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| Sábado, 12 de Mayo, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) (FELIZ DÍA DE LA MADRE 2007 a todo el Ecuador y al resto de nuestro mundo. Guarda por siempre en tu corazón, hermano mío y hermana mía, el amor y los buenos ejemplos de tu padre, pero tampoco te olvides jamás las enseñanzas y el cuidado de tu madre, las cuales te ayudaran mucho día a día y por todos los días de tu vida en la tierra. Aprendamos, pues, del Señor Jesucristo, porque él amo entrañablemente en su corazón el amor de nuestro Padre Celestial y, por obediencia celestial, siempre hizo todo lo que veía al Espíritu Santo hacer en todos los lugares de Israel, para bendecir a sus hermanos y a sus hermanas de la tierra, principalmente a los de Israel. Porque ésta salvación que traía con Él, venia del cielo y directamente de nuestro Padre Celestial, para bendecir, para perdonar, para amarnos eternamente y para siempre y hasta que entremos en nuestra salvación perfecta, de nuestros corazones y de nuestras almas eternas, en su nueva vida infinita y en su nuevo reino celestial, por ejemplo. Pero aunque siempre estuvo el Señor Jesucristo ocupado en todos sus trabajos ministeriales mesiánicos para con su gente y sus pueblos del mundo, aun así jamás se alejo de su madre biológica, Maria. Maria siempre estuvo a su lado, para recordarle todas sus enseñanzas y su cuidado personal que él recibió de ella, cuando era pequeño. Y el Señor Jesucristo jamás la desatendió, aunque él siempre fue grande entre todos los hombres de la tierra, sino que siempre estuvo atento a ella para bendecirla y, a la vez, para recordarle de que le agradecía por siempre su ayuda a él, como su primera ayuda idónea en el mundo. En verdad, Maria fue fiel a su oficio de madre todos los días de su vida y hasta en sus últimos momentos ministeriales mesiánicos para Israel y al lado del Señor Jesucristo, siempre. Y cuando ya la vida se le acababa al Señor Jesucristo, por haber sangrado mucho sobre el madero, en las afueras de Jerusalén, entonces mirando a Juan, le dijo: Hijo, he ahí a tu madre. Mujer, he ahí a tu hijo. Y el Señor Jesucristo llamo a Maria: "mujer", en vez de madre, porque nuestro Padre Celestial no tiene madre ni tampoco su Hijo amado, en el cielo ni menos en la tierra. Maria solamente fue un canal del cielo para descender a la tierra y entrar en la vida del hombre pecador y de la mujer pecadora, para redimirlos de todos sus pecados y males eternos de sus vidas, en la tierra y del paraíso, también. Y es por eso, que el Señor Jesucristo le dijo a su discípulo en su ultima hora de vida, para no dejar sola y desamparada a Maria: Hijo he ahí a tu madre. Y a Maria le dijo: Mujer, he ahí a tu hijo. Y desde aquel día, Juan recibió en su casa a Maria, como a su propia madre. En esta enseñanza bíblica, el Señor Jesucristo nos enseña que es él quien nos ha dado a nuestras madres, para que sean nuestras madres todos los días de nuestras vidas y aun hasta los últimos momentos de nuestros días por la tierra. Y si Cristo es quien nos ha dado a nuestras madres, para que estén a nuestros lados por siempre, entonces debemos de honrar sus presencias en nuestras vidas, no sólo en días próximos al día de la Madre, sino todos los días de nuestras vidas y hasta aun más allá del fin, también, como el Señor Jesucristo lo hizo con Maria, por ejemplo. ¡Feliz día de las Madres a todos! ¡Amen!) EL SEÑOR JESUCRISTO REGRESA A LA TIERRA Tenemos, en nuestro Señor Jesucristo, asegurado nuestro perdón eterno de pecados y la salvación infinita de nuestras almas, del poder del infierno y de la su segunda muerte final de nuestras almas, en el lago de fuego eterno, en el más allá. Y nuestro Dios compra ésta salvación celestial e infinita de nuestras almas, con "el precioso precio" de la sangre bendita de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! En vista de que, para nosotros poder alcanzar la salvación infinita de nuestras almas, entonces teníamos que tener un "cordero intachable": santo, perfecto, celestial y sin mancha alguna de las mentiras y del pecado de Adán y Eva del paraíso y de toda la tierra, por ejemplo. Y, en toda la tierra, no había un cordero como tal, como el que Dios requerida de nosotros: santo, puro, libre del mal, alejado de la maldad, perfecto, glorioso, celestial y lleno de vida eterna. Sólo había un cordero posible para alcanzar nuestro perdón y salvación eterna de nuestras almas en el paraíso y en la tierra, el Árbol de la vida eterna, el Hijo amado de Dios. Por lo tanto, el Señor Jesucristo se ofreció así mismo, para purificarnos con su misma vida y sangre gloriosa y eternamente honrada, de todos los poderes del mal y de la muerte eterna del pecado de Adán y Eva, en nuestros corazones, en nuestras sangres, en nuestros cuerpos y en nuestras vidas, también, en la tierra y en el paraíso. Por lo tanto, cuando el Señor Jesucristo descendió del paraíso, entonces tuvo que nacer de un vientre virgen, el cual no haya conocido jamás al hombre, para no contaminarse con el pecado original de Adán y Eva, por ejemplo, en su cuerpo, en su sangre y en su vida virgen. Además, para que entonces desde ese vientre virgen, de una de las hijas de Israel, como de la casa de David y de la tribu de Judá, entonces podernos dar ese "Cordero Celestial", tan deseado por nuestro Padre Celestial, para cumplir: toda verdad, justicia, santidad y vida infinita, en Adán y en cada uno de sus descendientes. Consiguientemente, cuando el Señor Jesucristo entra en el vientre virgen de la hija de David, entonces fue el mismo Espíritu de Dios, en su poder celestial, para devolvernos esa vida infinita, la cual habíamos perdido con Adán y Eva, en el día que creyeron a las mentiras destructoras de Lucifer y de la serpiente antigua, por ejemplo, en el Edén. Y las mentiras mataron a Adán y a sus descendientes, con el mismo efecto por la cual el espíritu de error sigue aun matando gente, en todos los lugares de la tierra, cada vez que alguien miente o dice alguna calumnia en contra de alguna persona, por ejemplo. Porque ese es el poder del espíritu de error y de sus muchas tinieblas, decir maldades, mentiras, calumnias, para destruir toda vida, en todos los lugares de la tierra, para que la gente ya no viva, sino que muera. Y fue por ésta razón, que el Espíritu de Dios permaneció nueve meses, en el vientre virgen de la hija de David, para finalmente cumplir la preñez de María, la única madre biológica del Señor Jesucristo, en la Casa de Israel y para la humanidad entera. Y al cumplirse la preñez de la virgen, entonces deja de ser virgen la joven madre, porque el Espíritu de Dios sale de ella, vestido con la carne, la sangre y la vida santa de todo hombre, mujer, niño y niña de la nueva humanidad infinita, de Dios y de su nuevo reino celestial. Es decir, que al cumplirse los nueve meses de preñez de la joven virgen, entonces da parto al Señor Jesucristo, el Hijo del Espíritu de Dios, por lo tanto, el Hijo de nuestro Padre Celestial, Creador del cielo y de la tierra y único salvador seráfico de la humanidad entera. Y el Señor Jesucristo nace en la tierra de Israel, para cumplir la promesa de vida y de salud eterna, la cual Dios les prometió a los antiguos, para que sus pecados les sean perdonados y sus almas redimidas del poder de la muerte y del infierno eterno, también, en la tierra y en el más allá. Además, para nuestro Padre Celestial entonces poder perdonar nuestros pecados y librarnos de su ira eterna, en la tierra, en el infierno y en el lago de fuego, entonces el Señor Jesucristo tenia que no sólo cumplir su Ley Viviente con su vida, sino que tenia que también levantarla al cielo, desde el corazón de la tierra. Entonces en todos los días que el Señor Jesucristo vivió en Israel, fue realmente para cumplir cada palabra, cada letra, cada tilde y cada significado eterno de la Ley de Dios y de Moisés, para entonces poder él mismo alcanzar el perdón de pecados, para Israel y para la humanidad entera, para que nadie jamás se pierda en sus tinieblas. Es por eso, que el Señor Jesucristo por donde iba, por las aldeas, pueblos y ciudades de Israel, entonces les predicaba el perdón de pecados y la salvación infinita de sus almas, para que sus corazones, sus espíritus humanos, sus cuerpos y sus almas sean redimidos eternamente y para siempre, de los males de Lucifer y de sus ángeles caídos. Y era necesario que el Señor Jesucristo cumpliese toda la Ley de Dios, sin quebrantarla jamás, al pie de sus palabras, letras, tildes y significados eternos, para entonces podernos perdonar nuestros pecados y sanarnos de todos los males, habidos y por haber, también, en el paraíso, en la tierra y en la eternidad venidera. Por ende, sólo así entonces Él mismo entregarnos: ésta salvación celestial tan santa, perfecta, gloriosa, honrada, bendita y llena de muchas bendiciones de milagros, maravillas y prodigios para nuestras vidas, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Es por eso, también, que cuando el Señor Jesucristo fue clavado a los árboles cruzados, secos y sin vida de Adán y Eva, fue para cumplir la Ley del paraíso en sus vidas y ponerle fin al pecado de toda la vida, para sellarnos eternamente y para siempre, para la vida del nuevo reino de Dios, en el más allá. Y es precisamente ésta salvación perfecta y sin igual de nuestras almas eternas, la cual levanta al Señor Jesucristo de entre los muertos, del corazón de la tierra, para entregarle personalmente la Ley cumplida y eternamente honrada a nuestro Padre Celestial, en los cielos. Y desde aquel día en adelante, toda salvación de Adán, la cual le era imposible alcanzar en su vida, por haber violado y pecado en contra de la Ley del paraíso, no sólo le pertenece a Dios, sino también a todo hombre, mujer, niño y niña, para que reciba poderes celestiales, para hacer hecho hijo e hija de Dios, infinitamente. Además, ésta salvación única de Dios y de su Espíritu Santo no nos la puede quitar nadie, sean poderes del cielo o de la tierra, de todo lo que está en lo alto o de todo lo que está debajo de la tierra; es más, nada ni nadie tendrá poder jamás para cambiarla, en nuestros corazones en la eternidad. Por lo cual, somos eternamente libres en el Señor Jesucristo, para adorar y honrar por siempre el nombre y la vida celebre de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Somos los nuevos hijos de Dios, para glorificar juntamente con los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo, el nombre glorioso y sumamente honrado de nuestro Padre Celestial. Por lo cual, es ésta salvación infinita de nuestras almas, alcanzada por el Señor Jesucristo para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, la que nos levantara a la nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Y seremos levantados al paraíso de regreso, porque nuestros nombres están escritos en "el libro de la vida de Dios", en el nuevo reino de los cielos, como en el nuevo paraíso celestial: La Nueva Jerusalén Santa e infinita del cielo, por ejemplo. Y en estas nuevas tierras con nuevos cielos sólo conoceremos la vida fructífera de la salvación tan grande y tan gloriosa, la cual nos Padre Celestial ha comprado con el precioso precio de la sangre bendita y eternamente gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! LOS FIELES A CRISTO, SERÁN LEVANTADOS AL CIELO En aquellos días porvenir aun, entonces estarán dos o tres personas en el campo; el uno será tomado por el Espíritu Santo para levantarlo al paraíso, y el otro será dejado para sufrir la ira de Dios por culpa de sus pecados y por no haber recibido al Señor Jesucristo en su corazón, cuando tuvo la oportunidad de hacerlo así. Como dos mujeres, por ejemplo, estarán cocinando en la cocina; la una será levantada al paraíso por el poder del Espíritu de Dios y de su fe en Jesucristo más la otra no; la otra será dejada atrás en la tierra, para sufrir el terrible mal y fuego de la ira de Dios, porque Cristo no está en su corazón. Por eso, todos ustedes cuídense, pues, porque no saben en qué día viene su Señor y salvador de sus vidas para levantarlos al paraíso, de regreso a sus tierras y primeros hogares, creados por el nombre y la Ley del paraíso, para que vivan con Él, eternamente y para siempre, siempre gozando de la santidad y de la felicidad infinita. Porque nuestro Señor Jesucristo regresara a la tierra según prometió a sus apóstoles y discípulos, para llevar acabo la perfecta voluntad de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, en las vidas de cada uno de sus hijos e hijas, en todos los lugares de la tierra, para entonces empezar su nueva vida infinita, en su nuevo reino celestial. Porque la nueva vida de Dios y de su Espíritu Santo no podrá jamás realmente empezar en la tierra ni menos en el paraíso, si es que su Hijo amado no regresa a nosotros primero en la tierra y cumple lo que prometió delante de sus fieles de Israel y de las naciones del mundo entero, también, por ejemplo. Y el Señor Jesucristo prometió no sólo regresar por así no más, sino con mucho poder del cielo, también, para levantar a sus hermanos de la humanidad entera, de los que hayan creído en sus corazones y confesado con sus labios su nombre, para perdón y para salvación infinita de sus vidas, en la tierra y en el paraíso. Es decir, también, que el Señor Jesucristo regresa de parte de nuestro Padre Celestial con grandes poderes y autoridades para no sólo volvernos a bendecir grandemente y hasta mucho más que antes y con mayor gloria celestial e infinita, sino que nos levantara hacia su vida santa del reino de los cielos, para jamás volvernos a separar de Él. Por lo tanto, el Señor Jesucristo regresa a nosotros con mayor gloria y poderes especiales de parte de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para tocar nuestras vidas con grandes poderes, maravillas y milagros sobrenaturales, de su nombre sagrado viviendo en nuestros corazones y en nuestras almas eternas, también. Ya que, cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, familias, pueblos, tribus y reinos del mundo, necesitamos día y noche del Señor Jesucristo, para limpiarnos de nuestros pecados y sanar nuestros corazones, nuestros espíritus y nuestras almas eternas, también, para vivir la nueva vida celestial, desde ahora en la tierra, para entonces posteriormente entrar al paraíso. Porque sólo el Señor Jesucristo es el camino, la verdad y la vida para escapar el mundo (y su infierno escondido en sus entrañas); y también Él mismo es nuestro único seguro regreso al paraíso y a nuestro Padre Celestial, el Creador del cielo y de la tierra, ¡el Todopoderoso! En vista de que, así como Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, Dios los llamo a comer de su fruto de vida eterna, para que sean levantados aun mucho más alto que antes o que la primer vez, como en el día de su creación, por ejemplo, al cielo más alto que cielo del paraíso. Y cuando Dios los llamo a comer de su fruto de vida eterna, no los llevo a cualquier otro árbol del paraíso, por más glorioso y frondoso que fuese, sino que los llevo a su Hijo amado, el Árbol de su misma vida eterna y de su nuevo reino infinito. Para que sólo del Señor Jesucristo coman y beban sus corazones, sus almas infinitas, día y noche y por siempre, en el paraíso, en la tierra y en toda su creación, como en la nueva eternidad venidera de su nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque nuestro Padre Celestial deseaba levantar a Adán y a cada uno de sus descendientes al cielo más alto que el cielo del paraíso y del reino de los ángeles, pero no podía, por más que desease hacerlo así con ellos, si Cristo no estaba instalado en sus corazones, en sus espíritus y en sus nuevas vidas flamantes, por ejemplo. Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es el camino, la verdad y la vida para levantar a los ángeles y a las almas de los hombres y mujeres del paraíso al cielo más alto que el cielo de los ángeles, en donde vive Dios, en perfecta armonía y felicidad de su corazón y de su Espíritu Santísimo. Porque mayor gloria que ésta, la del corazón de nuestro Padre Celestial, no hay otra igual: Y esta es, que su corazón viva alegre infinitamente con cada uno de sus seres creados, ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas, hechuras perfectas de sus manos sagradas, en la tierra, en el paraíso y en la nueva eternidad venidera, también. Entonces en este lugar sagrado de Dios y su Espíritu Santísimo, sólo pueden entrar a ver y vivir la vida, eternamente y para siempre, en su nuevo reino celestial, como ángeles del cielo y hombres de la humanidad entera, sólo de los que han comido y bebido del fruto de la vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! De otra manera, nadie podrá jamás entrar a estas tierras santas y eternamente honradas, de Dios y de su Espíritu Santo, en el cielo más alto que el cielo de los ángeles, en el más allá. Por lo tanto, el que intente entrar al reino secreto de Dios y de su Espíritu Santo en el cielo más alto que el reino del paraíso y de los ángeles, por ejemplo, entonces no podrá, sino que fracasara eternamente y para siempre, pecando así eternamente en contra de su propia alma y de su vida celestial e infinita. Porque sin el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del ángel del cielo o en el hombre del paraíso o de la tierra, entonces no tiene parte con el Creador de su vida, en la tierra, en el paraíso, ni menos en el cielo más alto que el reino de los ángeles, sino que su lugar eterno es el infierno. Es por eso, que la comida y la bebida del Señor Jesucristo son de suma importancia para todo ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres santos de Dios, pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para poder ver la vida eterna, desde ahora mismo y para la eternidad vendiera del nuevo reino celestial. Entonces cuando el Señor Jesucristo se aparezca en el aire ha de ser no sólo para volver a bendecir nuestros corazones y nuestras almas vivientes, sino para levantarnos a los lugares celestiales no tanto de ángeles, sino del paraíso y de su nuevo reino celestial. En aquel día, los hombres y las mujeres estarán ocupados en sus quehaceres de siempre, cuando de pronto, sin que nadie se de cuenta de nada, unos serán levantados al cielo y los demás dejados atrás, en la tierra. Los que serán levantados al cielo, se habrán ido con el SEÑOR, como lo prometido por el Señor Jesucristo a sus apóstoles y discípulos de Israel, por ejemplo. Más los que se quedaron atrás, ellos sufrirán la ira de Dios en el mundo rebelde y lleno de tinieblas, por su pecado mortal. Y este pecado mortal del hombre pecador, como de la mujer pecadora, es de no haber "oído y atendido" a su palabra sagrada y al nombre glorioso y eternamente honrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para que sea hecho parte de sus corazones, en esta vida y en la venidera también, en el nuevo reino celestial. Por eso, si hoy oyes la voz de Dios, entonces no desprecies el llamado de su corazón para ti y para los tuyos, también, para que te vaya bien todos los días de tu vida, en la tierra y en el más allá, también, como en el nuevo reino de los cielos o su Jerusalén Santa e Infinita, por ejemplo. SOMOS HIJOS DE DIOS, POR LA GRACIA DE JESUCRISTO Apreciados hermanos y hermanas, ahora somos hijos e hijas del Altísimo, por razones de la obra perfecta del Señor Jesucristo en nuestros corazones, por tanto, aún no se ha manifestado lo que seremos, en los días porvenir de la nueva vida infinita de Dios y de su Árbol de vida, en el paraíso y en el nuevo reino celestial. Pero sabemos que cuando el Señor Jesucristo sea manifestado en persona ante nuestros ojos en la tierra, en su segunda venida, entonces seremos semejantes a Él, en todo, porque le veremos tal como Él es (y ha de ser por siempre, en la nueva vida celestial e infinita). En efecto, esta es la gloria por la cual nuestro Padre Celestial ha esperado mucho, para verla y vivirla en cada uno de nosotros, en el paraíso y en toda la tierra, también, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Porque cuando el Señor Jesucristo sea una realidad en nuestras vidas delante de Él y de su Espíritu Santo, como debió de ser desde el comienzo de todas las cosas, entonces su imagen y semejanza celestial serán en cada uno de nosotros, tal como Dios lo hizo así, en el día de nuestra formación en la tierra santa del paraíso. En la medida en que, cada uno de nosotros ha sido creado en su imagen y conforme a su semejanza santa y celestial; por lo tanto, cada uno de nosotros es también la imagen y semejanza perfecta de su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esto es algo que nuestro Padre Celestial vive muy orgulloso en su corazón santo, en los cielos. Y, además, esto es algo que, a su vez, Lucifer jamás deseo en su corazón que el hombre y la mujer, como Adán y Eva, por ejemplo, y cada uno de sus descendientes, en sus millares, llegue a entender y a conocer en su corazón. Por eso, la batalla constante y sin tregua alguna entre Dios y el mal de Lucifer, para que gane el bien y así salvar la vida de todo ser viviente, en el paraíso y en toda la tierra, también. Porque sólo en los poderes sobrenaturales de la gracia y de la misericordia infinita actuando en nuestras vidas, día y noche y por siempre, por el poder de nuestra fe, en el Señor Jesucristo, entonces la imagen y semejanza sagrada de nuestro Dios que está en los cielos serán un hecho interminable, en nuestras vidas y en la eternidad, también. Porque es el Señor Jesucristo quien realmente hace todas estas cosas posibles, en nuestros corazones, en nuestros espíritus humanos, en nuestras vidas terrenales y celestiales, también, por el poder sobrenatural del espíritu humano de nuestra fe, en su nombre santo, para que seamos tal como Él es, eternamente y para siempre, ni más ni menos, en la eternidad venidera. Porque para esto nuestro Dios nos crea en sus manos santas, para que seamos como Él, su Árbol de vida, su Hijo amado, el Cristo y más no como los ángeles del cielo, por ejemplo. Es por esta razón, que sin el Señor Jesucristo la imagen y semejanza perfecta de nuestro Padre Celestial jamás será una realidad, en nuestros corazones, en nuestros espíritus humanos, en nuestras almas y en nuestras vidas, eternamente y para siempre, en la tierra, en el paraíso y en el nuevo reino celestial, como La Nueva Jerusalén del cielo, por ejemplo. Porque sin el Señor Jesucristo la imagen y la semejanza de Dios no se pueden reflejar, manifestar, verse en ninguno de nosotros, por imperfección de nuestros pecados, por nuestras tinieblas y por nuestras culpas de haber rechazado a la vida preciosa y sumamente sagrada del Árbol de la vida, en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también. En la medida en que, todos los que aman a Dios, entonces tienen que crecer por siempre, en la imagen y semejanza santa de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sin excepción de ángel del cielo u hombre del paraíso o de la tierra, por ejemplo, ya sea en el paraíso o en la tierra de nuestros días, también. Por lo tanto, si Dios no perdona a Adán y a Eva por este pecado de violar su Ley Bendita del paraíso, por ejemplo, pues tampoco a ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana, te perdonara nuestro Dios: la maldad de tu corazón, en la tierra, si no haces lo correcto en tu vida y con tu alma. Y esto es, que el Señor Jesucristo sea "tu comida y bebida" de tu nueva vida infinita, desde hoy mismo y para siempre, con tan sólo creer en tu corazón e invocar su nombre santo con tus labios, en un momento de fe y de oración, delante de su presencia santa y de su Espíritu Santo, también. Entonces ahora somos hijos e hijas del Altísimo, porque hemos recibido en nuestros corazones su mensaje de amor infinito, manifestado a cada uno de nosotros, en la vida y en el nombre glorioso de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por tanto, como somos hijos e hijas de Dios, entonces hemos de ser transformados por el poder de la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial: en su imagen y en su semejanza perfecta, desde ya, las cuales están guardadas en la vida gloriosa y sumamente honra de nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! Además, fue por esta razón, que el Señor Jesucristo les decía a sus apóstoles y discípulos, en sus predicaciones y muchas enseñanzas de toda la vida: el que me ha visto a mí, en realidad, ha visto a mi Padre Celestial que está en los cielos, sentado en su trono santo de gran gloria y de honra infinita. Porque yo y el Padre somos uno, en el cielo y en toda la creación, también, eternamente y para siempre. Y ustedes son de Dios, porque han salido de sus manos, de su corazón, de su espíritu y de su vida gloriosa, llena de su imagen y de su semejanza celestial. Por esta razón, cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, familias, tribus, pueblos y reinos de la tierra, ha de ser transformado, en el cuerpo, la sangre y la misma vida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, para que la imagen y semejanza de Dios, entonces sean manifestadas en nosotros, para la eternidad venidera. En otras palabras, también, el Señor Jesucristo es quien realmente hace que la imagen y semejanza de Dios se manifieste con gran gloria y con gran honra, en su perfecta justicia y santidad infinita, en nosotros, para nuestro Dios y para su Espíritu Santo, en la tierra y así también en su nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial. Para que entonces cada uno de nosotros, juntos con Dios y con su Árbol Viviente, empezar a vivir la nueva vida celestial, como Él lo intenta hacer así primero con Adán y Eva, pero Lucifer se le interpuso para que no fuese así, jamás, con sus palabras torcidas, para truncar con el pecado a la humanidad entera del Señor Jesucristo. CUANDO VEAN EL ÁRBOL DE HIGOS REVERDECER, EL DÍA ESTÁ CERCA De la higuera aprendan la alegoría: Cuando su ramal ya está tierno y retoñan sus hojas uno tras otro y sin ningún problema en un terreno árido, seco y hostil sobre todas las cosas, sin vida como el desierto de Egipto, por ejemplo, sepan pues entonces que la época de cosechar justicia por los suyos está más cerca que nunca. Así también ustedes, cuando vean todas estas cosas acontecer, sepan también que está cerca, a las puertas el gran día de la manifestación del SEÑOR, en toda la tierra, como sorprendió a los antiguos la llegaba del Cristo a Israel, por ejemplo, pues así nos sorprenderá a todos, sin no nos cuidamos. Además, en este gran día venidero del SEÑOR será entonces para llevarse con él, al paraíso de regreso: a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de los que hayan creído en sus corazones y así confesado con sus labios: el nombre salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es el verdadero salvador de Israel, en el desierto de Egipto y en toda la tierra; pues así también el Señor Jesucristo es el salvador celestial de todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones del mundo entero, en nuestros días modernos y de siempre. Porque la venida del Señor Jesucristo es eminente en la vida de la humanidad eterna, en todas las naciones de la tierra, a pesar de la presencia terrible del pecado y de sus profundas tinieblas por doquier. Las mismas tinieblas aparecen anunciar día y noche la llegada de la luz del Señor Jesucristo, para llevarse con él a sus fieles. Es decir, a los fieles eternos de su nombre santo y salvador, el cual vive en sus corazones, desde el momento que creyeron en Él y confesaron su nombre salvador con sus labios, para empezar en sus vidas: la nueva vida infinita del reino de los cielos, de Dios y de su Árbol de vida. Es por eso, que el hombre pecador, como la mujer pecadora, está confundido y los pensamientos de su corazón aturdidos, sin saber hacia donde ir en los días por venir; no sabe si salir o entrar, si quedarse o irse, si cuando da un paso hacia delante, por ejemplo, no sabe si realmente está yendo hacia delante o hacia tras. Y la confusión de su corazón, por sus tinieblas, se debe la ceguera constante de sus ojos y de sus pensamientos, porque la luz de la verdad y de la justicia infinita del Señor Jesucristo no están en él (o en ella), por ejemplo. Es más, no saben nada, ni entienden nada, de la segunda venida del Señor Jesucristo, para mal de sus vidas y de los suyos, en la tierra y en el más allá, como en el infierno o como en el lago de fuego y de tormento eterno, la segunda muerte final de todo pecador y pecadora de la humanidad entera. Y nuestro Padre Celestial no está interesado en la muerte del pecador o de la pecadora, sino que desea ver, como siempre, su arrepentimiento total de sus pecados y su reconciliación absoluta de su alma, para con su Dios y Creador de su vida, por medio de la vida y del nombre glorioso de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Dado que, fuera de la vida y del nombre glorioso de su Hijo amado, entonces no existe reconciliación alguna para el pecador y para la pecadora de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso y con la Casa de Israel en la tierra de nuestros días, por ejemplo. Porque ésta salvación de Dios, la cual comenzó a descender desde los cielos, en la presencia y la llenura gloriosa de su Espíritu, (génesis 1:2), para regarse sobre todos los contornos de la tierra y así someter a cada una de las tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos ante la primer llegada al mundo de la luz viviente. Por cierto, esta luz del SEÑOR es el Señor Jesucristo, para que por medio de Él, en los corazones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, entonces haya luz y más no tinieblas, para que la gloria de Dios sea aun mayor que antes en toda la tierra, para entonces empezar la nueva vida infinita. Y esta nueva vida infinita, es la del nuevo reino de los cielos, prometida a los antiguos y a cada uno de los que amen a su Dios y Creador de sus vidas, sólo por medio de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y es por esta razón, que el Señor Jesucristo regresa al mundo, no para pelear en contra del pecado y su maldad eterna, como en el principio, por ejemplo, sino para redimir a sus fieles de todas las naciones de la humanidad entera, porque nuestro Padre Celestial ya los ha aceptado en su nueva vida infinita de su reino celestial. Para que ellos ya no sufran más el peligro amenazador del poder destructor de la ira venidera de Dios, en contra de todo aquel que habla mentira, calumnia y gran maldad en su corazón para con su prójimo, con sus labios y hace maldad con sus manos a los inocentes del mundo y al Fundador de sus vidas, también. En esta ocasión, el Señor Jesucristo recogerá, sin perder a ninguno de los suyos, de todos los lugares de la tierra, para levantarlos al cielo, de regreso a sus vidas infinitas del paraíso de Dios y de su nuevo reino celestial. Como su Nueva Jerusalén Santa e Infinita del reino, en donde sólo habita el espíritu de la verdad, la vida y la justicia eterna de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para bien de los ángeles y de la humanidad entera de todas las familias de la tierra, comenzando con la primer familia de Adán y Eva, por ejemplo. Y el Señor Jesucristo se los lleva de regreso al paraíso, para que ya no sufran más la ausencia del Fundador de sus vidas, sino que se gocen por siempre con Él y de sus muy ricas bendiciones de gozo, paz, felicidad, amor y armonía perfecta con la Ley Viviente, para miles de siglos venideros, en su nuevo reino celestial. Por lo tanto, como estos días ya se acercan, entonces levanten sus ojos al cielo y oren al Dios del cielo y de toda la tierra, para que sus corazones y sus almas eternas estén listas para éste gran día histórico de Dios y de su humanidad escogida, para que entren victoriosos a sus nuevas vidas infinitas. Para que entren, desde ahora, a sus nuevas vidas celestiales del paraíso y de la Nueva Jerusalén Santa y Eterna del cielo, con un cuerpo nuevo y libre de toda contaminación del pecado y de la mentira del enemigo, como en cuerpo, la sangre y la vida gloriosa de nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! Porque todos seremos transformados en el mismo espíritu, sangre, vida, cuerpo, alma y santidad perfecta del Hijo amado de Dios, para vivir nuestras vidas, por las cuales nuestro Padre Celestial nos crea con sus manos y, a la vez, nos llamo para que seamos hechos sus hijos e hijas celestiales, en su nueva eternidad infinita. CUANDO CRISTO RETORNE, NUESTRAS VIDAS SERÁN PERFECTAS COMO LA DE ÉL MISMO Y cuando se manifieste nuestro Señor Jesucristo, su misma vida, la de cada uno de ustedes, de los que han vivido en la antigüedad y que están en el polvo de la tierra, juntos con los que aun respiran vida, por ejemplo, entonces serán manifestados con Él, en su gloria santa e infinita, para entrar a la nueva vida celestial. El nuevo reino celestial de Dios empieza de lleno en toda su nueva creación, para ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por la sangre del pacto eterno del Señor Jesucristo, la cual se llevo acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para bien infinito de la humanidad entera. De hecho, esta es la gloria que el reino celestial y sus huestes angelicales desean día y noche ver ya, en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzado con Adán y Eva, para que Lucifer y sus mentiras sean destruidos ya, en el infierno, para que no hagan mal a nadie más. Porque el viejo mundo y su vida rebelde a la verdad y a la justicia infinita de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, tiene que terminar para que Lucifer con sus pecadores desaparezca eternamente y para siempre, para el bien de Dios mismo y de su humanidad celestial e infinita. Por eso, los ángeles en los cielos oran día y noche para que toda mentira y blasfemia sean destruidas y así entonces Lucifer y sus ángeles caídos dejen de existir, para que ellos mismos puedan vivir en paz, con toda la humanidad de la tierra, redimida por la sangre eternamente viva del Señor Jesucristo, para el nuevo reino de Dios. Consiguientemente, nuestro Señor Jesucristo regresa a cada uno de nosotros, ya sea que vivamos o que muramos, pero con grandes poderes celestiales de parte de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, para tocar nuestras vidas y transformarlas, en un abrir y cerrar de ojos, por la gloria infinita de su nombre viviendo aun en nuestros corazones, aunque hayamos muerto. Supuesto que, una verdad no morirá jamás en ninguno de nosotros, y esto es el nombre del Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones, en nuestros espíritus humanos, en nuestras almas vivientes y en nuestras vidas, viejas o nuevas, de la tierra, del paraíso y del nuevo reino de los cielos, también, por ejemplo. Por lo tanto, esto es poder del cielo, prometido a todo aquel que le ame a Él, como a su Dios y Creador de su vida celestial, sólo por medio de la vida y del nombre glorioso y sumamente honrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! En vista de que, fuera del nombre del Señor Jesucristo no existe poder (o posibilidad alguna) para satisfacer toda verdad y toda justicia de un corazón tan santo y tan glorioso, como sólo lo es el corazón de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, sentado en su trono de gran gloria y de santidad infinita. Porque todo lo que nuestro Dios nos prometió por su palabra o por sus profetas o por su Hijo amado, por ejemplo, entonces tiene cumplimiento en cada uno de nosotros, tarde o temprano, en nuestros millares, sin jamás hacer excepción de persona alguna, por ninguna razón, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera. Dado que, sólo esta es la vida gloriosa y eternamente honrada del cielo, por la cual Dios nos crea y, a la vez, nos llama para recibirla, vivirla, gozarla, sólo posibles en el Señor Jesucristo, para así entonces nosotros poder ascender a la nueva vida celestial, ya sea que vivamos en la tierra o en el paraíso, por ejemplo. Por lo tanto, sólo la sangre bendita de su Cordero Escogido, su Hijo amado, ni más ni menos, nos puede levantar de la tierra de regreso al paraíso de Adán y Eva o a la Nueva Jerusalén Santa e Infinita de la nueva vida eterna de Dios y de su Árbol de vida, el gran rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo! Porque así como los que están en la tierra y como los que están en el paraíso, aun tienen que ascender al cielo más allá del cielo antiguo de los ángeles, para entonces entrar de lleno a la nueva vida, la cual sólo existe (y es posible) en la nueva Jerusalén Celestial, prometida para los que aman a su Dios. Y los que aman a Dios, son aquellos que han creído en sus corazones y han confesado con sus labios, que el Señor Jesucristo es su Hijo y SEÑOR de la eternidad, para gloria y para honra de nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo, rodeado de ángeles y de las almas redimidas por la sangre del "Cordero Escogido". Ya que, esta nueva eternidad, la cual nuestro Dios crea, es para sus ángeles santos del cielo y los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, que verdaderamente le han aprendido a amar, por medio del espíritu de vida y de salud eterna, de su Árbol Viviente del paraíso y de toda la tierra, ¡el Señor Jesucristo! Porque todo ángel del cielo y así también todo hombre y toda mujer, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, han salido del Árbol de la vida, en el día que fueron creados en la mano de nuestro Padre Celestial, en su imagen y conforme a su semejanza perfecta y eternamente gloriosa. Por lo tanto, tanto como los ángeles y como el Árbol de la vida, nosotros también somos del cielo, del paraíso y de la nueva vida celestial de nuestro Dios y Fundador de nuestras nuevas vidas infinitas, en la tierra y en el más allá, también, como en su nueva ciudad santa y celeste: La Nueva Jerusalén de Dios. Y Lucifer no desea que ningún pecador conozca ésta gran verdad y justicia divina, escondida en el corazón del Señor Jesucristo, para bien de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, para que no sea contaminada jamás por las mentiras de Lucifer o de sus ángeles caídos. Por lo tanto, nuestra verdad y justicia salvadora, las cuales agradan profundamente a nuestro Padre Celestial para perdonar nuestros pecados y darnos vida eterna, desde ya en la tierra, para luego entrar a la vida eterna del paraíso y de su nuevo reino celestial, están seguras para cada uno de nosotros, en la sangre y vida de nuestro salvador Jesucristo. Es por eso, que una oración simple, siempre hecha en el nombre del Señor Jesucristo y llena de la fe, del corazón amante de Dios y de su vida gloriosa y sumamente honrada del cielo y de su Ley del paraíso, entonces podrá ser bendecida por su Dios en la tierra y así también, en el cielo, desde hoy mismo. EL SEÑOR JESÚS DIJO: ¡REAPARECERE UNA VEZ MÁS! El que da testimonio de estas cosas dice la verdad perfecta de nuestro Padre Celestial, desde su corazón santo para la humanidad entera; y nos asegura decisivamente, diciéndonos: "¡Sí, regreso pronto a ustedes, para levantarlos al cielo más alto que el cielo de los ángeles de la eternidad!" Si, ven ya, Señor; no te tardes más, único salvador celestial de nuestras almas del paraíso y de toda la tierra, también. ¡ Amén! ¡Vuélvete a nosotros, Señor Jesucristo, lo más pronto posible!, es nuestra respuesta a ti, nuestro salvador y Señor celestial de nuestras vidas infinitas, ¡el Santo de Israel y de las naciones!, para que nos levantes al lugar de nuestros primeros pasos, en el paraíso. En verdad, tenemos la promesa perfecta de nuestros Señor Jesucristo de que él regresara a nosotros para reencontrarnos con Él en el aire, en el cielo, para jamás volvernos a separar por ninguna razón, ni menos por el pecado de Adán o de Eva del paraíso, por ejemplo. Por lo tanto, podemos muy bien confiar en su palabra viva en nuestros corazones, porque su palabra es real y verdadera, y no será cambiada jamás por el poder del hombre ni de ningún enemigo de Dios, como Lucifer o cono alguno de sus ángeles caídos, por ejemplo. Entonces tenemos palabra de Dios y del mismo Señor Jesucristo que volverá a nosotros, en su misma persona de toda la vida, para llenarnos de sus más ricas y gloriosas bendiciones, con las cuales nuestro Dios desea mucho llenar la vida de Adán y de Eva, en el paraíso y en todos los lugares de su nueva creación celestial. Pero no lo pudo hacer así con ninguno de ellos, desde el día que los formo en sus manos santas del polvo de la tierra, porque no comieron ni bebieron del fruto de la vida, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en el epicentro del paraíso y del reino de los cielos. Por lo tanto, nuestro Dios no pudo bendecirlos mucho a ellos ni a sus hijos, desde el día que transgredieron en contra de la Ley Divina e Inquebrantable del paraíso, como muy bien lo tenía planeado en su corazón sagrado hacer, desde mucho antes de la fundación del cielo y de toda la tierra. Pero desde el día que el Señor Jesucristo fue clavado a sus árboles cruzados, secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces todo cambio para Dios y para la humanidad entera. Desde aquel día en adelante, nuestro Padre Celestial pudo verdaderamente comenzar a bendecir con grandes poderes del cielo y de la tierra a cada uno de los descendientes de Adán, de la misma manera que deseo hacerlo así en el paraíso antes que llegase el pecado a la vida del hombre y de la mujer, por ejemplo. Por lo tanto, nosotros tenemos muchas bendiciones directamente de nuestro Padre Celestial para recibir la vida eterna y gozarla por siempre en nuestros corazones, en nuestros espíritus humanos y en nuestras almas redimidas, por el poder de la sangre bendita del Señor Jesucristo. Para entonces no volver jamás ninguno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, ha sufrir los males del pecado y hasta su misma muerte, en la tierra y en el más allá, también, como en el infierno o como en el lago de fuego, por ejemplo. Por lo tanto, nosotros somos libres de toda contaminación y condenación del pecado original de Adán y Eva del paraíso, porque la sangre del Señor Jesucristo, derramada sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, Israel, nos libra de todos sus males y de la ira de nuestro Padre Celestial y de tus Espíritu Santo, también. Por lo tanto, el Señor Jesucristo ya bajo del Árbol de la vida en el paraíso y así también en las afueras de Jerusalén, para no sólo bendecirnos grandemente desde la tierra prometida y, a la vez, librarnos de los poderes destructores de nuestros enemigos, sino que también nos puede dar vida en abundancia en el paraíso, una vez más. Y, además, el Señor Jesucristo nos puede levantar al cielo más allá del paraíso y del reino de los cielos de los ángeles, a donde está nuestro Padre Celestial, viviendo en perfecta gloria y en perfecta honra de la vida de la Ley mesiánica de nuestro salvador, el Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, nosotros tenemos testimonio de nuestro Señor Jesucristo de que él mismo volverá a la tierra, para completar su obra santísima en cada uno de todos nosotros, en todos los lugares de la tierra, comenzando con los que le aman en Israel, por ejemplo. Como quiera que, la obra de nuestro Padre Celestial de sus manos santas y de su corazón sagrado, tiene su cumplimiento perfecto e infinito, en cada uno de nosotros, de todas las razas, familias, linajes, tribus, pueblos y reinos de la tierra. Parque entonces nosotros podremos no sólo recibir la vida eterna de parte del Señor Jesucristo y de nuestro Padre Celestial, sino que también su Espíritu Santo nos podría levantar, como levanto al Señor Jesucristo de la tierra y hasta volver a entrar a la tierra sagrada del paraíso y de su nuevo reino celestial, en el más allá. Además, cuando entremos a vivir la vida eterna, en el nuevo reino de los cielos de Dios y de su Árbol de vida infinita, de los ángeles y de cada hombre, mujer, niño niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, entonces ya el pecado no tendrá poder alguno, en ninguno de nosotros, para hacernos daño. En realidad, el pecado original de Adán ya no volverá a manchar nuestras vidas, con sus profundas tinieblas de muerte y de destrucción eterna, sino todo lo contrario. Nosotros comenzaremos solamente a conocer, saborear, disfrutar y vivir la vida eterna del reino de los cielos, como sólo Dios la sabe vivir con su Espíritu Santo y con su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, siempre rodeado de sus huestes angelicales, en nuestro paraíso eternal y en su gran ciudad celestial, La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo. En esta nueva vida del nuevo reino de Dios, cada uno de nosotros vivirá en eterna paz con nuestro Padre Celestial y con cada una de sus criaturas celestiales y de la tierra, también. En tanto que, todo lo que nuestro Padre Celestial ha creado para el bienestar del hombre y de los suyos, ya están listos en la tierra santa del nuevo reino de los cielos, esperando por él y por sus pueblos, para que comiencen a vivir sus vidas infinitas y eternas. Y esto es no de vivir sus vidas de siempre o de la tierra rebelde y pecadora de nuestros tiempos, sino para vivir la vida por la cual nos creo, nuestro Dios con sus manos sagradas, en el comienzo de todas las cosas, en el paraíso con su Espíritu Santo y al pie de su Árbol Vivo, ¡el Señor Jesucristo! De modo definitivo, esta será una vida llena de luz (y no de tiniebla alguna), para los ángeles del cielo y para la humanidad entera. Por lo tanto, sólo conoceremos la verdad de todas las cosas y de la justicia infinita, por la cual nuestro Padre Celestial nos redimió de los poderes terribles y malévolos del enemigo, para últimamente levantarnos al nuevo cielo infinito aun mucho más alto que el paraíso o que el reino de los ángeles, por ejemplo, como en el principio. Y así entonces no nos volvernos a alejar de Él, jamás, por ninguna razón, eternamente y para siempre, como sucedió con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, en toda la nueva eternidad venidera de su nuevo reino celestial. Pues viviremos por siempre con nuestro Padre Celestial, llenos de vida y de salud de su Árbol Viviente, ¡el Señor Jesucristo!, tal como debió de ser siempre, desde el comienzo de todas las cosas, en el cielo y en su profunda antigüedad celestial. Y es por esta razón, que el Señor Jesucristo regresa a la tierra una vez más, pero esta vez para llevarnos con Él, a su nueva tierra con nuevos cielos, llenas de mansiones y de la gloria infinita de conocer y de servirle por siempre a nuestro Padre Celestial en su nueva vida infinita. Si, viviremos, en nuestros millares, por siempre en el paraíso por la gracia de Cristo y el amor infinito de nuestro Padre Celestial, y más no moriremos en el infierno, como manda la ley de este mundo establece desdichadamente, sumergido en las profundas tinieblas de no conocer el nombre milagroso y salvador del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! JESUCRISTO LEVANTARA A LA HUMANIDAD DEL POLVO DE LA TIERRA Nuestro Señor Jesucristo regresa pronto a la tierra. Y él regresa a nosotros, para levantar de entre los muertos a todos los que han creído en sus corazones y han confesado con sus labios su nombre santo y salvador de sus vidas, para volverles a dar vida, en la tierra y así entonces entren al paraíso para seguir viviendo sus vidas infinitas. Dado que, en el paraíso no pueden entrar los muertos, ni sus calaveras, por así decirlo, por ejemplo, sino por lo contrario. La tierra sagrada del paraíso es para los que viven. Y si nuestro Dios desea ver a todo hombre, mujer, niño y niña una vez más en sus cuerpos corporales, de los que han vivido en la tierra, en siglos pasados y hasta olvidados por la humanidad entera y su historia, también, pues entonces tiene que levantarlos del polvo de la tierra. Y entonces poner en orden sus carnes sobre sus huesos, sus órganos en sus lugares correspondientes y funcionando a perfección, sus sangres en sus venas y volver a soplarles vida en sus fosas nasales, para que respiren vida una vez más, como antes. Como lo hizo con Adán, por ejemplo, en el día que lo levanto del polvo de la tierra para que tenga vida en todo su ser y así también cada uno de sus descendientes, en todos los lugares del mundo. Como sucede hoy en día exactamente contigo, mi estimado hermano y con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, por ejemplo. Es decir, que para nuestro Padre Celestial y para su nombre sagrado, el nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, no es ningún problema levantar a ningún hombre como Adán, por ejemplo, del polvo de la tierra y volverle a dar vida en abundancia, para que no se vuelva a morir esta vez. Por lo tanto, así como el paraíso y como el nuevo reino de los cielos están llenos de gentes de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, que en sus días vivieron sus vidas normales, como todos los demás en la tierra. Pero cuando les llego su último día de vida, entonces murieron. Pues bien, ellos están en el polvo de la tierra, en sus millares, sus huesos, sus carnes, sus órganos y sus sangres, pero sus almas están en el paraíso, es decir, si creyeron en Cristo Jesús en sus corazones, en sus vidas. Y, desgraciadamente, para los que no creyeron en el Señor Jesucristo en sus corazones, entonces sus almas están entre las llamas de la ira de Dios, en el infierno, sufriendo la terrible agonía de sus corazones y de sus almas eternas, de no tener a Cristo en sus corazones, para siempre. En el día de la resurrección, ellos se levantaran con todos los mentirosos, los blasfemos, los malditos, los criminales, los ladrones, los adúlteros, los asesinos, los envidiosos, los cobardes, los viles, los traicioneros, los hipócritas, los fariseos, los afeminados, los calumniadores, los rateros, los bajos, los sucios, los celosos, los falsos, los burladores con todos los demás que aman la maldad. Todas estas gentes perdidas, volverán a recibir sus cuerpos, corazones, espíritus y almas rebeldes al nombre y a la vida sagrada del justo, del Señor Jesucristo, para ser finalmente juzgados por sus palabras y por sus malas acciones en contra de gente del SEÑOR de toda la tierra. Y después del juicio final de Dios y de su Jesucristo, entonces ellos volverán a morir, pero esta vez para siempre, en el lago de fuego, la segunda muerte final del pecador de toda la tierra. Pero, sin embargo, todos los que aman al Señor Jesucristo sus muchos pecados se habrán borrado de sus vidas y de los libros del cielo, para no ser recordados ni mucho menos juzgados jamás. Ellos recibirán sus cuerpos, sus carnes sobre sus huesos, sus sangres y sus espíritus de vida, reservadas en perfecto estado de vida y de salud infinita, en la vida gloriosa y sumamente honrada del Señor Jesucristo, para posteriormente poder entonces entrar a la vida eterna del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Y desde aquel día en adelante, todos gozaremos de una nueva vida, porque los pecadores y las pecadoras de la tierra ya no estarán a nuestros lados, para hacernos más daño, como lo hicieron durante los días de sus vidas, cuando vivían con nosotros en el mundo, por ejemplo. Seremos no solamente libres del pecado, sino también libres de la presencia terrible de todo pecador y de toda pecadora, como de los que viven en nuestros alrededores o se acercan a nosotros, para inventarse sus mentiras, sus maldades y sus calumnias mortales para hacernos daño, como siempre. Por lo tanto, los malos sin Cristo en sus corazones estarán perdidos eternamente y para siempre en sus mentiras y maldades eternas de sus corazones entre las llamas ardientes de la ira de Dios, en el infierno y en el lago de fuego. Y cuando los pecadores y pecadoras dejen de existir, entonces la tierra vivirá y sentirá nuevos aires frescos y dejara de ser la tierra vil, llena siempre de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo. Pero los que aman al SEÑOR y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, estarán gozos, gozando por siempre de la presencia de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo en el nuevo reino celestial del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! Porque éste nuevo reino de los cielos es para ángeles del cielo y para todo hombre, mujer, niño y niña de la nueva humanidad inmortal, redimida por la gracia y misericordia infinita de la sangre del pacto eterno de Dios y el Señor Jesucristo. Y es por ellos, por los santificados, por los cuales el Señor Jesucristo regresa a la tierra, con su salvación perfecta de cada uno de ellos en su vida santa, para levantarlos al paraíso, de regreso a los brazos y a la nueva vida gloriosa e infinita de nuestro Padre Celestial que vive en las alturas de los nuevos cielos. (¡Feliz día de las Madres 2007 a todos! ¡Amen!) El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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