entonces dejen de ser en todos los lugares de la tierra: y la tierra sea igual que el cielo en vida, ni más ni menos, para siempre. Y sólo así entonces nuestros corazones y nuestras almas eternas sean libres para servir y para amar mucho más que antes a nuestro Dios y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, todos los días de nuestras existencias, en la tierra y en el paraíso también, para miles de siglos venideros de su nueva eternidad celestial, por ejemplo. Es por esta razón, también, que los cielos y sus seres celestiales, de los que se ven y como de los que no (se ven), en sus millares e incontables, en toda la inmensidad, anuncian en todo momento de la grandeza y de la gloria infinita de su Fundador, el Todopoderoso, el Omnipotente. Para que los ángeles del cielo y así también los hombres, mujeres, niños y niñas, entonces reciban éste gran ejemplo, de honrar y de exaltar aquel que los creo y los puso en su curso de vida, para que verdaderamente conozcan la vida real de su Hacedor, no en las tinieblas del enemigo, sino en la luz de su Hijo. Entonces todos los seres creados por Dios, como ángeles del reino y así también hombres, mujeres, niños y niñas del mundo, están llamados, desde el momento de su creación, como seres vivientes, ha honrar y ha exaltar el nombre de su Dios, para que sus vidas crezcan no en las tinieblas del enemigo, sino en la luz de su Jesucristo. Y, por todo ello, no hay mejor manera de exaltar y de honrar a nuestro Padre Celestial, sino no es creyendo en Él, por medio de la vida y de la sangre bendita de su pacto eterno, ¡el Señor Jesucristo! Porque ha sido su Hijo amado, el Señor Jesucristo, quien realmente ha cumplido toda su voluntad perfecta para bien de muchos y alabanzas santas a su nombre sagrado, en la tierra y en el paraíso, también. Por lo tanto, ha sido el Señor Jesucristo, la alabanza perfecta de nuestras almas eternas, quien verdaderamente se ha "levantado victorioso" en el Tercer Día de la resurrección, para darle vida y salud eterna en abundancia, a todo aquel que crea a su Dios, por medio del Señor Jesucristo, únicamente. Ya que, fuera del Señor Jesucristo, entonces no hay alabanza alguna posible para el corazón del ángel del cielo y así también para el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera. Entonces hoy más que nunca, nuestro Dios desea que todos nosotros aprendamos de su creación y de su firmamento en general, los cuales nos llaman día y noche y sin cesar, ha servirle y ha honrarle a Él, en el espíritu y en la verdad de su vida santa y eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por cuanto, hemos sido creados por su corazón santo, para que le seamos por siempre sólo obedientes a Él, por medio de su Jesucristo. De otra manera, jamás podríamos obedecerle a Él y así cumplir su más santa y perfecta voluntad en nuestras vidas, en el paraíso, en la tierra y de nuevo de regreso al paraíso, a nuestra nueva vida infinita de su nuevo reino celestial, como en su flamante tierra nueva con nuevos cielos, La Gran Jerusalén del cielo, por ejemplo. Y los antiguos entendían muy bien a nuestro Dios, y como llevar acabo su voluntad santa y perfecta en sus corazones, para alcanzar una vida mejor y superior en la tierra y en el paraíso, también, de regreso otra vez a la presencia de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Pues así nuestro Padre Celestial ha redimido del poder del pecado y de su muerte eterna, a todo pecador y a toda pecadora de la humanidad entera. Y, hoy en día, si tú le obedeces también a Él, como los demás lo han hecho a través de los tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo, entonces tú mismo has de ver al Hijo de Dios en cualquier día, como Nabucodonosor lo vio en su día. EL REY DE BABILONIA VIO AL HIJO DE DIOS Y SE SALVO Por ejemplo, vemos como Nabucodonosor, rey de Babilonia, alababa, exaltaba y glorificaba al Rey de los cielos, porque todas sus obras eran para Él, verdad infinita y sus caminos justicia para todos los hombres, mujeres, niños y niñas de sus tierras y de la humanidad entera, de aquellos días y de siempre, también. Porque sólo nuestro Padre Celestial puede humillar a los que andan con soberbia delante de su presencia santa, en el paraíso y por toda la tierra, también. Realmente, Nabucodonosor era un hombre impío, desde los primeros días de su reinado; él no conocía a Dios en su corazón, porque "nadie le había enseñado la verdad y la justicia infinita de su corazón de creer, en el Hijo de Dios, para ser redimido de sus pecados y de su muerte segura en el infierno, en el más allá". Nabucodonosor creía que todo lo que tenia en su reino se lo merecía muy bien, porque había trabajado por todo ello, en toda su vida; además, había derrotado a naciones y a sus ejércitos por doquier, como a Israel, por ejemplo; por lo tanto, su reino era grande y fuerte entre los pueblos de la tierra, en aquellos días. Pero Nabucodonosor jamás se había tropezado con siervos de Dios, que verdaderamente amaban su palabra y su nombre sagrado, a pesar de cualquier oposición, por más terrible que fuese, en la tierra y aun hasta del más allá, también. Y a ellos, Nabucodonosor quiso hacerlos sus siervos, para que adorasen a su estatua de oro puro. Esta era una estatua muy grande que había enviado a sus escultores ha construir, porque la había visto en uno de sus sueños. Por lo tanto, su corazón estaba fascinado por ella, y deseaba tener una igual en todo su reino, como la adoración única de su corazón equivocado (y eternamente perdido sin Cristo en su vida). Para que todos los que vivan con él, entonces se arrodillen ante ella y le rindan gloria y honra, como uno de sus dioses (o el dios de sus propias vidas), por ejemplo, cuando lo contrario era la verdad. Y esto era que sólo el Dios del cielo y de toda la tierra es realmente el Dios soberano de toda vida del hombre y de toda la tierra y de sus cosas, también, así como en el reino de los cielos, desde los días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Entonces los Babilonios, como gentiles que eran, tenían que obedecer al mandato de Nabucodonosor, para no ser condenados a muerte; es más, ellos no podían quejarse ni menos escapar éste decreto tan apremiante para sus vidas, especialmente para los judíos que se encontraban en cautiverio entre ellos, en aquellos días, por ejemplo, y con la Ley Celestial en sus corazones. Y unos judíos, como todos los demás, no quisieron obedecer el edicto del rey; ellos pensaban que aunque estaban en cautiverio, sólo tenían que seguir y servirle al Dios de sus padres, es decir, al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacobo, por ejemplo. Ya que, este es uno de los primeros mandamientos de sus Ley Divina, no arrodillarse ante ningún ídolo en toda la tierra, por ejemplo, para honrarle como a su Dios. Porque sólo un Dios tienen en sus vidas, en el paraíso y en la tierra; y este es el SEÑOR Fundador del cielo y de la tierra; también, conocido como el Señor Todopoderoso, por ejemplo, por todos los hebreos de la antigüedad y de toda la vida, también. Por lo tanto, cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó se negaron rendirle honor a la estatua de oro, del rey de Babilonia, entonces él se enoja con ellos; no sólo con Sadrac, Mesac y Abed-negó, sino con todos los hebreos y hasta con el Dios del cielo y de la tierra, también. Por lo tanto, Nabucodonosor quería ver que se negasen a obedecer su edicto delante de su presencia y de sus oficiales, también. Entonces los mando a buscar, para ver si desobedecían su palabra delante de su presencia y de su trono, como rey supremo de todo el reino de Babilonia. Y cuando Sadrac, Mesac y Abed-negó llegaron ante Nabucodonosor, entonces los oficiales les quisieron hacer que ellos admitiesen que iban a obedecer el edicto del rey. Y ellos les respondieron, diciéndole a Nabucodonosor, que no podían obedecer su ley, de humillarse ante su estatua de oro, porque es contrario a la Ley del Dios del cielo y de la tierra. Y cuando el rey oyó estas palabras de los labios de los tres hebreos, entonces se enojo mucho más que antes; y ordeno de inmediato a sus oficiales a que calentaran mucho más que antes el horno, para echarlos a ellos en él, por haber desobedecido su mandato. No importa, les contestaron los hebreos al rey Nabucodonosor, por cuanto más ordenes calentar tu horno, por haber quebrantado tu edicto, nosotros vamos a seguir sirviéndole al Dios de nuestros padres aun entre el fuego candente de tu horno, señor rey de Babilonia. Y el horno fue calentado siete veces más que antes, que cuando los soldados babilonios los tomaron en sus manos para echarlos, a los tres hebreos, en el fuego del horno, entonces por el poder del fuego ellos fueron consumidos y muertos inmediatamente, pero no los hebreos. Los hebreos entraron en el fuego del horno y caminaban con aquel que los protegía del mal de sus enemigos; éste ser era "el Cordero de Dios", a quien le habían ofrecido sus ofrendas de paz y de amor a su Dios en el cielo; éste es aquel de la sangre del pacto eterno de Israel y del mundo entero. Y cuando Nabucodonosor veía a sus hombres muertos en el suelo y a los hebreos con una cuarta persona, que danzaba y alaba dentro del fuego del horno al Dios del cielo, entonces se maravillo mucho; y no podía creer lo que veía con sus ojos. Entonces Nabucodonosor les pregunto a sus oficiales: ¿No hemos echado tres hebreos al fuego del horno? Y si lo hemos hecho así: ¿Por qué entonces veo un cuarto ser moviéndose con ellos en el fuego? Y éste cuarto pararse ser como el Hijo de Dios. Porque ni él ni los tres hebreos se queman en el fuego, sino que siguen danzando y alabando el nombre de su Dios, como si no estuviese sucediéndole nada malo con ninguno de ellos. Al momento, Nabucodonosor se acerca más al horno, pero el fuego no le hace daño tampoco, como a sus hombres que murieron al instante calcinados, ante la intensidad del ardor del fuego, por ejemplo, en donde habían echado a Mesac, Sadrac y Abed-negó, sin piedad alguna en sus corazones, a sus muertes seguras del horno extremadamente violento. Entonces Nabucodonosor se queda parado en su lugar, a la entrada del horno, mirando hacia los hebreos y el cuarto de entre ellos, que se parecía como al Hijo de Dios en sus ojos y en su corazón, también, pero no sufría daño alguno por causa del fuego aun cuando ardía violentamente para quitarle la vida al momento. Y mirando aun hacia dentro del fuego, entonces Nabucodonosor llama a los hebreos, y les pide que salgan del horno. Mesac, Sadrac y Abed-negó salieron caminando del horno, sin que el fuego les haya hecho ningún mal alguno, ni a sus cuerpos ni a sus vestiduras; ellos estaban parados ante el rey, libres y limpios de toda culpa de pecado o de haber quebrantado alguna ley de Dios o del hombre de toda la tierra. Y el Hijo de Dios no permaneció en el fuego del horno, sino que se volvió a hacer invisible ante los ojos de Nabucodonosor y de su gente de Babilonia. Y Nabucodonosor les dijo a los hebreos, desde hoy mismo toda Babilonia se ha de postrar ante el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-negó, y el que no lo haga que muera entonces. Por lo tanto, como la orden del rey de Babilonia era apremiante, entonces no sólo los de Babilonia ahora servían al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacobo, sino todas las naciones alrededor y hasta aun las muy lejanas también. Porque éste incidente de haber echado a los hebreos en el horno, para que mueran quemados y no murieron, sino que sus hombres fueron los que el fuego del horno mata delante de sus ojos y de su gente, también. Y como también Nabucodonosor y su gente vieron al Hijo de Dios que se movía con los hebreos, para alabar y para honrar el nombre bendito de sus padres, entre en medio del ardor, del fuego violento, entonces no podían negarlo sino sólo aceptarlo en sus corazones y en sus vidas para servirle al Dios, del cielo y de la tierra. Y desde aquel día en adelante, toda Babilonia y las naciones aledañas: alababan y honraban al Hijo de Dios, que había redimido a Israel de la casa de su cautiverio y a Mesac, Sadrac y Abed-negó de una muerte segura, en el horno candente y mortal de Babilonia. Pues así también todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, tiene que alabar y honrar aquel que estuvo muerto, pero que vive por los siglos de los siglos, el Hijo de Dios, ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera! Porque así con su sangre redimió a Israel de su cautiverio eterno en Egipto, y luego redimió muchas veces a Israel de sus enemigos, por el desierto, como por ejemplo, con Mesac, Sadrac y Abed-negó que no dejo que el fuego del horno los quemase, sino que estuvo con ellos hasta que fueron liberados. Pues así también ha de ser contigo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para redimirte del cautiverio del pecado y para salvarte del fuego eterno del infierno, aunque hayas sido echado en él, por las manos de los enemigos de Dios y del nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! LA ALABANZA A TU DIOS, TE HA DE LLENAR DE LA GLORIA CELESIAL Es por esta razón, que los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos de nuestro Padre Celestial: alaban y honran su nombre sagrado, desde el comienzo de sus días y hasta nuestros días, también, en el cielo y en el resto de su creación. Y porque ellos alaban y honran el nombre de nuestro Padre Celestial día y noche y sin cesar, entonces sus corazones y sus espíritus celestiales son repletos de la gloria divina, de la presencia de Dios, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y es ésta gloria, de alabar y de honrar a su Dios, es que los hace a cada uno de ellos eternamente gloriosos y, a la vez, les da esa distinción particular de sus vidas celestiales, en el reino de los cielos, por ejemplo, que los hace ver, como grandes y sumamente santísimos, ante los ojos de toda la creación. Pues así también el hombre, la mujer, el niño y la niña de la tierra, cada uno de ellos es lleno del Espíritu de Dios, cada vez que exalta el nombre de su Dios y de su Jesucristo en su corazón, para gloria y para honra eterna de la vida santa de su Dios, en los cielos. Esto fue lo que le sucedió a Moisés, por ejemplo, después de haber hablado con Dios sobre el Sinaí, por cuarenta días y cuarenta noches; al bajar del Monte su rostro resplandecía con una gloria jamás vista por los hombres; y Moisés tuvo que ponerse un velo sobre su rostro, porque su rostro resplandecía con una gloria estelar. Pues así también el hombre, de hoy y de siempre, si tan sólo le es fiel a su Dios, alabándole y rindiéndole gloria y honra a su nombre santo, en su corazón y en su alma eterna, también, día a día y por siempre, en todos los lugares de la tierra y del paraíso, en el cielo. En la medida en que, la alabanza, al nombre sagrado de nuestro Dios y de su Jesucristo, es para nosotros, también, los que amamos y honramos a nuestro Dios, en nuestras vidas y en todos los lugares de la tierra. Porque cada alabanza del corazón y del alma del hombre es realmente un paso más hacia el crecimiento espiritual de su vida, en la tierra y en el paraíso, de igual forma, para jamás volver a ser el pecador de toda la tierra de siempre, que todo mundo conocía, por ejemplo, en el mundo de la mentira y del mal. Porque las alabanzas de nuestros corazones y de nuestros labios, hacia nuestro Padre Celestial que está en los cielos, son para que nuestros corazones no solamente crezcan cada vez más hacia el conocimiento santo y perfecto de su nombre sagrado, sino también para que nuestras almas sean felices con Él y con su Espíritu Santo, en donde sea que vivamos. Porque la felicidad del corazón y del alma del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, es muy importante para nuestro Dios y para su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que su Espíritu Santo obre con sus dones sobrenaturales en nuestras vidas. Y así ayudarnos a crecer, a cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra, en sus maravillas, en sus milagros y en sus prodigios terrenales y celestiales: porque cada una de estas bendiciones celestiales en nuestras vidas es muy importante, para nosotros poder vivir nuestras vidas normalmente, en la tierra y en el paraíso. Porque para vivir nuestras vidas, en un mundo como el de hoy en día, por ejemplo, se necesita poder, mucho poder del cielo. Por cuanto, el mundo tiene poder de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, y nosotros tenemos poder del cielo, por naturaleza humana, espiritual y divina también; porque hemos sido formados en la imagen y conforme a la semejanza omnipotente de nuestro Dios, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Y estos poderes se oponen el uno al otro, en nosotros y entre nosotros mismos, también, en el cielo y en la tierra, como con Adán y Eva en el paraíso, porque éste es un ejemplo clásico entre el bien y el mal, en la vida del hombre y del Señor Jesucristo, para aprender de estas fuerzas opositoras, por siempre. Por lo tanto, estos poderes sobrenaturales, para edificar y así ayudar a nuestras vidas a desarrollarse con normalidad, han descendido del cielo, desde los primeros días de la antigüedad, como en génesis 1:2, por ejemplo, cuando el espíritu de la sangre bendita del "Cordero de Dios", el Señor Jesucristo ya venia sobre cada uno de nosotros por directriz celestial. Y esto sucedía en toda la tierra, aunque todavía no habíamos nacido del vientre de nuestras madres, por ejemplo, para ayudarnos a levantarnos, del polvo de la tierra y nacer como humanos para vivir día a día nuestras vidas, en el mundo y hasta aun más allá de la muerte, en la eternidad del nuevo reino infinito de los cielos. Entonces todos estos poderes que hemos de recibir día y noche de parte de nuestro Padre Celestial, por medio de su Espíritu y de Jesucristo, han de ser para nosotros aprender a ser fuertes ante el mal y servirle a Él, como nuestro único Dios soberano de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, hoy y por siempre. Y Dios ha de continuar enviándonos de su Espíritu Santo y sin cesar, lleno de sus dones sobrenaturales, porque lo necesitamos para crecer en el servicio sagrado de su nombre, en nuestros corazones, en nuestras almas eternas y en nuestras vidas terrenales y celestiales, también, para la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. Dado que, nuestro Dios muy bien sabe que sin su Espíritu Santo y sus dones sobrenaturales, entonces no podríamos jamás recibirle a Él, ni cantarle a Él, ni menos creer en nuestros corazones y decir con nuestros labios su verdad y su justicia infinita, de que su "Hijo amado" es el Señor Jesucristo, por ejemplo. Es decir, que nadie puede alabar ni darle gloria y honra a nuestro Dios, sino no es por el poder sobrenatural, de la presencia del Espíritu de Dios, en nuestras vidas; es más, nadie podría decir jamás, sin la ayuda del Espíritu Santo, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado, por naturaleza divina e infinita del cielo. Esto es totalmente imposible para el hombre, la mujer, el niño o la niña de toda la tierra, creer en su corazón y decirlo con sus labios para la eternidad, para justicia y para cumplir toda verdad infinita, de que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, el único salvador posible para Israel y la humanidad entera. Como ejemplo, hemos hablado de Nabucodonosor, él era un rey terrible en Babilonia; todo lo que él quería que se hiciese en su reino, entonces sé tenia que hacer, sin tolerar oposición alguna nunca. Su corazón estaba cerrado para Dios, porque jamás había oído hablar de Él; Nabucodonosor sólo conocía su poder, de hacer las cosas a su manera, en todo su reino. Y el que se oponía a él y a su mandato, entonces tenia que ser echado al horno de fuego, para morir condenado. Porque Nabucodonosor no quería compartir su vida con nadie que se le opusiese en su vida, o en su manera de hacer sus cosas. Y siendo así Nabucodonosor, un rey cruel e impío ante Dios y ante toda justicia del hombre y del cielo, Dios cambió su vida drásticamente. Porque llegaron a su vida personas que conocían a Dios y que sólo alababan el poder, la gloria y la honra infinita de su Creador y salvador de sus vidas. Y Dios hizo con los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo que este rey malo e impío, a la vez, ante las cosas de Dios y de su reino, que sus ojos se abriesen para que vean a su "Hijo Celestial", que caminaba entre las llamas ardientes del fuego del horno, como del infierno, por ejemplo, y no se quemaba. Y así salvase su alma del mismo fuego del horno, que muy bien lo pudo haber matado calcinado, sino no hubiese sido por la presencia sobrenatural del Espíritu de Dios y de su Hijo amado, el Cordero de Israel, en aquella hora tan crucial para su vida, en la tierra y en el más allá, también. Dios ciertamente salvo a este rey impío y cruel para entonces glorificar su nombre, en su vida y en todo su reino, salvando así a muchos de sus pecados y de su muerte segura en la eternidad, en el verdadero fuego eterno del infierno, por ejemplo. Pues así como el espíritu de alabanza al Dios del cielo y de la tierra en corazones y en labios fieles a Dios, y no de estatuas de oro o de cualquier material del hombre, ha sido que ha hecho hombres pecadores, como el rey Nabucodonosor, libres de sus tinieblas profundas y de muertes sin fin, en el más allá. Para que vean con sus propios ojos viles al "Hijo amado de Dios", el Cristo de la salvación y de "la alabanza infinita de Israel" y de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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