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Antiguo 14-04-2007, 16:47:46
IVAN VALAREZO
 
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Predeterminado (IVÁN): ORGULLO


Sábado, 14 de abril, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


ORGULLO

El Señor Jesucristo es el orgullo de Dios, y, a la vez, el
orgullo de la vida santa del reino de los cielos, en el
corazón de cada ángel, serafín, querubín arcángel y demás
seres santos de la eternidad venidera. Pues así también, Dios
ha creado al hombre, la mujer, el niño y la niña de la
humanidad entera, para que el orgullo de su corazón sea sólo
su Hijo amado, ni más ni menos, y más no los abominables
ídolos e imágenes de talla de la antigüedad y de siempre.

Imágenes e ídolos de toda la historia de la tierra, que han
quebrantado cada estatuto santo de la Ley de Dios y de
Israel, para "encender la ira" de nuestro Dios en contra de
nosotros, en todos los lugares de la tierra, desde la
antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Y esto es algo
que nuestro Dios siempre ha deseado ponerle fin, en la vida
de toda la humanidad sobre toda la faz de la tierra, hasta
terminar, de una vez por todas y para siempre, con el orgullo
falso de todo ser viviente; y sólo así entonces sea el Señor
Jesucristo el orgullo divino de su corazón, perpetuamente.

AL ARROGANTE DE CORAZÓN, DIOS NO DEJARA SIN SU CASTIGO

Por lo tanto, abominación es a nuestro Padre Celestial todo
altivo de corazón, porque el que se enaltece en su corazón,
entonces se está enalteciéndose realmente en contra de su
palabra y de su nombre santo, para castigo y mal de su vida y
de los suyos también, en toda la tierra y para siempre. Es
por eso, que la fanfarronería jamás ha de estar en el corazón
de nuestro Padre Celestial, "porque nuestro Dios es un Dios
Santo y eternamente humilde, a pesar de su grandeza y de su
gloria infinita"; por lo tanto, nuestro Dios jamás dejara sin
castigo alguno, a ningún pecador altivo, delante de su
presencia sagrada, en la eternidad venidera.

En verdad, nuestro Dios siempre ha de castigar al pecador y,
muy en especial, al altivo en su corazón vil y sin dirección
alguna en su vida por toda la tierra ni menos en la eternidad
venidera, porque el Señor Jesucristo no es la gloria de su
corazón ni tampoco la luz delante de sus pasos eternos. Por
ello, nuestro Dios está enojado día y noche en contra del
corazón orgulloso del pecador, porque ése lugar de orgullo
sólo le pertenece a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, y a
nada ni a nadie más, sea lo que sea, grande o pequeño, en
toda la vida del hombre y del mundo

Para nuestro Dios el lugar de orgullo del corazón del hombre,
de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera,
comenzando con Adán, es muy especial para el Espíritu Santo y
para su Jesucristo, y no se lo entregara jamás a nadie, sea
ángel del cielo u hombre de la tierra. Es por eso, que
nuestro Dios sólo podría perdonar al corazón altivo de todos
los males de sus pecados, si tan sólo dejase su lugar de
honor y de gloria infinita al nombre glorioso y eternamente
santo para su alma viviente y para su vida eterna, en la
tierra y en el cielo, también, ¡el Señor Jesucristo!

En vista de que, el corazón del hombre sin la presencia
sagrada del nombre del Señor Jesucristo, entonces no tiene
orgullo alguno, que valga la pena de su atención y de su
tiempos delante de la presencia sangrada de nuestro Dios, en
los cielos y por toda la tierra, también. Un corazón, de
ángel del cielo u hombre del paraíso y de la tierra, sin el
orgullo bendito del Señor Jesucristo, no es nada para Él,
eternamente y para siempre, sino sólo un corazón más perdido
eternamente y para siempre, en las profundas tinieblas del
pecado de Lucifer y de sus mentiras eternas, por ejemplo.

Es por eso, que nuestro Dios le ha entregado un corazón, como
el de él mismo, ni más ni menos, a todo hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, con "el poder y la autoridad
infinita" de conocer y honrar, sólo a la vida celebre y
eternamente sagrada del Señor Jesucristo, y más no para nada
más. No importa todo lo grande o glorioso que sea en el
paraíso, en la tierra y hasta en la nueva eternidad vendiera
del nuevo reino celestial, también, como La Nueva Jerusalén
Santa e Infinita del nuevo reino, para nuestro Padre
Celestial no vale nada, nadad de nada extraño que esté "en el
lugar sagrado del orgullo infinito de su Jesucristo".

Ya que, el lugar del corazón principal del ángel o del hombre
sólo es para el orgullo verdadero de Dios y de la vida santa
de la Ley del paraíso y del nuevo reino de los cielos, ¡el
Señor Jesucristo! En consecuencia, el orgullo del corazón del
hombre ha de ser sólo por el nombre y la vida gloriosa y
eternamente santa del Árbol de la vida eterna, en su alma y
en todos los días de su vida, en la tierra y en la eternidad
venidera, también. Y esta es una máxima celestial y terrenal,
a la vez, la cual nuestro Padre Celestial no la cambiara
jamás por nada ni por nadie, eternamente y para siempre, en
la vida del ángel del cielo y en la vida de todo hombre y de
toda mujer del paraíso y de la tierra, también.

Porque mayor gloria para Dios que ésta, no hay otra igual en
el corazón y hasta en toda la vida del hombre, la mujer, del
niño y de la niña de la humanidad entera, porque así como el
orgullo del corazón del ángel es el Señor Jesucristo, pues
así también tiene que ser en todo ser viviente de la tierra.
Y el que no entiende ésta gran verdad celestial e infinita
para con su corazón, entonces no entiende nada de lo que le
agrada al Creador de su vida, por lo tanto, su alma muere,
sin saber jamás lo que a hecho para mal de su alma eterna y
para mal de muchos también, en toda la creación.

Porque es agradable para nuestro Padre Celestial, que ningún
hombre de la tierra sea orgulloso de otra cosa, en su corazón
y en su alma viviente, en los días que viva en la tierra, si
no es de Cristo Jesús, Señor nuestro. Es decir, que cada
hombre y mujer debe de estar siempre orgulloso de la verdad,
de la gloria, de la justicia y de la vida eternamente honrada
del Árbol de la vida, en su corazón y en todo su espíritu
viviente, también, como cada ángel, arcángel, serafín,
querubín y de más seres santos del reino de los cielos, por
ejemplo.

Fue por esta razón, que nuestro Señor Jesucristo nos enseño a
orar al Padre Celestial, diciéndole siempre: Padre nuestro
que estás en los cielos, hágase su voluntad en la tierra, así
como es hecha en el cielo. Porque cada uno de ellos ha sido
creado, por la palabra y por el nombre de Dios, para vivir
orgulloso de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, delante de
su presencia santa y de su Espíritu Santo, también, desde la
antigüedad y hasta por siempre, en la eternidad venidera, del
nuevo reino de los cielos, en el más allá.

Y así también cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, fue creado
por las manos de Dios, para vivir por su Árbol de vida, y ser
por siempre orgulloso de Él y de sus muchas y muy ricas
bendiciones, de la vida celestial del paraíso y del cielo, en
general. Y el que no viva por Cristo y no se sienta orgulloso
de Él, en el cielo entre los ángeles, como Lucifer y cada uno
de sus ángeles caídos, en sus millares, por ejemplo, entonces
ha de caer del cielo, para vivir en el bajo mundo, hasta el
día de su gran juicio final, por culpa de su maldad.

Pues así también, con el hombre o la mujer que no viva por
Cristo, entonces irremisiblemente ha de caer delante de la
presencia santa de Dios, como Adán y Eva cayeron, por
ejemplo, en el día que se rebelaron en contra de su fruto de
vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, para mal
de muchos en el paraíso. Es por eso, que para nuestro Padre
Celestial es abominación el altivo de corazón, por culpa de
su pecado; ciertamente él, ni ninguno de los suyos, ha de
quedar jamás impune de su pecado, ni de su maldad ante su
Dios y sobre todo ante el fruto de vida eterna, ¡el Señor
Jesucristo! Porque todo orgullo falso, la ira de Dios lo ha
de llevar día y noche hasta su juicio final, el fuego eterno
del infierno; a no ser que se arrepienta el pecador y le de
su lugar de orgullo en su corazón al Señor Jesucristo, para
que su alma viva y así no muera jamás.

Porque el mismo SEÑOR ha dicho, desde la antigüedad y hasta
nuestros días: Mía es la venganza; yo me vengare del malvado
y orgulloso de corazón, que no ame a Cristo ni a su causa
santa y justa, llevada acabo sobre la cima de la roca eterna,
en las afueras de Jerusalén, para ponerle fin a la vida del
pecador. Como Adán, por ejemplo, en el paraíso, él se sintió
muy orgulloso en su corazón, de haber visto y comido del
fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal,
sin saber lo que hacia con sus manos, eternamente, para mal
suyo y de los demás, en la tierra y en toda la nueva creación
venidera, también.

Pero Dios tuvo misericordia de Adán y de sus descendientes,
porque no lo mato, en aquel día, echándolo del todo al
infierno, como lo hizo con Lucifer y los ángeles caídos, por
ejemplo, en el día de su rebelión en contra de Dios y de su
nombre santo, el nombre del Señor Jesucristo, en el reino de
los cielos. Realmente, nuestro Dios decidió darle una
oportunidad más (y hasta quizás muchas más), hasta que reciba
de nuevo en su vida y en su corazón, sobre todo, el orgullo
bendito de tener viviendo con él y con los suyos, al Rey de
reyes y Señor de señores, el Santo de Israel y de la
humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo!

Y fue por ésta esperanza bendita del corazón de nuestro Padre
Celestial y de su Espíritu Santo, que el hombre no murió en
aquel día que peco con su esposa Eva en el paraíso y delante
del Árbol de la vida, sino que Dios decidió volverlo amar,
por amor a su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y, hoy en
día, estamos todos realmente vivos, gracias a nuestro Padre
Celestial y al amor único del salvador de nuestras vidas,
viviendo eternamente y para siempre, en nuestros corazones y
en nuestras almas eternas, su Árbol de la vida infinita.

Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es realmente el orgullo
de la nueva vida infinita de Dios y de cada uno de sus seres
creados, ángeles del cielo, hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera, redimidos por la sangre del pacto
eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra. Y sin el
orgullo del Señor Jesucristo viviendo en su corazón, ya se
ángel del cielo u hombre de la humanidad entera, no podrá ver
jamás, ni menos vivir en la tierra santa del nuevo reino de
los cielos. Porque los que han caído del cielo, ángeles
rebeldes u hombres pecadores, ha sido por les falto el
orgullo del Señor Jesucristo en sus corazones y en sus
espíritus eternos, también, delante de Dios y de sus huestes
de ángeles del cielo.

ANTES DE LA CAÍDA DEL PECADO, ESTÁ OBRANDO EL ESPÍRITU ALTIVO

Es por eso, que antes de la perdida de todo, está el orgullo
del corazón pecador del hombre, porque el espíritu del
orgullo mata y no da vida a nada ni a nadie jamás. Así, a
través de los tiempos, todo pecador que se ha sentido muy
orgulloso de sí mismo y de su corazón pecador, entonces ha
fracasado en las obras de sus manos, por muy pequeñas o
grandes que sean; por ello, como una ley segura antes de la
caída, la altivez de espíritu está en su curso final, para
condenación eterna.

Y es por eso, que el hombre pecador muere día y noche en su
maldad, porque el orgullo de su corazón es el equivocado, el
que no es, ni debió de ser jamás, para mal eterno de su vida,
en la tierra ni en la eternidad venidera, también,
eternamente y para siempre. Entonces habiendo dicho lo
anterior: mejor es humillar el espíritu con los humildes de
la tierra, antes que repartir botín con los soberbios de
corazón, del mundo bajo de todo lo perdido, como el mundo de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.

Porque el ser humilde de corazón como la paloma y, a la vez,
alerta en su espíritu humano, por más débil que sea, como la
serpiente, por ejemplo, vale mucho para nuestro Padre
Celestial, para evitar el mal y aprender siempre el bien. Por
ejemplo, podemos ver en la vida gloriosa y sumamente santa de
nuestro salvador celestial del paraíso, el Señor Jesucristo,
que él jamás se enalteció, como uno de los grandes del cielo
o de la vida de Israel, sino por lo contrario; Él fue humilde
en su caminar delante del hombre, en todo Israel, como en el
paraíso con los ángeles.

Pero con una gran diferencia, en el cielo los ángeles sabían
muy quien era él, como el Hijo de Dios o el Árbol de la vida
eterna del reino y de su creación infinita, por ejemplo; en
Israel no lo conocían como tal, ni jamás se les paso jamás
por sus mentes: lo grande que es Él, eternamente y para
siempre. Todos vieron en el Señor Jesucristo, como un hombre
común de Israel, porque verdaderamente se manifestó muy
humilde ante ellos día y noche y aun hasta en el mismo
momento de su muerte, sobre la cruz del Gólgota, por ejemplo.

Es más, para sorpresa de los ángeles del SEÑOR, nuestro Señor
Jesucristo siempre fue humilde en su manera de vivir y en su
manera de hablar con todos y aun en sus oraciones personales
con nuestro Padre Celestial que está en los cielos; algo
profundamente sorprendente, que jamás les paso por sus mentes
angelicales verlo ni oírlo así, en todo Israel. Porque el
Señor Jesucristo siendo Rey del cielo y de la vida de todo
ángel y de los demás seres santos y hasta de la tierra, de
nuestros tiempos y de siempre, no se jacta, no se enaltece,
como tal, sino que fue humilde en sus enseñanzas para con
Israel y para con los gentiles del resto del mundo entero.

Y nuestro Señor Jesucristo se humilla ante nosotros, aun
siendo nosotros pecadores, hijos e hijas, de la muerte del
más allá, como del bajo mundo del infierno y hasta del lago
de fuego, la segunda muerte final para todo ser pecador y
rebelde hacia su Dios y Árbol de la vida, porque nos ama
infinitamente y de verdad, también. De hecho, éste es un amor
que sólo nuestro Padre Celestial, su Espíritu Santo y su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, conocen muy bien, desde los
primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por
ejemplo; es decir, que éste amor antiguo jamás ha cambiado,
por ninguna razón en la vida de Dios ni de Jesucristo.

Y por amor a éste amor infinito de su corazón sagrado y de
nuestro Señor Jesucristo, entonces nuestro Dios nos sigue
amando aun con mayor amor que antes, hacia la nueva vida
infinita del nuevo reino de los cielos. Porque el amor de
nuestro Dios y salvador de nuestras vidas no cambia para mal
jamás, sino que crece por siempre para ayudarnos en todo y
llenarnos día y noche con muchos de sus dones espirituales
del Espíritu Santo y de nuestro único Padre Celestial, ¡el
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera!

Y es precisamente éste espíritu de amor de Dios, el cual trae
el orgullo del corazón de nuestro Padre Celestial que está en
los cielos, para introducírtelo en tu corazón, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, y así te sientas por fin igual
que Él, orgulloso del Señor Jesucristo eternamente y para
siempre, en tu nueva vida infinita. Porque nuestro Dios nos
ha creado de su Árbol de vida eterna y para crecer por
siempre por medio de Él, su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
y más no para perdernos eternamente en la muerte de esta
tierra, de este mundo cruel y del mundo bajo del más allá,
también, como el infierno tormentoso, por ejemplo.

Visto que, nosotros tenemos que crecer día a día y por
siempre por los poderes y autoridades sobrenaturales de la
vida y de la sangre santísima de su Árbol de vida infinita,
el Señor Jesucristo, para entonces cada uno de nosotros
llegar a ser tal como Él es (y por siempre será) en la nueva
vida eternal del cielo. Es decir, que nosotros tenemos que
crecer siempre día y noche y hasta llegar a ser igual que Él
mismo, el Dios del cielo y de la tierra, en santidad, en
verdad, en perfección y en gloria infinita, también, en el
nuevo reino de los cielos, en el más allá, para la nueva
eternidad venidera de toda su nueva creación.

Y todo esto es posible en cada uno de nosotros, de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera,
porque hemos sido creados en sus manos santas (y no en las
manos de los ángeles), para llegar a ser igual y perfectos en
su imagen y conforme a su semejanza santa e infinita del
cielo. Y esto ha de ser así, ni más ni menos, con cada uno de
nosotros, en nuestros millares, comenzando con Adán y Eva,
por ejemplo, en la tierra y en el paraíso, también,
eternamente y para siempre, llenos en nuestros corazones del
orgullo de tener al Señor Jesucristo viviendo en nuestras
vidas celestiales e infinitas del paraíso.

Visto que, nuestro Dios busca un reino infinito en sus
ángeles del cielo y así también con cada hombre, mujer, niño
y niña de la humanidad entera, que tenga a su Árbol de vida
como el orgullo de toda su nueva vida infinita, en la tierra
y así en el cielo, para gloria y para honra de su nombre
santo. Porque la verdad es que nuestro Dios no desea jamás
volver a encontrarse con ángeles como Lucifer y de sus
numerosos ángeles caídos, que tenían en sus corazones el
nombre de su caudillo como su orgullo principal, para
desafiar a Dios y a su Árbol de vida, y así arrebatarles de
su gloria y de su honra infinita, para siempre.

Pues así también, nuestro Dios no desea volverse a encontrar
con ningún hombre o mujer rebeldes, como lo fueron Adán y
Eva, en el día que comieron del fruto prohibido del árbol de
la ciencia del bien y del mal, quebrantando así la Ley del
paraíso, para mal eterno de sus vidas y de muchos de sus
descendientes, también. Y es por éste error del corazón de
Adán y Eva es que todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, ha sufrido siempre en su corazón y así en
casi todos los días de su vida y aun hasta en su muerte,
también.

Porque el orgullo del corazón de Lucifer mata, pero el
orgullo sagrado de nuestro Padre Celestial da gracia y vida
infinita a todo aquel que tan sólo cree en su corazón y así
confiesa con sus labios el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡
el Señor Jesucristo! Es por eso, que el que ama la vida
pecadora del mundo, en vez, de amar a la vida de la Ley
Infinita, del paraíso de Dios y de su Árbol de vida eterna,
entonces peca con su corazón y con toda su alma, también,
llena del orgullo perdido del pecado y de la muerte eterna
del más allá.

Pero si Cristo es el orgullo de éste pecador o de ésta
pecadora en su corazón, entonces se salva para ver y vivir la
vida eterna, en el nuevo reino de los cielos. Porque todo
aquel que cree en el Señor Jesucristo en su corazón, entonces
el orgullo de nuestro Dios ha de estar en su corazón y en su
alma, para ver, vivir y gozar la nueva vida infinita del
nuevo reino de Dios, desde ya y hasta por siempre en la
eternidad venidera de los ángeles y de la humanidad
celestial.

EL QUE AMA AL MUNDO MENTIROSO, EL AMOR DE DIOS NO ESTÁ EN ÉL

Por eso, no amen al mundo ni ninguna de sus cosas, por más de
renombre que sean, para no caer jamás en el orgullo del
espíritu del pecado, de las profundas tinieblas de Lucifer y
de sus ángeles caídos, por ejemplo. Acuérdense de Lucifer,
cuando tentó al Señor Jesucristo, llevándolo hacia lo alto
del templo de la ciudad, para mostrarle la gloria del hombre
de toda la tierra, la cual Adán había perdido con él, en el
cielo, en el día de la rebelión en contra de la Ley divina,
del paraíso y del fruto de la vida.

Y cuando Lucifer le mostró la gloria del hombre de toda la
tierra y de sus riquezas infinitas e innumerables, las cuales
el hombre jamás ha conocido desde el día del paraíso y hasta
nuestros días, por ejemplo, entonces le dijo al Señor
Jesucristo: todo esto me ha sido dado a mí. Y yo se las
entrego a quien quiera. Pues si tú mismo, arrodillado me
adorares, en este momento, yo te lo daría todo a ti, porque
eres el enviado de Dios a Israel.

Y el Señor Jesucristo viendo el orgullo del corazón perdido
de Lucifer, entonces le dijo: A tu Dios sólo servirás, y a él
sólo honraras todos los días de tu vida, para siempre.
Entonces viendo Lucifer que no podía convérsele a Él, con sus
palabras y con su orgullo de riquezas, de las cuales no
fueron de él jamás, sino del hombre de toda la tierra, al
instante se alejo del Señor Jesucristo, para no volverlo a
ver más.

Y desde aquel día en adelante, todas las riquezas del hombre
de toda la tierra, fueron pasadas a su dueño de siempre, el
Señor Jesucristo y el hombre y la mujer de la fe, de su
nombre santo de toda la tierra, del ayer y de siempre. Es por
eso, que hoy en día, si tan sólo creemos en nuestros
corazones y así confesamos el orgullo de nuestro Padre
Celestial, quien es, ni más ni menos, el Señor Jesucristo,
entonces viviríamos por siempre ricos en las bendiciones
celestiales de siempre, del más allá, las cuales sólo han
sido conocidas por los ángeles del cielo, por ejemplo.

Realmente, estas grandes bendiciones del paraíso y de la
tierra vendrían a nosotros en todos los días de nuestras
vidas por la tierra y hasta entrar a nuestra nueva vida
infinita, por ejemplo, para seguir gozando la vida eterna, la
cual Adán y Eva conocieron en el paraíso, desde los primeros
días de su creación en las manos de Dios. Pero si rechazamos
el orgullo santo e infinito del corazón de nuestro Padre
Celestial y de su Espíritu Santo en nuestros corazones,
entonces somos reos de la ira y del juicio de Dios, desde hoy
mismo y por siempre, en la eternidad venidera del más allá.

Por ende, si alguno ama al mundo y sus cosas más que a su
Dios, indiscutiblemente, el amor de nuestro Padre Celestial
no está en él, de ninguna manera; porque todo lo que hay en
el mundo--los anhelos de la carne, los deseos ardientes de
los ojos y el enorgullecimiento de la vida-- no baja del
cielo al mundo. Sino que la verdad es que estas cosas son del
bajo mundo del más allá, como el infierno, en donde habitan
las almas perdidas de los pecadores y pecadoras, de los
cuales en sus días de vida por la tierra, equivocadamente,
rechazaron el orgullo celestial de Dios y de su reino, el
Señor Jesucristo, para mal eterno de sus vidas.

Por lo tanto, no es bueno amar las cosas del mundo, las
cuales son las primeras que Lucifer ama desde siempre, y
hasta el punto de morir por ellas, en el reino de los cielos,
si fuese aun posible hacerlo así, con todos sus seguidores,
gente de la mentira y ángeles de la maldad eterna, por
ejemplo. Porque éste es el orgullo de Lucifer en su corazón
perdido en las profundas tinieblas, de su propio pecado
original, el haber burlado la Ley de Dios y robado sus
riquezas infinitas para la humanidad entera, en el paraíso y
por toda la tierra, también.

Haciéndose así, Lucifer dueño absoluto de lo que jamás pudo
haber sido de él, por ninguno de sus méritos personales, ni
aun por haber sido desde el principio el arcángel más sabio y
perfecto delante de la presencia de Dios, en el reino de los
cielos, quien protegía día y noche el nombre de Dios. Pero el
Señor Jesucristo ya lo venció palabra por palabra, justo con
la verdad y con la justicia infinita del Espíritu de su
propia sangre bendita y del Espíritu Eterno de nuestro Padre
Celestial, en el paraíso y por toda la tierra, también; por
lo tanto, Lucifer es un ser totalmente derrotado, en la
tierra y en la eternidad venidera.

Es más, después de haber sido derrotado por el Señor
Jesucristo por sus propias palabras y sobre el madero del
Gólgota, por ejemplo, ya no hay posibilidad alguna para que
él ni ninguno de sus seguidores, como ángeles caídos y gentes
de la mentira eterna, vuelvan a ver la vida en el más allá,
en el nuevo reino de Dios. Es por eso, que cada uno de
nosotros puede volver a ser rico para con Dios, y aun mucho
más rico que en el principio, como con Adán y Eva, por
ejemplo, en el paraíso.

Y de estas riquezas no son las que perecen, sino de las que
permanecen perpetuamente, por los siglos de los siglos, en la
nueva eternidad venidera del nuevo reino de los cielos y de
su Árbol de vida infinita, ¡el Señor Jesucristo! Y, hoy en
día, estas riquezas del SEÑOR, las cuales habías perdido por
culpa de la fe equivocado de Adán y Eva, en el paraíso,
entonces el Señor Jesucristo te la entrega todo a ti mismo,
si tan solamente crees en tu corazón y así confiesas con tus
labios su nombre santo y eternamente bendito del Señor
Jesucristo.

Ya que, en los últimos días, todo aquel que invoque el nombre
del SEÑOR, entonces será salvo de todos sus males y pecados
de su vida. Y si realmente no puedes creer en tus entrañas y
confesar con tus labios el nombre del Señor Jesucristo, para
que su salvación y todas sus riquezas lleguen a tu vida, ha
de ser porque aun amas el mundo, el cual Lucifer primero amó
para robarle a Dios de su gloria y de su honra infinita, en
tu mismo corazón.

Puesto que, sólo Lucifer es padre de toda mentira e
inmoralidad, desde el comienzo de todas las cosas, en los
corazones y en los labios de las gentes de la gran mentira y
ciegas de este mundo perdido, perdido eternamente y para
siempre en las profundas tinieblas del más allá, de los
ángeles caídos y de las almas pecadoras, por ejemplo. Y
nuestro Padre Celestial ha deseado siempre hacerte libre de
todos estos males del mundo en que vivimos, para que seas por
siempre rico sólo en Él y en su nombre santo, creyendo en tu
corazón y así confesando con tus labios: su verdad, su
justicia y su bendición celestial, para entregarte toda la
vida eterna del paraíso.

De hecho, esta vida eterna no puede comprarla el orgullo de
ningún corazón de ángel del cielo, ni menos del hombre de la
tierra, ni mucho menos el oro, la plata y las riquezas que
Lucifer le mostró al Señor Jesucristo en el día de la
tentación, para que le sirviese a él, como todo pecador común
del mundo. Ésta vida eterna, sólo la podía comprar para cada
uno de nosotros Dios mismo, con el precio de sangre preciosa,
no de este mundo, sino fuera de él, como del cielo, como del
paraíso, por ejemplo, del Árbol de la vida, ¡el Señor
Jesucristo!

Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo es el orgullo de la
vida eterna de cada ángel del cielo y así también de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en la
tierra y en el paraíso venidero, también, eternamente y para
siempre. Por lo tanto, gracias a la gran obra redentora del
Señor Jesucristo y de su Espíritu Santo, es que realmente
ésta vida eterna del cielo ha llegado a ti para quedarse en
ti, desde hoy mismo y en adelante y hasta aun más allá de la
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos.

En el nuevo reino de Dios, como La Nueva Jerusalén Santa e
Infinita del gran rey Mesías, en donde sólo conocerás la
felicidad infinita de tu corazón, como siempre lo soñaste
despierto, desde cuando eras pequeño y hasta nuestros días,
también, por ejemplo. Y ésta vida eterna es la misma de
siempre, pero llena del orgullo del Árbol de la vida, el
Señor Jesucristo, en tu corazón, como en el corazón de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para sanarte
de los males y para hacerte feliz eternamente y para siempre
en toda tu alma viviente, para siempre.

Entonces la misma vida eterna, la cual perdiste tú también,
en el día que Adán perdió la suya en el paraíso, por descuido
y por orgullo propio, delante de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, está hoy en día contigo, si sólo crees en la
verdad, la santidad y la justicia redentora de la sangre del
Señor Jesucristo. Es decir, también, que hoy en día más que
nunca, tienes que confesar con tus labios, creyendo en tu
corazón: la verdad, la justicia y la salvación infinita de la
vida gloriosa y eternamente honrada de su Árbol de vida, en
el paraíso y en toda la tierra, también, el Santo de Israel y
de la humanidad entera, ¡el Cristo!

De otra manera, has de seguir perdido en tu orgullo errado y
de siempre, el de Adán, para luego en tu ultimo día caer al
abismo del olvido y de la destrucción eterna, en el más allá,
como en el infierno o el lago de fuego eterno, por ejemplo.
Por tanto, las cosas de este mundo, son para la muerte del
alma y del corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la
niña de la humanidad entera; porque el orgullo del corazón de
Dios, el cual es el Señor Jesucristo, no está en su lugar
eterno, en tu corazón, para bendición y salvación de tu vida.

Porque todo lo que existe en la tierra -los deseos echados a
perder del corazón, los deseos de los ojos y la arrogancia de
la vida mentirosa y malvada, no descienden del cielo, sino
que suben del mundo de los muertos del más allá, como del
mismo infierno, por ejemplo, para dañar a la vida del hombre
en la tierra. Por lo tanto, el que vive según sus deseos
carnales e infernales, realmente, ya está viviendo en el
mismo infierno, para el criterio o juicio de Dios.

Entonces el Señor Jesucristo tiene que ser el único orgullo
de nuestro corazón, delante de Dios y de sus ángeles, en el
paraíso y en la tierra, también, eternamente y para siempre,
en la eternidad venidera del nuevo reino del más allá de Dios
y de su Árbol de vida eterna, para que desde ya ver la vida
eterna. Es por eso, que nuestro Padre Celestial jamás se ha
cansado de impartirnos de su Espíritu Santo y de su gracia
infinita, para que nuestros pecados y males cotidianos ya no
nos hagan daño, como antes, cuando Cristo no era el orgullo
divino de nuestro corazón y de nuestra nueva vida infinita,
también, por ejemplo.

DIOS DA GRACIA A LOS HUMILDES, PERO CON LOS IMPÍOS ESTÁ SU
IRA

Es por esta razón, más que ninguna otra, que nuestro Padre
Celestial da mayor gracia a los que verdaderamente aman la
vida y la obra gloriosa de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, en sus corazones y en sus almas vivientes,
también, en el paraíso y por toda la tierra. Porque si Adán y
Eva hubiesen amado al Señor Jesucristo, entonces se hubiesen
quedado en el paraíso, para jamás abandonar sus vidas santas,
como lo tuvieron que hacer, cuando nuestro Dios no encontró a
Cristo en sus corazones, sino el orgullo prohibido del fruto
del árbol de la ciencia del bien y del mal.

Porque en el paraíso el orgullo de tener al Señor Jesucristo
como el Árbol de la vida eterna, realmente, tiene que
prevalecer en el corazón no sólo de los ángeles, sino también
del hombre y de sus descendientes, en sus millares, en toda
la creación infinita de Dios. Y esto es gloria eterna para
nuestro Dios, la cual jamás ha de dejar de ser en su corazón,
eternamente, desde el momento que comenzamos a servirle a Él,
por medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en nuestros
corazones y nuestras vidas de siempre, en la tierra y,
claramente, en el paraíso, también, en los nuevos días
venideros.

Ya que, todo lo que Dios ha creado, lo ha hecho para el
hombre y para su vida del paraíso y para la eternidad,
también, a todas luces celestiales de los nuevos amaneceres
de los días eternos que nos esperan en el cielo, a cada uno
de nosotros, de los que nos sentimos orgullosos de Dios y de
su Jesucristo. Porque en el paraíso nuestro Padre Celestial
le entrego de su misma vida eterna a Adán y a Eva, y les dijo
después: Coman y beban del fruto del Árbol de la vida, el
Señor Jesucristo; porque sólo de Él han de vivir eternamente
y para siempre los días de sus vidas, en el paraíso y en toda
la creación.

Pero ellos, como ya sabemos, no obedecieron a Dios
inmediatamente, como debió de ser, sino que decidieron
esperar un poco más de tiempo, para mal eterno de sus vidas y
de todos los demás, también, y hasta tocar terriblemente la
vida gloriosa del Señor Jesucristo, desdichadamente para Él y
para nuestro Padre Celestial. Porque lo que Adán hizo en el
paraíso, al violar la Ley de Dios y no comer del fruto de la
vida, realmente, toco no sólo a todos sus descendientes, en
sus millares, sino que también toco a su Espíritu Santo, a
sus huestes celestiales y, muy en especial, el orgullo de
nuestro Padre Celestial.

Por cierto, este fue el error de Adán, por el cual Lucifer
esperaba pacientemente lejos del paraíso, para entrar en la
vida de cada uno de los suyos, comenzando con Eva, por
ejemplo, por medio de la amistad cercana que tenían con la
serpiente del Jardín, para mentirles y hacerles daño a sus
vidas celestiales. Porque cuando la serpiente oyó la voz de
Lucifer y creyó en el orgullo de su corazón perdido, en aquel
lugar celestial y en aquel instante, también, sin que nadie
se cuenta del mal que se aproximaba a las vidas gloriosas del
paraíso y hasta del reino de los cielos, objetivamente, era
para atacar fuertemente el orgullo de Dios fulminantemente.

Porque con el mismo furor maligno, con el cual había atacado
a Dios y a su Árbol de vida en el cielo, haciéndoles creer a
una tercera parte de los ángeles, de que él mismo podía
exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre del Señor
Jesucristo, entonces lo intento con Adán y Eva, en el
paraíso, con éxito. Es decir, que como en un segundo, estas
mentiras llegaron a los oídos de Eva, creyendo así en lo que
Lucifer quería hacer con el paraíso, con su vida y con la
vida de Adán y de sus descendientes, incluyendo hasta el
mismo Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!, para deshonrar
a Dios, atacando su orgullo divino de Cristo.

Porque el plan de Lucifer era atacar y dañar, en todo lo
posible, a la vida sagrada del Árbol de la vida del reino
celestial, en la vida de muchos ángeles, que no oyeron, ni
menos creyeron en su voz, cuando se rebelo por vez primera en
contra de la vida sagrada, de la Ley Gloriosa del cielo. Por
ende, el plan de Lucifer era hacer de su orgullo propio, el
orgullo del corazón de Adán y de cada uno de sus
descendientes, comenzando con Eva y así el fin eterno seria
para el fruto de la vida, el Señor Jesucristo; y,
presumidamente, así lo logro finalmente por medio de los
labios de la serpiente, del Jardín del Edén.

Pero Lucifer no pudo destruir el orgullo de Dios, porque
jamás verdaderamente había visto ni menos conocido a Dios,
como sólo el Señor Jesucristo le conoce; ni tampoco sabia
Lucifer, quien realmente es (y ha de ser por siempre) el
Señor Jesucristo para Dios y para su vida infinita, en la
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos. Por lo
tanto, Lucifer estaba totalmente equivocado en su corazón
perdido y aun peor con las mentiras de sus labios, también;
es más, su orgullo no venció a Adán ni a ninguno de sus
descendientes, jamás, ni mucho menos al Árbol de la vida, ¡el
Señor Jesucristo!

En la medida en que, nuestro Padre Celestial siempre fue
mucho más sabio que Lucifer y de cada uno de sus seguidores,
sean ángeles caídos u hombres y mujeres viles y mentirosos
del ayer y de siempre, por ejemplo, en toda la tierra.
Además, estas palabras orgullosas, llenas de mentira y de
muerte eterna, dirigidas en contra de Dios y de su Árbol de
vida infinita, hicieron que Eva y a Adán, también, con cada
uno de sus descendientes convirtiesen sus corazones del
orgullo de conocer a Dios, al orgullo perdido del corazón de
Lucifer y de su fruto prohibido.

Y éste orgullo del corazón de Lucifer, fue, en realidad, de
por siempre odiar todo lo que es del fruto de la vida del
Árbol de Dios, el Señor Jesucristo, en el paraíso y por el
resto de toda la creación, incluyendo a la tierra de nuestros
días y de siempre, por ejemplo. Pero la palabra sabia de
nuestro Dios nos dice: Dios resiste a los altaneros, pero da
gracia a los fieles de corazón al nombre sagrado de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo; porque sólo el Señor Jesucristo
es su orgullo personal en su corazón eternamente honrado y
sumamente glorioso, en el cielo y por toda la tierra,
también.

Y éste orgullo de Dios, de su corazón y de su alma santa,
también, estaba con Él, en el día que nos tomo con sus manos
del lodo cenagoso, del mismo polvo de la muerte del mundo,
para alejar al ángel de la muerte de nosotros, con sus
tinieblas, y darnos así entonces, sólo en Él, vida y salud
infinita. Vida y salud infinita, de las cuales jamás dejarían
de ser en cada uno de nosotros, en nuestros millares, en el
paraíso y por toda la tierra, también, si tan sólo comemos y
bebemos por siempre de su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!

Porque sólo el Señor Jesucristo es el orgullo de la vida
infinita en el epicentro del cielo y de cada ángel, arcángel,
serafín, querubín y demás seres santos de la creación de Dios
y de su Espíritu Santo, también, eternamente y para siempre.
Ciertamente nuestro Dios resiste a los altivos y rebeldes al
nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, porque
esto es pecado de desolación y de muerte eterna, a la vez,
para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera.

Por ello, todo orgullo del corazón del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña de la humanidad entera, que no sea el
Señor Jesucristo, es, realmente pecado para nuestro Dios y
para su Espíritu Santo, en la tierra y así también en el
paraíso, eternamente y para siempre. Empero, su gracia
sobreabunda para los que le aman, en el espíritu, en la
verdad y en la justicia infinita, manifestada a Israel y al
mundo entero, en la vida gloriosa y sumamente honrada de su
Árbol de vida, sobre la cima de la roca eterna, en las
afueras de Jerusalén, en Israel, para ponerle fin al orgullo
de Lucifer.

Al orgullo, grande o pequeño, de cualquier hombre, mujer,
niño o niña de la humanidad entera, si tan sólo ora o reza
ante el Padre Celestial, creyendo siempre en su corazón y
confesando con sus labios su nombre maravilloso, ¡el Señor
Jesucristo!, para bendición y para salvación infinita de su
vida, en la tierra y así también en el paraíso. Porque sólo
en el creer y en el confesar la verdad del Padre Celestial,
el nombre sagrado del Señor Jesucristo, es que verdaderamente
hay perdón de pecados, salud y vida eterna, llena de muchas
de las gloriosas bendiciones de los dones sobrenaturales del
Espíritu Santo, para que actúen en sus vidas, desde hoy y por
siempre en la eternidad venidera.

Y esto ha de ser así, en cada uno de ellos, de los hombres,
mujeres, niños y niñas de toda la tierra, sin hacer jamás
excepción de persona alguna, para bendecirlos y llenarlos por
siempre, de la dicha infinita del SEÑOR, del cielo y de la
tierra, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera!
Porque sólo el Señor Jesucristo es el orgullo perfecto del
corazón de Dios, de su Espíritu Santo y de cada ángel,
arcángel, serafín, querubín y demás seres santos del cielo.

Pues así también el Señor Jesucristo es el orgullo y la
gracia perpetua ha restaurar en el corazón de cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, con tan sólo una
oración o un rezo de amor y fe, para que la voluntad de Dios
sea hecha en la tierra así como en el paraíso, para siempre.
Y sólo de esta manera y con una oración de fe, delante de
nuestro Padre Celestial, en el nombre del Señor Jesucristo,
entonces el orgullo bendito, el cual perdieron en el paraíso
Adán y Eva, entonces regresara a cada uno de nosotros, en
nuestros millares, en toda la tierra, para bendición y para
salvación eterna de nuestras vidas.

EL QUE SÉ ORGULLESE EN SU PECADO, SERÁ CASTIGADO, HASTA QUE
SU ORGULLO SEA SÓLO JESUCRISTO

En verdad, para nuestro Padre Celestial todo aquel que se
glorifica a sí mismo, entonces automáticamente será humillado
por culpa de su pecado de rebelión, al nombre sagrado del
Señor Jesucristo; más el que se humilla voluntariamente ante
Él, su Dios Eterno, será enaltecido en su día y sin más
demora alguna, por los dones sobrenaturales de su Espíritu
Santo. Todo orgullo que no sea el Señor Jesucristo, en el
corazón del hombre, es pecado para Dios.

Y esto es algo que Dios ha cambiado con toda su gran obra
sobrehumana en la vida mesiánica de Cristo, desde el paraíso
y hasta nuestros días, en Israel, para que sólo el Señor
Jesucristo sea por siempre el orgullo del corazón del hombre,
de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera,
para siempre. Porque hay poder delante de la presencia de
Dios, para todo aquel que se humilla en su corazón, para
recibir al Señor Jesucristo, como su único y suficiente
salvador del paraíso, en la tierra y en toda su nueva
creación celestial, en el más allá.

En resumidas cuentas, éste salvador de Dios es glorioso y
todopoderoso, en el paraíso y en toda la tierra, también,
para salvaguardar no sólo a Adán y a Eva, sino también a cada
uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad
entera, sin que jamás se pierda nadie. Porque la verdad es
que sólo el orgullo sagrado del nombre del Señor Jesucristo
viviendo en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña,
podrá realmente salvar a la tierra y a su humanidad entera,
también, eternamente y para siempre.

Por cuanto, nuestro Dios es poderoso para con nosotros y toda
la tierra, también, sólo por medio de la fe infinita de
nuestros corazones, centrada en el Señor Jesucristo. Porque
el orgullo del pecado de Adán y Eva, de haber gustado del
fruto prohibido, por las mentiras rebeldes del corazón
perdido de Lucifer, no podrá jamás estar presente delante de
Dios, en el paraíso ni en ningún lugar de la tierra, hasta
que reconozca su terrible error de la fe, de su corazón y de
su alma eterna, también.

Porque sólo el orgullo de haber comido y bebido del fruto de
la vida, el Señor Jesucristo, en el epicentro del paraíso y
de Israel, podrá realmente tener una relación perfecta con su
Dios y sin las mentiras perniciosas de Lucifer en su corazón
y en toda su vida, también, en el paraíso y en la eternidad
venidera, para siempre. Y si el pecado de tu corazón te
enorgullece, entonces debes entender que estás viviendo en un
grave error, el cual te ha de llevar a su lugar eterno, en el
abismo profundo y sin salida del infierno, en donde las almas
perdidas se lamentan diariamente, por no haber gustado del
fruto de la vida de Dios, ¡el Señor Jesucristo!

Y de este terrible lugar de tormento eterno, para el corazón
del hombre pecador, sin el orgullo vivo del Señor Jesucristo,
no se salva nadie, jamás, en esta vida ni en la venidera,
tampoco. Porque el orgullo del pecado y de las mentiras
terribles, llenas de enfermedades, tormentos, terror,
angustias, agonías, desolación, dolor y muerte eterna, reina
aun en los corazones de cada uno de los perdidos del
infierno.

En verdad, estos son, en sus millares, de las almas sin
Cristo en sus vidas, desde la antigüedad y hasta nuestros
días, por ejemplo, de los que jamás reconocieron en sus
corazones, de que el Señor Jesucristo era el enviado especial
de Dios, como su Hijo amado y único posible salvador de sus
almas y de la humanidad entera, también. Por eso, el que se
enaltece en contra del nombre sagrado del Señor Jesucristo,
entonces corre el mismo peligro en su vida, como en la vida
de Lucifer y de Adán en el cielo, por ejemplo.

Bienaventuradamente, Adán tuvo la oportunidad de volver a
recibir a Cristo en su corazón, para perdón de sus pecados;
pero lo tuvo que recibir con clavos y sangre santa en su
cuerpo pecador, para entonces poder cumplir la Ley de Dios y
ver la vida eterna, una vez más, en el paraíso de siempre;
pero no así con Lucifer. Lucifer no podía recibir el cuerpo y
la sangre de Cristo Jesús, Señor y salvador nuestro, con
clavos y sangre santa como Adán y Eva le recibieron en su
gran día, en las afueras de Jerusalén en Israel, para perdón
eterno de su pecado original.

Entonces Lucifer está muerto, desde el comienzo de su primer
pecado de rebelión, en contra de la Ley del paraíso y del
Árbol de la vida, el Señor Jesucristo, para jamás volver a
conocer la paz de la vida santa del reino de los cielos, el
cual siempre fue (y lo será perennemente), el Árbol de la
vida eterna. En realidad, Adán y Eva abandonaron el paraíso
por culpa del orgullo rebelde de sus corazones, de haber
comido del fruto prohibido, para luego matarlo y reemplazarlo
por el verdadero, el orgullo de tener al Señor Jesucristo en
sus vidas, con clavos y con sangre santa, introducidos en sus
cuerpos eternamente y para siempre, para ver la vida en la
eternidad.

Porque está era la única manera, por la cual Adán y Eva
podían realmente volver a vivir el orgullo de ser hijos e
hijas de Dios, por medio de la vida gloriosa y sumamente
honrada del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! viviendo
en sus corazones. Porque sin Jesucristo, Adán y Eva
comprendieron muy bien en sus vidas antiguas del paraíso, que
no sólo no podían quedarse a vivir en el cielo, sino que les
era totalmente imposible comunicarse con su Dios y Hacedor de
sus vidas, como los ángeles lo hacían diariamente, por medio
del Árbol de la vida y sin ningún problema alguno.

Por lo tanto, ambos tuvieron que abandonar la vida santa del
paraíso con su orgullo equivocado de las mentiras de Lucifer,
las cuales habían hecho que ellos mismos pecasen en contra de
la Ley del paraíso, para mal eterno de sus vidas y de cada
uno de sus descendientes, en sus millares, en toda la
creación de Dios. Y la única manera, que Adán y Eva con cada
uno de sus descendientes podrían realmente volver a vivir y a
ver al Creador de sus vidas, como en el paraíso o en la nueva
ciudad celestial del gran rey Mesías, entonces tenían que
haber creído en sus corazones y así confesado con sus labios,
también, al Señor Jesucristo.

Y esta confesión de fe, es, realmente, para el perdón de sus
pecados y la salvación infinita de sus vidas, en la tierra y
en el paraíso, también, eternamente y para siempre. De otra
manera, ninguno de ellos podría jamás volver a vivir la Ley
del paraíso, ni en ningún lugar de la tierra, tampoco, sin
romperla jamás, como el Señor Jesucristo jamás la rompió en
los días de sus vidas por Israel, ni aun en su muerte
agonizante sobre los arboles cruzados de Adán y Eva, para
gloria infinita de Dios.

Entonces Adán fue el primer hombre que quebranto la Ley del
paraíso y, a la vez, fue también el primero en cumplirla, aun
muerto, como madero que recibía a Cristo con clavos en su
cuerpo, para que la gloria y la bendición de la gracia
perpetua de Dios y de su Árbol de vida, entonces salga por
toda la tierra. Es decir, que salga la gracia infinita por
toda la tierra, para bendecir a cada hombre, mujer, niño y
niña, que tan sólo crea en su corazón y así confiese con sus
labios, la salvación perfecta del Señor Jesucristo, para
perdón y para bendición eterna de su nueva vida infinita, en
el nuevo reino de Dios, en el más allá.

Entonces como Adán ya cumplió la Ley del paraíso al recibir
al Señor Jesucristo en su cuerpo, como recibió a Eva en su
quinta costilla, para que se queden con él y así también cada
uno de sus descendientes, en su nueva vida celestial, en el
paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo,
entonces poseemos vida eterna. Y esto es verdad en cada uno
de nosotros, en todos los lugares de la tierra, gracia a la
obra santa y sobrenatural de nuestro Señor Jesucristo delante
de Dios, de su Espíritu Santo, de sus huestes celestiales y
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera;
porque todos somos testigos del triunfo final del Señor
Jesucristo en Israel. Y éste orgullo de saber (y vivir) la
verdad del Señor Jesucristo no nos los quita nadie, porque es
Dios mismo quien lucha por cada uno de nosotros, en todo
momento, y en toda la tierra, también, para defendernos de
todo mal eterno.

Es por eso, que hoy en día las ventanas del reino están
abiertas, para que descienda desde el cielo cada una de tus
muchas bendiciones celestiales y terrenales, de las cuales
Dios mismo ha creado con su palabra y con su nombre santo
para ti. Bendiciones sobrenaturales del más allá, de la
tierra santa del cielo de Dios y de su Árbol de vida eterna,
para ti y para cada uno de los tuyos, también, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, para que no mueras jamás en tu
orgullo equivocado, sino que vivas por siempre con el orgullo
de Dios en tu corazón.

Y esto es de que sólo su Hijo amado, el Señor Jesucristo, es
el SEÑOR y orgullo perfecto del paraíso y de la tierra de
nuestros días, para gloria y para honra de su nombre santo,
eternamente y para siempre, en su nueva vida infinita de su
nuevo reino celestial, de ángeles santos y de su nueva
humanidad eterna, naturalmente. En concreto, el orgullo del
fruto prohibido mato a Adán y a Eva con cada uno de sus
descendientes; pero el orgullo de la verdad, la justicia y la
santidad perfecta de nuestro Señor Jesucristo viviendo en
nuestros corazones, desde hoy mismo nos da vida en abundancia
cada día y por los siglos de los siglos en la eternidad
venidera.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.



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