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| Sábado, 28 de Abril, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) EL LEVANTAMIENTO AL PARAISO DE LA IGLESIA FIEL A JESUCRISTO El advenimiento celestial del Señor Jesucristo, en su segunda aparición en las nubes de la tierra, para levantar a los fieles de su iglesia a la corte celestial de regreso al paraíso, por ejemplo, para empezar a vivir la vida infinita. La nueva vida celestial del Árbol de la vida, la cual gano para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el día de su crucifixión sobre los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva, y en su resurrección en el Tercer Día, de entre las profundas tinieblas del mundo y sus muertos de siempre. El levantamiento de la iglesia, "La Raptura": Un termino profético de nuestro cristianismo, el cual nace con la primera venida de Cristo a Israel, que no se encuentra en la escritura, pero sí su espíritu profético declarado por Jesucristo primero, y más adelante explicado aún más, por el apóstol Pablo, por ejemplo. El Señor Jesucristo dijo: "Si me fuera, no los dejare solos, porque mi Padre Celestial estará con ustedes. Luego volveré y me los llevare al cielo de regreso. Para que dónde yo estoy, ustedes también estén, y vean mi gloria, la cual siempre ha sido conmigo, desde mucho antes de la fundación del cielo y de la tierra. Por otra parte, el apóstol Pablo habla abiertamente de la venida secreta del Señor Jesucristo a Israel, en sus epístolas, para cambiar al mundo drásticamente. Su venida será tan secreta, como un ladrón que se esconde antes de entrar a la casa a robar, por ejemplo, nos revela el apóstol literalmente, sin que nadie sé de cuenta de su presencia ni de lo que se haya llevado. Pues así será la venida del Señor Jesucristo a la tierra, ningún pecador o pecadora le vera, sólo los que tienen su luz, de su palabra y de su espíritu de fe, implantados en sus corazones, en sus mentes y, por supuesto, en sus ojos. Por lo tanto, ellos si le verán descender del cielo para encontrarse con él, para jamás volverse a separar eternamente y para siempre, como sucedió con Adán y Eva en el paraíso, en el día de la rebelión ante el fruto de vida eterna, el gran rey Mesías, el Árbol de la vida del paraíso y de la humanidad entera. La llegada de Cristo es pronto, pero no sabemos cuando, nos manifiesta el apóstol, también. Sólo sabemos que ha de venir al mundo para levantar a su iglesia del ayer y de siempre, de la tierra al cielo. Esto significa que todos los que están durmiendo en el polvo de la tierra, desde la antigüedad y hasta nuestros días, entonces serán los primeros en levantarse, no como polvo, tierra o ceniza de lo que eran en vida sus cuerpos, sino con sus propios huesos, muslos, órganos y la formación exacta de sus personas de toda la vida. Es decir, que cada uno de ellos, tal como era en vida en la tierra, ni más ni menos, volverá a ser el mismo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, de los que han creído en sus corazones y confesado con sus labios su fe salvadora, su nombre celestial de perdón, bendición y de salvación infinita, Jesucristo. Y luego, los que no han muerto, o los que aun no han descendido al hueco de la tierra, de donde salieron con la ayuda de la mano de Dios, se levantaran, en un momento milagroso, todos ellos, en sus millares, en todas las naciones de la tierra, para encontrarse con el Señor Jesucristo en el aire. Y, desde aquel momento en adelante, los antiguos y los modernos, como una familia infinita del cielo comenzara su nuevo ciclo de vida celestial, la cual no conocerá el fin de sus nuevas vidas, eternamente y para siempre, porque Lucifer y sus mentiras ya no estarán en sus corazones, sino sólo la palabra de la Ley Divina del paraíso cumplida. Pero antes que todo esto acontezca, de acuerdo al apóstol, entonces el anticristo se manifestara al mundo con sus mentiras y rebelión terrible en contra de Dios y de su Jesucristo; es decir, que la fe, en el nombre del Señor Jesucristo, en los corazones que aman a Dios y su nueva vida celestial, sufrirá mucho, por un corto tiempo. Entonces cuando el tiempo del anticristo y de su espíritu rebelde a la fe, de Dios y de Jesucristo, haya llegado a su culmine, el cielo nos volverá a dar a Jesucristo por segunda vez. Y esta vez, será para levantar de la tierra y de sus tumbas a los antiguos y unirlos con los que aun viven en la tierra para estar por siempre con el Señor Jesucristo, en el paraíso o en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá. Y, es por esta razón, que el Espíritu de Dios trae a tu vida, una vez más, y como de costumbre, la palabra de su Hijo amado, para que lo recibas en tu corazón, por medio de la oración de fe, ante Él, en el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para recibir tu perdón y salvación, para la eternidad. Y así entonces estés listo para este gran día que llegara a tu vida, de un momento a otro, con el sello de la vida eterna del Señor Jesucristo (y no del anticristo, como el 666, por ejemplo), para levantarle al cielo, para unir y sellar tu cuerpo con tu alma a la nueva vida celestial e infinita del paraíso. Porque el Señor Jesucristo viene ya, para cumplir su promesa de un reino mejor para Dios y para sus seres amados, ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas del paraíso y de la humanidad entera. Y nuestro Padre Celestial ha esperado, con gran paciencia y mucha fe, en su corazón santísimo, siempre centrada en tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para que creas en tu corazón y confieses con tus labios tu resurrección y la salvación celestial de tu alma, en Jesucristo, Señor nuestro, en la tierra y en el paraíso, infinitamente. Es por eso, que Jesucristo viene por ti y los tuyos, muy pronto, como ya, por ejemplo, en un abrir y cerrar de ojos, si sólo crees en Él, en tu corazón. EL SEÑOR JESUCRISTO DESCENDERÁ DEL REINO DE LOS CIELOS Pues bien, a su debido tiempo, el Señor Jesucristo mismo bajara andando del cielo con gran griterío celestial, con voz de arcángel y con trompeta de Dios delante de él; y los muertos en su nombre salvador, como el Hijo de Dios, entonces resucitarán primero, para ver la luz de su nuevo día sin fin, en la nueva eternidad venidera. Ellos vivirán infinitamente, porque el Señor Jesucristo vive en su perfecta luz, en sus corazones y en sus almas eternas, desde el momento que creyeron en él; por tanto, ya no son de las tinieblas de las tumbas de la tierra, ni del "sello 666", sino de la luz del paraíso y del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! Porque la palabra de verdad y de justicia infinita reina en sus vidas, como así reina en Dios y en cada uno de sus ángeles celestiales, por ejemplo, para jamás volver a ver tinieblas, sino sólo la luz del cielo y de su paraíso infinito. Y luego nosotros, los que vivimos y habremos quedado aun en la tierra, como tú y yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, entonces seremos levantados juntamente con ellos en las nubes, para formar una sola familia celestial e infinita, para el reencuentro final con el Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el paraíso. Y, así estaremos siempre con el SEÑOR, por los siglos de los siglos, en la nueva eternidad venidera del nuevo reino de los cielos, en donde sólo hay vida infinita, para los que aman: la paz, la vida, la justicia y la salud divina de sus corazones y de sus almas eternas, también. Es decir, en donde sólo vive el gozo, la gloria y la felicidad perpetua de cada ángel del cielo y así también de cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, para vivir y para conocer eternamente de corazón a corazón a su único Creador infinito de su nueva vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Porque nosotros hemos de conocer al SEÑOR cara a cara, tal como Él siempre ha sido (y como ha de ser) en su vida infinita del reino celestial, de ángeles y de su nueva humanidad inmortal de todas las naciones, de las que hayan sido redimidas por el nombre y por la palabra redentora de la Ley cumplida, en Jesucristo. Y este conocimiento infinito y siempre creciente en nuestros corazones de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, al pie de la letra, sólo puede venir a nosotros día y noche en nuestras almas inmortales, por medio de la luz celestial e infinita de nuestro gran rey Mesías y salvador de nuestras vidas eternas, ¡el Señor Jesucristo! Además, sin el Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones y en nuestros espíritus eternos, entonces jamás podremos realmente ver a nuestro Padre Celestial, ni menos conocerle en nuestras vidas, por la abundancia de nuestras tinieblas y de nuestros pecados mortales, también. Hemos de seguir ciegos, perdidos entre las tinieblas de las llamas de la ira de Dios, en el infierno y en el lago de fuego, si Cristo no viene a nosotros y nos toca con su nombre sagrado y milagroso, para ayudarnos y llenarnos de él y de su espíritu viviente y de poderes, en la tierra y el paraíso. Por lo tanto, sólo en la luz divina del gran rey Mesías es que realmente podremos comenzar a conocer a Dios día a día y hasta que finalmente le podamos ver personalmente en su nueva vida infinita del reino celestial, para jamás volvernos a separar de Él, eternamente y para siempre. Por eso, anímense los unos a los otros con estas palabras de gran jubilo y de gloria celestial, para sus corazones y para sus almas eternas, que han descendido del cielo para encender la luz de Cristo en sus espíritus, y así ninguna tiniebla de mentira vuelva jamás a habitar en sus cuerpos, corporales e espirituales, eternamente y para siempre. Porque la verdad es que, sea ángel del cielo u hombre o mujer del paraíso o de la tierra, si no tiene a Cristo en su vida, entonces no vivirá jamás delante de su presencia para verlo, ni menos para conocerlo al SEÑOR, como sólo Cristo le conoce, desde el comienzo de las cosas aun mucho antes de la inmortalidad. Además, porque para Dios no hay mayor jubilo delante de su presencia, sino de ver al hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, creyendo en su corazón y sólo así honrando en su alma viviente: al dador de la vida eterna, el Señor Jesucristo, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial. Por cuanto, nuestro Dios crea a los ángeles y así también a los hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones, para que conozcan en sus corazones a su Jesucristo, para sólo así entonces él darse a conocer a cada uno de ellos, en sus millares, en el cielo y en la tierra, por medio de Él, para la eternidad. Es por eso, que cada vez que un pecador o una pecadora se convierte a la luz del Señor Jesucristo en su corazón, entonces hay jubilo y gran gozo en el reino celestial con Dios y con su Árbol de vida, rodeado por siempre de su Espíritu Santo y de sus huestes celestiales, en sus millares. Y estas alabanzas de gloria y de honra infinita del Espíritu Santo y de su Árbol de vida, rodeado de sus millares de ángeles del cielo y de los hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por la sangre Cristo, son las que hacen nacer nuevas santidades infinitas para Dios y su nombre santo, en las vidas de sus fieles celestiales. Por ello, ésta es una fiesta para los hijos e hijas de Dios, redimidos por los poderes sobrenaturales de la sangre del pacto eterno del Señor Jesucristo, la cual jamás terminara en el corazón, de cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del reino celestial y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y éste es el reino celestial, lleno de vida y de alabanzas de glorias y de honras infinitas, de la cual nuestro Padre Celestial siempre soñó, para sus ángeles y para su humanidad infinita, para alegrar e enriquecer por siempre con grandes bendiciones de honor y de santidades especiales y perpetuas para su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque todo lo que Dios crea con su palabra y así también con su nombre y con sus manos sagradas será para enriquecer, aun mucho más que antes, la vida gloriosa y eternamente sagrada de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, por medio de millares de ángeles, en sus diferentes grados de glorias y de grandezas espirituales. Pues así también con todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, de todos los tiempos del paraíso y de la tierra de nuestros días, por ejemplo, para que jamás le dejemos de servir a Él, el Dios del cielo y de la tierra, y a su Hijo amado, el Cristo, en la nueva eternidad infinita. Es por eso, que en Cristo Jesús, Señor nuestro, todo aquel que haya creído e invocado su nombre santo con sus labios y en su corazón, entonces tiene vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también, para miles de siglos venideros, en el nuevo más allá de Dios y de sus huestes angelicales. Y esto es verdad en el hombre, en la mujer, en el niño y en la niña, de buena fe y de buena voluntad de la tierra, de hoy en día y de siempre, porque el Señor Jesucristo vive en sus vidas, para jamás volverse a separar de Él, como Adán y Eva lo hicieron por error, en el paraíso. Por lo tanto, ya no vive el enemigo de toda verdad y de toda justicia en esa vida humana del hombre o de la mujer, como Lucifer o como cada una de sus mentiras y de sus maldades eternas, también, por ejemplo, del más allá y del fuego eterno, sino que sólo Cristo vive en él y en ella, infinitamente. Además, su vida ya no es una vida antigua, vil, llena de tinieblas, perjuicios y ofensas, sino "una vida llena de la luz de la imagen y de la semejanza perfecta del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo", mirando siempre hacia la nueva eternidad venidera, para jamás volvernos a separar de Dios y de su voluntad perfecta. Y esta voluntad de Dios, así como es en el cielo, entonces será por fin en la tierra, de todos nosotros vivir con Él, en su perfecta paz, amor, justicia, felicidad y conocimiento absoluto de su vida celestial, en nuestros corazones y en nuestras mismas almas infinitas, también, eternamente y para siempre. Es decir, que sólo el Señor Jesucristo y su amor celestial e infinito de su Padre Eterno, es en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en toda la vida de la tierra, y así también seguirá siendo en la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos, de nuevas tierras y de nuevos cielos indelebles, eternamente y para siempre. Entonces esperamos, hoy más que nunca, el pronto regreso del Señor Jesucristo a la tierra, para levantarnos junto con Él hacia la nueva vida eterna, en donde nuestro Dios nos espera ansioso de vernos y de abrazarnos con un brazo eterno, el cual no terminara jamás en ninguno de nosotros, en nuestros millares, en toda la humanidad celestial e infinita. TENEMOS UN GRAN MISTERIO DE LA REAPARICION DE JESUCRISTO He aquí, que les manifiesto un secreto muy grande, por cierto, escondido en el corazón de nuestro Dios y su escritura, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, en tu misma vida infinita, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y esto es que realmente: No todos dormiremos entre las profundas oscuridades de la tierra, como muchos piensan, por no variar, sino por lo contrario. Nosotros mismos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final del archiángel, en el cielo y en todos los lugares de la tierra, también. Porque sonará la trompeta en el día señalado del SEÑOR, y los muertos serán resucitados sin corrupción de pecado alguno en sus cuerpos de siempre (y no en ningún otro cuerpo no conocido por la persona resucitada, de entre las profundidades de la tierra). Todos los antiguos, comenzando con Adán y Eva, volverán a vivir y a respirar el aire de la tierra, como antes, como en el comienzo de sus primeros días de vida, por ejemplo. Y nosotros mismos los veremos y nos maravillaremos del poder y de la gloria infinita de Dios y de su nombre santo y milagroso, el Señor Jesucristo. Espantados veremos con nuestros propios ojos, el milagro divino, como los que viven en el polvo de la muerte y entre sus oscuridades eternas, se levantan otra vez, con sus mismos cuerpos de siempre, para volver a caminar en la tierra y hablar entre ellos mismos, de sus pensamientos y de sus conocimientos delante de Dios y de su Jesucristo. Ciertamente ellos mismos vivirán, porque creyeron a la verdad y no a la mentira fatal de Lucifer y de sus ángeles caídos; por lo tanto, nosotros, los que estamos aun vivos, en un instante del poder de la resurrección, entonces seremos transformados milagrosamente, como con el mismo cuerpo, sangre y espíritu de vida y de salud del Árbol Viviente. Y viviremos eternamente, porque el pecado original de Adán y Eva ya no nos hace daño más ni nos retiene en su tumba, sino que la gracia y la misericordia infinita de nuestro Dios y del Señor Jesucristo nos han de dar vida en abundancia, para que solamente conozcamos la vida y la salud celestial, del nuevo reino infinito. Es por esta razón, que nuestro Señor Jesucristo ha de regresar a nosotros, con gran pompa y gloria celestial del reino, porque el ángel tocara su trompeta al mando universal de Dios, para que todo empiece de nuevo en la vida de los ángeles del cielo y así también para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Porque nuestro Dios decidió empezarlo todo de nuevo, en la vida de los ángeles y así también de Adán y de cada uno de sus descendientes, desde mucho antes del día de la rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos, en el reino de los cielos, por ejemplo; puesto que, nuestro Dios es omnisciente, omnipotente, y, además, omnipresente. Es decir, que Dios lo sabia todo, lo conocía todo, lo entendía todo y hasta ya lo había vivido todo nuestro futuro, también, día a día y aun hasta la nueva era venidera de su nuevo reino celestial, sólo en la vida gloriosa y perfecta de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esto es un milagro interminable en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la creación de Dios, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, el cual nosotros vivimos diariamente y aun así no entendemos con nuestros sentidos humanos, pero sí en el espíritu de la fe, del nombre del Señor Jesucristo. Y entenderemos todo lo que nuestro Dios ha hecho con nosotros, cuando el Señor Jesucristo nos transforme en su cuerpo y en su espíritu glorificado de la nueva vida infinita del reino de los cielos, por ejemplo. Porque por esto el Señor Jesucristo regresa a la tierra, para levantarlos al cielo en nuestros mismos cuerpos humanos, pero glorificados sobrenaturalmente en los dones de los poderes milagrosos de su sangre santísima, la cual nos limpia del pecado y, a la vez, transforma nuestros cuerpos y almas eternas, como la de Cristo, ni más ni menos, para la eternidad. Por lo tanto, nuestro Dios nos conoce muy bien, desde mucho antes de habernos formado en sus manos y, también, después de habernos redimido por los poderes sobrenaturales de la sangre y de la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es decir, también, que para nuestro Dios no hay nada que él no conozca: en el pasado, en el presente ni menos en el futuro; él ya vivió todo, en cada uno de sus seres creados, como ángeles del cielo y hombres del paraíso y de la tierra, en la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, el Cristo. Y nuestros cuerpos glorificados en la sangre del Señor Jesucristo, nuestro Padre Celestial los conoce muy bien, de pies a cabeza y de adentro hacia fuera, también, para vivir eternamente y para siempre, nuestra nueva vida infinita en las nuevas tierras y en los nuevos cielos. Y aunque todo esto es verdad, y un profundo misterio, a la vez, en los poderes sobrenaturales de la naturaleza divina de nuestro Dios, en su omnisciencia, en su omnipotencia y en su omnipresencia absoluta en toda su creación y en su eternidad infinita, no ha podido realmente hacer mucho por sus seres amados, por razones de su Ley. Realmente, nuestro Dios no podía hacer mucho por nadie por ángeles del cielo ni por la humanidad entera, hasta que su Ley sea cumplida en la vida de su gran rey Mesías y en los cuerpos cruzados de Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para ponerle fin al pecado. Y sólo así entonces empezar su nuevo reino celestial, en la nueva eternidad venidera de ángeles y de su humanidad infinita, lavada por la sangre del pacto eterno y rodeando siempre para comer y beber de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Dado que, éste pecado de la transgresión de la Ley del paraíso tenia que terminar, no sólo en el cuerpo de Adán y Eva, sino también en el poder de la sangre redentora y todopoderosa del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!, por razones de justicia y de verdad infinita, en su nueva eternidad venidera, de su nuevo reino celestial. Y luego así empezar todo de nuevo, con cada una de sus criaturas, como si jamás hubiese sucedido nada malo entre sus ángeles del cielo y con sus hijos e hijas de la humanidad entera, desde el paraíso y hasta el día final de vida de todo hombre, mujer, niño y niña de humanidad entera, en toda la tierra. Ahora, cuando los muertos se levanten de sus tumbas, por muchos años que lleven en ellas debajo de la tierra, será un milagro poderoso; será porque el poder del pecado de la transgresión de la Ley del paraíso ya no tendrá efecto alguno en ninguno de ellos, porque el mismo Señor Jesucristo pago con su misma vida, su precio eterno. Entonces cuando esto suceda, los que se encuentran aun vivos en la tierra serán elevados a los cielos, por el poder sobrenatural de la palabra de la Ley y del nombre sagrado del gran rey Mesías, porque el poder del pecado de su transgresión en contra de la Ley ya no tendrá efecto alguno, en ninguno de ellos, para siempre. Y, desde entonces, hemos de estar con nuestro Dios y con su Árbol de vida eterna, para vivir la eternidad, llenos de gozo y de felicidad infinita, de haber sido hechos libres del poder del pecado en contra de la Ley y de su castigo eterno entre las llamas ardientes del infierno y del lago de fuego, por ejemplo. Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo les enseñaba a sus discípulos a que se alegren mucho en sus corazones, porque sus nombres están escritos en "el libro de la vida eterna", en el reino de los cielos; y más no que se alegren, porque tienen poderes sobrenaturales en su nombre, en contra de Lucifer y de sus ángeles caídos. Pues aun mayor es el gozo del corazón de Dios, de ver a sus hijos e hijas con sus nombres escritos, en su libro eterno del nuevo reino celestial, antes de verlos enseñorearse o apoderarse de Lucifer y de cada una de las posesiones o riquezas de sus seguidores de la gran mentira y de la maldad eterna, por ejemplo. Porque cada una de estas riquezas que Lucifer le presento al Señor Jesucristo "en el día de la tentación", cuando le mostró el mundo y sus muchas riquezas, entonces el Señor Jesucristo las rechaza categóricamente, y le dijo a Lucifer: Al Señor tu Dios servirás, y a él sólo honraras todos los días de tu vida, eternamente y para siempre. Por lo tanto, la mayor riqueza que el hombre, la mujer, el niño y la niña, de la humanidad entera y de todos los tiempos, podría tener en su vida terrenal y celestial, a la vez, no serán sus riquezas materiales, las cuales son muy importantes para su vida y para los suyos, también, siempre, sino mucho más que estas. Y estas son riquezas del paraíso, las espirituales, como la de los ángeles del cielo, por ejemplo, de tener al Señor Jesucristo viviendo en sus corazones y sus nombres escritos, en "el libro de la nueva vida infinita" del nuevo reino de los cielos, en el más allá aun mucho más alto que el reino de los ángeles, por ejemplo. Porque los ángeles del cielo, en sus diferentes rangos de honra y de gloria infinita para Dios y para su Espíritu Santo, también, desean ascender al cielo más alto que el reino antiguo de los cielos, por los poderes sobrenaturales del Señor Jesucristo, para vivir con su Dios y Fundador de sus vidas, mucho más cerca que antes. En la medida en que, nuestro Padre Celestial ha formado nuevas tierras con nuevos cielos aun más allá del antiguo reino celestial, en donde el pecado ni su maldad eterna jamás han entrado, ni entraran eternamente y para siempre, para gloria y para honra infinita de su nombre santo, para miles de nuevos siglos venideros, en el más allá. Por eso, aliéntense cada uno de ustedes, de los que creen en la verdad, la justicia y la salvación infinita de la gracia y del amor manifestado de Dios y del Señor Jesucristo, en el día de la crucifixión y en el día de su resurrección de entre los muertos, de debajo de la tierra, para entrar al cielo. De ahora en adelante, canten sólo salmos y honren por siempre, en sus corazones y en sus almas eternas el nombre bendito de nuestro único gran rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo!, para que vean la vida y la salvación infinita del nuevo reino celestial, en el nueva eternidad venidera de Dios y de su Árbol de vida infinita. Y estas nuevas tierras eternas no esperan de ti que lleves nada del mundo, salvo el nombre del Señor Jesucristo y de su palabra viviendo en tu corazón y en tu alma, para seguir viviendo la vida, contento y feliz con tu Dios y tu Árbol de vida, ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera, el Señor Jesucristo! Entonces espera al Señor Jesucristo con su nombre sagrado en tu corazón, porque viene por ti, en un segundo, por amor a Dios y al Espíritu de su Ley Sagrada, para empezarlo todo de nuevo en tu vida, pero con mayores bendiciones del cielo y de la tierra, que antes. ESPERAMOS, PUES, EL REGRESO DE EL REY DE LA RESURRECCIÓN, CRISTO Entonces esperamos día y noche descender de los cielos a su Jesucristo, a quien resucitó de entre los muertos y nos libra de la ira venidera, desde el momento que creemos en él e invocamos su nombre santo y milagroso, para nuestros corazones y para nuestras almas vivientes, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Porque sólo a Jesucristo tenemos en el cielo, quien realmente vela por el bienestar de cada uno de nosotros, en la tierra y, quien regresara a Israel, para volvernos a bendecir con sus más ricas y gloriosas bendiciones de paz, amor, gozo y felicidad infinita, de conocer su nombre enteramente en nuestros corazones y en nuestros cuerpos humanos, también. Puesto que, si realmente nosotros llegamos a conocer su nombre santo y sumamente milagroso en nuestros corazones, así como los ángeles del cielo le conocen desde siempre, desde el día de su formación por los poderes sobrenaturales de su palabra y de su nombre santo, entonces nosotros comenzaremos a vivir verdaderamente la nueva vida infinita del nuevo reino celestial. Y sólo así entonces ya no sufriremos más, como antes, como de costumbre, por culpa del pecado y de sus tinieblas actuando peligrosamente, en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también, por falta del conocimiento sagrado de su nombre santo en nuestro diario vivir, en un mundo lleno de las profundas tinieblas de las mentiras de Lucifer, por ejemplo. Porque nosotros hemos sido creados por las manos de Dios para vivir con él y más no (vivir) en un mundo lleno de las mentiras del corazón malvado y de los labios pecadores de Lucifer y de sus seguidores fieles, como ángeles caídos y gentes de la gran mentira y maldad eterna, por ejemplo, en toda la tierra. Es decir, que de estos son de los enemigos de Dios (y amigos de lo ajeno), de los cuales se presentan día y noche, en todas las naciones de la tierra, con sus corazones llenos de tinieblas para robar, matar y destruir toda vida humana, con el fin de quedarse con sus posesiones, sea lo que sea de ellos. Es por eso, que el Señor Jesucristo les decía a sus discípulos siempre: De que le vale al hombre ganar todo el mundo, y luego perder su alma, eternamente y para siempre, en el fuego eterno del infierno. ¿O conque podrá pagar jamás el precio tan grande de la salvación de su alma eterna, en la tierra o en el más allá? Y, la respuesta a ésta pregunta del Señor Jesucristo hacia ellos (y de la humanidad de todos los tiempos), fue él mismo siempre delante de sus ojos ciegos, ciegos por sus pecados y por sus muchas tinieblas, pero muy pocos lo entendieron así en sus corazones. De hecho, entendieron al Señor Jesucristo en todas sus palabras, porque el Espíritu de Dios les ayudaba a entender lo entendible por el espíritu humano del hombre pecador y perdido en las profundas tinieblas de su corazón, sin Cristo y sin su justicia celestial e infinita para su alma eterna. Porque los viles le veían con sus ojos, pero no su luz; le oían con sus oídos, pero no su verdad; le veían hacer grandezas para el bien de muchos desdichados, por el nombre del SEÑOR, pero no veían la mano de Dios en su vida santa y sumamente honrada en la tierra y en el paraíso, para la eternidad. Todos estaban muertos en sus delitos y pecados delante de su presencia sagrada y no le podían ver como uno de sus mejores amigos de sus vidas, para perdonar sus pecados y sanarlos de sus males, concediéndoles así su salvación gratuita, si tan sólo alzaban sus ojos a él, en aquellas horas finales y cruciales para sus almas eternas. Sin embargo, el pueblo de Israel y con sus gentes de otras naciones viviendo entre ellos (o visitando sus tierras) por amor al nombre del SEÑOR, entonces le veían con sus ojos y también su luz; le oían sus palabras y entendían su verdad; le veían hacer grandezas y observaban en él, la mano gloriosa y todopoderosa de Dios moverse. La mano sagrada del Dios del cielo y de la tierra haciendo grandes milagros, maravillas y prodigios sobrenaturales para el bienestar de muchos de Israel y de los de afuera, también, para gloria y para honra de su nombre santo, en sus corazones y en los corazones de los demás, en todos los lugares del mundo entero y hasta siempre. Y, de estos son, en sus millares, no sólo de las tribus de la casa de Israel, sino de las familias de las naciones de toda la tierra, a las cuales Dios mismo les manifestara su gloria infinita de su nuevo reino celestial e infinito, en el más allá, cuando el Señor Jesucristo los levante al cielo. En la nueva vida eterna, en donde ellos sólo conocerán a su Dios y Creador de sus vidas, por medio del fruto de la vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, como debió de ser así con cada uno de ellos, desde el comienzo de todas las cosas, en el paraíso, como con Adán y Eva, por ejemplo. Dado que, sólo en los poderes sobrenaturales de la vida y de la gracia perpetua del Señor Jesucristo, entonces será que todo hombre, mujer, niño y niña de todas las razas, familias, tribus, pueblos y reinos de la tierra, vean por fin con sus propios ojos y almas eternas: la vida infinita del paraíso y del nuevo reino celestial. De otra manera, ninguno de ellos, sea judío o gentil, en verdad, jamás podrá ver la vida eterna del reino infinito; así como Adán y Eva, por ejemplo, a ellos Dios los llamo a comer de su fruto de vida eterna, para que puedan ver la vida infinita de su nuevo reino celestial, pero no entendieron así, nada de nada. Ambos, así como sus descendientes, jamás entendieron ninguna de las cosas de lo que Dios les hablaba en aquella hora de aquel día eterno del corazón de todo hombre; por eso, entrambos tropezaron y murieron en sus pecados y espíritu rebeldes al nombre del Señor Jesucristo, el fruto de la vida del Árbol de Dios y de sus ángeles celestiales. Por ende, Dios tiene cosas grandes y sumamente gloriosas para cada uno de ellos, en sus millares, de todas las naciones, comenzando con Israel, para los que le entienden a él, su Dios y Señor de sus vidas, sólo por medio de su Jesucristo, entonces vivan gozosos y felices de su nombre sagrado viviendo en sus corazones infinitos, desde ya. Porque fuera de la vida y de la gloria perpetua del Señor Jesucristo, entonces ningún ser viviente del cielo, sea ángel del reino u hombre o mujer del paraíso o de la tierra, no podrá jamás entender en su corazón a su Dios y Fundador infinito de su vida y de su alma, en la tierra ni en el paraíso. Porque sólo por medio de la vida y del espíritu glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo es que realmente todo ángel del cielo y así igual todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, podrá ver, oír, sentir y entender al Dios de su vida, en esta vida y en la venidera, también, eternamente y para siempre. Y, es precisamente por ellos, sea que vivan o no, por lo cual Dios envía a su Jesucristo de regreso a Israel, para elevarlos muy en alto, en el poder sobrenatural de su mismo Espíritu, para que vuelvan a ver la vida, no tanto como antes en la tierra rebelde, sino como la del cielo y de su paraíso infinito. Y este Espíritu de Dios, quien levantara a todo hombre, mujer, niño y niña, de entre las entrañas del mundo y de sus muertos, es el mismo que levanto al Señor Jesucristo en el día de la resurrección, para volverle a dar vida, en la tierra y en el nuevo reino angelical y de su Nueva Jerusalén Infinita del cielo. Entonces debemos vivir felices, porque Cristo nos ama; y él nos lo demostró, cuando siendo nosotros pecadores y reos de juicio eterno, pues aun así entrego su vida por cada uno de nosotros, sobre la cima de la roca eterna, clavado a los arboles cruzados de Adán y Eva, para que no suframos la muerte jamás, sino por lo contrario. Y esto es de que sólo vivamos la paz y la gloria de la felicidad infinita, en nuestros corazones y en nuestras almas, de que algún día no muy lejano, hemos de ver a nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, para llegar a conocerle tal como él es: "Nuestro Padre Eterno" para todos nosotros, eternamente y para siempre. Y esto ha de ser sólo como Él siempre deseo que sea así en su corazón y en su alma santísima, para ver por si mismo su imagen y su semejanza perfecta en cada uno de nosotros, como su linaje celestial, gracias a la perfección de Cristo, en nuestros millares en la tierra, comenzando con Adán, en el paraíso, por ejemplo. Porque sólo nosotros, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por el espíritu de la fe, de la sangre del pacto eterno de Jesucristo, es, que realmente somos los hijos legítimos e hijas legitimas de su imagen y de su semejanza perfecta, para la nueva era venidera, de su nuevo reino celestial (y más no los ángeles sagrados). VIGILEN, PUES, EN TODO TIEMPO: POR EL REGRESO DE JESUCRISTO Por lo tanto, salvaguarden en todo momento, orando que tengan fuerzas para escapar de todas estas cosas que han de suceder, y de estar en pie delante del Hijo de Dios, también, para glorificar y honrar por siempre en nuestros corazones, al Dios del cielo y de toda la tierra, ¡al todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Porque todos hemos de subir al paraíso, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus, naciones y reinos de la tierra, para honrar y para glorificar, eternamente y para siempre, a nuestro Padre Celestial y a su nombre santo, junto con cada uno de sus millares de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, del reino de los cielos. Pues esta es la voluntad de nuestro Dios, desde el comienzo de todas las cosas, en el más allá, para que vivamos con él y con sus huestes angelicales, como en una gran familia infinita, la cual jamás conocerá el pecado ni la muerte, sino sólo la vida del Árbol Viviente, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y es esta misma vida, sin duda alguna, por la cual, invito a Adán a vivirla con Él en el paraíso; y, hoy en día, te invita a ti con cada uno de los tuyos, también, para que la hagas tuya, sin tener temor alguno, a que te la arrebaten, como lo hizo Lucifer con mentiras al corazón de Adán. Y si aceptas esta vida eterna de Dios y de su Hijo amado, en verdad, vivirás seguro eternamente y para siempre, en la tierra, en el paraíso y en el nuevo reino de los cielos, como en la gran Jerusalén Celestial, por millares de siglos venideros de la nueva época venidera de Dios y de su Árbol de vida infinita. Entonces sólo así conocerás profundamente la verdad y la justicia celestial, las cuales te llevaran a conocer la vida eterna, con gran gozo en tu corazón, tal como Dios y cada uno de sus ángeles celestiales la conocen en profundos detalles sobrenaturales en sus corazones, sólo posible en el fruto de la vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! En la medida en que, sólo en el Señor Jesucristo realmente hay perdón, gozo, felicidad, paz, sabiduría y muchas cosas grandes y sumamente gloriosas para nuestro Padre Celestial y así también para cada uno de sus ángeles, hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, sin jamás hacer excepción de persona con ninguno de ellos, eternamente y para siempre. Y aparte del Señor Jesucristo, nuestro Dios jamás podrá ser feliz y vivir su vida santísima con cada uno de nosotros, en el paraíso ni en su nueva vida de nuevas tierras y nuevos cielos de la eternidad, de un nuevo amanecer de nuevos días, soñado sólo por Dios, desde mucho antes del comienzo de las cosas y el tiempo. Porque la verdad es que, desde el día que nuestro Dios crea al hombre y a la mujer, desde entonces no ha vivido con ellos en su espíritu de amor perfecto, como intento hacerlo así, desde el comienzo de todas las cosas, en el reino y en el paraíso, también, si sólo Adán y Eva hubiesen comido del fruto viviente. Y muy pronto, si nuestro Señor Jesucristo no se tarda más en regresar a Israel, entonces este sueño de Dios, de vivir con el hombre y con sus ángeles divinos, en una nueva vida celestial e infinita, será una realidad, la cual jamás conocerá el fin en su corazón ni en el corazón de los suyos, eternamente y para siempre. Es por eso, que la palabra de Dios y de su Jesucristo es muy importante en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes día y noche y por siempre, también, en la eternidad venidera; porque sólo por ellas podremos realmente vivir felices la vida con nuestro Dios y con su Árbol Viviente, en la tierra y en el paraíso angelical. Entonces nosotros no seremos felices, ni menos conoceremos la felicidad verdadera en nuestras vidas, hasta que lleguemos y pisemos firmes la tierra santa del reino celestial, para unirnos, por medio del Señor Jesucristo, a la nueva vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro Padre Celestial y de sus millares de ángeles celestiales, por la cual fuimos creados, en el principio. Porque hasta que ese gran día llegue a nuestras almas eternas, hambrientas y sedientas de Dios y de los frutos de la vida del Árbol Viviente del paraíso, entonces no conoceremos verdaderamente la vida y la felicidad única, por la cual, Dios nos llamo desde las profundas tinieblas de la tierra, para formarnos en sus manos santas, en seres vivientes. Seres infinitos, celestiales del cielo, del mundo y del paraíso, capaces de verlo y conocerlo tal como él es (y ha de ser) eternamente y para siempre, en la nueva vida infinita de su nuevo reino; en donde, como sólo el Señor Jesucristo le conoce (y le ha de conocer) por siempre, en su corazón y en su alma santísima. Pues así también nosotros conoceremos a nuestro Padre Celestial, ni más ni menos, en nuestros corazones infinitos, lavados y redimidos por la sangre del sacrificio eterno, como sólo el Señor Jesucristo le conoce a Él, desde siempre y hasta nuestros días, por ejemplo. Entonces nuestro Dios tiene un día muy especial, por cierto, en el cual, todo esto comenzara con Él y con su nueva gran familia infinita, de ángeles y de la humanidad entera, unidos eternamente y para siempre, por la sangre del Señor Jesucristo y por su gran obra sin igual, llevada acabo en Israel para el bien eterno de muchos. En donde, muchos lo recibieron por amor infinito del paraíso y de nuestro Padre Celestial, y otros lo rechazaron por sus tinieblas, por sus cegueras espirituales y por falta de entendimiento de sus corazones a la verdad y a la justicia celestial de Dios, a través de los siglos y hasta nuestros días, por ejemplo. Pero nosotros que le recibimos por amor a Dios y por complacer la justicia y el derecho perfecto de la Ley de la vida santa de nuestro Creador Infinito, entonces estaremos juntos finalmente en la tierra sagrada de su gran gloria y de su honra celestial, en donde, también, se cumplirá en su totalidad, su voluntad antigua de su corazón. Y esto es, realmente, de vivir eternamente en paz y feliz con sus hijos e hijas, siempre rodeados de las glorias infinitas de sus muchos ángeles celestiales de la antigüedad y de siempre, porque así como la justicia y el derecho de la Ley reina en el cielo, pues, ha de reinar igual en la tierra, entre los hombres. En aquel día, todos sus seres creados, tanto ángeles del reino como hombres de la humanidad entera, comenzaran realmente a conocerle a Él, tal como siempre ha sido (y como será) conocido, como nuestro único Padre Eterno de todos en la nueva eternidad venidera, de su nuevo reinado infinito. Pues todos seremos, en aquel día, tan felices como siempre nuestro Dios ha sido (y ha de ser) feliz en la eternidad, con cada uno de sus ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por los siglos de los siglos del nuevo amanecer de la resurrección infinita, de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y esto ha de ser, en aquel día, con cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas familias de la tierra, para jamás volvernos alejar de él, por ningún mal, como Adán y Eva se alejaron por el pecado de sus corazones y de sus labios manifestado en contra de su Árbol de vida, su unigénito, ¡el Cristo Celestial! Y hemos de ser felices en el paraíso y en su nueva vida eterna, por amor a la vida sagrada de Dios y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, quien realmente es el único y verdadero cumplimiento de la Ley del paraíso y de la humanidad entera, delante de Dios y de su Espíritu Santo, para siempre. En verdad, sólo viviremos para el amor de Dios y de su Árbol de vida infinita, el gran rey Mesías de Israel y de la humanidad entera, ¡el Todopoderoso! Porque ya no habrá más llanto ni dolor alguno, la Ley glorificada y honrada eternamente y para siempre, en el corazón de todos, por lo tanto, todo será sólo gozo en el corazón de Dios y en el corazón de cada uno de sus seres amados, como ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. Porque todos conocerán la Ley Celestial en sus corazones, para agradar por siempre su nueva vida santísima, sin jamás delinquir en contra de ella ni de su Dios Santo y Eternamente glorioso, por la cual, en su día la escribió con su dedo y con el espíritu de la tinta sangre de Jesucristo, para bien de la nueva vida celestial. Y es precisamente esta nueva vida celestial, la cual espera por ti y por los tuyos, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si tan sólo crees en tu corazón y así confiesas el nombre de Dios de tu salvación infinita, para el día de tu resurrección y levantamiento al paraíso, por el espíritu de nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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