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Antiguo 12-05-2007, 14:23:45
IVAN VALAREZO
 
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Predeterminado (IVÁN): EL SEÑOR JESUCRISTO REGRESA A LA TIERRA


Sábado, 12 de Mayo, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


(FELIZ DÍA DE LA MADRE 2007 a todo el Ecuador y al resto de
nuestro mundo.

Guarda por siempre en tu corazón, hermano mío y hermana mía,
el amor y los buenos ejemplos de tu padre, pero tampoco te
olvides jamás las enseñanzas y el cuidado de tu madre, las
cuales te ayudaran mucho día a día y por todos los días de tu
vida en la tierra. Aprendamos, pues, del Señor Jesucristo,
porque él amo entrañablemente en su corazón el amor de
nuestro Padre Celestial y, por obediencia celestial, siempre
hizo todo lo que veía al Espíritu Santo hacer en todos los
lugares de Israel, para bendecir a sus hermanos y a sus
hermanas de la tierra, principalmente a los de Israel. Porque
ésta salvación que traía con Él, venia del cielo y
directamente de nuestro Padre Celestial, para bendecir, para
perdonar, para amarnos eternamente y para siempre y hasta que
entremos en nuestra salvación perfecta, de nuestros corazones
y de nuestras almas eternas, en su nueva vida infinita y en
su nuevo reino celestial, por ejemplo. Pero aunque siempre
estuvo el Señor Jesucristo ocupado en todos sus trabajos
ministeriales mesiánicos para con su gente y sus pueblos del
mundo, aun así jamás se alejo de su madre biológica, Maria.
Maria siempre estuvo a su lado, para recordarle todas sus
enseñanzas y su cuidado personal que él recibió de ella,
cuando era pequeño. Y el Señor Jesucristo jamás la
desatendió, aunque él siempre fue grande entre todos los
hombres de la tierra, sino que siempre estuvo atento a ella
para bendecirla y, a la vez, para recordarle de que le
agradecía por siempre su ayuda a él, como su primera ayuda
idónea en el mundo. En verdad, Maria fue fiel a su oficio de
madre todos los días de su vida y hasta en sus últimos
momentos ministeriales mesiánicos para Israel y al lado del
Señor Jesucristo, siempre. Y cuando ya la vida se le acababa
al Señor Jesucristo, por haber sangrado mucho sobre el
madero, en las afueras de Jerusalén, entonces mirando a Juan,
le dijo: Hijo, he ahí a tu madre. Mujer, he ahí a tu hijo. Y
el Señor Jesucristo llamo a Maria: "mujer", en vez de madre,
porque nuestro Padre Celestial no tiene madre ni tampoco su
Hijo amado, en el cielo ni menos en la tierra. Maria
solamente fue un canal del cielo para descender a la tierra y
entrar en la vida del hombre pecador y de la mujer pecadora,
para redimirlos de todos sus pecados y males eternos de sus
vidas, en la tierra y del paraíso, también. Y es por eso, que
el Señor Jesucristo le dijo a su discípulo en su ultima hora
de vida, para no dejar sola y desamparada a Maria: Hijo he
ahí a tu madre. Y a Maria le dijo: Mujer, he ahí a tu hijo. Y
desde aquel día, Juan recibió en su casa a Maria, como a su
propia madre. En esta enseñanza bíblica, el Señor Jesucristo
nos enseña que es él quien nos ha dado a nuestras madres,
para que sean nuestras madres todos los días de nuestras
vidas y aun hasta los últimos momentos de nuestros días por
la tierra. Y si Cristo es quien nos ha dado a nuestras
madres, para que estén a nuestros lados por siempre, entonces
debemos de honrar sus presencias en nuestras vidas, no sólo
en días próximos al día de la Madre, sino todos los días de
nuestras vidas y hasta aun más allá del fin, también, como el
Señor Jesucristo lo hizo con Maria, por ejemplo.

¡Feliz día de las Madres a todos! ¡Amen!)


EL SEÑOR JESUCRISTO REGRESA A LA TIERRA

Tenemos, en nuestro Señor Jesucristo, asegurado nuestro
perdón eterno de pecados y la salvación infinita de nuestras
almas, del poder del infierno y de la su segunda muerte final
de nuestras almas, en el lago de fuego eterno, en el más
allá. Y nuestro Dios compra ésta salvación celestial e
infinita de nuestras almas, con "el precioso precio" de la
sangre bendita de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

En vista de que, para nosotros poder alcanzar la salvación
infinita de nuestras almas, entonces teníamos que tener un
"cordero intachable": santo, perfecto, celestial y sin mancha
alguna de las mentiras y del pecado de Adán y Eva del paraíso
y de toda la tierra, por ejemplo. Y, en toda la tierra, no
había un cordero como tal, como el que Dios requerida de
nosotros: santo, puro, libre del mal, alejado de la maldad,
perfecto, glorioso, celestial y lleno de vida eterna.

Sólo había un cordero posible para alcanzar nuestro perdón y
salvación eterna de nuestras almas en el paraíso y en la
tierra, el Árbol de la vida eterna, el Hijo amado de Dios.
Por lo tanto, el Señor Jesucristo se ofreció así mismo, para
purificarnos con su misma vida y sangre gloriosa y
eternamente honrada, de todos los poderes del mal y de la
muerte eterna del pecado de Adán y Eva, en nuestros
corazones, en nuestras sangres, en nuestros cuerpos y en
nuestras vidas, también, en la tierra y en el paraíso.

Por lo tanto, cuando el Señor Jesucristo descendió del
paraíso, entonces tuvo que nacer de un vientre virgen, el
cual no haya conocido jamás al hombre, para no contaminarse
con el pecado original de Adán y Eva, por ejemplo, en su
cuerpo, en su sangre y en su vida virgen. Además, para que
entonces desde ese vientre virgen, de una de las hijas de
Israel, como de la casa de David y de la tribu de Judá,
entonces podernos dar ese "Cordero Celestial", tan deseado
por nuestro Padre Celestial, para cumplir: toda verdad,
justicia, santidad y vida infinita, en Adán y en cada uno de
sus descendientes.

Consiguientemente, cuando el Señor Jesucristo entra en el
vientre virgen de la hija de David, entonces fue el mismo
Espíritu de Dios, en su poder celestial, para devolvernos esa
vida infinita, la cual habíamos perdido con Adán y Eva, en el
día que creyeron a las mentiras destructoras de Lucifer y de
la serpiente antigua, por ejemplo, en el Edén. Y las mentiras
mataron a Adán y a sus descendientes, con el mismo efecto por
la cual el espíritu de error sigue aun matando gente, en
todos los lugares de la tierra, cada vez que alguien miente o
dice alguna calumnia en contra de alguna persona, por
ejemplo. Porque ese es el poder del espíritu de error y de
sus muchas tinieblas, decir maldades, mentiras, calumnias,
para destruir toda vida, en todos los lugares de la tierra,
para que la gente ya no viva, sino que muera.

Y fue por ésta razón, que el Espíritu de Dios permaneció
nueve meses, en el vientre virgen de la hija de David, para
finalmente cumplir la preñez de María, la única madre
biológica del Señor Jesucristo, en la Casa de Israel y para
la humanidad entera. Y al cumplirse la preñez de la virgen,
entonces deja de ser virgen la joven madre, porque el
Espíritu de Dios sale de ella, vestido con la carne, la
sangre y la vida santa de todo hombre, mujer, niño y niña de
la nueva humanidad infinita, de Dios y de su nuevo reino
celestial.

Es decir, que al cumplirse los nueve meses de preñez de la
joven virgen, entonces da parto al Señor Jesucristo, el Hijo
del Espíritu de Dios, por lo tanto, el Hijo de nuestro Padre
Celestial, Creador del cielo y de la tierra y único salvador
seráfico de la humanidad entera. Y el Señor Jesucristo nace
en la tierra de Israel, para cumplir la promesa de vida y de
salud eterna, la cual Dios les prometió a los antiguos, para
que sus pecados les sean perdonados y sus almas redimidas del
poder de la muerte y del infierno eterno, también, en la
tierra y en el más allá.

Además, para nuestro Padre Celestial entonces poder perdonar
nuestros pecados y librarnos de su ira eterna, en la tierra,
en el infierno y en el lago de fuego, entonces el Señor
Jesucristo tenia que no sólo cumplir su Ley Viviente con su
vida, sino que tenia que también levantarla al cielo, desde
el corazón de la tierra. Entonces en todos los días que el
Señor Jesucristo vivió en Israel, fue realmente para cumplir
cada palabra, cada letra, cada tilde y cada significado
eterno de la Ley de Dios y de Moisés, para entonces poder él
mismo alcanzar el perdón de pecados, para Israel y para la
humanidad entera, para que nadie jamás se pierda en sus
tinieblas.

Es por eso, que el Señor Jesucristo por donde iba, por las
aldeas, pueblos y ciudades de Israel, entonces les predicaba
el perdón de pecados y la salvación infinita de sus almas,
para que sus corazones, sus espíritus humanos, sus cuerpos y
sus almas sean redimidos eternamente y para siempre, de los
males de Lucifer y de sus ángeles caídos. Y era necesario que
el Señor Jesucristo cumpliese toda la Ley de Dios, sin
quebrantarla jamás, al pie de sus palabras, letras, tildes y
significados eternos, para entonces podernos perdonar
nuestros pecados y sanarnos de todos los males, habidos y por
haber, también, en el paraíso, en la tierra y en la eternidad
venidera.

Por ende, sólo así entonces Él mismo entregarnos: ésta
salvación celestial tan santa, perfecta, gloriosa, honrada,
bendita y llena de muchas bendiciones de milagros, maravillas
y prodigios para nuestras vidas, en la tierra y en el
paraíso, eternamente y para siempre. Es por eso, también, que
cuando el Señor Jesucristo fue clavado a los árboles
cruzados, secos y sin vida de Adán y Eva, fue para cumplir la
Ley del paraíso en sus vidas y ponerle fin al pecado de toda
la vida, para sellarnos eternamente y para siempre, para la
vida del nuevo reino de Dios, en el más allá.

Y es precisamente ésta salvación perfecta y sin igual de
nuestras almas eternas, la cual levanta al Señor Jesucristo
de entre los muertos, del corazón de la tierra, para
entregarle personalmente la Ley cumplida y eternamente
honrada a nuestro Padre Celestial, en los cielos. Y desde
aquel día en adelante, toda salvación de Adán, la cual le era
imposible alcanzar en su vida, por haber violado y pecado en
contra de la Ley del paraíso, no sólo le pertenece a Dios,
sino también a todo hombre, mujer, niño y niña, para que
reciba poderes celestiales, para hacer hecho hijo e hija de
Dios, infinitamente.

Además, ésta salvación única de Dios y de su Espíritu Santo
no nos la puede quitar nadie, sean poderes del cielo o de la
tierra, de todo lo que está en lo alto o de todo lo que está
debajo de la tierra; es más, nada ni nadie tendrá poder jamás
para cambiarla, en nuestros corazones en la eternidad. Por lo
cual, somos eternamente libres en el Señor Jesucristo, para
adorar y honrar por siempre el nombre y la vida celebre de
nuestro Padre Celestial que está en los cielos.

Somos los nuevos hijos de Dios, para glorificar juntamente
con los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos del cielo, el nombre glorioso y sumamente
honrado de nuestro Padre Celestial. Por lo cual, es ésta
salvación infinita de nuestras almas, alcanzada por el Señor
Jesucristo para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, la que nos
levantara a la nueva vida infinita del nuevo reino de los
cielos, en el más allá.

Y seremos levantados al paraíso de regreso, porque nuestros
nombres están escritos en "el libro de la vida de Dios", en
el nuevo reino de los cielos, como en el nuevo paraíso
celestial: La Nueva Jerusalén Santa e infinita del cielo, por
ejemplo. Y en estas nuevas tierras con nuevos cielos sólo
conoceremos la vida fructífera de la salvación tan grande y
tan gloriosa, la cual nos Padre Celestial ha comprado con el
precioso precio de la sangre bendita y eternamente gloriosa
de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

LOS FIELES A CRISTO, SERÁN LEVANTADOS AL CIELO

En aquellos días porvenir aun, entonces estarán dos o tres
personas en el campo; el uno será tomado por el Espíritu
Santo para levantarlo al paraíso, y el otro será dejado para
sufrir la ira de Dios por culpa de sus pecados y por no haber
recibido al Señor Jesucristo en su corazón, cuando tuvo la
oportunidad de hacerlo así. Como dos mujeres, por ejemplo,
estarán cocinando en la cocina; la una será levantada al
paraíso por el poder del Espíritu de Dios y de su fe en
Jesucristo más la otra no; la otra será dejada atrás en la
tierra, para sufrir el terrible mal y fuego de la ira de
Dios, porque Cristo no está en su corazón.

Por eso, todos ustedes cuídense, pues, porque no saben en qué
día viene su Señor y salvador de sus vidas para levantarlos
al paraíso, de regreso a sus tierras y primeros hogares,
creados por el nombre y la Ley del paraíso, para que vivan
con Él, eternamente y para siempre, siempre gozando de la
santidad y de la felicidad infinita. Porque nuestro Señor
Jesucristo regresara a la tierra según prometió a sus
apóstoles y discípulos, para llevar acabo la perfecta
voluntad de nuestro Padre Celestial que está en los cielos,
en las vidas de cada uno de sus hijos e hijas, en todos los
lugares de la tierra, para entonces empezar su nueva vida
infinita, en su nuevo reino celestial.

Porque la nueva vida de Dios y de su Espíritu Santo no podrá
jamás realmente empezar en la tierra ni menos en el paraíso,
si es que su Hijo amado no regresa a nosotros primero en la
tierra y cumple lo que prometió delante de sus fieles de
Israel y de las naciones del mundo entero, también, por
ejemplo. Y el Señor Jesucristo prometió no sólo regresar por
así no más, sino con mucho poder del cielo, también, para
levantar a sus hermanos de la humanidad entera, de los que
hayan creído en sus corazones y confesado con sus labios su
nombre, para perdón y para salvación infinita de sus vidas,
en la tierra y en el paraíso.

Es decir, también, que el Señor Jesucristo regresa de parte
de nuestro Padre Celestial con grandes poderes y autoridades
para no sólo volvernos a bendecir grandemente y hasta mucho
más que antes y con mayor gloria celestial e infinita, sino
que nos levantara hacia su vida santa del reino de los
cielos, para jamás volvernos a separar de Él. Por lo tanto,
el Señor Jesucristo regresa a nosotros con mayor gloria y
poderes especiales de parte de nuestro Padre Celestial y de
su Espíritu Santo, para tocar nuestras vidas con grandes
poderes, maravillas y milagros sobrenaturales, de su nombre
sagrado viviendo en nuestros corazones y en nuestras almas
eternas, también.

Ya que, cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas
las razas, familias, pueblos, tribus y reinos del mundo,
necesitamos día y noche del Señor Jesucristo, para limpiarnos
de nuestros pecados y sanar nuestros corazones, nuestros
espíritus y nuestras almas eternas, también, para vivir la
nueva vida celestial, desde ahora en la tierra, para entonces
posteriormente entrar al paraíso. Porque sólo el Señor
Jesucristo es el camino, la verdad y la vida para escapar el
mundo (y su infierno escondido en sus entrañas); y también Él
mismo es nuestro único seguro regreso al paraíso y a nuestro
Padre Celestial, el Creador del cielo y de la tierra, ¡el
Todopoderoso!

En vista de que, así como Adán y Eva en el paraíso, por
ejemplo, Dios los llamo a comer de su fruto de vida eterna,
para que sean levantados aun mucho más alto que antes o que
la primer vez, como en el día de su creación, por ejemplo, al
cielo más alto que cielo del paraíso. Y cuando Dios los llamo
a comer de su fruto de vida eterna, no los llevo a cualquier
otro árbol del paraíso, por más glorioso y frondoso que
fuese, sino que los llevo a su Hijo amado, el Árbol de su
misma vida eterna y de su nuevo reino infinito.

Para que sólo del Señor Jesucristo coman y beban sus
corazones, sus almas infinitas, día y noche y por siempre, en
el paraíso, en la tierra y en toda su creación, como en la
nueva eternidad venidera de su nuevo reino de los cielos, por
ejemplo. Porque nuestro Padre Celestial deseaba levantar a
Adán y a cada uno de sus descendientes al cielo más alto que
el cielo del paraíso y del reino de los ángeles, pero no
podía, por más que desease hacerlo así con ellos, si Cristo
no estaba instalado en sus corazones, en sus espíritus y en
sus nuevas vidas flamantes, por ejemplo.

Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es el camino, la verdad
y la vida para levantar a los ángeles y a las almas de los
hombres y mujeres del paraíso al cielo más alto que el cielo
de los ángeles, en donde vive Dios, en perfecta armonía y
felicidad de su corazón y de su Espíritu Santísimo. Porque
mayor gloria que ésta, la del corazón de nuestro Padre
Celestial, no hay otra igual: Y esta es, que su corazón viva
alegre infinitamente con cada uno de sus seres creados,
ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas, hechuras
perfectas de sus manos sagradas, en la tierra, en el paraíso
y en la nueva eternidad venidera, también.

Entonces en este lugar sagrado de Dios y su Espíritu
Santísimo, sólo pueden entrar a ver y vivir la vida,
eternamente y para siempre, en su nuevo reino celestial, como
ángeles del cielo y hombres de la humanidad entera, sólo de
los que han comido y bebido del fruto de la vida eterna, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! De otra manera, nadie podrá
jamás entrar a estas tierras santas y eternamente honradas,
de Dios y de su Espíritu Santo, en el cielo más alto que el
cielo de los ángeles, en el más allá.

Por lo tanto, el que intente entrar al reino secreto de Dios
y de su Espíritu Santo en el cielo más alto que el reino del
paraíso y de los ángeles, por ejemplo, entonces no podrá,
sino que fracasara eternamente y para siempre, pecando así
eternamente en contra de su propia alma y de su vida
celestial e infinita. Porque sin el Señor Jesucristo viviendo
en el corazón del ángel del cielo o en el hombre del paraíso
o de la tierra, entonces no tiene parte con el Creador de su
vida, en la tierra, en el paraíso, ni menos en el cielo más
alto que el reino de los ángeles, sino que su lugar eterno es
el infierno.

Es por eso, que la comida y la bebida del Señor Jesucristo
son de suma importancia para todo ángel, arcángel, serafín,
querubín y demás seres santos de Dios, pues así también con
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para
poder ver la vida eterna, desde ahora mismo y para la
eternidad vendiera del nuevo reino celestial. Entonces cuando
el Señor Jesucristo se aparezca en el aire ha de ser no sólo
para volver a bendecir nuestros corazones y nuestras almas
vivientes, sino para levantarnos a los lugares celestiales no
tanto de ángeles, sino del paraíso y de su nuevo reino
celestial. En aquel día, los hombres y las mujeres estarán
ocupados en sus quehaceres de siempre, cuando de pronto, sin
que nadie se de cuenta de nada, unos serán levantados al
cielo y los demás dejados atrás, en la tierra.

Los que serán levantados al cielo, se habrán ido con el
SEÑOR, como lo prometido por el Señor Jesucristo a sus
apóstoles y discípulos de Israel, por ejemplo. Más los que se
quedaron atrás, ellos sufrirán la ira de Dios en el mundo
rebelde y lleno de tinieblas, por su pecado mortal.

Y este pecado mortal del hombre pecador, como de la mujer
pecadora, es de no haber "oído y atendido" a su palabra
sagrada y al nombre glorioso y eternamente honrado de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, para que sea hecho parte de sus
corazones, en esta vida y en la venidera también, en el nuevo
reino celestial. Por eso, si hoy oyes la voz de Dios,
entonces no desprecies el llamado de su corazón para ti y
para los tuyos, también, para que te vaya bien todos los días
de tu vida, en la tierra y en el más allá, también, como en
el nuevo reino de los cielos o su Jerusalén Santa e Infinita,
por ejemplo.

SOMOS HIJOS DE DIOS, POR LA GRACIA DE JESUCRISTO

Apreciados hermanos y hermanas, ahora somos hijos e hijas del
Altísimo, por razones de la obra perfecta del Señor
Jesucristo en nuestros corazones, por tanto, aún no se ha
manifestado lo que seremos, en los días porvenir de la nueva
vida infinita de Dios y de su Árbol de vida, en el paraíso y
en el nuevo reino celestial. Pero sabemos que cuando el Señor
Jesucristo sea manifestado en persona ante nuestros ojos en
la tierra, en su segunda venida, entonces seremos semejantes
a Él, en todo, porque le veremos tal como Él es (y ha de ser
por siempre, en la nueva vida celestial e infinita).

En efecto, esta es la gloria por la cual nuestro Padre
Celestial ha esperado mucho, para verla y vivirla en cada uno
de nosotros, en el paraíso y en toda la tierra, también,
desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros
días, por ejemplo. Porque cuando el Señor Jesucristo sea una
realidad en nuestras vidas delante de Él y de su Espíritu
Santo, como debió de ser desde el comienzo de todas las
cosas, entonces su imagen y semejanza celestial serán en cada
uno de nosotros, tal como Dios lo hizo así, en el día de
nuestra formación en la tierra santa del paraíso.

En la medida en que, cada uno de nosotros ha sido creado en
su imagen y conforme a su semejanza santa y celestial; por lo
tanto, cada uno de nosotros es también la imagen y semejanza
perfecta de su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Y esto es algo que nuestro Padre Celestial vive
muy orgulloso en su corazón santo, en los cielos. Y, además,
esto es algo que, a su vez, Lucifer jamás deseo en su corazón
que el hombre y la mujer, como Adán y Eva, por ejemplo, y
cada uno de sus descendientes, en sus millares, llegue a
entender y a conocer en su corazón.

Por eso, la batalla constante y sin tregua alguna entre Dios
y el mal de Lucifer, para que gane el bien y así salvar la
vida de todo ser viviente, en el paraíso y en toda la tierra,
también. Porque sólo en los poderes sobrenaturales de la
gracia y de la misericordia infinita actuando en nuestras
vidas, día y noche y por siempre, por el poder de nuestra fe,
en el Señor Jesucristo, entonces la imagen y semejanza
sagrada de nuestro Dios que está en los cielos serán un hecho
interminable, en nuestras vidas y en la eternidad, también.

Porque es el Señor Jesucristo quien realmente hace todas
estas cosas posibles, en nuestros corazones, en nuestros
espíritus humanos, en nuestras vidas terrenales y
celestiales, también, por el poder sobrenatural del espíritu
humano de nuestra fe, en su nombre santo, para que seamos tal
como Él es, eternamente y para siempre, ni más ni menos, en
la eternidad venidera. Porque para esto nuestro Dios nos crea
en sus manos santas, para que seamos como Él, su Árbol de
vida, su Hijo amado, el Cristo y más no como los ángeles del
cielo, por ejemplo.

Es por esta razón, que sin el Señor Jesucristo la imagen y
semejanza perfecta de nuestro Padre Celestial jamás será una
realidad, en nuestros corazones, en nuestros espíritus
humanos, en nuestras almas y en nuestras vidas, eternamente y
para siempre, en la tierra, en el paraíso y en el nuevo reino
celestial, como La Nueva Jerusalén del cielo, por ejemplo.
Porque sin el Señor Jesucristo la imagen y la semejanza de
Dios no se pueden reflejar, manifestar, verse en ninguno de
nosotros, por imperfección de nuestros pecados, por nuestras
tinieblas y por nuestras culpas de haber rechazado a la vida
preciosa y sumamente sagrada del Árbol de la vida, en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también.

En la medida en que, todos los que aman a Dios, entonces
tienen que crecer por siempre, en la imagen y semejanza santa
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sin excepción de ángel
del cielo u hombre del paraíso o de la tierra, por ejemplo,
ya sea en el paraíso o en la tierra de nuestros días,
también. Por lo tanto, si Dios no perdona a Adán y a Eva por
este pecado de violar su Ley Bendita del paraíso, por
ejemplo, pues tampoco a ti, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, te perdonara nuestro Dios: la maldad de tu corazón,
en la tierra, si no haces lo correcto en tu vida y con tu
alma.

Y esto es, que el Señor Jesucristo sea "tu comida y bebida"
de tu nueva vida infinita, desde hoy mismo y para siempre,
con tan sólo creer en tu corazón e invocar su nombre santo
con tus labios, en un momento de fe y de oración, delante de
su presencia santa y de su Espíritu Santo, también. Entonces
ahora somos hijos e hijas del Altísimo, porque hemos recibido
en nuestros corazones su mensaje de amor infinito,
manifestado a cada uno de nosotros, en la vida y en el nombre
glorioso de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por tanto, como somos hijos e hijas de Dios, entonces hemos
de ser transformados por el poder de la voluntad perfecta de
nuestro Padre Celestial: en su imagen y en su semejanza
perfecta, desde ya, las cuales están guardadas en la vida
gloriosa y sumamente honra de nuestro salvador celestial, ¡el
Señor Jesucristo! Además, fue por esta razón, que el Señor
Jesucristo les decía a sus apóstoles y discípulos, en sus
predicaciones y muchas enseñanzas de toda la vida: el que me
ha visto a mí, en realidad, ha visto a mi Padre Celestial que
está en los cielos, sentado en su trono santo de gran gloria
y de honra infinita.

Porque yo y el Padre somos uno, en el cielo y en toda la
creación, también, eternamente y para siempre. Y ustedes son
de Dios, porque han salido de sus manos, de su corazón, de su
espíritu y de su vida gloriosa, llena de su imagen y de su
semejanza celestial. Por esta razón, cada uno de nosotros, en
nuestros millares, de todas las razas, familias, tribus,
pueblos y reinos de la tierra, ha de ser transformado, en el
cuerpo, la sangre y la misma vida gloriosa de nuestro Señor
Jesucristo, para que la imagen y semejanza de Dios, entonces
sean manifestadas en nosotros, para la eternidad venidera.

En otras palabras, también, el Señor Jesucristo es quien
realmente hace que la imagen y semejanza de Dios se
manifieste con gran gloria y con gran honra, en su perfecta
justicia y santidad infinita, en nosotros, para nuestro Dios
y para su Espíritu Santo, en la tierra y así también en su
nueva vida infinita, de su nuevo reino celestial. Para que
entonces cada uno de nosotros, juntos con Dios y con su Árbol
Viviente, empezar a vivir la nueva vida celestial, como Él lo
intenta hacer así primero con Adán y Eva, pero Lucifer se le
interpuso para que no fuese así, jamás, con sus palabras
torcidas, para truncar con el pecado a la humanidad entera
del Señor Jesucristo.

CUANDO VEAN EL ÁRBOL DE HIGOS REVERDECER, EL DÍA ESTÁ CERCA

De la higuera aprendan la alegoría: Cuando su ramal ya está
tierno y retoñan sus hojas uno tras otro y sin ningún
problema en un terreno árido, seco y hostil sobre todas las
cosas, sin vida como el desierto de Egipto, por ejemplo,
sepan pues entonces que la época de cosechar justicia por los
suyos está más cerca que nunca. Así también ustedes, cuando
vean todas estas cosas acontecer, sepan también que está
cerca, a las puertas el gran día de la manifestación del
SEÑOR, en toda la tierra, como sorprendió a los antiguos la
llegaba del Cristo a Israel, por ejemplo, pues así nos
sorprenderá a todos, sin no nos cuidamos.

Además, en este gran día venidero del SEÑOR será entonces
para llevarse con él, al paraíso de regreso: a cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, de los que hayan
creído en sus corazones y así confesado con sus labios: el
nombre salvador de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Porque sólo el Señor Jesucristo es el verdadero salvador de
Israel, en el desierto de Egipto y en toda la tierra; pues
así también el Señor Jesucristo es el salvador celestial de
todo hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones del
mundo entero, en nuestros días modernos y de siempre.

Porque la venida del Señor Jesucristo es eminente en la vida
de la humanidad eterna, en todas las naciones de la tierra, a
pesar de la presencia terrible del pecado y de sus profundas
tinieblas por doquier. Las mismas tinieblas aparecen anunciar
día y noche la llegada de la luz del Señor Jesucristo, para
llevarse con él a sus fieles. Es decir, a los fieles eternos
de su nombre santo y salvador, el cual vive en sus corazones,
desde el momento que creyeron en Él y confesaron su nombre
salvador con sus labios, para empezar en sus vidas: la nueva
vida infinita del reino de los cielos, de Dios y de su Árbol
de vida.

Es por eso, que el hombre pecador, como la mujer pecadora,
está confundido y los pensamientos de su corazón aturdidos,
sin saber hacia donde ir en los días por venir; no sabe si
salir o entrar, si quedarse o irse, si cuando da un paso
hacia delante, por ejemplo, no sabe si realmente está yendo
hacia delante o hacia tras. Y la confusión de su corazón, por
sus tinieblas, se debe la ceguera constante de sus ojos y de
sus pensamientos, porque la luz de la verdad y de la justicia
infinita del Señor Jesucristo no están en él (o en ella), por
ejemplo.

Es más, no saben nada, ni entienden nada, de la segunda
venida del Señor Jesucristo, para mal de sus vidas y de los
suyos, en la tierra y en el más allá, como en el infierno o
como en el lago de fuego y de tormento eterno, la segunda
muerte final de todo pecador y pecadora de la humanidad
entera. Y nuestro Padre Celestial no está interesado en la
muerte del pecador o de la pecadora, sino que desea ver, como
siempre, su arrepentimiento total de sus pecados y su
reconciliación absoluta de su alma, para con su Dios y
Creador de su vida, por medio de la vida y del nombre
glorioso de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Dado que, fuera de la vida y del nombre glorioso de su Hijo
amado, entonces no existe reconciliación alguna para el
pecador y para la pecadora de la humanidad entera, comenzando
con Adán y Eva, en el paraíso y con la Casa de Israel en la
tierra de nuestros días, por ejemplo. Porque ésta salvación
de Dios, la cual comenzó a descender desde los cielos, en la
presencia y la llenura gloriosa de su Espíritu, (génesis
1:2), para regarse sobre todos los contornos de la tierra y
así someter a cada una de las tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos ante la primer llegada al mundo de la luz
viviente.

Por cierto, esta luz del SEÑOR es el Señor Jesucristo, para
que por medio de Él, en los corazones de todos los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, entonces haya
luz y más no tinieblas, para que la gloria de Dios sea aun
mayor que antes en toda la tierra, para entonces empezar la
nueva vida infinita. Y esta nueva vida infinita, es la del
nuevo reino de los cielos, prometida a los antiguos y a cada
uno de los que amen a su Dios y Creador de sus vidas, sólo
por medio de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!

Y es por esta razón, que el Señor Jesucristo regresa al
mundo, no para pelear en contra del pecado y su maldad
eterna, como en el principio, por ejemplo, sino para redimir
a sus fieles de todas las naciones de la humanidad entera,
porque nuestro Padre Celestial ya los ha aceptado en su nueva
vida infinita de su reino celestial. Para que ellos ya no
sufran más el peligro amenazador del poder destructor de la
ira venidera de Dios, en contra de todo aquel que habla
mentira, calumnia y gran maldad en su corazón para con su
prójimo, con sus labios y hace maldad con sus manos a los
inocentes del mundo y al Fundador de sus vidas, también.

En esta ocasión, el Señor Jesucristo recogerá, sin perder a
ninguno de los suyos, de todos los lugares de la tierra, para
levantarlos al cielo, de regreso a sus vidas infinitas del
paraíso de Dios y de su nuevo reino celestial. Como su Nueva
Jerusalén Santa e Infinita del reino, en donde sólo habita el
espíritu de la verdad, la vida y la justicia eterna de su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo, para bien de los ángeles
y de la humanidad entera de todas las familias de la tierra,
comenzando con la primer familia de Adán y Eva, por ejemplo.

Y el Señor Jesucristo se los lleva de regreso al paraíso,
para que ya no sufran más la ausencia del Fundador de sus
vidas, sino que se gocen por siempre con Él y de sus muy
ricas bendiciones de gozo, paz, felicidad, amor y armonía
perfecta con la Ley Viviente, para miles de siglos venideros,
en su nuevo reino celestial. Por lo tanto, como estos días ya
se acercan, entonces levanten sus ojos al cielo y oren al
Dios del cielo y de toda la tierra, para que sus corazones y
sus almas eternas estén listas para éste gran día histórico
de Dios y de su humanidad escogida, para que entren
victoriosos a sus nuevas vidas infinitas.

Para que entren, desde ahora, a sus nuevas vidas celestiales
del paraíso y de la Nueva Jerusalén Santa y Eterna del cielo,
con un cuerpo nuevo y libre de toda contaminación del pecado
y de la mentira del enemigo, como en cuerpo, la sangre y la
vida gloriosa de nuestro salvador celestial, ¡el Señor
Jesucristo! Porque todos seremos transformados en el mismo
espíritu, sangre, vida, cuerpo, alma y santidad perfecta del
Hijo amado de Dios, para vivir nuestras vidas, por las cuales
nuestro Padre Celestial nos crea con sus manos y, a la vez,
nos llamo para que seamos hechos sus hijos e hijas
celestiales, en su nueva eternidad infinita.

CUANDO CRISTO RETORNE, NUESTRAS VIDAS SERÁN PERFECTAS COMO LA
DE ÉL MISMO

Y cuando se manifieste nuestro Señor Jesucristo, su misma
vida, la de cada uno de ustedes, de los que han vivido en la
antigüedad y que están en el polvo de la tierra, juntos con
los que aun respiran vida, por ejemplo, entonces serán
manifestados con Él, en su gloria santa e infinita, para
entrar a la nueva vida celestial. El nuevo reino celestial de
Dios empieza de lleno en toda su nueva creación, para ángeles
del cielo y hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por la
sangre del pacto eterno del Señor Jesucristo, la cual se
llevo acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras
de Jerusalén, en Israel, para bien infinito de la humanidad
entera.

De hecho, esta es la gloria que el reino celestial y sus
huestes angelicales desean día y noche ver ya, en la vida de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
comenzado con Adán y Eva, para que Lucifer y sus mentiras
sean destruidos ya, en el infierno, para que no hagan mal a
nadie más. Porque el viejo mundo y su vida rebelde a la
verdad y a la justicia infinita de Dios y de su Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo, tiene que terminar para que
Lucifer con sus pecadores desaparezca eternamente y para
siempre, para el bien de Dios mismo y de su humanidad
celestial e infinita.

Por eso, los ángeles en los cielos oran día y noche para que
toda mentira y blasfemia sean destruidas y así entonces
Lucifer y sus ángeles caídos dejen de existir, para que ellos
mismos puedan vivir en paz, con toda la humanidad de la
tierra, redimida por la sangre eternamente viva del Señor
Jesucristo, para el nuevo reino de Dios. Consiguientemente,
nuestro Señor Jesucristo regresa a cada uno de nosotros, ya
sea que vivamos o que muramos, pero con grandes poderes
celestiales de parte de nuestro Dios y de su Espíritu Santo,
para tocar nuestras vidas y transformarlas, en un abrir y
cerrar de ojos, por la gloria infinita de su nombre viviendo
aun en nuestros corazones, aunque hayamos muerto.

Supuesto que, una verdad no morirá jamás en ninguno de
nosotros, y esto es el nombre del Señor Jesucristo viviendo
en nuestros corazones, en nuestros espíritus humanos, en
nuestras almas vivientes y en nuestras vidas, viejas o
nuevas, de la tierra, del paraíso y del nuevo reino de los
cielos, también, por ejemplo. Por lo tanto, esto es poder del
cielo, prometido a todo aquel que le ame a Él, como a su Dios
y Creador de su vida celestial, sólo por medio de la vida y
del nombre glorioso y sumamente honrado de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!

En vista de que, fuera del nombre del Señor Jesucristo no
existe poder (o posibilidad alguna) para satisfacer toda
verdad y toda justicia de un corazón tan santo y tan
glorioso, como sólo lo es el corazón de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos, sentado en su trono de gran
gloria y de santidad infinita. Porque todo lo que nuestro
Dios nos prometió por su palabra o por sus profetas o por su
Hijo amado, por ejemplo, entonces tiene cumplimiento en cada
uno de nosotros, tarde o temprano, en nuestros millares, sin
jamás hacer excepción de persona alguna, por ninguna razón,
de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la humanidad entera.

Dado que, sólo esta es la vida gloriosa y eternamente honrada
del cielo, por la cual Dios nos crea y, a la vez, nos llama
para recibirla, vivirla, gozarla, sólo posibles en el Señor
Jesucristo, para así entonces nosotros poder ascender a la
nueva vida celestial, ya sea que vivamos en la tierra o en el
paraíso, por ejemplo. Por lo tanto, sólo la sangre bendita de
su Cordero Escogido, su Hijo amado, ni más ni menos, nos
puede levantar de la tierra de regreso al paraíso de Adán y
Eva o a la Nueva Jerusalén Santa e Infinita de la nueva vida
eterna de Dios y de su Árbol de vida, el gran rey Mesías, ¡el
Señor Jesucristo!

Porque así como los que están en la tierra y como los que
están en el paraíso, aun tienen que ascender al cielo más
allá del cielo antiguo de los ángeles, para entonces entrar
de lleno a la nueva vida, la cual sólo existe (y es posible)
en la nueva Jerusalén Celestial, prometida para los que aman
a su Dios. Y los que aman a Dios, son aquellos que han creído
en sus corazones y han confesado con sus labios, que el Señor
Jesucristo es su Hijo y SEÑOR de la eternidad, para gloria y
para honra de nuestro Padre Celestial y para su Espíritu
Santo, rodeado de ángeles y de las almas redimidas por la
sangre del "Cordero Escogido".

Ya que, esta nueva eternidad, la cual nuestro Dios crea, es
para sus ángeles santos del cielo y los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, que verdaderamente le
han aprendido a amar, por medio del espíritu de vida y de
salud eterna, de su Árbol Viviente del paraíso y de toda la
tierra, ¡el Señor Jesucristo! Porque todo ángel del cielo y
así también todo hombre y toda mujer, comenzando con Adán y
Eva, en el paraíso, por ejemplo, han salido del Árbol de la
vida, en el día que fueron creados en la mano de nuestro
Padre Celestial, en su imagen y conforme a su semejanza
perfecta y eternamente gloriosa.

Por lo tanto, tanto como los ángeles y como el Árbol de la
vida, nosotros también somos del cielo, del paraíso y de la
nueva vida celestial de nuestro Dios y Fundador de nuestras
nuevas vidas infinitas, en la tierra y en el más allá,
también, como en su nueva ciudad santa y celeste: La Nueva
Jerusalén de Dios. Y Lucifer no desea que ningún pecador
conozca ésta gran verdad y justicia divina, escondida en el
corazón del Señor Jesucristo, para bien de todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, desde la
antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, para que no
sea contaminada jamás por las mentiras de Lucifer o de sus
ángeles caídos.

Por lo tanto, nuestra verdad y justicia salvadora, las cuales
agradan profundamente a nuestro Padre Celestial para perdonar
nuestros pecados y darnos vida eterna, desde ya en la tierra,
para luego entrar a la vida eterna del paraíso y de su nuevo
reino celestial, están seguras para cada uno de nosotros, en
la sangre y vida de nuestro salvador Jesucristo. Es por eso,
que una oración simple, siempre hecha en el nombre del Señor
Jesucristo y llena de la fe, del corazón amante de Dios y de
su vida gloriosa y sumamente honrada del cielo y de su Ley
del paraíso, entonces podrá ser bendecida por su Dios en la
tierra y así también, en el cielo, desde hoy mismo.

EL SEÑOR JESÚS DIJO: ¡REAPARECERE UNA VEZ MÁS!

El que da testimonio de estas cosas dice la verdad perfecta
de nuestro Padre Celestial, desde su corazón santo para la
humanidad entera; y nos asegura decisivamente, diciéndonos:
"¡Sí, regreso pronto a ustedes, para levantarlos al cielo más
alto que el cielo de los ángeles de la eternidad!" Si, ven
ya, Señor; no te tardes más, único salvador celestial de
nuestras almas del paraíso y de toda la tierra, también. ¡
Amén!

¡Vuélvete a nosotros, Señor Jesucristo, lo más pronto
posible!, es nuestra respuesta a ti, nuestro salvador y Señor
celestial de nuestras vidas infinitas, ¡el Santo de Israel y
de las naciones!, para que nos levantes al lugar de nuestros
primeros pasos, en el paraíso. En verdad, tenemos la promesa
perfecta de nuestros Señor Jesucristo de que él regresara a
nosotros para reencontrarnos con Él en el aire, en el cielo,
para jamás volvernos a separar por ninguna razón, ni menos
por el pecado de Adán o de Eva del paraíso, por ejemplo.

Por lo tanto, podemos muy bien confiar en su palabra viva en
nuestros corazones, porque su palabra es real y verdadera, y
no será cambiada jamás por el poder del hombre ni de ningún
enemigo de Dios, como Lucifer o cono alguno de sus ángeles
caídos, por ejemplo. Entonces tenemos palabra de Dios y del
mismo Señor Jesucristo que volverá a nosotros, en su misma
persona de toda la vida, para llenarnos de sus más ricas y
gloriosas bendiciones, con las cuales nuestro Dios desea
mucho llenar la vida de Adán y de Eva, en el paraíso y en
todos los lugares de su nueva creación celestial.

Pero no lo pudo hacer así con ninguno de ellos, desde el día
que los formo en sus manos santas del polvo de la tierra,
porque no comieron ni bebieron del fruto de la vida, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en el epicentro del paraíso y del
reino de los cielos. Por lo tanto, nuestro Dios no pudo
bendecirlos mucho a ellos ni a sus hijos, desde el día que
transgredieron en contra de la Ley Divina e Inquebrantable
del paraíso, como muy bien lo tenía planeado en su corazón
sagrado hacer, desde mucho antes de la fundación del cielo y
de toda la tierra.

Pero desde el día que el Señor Jesucristo fue clavado a sus
árboles cruzados, secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, entonces todo cambio para Dios y para la humanidad
entera. Desde aquel día en adelante, nuestro Padre Celestial
pudo verdaderamente comenzar a bendecir con grandes poderes
del cielo y de la tierra a cada uno de los descendientes de
Adán, de la misma manera que deseo hacerlo así en el paraíso
antes que llegase el pecado a la vida del hombre y de la
mujer, por ejemplo.

Por lo tanto, nosotros tenemos muchas bendiciones
directamente de nuestro Padre Celestial para recibir la vida
eterna y gozarla por siempre en nuestros corazones, en
nuestros espíritus humanos y en nuestras almas redimidas, por
el poder de la sangre bendita del Señor Jesucristo. Para
entonces no volver jamás ninguno de nosotros, en nuestros
millares, de todas las razas, familias, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la tierra, ha sufrir los males del pecado
y hasta su misma muerte, en la tierra y en el más allá,
también, como en el infierno o como en el lago de fuego, por
ejemplo.

Por lo tanto, nosotros somos libres de toda contaminación y
condenación del pecado original de Adán y Eva del paraíso,
porque la sangre del Señor Jesucristo, derramada sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, Israel,
nos libra de todos sus males y de la ira de nuestro Padre
Celestial y de tus Espíritu Santo, también. Por lo tanto, el
Señor Jesucristo ya bajo del Árbol de la vida en el paraíso y
así también en las afueras de Jerusalén, para no sólo
bendecirnos grandemente desde la tierra prometida y, a la
vez, librarnos de los poderes destructores de nuestros
enemigos, sino que también nos puede dar vida en abundancia
en el paraíso, una vez más.

Y, además, el Señor Jesucristo nos puede levantar al cielo
más allá del paraíso y del reino de los cielos de los
ángeles, a donde está nuestro Padre Celestial, viviendo en
perfecta gloria y en perfecta honra de la vida de la Ley
mesiánica de nuestro salvador, el Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo! Por lo tanto, nosotros tenemos testimonio de
nuestro Señor Jesucristo de que él mismo volverá a la tierra,
para completar su obra santísima en cada uno de todos
nosotros, en todos los lugares de la tierra, comenzando con
los que le aman en Israel, por ejemplo.

Como quiera que, la obra de nuestro Padre Celestial de sus
manos santas y de su corazón sagrado, tiene su cumplimiento
perfecto e infinito, en cada uno de nosotros, de todas las
razas, familias, linajes, tribus, pueblos y reinos de la
tierra. Parque entonces nosotros podremos no sólo recibir la
vida eterna de parte del Señor Jesucristo y de nuestro Padre
Celestial, sino que también su Espíritu Santo nos podría
levantar, como levanto al Señor Jesucristo de la tierra y
hasta volver a entrar a la tierra sagrada del paraíso y de su
nuevo reino celestial, en el más allá.

Además, cuando entremos a vivir la vida eterna, en el nuevo
reino de los cielos de Dios y de su Árbol de vida infinita,
de los ángeles y de cada hombre, mujer, niño niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo,
entonces ya el pecado no tendrá poder alguno, en ninguno de
nosotros, para hacernos daño. En realidad, el pecado original
de Adán ya no volverá a manchar nuestras vidas, con sus
profundas tinieblas de muerte y de destrucción eterna, sino
todo lo contrario.

Nosotros comenzaremos solamente a conocer, saborear,
disfrutar y vivir la vida eterna del reino de los cielos,
como sólo Dios la sabe vivir con su Espíritu Santo y con su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo, siempre rodeado de sus
huestes angelicales, en nuestro paraíso eternal y en su gran
ciudad celestial, La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del
cielo. En esta nueva vida del nuevo reino de Dios, cada uno
de nosotros vivirá en eterna paz con nuestro Padre Celestial
y con cada una de sus criaturas celestiales y de la tierra,
también.

En tanto que, todo lo que nuestro Padre Celestial ha creado
para el bienestar del hombre y de los suyos, ya están listos
en la tierra santa del nuevo reino de los cielos, esperando
por él y por sus pueblos, para que comiencen a vivir sus
vidas infinitas y eternas. Y esto es no de vivir sus vidas de
siempre o de la tierra rebelde y pecadora de nuestros
tiempos, sino para vivir la vida por la cual nos creo,
nuestro Dios con sus manos sagradas, en el comienzo de todas
las cosas, en el paraíso con su Espíritu Santo y al pie de su
Árbol Vivo, ¡el Señor Jesucristo!

De modo definitivo, esta será una vida llena de luz (y no de
tiniebla alguna), para los ángeles del cielo y para la
humanidad entera. Por lo tanto, sólo conoceremos la verdad de
todas las cosas y de la justicia infinita, por la cual
nuestro Padre Celestial nos redimió de los poderes terribles
y malévolos del enemigo, para últimamente levantarnos al
nuevo cielo infinito aun mucho más alto que el paraíso o que
el reino de los ángeles, por ejemplo, como en el principio.

Y así entonces no nos volvernos a alejar de Él, jamás, por
ninguna razón, eternamente y para siempre, como sucedió con
Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, en toda la nueva
eternidad venidera de su nuevo reino celestial. Pues
viviremos por siempre con nuestro Padre Celestial, llenos de
vida y de salud de su Árbol Viviente, ¡el Señor Jesucristo!,
tal como debió de ser siempre, desde el comienzo de todas las
cosas, en el cielo y en su profunda antigüedad celestial.

Y es por esta razón, que el Señor Jesucristo regresa a la
tierra una vez más, pero esta vez para llevarnos con Él, a su
nueva tierra con nuevos cielos, llenas de mansiones y de la
gloria infinita de conocer y de servirle por siempre a
nuestro Padre Celestial en su nueva vida infinita. Si,
viviremos, en nuestros millares, por siempre en el paraíso
por la gracia de Cristo y el amor infinito de nuestro Padre
Celestial, y más no moriremos en el infierno, como manda la
ley de este mundo establece desdichadamente, sumergido en las
profundas tinieblas de no conocer el nombre milagroso y
salvador del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!

JESUCRISTO LEVANTARA A LA HUMANIDAD DEL POLVO DE LA TIERRA

Nuestro Señor Jesucristo regresa pronto a la tierra. Y él
regresa a nosotros, para levantar de entre los muertos a
todos los que han creído en sus corazones y han confesado con
sus labios su nombre santo y salvador de sus vidas, para
volverles a dar vida, en la tierra y así entonces entren al
paraíso para seguir viviendo sus vidas infinitas.

Dado que, en el paraíso no pueden entrar los muertos, ni sus
calaveras, por así decirlo, por ejemplo, sino por lo
contrario. La tierra sagrada del paraíso es para los que
viven. Y si nuestro Dios desea ver a todo hombre, mujer, niño
y niña una vez más en sus cuerpos corporales, de los que han
vivido en la tierra, en siglos pasados y hasta olvidados por
la humanidad entera y su historia, también, pues entonces
tiene que levantarlos del polvo de la tierra.

Y entonces poner en orden sus carnes sobre sus huesos, sus
órganos en sus lugares correspondientes y funcionando a
perfección, sus sangres en sus venas y volver a soplarles
vida en sus fosas nasales, para que respiren vida una vez
más, como antes. Como lo hizo con Adán, por ejemplo, en el
día que lo levanto del polvo de la tierra para que tenga vida
en todo su ser y así también cada uno de sus descendientes,
en todos los lugares del mundo.

Como sucede hoy en día exactamente contigo, mi estimado
hermano y con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, por ejemplo. Es decir, que para nuestro Padre
Celestial y para su nombre sagrado, el nombre de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, no es ningún problema levantar a
ningún hombre como Adán, por ejemplo, del polvo de la tierra
y volverle a dar vida en abundancia, para que no se vuelva a
morir esta vez.

Por lo tanto, así como el paraíso y como el nuevo reino de
los cielos están llenos de gentes de todas las razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, que en
sus días vivieron sus vidas normales, como todos los demás en
la tierra. Pero cuando les llego su último día de vida,
entonces murieron. Pues bien, ellos están en el polvo de la
tierra, en sus millares, sus huesos, sus carnes, sus órganos
y sus sangres, pero sus almas están en el paraíso, es decir,
si creyeron en Cristo Jesús en sus corazones, en sus vidas.

Y, desgraciadamente, para los que no creyeron en el Señor
Jesucristo en sus corazones, entonces sus almas están entre
las llamas de la ira de Dios, en el infierno, sufriendo la
terrible agonía de sus corazones y de sus almas eternas, de
no tener a Cristo en sus corazones, para siempre. En el día
de la resurrección, ellos se levantaran con todos los
mentirosos, los blasfemos, los malditos, los criminales, los
ladrones, los adúlteros, los asesinos, los envidiosos, los
cobardes, los viles, los traicioneros, los hipócritas, los
fariseos, los afeminados, los calumniadores, los rateros, los
bajos, los sucios, los celosos, los falsos, los burladores
con todos los demás que aman la maldad.

Todas estas gentes perdidas, volverán a recibir sus cuerpos,
corazones, espíritus y almas rebeldes al nombre y a la vida
sagrada del justo, del Señor Jesucristo, para ser finalmente
juzgados por sus palabras y por sus malas acciones en contra
de gente del SEÑOR de toda la tierra. Y después del juicio
final de Dios y de su Jesucristo, entonces ellos volverán a
morir, pero esta vez para siempre, en el lago de fuego, la
segunda muerte final del pecador de toda la tierra.

Pero, sin embargo, todos los que aman al Señor Jesucristo sus
muchos pecados se habrán borrado de sus vidas y de los libros
del cielo, para no ser recordados ni mucho menos juzgados
jamás. Ellos recibirán sus cuerpos, sus carnes sobre sus
huesos, sus sangres y sus espíritus de vida, reservadas en
perfecto estado de vida y de salud infinita, en la vida
gloriosa y sumamente honrada del Señor Jesucristo, para
posteriormente poder entonces entrar a la vida eterna del
nuevo reino de los cielos, en el más allá.

Y desde aquel día en adelante, todos gozaremos de una nueva
vida, porque los pecadores y las pecadoras de la tierra ya no
estarán a nuestros lados, para hacernos más daño, como lo
hicieron durante los días de sus vidas, cuando vivían con
nosotros en el mundo, por ejemplo. Seremos no solamente
libres del pecado, sino también libres de la presencia
terrible de todo pecador y de toda pecadora, como de los que
viven en nuestros alrededores o se acercan a nosotros, para
inventarse sus mentiras, sus maldades y sus calumnias
mortales para hacernos daño, como siempre.

Por lo tanto, los malos sin Cristo en sus corazones estarán
perdidos eternamente y para siempre en sus mentiras y
maldades eternas de sus corazones entre las llamas ardientes
de la ira de Dios, en el infierno y en el lago de fuego. Y
cuando los pecadores y pecadoras dejen de existir, entonces
la tierra vivirá y sentirá nuevos aires frescos y dejara de
ser la tierra vil, llena siempre de las profundas tinieblas
de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.

Pero los que aman al SEÑOR y a su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, estarán gozos, gozando por siempre de la
presencia de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo
en el nuevo reino celestial del Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo! Porque éste nuevo reino de los cielos es para
ángeles del cielo y para todo hombre, mujer, niño y niña de
la nueva humanidad inmortal, redimida por la gracia y
misericordia infinita de la sangre del pacto eterno de Dios y
el Señor Jesucristo.

Y es por ellos, por los santificados, por los cuales el Señor
Jesucristo regresa a la tierra, con su salvación perfecta de
cada uno de ellos en su vida santa, para levantarlos al
paraíso, de regreso a los brazos y a la nueva vida gloriosa e
infinita de nuestro Padre Celestial que vive en las alturas
de los nuevos cielos.

(¡Feliz día de las Madres 2007 a todos! ¡Amen!)


El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.



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