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| Sábado, 02 de Junio, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) REGOCIJÁNDONOS EN EL SEÑOR Nuestro Padre Celestial nos ha rescatado de las profundas tinieblas de la tierra, como del polvo de la muerte, para que vivamos gozosos no en el pecado y en sus maldades infinitas, sino en la verdad, el camino y la vida gloriosa de su palabra, de su Espíritu Santo y de su nombre bendito y eternamente glorioso. De otra manera, nuestro Dios ni su Hijo amado ni su Espíritu Santo, jamás se hubiesen molestado en rescatarnos del polvo de la tierra, para formarnos en sus manos santas: en la imagen y conforme a la semejanza de nuestro Creador y sólo así entonces vivamos infinitamente, para su verdad y para su justicia celestial. En verdad, sin Dios y su Espíritu Santo fuésemos como cada una de todas las profundas tinieblas del mundo perdido de las profundidades de la tierra, y peor aun, más diablos que el mismo Lucifer y sus ángeles caídos, tal vez; es más, sin duda alguna, fuésemos terribles diablos del infierno, para destruir todo lo bueno que Dios ha creado. Porque nosotros hemos sido formados, no como los ángeles, arcángeles, serafines, querubines o demás seres santos del reino infinito, sino como el mismo Dios del cielo y de toda la tierra. Y esto es poder de lo alto, del más allá, como del paraíso, por ejemplo, para edificar por siempre nuestras vidas celestiales y terrenales, a la misma vez. Somos tan iguales a nuestro Creador en su imagen y conforme a su semejanza, que cuando el Señor Jesucristo se manifestó en la tierra, en realidad, éramos iguales a Él mismo; la única diferencia entre nosotros, Dios y el hombre, es el pecado que nos separa, pero de otra manera, somos iguales en los ojos de Dios y sus ángeles. Ciertamente, el pecado, en el día que entro en nuestros corazones, en nuestras vidas, entonces nos comenzamos a perder para jamás volver a nuestras vidas celestiales e infinita, por las cuales Dios nos había creado en el principio, para vivirla y gozarla infinitamente en el paraíso con Él y con su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Mesías! Realmente, estábamos tan perdidos en el paraíso, como en la tierra de nuestros días, por ejemplo, que nadie podía hacer nada por nosotros, en toda la creación, para redimirnos de nuestros males infinitos y así saciar nuestra hambre y sed por la verdad y por la justicia redentora de nuestro Padre Celestial, de su Espíritu Santo y de su Jesucristo. Estábamos tan perdidos y ciegos en nuestras profundas tinieblas, que no veíamos a Dios ni a su Árbol de vida eterna, nuestra única verdadera vida infinita del paraíso, de la tierra y del nuevo reino celestial, en los días venideros del más allá. Pero nuestro Dios tuvo misericordia de nosotros y nos rescato, sin embargo, con el poder de su Árbol de vida y su Espíritu tuvo que hacerlo, para que hoy mismo, por ejemplo, podamos ver la vida, manifestada en nosotros mismos, tal como ha sido por siempre en la vida misma de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y esta vida celestial y de Dios viene a nosotros día y noche, en los poderes gloriosos y sumamente honrados de su Espíritu Santo, desde los primeros días del génesis 1:2, por ejemplo, para subyugar a cada una de las profundas tinieblas del más allá, para gloria y para honra de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Puesto que, nuestro Dios tiene que ser glorificado en cada una de las profundas tinieblas del mundo bajo y de Lucifer con sus ángeles caídos, para que entonces haya justicia para Él y para su nombre sagrado, y sólo así pueda venir entonces a nosotros una nueva época de vida y de salud infinita, en el nuevo reino celestial. Además, ésta vida infinita de Dios y de su Hijo amado no es para nadie más que para nosotros, de Adán y de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en toda la tierra, en el paraíso y en el reino nuevo reino de los cielos. Además, nuestro Dios desea que la aceptemos hoy mismo o cuanto antes mejor, para que se comience a hacerse una realidad en nuestros corazones, en nuestros espíritus y en nuestras almas infinitas, también, para la nueva eternidad venidera de Dios y de su Árbol de vida, rodeado por siempre de su humanidad infinita y de sus millares de huestes celestiales. Porque ésta es la verdadera vida infinita, la cual Dios pensó y deseo para cada uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, y más no la vida por la cual estamos viviendo hoy en día, en toda la tierra, por ejemplo, llena de las manchas del pecado y de las enfermedades de nuestros antepasados. Porque para la vida infinita, por la cual nuestro Dios nos ha creado y llamado juntamente, es para vivirla desde ahora mismo, en la tierra, en el paraíso y en el nuevo reino celestial, eternamente y para siempre, para no separarnos jamás de Él por ningún pecado, por ninguna culpa ni por el poder de ningún enemigo del más allá. Entonces mi estimado hermano y mi estimada hermana, debes de entender en tu corazón, que tú realmente estás viviendo una vida muy peligrosa, por la cual Dios no te formo con su Espíritu Santo y su Árbol de vida en sus manos sagradas, en el comienzo de todas las cosas, en el cielo o en el paraíso. En realidad, estás viviendo una vida rebelde a Dios, aunque tú no te des cuenta de esta gran realidad en tu corazón y en toda tu vida, también. Y, además, tu misma vida es tan rebelde como Adán y Eva fueron en sus días al fruto del Árbol de la vida, la sangre bendita del pacto eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra. Porque la verdad fue entonces, en los días del paraíso, que Adán y Eva fueron rebeldes a su Dios para no empezar desde aquel entonces su nueva vida infinita en nuevos cielos y con nuevas tierras, de las cuales sólo conocen la verdad y la justicia: de invocar y amar su nombre santo, por siempre, en la nueva eternidad celestial. Y, hoy mismo, nuestro Dios te llama, como llamo a Adán, ha vivir la vida de su Árbol de vida eterna, su Hijo, el Mesías, en la tierra, para que luego entonces entres ha vivir con Él su nueva vida inmortal, por la cual te creo en el principio con la ayuda de su Espíritu Santo en sus manos sagradas. Por lo tanto, está en ti, como estuvo en el corazón de Adán y Eva, por ejemplo, de aceptar o rechazar la vida eterna, de su Árbol de vida, su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo del paraíso, de la tierra y de su nueva creación, como La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino celestial. HEMOS SIDO JUSTIFICADOS POR DIOS, PARA SER FELICES POR SIEMPRE Honrados, pues, por el espíritu de fe, tenemos paz entonces para con nuestro Dios, sólo por medio del Señor Jesucristo, por medio de quien gozamos de acceso por la fe a esta gracia divina en la cual permanecemos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la nueva gloria venidera de nuestro Dios que vive en los cielos. Porque fue el Señor Jesucristo quien abrió las puertas de los cielos, para no sólo nosotros regresar a nuestras vidas normales de la vida santa y celestial, sino que desde ya podemos entrar al lugar santísimo de nuestro Padre Celestial, de su trono infinito "de la misericordia y de la gracia infinita de nuestras nuevas vidas celestiales, del cielo". Dado que, sólo nuestro Señor Jesucristo conoce los caminos que llevan al alma viviente del hombre, de regreso a su vida celestial e infinita, por la cual nuestro Padre Celestial pensó en crear desde el comienzo de todas las cosas, aun mucho antes de la fundación del reino de los cielos y del paraíso, también, por ejemplo. Porque la creación del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de todas las familias de la humanidad entera, realmente comenzó en el corazón, en el espíritu y en el alma de nuestro Padre Celestial mucho antes que comenzase a crear a todos los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres sagrados del reino de los cielos. Además, el Señor Jesucristo siempre estuvo con Dios y con su Espíritu Santo, en el principio como Árbol de la vida eterna de todas los seres vivientes del cielo, del paraíso, de la tierra y del nuevo reino venidero también, como La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá, por ejemplo, en donde nuestro Dios finalmente será feliz, infinitamente. Nuestro Dios será infinitamente feliz, en su nueva vida celestial, porque habrá creado al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de la humanidad entera, a la perfección de su corazón y de la vida gloriosa de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es por esta razón, que el Señor Jesucristo descendió del cielo, para entrar en nuestras vidas y darnos vida en abundancia, de una vez por todas y para siempre, desde las profundas tinieblas del vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá y de la Casa de Israel, para que sólo vivamos felizmente para su vida infinita. Y todo esta gran bendición celestial podía comenzar en nuestras vidas, si tan sólo creemos en nuestros corazones y así confesamos su verdad y su justicia celestial, de que su Hijo amado es el SEÑOR del cielo y de la tierra, el único salvador posible de nuestras vidas no tanto de la tierra, sino del paraíso, ¡el Señor Jesucristo! El Señor Jesucristo es el SEÑOR del cielo para los ángeles y de la tierra para la humanidad entera, porque sólo él es el Árbol de la vida de cada uno de ellos, en sus millares, en los cielos, en la tierra y por toda la nueva creación del nuevo más allá de Dios y de sus huestes angelicales, también. Y es precisamente esta verdad y justicia divina de su corazón muy sagrado, lo que Dios siempre quiso oír de los labios de los ángeles del cielo y así también de Adán y de cada uno de sus descendientes, en el paraíso y en el resto de su creación, como la tierra de nuestros días y La Nueva Jerusalén Celestial. Pero Lucifer se interpuso ante los ángeles del cielo, destruyendo la vida de una tercera parte de ellos, y de Adán y Eva en el paraíso, también; destruyendo así a la humanidad entera, sólo con sus mentiras en los labios de la serpiente antigua, para que esto jamás llegase a ser una realidad, para nuestro Dios y para su Jesucristo. En verdad, desde el día que Lucifer les mintió a Adán y a Eva, por medio de la serpiente antigua, desde entonces nos ha deshonrado con su pecado y muchos males eternos, llenos de las profundas tinieblas del más allá, como enfermedades terribles y hasta incompresibles, para destruir el corazón, el alma y el cuerpo humano del hombre entero. Y Lucifer ha hecho todos estos terribles males a la humanidad entera, con sus mentiras, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, para que el ministerio de nuestro Señor Jesucristo y su sangre milagrosa no sea una realidad en ningún ser viviente creado por Dios, por su palabra, por su nombre y por sus manos santas, por ejemplo. Entonces sólo Dios nos puede librar de cada uno de los males de Lucifer y de sus muchas mentiras y maldades eternas, por medio del fruto del Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo posee "el contraveneno" de cada uno de nuestros males del paraíso y de toda la tierra, para entonces nosotros poder estar bien con Dios, en su verdad y en su justicia infinita de su corazón sagrado y así finalmente regresar a nuestros hogares celestiales de siempre, como en el paraíso o La Nueva Jerusalén Celestial. Y para que éste antídoto del Señor Jesucristo comience a obrar en nuestros corazones y en nuestras vidas, entonces tenemos que creer en Él y confesar su nombre milagroso y sumamente honrado delante de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, cada vez que levantemos nuestras oraciones y suplicas hacia él, para que nos envíe ya, su ayuda milagrosa. Porque las tinieblas huyen de nosotros, aunque estén viviendo en lo profundo de nuestros corazones y de los interiores de nuestros cuerpos, cada vez que invocamos: el nombre "milagroso y temeroso" del Señor Jesucristo. Entonces si nosotros oramos y alabamos a nuestro Padre Celestial, en el nombre sagrado de su Hijo amado, realmente le estamos honrando a Él, en la tierra y en el cielo, también, eternamente y para siempre. Y es esta gloria y honra de nuestros corazones, la que hacen que las profundas tinieblas del más allá, entonces salgan y se alejen de nuestras vidas, desde hoy mismo y para siempre. Porque su verdad y su justicia celestial e infinita han sido reveladas en nuestros corazones, para derrotar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, también, hasta que no quede más de él, en nuestras vidas ni en toda la creación de Dios y de su Árbol de vida infinita, ¡ el Señor Jesucristo! Dado que, es nuestra confesión de fe, de su verdad y de su justicia celestial, la que realmente hace que nuestro Padre Celestial y su Hijo amado sean honrados en nuestras vidas terrenales y así también en nuestras vidas celestiales, las del paraíso y las del nuevo reino infinito, como su Nueva Jerusalén Santa y Eterna del cielo, por ejemplo. Porque mayor honra que ésta, para nuestro Dios, no existe en el cielo ni menos en toda la tierra, de que el Señor Jesucristo sea reconocido en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, "como su Hijo amado", ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera, en esta vida y en la venidera, también, eternamente y para siempre! Entonces el que no ha hecho que el Señor Jesucristo sea el salvador de su vida, aun permanece su corazón y su alma infinita envuelta en las profundas tinieblas de las mentiras de Lucifer, de las cuales mancharon y hasta destruyeron la vida de Adán y de sus descendientes, en el paraíso y en toda la creación infinita, también. Por lo cual, como hemos sido justificados por la fe, del nombre del Señor Jesucristo, viviendo en nuestros corazones, entonces hemos hecho el corazón de nuestro Padre Celestial y así también de su Espíritu Santo y de sus huestes celestiales muy felices. Felices para que cada uno de ellos, en sus millares, en todos los lugares del reino de los cielos, rebose de gozo y de regocijo infinito, en la tierra y en el más allá, también, como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. EL ALMA REDIMIDA POR CRISTO, SE REGOCIJA EN SU CREADOR Ahora, cuando el alma redimida de sus pecados, por la sangre redentora del Señor Jesucristo, ora a su Dios por haber sido bueno para con él (o ella), entonces le dice en su espíritu: "Mi corazón se regocija en ti, oh salvador de mi alma infinita; mi espíritu se enaltece en mi SEÑOR, Fundador del cielo y de la tierra. Es más, mi boca y mi alma se ensanchan, en tu nombre milagroso e infinitamente bendito, por tus maravillas y bondades celestiales para conmigo y los míos, también, porque me has alegrado en tu salvación perfecta y sumamente gloriosa, tu fruto del Árbol de la vida eterna, el Cristo de toda la tierra y de tu nueva vida celestial". Por lo tanto, el alma del hombre se alegra en la salvación de su Dios y Creador de su vida, porque ha pasado de los terribles peligros y constantes amenazadas de enfermedades y de muertes eternas, de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, a la luz redentora y aun mucho más brillante que el Sol. Y esta luz celestial y poderosa de Dios es la de su Hijo amado, el Mesías, ¡el Árbol de la vida del paraíso, de la tierra y de la nueva creación venidera, ni más ni menos!, eternamente y para siempre. El Árbol de la vida y de sus huestes de ángeles celestiales y eternamente honrados, honrados infinitamente por el nombre sagrado de Dios, el cual alumbra en sus corazones, en sus vidas y en sus espíritus infinitos, en los cielos, en la tierra y en toda la nueva creación, también, eternamente y para siempre. En realidad, ésta luz celestial de Dios y de su Hijo amado viene a nosotros, no sólo ha librarnos de los poderes terribles del pecado y de su muerte infinita, lo cual es muy importante para la existencia de nuestros espíritus y cuerpos corporales y celestiales, también, en la tierra y en el cielo, sino mucho más que esto. Realmente, la luz del paraíso viene a nosotros, porque tiene que alumbrar nuestras mentes, para nosotros entonces poder vivir y así hacernos entender a nosotros mismos, que nuestro Dios es un Dios alegre en el cielo y en nuestros corazones, en nuestras almas y en nuestras vidas, día y noche y por siempre, en la vida venidera del nuevo reino celestial. Es más, ésta misma luz del más allá, la cual se le apareció a Moisés primero, como llama ardiente entre la zarza al lado del Sinaí, la cual ardía pero no hacia daño a nada en todo su derredor, es la luz del paraíso, la del Árbol de la vida, ¡el Mesías! Por lo tanto, quien le habla a Moisés sobre el Sinaí, realmente fue siempre el mismo Árbol de la vida, el Cristo, con su luz mucho más brillante que el Sol, que el hombre no le puede ver con sus ojos de pecado, pero sí con los ojos de la de Dios y los de los ángeles del cielo. Y fue precisamente esta luz del Árbol de la vida, del Cordero Escogido de Dios, en su luz celestial del paraíso y de la vida gloriosa del reino de los cielos, la que comenzó alumbrar las tinieblas de Moisés primero y luego de los hebreos, para que escapasen de sus enemigos de la casa de su cautiverio infinito, por ejemplo. Por lo tanto, sin ésta luz del paraíso, sino hubiese descendido del cielo jamás, entonces la salvación de los hebreos hubiese sido imposible; es más, ellos aun estuviesen sufriendo los males de la esclavitud en tierras de sus contrarios antiguos, o hasta quizás hubiesen desaparecidos de sobre la faz de la tierra, y recordados solo en la historia, por ejemplo. Además, esta luz del SEÑOR y de su paraíso ha comenzado a descender desde el cielo, desde los primeros días de la antigüedad, para subyugar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos en todos los lugares de la tierra, para que Israel y la humanidad entera sean rescatados del mal de la mentira. Entonces nuestro Dios nos ha rescatado de las profundidades del lodo cenagoso, con sus propias manos sagradas, algo que jamás había hecho en toda su existencia celestial, con el fin de que nosotros vivamos para Él, en su imagen y conforme a su semejanza, por medio de la vida gloriosa del reino celestial, el Mesías, ¡el Señor Jesucristo!, por ejemplo. Por lo tanto, cada uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, hemos sido los únicos tocados, por vez primera, por las manos sagradas de Dios, en el día de nuestra creación, en la tierra santa del reino infinito, para comenzar a vivir la vida eterna, llena de felicidad de su mismo Árbol de vida, ¡el Mesías! Porque la verdad es que nosotros fuimos creados por Dios y con sus manos sagradas, como su primer obra celestial, para vivir por siempre felices, comiendo y bebiendo, de su fruto de vida eterna del paraíso y del nuevo reino de los cielos, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por entonces, cuando Dios vio a su pueblo sufrir tanto en manos de sus adversarios, entonces envió a su luz del paraíso, para subyugar a las tinieblas que les rodeaban y así comenzar poco a poco a liberar sus vidas, sólo con los poderes sobrenaturales de su nombre sagrado, y finalmente con la bendición infinita de la sangre del Cordero. Y ésta fue la sangre del pacto eterno, la cual Dios ordena directamente a Moisés derramar, para que por medio de ella, entonces la luz del fruto del Árbol del Cordero de Dios, sea luz en los corazones de los hebreos y en los corazones de los que crean en él y confiesen con sus labios su único nombre redentor. Ésta fue la sangre de la alegría del corazón no sólo de Moisés, en el día de la liberación de las tinieblas de los hebreos, en la casa de sus adversarios, sino que también fue el comienzo de la alegría de todo hombre, mujer, niño y niña del mundo entero, porque los hebreos circulaban el desierto hacia la tierra prometida. Y esta tierra prometida para los hebreos era realmente la tierra de Canaán, Israel, para que en ella reciban "la leche y la miel del Mesías", las cuales descenderían del cielo, como el maná que descendió desde el cielo, también, para alimentar sus cuerpos y así no muriesen de hambre y de sed en el desierto camino al Mesías. Ciertamente, Dios mismo les entregaría, en la misma tierra de Israel (y no fuera de ella): la leche y la miel del cielo, las cuales no sólo alimentaría sus cuerpos corporales, como el maná del desierto, sino que calmaría el hambre y la sed de sus corazones, almas, espíritus y cuerpos humanos, en el conocimiento del nombre redentor del Mesías. Y esta leche y miel del paraíso, prometida a todo Israel, en verdad, seria amarle a Él, como su Dios y Creador de sus vidas, por medio de la verdad y de la justicia infinita de su Árbol de vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque la leche y la miel de la alegría del corazón sagrado de Dios y así también de todo ángel del cielo, es la verdad y la justicia infinita del conocimiento del nombre del Señor Jesucristo, viviendo en el corazón de los hijos legítimos e hijas legitimas de Dios, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Y de estos nuevos hijos legítimos e hijas legitimas de Dios eres tú, en el día de hoy, mi estimado hermano, si tan sólo te alegras en tu corazón con el Señor Jesucristo y confiesas su nombre santo y milagroso para tu vida, delante de tu Padre Celestial, en un momento de oración y de fe, para la eternidad venidera. REGOCIJEN EN SU CREADOR, SIEMPRE Por eso, les digo a ustedes mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas: ¡Regocíjense en el Señor siempre!, porque esto engrandece el Espíritu de Dios en sus vidas y en las vidas de muchos, en todos los lugares de la tierra, también. Una y otra vez más les diré por siempre: ¡Regocíjense, en sus corazones y en sus almas infinitas, para engrandecer la luz y la gloria celestial de Dios y de su Jesucristo, en los corazones de aquellos que están perdidos en sus profundas tinieblas de la mentira y de sus pecados mortales! Porque es la luz del paraíso, la del Árbol de la vida, la que le da vida en abundancia a todas las almas de la tierra antes que perezcan en sus profundas tinieblas del más allá, como en el infierno o como en el lago de fuego, por ejemplo. Verdaderamente, es la luz del Señor Jesucristo la que solo puede alumbrar las tinieblas de nuestras almas, como ninguna otra del paraíso, para que entonces sean hechos libres de los males terribles del mentiroso, de los cuales nos llevan envueltos en enfermedades y hasta que perdamos nuestras vidas en sus muertes de la tierra y del fuego eterno del infierno. Y nuestro Dios no desea éste terrible mal de las mentiras de Lucifer, para ningún hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, por más pecadora que sea su vida, por lo contrario; nuestro Dios desea lo mejor para nosotros, es decir, luz en vez de las tinieblas de la mentira y de la muerte infinita del más allá. Por lo tanto, nuestro Dios sólo desea que cada uno de nosotros sea alumbrado en su luz del paraíso, para que vea, coma y beba por siempre de su fruto del Árbol de la vida, el cuerpo y la sangre viva e infinita, de la vida eterna del reino de los cielos, el Árbol de Dios, ¡el gran rey Mesías! Ciertamente, es esto lo que Dios desea ver en cada uno de ustedes delante de su presencia sagrada, en todas las naciones del mundo, conociendo siempre su verdad y su justicia, la cual Dios mismo le comenzó a enseñar a Adán y a Eva, en el paraíso, por ejemplo, para que viva en su verdad y más no en mentiras. Pero ambos se rebelaron ante Él, con las mentiras de Lucifer en sus corazones y en sus labios, también, para que esto no fuese así jamás en el paraíso ni en toda la creación, para que jamás el nombre sagrado y eternamente honrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sea conocido como el Árbol de la vida, ¡el Mesías! Porque la verdad de Dios fue siempre, de que sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida del paraíso y del reino de los cielos, desde la eternidad y hasta la nueva eternidad venidera de la nueva vida infinita, de ángeles del cielo y de la humanidad entera, también, en el paraíso y en toda la creación. Por cierto, esto era algo que Dios deseaba en su corazón que Adán y sus descendientes conociesen en sus corazones humanos, como todos los ángeles del cielo lo han conocido desde siempre, para que entonces cada uno de ellos siempre coma y beba de Él, en donde sea que se encuentren en toda la inmensidad de su creación infinita. Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida de todo ángel, arcángel, querubín, serafín y demás seres santos desde el epicentro del paraíso y también en Israel y en todos los lugares de la tierra para cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para que entonces "coman y beban" sólo de Él, infinitamente. Porque todo aquel que no coma y beba de su Árbol de vida eterna, ya sea en el reino de los cielos o en toda la tierra, entonces no tiene parte ni suerte con su Dios y Fundador de su alma, en esta vida ni en la venidera del nuevo reino de los cielos, en el más allá, por ejemplo. Porque así como en el paraíso, también en la tierra y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, tendrán que por siempre "comer y beber" del fruto del Árbol de la vida, del Cordero Escogido de Dios, el Señor Jesucristo, ¡el Cristo de la nueva eternidad celestial! Dado que, sólo la sangre del pacto eterno, viviendo en el corazón y en el alma eterna de cada ser viviente del nuevo reino de los cielos, podrá realmente vivir, en la paz y en la felicidad infinita de su Dios y Creador de su vida, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Ya que, es la sangre sagrada del Árbol Viviente del Cordero Escogido de Dios, el Mesías, la cual realmente hace que todo ser viviente entonces viva en su corazón y en su espíritu regocijado por siempre, en la verdad y en la justicia divina de Dios, de su Espíritu Santo y de sus ángeles celestiales del nuevo reino celestial. Es por esta razón, que todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, entonces tiene que orar al SEÑOR del cielo y de toda la tierra, en su alma redimida y así en su espíritu humano hablarle, desde su corazón honrado por la presencia del nombre del Señor Jesucristo, y decirle: "Señor, yo me regocijo en ti, infinitamente". "Porque fuera de ti", oh Dios nuestro, "yo no podré jamás conocer la felicidad de mi corazón y de mi alma infinita, en esta vida ni en la venidera, tampoco". Por lo tanto, salvador nuestro (y así le habla el alma del hombre a su Creador): "Sólo a ti sea la gloria y la honra a tu nombre santo, desde lo intimo de mi corazón y hasta el infinito, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Amen". Es por eso, que el mandato del cielo es para todo ser viviente de sus tierras santas en lo muy alto de los cielos y asimismo abajo en nuestra tierra, también, para la humanidad entera: Para que todos se regocijen en su SEÑOR y en la salvación de sus almas, en el nombre sagrado de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Y si realmente te gozas en tu Dios, en el nombre del Señor Jesucristo, entonces mi estimado hermano y mi estimada hermana, has hecho el corazón de tu Dios y Creador de tu vida muy feliz, desde hoy mismo y para la eternidad venidera. Por tanto, si haces a tu Dios feliz, entonces los ángeles del cielo te admiraran y hasta te amaran, porque el propósito de sus corazones celestiales ha sido desde siempre, el mismo, es decir, ha hacer a su Dios feliz, infinitamente, exaltando su nombre glorioso sobre todas las cosas más sublimes de sus vidas, en el reino de los cielos. Porque ese es el propósito primordial de los ángeles en el cielo, de hacer feliz el corazón de nuestro Padre Celestial, exaltando día y noche el nombre glorioso y eternamente honrado de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y más nunca ser rebelde en contra del Árbol de la vida y de su sangre sagrada, el gran rey Mesías del paraíso y del infinito venidero, como Adán y Eva lo fueron en sus momentos más terribles y cruciales para sus vidas y de los suyos ( y hasta incluyendo al Señor Jesucristo, también, sobre el Gólgota). Pues así también es verdad en todos los lugares de la tierra, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la fe, del nombre sagrado del Señor Jesucristo, porque alegran el alma de Dios y llenan de regocijo su corazón sagrado, cada vez que su voluntad es exaltada más alta que las tinieblas de toda la tierra. Porque solamente el alma del hombre de la fe salvadora, del Señor Jesucristo, puede realmente exaltar día y noche el nombre honrado e infinitamente glorioso de nuestro Padre Celestial, en toda la tierra, de la misma manera (y con mayor gloria sobrenatural), como los ángeles lo han hecho a través de los tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo. Entonces es bueno que toda alma pecadora honre en su corazón y exalte con sus labios, en oración, ruegos, suplicas y peticiones a su Dios celestial y de toda la tierra, en el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para que su corazón se regocije cada vez que ve su nueva gloria infinita levantarse hasta lo muy alto del cielo. Porque la verdad es que tú mismo, mi estimado hermano, eres la nueva gloria y santidad de nuestro Dios y de su nueva vida gloriosa del reino celestial, si el Señor Jesucristo es primero en tu corazón, en la tierra y así también en el paraíso, para que seas amado por Dios, y más no rechazado como Adán, por ejemplo. En verdad, tú mismo eres el gozo y la felicidad infinita de nuestro Padre Celestial, en la tierra y en el paraíso, si verdaderamente amas a su Hijo amado, como tu único Árbol de vida y salud eterna. DIOS NOS VISTE CON VESTIDURAS DE GOZO Y SALVACIÓN En gran manera nos gozaremos en nuestro Padre Celestial; nuestros corazones y nuestras almas se alegrarán infinitamente, en la salvación celestial de nuestro Creador. Porque Él ha vestido nuestras almas con vestiduras de salvación y nos ha cubierto con su manto de justicia infinita, la de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Pues, como amigos muy cercanos a Él nos ha ataviado con coronas de oro, y nos ha adornado nuestras nuevas vidas infinitas con sus joyas de oro y piedras preciosas más preciadas de las riquezas de las tierras eternas del más allá. Nos ha hecho seres sumamente ricos, casi como Él mismo en riquezas indescriptibles, en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial de su Árbol de vida eterna, de su Espíritu Santo y de sus millares de huestes angelicales, por todas partes. Por lo tanto, nos gozaremos por siempre en nuestro SEÑOR, más no nos gozaremos en nuestro pecado ni el de nadie, porque él ha sido muy bueno para con nosotros y para con los nuestros, también, desde siempre, en todos los lugares de la tierra y aun en el más allá, también, ha de ser del mismo modo, para siempre. Sabiendo que en pecado nos engendro nuestras madres, aun así ama nuestras almas, el SEÑOR, aun más allá de todas las tinieblas de nuestros pecados, para redimirnos sólo para Él y para su nueva vida celestial e infinita, en los poderes sobrenaturales de la sangre del pacto eterno de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y nuestro Dios se ha regocijado mucho en su corazón y en su alma sagrada, por tan sólo ver nuestra salvación, en su lugar, en nuestros corazones, como con el nombre del Señor Jesucristo, alumbrando nuestros pasos eternos, como que van hacia el infinito, ha caminar por tierras santas y con cielos gloriosos y tomados de la mano del SEÑOR. Porque nuestro Dios si ha visto nuestra salvación, mucho antes que llegase a nosotros, en nuestros días; y, además, se ha gozado tanto, como nada lo podría hacer muy feliz, en su vida gloriosa y sumamente sagrada del reino celestial, de ángeles maravillosos y de cosas portentosas y más altas de nuestros pensamientos y conocimientos humanos, de toda la tierra. Por esta razón, el espíritu de su nombre y de su palabra viva e infinita la envía a mí día y noche, como tocando la vida de su mejor amigo de su nueva vida infinita, para que mi alma se mantenga gozosa y llena de sus más benditas delicias del fruto de su Árbol Viviente, su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Porque mejor comida y bebida para mi corazón y para mi alma eterna, realmente no hay otra en el cielo ni menos en toda la tierra. Pues así me cuida, con la comida y la bebida de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del reino de los cielos, el fruto de la vida eterna del paraíso y de La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. Es por eso, que su espíritu no cesa de venir a mí y a cada uno de todos nosotros, en todos los lugares de la tierra, desde los primeros días del génesis 1:2, por ejemplo, y hasta nuestros días, porque es necesario que comamos y bebamos de su fruto de nuestra única vida infinita, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Además, su Espíritu Santo viene a nosotros día y noche y con grandes poderes y autoridades celestiales de parte de nuestro Padre Celestial, para que las profundas tinieblas no nos hagan más daño y así entonces podamos vivir felices y gozosos de la presencia gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! Y nuestro Padre Celestial jamás se ha cansado de enviar a su Espíritu Santo con sus poderes y autoridades celestiales, porque sabe muy bien en su corazón que tenemos un enemigo terrible que nos odia tanto (y desea nuestro mal), como siempre le ha odiado a Él y deseado su mal, como hasta la misma muerte del Gólgota, por ejemplo. Ya que, si para Lucifer le fuese posible mentir (todo lo que pudiese mentir), para destruir a Dios y su vida sagrada, como intento destruir la misma vida gloriosa y sumamente honrada del Mesías sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, entonces lo haría una vez más, en contra de Dios mismo, como por ultima vez. Pero esto es algo que no podrá hacer jamás en su vida pecadora y malvada, como una vez se lo hizo a Jesucristo, no porque tuviese poder alguno sobre Él, sino porque Dios mismo lo permitió; ya que, era necesario que su Jesucristo padeciese por nuestros pecados y derramase su sangre sagrada sobre la tierra y hasta su muerte final. Además, Dios hizo que el Señor Jesucristo derramase su sangre sagrada sobre la tierra, porque era necesario que saliese de su corazón y de sus venas, llena de las bendiciones y muchas victorias gloriosas y sumamente sublimes de la Ley de Dios y de Moisés en su vida, para que viniese a nosotros, siempre, como hoy en día, por ejemplo. Es decir, para que su misma sangre sagrada, entrase en cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, para que estando muertos por nuestras sangres contaminadas por el pecado, pues entonces, tengamos vida infinita, solo en la sangre bendita de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque es ésta victoria sublime y eternamente gloriosa, la que realmente alegra el corazón de nuestro Dios y cada una de sus verdades y justicia divina en su corazón sagrado y en el corazón de cada uno de sus ángeles celestiales y hombres, mujeres, niños y niñas de la fe viviente, del nombre milagroso de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Así es (y así ha sido) siempre en el corazón de nuestro Dios, sólo la sangre bendita de su Hijo amado hace que toda verdad y justicia divina de su corazón sagrado sea entonces satisfecho, para quitar el mal del pecado en la vida de cualquier hombre, mujer, niño o niña y así bendecir entonces su vida, infinitamente. Y esto es, realmente, de perdonar, bendecir y llenar de su Espíritu Santo y con sus muchos dones sobrenaturales para aun edificar su alma y su vida mucho más que antes, desde aquel momento de fe y oración, que haya presentado delante de su Dios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Además, ésta bendición celestial es tan grande y fenomenal, que cuando toma lugar en nuestros corazones y en nuestras vidas, entonces en el cielo hay baile y gozo, porque ya no somos de las tinieblas del pecado, sino de la luz de la verdad y sólo de la justicia infinita de nuestro Dios y de su Jesucristo. Entonces cada vez que un alma perdida del hombre, de la mujer, del niño o de la niña del mundo entero, reconoce a Jesucristo en su corazón, como el Hijo de Dios y el único gran rey Mesías y salvador de su vida, hay baile y gran felicidad en las cortes celestiales delante de Dios y de su Espíritu Santo. En realidad, los ángeles, en sus millares, se gozan profundamente al ver la misericordia y la gracia infinita de nuestro Padre Celestial tocar nuestras vidas majestuosamente, como jamás han sido tocadas, de tal manera espiritual, en el paraíso y en toda la tierra, porque el Árbol de la vida ha redimido un alma más para el nuevo reino celestial. Y, hoy en día, los ángeles del cielo esperan por ti, para que recibas al Señor Jesucristo en tu corazón y así le confieses con tus labios, como el Hijo de Dios y el único gran rey Mesías de tu nueva vida celestial e infinita, en la tierra y en el nuevo reino de Dios y de sus ángeles. Porque el nuevo reino de los cielos es un reino glorioso y lleno de gozo y de regocijo del corazón sagrado de su Árbol de vida eterna, de su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en sus millares, por doquier, para seguir bendiciendo tu vida, como jamás ha sido bendecida por nada en toda la nueva creación venidera. VIVAN SIEMPRE GOZOSOS Pues entonces, estén siempre alegres y gozosos, delante de Dios, porque su Hijo amado los ama con un corazón único, santo y verdadero, para que no les falte ningún bien en sus vidas y en sus almas infinitas, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Porque nuestro Dios nos ha creado por amor a su nombre y su vida infinita, y para que estemos siempre delante de su presencia, gozosos de haber sido hechos sus hijos e hijas, por la gracia y la misericordia infinita de su fruto de vida eterna, la sangre sublime y eternamente milagrosa de su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que el Espíritu Santo de Dios sigue descendiendo sobre cada uno de nosotros, de los que hemos creído en su nombre sagrado, en todos los lugares de la tierra, para no sólo bendecirnos de parte de nuestro Padre Celestial, por amor a su Árbol de vida, sino para entregarnos el mismo gozo antiguo e infinito del SEÑOR. Y este es un regocijo celestial de nuestro corazón y de nuestra alma primordialmente celestial, que sólo nosotros podemos realmente disfrutar en nuestras vidas, ya sea que vivamos en el paraíso con Dios o en la tierra, de nuestros días, por ejemplo, a pesar de las terribles inclemencias de la presencia del pecado y de sus profundas tinieblas, por doquier. Porque para nuestro Padre Celestial todo es felicidad y gozo eterno en el reino celestial y en el resto de su creación, cuando su Hijo, el Señor Jesucristo, es honrado y bendecido día y noche en nuestros corazones, en nuestras vidas, en todos los rincones de la tierra, para entrar luego, en el día señalado, a la nueva vida infinita. Porque nuestro Dios ha preparado lugares celestiales, aun mucho más alto que el reino de los ángeles, en el más allá, para llevarnos con Él ha vivir nuestras vidas, por las cuales nos creo en el principio con sus propias manos, para jamás dejarnos alejar de Él, en esta vida ni en la venidera, tampoco, eternamente y para siempre. Por lo tanto, hemos sido creados en las manos de Dios, a la perfección de su corazón glorioso, para que desde ya y por siempre en la eternidad venidera, vivamos infinitamente felices y gozos, de tan sólo haber invocado y conocido su nombre sagrado en lo intimo de nuestros corazones y de nuestras almas celestiales. Y esto será medicina santa y perfecta día y noche para nuestras vidas, para ayudarnos a vivir felices y siempre crecientes en todos sus conocimientos celestiales de su vida gloriosa y profundamente santa del reino de los cielos, por ejemplo. En verdad, en su nueva vida infinita del nuevo reino celestial, ninguno de nosotros volverá a conocer la tristeza del pecado, ni menos volveremos a ser tocados por el enemigo; pues estaremos por siempre protegidos por el mismo nombre sagrado de nuestro Padre Celestial, el cual ama mucho en su corazón, con amor y juramento eterno, desde siempre. Y éste nombre sagrado para nuestro Padre Celestial es el mismo nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el cual es un nombre muy antiguo y, a la vez, la única salvación perfecta e infinita (porque no hay otra), de nuestras almas eternas, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Porque tanto como Lucifer y sus profundas tinieblas del pecado ya no existirá, en ningún lugar de la inmensa creación, para que entonces todo sea gozo y felicidad infinito en los corazones y en las almas, de cada uno de sus ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas, de la nueva humanidad de Dios y de su Árbol de vida. Es por eso, que nuestro Padre Celestial nos ha entregado de su Espíritu Santo y sin medida alguna, desde el comienzo de todas las cosas en su reino celestial, para que entré en nuestros corazones y en nuestros espíritus y cuerpos humanos, en el paraíso y en toda la tierra, como hoy en día, si sólo invocamos su nombre sagrado. En vista de que, necesitamos poder del paraíso, para poder vivir nuestras vidas, en paz y en la felicidad celestial de Dios y de su Hijo amado, ya sea en el cielo o en la tierra de nuestros días, por ejemplo. Porque nuestros enemigos de siempre, desde los días del paraíso y hasta nuestros días: andan de un lugar a otro y sin descansar, como leones rugientes y hambrientos, mirando a quien devorar en toda la tierra, para saciar su hambre y su sed de sus espíritus violentos, bestiales e infernales. Y todo aquel que no tiene al Señor Jesucristo en su corazón, entonces es su presa predilecta para su paladar, no importando jamás quien sea la persona, grande o pequeña, rica o pobre, entendida o no. Porque si Jesucristo no está viviendo en su corazón y en su vida, entonces la puerta de su espíritu y de su cuerpo humano está abierta a él, para entrar con sus malicias y hacer toda clase de males y daños para destruir su vida, de una manera u otra y hasta que no quede nada de él o ella. Entonces el nombre del Señor Jesucristo siempre debe estar en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de todas las familias del mundo entero, para que el enemigo de nuestra verdad y justicia, Lucifer, no pueda entrar a nuestras vidas, de ninguna manera ni por ninguna razón, sino que permanezca lejos de nosotros infinitamente. A la verdad, el pecado nos causa tristeza, cada vez que entra en nuestras vidas, ya sea por nuestros descuidos o culpas personales, pero no nos puede destruir del todo. En la medida en que, la sangre bendita del Señor Jesucristo y de su Espíritu Santo no cesa de bendecirnos y nos da gozo y alegría a nuestras almas infinitamente, porque nuestro Padre Celestial nos ha perdonado nuestros pecados y nos ha bendecido con sus más ricas bendiciones de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado. Y nuestro Dios sólo nos bendice por medio de su Árbol Viviente, porque es lo mejor que tiene para nosotros en el paraíso, para que no nos falte ningún bien jamás, en nuestros días de vida por la tierra, y así estemos alegres y felices delante de su presencia, ya sea en la tierra o en el cielo, para siempre. Es por eso, que nuestro Padre Celestial nos ha dado un mandato celestial para su nueva vida infinita. Y esto es que estemos siempre felices y llenos de gozo en nuestros corazones y en nuestros espíritus y cuerpos humanos para con él, por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque nuestro amor hacia nuestro Padre Celestial empezó mucho antes de la fundación del mundo y de todas sus cosas, en el espíritu de la sangre viva e infinita de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Por lo tanto, nuestro Señor Jesucristo instalado en nuestros corazones es el principio, no sólo de nuestro amor hacia nuestro Padre Celestial, sino también de la felicidad infinita de vivir ya con Él, aunque aun vivamos en un mundo plagado de las profundas tinieblas de las mentiras de Lucifer y de sus ángeles caídos, en toda la tierra, por ejemplo. GÓCENSE Y ALÉGRENSE SUS CORAZONES INFINITOS Nuestro Dios espera que cada uno de ustedes se goce en su nombre sagrado, en lo más intimo de su corazón, para que entonces su corazón bendito sea engrandecido por sus ángeles gloriosos en el cielo, día y noche y por siempre en la nueva eternidad celestial, de su nueva vida infinita. Porque también es la alegría de nuestro corazón y de nuestra alma inmortal, la que le da gloria y, a la vez, alegría al corazón y al nombre sagrado de nuestro Padre Celestial, en los corazones y en los labios de sus poderosos ángeles del reino de los cielos, para que le sirvan y le adoren más que antes, infinitamente. Por lo tanto, es bueno honrar y alabar a nuestro Dios día y noche, en lo intimo de nuestro corazón o en la privacidad de nuestros hogares, sin que nadie se de cuenta de nada, o sea, en donde el nombre bendito de su Hijo amado habita, en perfecta santidad de nuestra alma viviente. Porque es en el corazón, de donde "emana la vida" de todo ser viviente, en la tierra y así también en el cielo con los ángeles, por ejemplo, para gloria y para honra de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo que están en los cielos. Pues entonces, canten al SEÑOR y de todo corazón, también, sin que nadie los pare por ninguna razón ni en ningún momento, y van a ver como la gloria del Espíritu de Dios y de sus muchos dones espirituales comienzan a hacer maravillas, milagros y prodigios en sus vidas, como jamás lo soñaron ni les paso por su corazón. Por lo tanto, sanaran de cada uno de sus males, aun de los más terribles, también, de los cuales la ciencia no tiene repuesta alguna para ninguna de ellas, desde tiempos atrás y hasta nuestros días, por ejemplo, a pesar de lo mucho que ha avanzado la ciencia y el conocimiento de muchas cosas, en todo el mundo científico. Por lo tanto, en el nombre del Señor Jesucristo hay poderes sobrenaturales, llenos de maravillas, milagros y prodigios celestiales y terrenales de parte de Dios y de su Espíritu Santo, para cada uno de nosotros, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reino del mundo entero. Porque, la verdad es que, ni aun el ángel de la muerte tiene poder alguno sobre todos ustedes, si se gozan en la alegría del Espíritu de Dios, en exaltar y en honrar por siempre, el nombre sagrado de su Creador, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Porque en nuestro Padre Celestial y en su Jesucristo, están los poderes, autoridades celestiales y terrenales, para sanar a cada una de las enfermedades de la humanidad entera, y hasta hay poderes muy especiales, por cierto, para levantar a los muertos de sus tumbas, para que el nombre de Dios sea glorificado aun entre las profundas tinieblas del mundo entero. Por ejemplo, podemos recordar el caso de Lázaro. Éste hombre había muerto ya, como hace cuatro días, cuando el Señor Jesucristo se acerca a su tumba, rodeado de sus hermanas y demás familiares del pueblo. La gente que le rodeaba, como sus familiares, le decían al Señor Jesucristo no te acerques más a Lázaro, nuestro hermano; porque tiene ya días que fue enterrado en su tumba, y su cuerpo ya hiede. Y el Señor Jesucristo les respondió, diciéndoles: "No les he dicho, que si creen en mi, verán la gloria de Dios". Y después de decir estas palabras, la gente no sabia que decirle ya más. Entonces acercándose más a la tumba de Lázaro, alzo su voz y grito, diciendo: ¡"Lázaro, ven fuera"! Y Lázaro, en aquel mismo momento, despertó de su muerte y salió caminando de su tumba, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Al ver las gentes, que Lázaro salía caminando de su tumba, entonces sus corazones se llenaron de un temor profundo y muy extraño, a la vez, en sus espíritus humanos, como que el alma se les salía del espanto que sentían, en aquel momento, ver un muerto caminar hacia ellos, como si jamás hubiese muerto, por ejemplo. Ni ninguno sabia que más pensar o decir del Señor, sólo ellos veían la gloria de Dios manifestándose en su ser santo, como el Hijo de David, ¡el Hijo de Dios! Porque aun sus enemigos vieron lo que Dios había hecho con sus palabras y su oración levantada al cielo, para que Lázaro volviese a la vida de entre las profundas tinieblas de su tumba. Sin embargo, sus enemigos aun así siguieron hablando mal de Él, buscando la manera de acusarlo de algo, cualquier cosa, para destruir su ministerio y su vida, como estaba escrito en las profecías de los profetas, de la antigüedad de Israel, por ejemplo. Mientras tanto, Lázaro se levanto de entre los muertos, no sólo para dar buen testimonio de Dios y de su Jesucristo, sino para seguir orando, alabando y regocijándose por siempre en su Dios y Señor de su nueva vida infinita, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Y, hoy en día, Lázaro, como muchos más, en sus millares, de todas las razas, naciones, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, alaban, honran y exaltan el nombre del SEÑOR, en su lenguaje y en sus nuevas vidas infinitas del paraíso, para seguir buscando nuevas glorias y nuevas santidades perfectas, sólo para nuestro Padre Celestial. Es decir, que nosotros no sólo honrados, alabamos y exaltamos a nuestro Dios, en el nombre del Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en nuestras vidas normales de la tierra, sino que hemos de seguir aun más allá de la nueva vida celestial, haciendo lo mismo para nuestro Padre Celestial junto con sus ángeles celestiales, de su nuevo reino infinito. Es por eso, que es bueno que todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comience desde hoy mismo, ha honrar, ha alabar y ha exaltar con gran regocijo celestial y sobrenatural en su corazón, el nombre sagrado del salvador de su alma viviente, nuestro Señor Jesucristo por la nueva vida infinita de Dios y de sus ángeles. Porque nuestro Padre Celestial habitara en medio de nosotros, en la congregación de millares de familias, de todas las razas, pueblos, tribus, reinos y linajes del mundo entero, en donde su nombre es honrado y exaltado por los corazones y por los labios de los que aman su verdad y su justicia infinita de su salvación celestial, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, grande es nuestro Dios e inmensas son las obras de sus palabras, de su nombre y de su Espíritu Santo, para saciar el hambre y la sed de justicia y de la verdad infinita de nuestros corazones y de nuestras almas eternas, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Y nuestro Padre Celestial tiene que ser honrado y alabado en el nombre sagrado de su Hijo amado, en lo íntimo de nuestros corazones, de nuestros espíritus y cuerpos humanos, desde ahora y por siempre en la eternidad venidera, porque sólo Él es grande. Nuestro Padre Celestial es grande y digno de toda gloria y de toda exaltación de nuestras vidas, en la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, en el nuevo infinito venidero, libre de los males del pecado y de su destrucción eterna, sin duda alguna, en el nombre glorioso y sumamente honrado del Señor Jesucristo. Por ello, gócense y alégrense delante de su Dios, hasta no poder más. Porque para esto los ha llamado de las profundas tinieblas de la tierra, mis estimados hermanos, para que den testimonio de su nombre y de sus numerosas grandezas para con ustedes y para con los suyos, con gran gozo en sus corazones, en todos los lugares de la tierra y aun hasta en el más allá, también. Gócense y alégrense grandemente delante del Creador de sus almas y de sus vidas infinitas y hasta no poder más. Por ejemplo, como los ángeles del reino de los cielos, en sus millares, se alegran y se gozan día y noche por amor a su nombre sagrado e infinitamente milagroso, por ver librar del poder del pecado y de la muerte infinita del infierno, al pecador y a la pecadora de toda la tierra. Gócense y alégrense sus almas infinitas en el SEÑOR, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, porque la salvación de sus vidas es grande, y nadie la pudo comprar con precio de sangre santísima jamás, sino sólo el Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es el Mesías, "el único Santo de Israel y de las naciones, en toda la tierra y de todas las generaciones, también", quien, a la vez, legítimamente posee la sangre del precio infinito, para pagar (o comprar) nuestra salvación infinita de nuestras almas vivientes, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Porque, como nuestro salvador celestial no ha nacido otro igual, en Israel (como en la casa de David o de la tribu de Judá, por ejemplo), ni en ningún otro lugar del paraíso o del reino de los ángeles o de la tierra, de nuestros días, tampoco. Como consecuencia de lo cual, sólo el Señor Jesucristo es el SEÑOR de nuestras nuevas vidas infinitas, en la tierra y en el paraíso, también, porque así lo quiso Dios, desde mucho antes del comienzo de todas las cosas en el más allá de la antigüedad, de la vida santa de nuestro Mesías Celestial y de su nuevo reino imperecedero. En verdad, así lo quiso Dios todo con Jesucristo, para gloria infinita de su nombre santo, desde el comienzo de todas las cosas, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, para tocar tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana y, a la vez, cambiarla drásticamente para bien de muchos en su creación. Es decir, modificar, mudar, regenerar tu misma vida de hoy en día, en cualquier lugar de toda la tierra, para que no vivas más en las profundas tinieblas del mal de tu pecado, sino en las alturas celestes de la gracia infinita e imperecedera, de la luz del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, todo aquel que complace a su Dios y Creador de su vida, entonces tiene vida eterna asegurada, en la tierra y, también, en el paraíso, en su Árbol de vida infinita, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo es realmente, la medicina, la salvación y el gozo de nuestro corazón y de nuestras vidas, en la tierra y en la nueva eternidad venidera del nuevo reino de los cielos, como La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá, por ejemplo. Por eso, nuestro Padre Celestial "se goza y se deleita", al mismo tiempo, cada vez que el nombre sagrado de su fruto de vida eterna, como el espíritu y la sangre milagrosa del Señor Jesucristo, es, entonces honrado en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad de toda la tierra. Porque la verdad es que no hay nada que le pueda dar tanto gozo y tanta alegría a nuestro Dios, de sólo ver a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ser exaltado en el corazón y en el alma infinita del hombre y de la mujer de toda la tierra. Del hombre y de la mujer, como Adán y Eva, por ejemplo, como los que se encontraban perdidos entre las profundas tinieblas de sus pecados y de sus muertes infinitas, como en el día que Dios mismo tuvo que introducir sus manos santas en la tierra, para sacarlos a luz más brillante que el sol, el Árbol Viviente, ¡el Mesías! Y desde aquel entonces, Dios mismo te ha formado en sus manos sagradas, con la ayuda idónea de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, para que vivas feliz, libre de los males del pecado para que tu corazón y tu alma infinita se regocijen por siempre en tu Dios y Creador, de tu única y nueva vida celestial. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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