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| Viernes, 10 de agosto, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Muchas felicidades a todas nuestras familias ecuatorianas, en estos días de fiesta patria, por «el primer grito de independencia», el cual sé hoyo en toda Iberoamérica, desde Quito, en un día como hoy, por ejemplo. Y así comenzar a vivir la libertad evocada día y noche por los corazones de nuestros héroes, hasta que la alcanzamos con la valentía de cada uno de ellos y sus batallas gloriosas en territorio ecuatoriano y americano, bajo el liderazgo de nuestro mariscal Antonio José de Sucre y el libertador Simón Bolívar (ambos nacidos en Venezuela). Gracias a nuestro Padre Celestial y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por nuestros mártires hermanos de Venezuela, de Ecuador y de todas las naciones hermanas de nuestra América Latina. Felices días de fiestas patria en Quito y en todo nuestro Ecuador y el resto de nuestro mundo, también, de habla hispano, nuestras gentes eternas y de gran valor, siempre en busca de la felicidad total de sus corazones y de sus vidas, con nuestro Padre Celestial y su Jesucristo, ¡único salvador posible y felicidad infinita, de nuestras almas vivientes!) (On this hour, we would like to remember the collapse of the interstate 35w bridge in Indianapolis, where many vanished and others saved their lives, because their cars did not fall to the waters, as the others unfortunately did. We give thanks to the Lord God, because those that fell to the water, went directly to be with our Heavenly Father, so they may continue to live their eternal lives, in paradise, as our ancestors did, in the beginning of all life for humankind. We are also praying for the mines that have caved-in recently: one in Huntington, Utah, and another in Indiana, I think. Nonetheless, we are praying for each one of them, so the Lord God may be with them, the miners, in these moments so crucial for their lives. We hope that they are alive and well, despite the odds until this moment. In our faith, we will continue to pray for the families of the victims, so our Lord God may bless them richly, in the name of his Beloved Son, our Lord Jesus Christ. Finally, at last they will unite with their loved ones soon, is our constant hope and prayer to our Heavenly Father, for their well being and happiness of their hearts. May our Heavenly Father bless, as many times as he may will, the victims and their long- suffering loved ones at home.) (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) SALVACIÓN: El que ama a Dios, por medio de su Hijo amado, entonces es "salvo" para Dios y para su nueva vida infinita de su nuevo reino venidero, en el cielo y por toda la tierra, también. Porque sólo el que ama a Dios, "por el amor sin igual" del Señor Jesucristo, entonces pude comenzar "a vivir para Dios", para amarle profundamente hasta comenzar a conocerle tal como siempre ha sido (y ha de ser) por los siglos de los siglos, con sus ángeles y con cada uno de nosotros. Y esto «es verdad» en todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en toda la tierra, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo. Por ello, desde el día que Dios crea al hombre, entonces Dios mismo comenzó a ver «si Adán se acercaba a su Hijo amado», el Señor Jesucristo, en el epicentro del paraíso, para que comiese de él, su fruto de vida eterna. Dado que, Adán y como todos los ángeles del cielo "tenia que comer" y beber del fruto del Árbol de la vida, para poder seguir teniendo una relación santa, perfecta y armoniosa con su Creador, en el paraíso y en cualquier lugar de toda la creación. Pero al ver Dios que Adán no hacia nada, para acercarse al Árbol de la vida y comer de él, entonces "tuvo que tomarlo de la mano" y llevarlo por el camino de la verdad y de la justicia infinita del paraíso, su Hijo amado, ¡el Mesías de todos los tiempos! Y sólo entonces Adán "se acerca" por vez primera al Árbol de la vida, y Dios le dijo: de los árboles del Huerto del Edén podrás comer y beber, incluyendo el Árbol de la vida (el cual Adán aun no conocía en su corazón, por culpa de las tinieblas de donde Dios lo había sacado con sus manos, para que viva). Pero del Árbol de la ciencia del bien y del mal "no podrás" comer jamás de él, porque en el día que de él comas "morirás" infinitamente en tu pecado, por haber quebrantado la Ley de la vida eterna de tu paraíso celestial. (Aquí vemos que fue Adán quien «quebranta» la Ley de Dios por vez primera, sin haberla conocido todavía en su vida, por ejemplo, puesto que recién había sido formado y liberado en las manos de Dios, de las profundas tinieblas de la tierra, por lo tanto, Adán aun estaba ciego y no podía ver a Dios, ni a su Jesucristo. Y fue por esta razón, «sin saber lo que hacia», que Adán quebranta la Ley de Dios por primera vez en su corazón y en toda su vida, también. Eventualmente, en el cielo, «el que quebrante la Ley de Dios», entonces ha quebrantado todas las leyes del cielo y de la tierra, también, para siempre. Este fue el primer pecado de Lucifer y de sus ángeles caídos en el cielo, por ejemplo; ellos quebrantaron la Ley de Dios, «cuando desearon exaltar el nombre de Lucifer» más alto que el nombre del Señor Jesucristo, en los corazones de todos los ángeles del cielo. Sólo una tercera parte de los ángeles «aceptaron el nombre de Lucifer» en sus corazones, para mal de sus vidas eternas, en vez, de creer en el Señor Jesucristo y confesar su nombre salvador con sus labios, para «bendición y salvación» de sus vidas celestiales, en el reino de los cielos, por ejemplo. Entonces en el cielo es como el hombre de toda la tierra, de hoy en día, por ejemplo, «cuando quebranta una sola regla de la Ley Divina», entonces la ha quebrantado en su vida toda ella; es decir, el que «use» el nombre de Dios a la ligera (o en vano), nuestro Dios no lo tendrá por inocente, jamás. O el que «adore» un ídolo, de donde sea que haya salido en toda la tierra o en la vida de cualquier hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, entonces «ha quebrantado no sólo esa regla de la palabra de Dios, sino toda la Ley de Dios y de Moisés», para mal eterno de su alma viviente.) Seguidamente, Dios «lleva de la mano a Adán» encamino hacia el Árbol de la vida, para que «conociendo a su Hijo», como el único fruto de vida de su alma, y así conozca a su Dios y Creador de su alma, por la verdad y la justicia infinita de su vida muy santa, por cierto, en todo el reino celestial. Y como Adán «no comió» del fruto del Árbol de la vida, sino del fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, «por engaño» de Lucifer por medio de su esposa Eva, entonces Adán «se llena» más de las tinieblas de la vida del mundo, en vez de la luz de Dios y de su Jesucristo. Y es aquí, cuando Adán y cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, primero, «comenzó a morir» para Dios y para su vida celestial del paraíso; es decir, que la tierra santa del paraíso «ya no podía retener la vida» de Adán, ni de ninguno de sus descendientes, porque Jesucristo «no era rey o Mesías», en su vida. Por lo tanto, antes que todas las cosas «empeoraran» para Adán en el paraíso, por falta del espíritu de fe, del Señor Jesucristo en su corazón y en toda su vida celestial, entonces «lo traslado» a seguir viviendo su vida y hasta que muera en la tierra, de nuestros días, por ejemplo. Para que en un tiempo no muy lejano, entonces «vuelva a tener» una oportunidad más y muy singular, por cierto, con su esposa Eva, para comer del fruto de la vida eterna, la única salvación infinita de su alma humana y celestial, a la vez, ¡el Señor Jesucristo! Y esta vez seria «como árboles secos y sin vida» sobre la cima de la roca eterna, como queriendo alcanzar el paraíso, pero «clavados al Señor Jesucristo», para recibir de él, el fruto de la vida eterna, el cual rechazaron por engaño en el cielo. Y sólo así entonces no sólo «serian perdonados» de sus pecados y de sus rebeliones celestiales y hasta terrenales, sino también cada uno de los suyos, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por ejemplo, comenzando con Israel. Porque «ésta salvación divina y del paraíso» del hombre de toda la tierra «es de Israel», por la palabra y promesa personal hecha para con los patriarcas de todo Israel, comenzando con Abraham e Isaac, por ejemplo, en la antigüedad (o en el comienzo de la vida de Israel con Isaac, el primer hijo con promesa de Dios, para Israel). Porque fue Abraham e Isaac, los primeros hombres sobre la cima de uno de los montes del Moriah, a donde Dios llevo a Abraham con su hijo Isaac, para que lo sacrificase para él, como remisión de todos los pecados de Adán y cada uno de sus descendientes, en todos los lugares de la tierra, incluyendo el paraíso. Y esta era (y es hoy en día) «la perfecta salvación del hombre del paraíso y de toda la tierra, también», el Hijo de Abraham, el Hijo de David, el Hijo de Dios, crucificado, muerto y resucitado en el Tercer Día, para vida eterna, en el lugar de Isaac o del hombre pecador de toda la tierra. MOISÉS INVOCA LA VIDA Y LA SALVACIÓN DEL MESÍAS, PARA ISRAEL Invoco, desde hoy por testigos a los cielos y a la tierra en contra de todos ustedes, les decía Moisés a los israelíes, y esto es de que "he predicado": la vida y la muerte, la bendición y la maldición delante de ustedes y de los suyos, también, para miles de generaciones venideras, en la tierra y en el paraíso. Pues entonces "elijan creer" en la vida que Dios les ha manifestado en su palabra y en su nombre santo y salvador, para que vivan y así no tengan que jamás sufrir en el poder terrible de la muerte, todos ustedes y sus descendientes, también, en la tierra, ni menos en el más allá, eternamente y para siempre. Y, en aquellos días, los israelíes «decidieron creer» a la palabra de Moisés de todo corazón, para servirle a su Dios y a su nombre salvador, por medio de la sangre viviente y única, «del pacto del Cordero Escogido de Dios», el cual había hablado con él desde el fuego, «sobre el Sinaí para la pronta salvación de Israel». Porque en aquellos días, Israel «necesitaba salvación del cielo» y ya, cuanto antes mejor, porque sus enemigos estaban acabando con ellos, de una manera u otra, y Dios tenia que hacer algo por ellos pronto, para librarlos de las manos de sus enemigos asesinos de sus niños, por ejemplo. En verdad, nuestro Dios «veía que sólo faltaba un corto tiempo más» y Israel hubiese dejado de existir en su cautiverio de Egipto. Y como su Hijo amado «los amo mucho», como su único Árbol de la vida del paraíso y como su único Mesías y salvador de sus vidas, entonces «descendió del paraíso, para manifestarse a Moisés», como el Árbol de fuego de Dios, ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera! Entonces «ésta vida», la cual Moisés les estaba presentando a los israelíes de la antigüedad y de siempre, fue, ni más ni menos, el mismo Mesías de todos los tiempos, nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el Mesías «podía darles vida» en Egipto, en el desierto y también, en la nueva tierra escogida por Dios mismo de Canaán. Porque en Egipto «el Señor Jesucristo fue la sangre del Cordero de Dios», en las manos de Moisés, par ponerlas sobre las puertas de las casas, de las que creían en la única salvación de Dios para todo Israel en Egipto y para siempre, en los días venideros. El Señor Jesucristo fue «el guía que los llevo a cruzar el mar rojo», cuando se abrió y se manifestó el camino que ningún hombre había pisado jamás para pasar a la salvación de sus vidas, al otro lado del mar y camino a la nueva tierra escogida, «escogida divinamente» por el mismo Señor Jesucristo, para ellos y sus hijos. Porque la tierra de Canana, «actualmente Israel», fue escogida por el Mesías, para «cumplir su Ley Divina» delante de sus hermanos y sólo así entonces ponerle fin al pecado, para «empezar la nueva vida de Dios», para sus ángeles y para la humanidad entera, con nuevos cielos y nuevas tierras, como las del reino antiguo, que aman infinitamente al Mesías. Y para llegar a esta tierra de Israel, escogida por el gran rey Mesías, reservada únicamente para las doce tribus de Israel, entonces «Dios mismo los llevo a cruzar el desierto cadente de Egipto», tomando del agua de la peña y comiendo maná del paraíso (símbolo celestial del 'cuerpo y la sangre') del Señor Jesucristo. Es decir, que el Señor Jesucristo no solamente «fue el guía de Israel», por el desierto de Egipto y hasta llegar a Israel, sino que también «fue agua fresca» para calmar su sed y «comida de ángeles» para calmar el hambre de sus cuerpos humanos, sufriendo día y noche las inclemencias del sol y su desierto sumamente árido y hostil. Y el Señor Jesucristo «lleva con él» a las doce tribus de Israel ha vivir en la tierra de Canaán, porque «seria allí» en donde se manifestaría a ellos y a la humanidad entera, para por fin «vivir los Diez Mandamientos de la Ley Eterna de Dios», recibidas por Moisés sobre el Sinaí, y entonces cumplirlas para la humanidad entera. Y sólo así entonces todo Israel con la humanidad entera «lleguen a conocer frente a frente al dador de sus vidas eternas», el Hijo de David, el Cristo, como la imagen y la semejanza perfecta de la Ley de Dios y Moisés, por ejemplo, para perdón de pecados y salvación infinitas de sus almas eternas. Es decir, que todo hombre, mujer, niño y niña de Israel y de la humanidad entera, de todos los tiempos, comenzando con Adán y Eva «se encontraran por fin», con la única salvación perfecta y posible de Dios, para sus almas infinitas, ¡el Señor Jesucristo! Consecuentemente, los primeros en encontrarse cara a cara, cuerpo a cuerpo y sangre con sangre con el Señor Jesucristo, fueron Adán y Eva, cuando ambos cruzados como árboles secos, entonces «recibieron con clavos» en sus cuerpos sin vida, al dador de sus nuevas vidas infinitas, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel. Y todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, «ha de recibir» a su único Mesías y gran rey de su salvación, el Señor Jesucristo, en su corazón, con los clavos y hasta con el mismo dolor antiguo, de no haberlo conocido o encontrado antes, para «vivir la felicidad» de su salvación infinita de su alma, desde ya. Porque todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, «desean conocer a su único gran rey Mesías de sus vidas», en la tierra y en el paraíso, así como los ángeles le conocen desde siempre, y así también como Moisés y Elías le conocen igual, desde la antigüedad y hasta la eternidad venidera del nuevo reino prometido. Envista de que, «sabia muy bien», en su corazón y en su espíritu eterno, Moisés, «de quien realmente era el Mesías» para Israel y para la humanidad entera, de aquellos días y de siempre. Es más, «Moisés conocía al Mesías personalmente», es decir, cara a cara, o de persona a persona, porque él podía «entrar en el lugar santo de los santos del tabernáculo de Israel», por ejemplo, y dialogar con Jesucristo mismo, en referencia a cualquier problema personal o nacional del pueblo israelí, y solucionarlo de una manera u otra. En otras palabras, el Señor «le daba siempre» la respuesta (o solución) a cualquier problema, sea pequeña o mayor, para glorificar el nombre de nuestro Padre Celestial entre todos los del pueblo de Israel y de las naciones en sus derredores, también, por ejemplo. Es decir, también, de que «el Mesías no era una persona extraña para Moisés», «ni Moisés era extraño para el Mesías», en ninguna manera; ambos se conocían mutuamente, y habían liberado a Israel de Egipto, «por el pacto del cordero y de su sangre sobre el altar del sacrificio de Dios». Y esta era una realidad que todos los levitas (sacerdotes de Israel) «conocían igual» y muchos o si no todos en todo el pueblo de Israel, también, en sus millares, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre Celestial y Fundador de Israel y de nuestras nuevas vidas infinitas, en el cielo venidero. Realmente, el Mesías fue para Moisés, "el Hijo de David", como uno de los doce apóstoles o de los muchos discípulos fieles a él y al nombre sagrado de nuestro Padre Celestial, en todo Israel, "que lo vieron y vivieron con él", por algún tiempo, y hasta que fue quitado de entre ellos, para regresar a Dios y al paraíso. Porque el Señor Jesucristo "tenia que regresar" al mismo lugar del epicentro del paraíso, en donde Dios lo presento a Adán, para que lo "aceptase en su vida", pero lo rechazo (como ya 'sabemos muy bien' todos nosotros la historia clásica, de este encuentro celestial, y el daño de las mentiras de Lucifer, por ejemplo). Pero esta vez, el Señor Jesucristo regresa al paraíso «victorioso con vida infinita para todos», y a su lugar de siempre, el epicentro del paraíso, «aceptado por Adán y Eva y clavados a ellos y sus descendientes infinitamente por su cuerpo y por su sangre», para no perderlos jamás, como en la primer vez (o primer encuentro celestial), por ejemplo. De hecho, ésta es la única y perfecta «salvación de Dios», la cual deseaba en su corazón y en su alma eterna, para Adán y para sus descendientes, en el día que lo llevo por vez primera a su encuentro personal con su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna del paraíso y de La Nueva Jerusalén Celestial. LA TRANSFIGURACIÓN DE JESUCRISTO, ES EL ENCUENTRO CLÁSICO DE MOISÉS Y EL MESÍAS, EN LA ANTIGUEDAD Entonces el Señor Jesucristo con tres de sus seguidores, Pedro el apóstol, Jacobo y Juan (sus discípulos), «subieron» hacia un monte cercano, en donde se encontraban en aquella región, en Israel, y ahí «los ojos» de los discípulos del Señor Jesucristo fueron abiertos, para ver la gloria del Mesías, tal cual como Moisés conocía a Jesucristo en el Israel antiguo. Porque de pronto vieron sin llegar en ningún momento en sus contornos, sino que de repente «se aparecieron y estaban con ellos» sobre el monte de la transfiguración del Señor Jesucristo: a Moisés y a Elías, «quienes sostenían una conversación muy importante» con el gran rey Mesías de sus vidas, en el Israel de la antigüedad, ¡el Señor Jesucristo! Ellos hablaban probablemente sobre su "pronta crucifixión" sobre la roca eterna de Dios, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para "ponerle fin" a la ofensa eterna de Adán, en contra de la Ley del paraíso, para que entonces "un nuevo día resplandezca" y sin pecado, sino sólo "lleno de vida y de luz" para Israel y la humanidad entera. Pues mientras Moisés "hablaba" con el Señor Jesucristo, de la misma manera que había hablado con él, "persona a persona en el secreto del lugar santo de los santos, del Tabernáculo de Israel", en el desierto de Egipto, por ejemplo, entonces Pedro "quiso hacer una enramada" para cada uno de ellos y sobre el monte de la transfiguración del SEÑOR. No sé, por qué Pedro pensó así, y sobre el monte de la transfiguración, para con el Señor Jesucristo y para con sus fieles siervos del Israel de la antigüedad, por ejemplo. Probablemente, siendo Pedro judío, entonces "pensó que era bueno hacer una enramada" para cada uno de ellos, una para el Señor, otra para Moisés y otra para Elías (quizás, por razones de las fiestas del tabernáculo en esos días, del año en curso, por ejemplo, como de costumbre en todo Israel de año en año, de acuerdo a la escritura). Pero este no era el día para hacer enramadas para ninguno de ellos, sino para «prepararse para la crucifixión, muerte, resurrección y ascensión del Señor Jesucristo al paraíso», para presentarse al Padre Celestial «santo y puro», para la nueva vida eterna del nuevo reino celestial de sus ángeles y de la humanidad entera, también. En realidad, lo que el Señor Jesucristo les estaba «enseñando» no sólo a Pedro y a Jacobo con su hermano Juan, «su encuentro personal, como en cada día de la antigüedad de Israel, con Moisés y con Elías», dos figuras reales del antiguo testamento, quienes habían tenido muertes no comunes, sino totalmente diferentes y hasta muy misteriosas, por cierto. Es decir, así como ellos murieron en sus días y más aún viven, en el cielo: pues así también viviré infinitamente, como ellos, después de haber sido crucificado y muerto sobre la roca eterna del SEÑOR, en las afueras de Jerusalén. (Ahora, si los discípulos del Señor Jesucristo entendieron esta gran enseñanza en sus vidas, del Señor Jesucristo y sus conocidos de la antigüedad de Israel, como Elías y Moisés en el monte de la transfiguración, no lo sé, tampoco. Quizá no le entendieron al momento, además, el Señor Jesucristo les pidió que no se lo dijesen a nadie; sin embargo, mucho después se les hizo muy claro en sus mentes y en sus corazones, la enseñanza del Señor Jesucristo y de lo que vieron y vivieron, por un corto tiempo, con Moisés y Elías, por ejemplo. Y esto es de que el Señor Jesucristo viviría infinitamente, después de muerto, en el Tercer Día.) Porque Moisés murió, y los ángeles del Señor «lo escondieron», para que los israelíes no tomen su cuerpo y lo hagan algún tipo de ídolo o de imagen de adoración, para ofender y romper la Ley de Dios día a día y por siempre, para mal de sus vidas y de muchos también, en toda la tierra, por ejemplo. Es decir, que si los israelíes «tuviesen la tumba de Moisés», hoy en día, por ejemplo, entonces lo estuvieran «adorando» como uno de sus mayores ídolos, cuando «sólo nuestro Padre Celestial debería de ser el ídolo personal y perfecto» de sus corazones y de sus almas infinitas, en la tierra y así también en el paraíso, eternamente y para siempre. Entonces como Dios sabia que «el mismo pecado» del cordero de oro se iba a repetir con el cuerpo sin vida de Moisés, pues, hizo que los ángeles del cielo «lo sepultasen en un lugar secreto», el cual sólo Dios y sus ángeles conocen su lugar, hasta el día de hoy. Y Elías «subía al cielo», en el día de su supuesta muerte, «en un carro de fuego», para sorpresa de muchos «desapareció también»; por tanto,él fue buscado por todos lados por los israelíes y jamás lo encontraron, hasta que se manifestó sobre la cima, del monte de la transfiguración del Señor Jesucristo y de sus discípulos, por un momento. Y nuestro Padre Celestial también «manifestó» su verdad y su justicia personal e infinita, sobre el monte de la transfiguración del Señor Jesucristo y desde su «SHEKINAH» (nube celestial), para hacerle «entender a Israel» y a la humanidad entera: una gran verdad infinita y única del paraíso y de la nueva eternidad venidera de Dios y de sus ángeles eternales. Y esto fue para «manifestar y rectificar» al Señor Jesucristo, como «el Mesías» de todos los tiempos de la antigüedad de Israel, como en los días de Moisés, cuando el escape de Egipto, y luego, como en los días de Elías y sus «muchos milagros», por ejemplo, para bendición y salvación de Israel y de la humanidad entera. Efectivamente, Elíseo vio como Elías «se monto en el carro de fuego», y como se levanto al cielo y hasta que «desapareció de sus ojos»; y lo único que quedo de Elías en las manos de Elíseo fue su «manto ungido con el don de Elías», para recibir de sus poderes y seguir haciendo la obra de Dios, en Israel. Entonces se mantuvo «desaparecido Elías», bíblicamente hablando, por muchos años, hasta que volvió a ser visto por los ojos del hombre, como por Pedro, Jacobo y Juan, sobre el monte de la transfiguración del Señor Jesucristo, para «hablar de las muy buenas promesas de vida y de salud eterna», para con Israel y para con la humanidad entera, por ejemplo. Es más, en esta «conversación» que el Señor Jesucristo sostuvo con Moisés y Elías, de persona a persona, como en los días del lugar santo del tabernáculo, fue para «preparar» a los ángeles y a todo el reino celestial, para el día de la «crucifixión» de su gran Señor Piadoso de sus nuevas vidas eternas, ¡el Señor Jesucristo! Y ésta «crucifixión» eterna, porque «no habría otra igual después», entonces tomaría lugar en su día y en su hora y sin más demora alguna, para que «la salvación perfecta» del hombre y de su humanidad infinita sea «una realidad inmortal», en la tierra y así también en el paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo. Por ello, el Señor Jesucristo «lleva con él» a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, para que sean «testigos oculares de que Moisés y todos los demás», como Elías y todo Israel de la antigüedad «aun viven», en el más allá (posiblemente en el paraíso o en La Nueva Jerusalén Celestial de su gran rey Mesías, por ejemplo). Es decir, que los antiguos de Israel, y los demás «fieles» a su nombre santo, de muchas naciones de la tierra, «viven» en tierras muy santas y muy gloriosas, por cierto, como La Nueva Jerusalén Celestial, prometida por Dios mismo sólo a los «creyentes» a su gran rey Mesías, como al rey David de Israel y sus millares, por ejemplo. Y sobre éste monte de la Transfiguración, el Señor Jesucristo «se dejo ver» no tanto por Moisés y Elías, cuando ellos muy bien ya lo conocían en sus corazones y en sus almas redimidas por la sangre del pacto eterno, sino que lo hizo «por sus discípulos y por la humanidad entera, comenzando con Israel de todos los tiempos». Para que todos ellos «entiendan muy bien en sus corazones inmortales», de que verdaderamente el Señor Jesucristo «es el Mesías», del ayer, de hoyy de siempre, para Israel y para cada una de las naciones de toda la tierra. Además, como el Señor Jesucristo no hay otro igual, en el cielo, ni menos en toda la tierra, para «redimir a Israel de sus enemigos» y así también a cada una de las naciones del mundo entero, que amen la verdad y la justicia infinita de la salvación de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, el rostro del Señor Jesucristo «se convirtió, se transformo», en una luz muy brillante, «aun mucho más brillante que el sol de nuestro sistema solar», por ejemplo, para penetrar y darnos vida infinita, además, de destruir cada una de las tinieblas del corazón mentiroso y engañador de Lucifer y de sus ángeles caídos, en la humanidad entera. Entonces «todos vieron» la gloria del Señor Jesucristo sobre el monte de la transfiguración, como testimonio a ellos y a todo Israel, de que «él es el gran rey Mesías de todos los tiempos», para redimir al pecador de todos sus pecados, en esta vida y en la venidera, también, eternamente y para siempre. Y cuando todo esto estaba sucediendo con el Señor Jesucristo, delante de los ojos sorprendidos de Pedro, Jacobo y de su hermano Juan, entonces «la Shekinah de la antigüedad se acerco» sobre la cima del monte y del Señor Jesucristo, y sé «oyóuna voz celestial», la cual decía: Éste es mi Hijo amado, sólo en él tengo complacencia. A él «oigan» (al Mesías de Israel, el Hijo de David) y hagan siempre todo lo que les «ordene hacer», para bien de sus vidas y de la de los suyos, también, para siempre. Aquí es cuando nuestro Padre Celestial «da testimonio supremo», de que no sólo el Señor Jesucristo es su Hijo amado, sino que «sólo él es el gran rey Mesías de las doce tribus de Israel y de las naciones de la humanidad entera», para guiarlos una vez más, no sólo por el desierto del mundo, sino de regreso al paraíso. Y cuando la voz de Dios hablaba, «los discípulos del Señor Jesucristo tuvieron que doblar sus rodillas y postrarse ante el Señor Jesucristo», en «reconocimiento» de que sólo Él es el Mesías, por quien «Dios mismo había dado su testimonio personal, de que él es su Hijo Amado», el único posible salvador de Israel y de la humanidad entera. Y esto era necesario hacerlo así, para que Dios mismo junto con Moisés y Elías «dé su testimonio personal», como Creador del cielo y de la humanidad entera, «de que sólo el Señor Jesucristo es su Hijo amado», el gran rey Mesías de Israel y de toda la tierra, eternamente y para siempre, para «reengendrar» al hombre de sus pecados. Y una vez, «concluido el testimonio versas» de nuestro Padre Celestial y de dos de sus siervos de la antigüedad de Israel, como Moisés y Elías, entonces el Señor Jesucristo se acerca a Pedro, Jacobo y Juan, y les dijo «que no divulgaran» lo que habían visto sobre el monte, hasta que «él haya sufrido» por el pecado del hombre. Y así fue, todos descendieron juntos con el Señor Jesucristo, excepto Moisés y Elías, quienes se fueron con el SEÑOR de regreso a sus lugares eternos en el paraíso, para presenciar posteriormente: la crucifixión, muerte, resurrección y ascensión a la gloria infinita del Señor Jesucristo, para finalmente «librar al hombre del poder de la Ley y de su pecado original». Y sobre la roca eterna del SEÑOR, en las afueras de Jerusalén, en Israel, la verdadera transfiguración toma lugar no con Moisés, Elías, Pedro, Jacobo y Juan, como en la primer vez, sino con el mismo Espíritu de la sangre y la vida gloriosa e infinitamente salvadora del Señor Jesucristo, para perdón de pecados y salvación del alma del hombre. Aquí Abraham cumplió con el Señor Jesucristo, en vez, de su Hijo Isaac, para lo que Dios mismo lo llamo a que haga sobre la cima de uno de los montes del Moriah, y así alcanzar salvación y vida eterna para la humanidad entera, para que sea libre del poder del pecado y de la muerte eterna del infierno. POR AMOR: DIOS ENTREGA A SU HIJO AMADO AL MUNDO Porque Dios «amó al mundo» de tal manera en su corazón santo, «hasta no poder más», que envió a su Hijo amado, para que «todo aquel que en Él cree no se pierda», más tenga perdón de pecados y vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Porque Dios no envió a su Jesucristo al mundo «para condenarlo y destruirlo», como destruyo a Sodoma y Gomorra por sus pecados en la antigüedad, sino para que «sea salvo únicamente por medio de la vida sagrada» de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y es por esta razón, que hoy en día todo aquel que «invoque su nombre santo» con sus labios, «creyendo en su corazón» que le ha perdonado sus pecados y redimido su alma eterna para la nueva vida del reino de los cielos, entonces «tiene vida eterna» aún viviendo en la tierra, todavía. Porque es lo que cree el hombre en su corazón y así confiesa con sus labios lo que " es transcendental o de gran envergadura espiritual", para tocar y retener en su vida la única salvación de su alma viviente, en la tierra y en el paraíso, también, para siempre, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, los que «creen en sus corazones en él» y confiesan su nombre santo con sus labios, entonces sólo maravillas y milagros de prodigios en los cielos y en toda la tierra «han de ser llenas sus vidas», desde aquel momento de fe y de oración y para siempre, delante de Dios y de su Espíritu Santo. Porque todo aquel que «cree en su corazón» y confiesa con sus labios su nombre sagrado, entonces «las tinieblas que no permitían» bendiciones y milagros en su vida, «ya no estarán» en su corazón ni en ningún lugar de su vida, sino «sólo la luz» de la vida honrada del Señor Jesucristo, llena de amor y de paz eterna, también. Y esto es «gozo y vida infinita» para el alma humana, porque sólo «el invocar» el nombre del Señor Jesucristo es «vida para su corazón»y para su alma viviente, del hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, y aun hasta para los fallecidos también. Porque el Señor Jesucristo les decía a sus apóstoles y discípulos por igual, si creen en mí, «aunque estén muertos vivirán sus almas», eternamente y para siempre. Además, el Señor Jesucristo les preguntaba a sus fieles oidores de su palabra: ¿Creen ustedes lo que les he enseñado? Y sus discípulos les decían que sí, «que sí creían en sus palabras» y en el regalo de la salvación perfecta de sus almas eternas, en esta vida y en la venidera, también. Es decir, que sólo habrá «luz y salud» en sus vidas para miles de siglos venideros en la tierra y en el más allá, también, porque la luz que «alumbra» la vida de nuestro Jesucristo, desde los días de la antigüedad y hasta la nueva eternidad venidera, ha de «reinar en sus vidas», de la misma manera y para siempre. Y esta es «la luz del cielo» que Dios deseaba para Adán y para cada uno de sus descendientes en el paraíso, por ejemplo, para que entonces pudiesen seguir «viviendo sus vidas normales», por las cuales Dios mismo los creo en su imagen y conforme a su semejanza santa, en el día de su creación, en sus manos sagradas. Pero como Adán no comió de su fruto de la vida eterna de su gran rey Mesías del paraíso, entonces «permaneció en sus tinieblas de su creación o de siempre», y hasta que empeoro su estado espiritual, cuando Lucifer se le «acerco con mentiras» para engañarlo. Engañarlo a él y a cada uno de sus descendientes, para que «no coma jamás» del fruto del Árbol de la vida, sino para que coma del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, para que siga viviendo no solamente en sus primeras tinieblas de su creación, sino en peores aún. Y estas tinieblas terribles, como de las que «vendrían a su vida» y a la vida de los suyos, también, serian las mismas tinieblas que se «rebelaron en contra de Dios» y de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el día de la gran rebelión de todos los ángeles, del reino de los cielos, por ejemplo. Porque todos los ángeles del cielo, en el día de su creación, por la palabra o por el nombre de Dios, fueron entonces «creados en sus propias luces celestiales» y hasta que comiencen del fruto de la vida, para que sus luces angelicales «aumentasen mucho más que antes», para el servicio glorioso del SEÑOR, en el reino de los cielos. Porque la verdad es que «aún los ángeles celestiales», para poder servir al SEÑOR y a su nombre santo, entonces «requerían primeramente comer y beber» del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo; de otra manera, en sus primeras luces celestiales «no podían servir al SEÑOR», ni a su nombre santo, en el reino de los cielos, para siempre. En verdad, los ángeles «no podían ver la santidad y la gloria infinita» de nuestro Padre Celestial, sin «el fruto de la vida» en sus corazones y en sus espíritus celestiales, para servirle a él, como le sirven hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera, por ejemplo. Fue por esta razón, que Dios tuvo que «llevar de la mano a Adán» por su camino de verdad, de santidad y de vida eterna, para que entonces él tuviese un encuentro personal con su gran rey Mesías, «el único salvador perfecto de su vida», en el paraíso y en toda la creación de Dios, eternamente y para siempre. Para que de esta manera, Adán entonces «comiese y bebiese por siempre» de su Árbol de la vida, y sólo así él pueda entonces «servirle a Él y a su nombre santo»,de la misma manera que los ángeles del reino de los cielos le han servido, a través de los siglos y hasta nuestros días, por ejemplo. De otra manera, «sin la luz del fruto de la vida» de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, entonces Adán, ni ninguno de sus descendientes, podía realmente «quedarse en el paraíso», para seguir viviendo su vida normal y celestial, sin poder jamás servir a su Dios y a su nombre sagrado en su corazón y en la eternidad venidera, también. Entonces la salvación de Dios en la vida del hombre «es realmente ser fieles servidores» de Dios y de su nombre santo, como los ángeles celestiales, «sólo por medio de la fe», en creer en el corazón y así confesar con los labios el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo; y esto es luz de la nueva vida del hombre. En la medida que, para nuestro Padre Celestial nadie que no tenga «la luz y el espíritu de vida», de su fruto del Árbol de la vida, sea ángel del cielo u hombre del paraíso o de la tierra, «no podrá jamás realmente permanecer» delante de su presencia santa, para servirle a Él y a su nombre santo, para siempre. Porque sin «el espíritu de vida y de santidad infinita» del fruto del Árbol de la vida, en el paraíso o en toda la tierra, entonces el hombre no podrá jamás «servirle al SEÑOR», ni menos conocer su nombre sagrado y todopoderoso, en su corazón y en toda su alma, también, sino que «vivirá infinitamente en sus tinieblas» de siempre. Además, nuestro Padre Celestial jamás deseo «ver al hombre vivir en sus tinieblas» de su antigüedad, como de las profundas tinieblas de la tierra, de las cuales él mismo lo rescata con sus manos sagradas, para que sea hecho «perfecto en su vida santa», llena de su imagen y de su semejanza celestial, por medio de su Jesucristo, por ejemplo. Y ningún ángel del cielo, por más glorioso que fuese su espíritu celestial, «realmente podía hacer toda esta gran obra gloriosa» de vida y de salvación eterna, para el hombre en su condición perdida entre las profundas tinieblas, del polvo de la muerte de la tierra, sino «sólo las manos sagradas» de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Y fue entonces, cuando nuestro Dios, después de haber creado al hombre en sus manos santas, «lo encamino» hacia el camino de la verdad y de la vida eterna de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que sólo de él «comiese y bebiese» todos los días de su vida, para que «haya luz» y más no tinieblas como antes. Porque ningún hombre que viva en sus primeras tinieblas de su creación personal, como Adán, por ejemplo, podrá realmente «vivir para ver la vida eterna», en la tierra o en el paraíso, sino que su vida «será llena de las tinieblas de siempre»,de las cuales Dios mismo rescata su cuerpo de la tierra, en el día de su creación. Entonces todo hombre, mujer, niño y niña de la tierra, «tiene que comer y beber» del fruto del Árbol de la vida, de la misma manera que Adán y Eva «fueron llamados» por Dios, ha comer y beber de él, en el paraíso y en toda su creación, como en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. Es por eso, que la salvación de Dios y de su Jesucristo «viene a ti», mi estimado hermano y mi estimada hermana, «para que sea parte de tu vida», como tu corazón y toda tu alma son partes integrales de tu ser viviente, en la tierra y así también, en la eternidad venidera del nuevo reino de Dios. LA GRACIA DEL SEÑOR JESCURISTO SALVA Y PERDONA, AL PECADOR Entonces «por gracia es salvo cada uno de ustedes», en sus millares, en toda la tierra, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, «sólo por medio de la fe»; y esto no es de ustedes mismo, para que nadie se glorié en su vanidad, de las tinieblas de su creación (o nacimiento), pues «es don de Dios». Por lo tanto, «la salvación» de cada hombre de las tinieblas de su primer creación, como Adán en el paraíso o de su nacimiento maternal, como todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera en toda la tierra, «no es por obras», para que ninguno se gloríe jamás, sino que «es regalo divino» para la nueva vida eterna. Porque «la vida eterna» del ángel del cielo y así también del hombre y de la mujer del paraíso «es la misma vida eterna del Árbol de la vida», el Señor Jesucristo, ni más ni menos, delante de Dios y de su Espíritu Santo, en el cielo, en la tierra y en toda la nueva creación de Dios, también. Y «ésta salvación de Dios» para cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, así como los ángeles del cielo, «es para servir y adorar a Dios y a su nombre santo», eternamente y para siempre, sólo en el espíritu de la sangre y de la vida gloriosa de su Árbol de la vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y otra salvación, como ésta tan grande y tan gloriosa «no hay otra igual» en el paraíso, en la tierra ni menos en la nueva creación de Dios, sino sólo nuestro Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque «si hubiese existido otro Árbol de vida eterna», como el Señor Jesucristo, en el paraíso o en la tierra de nuestros días (o en cualquier otro lugar de toda la creación de Dios), «entonces ya hace mucho tiempo que nuestro Padre Celestial nos lo hubiese anunciado» - pero no es así-. Únicamente el Señor Jesucristo «es el Árbol de la vida», para la salvación de los ángeles del cielo, del mal de Lucifer y así también (la 'única salvación' posible) de todos hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra, de nuestros días, ¡el Señor Jesucristo! Y ésta es una salvación del alma del hombre de toda la tierra, como con Adán, por ejemplo, en el paraíso, «quien tuvo que ser llevado de la mano de Dios», por el camino de la verdad y de la justicia infinita de la vida eterna del Señor Jesucristo, «para ser salvo de sus primeras tinieblas del más allá». Y así entonces el hombre y la mujer «puedan servirle al SEÑOR y a su nombre santo», infinitamente, en sus corazones y en toda su alma «salvada», por el fruto de la vida eterna en el cielo y en toda la creación de Dios, eternamente y para siempre, por ejemplo, como en La Nueva Jerusalén Celestial del gran rey Mesías. Porque «sin el fruto del Árbol de la vida», el cual es el mismo Señor Jesucristo, del ayer y de siempre, entonces el hombre ni ninguno de sus descendientes, comenzando con Adán, por ejemplo, «podía realmente comenzar a vivir su vida normal, para servir a su Dios y a su nombre santo», en el espíritu y en la verdad celestial. Porque éste espíritu y verdad celestial de Dios «es la única vida eterna», en la cual se puede vivir en el reino de los cielos y delante de Dios y de su Espíritu Santo, para miles de siglos venideros, en el más allá. Y «sin éste espíritu y verdad» de la vida del reino de Dios, entonces «la misma tierra» del reino de los cielos o como el paraíso o como hasta La Nueva Jerusalén Celestial e Infinita, también, «no podrá jamás permitir ni un sólo momento de vida», para ningún ángel, como Lucifer o como Adán y Eva, también, por ejemplo. Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial «ama tanto al mundo», que envió a su Hijo amado, como el Árbol de la nueva vida, para que todo aquel que tan sólo «crea en él y así confiese con sus labios su nombre salvador», entonces llegue a ser hecho libre, para vivir infinitamente: el espíritu y la verdad del paraíso. Porque no es posible que el hombre «exista eternamente y para siempre», en el espíritu del amor hacia «la mentira y la gran maldad de Lucifer y de sus ángeles caídos», en esta vida y en la venidera, también, de la nueva era celestial de Dios y de sus huestes angelicales, por ejemplo, en el nuevo más allá infinito. Además, nuestro Padre Celestial «no envió a su Hijo amado», como el Árbol de la vida al mundo, «para condenar» al hombre pecador y a la mujer pecadora, como Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso, que fueron condenados por sus malas acciones de fe, en contra de su único Mesías de sus vidas, «sino todo lo contrario». Nuestro Dios ha enviado a su Árbol de la vida al mundo, «para salvar» no sólo al hombre y a cada uno de sus descendientes de sus males eternos y de la maldición de la Ley, también, por no cumplirla y honrarla infinitamente en su corazón y en su alma, «sino para salvar a toda la tierra», de igual forma. Es decir, volver a hacer «nuevos cielos y nuevas tierras», para que el hombre y cada uno de sus descendientes entonces «la habite infinitamente», para conocer de persona a persona a su único Creador, como debió de ser desde el comienzo de todas las cosas, en su corazón y en toda su alma eterna, también, para miles de siglos venideros. Y esto es para por fin «honrar y exaltar por siempre a su Creador», como los ángeles lo han hecho a través de los siglos, por medio del verdadero y único espíritu de verdad y de justicia infinita del Señor Jesucristo (el único Árbol de la vida del paraíso, de Israel y de la humanidad del mundo entero, por ejemplo). Pues así mismo, «como Dios lleva de la mano a Adán», al pie de su Árbol de la vida, para que «coma y beba de él», eternamente y para siempre, en el espíritu de la verdad y de la justicia infinita de su Hijo amado, el gran rey Mesías del cielo y de toda la tierra, «pues así contigo, también». Es decir, que el Espíritu Santo, «por el poder de su palabra vida, lleva día y noche» a cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha comer y beber del fruto de su única vida y felicidad eterna, ¡el Señor Jesucristo!, para que entonces «pueda vivir» para su Dios, en la tierra y en el paraíso, infinitamente. SALVACIÓN: CONFESAR A JESÚS ES VERDAD Y JUSTICIA DE VIDA Pues si confiesas con tu misma boca de siempre, «que únicamente el Señor Jesucristo es el Señor» para gloria y honra infinita de nuestro Padre Celestial y, además, si crees en tu corazón «que Dios le levantó de entre los muertos», en el Tercer Día de la resurrección, entonces «serás salvo» para la nueva vida eterna, del nuevo reino venidero. Porque «ésta era la única vida», la cual Dios deseaba para Adán ypara cada uno de sus descendientes, en sus millares, como hoy en día contigo y cada uno de los tuyos, también, en todos los lugares de la tierra, «para bendición y exaltación de su nombre santo en tu corazón eterno», mi estimado hermano y mi estimada hermana. Porque con el corazón «se cree para justicia divina de Dios y de su Jesucristo», y con la boca se hace «confesión de fe», para salvación de la vida del alma del hombre, en la tierra y así también en el paraíso celestial o La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. En vista de que, es el cumplimiento de toda justicia del corazón y de la Ley Divina de Dios, «de tan sólo creer» que el Señor Jesucristo es su único Hijo amado, el gran rey Mesías, «el Cristo del paraíso, de la tierra y del nuevo reino venidero del cielo». Porque sólo los que creen para justicia divina del más allá del SEÑOR y de su Jesucristo en sus corazones, de que el Señor Jesucristo es el Señor de sus vidas, «entonces comenzaran a sentir la vida eterna en sus almas, aún mientras viven en la tierra, para luego entrar en el nuevo reino de Dios y de sus ángeles. De otra manera, sin ésta fe, de sus corazones, en el Señor Jesucristo, entonces para nuestro Padre Celestial «ellos habrán cometido el mismo pecado de injusticia de Lucifer o de Adán y Eva», por ejemplo, en el cielo, para «no poder ver la vida eterna», jamás, ni para confesar con sus labios la salvación de sus nuevas vidas infinitas. Y esto «es muerte eterna», para cualquier ángel del cielo o para cualquier hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, en el paraíso o en la tierra de nuestros días, por ejemplo. Pero nuestro Padre Celestial «no está interesado en el pecado de nadie», sino «en la bendición y en la salvación celestial» de su alma viviente, en esta vida para desde ya entrar a su nueva vida eterna, de su nuevo reino infinito, ha vivir por siempre la felicidad celestial de Dios y de sus ángeles. Puesto que, nuestro Padre Celestial «nos ha creado» en sus manos sagradas, para creer infinitamente en nuestros corazones, «solamente en la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado», ¡el Señor Jesucristo! Para que entonces «ya no vivamos o caminemos» en nuestras vidas con las tinieblas, de donde nos saco en el día de nuestra formación con sus manos sagrados, sino que «vivamos y caminemos» en nuestras vidas día a día en la luz celestial, de salud y de vida eterna de su gran Árbol de vida infinita, ¡el Señor Jesucristo! En vista de que, sólo así entonces con «la luz de su Hijo amado viviendo en nuestros corazones» y en nuestras almas vivientes, «lograremos realmente» confesar con nuestros labios, cada una de las «alabanzas de glorias y de honras hacia su nombre santo», en la tierra y así también, en nuestras nuevas vidas celestiales del nuevo reino venidero. Porque la verdad es que el hombre y la mujer, desde el día que comenzaron a comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, «entonces el pensamiento de sus corazones es contrario al pensamiento de Dios y de su Espíritu Santo», para mal de sus vidas y la de sus descendientes, en toda la tierra. Es decir, que «el espíritu de la luz de Dios», de su verdad y de su justicia infinita, de creer que el Señor Jesucristo es su Hijo o su rey Mesías para la humanidad entera, «batalla en contra del espíritu de error y de mentiras eternas de Lucifer», para que la verdad no brille en los labios del hombre jamás. Es por eso, que los que «no creen que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios o el Mesías de sus vidas», entonces las profundas tinieblas de Lucifer «brillan en sus oscuridades de siempre», en sus corazones y en cada día de sus vidas y hasta que finalmente caen en sus muertes eternas, del fuego del infierno eterno. Sin embargo, «los que creen en sus corazones que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios y único Mesías de sus vidas», en la tierra y así también en el paraíso, «entonces sus corazones brillan únicamente» con la verdad y la justicia infinita del SEÑOR para vivir la vida eterna, desde hoy mismo y para siempre, en el paraíso. Por lo tanto, «los que creen» que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, y el único salvador posible de sus vidas y de la humanidad entera, «tienen vida eterna» en sus corazones y en sus almas vivientes, para gloria y para honra eterna de nuestro Creador Celestial que está sentado en su trono de gloria infinita del cielo. Y no así jamás, «para con los que creen en sus ídolos e imágenes de talla», por ejemplo, para mal de sus vidas, «pensando erróneamente»en sus corazones de que ellos, sus objetos divinos, los han de librar de sus males, en esta vida y en la venidera, también. De hecho, «esto es un espíritu de profundo error ante Dios y de rebelión inmoral», también, «al cumplimiento y honra infinita de la Ley de Dios», en la vida gloriosa y sumamente honrada de nuestro salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! En verdad, «los paganos e incrédulos» a la Ley de Dios, «viven infinitamente engañados» en las tinieblas de sus corazones, porque no le es gloria ni tampoco honra para nuestro Padre Celestial ni para su nombre sagrado, en la tierra ni menos en el cielo, «ninguno de los ídolos e imágenes de talla», de los pecadores de toda la tierra. Más, cuando el Señor Jesucristo «reina en el corazón» del hombre y de la mujer, como su «único salvador y Mesías de su vida», en la tierra y para posteriormente entrar ya, en su nueva vida infinita del nuevo reino venidero, entonces el espíritu de su corazón y de sus labios «es de constante alabanzas», fácilmente, al nombre de Dios. Legítimamente, esto es lo que Dios «siempre ha buscado» en el corazón y en el espíritu viviente de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, desde los días de la antigüedad con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, y hasta nuestros días «con tu propio corazón» y alma infinita, mi estimado hermano y estimada hermana. Y si nuestro Dios «ha encontrado en ti», está gloria y honra en tu corazón para con él y para con su nombre santo, «entonces él jamás se alejara de ti», ni menos te abandonara, sino que ha de estar contigo día y noche «protegiendo esas alabanzas de glorias» y de muchas honras celestiales e infinitas a su nombre santo. Porque cada una de esas glorias y honras de «alabanzas y exaltaciones infinitas» de tu corazón «hablan diariamente» de su verdad y de su justicia creadora, de la nueva vida eterna de él y de su Hijo amado, en la vida de cada ángel del cielo y de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, por ejemplo. Y este es «el tesoro escondido», desde mucho antes de la creación del reino de los cielos y de toda la tierra, con todas sus cosas, en el corazón y en el alma hermosa para Dios, de todo hombre, mujer niño y niña de la humanidad eterna, «amantes perfectos» de la verdad y la justicia de su Hijo, ¡el Mesías! Por eso, Dios desea «que todos crean» en sus corazones en el Señor Jesucristo, para que las tinieblas de las palabras «de mentiras y de maldad se vayan» de la vida del hombre hacia su lugar eterno, como en el mundo de los muertos, por ejemplo, de donde «jamás debieron haber salido», para dañar la vida del hombre con patrañas. Como sucedió con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, «en el día que creyeron» en sus corazones a las falsedades y rebeliones de Lucifer hacia Dios y hacia el fruto del Árbol de la vida, «única bendición y luz de salvación infinita», de sus almas vivientes y de las de sus descendientes, también, en toda la creación celestial. Porque el fruto prohibido del paraíso «hace creer en el corazón» de todo hombre y de toda mujer de toda la tierra, «como lo hizo con los corazones» de Adán y Eva, por ejemplo, «de que el Señor Jesucristo no es el Hijo amado de Dios», para pecado, muerte e injusticia eterna de su alma perdidamente engañada, en el infierno. Y nuestro Padre Celestial «no ha creado al hombre y a la mujer para que mueran sin la fe, del Señor Jesucristo en sus corazones», sino para que «vivan por siempre con él» en su nueva vida celestial e infinita del cielo. Y es por esta razón, que hoy mismo más que nunca «ante la mentira y la falsedad de Lucifer y de sus ángeles caídos», y a pesar de la presencia terrible y constante de las profundas tinieblas del adversario, «entonces tienes que creer en el Señor Jesucristo en tu corazón», para bendición y salvación de tu única alma eterna. Y esta salvación única de Dios, la cual «ha descendido del paraíso», para tocar y llenar de tu vida del espíritu y la paz de nuestro Padre Celestial «es su Hijo amado», envuelto en el Espíritu Glorioso de nuestra nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos, su Espíritu Santo. Entonces cree en tu corazón y así confiesa con tus labios «su nombre salvador y sumamente milagroso del Señor Jesucristo», para que tu nombre «sea escrito en el libro de la vida eterna» del nuevo reino de los cielos, como en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita de Dios y de su Árbol de la vida eterna, ¡el Mesías Celestial! Porque sólo con el Mesías, el Señor Jesucristo, viviendo en tu corazón infinito, entonces tu alma y tu espíritu humano en todo tu cuerpo espiritual y corporal, podrá realmente vivir la felicidad infinita de la salvación perfecta de Dios, en la tierra y en el nuevo cielo venidero, ¡el Señor Jesucristo! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLEAL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque éstaes la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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