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| Sábado, 24 de febrero, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) ORACIÓN La oración es la manera en que nos comunicamos espiritualmente con nuestro Dios, ya sea que le hablemos a Él con nuestro corazón, con nuestro espíritu (o su Espíritu Santo); o que le hablemos a Él con nuestros labios o con las acciones de nuestras manos o de nuestras vidas, por ejemplo. Sea como lo hagamos, si nos estamos refiriendo a nuestro Dios, por medio de su fruto de vida, el Señor Jesucristo, entonces Él acepta nuestra oración, para recompensarnos con el perdón de nuestros pecados y la bendición constante de nuestros corazones y de nuestros cuerpos corporales e espirituales, también. En realidad, sólo cuando el Señor Jesucristo ha sido aceptado en nuestro corazón y en nuestra vida, ya para nuestro Dios es una oración eterna, que no culmina nunca, sino que sigue día y noche y por siempre sin cesar, delante de tu presencia gloriosa hablándole a Él, que no podríamos hacerlo con nuestra lengua o espíritu humano. Pues de la misma manera que ha sido así con los ángeles del cielo, lo es igual con cada hombre, mujer, niño y niña, sólo fiel a Él, por medio de su fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Sólo con invocar el nombre del Señor Jesucristo en nuestros corazones y con nuestros labios, en cualquier momento del día, ya es una oración perfecta y completa para nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por ejemplo. Es más, no existe mayor oración para el corazón del hombre, delante de Dios y de su Espíritu Santo, que no sea la invocación gloriosa del nombre sagrado del Señor Jesucristo. Por eso, también, sólo el Señor Jesucristo es la máxima expresión de Dios y de la vida santa del reino de los cielos hacia el hombre, en el paraíso y sobre toda la faz de la tierra. Y viceversa, pues así también, sólo el Señor Jesucristo es la máxima expresión del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, delante de Dios y de su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en el cielo y en todos los lugares de su nueva creación infinita. Es por esta razón, que nuestro Dios puede comprender y, a la vez, bendecirlo profundamente día y noche y para siempre, en la tierra y en la eternidad, al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de la humanidad entera, cada vez que se acerca a Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y, a la inversa, el corazón del hombre sólo puede entender y hasta conocer al Creador de su vida, sólo por medio de la invocación, de la vida, muerte, resurrección y elevación celestial, de su único salvador posible, en el paraíso y en toda la tierra, también, por supuesto, hoy en día y por siempre, ¡el Señor Jesucristo! Es decir, que sin la oración perfecta de la presencia del Señor Jesucristo, ya sea en el corazón de nuestro Dios o en el corazón del hombre de la tierra, entonces no fuese posible jamás ninguna comunicación de Dios a hombre o de hombre a Dios, sino todo lo contrario. Porque realmente que todo seria profundas tinieblas y ceguera perpetua en la vida del reino de los cielos y así también en la vida del hombre y en todos los lugares de la tierra, igual como el más allá, como el infierno o el lago de fuego, por ejemplo. Es por eso, también, que sólo el Señor Jesucristo es la confesión de amor perfecto del corazón de nuestro Padre Celestial hacia la humanidad entera, en todos los lugares de la tierra, comenzando en la historia de Israel, por ejemplo, con sus patriarcas de siempre. Y, de la misma manera, sólo el Señor Jesucristo es la perfecta confesión de amor del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, para Dios, para su Espíritu Santo y para cada ser santo de más allá, como ángeles, arcángeles, querubines y demás seres santos del reino celestial. Por ello, sin el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del hombre, entonces no hay arrepiento, ni menos confesión de pecado alguno posible, delante de Dios y de su reino celestial, en el cielo. De ello, también, nuestro Padre Celestial no podría jamás perdonar ningún pecado de la vida del hombre en toda la tierra, sino que todo seguiría siendo pecado, maldad y violencia infinita, en todos los lugares de la vida del hombre y hasta en el paraíso y en el infierno, también, eternamente y para siempre. Es por eso, que los profetas les decían a los antiguos día y noche y sin cesar jamás en sus enseñanzas y predicaciones usuales del nombre y de la palabra del SEÑOR, diciéndoles: Todo aquel que invoque el nombre del SEÑOR, en los últimos días, ha de ser salvo de sus pecados y entrara a la vida del reino celestial. Y la gente les creían a las palabras de los profetas, para aceptar al Cordero Divino y así ser perdonados de sus pecados, para ser redimidos para la venida del nuevo reino de Dios y de su Árbol de vida eterna, el Gran Rey Mesías de Israel y de la humanidad entera, el único Hijo posible de David, ¡el Cristo! LA ORACIÓN ES PARA CONFESAR PECADOS Porque es importante que cada uno de ustedes se confiese sus pecados delante de Dios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para perdón y para que sus nombres sean inscritos en "el libro de la vida" del reino de los cielos. Porque el Señor Jesucristo es nuestro único Cordero Celestial, y sólo el espíritu de su sangre santa nos limpia de todo pecado, delante de la presencia sagrada de Dios y de su Espíritu Santo, también, en la tierra y en el paraíso, para siempre. Pues nada hay mejor que la sangre del Señor Jesucristo para bendecir nuestros corazones y sanarnos de nuestros males, aun hasta los que la ciencia no entiende ni menos puede curar, por ejemplo. Pero para nuestro Dios no hay nada que él no conozca debajo del cielo, en toda la tierra, que no puede solucionar con su Espíritu, con su palabra y con su nombre sagrado y todopoderoso, también. Es por eso que la sangre del Señor Jesucristo es lo más poderoso que haya descendido del cielo, para limpiar y bendecir la vida del hombre y toda la tierra, también, a la vez. Por lo tanto, para nuestro Dios todo está al descubierto, sólo por medio del espíritu de la vida, de la sangre sagrada y sobrenatural del Señor Jesucristo, su Hijo amado, en el cielo y en la tierra. Es por eso, que nuestro Dios ha enviado a su Hijo amado al mundo, para que por medio de Él, entonces pueda tener un acercamiento y conocimiento perfecto de cada uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso, nuestro primer hogar de nuestras vidas celestiales, en el más allá. Porque a Adán y a Eva, nuestro Dios los creo del polvo de la tierra, para darles de comer y de beber sólo de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, para que vivan y así entonces le puedan conocer a Él perfectamente; de otra manera es imposible que el hombre le conozca a Él, como a su Dios. Pero como le desobedecieron para comer y beber entonces del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, pues, ya nuestro Dios no los conocía. Nuestro Dios no los conocía ni a nosotros tampoco, porque sus vidas habían cambiado totalmente a la forma de que ellos eran antes, como en el día de su creación, por ejemplo, santos y perfectos en toda su caminar por el cielo. En realidad, desde ese momento en adelante, ambos comenzaron a alejarse cada vez más y más de su vida normal, de su vida celestial del reino de los cielos, no sólo para no vivir del Árbol de la vida, sino también para no conocer a su Dios y Creador de sus vidas, para siempre. Por ello, nuestro Dios no podía tener un acercamiento pleno con el hombre y con su mujer, porque el pecado había invadido sus vidas, cambiándolas drásticamente de su luz celestial a la luz de las profundas tinieblas, de las palabras de mentira y de muerte eterna de Lucifer, por medio de la boca, de la serpiente antigua del Edén. Aquí fue cuando tu vida cambio, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para no poder jamás ver ni menos conocer al Señor Jesucristo y a su Padre Celestial, porque las tinieblas del más allá te lo impedían, haciéndote cada vez más ciego que antes. Entonces ya Dios nos podía tener una comunicación plena para con el hombre ni para con ninguno de sus descendientes, comenzando con Eva ni con ninguno de sus descendientes en toda su creación celestial y en la tierra, también. Es más, el hombre y la mujer ya no podían orar a su Dios y Creador de sus vidas, porque se encontraban muy lejos de Él y de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Y esto era muerte constante para ellos y para sus descendientes día y noche y por siempre, en todos los días de sus vidas por la tierra y en el más allá, también, como en el infierno, por ejemplo. Es por eso, que era muy necesario que su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, descendiese al mundo, para no sólo conquistar al mundo, sino también para conquistar cada vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera; es decir, para regresarlos a su habita normal del cielo, como en el principio, pero con mayor gloria. Para que de esta manera, Dios pueda tener una comunión y un conocimiento perfecto del hombre y de los suyos, también, en toda la tierra, en el paraíso y en todo el nuevo reino de los cielos. Y sólo así, por medio del espíritu de vida, de la sangre sagrada y sobrenatural de su Hijo amado, entonces perdonar sus pecados y sanar sus almas, por medio de la oración. Es por eso, que la oración es muy importante entre nuestro Dios del cielo y el hombre de toda la tierra, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque, además de todo, sólo el Señor Jesucristo es la oración que nuestro Dios oye en el cielo y por toda la tierra, también; y fuera del Señor Jesucristo no existe ninguna oración que valga delante de Dios para los ángeles y así también, para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Es más, cada oración es eterna, por muy pequeña que sea, por tanto, no morirá jamás, sino que será por siempre recordada en el libre del SEÑOR y estará en las copas de oro, del altar de Dios, en el cielo, por ejemplo, para la eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. Y, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana, muchos de tus problemas y dolencias de tu corazón y de tu cuerpo entero, son por razones de la falta de comunicación y de oración para con tu Dios, en el nombre del Señor Jesucristo, que está en los cielos. Porque si la oración y la alabanza le faltasen al corazón del ángel del cielo, por ejemplo, moriría como Lucifer y como los ángeles caídos han muerto para Dios y para su vida celestial; y, hoy en día, se encuentran, muchos de ellos encadenados en profundidades de grandes tinieblas del más allá, hasta el día de su juicio final. Pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, del ayer y de siempre, sin la oración en sus vidas, entonces no son nada para Dios, en el paraíso ni en toda su nueva creación venidera. Es decir, que si tú orases al SEÑOR, como debes de hacerlo día y noche, en el nombre sagrado de su Hijo amado, entonces todos tus problemas y dolencias de tu vida, ya sean de tu corazón o de tus cuerpos espirituales y corporales, serian sanados y eliminados eternamente y para siempre. Ya que, nuestro Señor Jesucristo sana el cuerpo del hombre y le da vida en abundancia para que siga viviendo su vida normal, no sólo en la tierra, sino también en su nueva vida infinita del nuevo reino celestial. Y esto seria en ti, en un momento de poder sobrenatural, por el poder de la oración, en el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para que los dones maravillosos del Espíritu de Dios y de su Árbol de vida eterna actúen en tu vida día y noche y sin cesar y hasta librarte de todo lo que agobia tu vida. Y todo esto es verdad, para todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, que tan sólo se acerque a su Dios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera. Porque nuestro Dios sólo honra la presencia del nombre sagrado del Señor Jesucristo cada vez que nos acercamos a Él, para orar y para pedirle de su amor y de sus muchas y ricas bendiciones, de las maravillas, milagros y prodigios sobrenaturales, en la tierra y en el cielo, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna. Por lo tanto, la oración es poder de Dios y de su Espíritu Santo, para toda vida humana del paraíso y de la tierra, también, para miles de siglos venideros en el nuevo reino celestial. De otra manera, nuestro Dios no nos puede oír, por lo tanto, no nos puede perdonar nuestros pecados, ni menos nos va a bendecir nuestros corazones y nuestros cuerpos espirituales y corporales, en la tierra ni en el más allá, tampoco. En realidad, sin la oración, quien realmente es Cristo Jesús, Señor nuestro, en nuestros corazones, en nuestros labios y en nuestras vidas terrenales y celestiales, también, entonces estaríamos muertos para siempre, para nuestro Dios y para su Espíritu Santo. Seria como si nosotros no tuviésemos vida alguna delante de nuestro Creador y de su vida celestial en el cielo; estaríamos totalmente ausentes a toda verdad y a toda justicia celestial, también, no por un tiempo, sino para siempre, en la eternidad. Y nuestro Dios no nos ha creado en sus manos santas del lodo de la tierra, para que no nos comuniquemos con Él, ni menos para que no le conozcamos jamás; esto es absurdo y, a la vez, contraproducente, perjudicador para Él y para su Espíritu Santo. Es por eso, que el nombre del Señor Jesucristo tiene que estar viviendo en nuestros corazones, para no perjudicarse Él, ni su Espíritu ni su Árbol de vida ni a nosotros mismos. Para que entonces nuestro Padre Celestial pueda actuar con mucha libertad en nuestras vidas y en nuestros espíritus humanos, para hacer que los dones sobrenaturales de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, comiencen a obrar en nuestras vidas con sus poderes sobrenaturales, hasta librarnos de todos los males del enemigo eterno, Lucifer. Y esto ha de ser así con cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, familias y reinos del mundo entero, hasta que nos libren de los males por completo, y sanen nuestros cuerpos espirituales y corporales, eternamente y para siempre, para servirle a nuestro Dios, en la tierra y así también en el cielo. Porque sin el Señor Jesucristo, entonces el ángel no podría servirle a su Dios en el cielo, ni menos el hombre, la mujer, el niño y la niña, en el paraíso o en toda la tierra. Porque esto fue, realmente, la caída del Arcángel Lucifer y de sus ángeles rebeldes de la gloria del cielo, en el día que dejaron de servirle a su Creador Celestial, por medio del Señor Jesucristo, en sus corazones. Pues así también sucedió con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo; ambos dejaron de servirle a Dios, en el día que dejaron a un lado el fruto de vida, a Jesucristo, para servirle a Lucifer, al creer en sus mentiras y al comer y beber del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal. Entonces desde hoy mismo, cada uno de ustedes, en todos los lugares del mundo entero, acérquese con mucha confianza en sus corazones, a su Dios y Creador de sus vidas, al Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera. Porque nuestro Dios mismo los ama, con su amor sobrenatural, por medio del espíritu de vida, de la sangre viviente y eternamente honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para sanar sus cuerpos y darles vida en abundancia, en la tierra y así también en el cielo, eternamente y para siempre. Porque delante de su presencia santa, sólo hay gloria y honra para sus vidas, si sólo le creen a Él, por el espíritu de amor sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en sus corazones y en todos los días de su vida por la tierra, por ejemplo. Es decir, si sólo le creen a Él, por medio del amor que Él manifestó en sus días de vida por Israel y hasta que finalmente entrega su alma, en sacrificio santo y puro, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, no sólo para bendecir a Israel sino a la humanidad entera, también. Y nuestro Padre Celestial lleva acabo éste gran sacrificio supremo de su misma vida santa, para ponerle fin a sus pecados y así entonces entregarles vida en abundancia, en la tierra y en el paraíso, también, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Para que entonces también, cada uno de ustedes, hoy en día y como siempre, en la eternidad venidera, se acerquen al trono de la gracia y de la misericordia de Dios y de su Espíritu Santo, para que los bendiga grandemente y sobrenaturalmente, para siempre. Es decir, para que Él mismo los limpie de sus pecados y colme de bendiciones sus vidas y la de los suyos, también, en toda la tierra, no importando jamás la distancia. Porque el deseo constante del corazón de nuestro Padre Celestial es de amarlos y de bendecirlos día y noche en la tierra y así también en su nueva vida venidera del nuevo reino de los cielos, en el más allá. NUESTRO DIOS NO ES INJUSTO PARA OLVIDAR SUS ORACIONES Pero aunque nosotros hablamos así siempre del amor sobrenatural de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, mis estimados hermanos y estimadas hermanas, entonces en cuanto a ustedes estamos más que persuadidos de cosas mejores que conducen a la salvación, para alcanzar la vida eterna, desde sus mismas vidas de siempre, en toda la tierra. Porque nuestro Dios no es injusto jamás para olvidar sus obras, sus oraciones y el espíritu de amor que han demostrado por su nombre sagrado en sus corazones, porque, además, han atendido a los fieles leales a su Hijo amado y, también, aun lo siguen haciendo, sin detenerse por nada, por donde sea que vayan a vivir en la tierra. Y este bien habla mucho de ustedes a Dios. Siempre lo que hagan es muy bueno para ayudar a la vida del hombre, sea quien sea la persona, en la tierra; por ello, su Dios que lo ve todo, realmente se goza de todo corazón por ustedes mismos, por sus oraciones y por sus buenas obras sobrenaturales hechas en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque todo lo que ustedes han hecho y pronunciado en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, es realmente para la eternidad; es decir, para vivir la felicidad eterna, en el mismo corazón de nuestro Dios, de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo eternamente y para siempre, en el nuevo reino celestial. Por eso, deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma diligencia para ir logrando, plena certidumbre de la esperanza hasta el final, a fin de que no sean perezosos en ninguna de las obras de siempre, sino imitadores de los que por la fe y la paciencia heredaron las buenas promesas del SEÑOR, de salud y de vida eterna. Porque cuando Dios hizo la primer promesa a Abraham para perdón de pecados, por medio del sacrificio de la sangre, de su mismo Jesucristo, en la vida de Isaac, por ejemplo, entonces lo hizo con la certeza de la verdad y de la justicia de su amado, para bendecir por medio, de una a vida eterna a la humanidad entera. Y esta promesa de sangre y de perdón para vida, en la tierra y en el paraíso, como en su ciudad celestial del gran rey Mesías, por ejemplo, puesto que no podía jurar por otro mayor que Él, pues entonces juró, sin pensarlo dos veces, nuestro Dios por su mismo nombre; es decir, que realmente, Él jura por sí mismo. Porque la verdad es que no hay nadie mayor que Él y que su nombre santo, en el cielo ni en la tierra ni hasta aun en su nueva creación celestial del más allá, entre los ángeles del cielo y los hombres redimidos por la sangre viviente, del Cordero Celestial, ¡el Señor Jesucristo! Puesto que, si hubiese existido alguien mayor que nuestro Dios y que su nombre santo y eternamente salvador, entonces nos lo hubiese anunciado hace mucho tiempo ya; y, es más, le hubiese hecho cada uno de sus juramentos al hombre de la tierra, porque aquel mayor que Él y por su nombre, también. Pero la verdad es que no existe nadie mayor que nuestro Padre Celestial que está en los cielos; ni nadie más sublime que su Árbol de vida existe entre los ángeles del más allá y entre los hombres de toda la tierra, del ayer y de siempre, también. Por lo tanto, éste juramento que nuestro Padre Celestial le hizo a Abraham, realmente fue un juramente por el espíritu de la sangre sagrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sobre su altar del sacrificio supremo, para redimir eternamente y para siempre a la humanidad entera, del poder de las tinieblas del fuego eterno, del mismo infierno. Para que los que crean en este juramento divino, entre Dios y el hombre, entonces sea redimido por el mismo pacto, del sacrificio supremo de Padre a Hijo, sobre la cima de la roca eterna, para derramar la sangre de la salvación, para que el pecado deje de existir, de una vez por todas y para siempre, en toda vida. Y esto ha de ser verdad, desde hoy mismo y para siempre, en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, sólo de la fe viviente, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera, también, para miles de siglos venideros, en el nuevo reino celestial. Por lo tanto, éste juramento de bendición y de salvación eterna es santo (y como otro no hay igual, en el cielo ni en la tierra), para bendecir la vida del hombre de todos los tiempos, en toda la tierra. Es más, éste es un juramento realmente de sangre para vida y para salud eterna, de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con la casa de Israel, por ejemplo. Y ésta sangre del primer juramente de nuestro Padre Celestial, al hombre de la tierra, no es una sangre de los animales que se suelen escoger meticulosamente para el sacrificio sobre el altar del SEÑOR, sino que es mucho más que esto y hasta aun más poderoso que los poderes sobrenaturales de la gloria celestial del reino celestial. En realidad, ésta sangre es una "sangre real y única", de su propio espíritu, de su propia vida, por lo tanto, de su propia sangre sagrada del más allá, de la vida santa del reino de los cielos, como del Árbol de la vida, por ejemplo, su Hijo amado, ¡el único santo de Israel y de la humanidad entera! Por todo ello, cuando nuestro Dios hizo su primer juramento de perdón, de vida y de salvación eterna al hombre, entonces lo hizo por amor al espíritu de la sangre bendita del Señor Jesucristo, por la cual, él sabia muy bien en su corazón, que jamás le iba a fallar, en esta vida ni en la venidera, tampoco, para siempre. Entonces ha sido por el espíritu de ésta sangre santísima que Dios ha redimido del mal de Lucifer, a todos los ángeles del cielo, porque cada uno de ellos ha sido redimido también, por el Señor Jesucristo, en el día de la rebelión angelical de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, en el reino de los cielos. Pues así también, éste espíritu de la sangre del Señor Jesucristo te perdona, te redime, te sana y hasta te bendice día y noche, desde su altar celestial, por sus poderes y autoridades sobrenaturales de parte de Dios, para ti y para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, si sólo crees en Él, de todo corazón. Y, en esta hora crucial para tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si la sangre del Señor Jesucristo está en tu corazón, entonces también el espíritu del primer juramento de vida, el cual Dios se lo hizo a Abraham, para traer sólo vida y salud sobre la tierra en la vida de Isaac, pues, está en ti. En verdad, también ha de estar en ti y en la vida de los tuyos, también, el espíritu de éste gran juramento, en donde sea que se encuentren en la tierra, para perdonar sus pecados, y así entonces sanar y por siempre bendecir sus vidas con los dones sobrenaturales, de su Espíritu Santo y de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Y Dios ha de bendecir tu vida, hoy mismo, si sólo dejas que su Espíritu obre en tu vida milagrosamente, así como bendijo a Abraham y a cada uno de los antiguos, porque tu bendición eterna ha sido hecha con el espíritu de la sangre del pacto de vida y de salud, para tu vida y para los tuyos, también. Para que sólo entonces conozcas la vida y la salud infinita de tu corazón y de tu alma viviente, en la tierra y en el paraíso, también, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos. Porque al fin y al cabo de todas las cosas en tu vida, tus pecados han de morir eternamente y para siempre, pero jamás morirá el espíritu del juramento del pacto eterno de perdón, de vida y de salud infinita para tu alma viviente ni para los tuyos, tampoco, en la tierra ni menos en el más allá. Por eso, es muy bueno que honres al SEÑOR con tus oraciones hechas siempre a Él, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que bendiciones antiguas y de siempre se hagan una realidad eterna en tu corazón y en tu vida, también, día y noche y hasta siempre, en la nueva eternidad venidera del cielo. Y esto ha de ser en ti y en cada uno de los tuyos, una realidad indiscutible en el paraíso y en la tierra, desde hoy mismo y eternamente y para siempre, en la nueva vida venidera del nuevo más allá de Dios y de su Hijo amado, su Árbol de vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque cada bendición que nuestro Dios le ha entregado al hombre de la humanidad entera, por amor al espíritu de la sangre viviente, del pacto infinito de bendición y de salvación de su alma eterna, comenzando con Abraham e Isaac, por ejemplo, es para la eternidad; y nadie se la podrá arrebatar jamás, en todos los días de su vida. Porque todo lo que nuestro Dios le ha entregado al hombre de la tierra, ha sido realmente por medio de la oración y del espíritu de vida santísima de la sangre, del pacto eterno de nuestro Señor Jesucristo, en la antigüedad y en nuestros días, también, en todos los lugares de la tierra, por el poder de su evangelio eterno. Es por esta razón, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que la oración es de suma importancia en tu vida, para no sólo hablar con Dios, sino también para todas las cosas en la tierra y del más allá, como las del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Como por ejemplo, para recibir cada una de sus muchas y grandes bendiciones de sus dones sobrenaturales, de milagros, de maravillas y de grandes regalos de vida y de salud infinita de su vida celestial del paraíso o de su Nueva Gran Jerusalén Celestial e Infinita; en donde sólo había la verdad y la justicia para todos, por igual. Y, es más, ha sido por estos lugares celestiales de la nueva vida del nuevo reino celestial, por los cuales, nuestro Dios mismo, con la ayuda idónea de su Espíritu y de su Hijo amado, es que te ha rescatado del polvo de la muerte, para transformarte en su vida y en su salud infinita, para la nueva eternidad venidera. LOS SERES SANTOS DEL CIELO SE POSTRAN ANTE ELCORDERO Pues en el cielo, cuando el libro se abre para ser leído por los ángeles delante de Dios, entonces los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos alrededor de su trono se postran delante del Cordero, ¡el Señor Jesucristo! Y cada uno de ellos lleva en su mano un arpa y copas de oro. El arpa es para adorar a Dios y a su Cordero Santo. Y las copas de oro son para presentarlas a Dios, porque están llenas de incienso, que son las oraciones de los santos de la iglesia del Señor Jesucristo, de los cuales han creído en Él y en el perdón de sus pecados, por medio del poder sobrenatural de la oración y de la sangre bendita de su sacrificio supremo. Es decir, que las oraciones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, desde los días de Adán y Eva en el paraíso y en la tierra, también, están escritas en el libro de nuestro SEÑOR y, también, llenan copas de oro, sobre la mesa de su altar celestial, para ser recordadas por Él, por siempre. Para ser recordadas, como hoy en día por ejemplo, por nuestro Dios mismo y por su Cordero Escogido, el Señor Jesucristo, para honrar la vida de cada uno de sus fieles, en toda la tierra, para bendecirlos por sus propias palabras y por sus propias buenas acciones, para con ellos mismos y para con los demás también. Porque nuestro Dios jamás se ha de olvidar de ninguna de las oraciones de sus fieles, de los que han llegado a creer en Él, por medio de la vida y de la sangre santísima de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en esta vida y en la venidera, también. Como en el paraíso, por ejemplo, o como en su Nueva Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino de los cielos, en donde cada una de sus oraciones, peticiones, ruegos, aclamaciones e intercesiones y buenas obras de sus vidas, están escritas en el libro del SEÑOR. Y, además, estas oraciones hacen rebosar las copas de oro del altar eterno de su Cordero Celestial, el Señor Jesucristo, para ser recordadas por siempre y así entonces bendecir a cada uno de ellos, según hayan sido sus vidas, delante de Él y de Espíritu Santo, en todos los días de sus vidas, por la tierra y en el paraíso, también. Porque nuestro Dios jamás se ha de quedar con la bendición de ninguno de sus siervos o de sus siervas en toda su creación, sino que los ha de bendecir por siempre, según sea su voluntad bendita para con cada uno de ellos, en la tierra y en el paraíso, también. En fin, a la vida eterna hemos de regresar al paraíso, para servirle a nuestro Dios, por medio de su Árbol de vida, en el espíritu y en la verdad de su sacrificio supremo de perdón, de bendición y de salud, en la tierra y en el más allá, también, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad celestial. Porque, además de todo, cada una de las oraciones de los fieles, al nombre del Señor Jesucristo delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, en la tierra y en el paraíso, son para bendecir sus vidas eternas, desde hoy mismo, por ejemplo, en la tierra y hasta finalmente entrar a la nueva vida eterna del cielo. Es más, nadie jamás ha de entrar a la vida santa del Árbol de la vida, en el paraíso o en la nueva ciudad del Gran rey Mesías, sino ha recibido en su corazón y en toda su vida sus bendiciones terrenales y del paraíso, también, del pacto eterno del sacrificio supremo, de la sangre del Cordero Escogido de Dios. Porque el que entré a la nueva vida del reino de los cielos, realmente, tiene que haber recibido muchas, si no todas, sus bendiciones de parte de su Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para seguir viviendo su vida celestial e infinita, por la cual fue creado en las manos de Dios, en el cielo. Porque así como se necesita poder en la tierra para vivir una vida humana, pues aun mayor en el más allá, se necesita mucho más poder de Dios y del Señor Jesucristo, para contrarrestar y, a la vez, destruir cada una de las artimañas de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, para poder vivir en el paraíso eternamente. Para que no nos vuelva a suceder lo que le sucedió a los ángeles del cielo, por ejemplo, en el día de la rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos. O, también, lo que le sucedió a Dios y a su Árbol de la vida, cuando Lucifer se acerca a la serpiente con gran engaño en su corazón, para engañar a Eva y luego finalmente destruir la vida de Adán en el paraíso y a cada uno de sus descendientes, también, en sus millares, por doquier, en toda la tierra. Entonces nuestro Padre Celestial no desea volver a ver ningún mal así, como las que he mencionado anteriormente, en toda su nueva creación celestial y en su nueva tierra, también, sino todo lo contrario. Nuestro Dios sólo desea ver vida en abundancia en el cielo y por toda su nueva creación, también, incluyendo a toda la tierra de nuestros días, por ejemplo, renovada completamente por el poder del sacrificio del Señor Jesucristo, sobre su altar celestial, la roca eterna, con nuevas tierras y con nuevos cielos, para comenzar la nueva eternidad venidera del más allá. Es por eso, que Él mismo nos ha provisto de muchos y poderosos poderes de su misma vida santa y la de su Espíritu Santo, y han llegado a cada uno de nosotros, por medio del nacimiento, vida, muerte y resurrección, del Árbol de la vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!, en la tierra escogida de Israel, para este propósito infinito. Porque fueron Adán y Eva quienes realmente primero traspasaron con su mal proceder pecador a la vida santa, del Árbol de la vida en el paraíso, en el día que Lucifer los engaño con palabras llenas de mentira, enfermedades y muertes eternas, de sus espíritus humanos ante Dios y ante toda su creación, también, para que jamás vivan la felicidad. Pero nuestro Dios ha cambiado todo esto, en la vida de Adán y de cada uno de sus descendientes, en toda la tierra, si tan sólo creen en sus corazones y así confiesan en sus oraciones, suplicas, peticiones, ruegos y exclamaciones de gloria y de honra, el nombre sagrado de nuestro Dios y de sus huestes celestiales, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que todo lo que el hombre, la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, haga en su vida en la tierra, entonces ha de ser anotado en el libro del SEÑOR. Y las buenas obras de ellos mismos y hacia los demás, nuestro Dios siempre las ha de tener en perfecta memoria delante de su presencia santa y en su trono santo, también, para bendecir la vida de cada uno de ellos, en la tierra y hasta aun más allá del infinito de la nueva eternidad venidera, del nuevo reino celestial. Y sus oraciones, así como sus alabanzas de gloria y de honra junto con sus peticiones, ruegos e intercesiones han de llenar las copas de oro, de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, sobre el altar celestial, el cual es su mismo Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y cada una de estas oraciones, de las que han salido de los corazones y de los labios de sus fieles, ha de ser recordada por siempre, como una más de las alabanzas, de los ángeles del cielo hacia su nombre honrado y hacia su vida santísima del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Además, en estas copas de oro han de estar cada una de las palabras que hayan leído delante de Dios, y de las que han salido de tus labios, también, para hablar con Él y con su Espíritu Santo, por medio del espíritu de vida, de la sangre santísima del pacto eterno de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque cada una de tus oraciones y todas tus alabanzas, de gloria y de honra hacia Él y hacia su nombre sagrado de su Hijo amado, es realmente para nuestro Dios una gloria y una honra mucho mayor, de las que los ángeles le han ofrecido a Él, a través de los siglos y hasta nuestros días, también, por ejemplo. Es por eso, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que cada uno de tus pensamientos, de tus sentimientos, de tus palabras y de tus acciones, están escritos en el libro del SEÑOR, para bendecirte o para juzgarte de acuerdo a cada una de las cosas o palabras que han salido de ti, sean para bien o sean para mal. Y si el Señor Jesucristo vive en tu corazón, para cumplir la voluntad perfecta de Dios en tu vida, entonces ninguno de tus pensamientos, ni de tus sentimientos, ni de tus palabras ni de tus malas acciones, han de ser recordados jamás, sino que han de estar en el fondo del mar, del lago de fuego, en el más allá. Y nadie jamás las traerá a la memoria del SEÑOR y de su Espíritu Santo, porque la sangre del Señor Jesucristo las habrá borrado del libro del SEÑOR, para solamente acordarse de cada una de las buenas palabras y buenas acciones que hayan salido de ti, en el nombre sagrado de tu único salvador de tu vida, ¡el Señor Jesucristo! Y, por ello, sólo has de conocer la vida eterna, para vivir la felicidad infinita de tu Dios y de tu Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, como debió de ser en ti y en toda tu vida, desde el comienzo de todas las cosas, en el paraíso, por ejemplo, con Adán y Eva. Por eso, hoy en día y como siempre, cada una de tus palabras, de oración y de alabanzas, de glorias y de honras para tu Dios, vive en los cielos guardada, para ser recordada desde el libro del SEÑOR, por los ángeles del cielo día y noche delante de su presencia santa y de su Cordero Eterno, ¡el Señor Jesucristo! Y así Dios jamás ha de olvidarse de ti, en la tierra ni menos en la eternidad venidera, como jamás se ha de poder olvidar de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en su corazón y en toda su alma santísima, también, para siempre. Es decir, que así como le es imposible para Dios olvidarse de su Hijo amado y de su vida santa, pues así también Dios jamás ha de poder olvidarse de ti ni de ninguna de tus buenas palabras y acciones, porque cada una de ellas es para la eternidad; por lo tanto, jamás han de morir, sino todo lo contrario. Cada una de tus palabras y buenas acciones sólo han de vivir para seguir creciendo, en gloria y en honra eterna para nuestro Dios, para su Espíritu Santo y para su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, en tu nueva vida celestial del nuevo reino de los cielos, en la eternidad venidera. OREN UNOS POR OTROS, PARA QUE SEAN SANADOS DE SUS MALES Es decir, que se confiesen unos a otros sus pecados, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, y oren unos por otros, también, de manera que sean sanados de sus males, para que nuestro Dios sea glorificado en sus vidas, desde hoy mismo y como siempre, en la eternidad venidera. Es por eso, que la ferviente oración del justo, obrando eficazmente en su corazón realmente puede mucho, delante de la presencia de Dios, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, para resolver cualquier problema y cambiar la vida del hombre, y hasta sí fuese necesario levantarlo de entre los muertos, también. Porque para nuestro Padre Celestial que está en los cielos nada es imposible, cuando la oración, y el servicio sagrado a su nombre santo, es realmente hecho en el nombre bendito y sobrenatural de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por eso, es requetebueno confesar sus pecados delante de Dios y entre ustedes mismos, también, si así lo deseasen hacer, para que Dios sea glorificado en sus vidas, y sus pecados les sean perdonados, desde hoy mismo y para siempre, en la eternidad venidera de la nueva vida celestial e infinita. Dado que, ningún hombre, mujer, niño o niña, ha de ver la vida eterna, si no se ha arrepentido de sus pecados, creyendo en su corazón e invocando con sus labios: el nombre salvador de su alma eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo en la invocación del nombre sagrado de Dios es que realmente está todo perdón de pecado y toda bendición sobre la tierra, para luego entrar en su totalidad, a la vida eterna del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Así pues, es bueno que el hombre ore por su hermano y por su hermana, para que sean sanados de muchos males y hasta de enfermedades terribles, que ni aun la ciencia ha podido realmente controlar ni menos sanar, en los cuerpos espirituales y corporales de los hombres y mujeres de la humanidad entera. Entonces oren siempre los unos por los otros, para que los poderes de las profundas tinieblas del más allá, de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, no se enseñoreen sobre sus vidas, como le sucedió a Eva y luego a Adán, sin que se den cuenta de nada, hasta que ya fue demasiado tarde para todos, por doquier. Visto que, el enemigo eterno de Dios y del Espíritu Santo, Lucifer, es sagaz, y sabe muy bien cuando atacar a sus víctimas, especialmente cuando aun no han orado a su Dios y Creador de sus vidas, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que entonces sean protegidos de sus terribles poderes, del más allá. Porque para Dios la ferviente oración del hombre justo y de la mujer justa de toda la tierra, orando siempre con su corazón levantado hacia Él y hacia su Espíritu Santo que están en los cielos, realmente puede mucho en contra de los males del enemigo, y muy especialmente para resolver aun los problemas más difíciles de la vida. Porque son los poderes sobrenaturales del Espíritu de Dios que necesita la vida del hombre, para resolver cada uno de sus problemas, grandes o pequeños, en el nombre sagrado del Señor Jesucristo. Y, a la vez, poderosa es la oración, siempre hecha en el nombre del Señor Jesucristo, para hacer maravillas, milagros y hasta prodigios fenomenales día y noche, en la tierra y en el paraíso, también, en la vida del hombre de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, de todos los tiempos. Y nuestro Dios ha querido hacer de todo hombre, mujer, niño y niña, un ferviente orador de su nombre santo, por medio del espíritu de la vida eterna, de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que su voluntad santa sea hecha en la tierra, ni más ni menos, así como es en el cielo con sus seres santos. Porque en el reino de los cielos, los ángeles oran también, al Padre Celestial, en el nombre sagrado de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, para que sus vidas mejoren aun mucho más que antes. Porque sin el conocimiento del Señor Jesucristo en sus corazones y en sus espíritus celestiales, entonces ninguno de ellos, aunque jamás ha conocido a Dios, como sólo el Hijo le conoce, entonces también viviría su vida celestial ciego y sin esperanza alguna en su corazón, en su reino celestial, como el pecador del mundo entero, sin Cristo en su vida. Entonces el Señor Jesucristo viviendo en el corazón del hombre es tan importante en su vida, como lo es de importante, en la vida del ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres celestiales del más allá, de la vida santa del reino de los cielos, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de Dios. Es por eso, que los ángeles del cielo, grandes y pequeños, oran, alaban, honran y glorifican a nuestro Padre Celestial día y noche, en el nombre sagrado de su único Árbol de vida y de salud infinita, ¡el Señor Jesucristo! En vista de que, sólo el Señor Jesucristo es su Árbol de vida delante de Dios y de su Espíritu Santo, para seguir viviendo sus vidas eternas, en el reino de los cielos. Y así también han de ser sus vidas celestiales, a través de los siglos y por siempre en el nuevo reino de los cielos, fieles eternamente delante de nuestro Padre Celestial, por medio del Señor Jesucristo. Y Dios desea lo mismo en la tierra de nuestros días y de siempre, con todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Israel, por ejemplo, para que su voluntad santa y perfecta de su corazón y de su Árbol de vida eterna sea entonces hecha una realidad infinita en la tierra, como en el cielo. Para que de esta manera única, entonces nuestro Dios sólo viva la felicidad de su corazón y de su alma santísima, al ver a sus ángeles juntos con los hombres, mujeres, niños y niñas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, viviendo unidos perpetuamente, como en una sola familia celestial e infinita del cielo. Si, viviendo juntos eternamente y para siempre, como en una familia infinita de ángeles y de hombres de la nueva vida, de su Árbol de vida, en la tierra santa de nuestro primer nacimiento y de nuestro Dios, ¡el Todopoderoso!, único Creador del cielo y de la tierra. Y nuestro Dios desea que éste gran día celestial llegue ya a la vida, de cada uno de sus ángeles del cielo y de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el paraíso y por toda la tierra, del ayer y de toda la vida, también, para empezar ya su nuevo reino celestial. Es por esta razón, que así como nuestro Dios y su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, desean juntos con los ángeles del cielo y con su Espíritu Santo, para que estos días de gran gloria eterna del nuevo reino de los cielos se haga una realidad ya, en sus vidas y en las nuestras, también, sin más demora alguna. Porque su Hijo amado le ha puesto fin al pecado de la humanidad entera, y el ángel de la muerte morirá en su día final, sin que nadie jamás se duela por él, ni por su mala vida, delante de Dios y delante de cada uno de sus seres creados, como ángeles del reino y hombres del mundo, por ejemplo. Es por esta razón, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, que tu oración, alabanza, honra y gloria a tu Dios que está en los cielos, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, es de suma importancia para escribirla en su libro santo y eterno. Y sólo así entonces Él mismo llenar sus copas de oro de su altar infinito, con el aroma grato de tus oraciones, de tus alabanzas, de tus glorias, de tus honras a su nombre celestial del Señor Jesucristo, como recuerdo de ti y de los tuyos también para Él, para su Espíritu y para su nueva vida infinita del cielo. ACERQUEMOSNO AL TRONO DIVINO Y HALLAREMOS FAVOR EN DIOS Entonces hoy más que nunca: Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, para que alcancemos misericordia y encontraremos gracia, sin lugar a duda, para el oportuno socorro de nuestras vidas, en todos los lugares de la tierra. Porque para esto nuestro Dios está sentado sobre su trono de la gracia, de la verdad y de la misericordia infinita, para ayudarnos en todo momento que lo necesitemos a Él, en nuestras vidas cotidianas. Por ejemplo, podemos ver también a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, clavado en la cruz de los arboles secos y sin vida alguna de Adán y Eva, para destruir todo mal del pecado y hasta la muerte del infierno, también. Pero de la cruz ya fue bajado por los hombres que lo amaban y lo respetaban mucho, para ser puesto en su sepulcro, para que al Tercer Día, entonces resucitar y levantarse del vientre del mundo entero, no como antes, sino con mayor gloria infinita, para darnos vida en abundancia en la tierra y así también, en el paraíso, eternamente. Y desde aquel día, que nuestro Señor Jesucristo se levanto de entre los muertos, ha sido todo gloria y poder para darnos a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra. Y cuando finalmente fue levantado, hasta lo más alto del reino de Dios, ha sido para preparar nuevos lugares de vida eterna para todos nosotros, para que tengamos un lugar en donde vivir con nuestro Dios y con su Espíritu Santo, rodeado por siempre de ángeles gloriosos en la eternidad. Por lo tanto, nuestro salvador eterno ha preparado mansiones celestiales, para nosotros volver a vivir con Él, en su tierra y bajo sus cielos, para jamás volver a conocer la mentira ni su maldad eterna, ni la amenaza del fuego eterno del infierno y del lago de fuego, también, en el más allá, sino todo lo contrario. Porque en nuestros nuevos lugares de vida eterna, sólo hemos de conocer y vivir el espíritu de amor y la felicidad infinita, de nuestro Dios y de sus huestes celestiales, para jamás volver a conocer el mal de nadie, ni de ángel caído del cielo ni de hombre rebelde del paraíso o de la tierra, para siempre. Y todo esto glorioso hemos de recibir de nuestro Dios, ni más ni menos, sólo por haber creído en Él, por medio de una oración de fe, en el nombre de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, arrepintiéndonos de nuestros pecados para recibir, de parte de nuestro Dios: sólo bendición y finalmente la vida eterna, en el nuevo reino eternal. Entonces si hoy en día deseas más que nunca en tu corazón acercarte a tu Dios, lo deberás de hacer sólo por medio de la vida y del nombre sagrado de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Pues entonces no hagas nunca, como Adán y Eva hicieron en el paraíso, cuando se acercaban cada vez más y más a su Dios, y lo hicieron así por medio de la palabra de mentira, de Lucifer en los labios de la serpiente antigua. Entonces nuestro Dios no los recibió como tales, como sus hijos, sino que los mantuvo alejados a ambos, por completo de su presencia sagrada y de su Árbol de vida, por su culpa, por su pecado y por su rebelión a Él y a su fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, nuestro Dios los rechazo a ambos por haber desobedecido a su mandato de no sólo comer de los frutos del paraíso, sino que también debieron de haber comido de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, primero; y no lo hicieron así, causando su enojo y juicio en contra de ellos y de sus descendientes, también. Es decir, que ambos pecaron delante de su Árbol de vida, y el SEÑOR los castigo no sólo a ellos, sino que también éste castigo descendido hacia cada uno de sus descendientes, en todos los días de vida por la tierra, como sucede hoy en día en el mundo entero, por ejemplo, en donde vive el hombre con los suyos. Y por culpa de éste pecado, entonces ninguno de ellos conoce a su fruto de vida eterna en su corazón, ni menos a su Dios, sino que sólo las profundas tinieblas de las palabras mentirosas, de Lucifer y de la serpiente antigua, invaden sus vidas día y noche, hasta que finalmente dejan de existir sobre la faz de la tierra. Entonces no pequemos como Adán y Eva, al intentar acercarnos a Dios por otro medio que no sea "primero" su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, sino que hagamos por siempre lo correcto y lo justo, para cumplir toda verdad y toda justicia con Él, en el paraíso, en la tierra y en su nuevo reino celestial, también. Y esto es de que, verdaderamente, cada uno de nosotros, invoque su nombre en lo profundo de nuestros corazones y con nuestros labios, pues, llamando al salvador de nuestras vidas, quien tiene en si, los poderes y autoridades de salud y de vida de parte de nuestro Dios, para librarnos entonces de nuestros males y darnos vida en abundancia diariamente. Entonces habiendo aprendido de la lección de Adán, por ejemplo, entonces acerquemos a Él, por medio de su fruto de vida y de salud eterna, para no pecar más en contra de Él y de su vida santa del paraíso y del nuevo reino celestial, y así alcanzar el oportuno favor de nuestro Dios día y noche y sin cesar. El oportuno favor celestial de nuestro Padre Celestial, el cual necesitamos día y noche para subsistir en nuestras vidas por toda la tierra, para que jamás nos falte ningún bien y lleguemos sanos y salvos con nuestros pies firmes, a la nueva tierra infinita del más allá, del nuevo reino de los cielos. Porque nuestro Dios está muy deseoso de que cada uno de nosotros, reciba día y noche de sus muchas bendiciones sobrenaturales en nuestras vidas, por medio de sus dones espirituales de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, si tan sólo creemos en Él, en nuestros corazones, con nuestros labios y con nuestras manos, también. Y esto sólo puede ser posible en nuestras vidas, de hoy en día y de siempre, si en nuestros corazones y con nuestros labios confesamos en oración su nombre salvador, el de su unigénito, ¡el Señor Jesucristo!, para abrir las ventanas del cielo, y hacer así que cada uno de sus milagros, maravillas, llegue a nuestras vidas, sin demora alguna. Porque nuestro Dios sólo nos ha de atender, cuando nos acercamos a Él, por medio de la oración, de la alabanza y de la gloria a su nombre santo, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Por esta razón, nuestro Dios jamás ha prestado atención a ningún hombre o mujer de toda la tierra, que se haya acercado a Él, por otros medios extraños, como de ídolos o de imágenes, sino que nuestro Dios sólo oye y bendice, a la vez, a los que se acercan a Él, por medio de la invocación del Señor Jesucristo. Porque la verdad es que nuestro Dios es fiel a la palabra santa y a cada letra con significado eterno de sus tildes de su Ley Viviente, la cual jamás ha de quebrantar por ninguna razón ni para atender a ninguno de sus ángeles u hombres del paraíso o de la tierra. PERSUADIDO ESTOY DE QUE DIOS LOS AMA PARA LA ETERNIDAD Pero aunque les escribo así, entonces siempre lo hago, porque estoy más que persuadido de que no sólo Dios los ama, con el mismo amor que ha amado a su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, y a su Espíritu Santo, con cada uno de sus ángeles del cielo, sino mucho más que todo esto, en verdad. Porque en cuanto a ustedes, hoy en día y como siempre, Dios mismo tiene grandes bendiciones ya listas, listas en el cielo, en la tierra y en las aguas debajo de la tierra, para entregárselas a todos ustedes, en sus millares, por doquier, si tan sólo creen en Él, por medio de su fruto de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Porque esto es la suma de toda la historia de Dios para con el hombre, en el paraíso y por toda la tierra, también, de que cada uno de los descendientes de Adán ame de verdad a su Hijo amado, su Gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Porque sólo el Señor Jesucristo es la oración perfecta (y constante) en su corazón bendito, en el corazón de los ángeles del cielo, y así también, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra, también. Porque la realidad es, también, que nuestro Dios no es injusto para con ninguno de sus seres creados, por sus palabras, por su nombre como los ángeles del cielo, o por sus manos santas, como el hombre del paraíso y de toda la tierra, de hoy y de siempre, por ejemplo. Por lo tanto, Dios oye la oración de cada uno de ellos, constantemente día y noche y sin cesar jamás, por amor, por respeto y para gloria eterna de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, en la vida de cada uno de sus seres creados, eternamente y para siempre. Y cada una de estas oraciones, desde la primera hasta la ultima, es el mayor tesoro de su corazón santísimo, para su vida venidera, en el nuevo reino celestial, como en el paraíso o como en su Nueva Jerusalén Celestial, Eterna e Infinita del cielo, por ejemplo, para vivirlas con sus ángeles y con su humanidad infinita, para siempre. Y, hoy en día, como en los días nuevos y largos de la eternidad venidera, nuestro Dios se acordara por siempre no sólo de cada una de sus oraciones, alabanzas, ruegos, exclamaciones de su nombre santo, las cuales las tiene atesoraras en sus copas de oro y escritas en su libro, sino que también se acordara de sus buenas acciones. Porque como cada oración, ruego, alabanza, gloria, honra y así también cada una de sus buenas acciones no solamente están escritas en su libro celestial, sino que rebosan en las copas de oro, para gloria y para honra infinita de la nueva vida infinita de la eternidad venidera del más allá. En la nueva eternidad celestial, en donde Dios mismo las ha de traer a la memoria de sus ángeles y de sus gentes, para exaltar su nombre santo, aun mucho más que antes, en su vida y en la vida de cada uno de sus fieles, por los siglos de los siglos venideros, en el nuevo reino de los cielos. Además, nuestro Dios desea que tú mismo estés ahí con Él y con cada uno de los tuyos, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para seguir viviendo su vida santa y perfecta, la de su unigénito, su Árbol de vida eterna, en tu corazón y en toda tu alma viviente y glorificada, también. Y toda buena obra de sus corazones, de sus labios y de sus manos no se perderá jamás su recompensa correcta, de la vida santa del reino de los cielos, sino que Dios mismo las ha de entregar a cada uno de sus fieles, en su día y sin más demora alguna, para gloria infinita de su nombre celestial. Por cuanto, la promesa de Dios es para todo el mundo, para todo aquel que tan sólo le haya dado un vaso de agua a uno de los suyos, por ejemplo, por el sólo hecho de ser su siervo o su sierva; pues nuestro Dios ha prometido que jamás perderá su recompensa, en esta vida ni en la venidera, tampoco. Entonces deseamos siempre que cada uno de ustedes viva la misma diligencia espiritual en su corazón, en su vida, para con los demás, sin dejar de bendecir con sus palabras, con sus hechos y hasta con sus mismas vidas, la vida de los demás, familiares, amistades y hasta extranjeros, también. Para que haciendo así en sus vidas cotidianas, lo correcto, lo justo, lo verdadero, pues entonces alcancen la plena certidumbre de la esperanza y de la fe salvadora, día a día y hasta el final de sus días por la tierra, a fin de que no sean perezosos en ningún momento de sus vidas, sino todo lo contrario. Y esto es de que estén por siempre listos para servirle a su Dios y a su salvador celestial de sus almas eternas, ¡el Señor Jesucristo!, para que nuestro Dios se glorifique cada vez más en sus mismas vidas de siempre. Para que aprendan a ser por siempre, con la ayuda diaria e idónea de los dones sobrenaturales del Espíritu, siervos y siervas de gloria y de honra infinita para nuestro Padre Celestial y para su nombre santo, en la tierra y en el paraíso, también, desde hoy y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial. Porque la gloria y la honra que nuestro Dios ha de disfrutar, desde hoy mismo en tu vida y en los nuevos días venideros de la nueva eternidad celestial, están en tu corazón y en tus mismos labios, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, aunque no lo sepas (o no lo entiendas así delante del SEÑOR). Y nuestro Dios espera por ti, pacientemente, para que se las entregues a Él, si fuese posible desde hoy mismo, para que su corazón santo y su alma gloriosa se comiencen a gloriar en tu vida y en la vida de los tuyos, también, en la tierra y así también en el paraíso venidero del nuevo reino celestial. En el paraíso venidero de Adán y de Eva, el cual ha sido transformado desde la antigüedad por las manos del Señor Jesucristo, en un nuevo reino de los cielos, para ángeles del cielo y para la humanidad entera de la tierra, también, de hoy y de siempre. Entonces todo lo que Dios le ha prometido al hombre, se lo ha cumplido, sin faltar jamás a ninguna de sus buenas palabras ni a ninguna de sus buenas promesas de vida y de salud infinita, por medio del juramento eterno, del espíritu de la vida sagrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque lo que nuestro Padre Celestial le prometio a su siervo Abraham lo ha cumplido, sin fallarle a Él ni a ninguno de sus descendientes, tampoco, en sus millares, en todos los lugares de la tierra, del ayer y de siempre, también. Porque la verdad es que también nuestro Padre Celestial ha hecho cada uno de sus juramentos para con Abraham y para con cada uno de sus siervos y de sus siervas, en todos los lugares de la tierra, por amor al espíritu de la sangre viviente, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por lo tanto, ha jurado nuestro Dios por amor a su mismo nombre, porque no hay otro nombre mayor que Él, para jurar más alto que ese nombre sagrado, glorioso y eternamente honrado que ha vivido por siempre en el mismo corazón de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Es por eso, que podemos confiar en nuestro Dios y en cada una de sus palabras, cada vez que nos postramos ante Él, para orar, para elevar nuestras almas eternas hacia su altar celestial, del trono perfecto de la gracia y de la misericordia infinita, para que nos perdone nuestros pecados y nos redima del mal del enemigo eterno, también. TUS PALABRAS SÉ OIRAN Y TUS OBRAS SÉ VERÁN, EN EL JUICIO FINAL En el cielo, cuando se abra el libro del SEÑOR para leer sus contenidos, entonces se leerán las palabras y las acciones de los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra. En aquel día, Dios ha de ser glorificado por las buenas palabras y por las buenas acciones de sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos, de los cuales creyeron en Él, por medio del espíritu de la vida sagrada, de la sangre del pacto eterno de su Cordero Escogido, ¡el Señor Jesucristo! En éste día, los cuatros seres vivientes y los veinticuatro ancianos, los cuales siempre están delante del trono de Dios, entonces se postraran ante el Cordero Celestial, ¡el Señor Jesucristo!, para reconocerlo como el Señor de señores y Rey de reyes, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. Cada uno de ellos tendrá un arpa musical en sus manos, para honrarlo y para exaltarlo como el Hijo de Dios, delante de la presencia de nuestro Dios y Padre Celestial, junto con su Espíritu Santo y sus huestes celestiales, de la vida sagrada del reino de los cielos. En este día, el Señor Jesucristo ha de ser exaltado poderosamente por los ángeles, para alegrar el corazón santo de nuestro Padre Celestial y de sus huestes celestiales del nuevo reino celestial, en el más allá y por toda la tierra, también. Y todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha de arrodillarse ante el SEÑOR para declarar con sus labios, de que sólo Él es el SEÑOR de sus vidas, para gloria infinita de la nueva vida celestial del nuevo reino celestial, como la Nueva Jerusalén Santa y Perfecta de Dios y de su Espíritu Santo. Puesto que, ha de ser de esta manera, que desde aquel día en adelante, los ángeles juntos con la humanidad entera del paraíso y de la tierra han de tener que reconocerle día a día a Él, ¡cómo el Santo de Dios, para miles de siglos venideros, para gloria y para honra infinita de nuestro Dios, en la eternidad venidera! Porque el Señor Jesucristo ha de tener que ser honrado, así como los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo lo han hecho a través de los siglos, pero con mayor gloria y con mayor honra que antes esta en vez, en sus corazones y en sus vidas celestiales del reino infinito. Pues así también cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, que haya sido redimido por los poderes y por las autoridades sobrenaturales, de la sangre del pacto eterno, de nuestro Señor Jesucristo, en el cielo y por toda la tierra, también. Pero antes que este gran día entré de lleno a la nueva eternidad venidera con toda su pompa y gloria celestial, celebrada en los corazones y en las vidas de ángeles y de hombres de la humanidad entera, entonces Lucifer tendrá que arrodillarse y cada uno de sus ángeles caídos, también, ante el Señor Jesucristo. Y ellos lo han de hacer así con las gentes de la mentira eterna, también, para confesar con sus labios, de que el Señor Jesucristo es el SEÑOR de la vida, para gloria y para honra perpetua de nuestro Dios que está sentado en su trono de gran gloria y de gran honra infinita, en su nuevo reino celestial. Y sólo entonces Lucifer con sus seguidores amantes de la mentira será lanzado a su lugar eterno, en el más allá, entre las llamas ardientes del juicio eterno del infierno y del lago de fuego, para que nunca más se vuelva a burlar de la verdad, del camino y de la vida santa del Árbol Divino, ¡ el Señor Jesucristo! Y las naciones con sus familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, han de entrar entonces a la vida eterna, tomados de la mano de su Señor y salvador de sus vidas, ¡el Señor Jesucristo!, delante de nuestro Dios y de sus ángeles, lideradas y llenas por su Espíritu Santo para una vida nueva y mayor. Y ellos con su Dios sobre su trono santo, entonces han de empezar un nuevo reino con una nueva vida infinita, libre del pecado y de toda maldad de mentira y de muerte de Lucifer y de sus seguidores malvados, para sólo adorar y honrar a nuestro Dios y a su Árbol de vida eterna, para la nueva eternidad celestial. Y entonces las arpas han de resonar con gran poder y con gran gloria celestial, porque por fin nuestro Dios junto con su Hijo amado, ha de comenzar a gozar de la nueva vida celestial, libre de la presencia del espíritu de la mentira, y sólo habrá verdad y justicia infinita para sus hijos e hijas, eternamente y para siempre. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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