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Antiguo 22-09-2007, 13:26:37
valarezo
 
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Predeterminado (IVÁN): SANTIFICADOS PARA ALABAR EL

Sábado, 22 de septiembre, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


SANTIFICADOS PARA ALABAR EL NOMBRE DEL SEÑOR EN LA ETERNIDAD

Sólo nuestro Padre Celestial «confortará nuestros corazones y nuestras
almas infinitas», por tanto, nos guiará por sendas de justicia día y
noche en la tierra y en el paraíso «por amor a su nombre noble», el
cual vive en perfecta santidad en el corazón muy santo de su Hijo
amado, nuestro único y suficiente salvador de nuestras vidas,
¡Jesucristo! Entonces el nombre de nuestro Dios «es muy santo y jamás
ha sido tocado por el pecado del ángel rebelde ni por el pecador del
paraíso», desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo; es
más, el nombre de nuestro Dios «jamás ha visto la luz del nuevo díade
nuestra resurrección», desde que vive en el corazón de Cristo.

Y este nuevo día de nuestra resurrección de entre la tierra, «el
nombre de nuestro Padre Celestial lo ha de ver por vez primera»,
cuando comience a vivir en nuestros corazones, allá en la gloria, es
decir, cuando recibamos nuestros corazones, nuestros cuerpos y nuestra
sangre santa (todo de Cristo) para «comenzar a vivir nuestras vidas
normales», en el paraíso. Porque en este día nuevo de la eternidad,
cada uno de todos nosotros ha de ser igual que el Señor Jesucristo, es
decir, igual que el Árbol de la vida eterna. Y esto ha de ser así, tal
como nuestro Dios los soñó, cuando nos formo en sus manos santas, y
cuando llevo a Adán de la mano al pie del Árbol de la vida, para que
coma y beba de él y sea como él, eternamente y para siempre, por el
poder de su nombre muy santo.

De hecho, éste nombre muy santo de nuestro Padre Celestial «ha sido
guardado por nuestro Señor Jesucristo» desde los primeros días de la
antigüedad y hasta nuestros días «en perfecta santidad», por amor no
sólo a Dios, a los ángeles del cielo, sino también por (amor a) cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con
Adán. Porque éste nombre de nuestro Dios «es tanto del hombre, como de
Dios y de su Espíritu Santo», es decir, «que el nombre de nuestro
Creador es tanto (o parte) de nosotros, como lo es de Dios y de su
Espíritu Santo», por ejemplo, en el cielo y en toda la creación, para
siempre.

Ya que, «hemos salido al paraíso y al mundo por él», es decir,
también, que hemos salido de Dios y por amor a su nombre santo: «para
vivir y gozar por siempre la nueva vida infinita del nuevo reino de
los cielos», desde nuestros días de vida en la tierra y hasta aún más
allá de la nueva eternidad venidera. Por lo tanto, «nuestro Señor
Jesucristo es tan importante en nuestras vidas, como lo ha sido
siempre Dios y su nombre muy santo, por ejemplo», en el paraíso y en
la tierra para posteriormente entrar a la nueva vida infinita.

Porque la verdad es que «nosotros vivimos en el paraíso, en la tierra
y en La Nueva Jerusalén del cielo, por amor y por justicia infinita al
nombre prehistórico de nuestro Padre Celestial», el cual «viene a
nosotros día y noche en el corazón de nuestro salvador Jesucristo» (el
altar muy sagrado y perfecto de Dios y de su Espíritu). Porque la
verdad es también que «nuestro Señor Jesucristo no sólo es el salvador
de ángeles del cielo, del hombre del paraíso y de toda la tierra, sino
también del nombre sagrado de nuestro Padre Celestial», para entrar
libre de la mancha del pecado a la nueva felicidad infinita, del nuevo
reino celestial.

Además, «nuestro Dios ha hecho así con su nombre sagrado, en el
corazón de su Jesucristo, porque desea que llegue a tu corazón» y se
instale infinitamente en su perfecta santidad y libre de cualquier mal
o contaminación alguna del más allá, «para vivir la eternidad contigo
y con los tuyos», en su nueva vida de su nuevo reino venidero. Porque
después de la vida del hombre en la tierra, entonces «hay una vida
mejor y muy gloriosa, por cierto, en el paraíso y en la Nueva
Jerusalén Celestial Santa e Infinita del gran rey Mesías de todos los
tiempos», nuestro Señor Jesucristo (el altar muy santo e infinitamente
perfecto para nuestras nuevas vidas del nuevo cielo eternal).

Y esta nueva vida infinita de su nuevo reino celestial «es la misma
vida de su Árbol de vida eterna», para ángeles del cielo y para cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera: «de los que hayan
creído en sus corazones y confesado con sus labios el nombre sagrado
de su Hijo», ¡nuestro único salvador Jesucristo! Porque cuando se
confiesa el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo, entonces
«realmente estamos confesando el nombre prehistórico de nuestro Padre
Celestial», el cual anhela día y noche estar ya instalado en nuestros
corazones, como lo ha estado desde siempre en el corazón del Señor
Jesucristo, por ejemplo.

Ni más ni menos que, cuando el nombre antiguo de nuestro Padre
Celestial llegue a tu corazón, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, entonces «ha de ser sólo por medio del Espíritu de fe, de
nuestro Señor Jesucristo, mientras vivas en la tierra y creas en él»,
en tu corazón y en toda tu vida terrenal y espiritual, también. Porque
sólo el Mesías «es el único que realmente puede entregarte el nombre
sagrado de nuestro Padre Celestial en perfecta santidad», para que
comience a vivir en tu corazón y en tu nueva vida infinita del nuevo
reino celestial; de otra manera, «jamás llegara a ti el nombre sagrado
de nuestro Padre Celestial, para vivir tu nueva vida eternal».

Y esto ha de ser así «para vivir infinitamente contigo y con los
tuyos, también», en el paraíso o en La Nueva Jerusalén Santa y Eterna
del más allá, por ejemplo, «para complacer por siempre en toda
justicia el corazón y el alma muy santa del Fundador de nuestras
vidas», ¡el único Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Y
cuando nosotros lleguemos «a éste nuevo día largo y eterno de nuestros
corazones y de nuestras almas vivientes, delante de Dios y de su Hijo
amado, entonces realmente comenzaremos a vivir nuestros días largos y
sin fin», por las cuales fuimos creados en el principio en las manos
de nuestro Dios, por amor y justicia a su nombre sagrado.

Y, entonces, «seremos felices infinitamente en nuestra nueva vida
infinita», desde aquel día en adelante, «porque el nombre sagrado y
prehistórico de nuestro Creador habrá llegado por fin a su lugar», al
corazón no sólo de Dios, de ángeles fieles, del Espíritu Santo, sino
también de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
para vivir la eternidad. En verdad, «nosotros comenzaremos a conocer
la felicidad celestial, tal como nuestro Dios y su Hijo amado siempre
la han conocido desde los primeros días de la antigüedad y hasta
nuestros días, por ejemplo», porque el nombre sagrado de nuestro
Creador habrá llegado a su parada final en nuestras almas, «para jamás
volverse alejar de nosotros», en la eternidad venidera.

Más aún, el nombre sagrado de nuestro Dios «no se alejara de nosotros
jamás, porque es la nueva morada de santidad y de perfección infinita
que nuestro Padre Celestial ha creado para él», para la nueva vida
celestial e infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Eternal, del nuevo
reino de los cielos, tal como nuestro Dios lo soñó siempre. Y el
nombre sagrado de nuestro Dios «ha de vivir en cada uno de nuestros
corazones, como ha vivido desde siempre en el corazón del Señor
Jesucristo, porque es Omnipresente» (asimismo como nuestro Creador es
Omnipresente, por ejemplo, en el cielo, en la tierra y en toda la
inmensidad).

Encima de todo, «todo esto Dios hace por cada uno de nosotros», por
medio de su Jesucristo, «porque su nombre santo nos ama, nos necesita
y nos llama para vivir en perfecta felicidad y gloria sin igual», para
alcanzar nuevas glorias y nuevas honras para nuestro Creador, sólo por
medio del amor eternal de su Hijo amado, nuestro Cristo Celestial. En
realidad, «el nombre prehistórico de nuestro Dios nos conoce muy bien,
de pies a cabeza, por dentro y por fuera, desde nuestros días de
tinieblas debajo de la tierra y hasta que la luz de Dios viene a cada
uno de nosotros», en nuestros millares, de todas las razas, familias,
linajes, naciones, pueblos y reinos, «para despertarnos en Cristo».

Y, además, «el nombre de nuestro Dios anhela día y noche estar ya
viviendo en nuestros corazones glorificados, santificados y redimidos
por la sangre de la vida gloriosa y sumamente honrada del Árbol de la
vida», el Hijo amado de Dios, nuestro único salvador Jesucristo del
paraíso, de la tierra y para la nueva vida infinita del cielo. Y
«hasta que éste día no llegue a nosotros y al nombre muy santo de
nuestro Dios, entonces nuestros corazones no conocerán jamás lo que
realmente es vivir la vida», por la cual nuestro Creador nos llamo
desde las profundas tinieblas de la tierra, para ser transformados en
sus manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza celestial.

Es por esta razón, «que el nombre santísimo de nuestro Señor
Jesucristo es muy importante que entre y viva en nuestros corazones y
en nuestros espíritus y en nuestros cuerpos humanos», para gloria y
para honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos,
desde hoy en adelante y hasta aún más allá de la eternidad venidera,
también. Es por eso, que «nuestro Padre Celestial nos ha llamado,
desde las profundas tinieblas de la tierra y hasta que despertamos en
sus manos santas en el cielo y en la sangre viviente de nuestro Señor
Jesucristo, para que seamos santificados», santificados ya «para
recibir su nombre primitivo en nuestros corazones, desde ahora y para
la nueva eternidad celestial».

De otra manera, «nuestro Padre Celestial no podrá jamás comenzar a
vivir su nueva vida infinita», en sus nuevas tierras y con nuevos
cielos, como su Nueva Jerusalén Celestial, por ejemplo, «para sus
ángeles y para su humanidad infinita transformada a la vida eterna del
Árbol de la vida, por el espíritu de fe, de su nombre muy glorioso».
Es por eso, que «nuestro Dios ha esperado por ti», desde mucho tiempo
atrás, desde mucho antes que comenzasen todas las cosas en su vida y
en la vida de sus seres muy santos del cielo, por ejemplo, para que
vivas y le sirvas a él, por medio de su nombre santísimo, en tu
corazón y en tu alma infinita.

Y, hoy en día, «nuestro Padre Celestial desea mucho en su corazón
sagrado», como en el principio de todas las cosas del más allá, «de
acercarse a ti, por medio de su Jesucristo, para confortar tu alma y
guiarte desde ahora por senderos de justicia, derecho y de santidad
infinita», por amor y por rectitud a su nombre muy santo. Porque «sólo
la verdad y la justicia al derecho de su nombre santo y de cada uno de
sus seres muy amados», como ángeles del cielo y como hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, «vivirán infinitamente con él en
perfecta gloria, paz y armonía entre todos», en la nueva vida infinita
de su nuevo reino celestial.

Y «nuestro Dios hace todo este bien por cada uno de nosotros», en
nuestros millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de toda la tierra, «por amor al espíritu de la gracia infinita
de su Árbol de vida eterna», su Hijo amado, ¡nuestro Señor y salvador
celestial, Jesucristo! Pues entonces «sigamos a Jesucristo paso a paso
por nuestro andar en la tierra» para posteriormente encontrarnos
caminando por los senderos de verdad, de justicia y de derecho
celestial de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos,
para finalmente complacer su voluntad muy santa en nuestros corazones
y en nuestras vidas infinitas del cielo y la tierra.

Pues «por afecto personal a su nombre santísimo, de paso, entonces
nuestro Dios nos guiara directamente al Mesías día y noche y hasta que
nos encontremos cara a cara con Él», ya sea en la tierra o en el
paraíso por cumplimiento, por romance, por respecto: «por amor a su
espíritu de gracia celestial e infinita, en nuestros corazones
eternos». De ello, «sí creen en el Espíritu de la gracia de Cristo,
entonces también crean en su santidad infinita para sus corazones y
para sus almas vivientes», para que algún día no muy lejano, entonces
«el nombre primitivo de nuestro Padre Celestial también, encuentre su
morada santa en sus corazones», como la encontró en el corazón de
nuestro Señor Jesucristo. ¡Amén!

ASÍ COMO CREEN EN LA GRACIA DE CRISTO, ASÍMISMO CREAN EN SU
SANTIFICACIÓN CELESTIAL

Es por esta razón, que «es muy bueno que cada uno de todos ustedes»,
mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, en sus millares, de
todas las familias, linajes, tribus, pueblos y reinos de toda la
tierra, entonces «crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro
Señor y Salvador Jesucristo», a partir de ahora en adelante. Pues a Él
sea la gloria en sus corazones y en sus espíritus humanos ahora y
hasta el día de la eternidad.

Si, «así sea en cada uno de ustedes», en todos los rincones de la
tierra, «por amor al nombre muy santo y prehistórico de nuestro Padre
Celestial y de su Espíritu Santo» que viven infinitamente en los
cielos. Porque «sólo nuestro Padre Celestial podrá realmente ser
glorificado» en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, «si
es que creemos en su Hijo amado y alabamos su nombre santificador y
salvador con nuestros labios», como en el mundo peligroso en el cual
vivimos, lleno de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles
caídos, por ejemplo.

Y digo mundo peligroso, en donde vivimos para cada uno de nosotros,
«porque sí éste mundo fue peligroso para nuestro Señor Jesucristo y
para sus apóstoles, pues también, lo será para cada uno de ustedes»: y
aún peor si no se comunican con él en el secreto de sus corazones
eternos, por ejemplo, «en oración y en su espíritu de fe». Por eso,en
su día, el Señor Jesucristo les declaro abiertamente a sus apóstoles y
discípulos, diciéndoles: - «No teman ningún mal del mundo y al enemigo
de sus almas eternas, porque yo he triunfado sobre el mundo y sus
profundas tinieblas.

Pues en el mundo tendrán aflicciones, pero no teman, porque yo he
dominado con maestría al mundo entero y cada uno de todos sus males,
como de los que suelen afligir sus vidas día a día o por pura
casualidad y hasta hacerles males terribles a sus corazones y a sus
cuerpos humanos, por ejemplo. Sólo en mí hay santidad y vida infinita,
pues crean en mí todos ustedes en la tierra, para que sean santos para
su Dios y para su nombre todopoderoso y así entonces entren a la vida
eterna del nuevo reino de los cielos, en el más allá, y jamás vuelvan
a salir de él, por culpa del mal del pecado».

Entonces «no más alaben el nombre sagrado de su Dios en Jesucristo»,
mis estimados hermanos: «porque esto es justo y verdadero para él,
para gloria y para honra de su nueva vida infinita», no sólo en la
tierra, sino también en la nueva tierra y con nuevos cielos venideros
de la nueva eternidad celestial, de Dios y de sus nuevas cosas. Porque
«así como el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su Hijo
amado son eternos, pues así también nuestras oraciones, nuestros
ruegos, nuestros rezos, nuestras intercesiones, nuestras exaltaciones,
nuestros pedidos y nuestras alabanzas (son eternos igual) para la
nueva eternidad venidera», del nuevo reino celestial.

Porque «todo lo que hagamos en la tierra», en nuestros corazones y en
nuestras vidas humanas, entonces «nos seguirán por siempre», en el más
allá (y esto no lo duden jamás en sus corazones, mis estimados
hermanos y mis estimadas hermanas). Es decir, que «sí regresemos al
paraíso entonces hay estarán todas nuestras palabras y nuestras obras
hechas en el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo, para gloria y
para honra infinita de nuestro Dios y de su nombre sumamente santo».

Nuestro Padre Celestial «no oirá jamás ninguna de nuestras malas
palabras y así también jamás vera ninguna de nuestras malas obras, en
sus millares», de todas de las que hayamos hecho en nuestras vidas,
«porque la sangre y por la misma vida de nuestro salvador Jesucristo
nos habrán limpiado, purificado y santificado del mal de cada una de
ellas» infinitamente. Pero «si no hemos creído en la obra bendita de
nuestro Creador», es decir, «creer en el nacimiento, vida,
crucifixión, muerte y resurrección de su Hijo amado en Israel»,
entonces «también nuestras palabras y nuestras obras han de estar con
nosotros», en el bajo mundo de las almas perdidas, en el infierno,
«para esperar por el juicio final de Dios».

Porque todas las cosas (sean buenas o malas) «han de ser juzgadas por
nuestro Dios», en la tierra y en el más allá, también, por amor y por
justicia infinita y sin igual a su nombre muy santo. Y «en el cielo
habrá un tribunal conclusivo», para los que creen en el Señor
Jesucristo, pero no para condenación, sino «para recompensar cada una
de las buenas palabras y de las buenas obras de sus hijos e hijas,
para la eternidad venidera del nuevo reino celestial»: gracias a la
sangre de nuestro salvador del paraíso, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque nadie será salvo delante de Dios por sus obras, sino por las
palabras y por las obras de nuestro Árbol de vida eterna, ¡nuestro
salvador Jesucristo!

Es decir, que «cada uno de nosotros ha de recibir de nuestro Padre
Celestial nuestra justa bendición y mucho más también», por lo que
hayamos hecho en nuestras vidas por la tierra, para gloria de su
nombre santo, en el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo. Al fin del juicio de todas las cosas, «unos tendrán más
que otros», todo depende de lo que hayan hecho con sus vidas, «sólo en
el nombre sagrado del Señor Jesucristo, para gloria y para honra
eternal de nuestro Dios y de su nombre muy santo» (el cual existe
desde siempre, desde la eternidad y hasta la nueva eternidad
venidera).

Y así también «con todos los que no han creído en el Señor Jesucristo,
sus palabras y sus obras los seguirán en el más allá, pero en el día
del juicio final de todas sus cosas, entonces serán encontrados
culpables», porque no tiene defensa alguna para librarlos de sus
propios pecados de siempre; «Cristo no estará con ellos, para
defenderlos». En verdad, «éste será un día terrible y de condenación
eterna», para cada uno de todos los pecadores y pecadoras de todas las
generaciones del mundo entero, «como de los que no hayan vivido para
Dios en la tierra, por medio del Espíritu de fe y de bendición eterna,
de nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo».

Y «nuestro Padre Celestial juzgara a cada uno de los pecadores y
pecadoras de toda la vida de la tierra, por amor y por justicia
infinita a su nombre muy santo», el cual ha vivido por siempre y en
perfecta santidad en el corazón de su Árbol de la vida, su Hijo, ¡el
único Mesías del paraíso y de Israel! Es por eso, que «nuestro Padre
Celestial ha llamado a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera», sin hacer excepción de persona alguna, «de la misma manera
que llamo a sus ángeles fieles del cielo», desde la antigüedad, «ha
crecer únicamente en el conocimiento de su Árbol de vida eterna», su
Hijo amado, ¡el Mesías del paraíso! Porque el creer en el Señor
Jesucristo es realmente creer en su nombre muy santo, su primer nombre
prehistórico e infinitamente honrado.

Además, «sólo en creer y vivir en el Espíritu del Mesías es que
realmente va a crecer cada uno de nosotros», en nuestros millares, en
toda la tierra, «en la gracia salvadora de la vida eterna de Dios y de
sus huestes angelicales», como en el paraíso y como en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. Y «esto significa
que los dones del Espíritu Santo han de estar obrando día y noche y
por siempre en nuestras vidas», no sólo para protegernos del mal del
enemigo, «sino para colmarnos de muchos bienes de milagros, maravillas
y prodigios en los cielos y en la tierra, para gloria de Dios y de su
nombre santo, en nuestras vidas».

Y nuestro Dios «ha de hacer todas estas maravillosas glorias en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes», porque nos ha
llamado desde más allá de la fundación del cielo y de la tierra, «ha
crecer en el espíritu de la gracia infinita de su Árbol de vida
eterna», su Hijo amado, nuestro único salvador celestial, para su
nombre santo. Y «para comenzar a crecer en el espíritu de la gracia
salvadora e infinita», de nuestro fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, entonces «tenemos que simplemente comenzar a creer en él
en nuestros corazones y a confesar con nuestros labios su nombre»,
cada vez que oremos a nuestro Dios, «para pedirle cualquier ayuda
celestial, para bien de nuestras vidas».

Entonces hagamos de nuestros corazones un hogar más para el nombre
sagrado de nuestro Padre Celestial, tal como él siempre lo ha deseado
así en nuestros corazones, y el cual viene día y noche hacia cada uno
de nosotros, en toda la tierra, por el poder sobrenatural del Espíritu
de fe, de la palabra viva de su evangelio eterno. Y éste evangelio
eterno de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es nuestra única
verdad, nuestra justicia y nuestra santificación perfecta, en la
tierra y en el cielo, para nuestras oraciones hechas a nuestro Dios,
en el nombre mediador de su Hijo amado, nuestro Jesucristo, para
sanidad, paz y salvación infinita de nuestras almas eternas, en toda
la tierra. ¡Amén!

(Los dos siguientes libros les ayudaran a entender más la necesidad de
nuestro Padre Celestial de hacer de (o convertir) sus corazones, mis
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, en un templo más para su
nombre muy santo, en la tierra y en la eternidad venidera, por medio
de su gran rey Mesías, ¡nuestro único Cristo del paraíso, el Hijo de
Dios!)


Libro 169


DECLARADO SANTO PARA DIOS

Somos santos, por inicio divino, desde mucho antes de la creación del
reino de los cielos y de toda la tierra y con todas sus cosas,
también. Porque nuestro Padre Celestial nos forma en su corazón y
luego en sus manos sagradas, "para ser santos" para su nombre
infinitamente sobrenatural y sumamente glorioso en nuestros corazones,
en la tierra y para la eternidad venidera.

Por lo tanto, en el día de nuestra formación, primero Adán y luego
cada uno de nosotros hasta el último hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera, fue creado para ser «tan santo y tan honrado»
delante de Dios, como su Hijo amado, el Señor Jesucristo y como su
Espíritu Santo con todas sus huestes angelicales del reino. En el día
de nuestra creación, «Dios no encontró mancha alguna» en nuestros
corazones, ni en nuestras almas, ni en nuestros cuerpos humanos, sino
que «éramos completamente puros y santos, listos para alcanzar nuevas
glorias infinitas», para él y para su nueva vida celestial.

Es por eso, que Dios «examina» muy bien la obra de sus manos
sagradas», cada vez que formaba un hombre, o una mujer, un niño o una
niña, «y vio que era bueno y muy santo», a la vez, para gloria de su
nombre sagrado, eternamente y para siempre. En éste día, «Dios mismo
te conoció como su hijo o como su hija», y no encontró ningún mal, ni
ningún pecado en todo tu corazón y en todo tu cuerpo espiritual y
corporal; en verdad, eras perfecto y glorioso en las manos de Dios, de
su Espíritu Santo y de su Hijo, en el día de tu formación celestial.

«Todo era gloria y felicidad celestial en tu vida», mi estimado
hermano y mi estimada hermana, hasta que la mentira de Lucifer llega a
tu corazón, no tanto al corazón de Adán, sino a tu mismo corazón y
alma viviente, para destruirte: alejándote de tu Creador y salvador
único e infinito de tu vida delante de Dios, nuestro Señor Jesucristo.
«La mentira llega a nosotros y con sus muchas tinieblas del más allá»,
como del mundo perdido de los muertos, «porque Lucifer podía entrar al
paraíso», como cualquier ángel del cielo, ya que había vivido con
ellos y con Dios, también, por mucho tiempo.

Entonces «nadie impidió» que Lucifer se acercase a Adán, sino sólo la
palabra del SEÑOR. Pero Lucifer sabía muy bien como darle vuelta a la
palabra de Dios, con la serpiente para finalmente y con astucia
acercarse no sólo a Adán sino también a Eva y cada uno de sus
descendientes, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra,
también, como sucede hoy en día en la vida de muchos, por ejemplo.

Y Lucifer hizo todo este mal terrible, «para que su lengua destruya»
todo lo que es de Dios; es decir, para que la mentira que destruyo a
muchos ángeles del cielo, entonces también «destruya a mucha gente»,
comenzando con Adán y Eva y hasta tocar tu propia vida, como en días
recientes, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Porque si
Lucifer no pudo destruir a Dios, ni a su Hijo amado, el fruto del
Árbol de la vida, cuando tuvo la oportunidad de hacerlo así en el
reino de los cielos, «entonces te destruiría a ti», para que de una
manera u otra «alcanzar a hacerle daño a Él y a su Hijo amado»,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Además, es por eso, que muchos males han llegado a tu vida, de una
manera u otra «para hacerte todo el mal posible en tu vida y en la
vida de los tuyos, también», para que niegues a Dios y a su Hijo amado
en tu corazón, y «entonces así mueras en las tinieblas de sus
mentiras», para siempre. Pero el plan de Dios «de volverte a dar vida
en abundancia es firme», no sólo en la tierra, sino también en su
nuevo reino celestial, como en el paraíso, como en La Nueva Jerusalén
Santa y Perfecta del cielo.

Y, es por esta razón, que nuestro Padre Celestial «lucha día y noche
por la santidad infinita de tu alma», la cual la preserva, muy bien
guardada, como su mismo nombre sagrado en el altar sagrado del corazón
de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. Porque nuestro Señor
Jesucristo «no sólo es el Árbol de la vida, sino también es el Templo
para salvaguardar de todo mal: el nombre sagrado de nuestro Padre
Celestial y la vida santísima de sus ángeles y de su humanidad
infinita, en el cielo y en la tierra, también», eternamente y para
siempre.

Entonces «nuestra santidad celestial e infinita» de nuestras nuevas
vidas eternales, en la tierra y en el paraíso: «está salvaguardada con
el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial en el corazón y en la
sangre bendita de su Hijo amado», nuestro Señor Jesucristo. Es por
esta razón, que «la sangre del Señor Jesucristo tenia que ser
derramada sobre la cima de la roca eterna de Dios», en las afueras de
Jerusalén, en Israel, «para que el nombre y su santidad infinita se
riegue por toda la tierra», para tocarte a ti y a los tuyos, como hoy
mismo y como siempre, por ejemplo.

Para que «el espíritu del nombre de nuestro Dios derrame más de su
misericordia infinita», para perdonar y sanar, para bendecir y dar
vida en abundancia a los que viven en la tierra y para los que viven
en el polvo de la tierra, como de los que fueron y de los que han de
ser en las generaciones venideras. Y «el espíritu del nombre de
nuestro Padre Celestial» que ha existido en perfecta santidad, en el
corazón de su Hijo amado, desde los primeros días de la antigüedad y
hasta nuestros días: «va por todo el mundo», por los poderes del
evangelio infinito, «para declarar que todos son santos en él»,
gracias a nuestro Señor Jesucristo, ¡el Mesías Divino!

Y sí, hoy en día, el nombre bendito y sumamente milagroso de nuestro
salvador Jesucristo ha entrado en tu corazón y en tu hogar, por
ejemplo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, ha sido por
voluntad perfecta de nuestro Dios, «para recordarte que tú has salido
de su corazón y de su alma santísima», por lo tanto, «eres santo».
«Eres santo para su nueva gloria infinita», en la tierra y en su Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo: «para que vivas con él y con sus
huestes angelicales», siempre gozando día y noche de las bendiciones
de la nueva existencia celestial e infinita, de su único y gran reino
colosal del más allá.

Entonces si Lucifer te ha vuelto a mentir, «ha sido para hacerte
creer» que tú no has descendido del cielo, del corazón, de la mente,
de las fuerzas, del alma, de la vida y del Espíritu de Dios, sino de
algún animal salvaje de la tierra, como del mono por ejemplo. Y
Lucifer te miente así a tu corazón y a toda tu alma viviente, también,
«para que jamás retornes a tu lugar de origen», como de tus primeros
pasos, y «en donde por vez primera respiraste vida», la misma vida de
Dios y del reino de los cielos.

Es por eso, que tu corazón, tu alma y todo tu cuerpo espiritual y
corporal «no conocen ninguna otra vida» en todos los lugares de la
tierra, «que no sea la del cielo», como la de su Hijo amado, por
ejemplo, ¡el único Árbol de la vida eterna! En verdad, «Lucifer sólo
quiere que tú desciendas aún más abajo de la tierra», como al mundode
los muertos, «en donde habitan las almas perdidas de los antiguos»,
por no haberle creído jamás en sus corazones, ni confesaron con sus
labios su nombre sagrado, por medio del espíritu de fe, el nombre
glorioso de su Hijo amado, ¡nuestro Jesucristo!

Pues todos ellos están muertos, «porque las mentiras y calumnias de
Lucifer», como quieran que hayan llegado a sus vidas, si las creyeron
o no, «aún los siguen destruyendo, los siguen matando», y no dejaran
de atormentarlos día y noche por los siglos de los siglos, hasta que
no quede nada de ellos, para siempre. «Pero los que han creído a Dios
y a su declaración infinita de que son santos», para su corazón
sagrado, para su alma bendita, para su Espíritu Santo y para sus manos
gloriosas: «entonces viven desde ya».

«Viven eternamente» desde el momento que creyeron en sus corazones y
confesaron con sus labios su nombre sagrado e infinitamente salvador,
no sólo en la tierra, sino también en el paraíso y en la nueva vida
celestial de La Nueva Jerusalén de Dios y de su gran rey Mesías, ¡el
Cristo! Por eso, «el que ama a su Dios y Creador de su vida» en la
tierra y en la eternidad venidera: «entonces también ama a su fruto de
vida eternal», a su Hijo amado, nuestro salvador celestial, ¡el Señor
Jesucristo y su sangre sumamente milagrosa!

Es decir, «que el que ama a su Dios y Creador de su vida», por medio
del espíritu de fe, del nombre glorioso de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, «entonces su nombre es escrito en el reino de los cielos»,
por los ángeles. Y «el nombre» de aquel hombre, mujer, niño y niña de
la fe, del Señor Jesucristo «es escrito en el libro de la vida»,
porque día y noche el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo «lo
declara santo, santo e infinitamente santo delante de Dios», de su
Espíritu Santo y de sus huestes angelicales del reino de los cielos.

Por ello, «sólo la sangre del Señor Jesucristo clama por ti» día y
noche delante del altar de Dios, «y más no ha dejado de clamar por ti,
tampoco», desde el día de tu creación en las manos de Dios, en el
cielo y hasta nuestros días, para que despiertes a una vida mejor y
sumamente gloriosa, sólo en Cristo. Es por esta razón, que nuestro
Padre Celestial te ha entregado a su Hijo amado y con toda su santidad
perfecta, también, para que seas declarado santo y digno para creer en
su nombre sagrado e invocarlo con tus labios, en la tierra y en el
paraíso, también, eternamente y para siempre. Porque «sólo Jesucristo
es tu santidad perfecta y nada más», para alcanzar el perdón, sanidad,
bendiciones y la vida eterna con sus muchas riquezas de glorias
infinitas, desde hoy mismo y para la eternidad venidera.

SÓLO LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO NOS LIBRA DEL PECADO

Nuestro Padre Celestial «habla de nosotros» día y noche a sus ángeles
y a sus diversos seres muy santos que lo rodean, desde siempre para
honrar su nombre sagrado y muy glorioso, en todos los lugares del
reino de los cielos. Y «él mismo les confiesa que somos santos», por
la fe infinita que siente por la obra suprema de su Hijo amado y,
además, por que nos ha formado en sus manos santas para gloria de su
nombre eterno, en el paraíso, en la tierra y así también para su nueva
vida venidera, de su nuevo reino celestial.

Y «ésta santidad», por la cual nuestro Padre Celestial siempre habla
de cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias
de la tierra y delante de sus miles de ángeles «es sumamente perfecta
e infinitamente gloriosa», como la santidad de su Hijo amado, ni más
ni menos, «el fruto del Árbol de la vida eterna del cielo». Y «como
ésta santidad celestial no hay otra igual», en el cielo con sus
ángeles, ni en la tierra con sus hijos e hijas, de todos ellos, de
todas las razas, pueblos, linajes y reinos, de los cuales invocan su
nombre sagrado día y noche entre las naciones de la tierra.

Porque desde el día que Adán peca delante de Dios, al no comer de su
fruto de vida eterna, «entonces la sangre» de corderos, de machos
cabríos, de ovejas y de toros «no ha dejado de correr por toda la
tierra, para santificar la vida del hombre» y de todas las cosas de
Dios. Como por ejemplo, «declarar sagrado y libre de contaminación de
pecado infinitamente» cada uno de los utensilios de los lugares santos
y del lugar santísimo del Tabernáculo celestial y terrenal, visitado
una vez al año por el sacerdote humano en oficio, del año en curso,
como en los días de la antigüedad de Israel, en el desierto de
Egipto.

Y «por el sacrificio» de animales y de sus sangres que se derramaban
por la tierra, desde el altar del SEÑOR «nos llamo santos para él y
para su nueva vida infinita del nuevo reino venidero», en el más allá,
pues entonces por la misma sangre eterna de su Hijo amado: ¡Cuánto más
somos santos, desde hoy mismo en adelante! En verdad: ¡cuánto más la
sangre del Señor Jesucristo, quien mediante el Espíritu de la misma
vida eterna se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, sobre los árboles
cruzados de Adán y Eva, sobre la roca eterna en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para limpiar nuestras mentes de las obras
muertas para servir al Dios del cielo!

Entonces «somos limpios y libres» de los males de las mentiras y de
las maldades terribles del pecado de Lucifer y de sus ángeles caídos,
«por los poderes sobrenaturales de la sangre del Cordero», el Hijo de
David, el Mesías, para servirle a nuestro Dios en el espíritu y en la
verdad de la santidad de su misma voluntad perfecta. Por lo tanto, «es
la misma sangre sagrada del Señor Jesucristo»» y no la de machos
cabríos, ovejas, vacas, toros y demás animales de sacrificio, «la que
nos limpia del pecado y de los mismos poderes de la muerte del más
allá», como del infierno y del lago de fuego, por ejemplo, para
entonces vivir infinitamente desde hoy para Dios.

Realmente, «somos santos» para nuestro Creador: «porque esa misma
sangre derramada» sobre los árboles cruzados de Adán y Eva, sobre la
cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel: «aún
vive», lo creas o no en la tierra y en el paraíso, para bien de muchos
y para gloria de Dios sobre las tinieblas del enemigo. Es más, «la
sangre del pacto eterno no ha muerto, ni morirá jamás», por lo tanto,
«aún vive por nosotros» mucho más que antes y con mayores bendiciones
de glorias y de santidades perfectas, por amor al Mesías y a nuestro
Padre Celestial que están en los cielos.

Porque «cada uno de los sacrificios de sangre que Adán», como Abel su
hijo y todos los demás, en sus millares, en muchos lugares de la
tierra, «ofreció a Dios para perdón de sus pecados»», fue realmente
«símbolo de la misma sangre del Señor Jesucristo», para perdón de
pecados y para la eternidad venidera del nuevo reino celestial. Es
decir, también, que «cada sacrificio de sangre ofrecido» por el hombre
para cubrir sus pecados, faltas y culpas, «era símbolo o en lugar del
mismo espirito de vida eterna de la misma sangre viviente del Cordero
Escogido de Dios», nuestro salvador delante de Dios, en el paraíso, en
la tierra y en el nuevo reino venidero, ¡el Señor Jesucristo!

Declaración de santidad celestial y firme: «Toda sangre derramada
sobre los altares del SEÑOR», en todos los lugares de la tierra, «era
símbolo perfecto de la sangre que nuestro Señor Jesucristo» derramaría
en su día y sin más tardar sobre los árboles cruzados de Adán y Eva,
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén. Porque
«todo lo que Dios ha hecho» en el cielo y en la tierra con el hombre,
como con su Hijo amado en Israel y en las afueras de Jerusalén, «ha
sido para establecer la nueva vida infinita» de La Nueva Jerusalén
Celestial y de la Ley de Dios y de Moisés, en el nuevo reino
venidero.

En otras palabras, «todo lo hizo nuestro Señor Jesucristo» por amor
infinito a nuestro Padre Celestial que está en los cielos y por cada
uno de sus ángeles, hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, «para por fin darle vida inmortal» al espíritu de la Ley
Eternal y a La Nueva Jerusalén Santa e infinitamente y perfecta del
cielo. Es por eso, que cada uno de nosotros «ha sido declarado por
está misma sangre» y no por ninguna otra (sangre) en la misma tierra
de Israel: «Santos para nuestro Padre Celestial, para su Ley y para su
Árbol de la vida, en la tierra para posteriormente entrar, como desde
hoy, a la nueva vida infinita del nuevo reino celestial».

Dado que, «sin el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo» ofrecido
delante de él, entonces nuestro Padre Celestial «no oía la oración» de
ninguno de ellos, por más que orasen, levantasen ídolos e hiciesen
toda clase de sacrificios (y aún hasta con sus propias vidas, aunque
no lo creas así, pero cierto). Porque «era solamente por medio del
Espíritu Eterno de la sangre del Señor Jesucristo que Dios oía las
oraciones» de Adán, Abel y de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, como desde los primeros día de vida del hombre en la
tierra y hasta nuestros días, por ejemplo.

Y fue por esta razón, que «cada uno de los sacrificios de sangre
ofrecidos a Dios», entonces «tenia que ser formado en el espíritu
salvador de la sangre de su gran rey Mesías, el Hijo de David», el
Cristo, para que «Dios atienda a su llamado y sane sus vidas y también
sus tierras», en todos los lugares del mundo. Es decir, para que
entonces «Dios mismo comience a obrar para bien de cada uno de ellos»,
en todos los lugares de la tierra y en el paraíso, también, y así
nadie caiga en el poder terrible de la mentira y de la maldad de su
pecado, ni del pecado de nadie, peor en algún pecado escondido de
Lucifer.

Porque la verdad es que «Lucifer no ha cesado» de mentir», de engañar,
de matar, de robar, de destruir y, claro, de pecar aún mucho más que
antes y terriblemente «en contra de Dios y de su Hijo amado», ¡el
Señor Jesucristo!, en los corazones de los pecadores y de las
pecadoras del mundo entero. Es por esta razón, que «la verdad y la
justicia de Dios son muy importantes en nuestros corazones» y en
nuestras almas vivientes día y noche y hasta que entremos de lleno a
la nueva vida infinita del nuevo reino celestial, de Dios y de su gran
rey Mesías Celestial, ¡el Cristo!

De otra manera, «sin el espíritu de la vida de la sangre» del Señor
Jesucristo ofrecida a Dios, por medio de machos cabríos, novillas,
ovejas o toros: «entonces el pecado no era removido de la vida del
pecador o de la pecadora», por tanto, tenía que morir irremisiblemente
por su culpa, por su mentira, por su maldad delante de Dios. Y «todo
hombre», mujer, niño o niña de toda la tierra, que hoy en día, por
ejemplo, «no implore al Creador de su vida», por medio del espíritu de
vida de la sangre viviente, del Cordero Escogido, el Señor Jesucristo,
entonces «no podrá jamás gozar de su perdón eterno», por sus culpas,
por sus pecados y por sus muchas maldades.

Es decir, «que aquel corazón sin la bendición» del Señor Jesucristo en
su alma y en todo su cuerpo humano: «entonces está muerto» delante de
Dios, aunque aún esté vivo, viviendo su vida normal en cualquier lugar
de la tierra; así como el que no pueda vivir en el paraíso está muerto
igual, para Dios y para su Árbol de vida. Porque «todo aquel» que no
confiesa con sus labios, ni cree en su corazón, en el nombre sagrado
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, «entonces ha muerto» para
nuestro Padre Celestial que está en los cielos, »porque el espíritu de
la sangre viviente, de la vida eterna no está» en él o en ella. Y es
por eso, que Adán y Eva comenzaron a morir, como todos sus hijos e
hijas, hoy en día, en todos los lugares de la tierra, por falta del
nombre del Señor Jesucristo en sus corazones y en sus vidas, también,
por ejemplo.

Es decir, también, «que sí el Espíritu de la sangre viviente del Señor
Jesucristo no está en el corazón, ni en los labios» del hombre, de la
mujer, del niño o de la niña: «se oye afirmar entonces que no es santo
para el Dios de su nueva vida infinita», en la tierra, en el paraíso
ni en el nuevo reino celestial. Porque «es el Espíritu de la sangre
viviente del Señor Jesucristo», por quien nosotros creemos en nuestros
corazones y confesamos con nuestros labios, «es lo que realmente nos
declara santos para Dios, en la tierra y así también en el paraíso»
para posteriormente entrar, como hoy mismo, a la nueva vida infinita,
de La Jerusalén Celestial y Gloriosa del cielo.

Entonces «es el Espíritu de la sangre» de la misma vida eterna del
Señor Jesucristo «que nos declara santos, tan santos y justos como los
ángeles del cielo y como nuestro mismo salvador», como cuando vivía en
Israel o en el paraíso, también, por ejemplo, «únicamente desde el
momento que creemos en su gran obra sobrenatural y para la eternidad».
Es decir, también «de que sí tú le declaras santo» a tu Dios y a su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, en tu corazón y en toda tu alma
viviente, «entonces recíprocamente Dios mismo y con su Espíritu
Santísimo te declarara santo delante de sus huestes angelicales», del
reino de los cielos.

Y «sí lo niegas a él», como tu Dios y como Creador de tu vida «y así
también niegas a su Hijo amado», como el salvador de tu alma viviente,
«entonces Dios mismo te negara delante de sus ángeles celestiales» en
el reino de los cielos, para vergüenza eterna de tu alma infinita, en
la nueva eternidad venidera. Y «esto será un mal terrible», del cual
ya no hay salida o escape alguno para ti, ni para ninguno de los
tuyos, ni de nadie en todos los lugares de la tierra, ni hoy ni nunca.
Porque el que niega a Jesucristo, el Mesías antiguo del paraíso o de
Israel de la antigüedad y de siempre, entonces no es santo para su
Dios, ni tiene vida eterna, en su corazón ni en toda su alma infinita,
también, para siempre.

Es por eso, que «es mejor confesar la verdad y la justicia de Dios»,
el cual es el mismo espíritu de vida de la sangre sagrada de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, «viviendo ya en nuestros corazones por
inicio propio», de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, para que
seamos «declarados santos inmortalmente», para pronto reingresar al
paraíso. Porque par esta razón, nuestro Padre Celestial nos ha
entregado a su Hijo amado, para que regresemos al paraíso, no con el
pecado de Adán o de siempre, sino con la más sublime santidad de su
Árbol de la vida, nuestro único salvador celestial, el gran rey
Mesías, ¡el Señor Jesucristo!

NUESTRO PADRE CELESTIAL PERFECCIONA A NUESTRO SALVADOR ETERNO, POR
MEDIO DEL SUFRIR DE NUESTROS PECADOS

Es decir, que el Señor Jesucristo «siente nuestros pecados» mucho más
que nosotros mismos, «cada vez que pecamos» delante de él y de nuestro
Padre Celestial que está en los cielos. Y esto «ofende a nuestro Padre
Celestial y a su Espíritu Santo», pero nos perdona: «si confesamos
nuestros pecados, «en el espíritu del nombre y de la sangre viviente»,
de nuestra única santidad infinita en la tierra y en el cielo,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Es por eso, que nuestro Padre Celestial «envió primero a su Espíritu
Santo y luego a su Hijo amado al mundo», para nacer como hombre Mesías
«y así entonces vivir la vida perfecta» del paraíso o de La Nueva
Jerusalén Celestial, «la Ley única y honrosa de Moisés y de Israel»,
por ejemplo, en todos los rincones de la tierra. Porque «seria sólo
viviendo la Ley del cielo en la tierra sagradamente, la que pondría
fin al pecado» de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva sobre la cima de la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel: «de acuerdo al plan de
Dios, para cumplir toda justicia celestial».

Entonces «le conformaba a nuestro Padre Celestial en su corazón
sagrado»,--por causa de quien y por medio de quien todas las cosas
viven-- «perfeccionar al artífice de la salvación de la humanidad
entera», por medio de los sufrimientos, «para conducir a muchos hijos
a la nueva gloria celestial» de la nueva Jerusalén Inmortal, del más
allá. Puesto que, «tanto el que santifica como los que son
santificados por el SEÑOR», realmente «todos provienen de un sólo Dios
y Creador de sus nuevas vidas eternas» en la tierra y en el paraíso,
también. Por ejemplo, Cristo declaro santidad suprema, porque había
salido del Padre, pues así también el hombre de toda la tierra, «salio
de Dios», en el día de su creación, de la vida, de la imagen y
conforme a su semejanza divina en las manos de Dios, en el cielo, por
lo tanto, es un ser viviente y sumamente santo.

Y «él es nuestro único Dios y Padre Celestial» que vive en los cielos,
«para continuar por siempre dándonos de su vida», de su imagen, de su
semejanza, de su salud y de sus muchas y ricas bendiciones de su nuevo
reino celestial, por ejemplo. Porque «todas las cosas viejas han
pasado e aquí todas son hechas nuevas delante de nuestro Padre
Celestial», por los poderes sobrenaturales de la sangre del pacto
eterno de su Hijo amado, «para bien infinito de cada uno de sus
ángeles y de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera», en todos los lugares de la tierra.

Además, nuestro Padre Celestial «ha hecho maravillas, milagros y hasta
prodigios en los cielos y en la tierra», porque «cada uno de nosotros
es descendencia directa de Él mismo, el Fundador del cielo y de toda
la tierra», y más no de animales, como muchos aseguran, por ejemplo,
desde mucho tiempo atrás. Porque «en el día que nuestro Padre
Celestial nos levanto de las profundas tinieblas de la tierra,
entonces fue con su diestra poderosa», para moldearnos en su imagen y
conforme a su semejanza celestial, «para que ya no seamos tinieblas
sino luz radiante de su nuevo cielo infinito», con mayor luz que las
estrellas brillantes de nuestra inmensidad, por ejemplo.

Ahora esta luz, «no es una luz cualquier, como las estrellas en el
firmamento o como en sus ángeles del cielo», en sus diferentes rangos
de gloria y de poder sobrenatural, o de la tierra, de nuestros
tiempos, por ejemplo, sino que «es una luz infinitamente mayor que
todas las que existen ya». Y «esta luz es realmente la misma luz
viviente de su Hijo amado», nuestro Señor Jesucristo, «la que nuestro
Padre Celestial le ofreció primero a Adán y luego a Eva», en el
paraíso, para que vivan y no mueran jamás en las tinieblas del enemigo
eterno de sus vidas, Lucifer y sus mentiras.

Es decir, también, que nosotros «somos de la luz del Señor
Jesucristo», porque así nuestro Dios lo quiso que fuese en el día de
nuestra creación, en sus manos sagradas, en el reino de los cielos y
más no en las profundas tinieblas de la tierra, de hoy en día y de
siempre, por ejemplo. Y cada uno de nosotros «ha descendido de la luz
del cielo», del Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo, «para
alumbrar sobre todas las tinieblas del enemigo», en el nombre sagrado
de nuestro Dios y SEÑOR eterno de nuestras nuevas vidas infinitas,
«para hacer de la tierra» y de su humanidad eternal: un paraíso
terrenal y celestial, también.

Por esta razón, «nuestro Dios permitió que Adán y así su linaje»,
también, descendiera sobre la tierra, «para que luego su Hijo amado,
como luz mayor, la luz de la vida eterna», entonces reine no sólo en
cada uno de nosotros, sino también en todos los lugares de la tierra,
«para redimir al mundo entero para su nueva gloria infinita». Por
ello, el Señor Jesucristo «jamás se avergonzó de llamarnos sus
hermanos, ni menos se avergonzó de morir por nosotros para luego
resucitar», en el paraíso, y en el Israel, de nuestros días y de
siempre, para darle vida a toda la tierra. Es por eso, que las
escrituras declaran que «Dios amo al mundo para salvarlo para él», que
dio a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que todo aquel que
confiese su santidad infinita, entonces viva y no muera jamás, en el
fuego eterno del infierno.

Y «cuando el Señor Jesucristo nos llama sus hermanos», entonces lo
hizo por los poderes sobrenaturales de su propia sangre eterna, «la
cual clama por cada uno de nosotros», para Dios y para su nuevo reino
celestial, «desde mucho antes de la fundación del cielo y de toda la
tierra». Porque «es el espíritu viviente de la sangre eternal», de
nuestro único posible Cordero de bendición y de salvación infinita de
nuestras almas vivientes, «la que clama día y noche por cada uno de
todos nosotros», para que seamos redimidos de nuestros males eternos,
en la tierra y así también en del más allá, como del poder del
infierno.

Por lo cual, la sangre del Señor Jesucristo «no ha cesado de clamar
por nosotros delante de Dios y de su Espíritu Santo», porque es
nuestra única y verdadera vida, por la cual fuimos creados del polvo
de la tierra, en el comienzo de todas las cosas. Entonces «la sangre
viva del Señor Jesucristo es nuestra única vida eterna» y, por tanto,
«viene a nosotros día y noche» como lluvia, sobre la tierra y así
también en el paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del
cielo, «para que sanemos de nuestros males eternos y vivamos para
nuestro Dios vivo» que está en los cielos.

Es decir, para que muy pronto, si no de hoy en adelante, entonces
«nosotros comencemos a darle glorias y honras de santidades
celestiales e infinitas a nuestro Padre Celestial» que está en los
cielos, para gloria y para honra eternal de su nombre santo, así como
los ángeles lo alaban y lo honran día y noche y por siempre. Además,
«todas estas glorias y honras de santidades infinitas», jamás
alcanzadas por los ángeles del cielo, «viven en nuestros corazones y
en nuestras almas eternas», pero no se levantaran al cielo, sí la
sangre del Señor Jesucristo no es recibida en nuestros corazones y
glorificada con nuestros labios, por ejemplo, delante de Dios y de su
Espíritu Santo.

Es por eso, que «el espíritu de la sangre clama» por nuestro perdónde
pecados y por la liberación infinita de nuestras almas, de los poderes
terribles de las profundas tinieblas de las mentiras, maldades y
acusaciones de muertes eternas, de Lucifer y de sus ángeles caídos,
«desde los días del paraíso y hasta nuestros días en la tierra». Es
decir, también, que «el espíritu de vida de la sangre del Señor
Jesucristo clama y llora» por cada uno de nosotros, «como el Señor
Jesucristo mismo clamo, sufrió y lloro por nosotros sobre el madero de
la roca eterna de Dios», en las afueras de Jerusalén, no tanto por el
dolor del pecado, sino «para que vivamos en su santidad».

Porque «cada clamor y lagrima de nuestro salvador celestial», el Hijo
de David, el Señor Jesucristo, «fue por la salvación perfecta de cada
uno de nuestros corazones y de nuestras almas infinitas», en la tierra
y así también, en el paraíso para muy pronto entrar, si no es ya, a su
Nueva Jerusalén del cielo. Y «ese clamor y lagrimas de nuestro Mesías
celestial fue para que volvamos a nacer», como los dolores del parto
de una madre por sus hijos, no en la carne de pecado, «sino en su
carne soberanamente sagrada y con los poderes sobrenaturales del
Espíritu Santo» de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por
ejemplo.

Puesto que, para entrar a la nueva vida inmortal de La Nueva Jerusalén
de Dios y de su Árbol de la vida eterna, entonces «uno tiene que
volver a nacer para la nueva eternidad celestial e infinita del más
allá». Y «si creemos en el Señor Jesucristo», entonces «volveremos a
nacer de la carne del Mesías y del Espíritu Santo» para nuestro Dios y
para su nombre santo, para que ya no vivamos más en las tinieblas de
nuestras muertes perpetuas, sino que vivamos en la luz divina, la del
Árbol viviente, para la nueva vida inmortal del nuevo reino
celestial.

Dado que, en el nuevo reino de los cielos, así como en el paraíso o
como en La Nueva Jerusalén Celestial, «no hay tiniebla alguna», sino
sólo la luz del Árbol de la vida eterna en nuestros corazones y en los
corazones de los ángeles del cielo, igual, por ejemplo. Es decir, que
«no hay pecado alguno en la tierra sagrada y de nuevos cielos
eternales, porque hemos vuelto a nacer del Espíritu de Dios», por
tanto, sólo hay amor, gozo, paz, felicidad, santidad, gloria y
bendiciones de milagros, maravillas y de prodigios infinitos de
nuestros corazones y del nombre del Señor Jesucristo, para nuestro
Dios y para su Espíritu Santísimo.

En verdad, «todos somos hermanos» delante de Dios y de sus huestes
angelicales, «siempre comiendo y bebiendo de la misma comida y de la
misma agua de vida y de salud infinita de su Espíritu Santo y de sus
ángeles eternos», nuestro Señor Jesucristo. Y, entonces, «hemos de ser
libres» eternamente y para siempre para nuestro Padre Celestial,
«porque hemos sido declarados santos y libres de toda contaminación de
pecado», por el mismo espíritu de vida y de salud eterna de la sangre
sagrada del pacto eterno, entre Dios y el hombre de la tierra, nuestro
único Árbol de la vida, ¡el Mesías Celestial!

Es por eso, que la palabra del evangelio del espíritu de la sangre
viviente y activa del Señor Jesucristo «viene día y noche, a tiempo y
fuera de tiempo», para que nosotros la oigamos y la aceptemos en
nuestros corazones, en nuestros espíritus y cuerpos humanos, en todos
los lugares del mundo, en donde vivamos con los nuestros, por ejemplo.
Y con el espíritu de ésta sangre sagrada «es que realmente tenemos
acceso al cielo», a todas horas del día y de la noche, a la misma
presencia sagrada de nuestro Dios «para hablar con él», para pedirle
que nos ayude y nos bendiga en todas las cosas que suelen influir
nuestras vidas, en todos los lugares de la tierra.

Por ejemplo, podemos pedirle al SEÑOR, en el nombre milagroso de su
Hijo, no sólo que nos perdone nuestros pecados, sino que también
«destruya las artimañas del enemigo diariamente», para que seamos
libres para vivir y crecer siempre en nuestras vidas, en todos los
lugares de la tierra, «para servicio y gloria infinita a él y a su
nombre sagrado». Porque «si hemos sido declarados santos por el
espíritu de la sangre viviente de su Hijo amado», entonces «tenemos
que permanecer en santidad y libre de los males» del enemigo y de sus
ángeles caídos, para que no contaminen nuestras vidas con las
tinieblas de siempre, como en los días cuando no conocíamos a Cristo,
en nuestros corazones.

Cómo Adán y Eva, por ejemplo, cuando vivían en el paraíso y, aún así,
«no conocían a su fruto de vida y de salud eterna» para sus corazones
y para sus almas vivientes, el Árbol de la vida, nuestro gran rey
Mesías terrenal y celestial, ¡el Señor Jesucristo! Entonces
«necesitamos que nuestro Padre Celestial y su Espíritu Santo nos
guarden» de todos estos males del pasado en la tierra y así también en
la nueva eternidad venidera del paraíso y del nuevo reino celestial de
Dios y de sus huestes angelicales.

Es por eso, que hoy más que nunca «aceptamos al Señor Jesucristo en
nuestros corazones y en nuestras vidas cotidianas», para que todos los
esfuerzos que nuestro Padre Celestial y su Espíritu Santo han hecho a
través de los siglos: para perdonarnos, santificarnos y salvarnos, por
la vida y el sufrir de nuestro Jesucristo, entonces no sea en vano
jamás. Si, porque hemos sido declarados santos: la obra final de
santificación eterna de nuestras almas infinitas, en la tierra y en el
cielo, es, ni más ni menos, nuestro Señor Jesucristo, eternamente y
para siempre, delante de nuestro Dios y de su Espíritu Santo.

DAMOS GRACIAS A DIOS POR HABERNOS ESCOGIDO PARA SU SALVACIÓN

«Sólo nuestro Padre Celestial nos pudo haber redimido de todos los
males del pecado del paraíso y de la tierra», de nuestros días y de
siempre, «por los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo y de su
Árbol de vida eterna», su Hijo amado, el Mesías prometido para La
Nueva Jerusalén Santa e Infinita del nuevo reino venidero. Pues
«estábamos eternamente perdidos en nuestros delitos y pecados», porque
Adán había pecado terriblemente, volviéndose inmoral delante de Dios,
al pecar por vez primera sin saber lo que hacia (o decía), en contra
de la Ley Infinita del paraíso.

Ya que, «después de haber gustado del pecado» del fruto prohibido, del
árbol de la ciencia del bien y del mal: «entonces ya no podía
retractarse de lo que había hecho», sino que moría infinitamente,
igualmente su linaje eternal, de todas las razas, familias, pueblos,
tribus y reinos de la tierra y en toda la inmensa creación de Dios. Y
desde aquel día en adelante «todo era sólo tinieblas tras tinieblas en
nuestros pasos por el paraíso y en nuestros pasos en todos los lugares
de la tierra», también, eternamente y para siempre; en verdad, «sin el
Mesías en nuestras vidas, entonces caminábamos día y noche en las
mismas profundas tinieblas del más allá», para fenecimiento de
nuestras almas.

Es más, «en nosotros no había luz alguna», salvo «cuando pensamosen
nuestro Dios» y Fundador Celestial de nuestras vidas. Es por eso, que
nosotros «debemos de dar gracias a nuestro Dios siempre por ustedes»,
mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, «por ser muy amados
del Señor Jesucristo, ya que lo demostró clavado sobre los árboles
secos de Adán y Eva para ponerle fin a sus pecados y darles vida en
abundancia», en la tierra y en el paraíso.

Porque la verdad es que «Dios mismo los ha escogido desde el principio
de la fundación del cielo y de la tierra para salvación», es decir,
«para ser declarados por la santificación del Espíritu Santo y fe»,en
la verdad celestial de su corazón sagrado, sólo posible en creer en el
Señor Jesucristo, de que «son linaje de Dios infinitamente». Porque la
verdad es en el cielo y así también en la tierra, de que «nuestro
Padre Celestial no tiene otro linaje igual que el hombre»; y «esto es
algo que no se puede decir jamás de los ángeles del cielo», porque
ninguno de ellos fue creado jamás, para ser exactamente como Dios o
como su gran rey Mesías Celestial.

Ya que, la mentira de Lucifer era de hacerles creer a todos, que «no
somos linaje de Dios», sino descendientes de algún animal salvaje de
la tierra o aún peor, de hasta descendientes irracionales del mismo
infierno, por ejemplo. Y «esto Lucifer lo ha hecho así», desde mucho
tiempo atrás en los corazones de gentes «para alejarlos cada vez más
de Dios y así no lleguen a conocerlo jamás en sus vidas», para
recibirlo en sus corazones y adorarlo por siempre con sus labios y con
su espíritu humano, por ejemplo, «como es fundamental hacerlo así para
vivir infinitamente».

Y de esta manera «ellos jamás comerían, ni menos beberían del fruto
del Árbol de la vida», para entonces perpetuar las tinieblas del más
allá en sus corazones eternos, para que finalmente mueran y caigan en
el fuego eterno del infierno, «para jamás volver a la vida eterna del
paraíso, ni de La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo». «Lo que
realmente Lucifer desea con todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera», es lo mismo que deseo hacer con Dios y con sus
ángeles fieles a él y a su nombre santo, sin jamás lograrlo en el día
de su rebelión angelical, es decir, para que no amen a su Dios por
medio del Señor Jesucristo.

Y «el mal que le hizo Lucifer» a muchos ángeles del reino, entonces
«sólo fue con aquellos que realmente no sentían amor ni respeto alguno
por Dios, ni por su Hijo amado», su único Árbol de la vida eterna del
cielo y de toda la creación celestial para todo ser viviente. En
verdad, «éste es un mal terrible», del cual nuestro Padre Celestial
jamás ha deseado para ninguno de sus seres creados del cielo y de toda
la tierra, también, sino todo lo contrario.

Porque en el día que una tercera parte de los ángeles del cielo se
perdieron, «fue porque creyeron a las mentiras de Lucifer», de que
podía exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre del Señor
Jesucristo en sus corazones y en todas sus vidas angelicales, para
siempre. «Algo que era muy difícil lograrlo», sin embargo, muchos de
los ángeles creían que lo podía lograr, por su sabiduría y por su
grandeza espiritual, en la cual Dios mismo lo había formado con el
poder sobrenatural de su palabra y de su nombre santo también, en los
lugares muy altos del cielo, como ángel guardián de su nombre
sagrado.

En realidad, «Lucifer fue el arcángel más poderoso que nuestro Padre
Celestial jamás había formado con su palabra», que más sabio, poderoso
y glorioso y hasta perfecto no lo podía constituir o amoldar para
servicio a él y «para gloria de su nombre sagrado, en los corazones de
todos los ángeles del cielo». Y «como Lucifer era mayor que los
ángeles del cielo», por muchas razones, además de gloria, santidad,
sabiduría y honra, «entonces deseo ser honrado y exaltado al igual que
Dios mismo y el Árbol de la vida»: algo de muchísimo miedo insondable,
porque el pecado nacía en el corazón de Lucifer y de sus huestes
angelicales, de gran impureza espiritual.

Por cierto, «algo muy terrible el pecado de Lucifer y jamás vivido en
el reino celestial por Dios», ni por su Hijo amado, ni por su Espíritu
Santo, ni por sus ángeles muy fieles a él y a su nombre bendito, desde
la antigüedad y hasta aquellos días terribles y de gran peligro para
todo ser lleno de vida. Porque «todos son santos», e infinitamente
santos en la tierra sagrada del reino de los cielos, sin hacer
excepción alguna con ningún ángel sagrado del más allá, por ejemplo,
como arcángeles, querubines, serafines y demás seres santos del
reino.

En verdad, «la santidad del Árbol de la vida es primera en el cielo»,
y sin santidad nadie puede vivir, ni menos tener comunión con Dios, ni
con ninguno de sus ángeles celestiales, ni menos comer ni beber de la
fuente de la vida eterna del reino de los cielos, Jesucristo. Entonces
«cuando el pecado nace», en el corazón de Lucifer y de sus ángeles
seguidores, «la ira de Dios nace también para finalmente destruir al
pecado», no sólo en el reino de los cielos sino en el resto de la
creación celestial, como la tierra y hasta también como en el infierno
y como en el lago de fuego, también.

Porque «el infierno» y así también el mismo fuego eterno del lago de
fuego «desaparecerán por los poderes sobrenaturales de la santidad de
Dios y de su Hijo amado», el Señor Jesucristo, en cada uno de nuestros
corazones y de nuestras almas vivientes, también. Es por esta razón,
que «el Señor Jesucristo le confeso» al ángel de la muerte, cuando le
dijo: --«Muerte, yo soy tu muerte». Es decir, que el Señor Jesucristo
es la muerte de todo ángel rebelde, como Lucifer y sus muchas
mentiras, llenas de calumnias, maldades, injurias, impurezas,
blasfemias, inmoralidades, indecencias, obscenidades, vulgaridades,
inmundicias, contaminaciones, corrupciones, depravaciones, escándalos,
en fin todos los pecados habidos y por haber, en la tierra.

Pues así también «con el infierno y con el lago de fuego» en el finde
todas las cosas, en el más allá, «dejaran de existir eternamente y
para siempre», para que nuestro Padre Celestial y para su linaje
divino de su humanidad infinita y de ángeles, para que entonces vivan
felices para siempre, en la nueva patria celestial. Ahora, en estos
conflictos terribles de ángeles caídos y de Dios por honrar y exaltar
el nombre y la vida gloriosa del Árbol Divino, el gran rey Mesías del
reino celestial, del paraíso, de la tierra, de nuestros tiempos y de
La Nueva Jerusalén Infinita del más allá, «entonces Dios se ve
obligado a crear un nuevo ser eterno».

En este día de nuestra prehistoria humana, tú, mi estimado hermano y
mi estimada hermana, fuiste creado en las manos de Dios, para
posteriormente nacer en la tierra y así entonces «volver a nacer, en
el espíritu de la sangre sagrada del Señor Jesucristo», en un día como
hoy, para la nueva vida de La Nueva Jerusalén Sagrada del cielo. Es
decir, «que el verdadero nacimiento» del hombre, de la mujer, del niño
y de la niña de todas las naciones de la tierra, «es en el cielo y no
tanto en la tierra», como mucho pensamos o afirmamos cada vez que
celebramos el día de nuestro cumple años; realmente «somos seres
celestiales y del Árbol de la vida eterna». Y como nacidos «o retoños»
del Árbol de la vida eterna del paraíso, entonces nuestro Señor
Jesucristo vino a rescatar lo que se había perdido, para entregárselo
al nuevo reino de Dios, en los cielos, sin mancha del pecado sino
lleno de su propia santidad celestial e infinita.

Un buen ejemplo de todo esto «es el mismo Señor Jesucristo», tal cual
como la escritura nos lo revela, por boca de sus ángeles, de sus
patriarcas, de sus profetas y de su Espíritu Santo, por ejemplo.
Porque «los primeros pasos de vida de nuestro Señor Jesucristo son
desde la eternidad y hasta la eternidad»; es decir, que nuestro Señor
Jesucristo, el Árbol de la vida eterna del paraíso y de la humanidad
entera, en toda la tierra, «siempre ha existido con Dios y con su
Espíritu Santo, en cada uno de nosotros y de sus ángeles».

Entonces «el ser humano también es celestial y con el potencial de ser
convertido en un ser muy santo, tan santo como su mismo Creador» y
como su misma alma santísima y como sus mismas manos sagradas, para su
nueva vida infinita de su nuevo reino celestial, en donde todo es
amor, paz, gozo, felicidad y bondad eterna entre todos. Y es por esta
razón, que te estoy diciendo, de que «este ser viviente de Dios», en
aquel día, como hoy en día, por ejemplo, «eres tú mismo mi estimado
hermano y mi estimada hermana», ni más ni menos, junto con Dios, con
su Espíritu Santo y con su Árbol de la vida, ¡nuestro único Señor
Jesucristo!

En verdad, «Adán fue el primer hombre que Dios levanta del polvo de la
tierra», en un puñado de lodo en sus manos, «para que conozca su
nombre sagrado en su corazón», como su Hijo amado y así también como
los ángeles del cielo, para la nueva eternidad venidera. Pero la
realidad es que, en el corazón de Dios y en su mente gloriosa, «fuiste
tú mismo (y no a otro) a quien Dios creaba en aquel día», pensando en
su nombre santísimo, cuando Adán era formado en sus manos sagradas en
el cielo más alto que reino de los ángeles y de toda la tierra,
también.

Eras tú mismo, «la obra perfecta de las manos de Dios», por la cual su
corazón y su alma santísima se alegrarían mucho, comenzando en un día
como hoy, por ejemplo, «al tú leer su palabra viviente y recibas en tu
corazón su voluntad perfecta», para tu nueva vida infinita, para que
vivas con él eternamente en el cielo. Y «esta voluntad de Dios es la
misma» la cual sentía en su corazón en los primeros días de la
creación de todas las cosas, como en su inmensidad, y como con Adán en
el paraíso y delante de su Árbol de vida, para que comas de su comida
y bebas de su bebida, de vida y de salud eterna.

De hecho, «esta comida y bebida» de los ángeles del cielo, «sólo se
encuentra en su Árbol de vida eterna», su Hijo amado, el único fruto
de la vida posible para todo ser creado, comenzando con Adán por
ejemplo, y contigo también, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
en la tierra, además del resto de la humanidad de siempre. Porque
«sólo en comer del fruto de la vida eterna», su Hijo amado, el gran
rey Mesías de todos los tiempos, «es que realmente hay vida y
abundancia de santidad perfecta», para nuestros corazones y para
nuestras almas vivientes, en esta vida y en la nueva eternidad
celestial del nuevo más allá, creado por Dios para gloria de su
Jesucristo.

Es por esta razón, también, «que el espíritu de vida eterna de la
sangre del Señor Jesucristo tiene que entrar en tu corazón», con sólo
creer en el nacimiento, vida, crucifixión, muerte, resurrección y
ascensión hasta lo más sumo del cielo, como el mismo lugar santísimo
de nuestro Padre Celestial, «para entrar en su morada santa y
declararte santo soberanamente». Es decir, «para que el Señor
Jesucristo», como Cordero de Dios y como sumo sacerdote de la tierra y
del reino de los cielos, sobre el altar de Dios, «entonces declararte
perpetuamente santo», tan santo como él mismo y como cada uno de sus
ángeles del cielo, por ejemplo, y todo «para que vivas y ya no mueras
jamás».

Para que de esta manera, entonces «entres a vivir tu vida infinita»,
por la cual nuestro Padre Celestial, su Hijo amado y su Espíritu Santo
te formaron en sus manos sagradas, en el día de tu creación, en su
imagen y conforme a su semejanza celestial, delante de los ángeles del
cielo, «para declararte santo, para su nombre eterno». Porque de otra
manera, «si no eres declarado santo», por el espíritu de la vida
eterna de la sangre y del nombre del Señor Jesucristo, «entonces no
podrás jamás ser perdonado de tus pecados, ni menos ver la vida
eterna», en la nueva eternidad venidera de la ciudad celeste de Dios y
de su gran rey Mesías, ¡La Jerusalén inmortal!

Entonces «confiesa tu bendición, tu salvación y tu santidad infinita»,
en tu corazón y con tus labios delante de nuestro Padre Celestial
«para que las ventanas y la puerta del cielo no se cierren jamás para
ti», como sé cerraron para otros, porque no amaban a Dios, ni a su
Espíritu Santo, ni a su Hijo amado, ¡el Mesías Celestial! ¡Proclámate
santo para Dios!, con sólo confesar su nombre salvador e infinitamente
milagroso para tu corazón, para tu espíritu, para tu alma y para todo
tu cuerpo humano, ¡nuestro Señor Jesucristo!, hoy en día y por siempre
en la nueva vida celestial del nuevo reino de Dios y del espíritu de
santidad infinita de su Árbol de vida, su Hijo Santísimo.


Libro 170


SANTIFICADOS PARA CONOCER EL PRIMER NOMBRE DE DIOS

Nuestro Padre Celestial «nos ha creado en sus manos santas, para
conocer su primer nombre original», pero sin la mancha del pecado en
nuestras vidas, en el paraíso, en la tierra y en su Nueva Jerusalén
Santa e Infinita del cielo. En verdad, Dios nos ha santificado a su
perfección en Cristo Jesús, Señor nuestro, para ser amantes de su
primer nombre, nombre arcaico e infinitamente curioso en el cielo,
eternamente y para siempre. Y éste es un nombre santo que nadie puede
conocer ni profesar con sus labios, sino sólo Dios, su Hijo y su
Espíritu Santo, porque sólo nuestro Dios posee la santidad perfecta e
infinita para conocer y pronunciar su mismo nombre sagrado siempre.

Es por eso, que «el Señor Jesucristo es de suma importancia» en
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, y así también el
Espíritu Santo de Dios: «para recibir no solamente el perdón eterno de
nuestras vidas, sino también el nombre celestial y muy santo», de
nuestro Padre Eterno y Fundador de nuestras nuevas vidas infinitas,
para el nuevo reino celestial. Porque en este nuevo reino infinito de
Dios y de su Árbol Vivo, todos nosotros vamos a vivir con el nombre
nuevo de nuestro Dios, en nuestros corazones, en nuestras almas
vivientes y en nuestras nuevas vidas infinitas, santificadas y
declaradas santas y justas: ¡Gracias al Espíritu de la sangre de
Jesucristo!

Por ello, también les di mis días de descanso, les decía el SEÑOR a
los hebreos, para que sea una señal entre su Creador y todos ustedes,
y así entiendan en sus corazones que sólo yo soy el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacobo, «el que los santifica diariamente desde el
cielo», para que vivan únicamente por su nombre santísimo. Y «otro
Dios como el Soberano de Israel y de las naciones», tan santo y tan
glorioso para santificar sus corazones y sus vidas, cada vez que
invocan su nombre sagrado, no hay otro igual, en el cielo ni en la
tierra, tampoco, para siempre.

Pues entonces, las gentes de aquellos días «se santificaban» sus
corazones y sus cuerpos heridos por el mal del pecado, porque no sólo
eran perdonados, sino que también curados completamente de todos los
males que afligían sus vidas, cada vez que invocaban su nombre sagrado
delante del altar de su Dios y Creador de sus almas eternas. Y éste
nombre sagrado, por el cual «Dios santificaba a sus pueblos de la
tierra», comenzando con Israel, por ejemplo, de los que creían en él y
en su gran rey Mesías, «era el mismo de hoy en día y de siempre», el
que vive en perfecta santidad eternal en el corazón de nuestro
Salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo!

Es decir, que «el Mesías lleva con él el nombre original de nuestro
Padre Celestial guardado, atesorado, protegido en perfecta santidad en
su corazón sagrado», para que todos los ángeles y así también los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, sean tocados
por él (el nombre primitivo de nuestro Dios y sin mancharlo jamás con
el pecado). Y todo este bien nuestro Dios lo ha hecho por ti, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, para que en un día como hoy:
tú también puedas llevar su nombre muy santo y muy admirado por los
ángeles, aunque no lo conocen aún, como los hombres de la tierra, pero
saben que vive en el corazón del Mesías Celestial infinitamente.

Porque «sólo hay un Mesías verdadero perpetuamente», en el cielo y en
la tierra, por quien y «por su nombre podemos ser perdonados» de
nuestros pecados, sanados de nuestros males eternos y, a la vez,
«liberados de los enemigos del más allá», como Lucifer y como sus
ángeles de gran maldad, sólo confesando su nombre sumamente asombroso,
en nuestros corazones. Es por eso, que cada vez que invocamos el
nombre del Señor Jesucristo, entonces nuestro Padre Celestial nos
perdona nuestros pecados y nos hace libres de muchos males del
enemigo, con milagros, con maravillas y hasta con prodigios en los
cielos y en la tierra, como de los que vemos y como de los que no
(vemos), por ejemplo.

Dado que, «no hay otro nombre maravilloso» en el cielo, ni en la
tierra, que sea mayor con los ángeles ni con los hombres, sino «sólo
nuestro Señor Jesucristo»; en otras palabras, «nuestro Señor
Jesucristo es mayor» que todos los poderes del pecado y de las
tinieblas del enemigo, enemigo infinito de nuestra verdad y de nuestra
justicia celestial, Lucifer. Porque ha sido Lucifer desde siempre
quien realmente «arremete contra y en todo tiempo», de una manera u
otra, «a la verdad y a la justicia que han descendido» de parte de
nuestro Padre Celestial, «con su Espíritu Santo y con el espíritu del
nombre, la carne, la sangre y la vida gloriosa de nuestro salvador
celestial», ¡el Señor Jesucristo!

Por otra parte, también, «sólo en el nombre del Señor Jesucristo»es
que realmente el corazón, el alma, el cuerpo y el espíritu humano de
cada hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones de la tierra,
«podrá realmente ser santificado delante de Dios», para salud y para
vida eterna. En verdad, «sin el nombre del señor Jesucristo no hay
bendición alguna»; y si no hay bendición del cielo, entonces no hay
vida tampoco para nadie, en la tierra ni menos en el paraíso, por
ejemplo; pues, seriamos como la tierra sin la lluvia del cielo, como
el desierto eternamente seco, infecundo y sin vida alguna de hombres o
animales.

Es más, «sin el Señor Jesucristo nadie podrá jamás ser santificado»
delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, ya sea
ángel del cielo u hombre del paraíso o de la tierra, de nuestros días,
también, lógicamente. Y es por esta razón, que el pecador y la
pecadora de la tierra «mueren», sin saber jamás hacia donde se
desplazan en el más allá, porque no hay luz de vida alguna en sus
corazones, sino sólo las tinieblas que entraron en el corazón de Adán,
en el día que peca delante de Dios: al comer del fruto prohibido.

Porque «sólo en la invocación sagrada» del nombre del Señor Jesucristo
es que realmente nuestro Padre Celestial, y único Dios y Fundador de
nuestras vidas en el cielo y en la tierra, «nos podrá perdonar
nuestros pecados y sanar nuestras vidas», para gloria y honra infinita
de su nueva vida celestial, en el nuevo reino de los cielos. Y «sin el
espíritu del nombre de nuestro Señor Jesucristo» viviendo en nuestros
corazones, por ejemplo, «entonces estamos en tinieblas como de
costumbre», sin saber jamás en donde estamos parados en el mundo, ni
conocemos a nuestros enemigos de siempre, ni menos conocemos hacia
donde vamos cuando demos el primer paso de vida, en el más allá, por
ejemplo. Somos ciegos sin Cristo, el rey Mesías del paraíso y de la
humanidad entera.

Porque si no sabes en donde estas parado en la tierra, hoy en día,
menos vas a saberlo cuando entres a las nuevas tierras del nuevo reino
de Dios, en el más allá, por ejemplo, es decir, si el Espíritu de
Jesucristo no es primero en tu corazón delante de Dios. Puesto que,
sólo el espíritu del nombre y de la sangre llena de vida y de salud
terrenal y celestial de nuestro Señor Jesucristo nos guiara paso a
paso por la tierra y aún, también, más allá del cielo, del paraíso y
del nuevo reino de Dios, como La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del
Mesías Eternal.

Es por eso, que «nuestro Padre Celestial nos llama día y noche para
que seamos santificados» en su espíritu de fe, «al creer en nuestros
corazones y al invocar con nuestros labios»: el nombre sagrado de su
Hijo amado, nuestro único salvador celestial, ¡el Señor Jesucristo! De
no ser así, en la vida de cualquier ángel del cielo y así también de
cualquier hombre, mujer, niño o niña del paraíso o de la tierra, de
nuestros días, «no podrá realmente ser santificado» delante de Diosy
de sus ángeles, para perdón de sus pecados y para sanidad infinita, de
su corazón y de su alma viviente.

En realidad, «nuestro Padre Celestial no ha creado a sus seres muy
amados por su corazón santísimo» y formado con sus manos sagradas en
su imagen y conforme a su semejanza celestial, «para que sean muertos,
por el mal de sus pecados, ni de los pecados de nadie», sino todo lo
contrario. Y esto es realmente para que cada uno de ellos, sin
excepción de persona alguna, «viva infinitamente para él y para su
Espíritu Santo entonces», sólo por medio de la santificación infinita
y única de su Hijo amado, nuestro Árbol de la vida eterna del paraíso
y de toda la tierra, también, de hoy en día y de siempre.

Es decir, también, para que «todos vivan infinitamente santificados, y
libres de todos los males del pecado», delante de su presencia sagrada
en la tierra, en los cielos y en el resto de su nueva creación
celestial e infinita de la nueva eternidad, como en la nueva vida
santa y perfecta de la gran Jerusalén Celestial del cielo, por
ejemplo. Y «sin la santificación del Árbol de la vida» nadie podrá
jamás pisar la tierra de la ciudad del cielo, de Dios y de su gran rey
Mesías»: así como tampoco ningún descendiente de Adán pudo jamás
regresar al paraíso», «sí primero no creyó en su corazón y confeso con
sus labios» a su fruto de vida inmortal, ¡a Jesucristo!

Ya que, «así como el que desee ver la vida eterna» del paraíso o dela
Nueva Jerusalén del más allá, «entonces tiene que tener el Espíritu de
Cristo viviendo ya» en su corazón y en toda su alma viviente, también.
Porque de otra manera, «créele a Dios y a su palabra sagrada», la
Santa Biblia, «no podrá ver la vida» del paraíso, ni la de la gran
ciudad celestial de Dios en el cielo más alto que el reino de los
ángeles, por ejemplo, «sí el hombre o la mujer no tiene el Espíritude
Cristo en su corazón».

Ya que, «el nuevo reino divino», el cual nuestro Padre Celestial ha
creado con la ayuda idónea de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, «es mayor que el reino antiguo», para vivir
perfectamente día a día y para siempre «en el espíritu de la
santificación de su nombre infinitamente honrado y consagrado, en
nuestros corazones». Es por esta razón, que «la santificación de
nuestro Padre Celestial viene a nosotros día y noche y sin cesar»,
desde los primeros días de la creación del cielo y de toda la tierra,
como desde los primeros días del génesis de todas las cosas (génesis
1:2), por ejemplo, para danos la vida eterna de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo.

EL NOMBRE EXCEPCIONAL DE DIOS DESCIENDE AL MUNDO EN CRISTO

Y todo esto comenzó en el cielo, «cuando Dios ordena a su Espíritu que
descienda sobre la tierra», con poderes y autoridades muy especiales
de parte de él, «para subyugar a las tinieblas del enemigo», las
cuales estaban regadas por doquier, «para darle paso a la venida del
hombre y a la venida de su Hijo», ¡el gran rey Mesías! Porque seria
solamente su Hijo amado, en su perfecta santidad celestial, quien
realmente «introduciría al mundo», por vez primera, como único templo
de su nombre original viviendo en su corazón, «para que todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, lo conozcan en
sus corazones en el día señalado de nuestro Dios y para la eternidad».
Porque el nombre asombroso de nuestro Padre Celestial no lo conoce
nadie, sólo Dios mismo por ser muy santo, desde los primeros días de
la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo.

En la medida en que, el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial es
muy especial y no lo conoce nadie, en el cielo con los ángeles, ni con
los hombres en toda la tierra, sino sólo nuestro Árbol de la vida,
nuestro salvador del paraíso, el maestro por excelencia, ¡el Señor
Jesucristo! Es por esta razón, que «Dios mismo llevo de la mano a
Adán» al pie de su Árbol de la vida eterna, «para que coma de su
nombre original», para que vea la vida y la viva infinitamente con él
y con sus ángeles del paraíso.

Porque «es el Señor Jesucristo quien verdaderamente sostiene muy en
alto su nombre santísimo en su corazón, en el cielo y en el resto de
la creación, como la tierra de nuestros días, por ejemplo», desde los
días de la antigüedad y hasta nuestros días, para que en un día como
hoy, entonces su nombre nativo entre en tu vida. Es decir, para que su
nombre muy especial entonces llegue a tu corazón y a toda tu alma
viviente, también, «en su espíritu santificador», sólo por medio de su
Árbol de vida, su Hijo amado, el gran rey Mesías de todos los tiempos,
para que sanes de tus pecados y no mueras jamás, sino que sólo
conozcas la vida eterna.

Además, «nuestro Padre Celestial protege su nombre santísimo», en el
corazón de su Hijo amado, como su único templo sagrado para su nombre
santificador, porque «los corazones» de los ángeles y así tambiénlos
corazones y los labios de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, «no son lo suficientemente santos para conocerlo, ni
menos invocarlo aún». ¡Esta es una advertencia del cielo desde la
antigüedad, de parte de nuestro Padre Celestial, para todo ser
viviente! Porque «éste nombre original y muy santo de nuestro Padre
Celestial sólo se puede conocer con un corazón nuevo y con un alma
santificada y, a la vez, libre de los males del pecado, por los mismos
poderes del Espíritu de la sangre y de la vida del Árbol de la vida
eterna, nuestro salvador del paraíso», ¡nuestro Señor Jesucristo!

En vista de que, «nada impuro podrá jamás tocar ni menos conocer el
nombre muy santo de nuestro Padre Celestial», para que no se contamine
jamás con el mal del pecado de nadie, en el paraíso, ni la tierra, ni
menos en la nueva gran ciudad del cielo. Porque «sólo los que vuelvan
a nacer del Espíritu de Cristo», en el día que crean en él e invoquen
su nombre salvador, «para posteriormente resucitar para Dios y para su
nueva vida infinita, entonces podrán realmente recibir el nombre
primitivo de nuestro Dios en sus corazones e invocarlo con sus labios,
para alcanzar nuevas glorias jamás alcanzadas por los ángeles».

En otras palabras, «nuestro salvador Jesucristo es, también, el
salvador del nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su
Espíritu Santo», para que no se contaminen con los pecados de los
ángeles del más allá, ni con los pecados de los pecadores y de las
pecadoras de toda la tierra, de nuestros días y de siempre, por
ejemplo. Entonces «el Señor Jesucristo es muy importante en nuestros
corazones y en nuestras almas, también», para que no sólo nos perdone
nuestros pecados y nos llene de vida y de bendiciones infinitas,
«sino, además, para que nos resucite en la resurrección para conocer
en nuestros corazones y pronunciar con nuestros labios» el nombre
nativo del cielo de nuestro Creador.

Puesto que, «nuestro Padre Celestial nos crea en sus manos santas,
para que conozcamos muy pronto su nombre sagrado y muy antiguo», por
cierto, «sólo por medio de su Hijo amado», nuestro salvador del
paraíso, ¡el Señor Jesucristo!, para alcanzar entonces en la tierra y
en el paraíso, como en la nueva Jerusalén: Nuevas santidades aún
desconocidas por los ángeles. Y es aquí, desde estos mismos días, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, «cuando nuestro Dios no sólo
se prepara para crear al primer hombre del paraíso, sino también para
crearte a ti y darte vida eternal»: libre de los males de su enemigo
numero uno, Lucifer, para que vivas para él y para su nombre original
escondido en Cristo. Porque el templo de la santidad infinita del
nombre primitivo de nuestro Padre Celestial es el corazón sagrado del
gran rey Mesías del paraíso, de la tierra y de la Nueva Jerusalén del
cielo, nuestro salvador Jesucristo.

Entonces nuestro Padre Celestial, en el día de tu creación, en sus
manos sagradas, «te hizo tan santo y tan puro delante de su presencia
gloriosa, para que su nombre sagrado viva en tu corazón, desde aquel
día en adelante en perfecta santidad, de gloria y de honra para su
nueva vida infinita», de su nuevo reino venidero del cielo. Por lo
tanto, nuestro Dios «te ha levantado del polvo de la tierra», aún
cuando todo estaba perdido infinitamente en tu corazón y en toda tu
alma viviente: «para que entonces seas gloria viva y eternal, para su
nombre glorioso y sumamente honrado, en su corazón y en toda su alma
eternamente consagrada para su nueva vida celestial e infinita».

Y «éste mismo corazón y con su alma infinitamente sagrada» de nuestro
Padre Celestial, te la ha entregado a ti también, «para que tu corazón
y tu alma viviente sean un templo eterno para su nombre santo», en el
cielo, en la tierra y en su nueva vida celestial de su Nueva Jerusalén
Santa y Perfecta de la eternidad venidera. Porque «sólo con el nombre
sagrado de nuestro salvador Jesucristo viviendo en nuestros corazones,
entonces realmente viviremos su vida santa y perfecta en las calles y
mansiones de su gran Jerusalén Colosal del cielo», para jamás
volvernos a separar de él, ni de su nombre único y muy santo, por
cierto, ni de su Árbol de vida eternal, para siempre.

Y «sólo entonces es que realmente vamos a conocer a nuestro Padre
Celestial en nuestras nuevas vidas celestiales e infinitas, totalmente
libres del pecado y de las profundas tinieblas del más allá y de toda
la tierra», también, «de la misma manera que su Hijo amado le conoce
desde siempre y hasta nuestros días, para vivir juntos a él,
infinitamente». Por ello, «es importante que el nombre de su
Jesucristo sea glorificado en tu corazón y en tu alma viviente», mi
estimado hermano y mi estimada hermana: «para que el propósito
principal, por el cual nuestro Dios te comenzó a formar en sus manos,
en el comienzo de todas las cosas, sea una realidad y más no en vano,
jamás».

Es por eso, que «debes de invocar su nombre sagrado en tu corazón día
y noche», para que nuestro Padre Celestial que está en los cielos
«entonces te vea con buenos ojos todos los días de tu vida» en la
tierra y así también en tu nueva vida infinita, de su nuevo reino
venidero. Así pues, «él también te ha dado a ti sus sábados», hoy en
día, como para con los antiguos «para que seas santificado en su
nombre nativo» diariamente y en la eternidad venidera, «cada vez que
invoques en tu corazón y con tus labios el nombre glorioso del reino
de los cielos», el de su Árbol Viviente, ¡al rey Mesías!

Porque «es el nombre glorioso» del Árbol de la vida eterna del cielo y
así también de toda la tierra, por el cual nuestro Dios y de parte de
su Hijo amado, no sólo te perdonan tus pecados, sino también te lavan
tu cuerpo y toda tu alma de los males del enemigo, para vivir la nueva
eternidad celestial. Y sólo en esta santidad muy especial y muy
perfecta de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces podrás
realmente prepararte y estar listo para recibir su nombre original, el
cual nadie conoce, ni los ángeles portentosos del cielo, sino sólo el
gran rey Mesías, para que entre en tu corazón y jamás salga de ti, en
tu inmortalidad venidera.

CREER EN CRISTO ES VIVIR EN SU CARNE Y EN SU ESPÍRITU DE VIDA

Ya que, «nadie que cree en el Señor Jesucristo vive en su carne humana
de mentira y de maldad mortal e infinita», sino que «realmente vive en
la carne de la verdad y de la justicia de la vida sagrada del reino de
los cielos, por el espíritu de fe, del nombre y de la sangre del pacto
eterno». Porque la verdad es que siempre ha existido una carne
santísima y una sangre eternal, llena de la verdad y de la justicia de
Dios, nuestro Señor Jesucristo y único Árbol de la vida eterna, en la
tierra, hoy en día, y así también en la nueva inmortalidad venidera
del nuevo reino celestial de Dios y de sus huestes angelicales.

De hecho, esto es fe salvadora e insuperable, del paraíso y para todos
los que creen en la carne y en la sangre del gran rey Mesías, ¡el
Cristo y único fruto de la nueva vida eternal! Fruto de vida perfecta
e infinita, el nombre original de nuestro Creador, el cual
desdichadamente Adán rechaza para mal de muchos, en el cielo y en toda
la tierra, también, como todo pecador de toda la tierra y de siempre,
por ejemplo. Y sólo Adán y Eva pudieron por fin recibirla fe
salvadora, de Dios y de su Hijo amado, en el día que el cuerpo y la
sangre del Señor Jesucristo fueron clavados a ellos, para jamás
separarse de su Dios y Fundador y de sus vidas infinitas del paraíso
angelical.

Ésta es la fe, fuera de lo normal, de la verdad y de la justicia de tu
corazón y de tu alma viviente y de las cuales agradan mucho al corazón
sagrado de nuestro Padre Celestial, de su Espíritu Santo y de sus
huestes angelicales, en el reino de los cielos, desde la eternidad y
hasta la eternidad venidera. Oportunamente, ninguno de ustedes, en sus
millares, en todos los lugares de la tierra, vive más según la carne
del pecado de Adán, sino según el Espíritu de la carne de fe, del gran
rey Mesías Celestial, el mismo Árbol de la vida eternal: es decir, si
es que creen en él y en su obra suprema de santificación, sin igual.

Es decir, también, «sí es que el Espíritu de la Ley de Dios y Moisés
vive en sus corazones y en sus espíritus humanos por el espíritu de
fe», por ejemplo, «sólo posible en creer en la obra suprema del
cielo», «en la cual la sangre del Árbol de la vida corrió por toda la
tierra buscando tu vida pecadora». Y «ésta sangre sagrada de nuestro
Señor Jesucristo jamás se canso de buscarte entre las muchas tinieblas
de toda la tierra hasta que te encontró, como en esta hora de tu nueva
día eternal, para perdonarte y para santificarte infinitamente para el
conocimiento del nombre prehistórico de Dios y de la nueva vida
infinita del nuevo reino celestial».

Entonces «ésta misma sangre viva del gran rey Mesías corrió», en un
día como hoy en tu vida, sobre Israel y el mundo entero», buscándote:
«buscándote con gran amor y paciencia del reino infinito, para tocar
tu corazón y hasta tu propia alma, para que veas y vivas la vida
eterna, en la tierra y en el paraíso, para siempre». Porque «es la
sangre del Señor Jesucristo corriendo no sólo por la tierra de Israel
sino por las naciones del mundo entero, también», por el poder
sobrenatural del evangelio de la nueva vida del nombre original de
Dios, «es que realmente nos limpia del pecado y de las tinieblas de
Lucifer y de sus ángeles caídos, para vivir nuevamente para Dios».

LA MISMA VIDA DEL MESÍAS TE LIMPIA DÍA A DÍA DE TODO PECADO

Si, así es: «es la sangre, es la vida, es el Espíritu de Cristo lo que
nos lava y nos deja limpios y libres, como si no hubiésemos pecado
jamás, en nuestros corazones, en nuestros espíritus y en nuestros
cuerpos humanos, delante de Dios hoy en día y para la nueva eternidad
venidera, para recibir infinitamente su nombre primitivo del cielo».
Piénsalo bien, mi estimado hermano, «es la vida misma de nuestro gran
rey Mesías Celestial, la que nos purifica y nos santifica delante de
Dios, para ser infinitamente santos en nuestros nuevos cuerpos
glorificados para ver y vivir la nueva vida eterna, del nuevo reino de
Dios y de su nombre interesante, como en La Nueva Jerusalén del Árbol
Vivo».

Y «nuestro Dios ha hecho esta gran maravilla, de limpiarnos, lavarnos,
purificarnos y hasta de santificarnos con la misma vida del Señor
Jesucristo», ni más ni menos, «para que seamos declarados santos, e
hijos de Dios en la tierra, para regresar al paraíso y vivir
infinitamente, sólo en el conocimiento sumamente sagrado de su nombre
honrado y sumamente antiguo, también».

Porque «tenemos que ser supremamente santos delante de Dios, como su
Árbol Vivo, como su Espíritu Santo, para vivir en el conocimiento
perfecto, en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos, de su
nuevo nombre sumamente glorioso para entonces vivir felizmente la
nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial»: en donde
«únicamente conoceremos el amor, la paz y la vida eternal». E
instantáneamente, aunque tú no lo veas así, el Espíritu de la sangre y
de la vida sagrada y santificadora de nuestro Señor Jesucristo está
haciendo su obra sobrenatural en tu corazón, en tu espíritu y en tu
cuerpo y alma humana, con la ayuda prodigiosa de los dones gloriosos y
sanadores de su Espíritu Santo, porque amas a tu Creador
infinitamente.

Es por esta razón, «que nuestro Señor Jesucristo tuvo que sufrir
nuestros pecados sobre el madero, para hacernos libres y santos para
conocer únicamente el nuevo nombre sagrado de nuestro Creador», el
cual vive en su corazón bendito, desde mucho antes de la fundación del
cielo y de la tierra, como en el comienzo de todas las cosas, por
ejemplo. Entonces «ésta obra eternal de Dios y de su Hijo amado,
comenzó con la obra de Abraham primero, cuando llevo a su único hijo
Isaac a ser sacrificado por mandato de Dios, sobre uno de los montes
del Moriah, como símbolo eterno de lo que posteriormente sucediera con
el espíritu de la sangre del Mesías, en las afueras de Jerusalén, en
Israel». Para que la sangre viva de Cristo, así como fue clavada a los
árboles secos de Adán y Eva, pues entonces también sea para bañarnos y
lavarnos en su misma sangre, en su misma vida y en su misma carne
sagrada, para entregarnos no sólo la vida eterna, sino también el
nombre prehistórico de nuestro Padre Celestial en nuestros corazones,
para la eternidad.

Verdaderamente, «ésta obra es la cual santifica día y noche y por
siempre el corazón, el alma, el espíritu, el cuerpo y la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña de las naciones, comenzando con Adán y Eva
primero, desde la roca eterna y hasta nuestros días, para perdonarte y
bendecir tu alma con una nueva vida sumamente gloriosa». Es decir, de
que si éste espíritu de la fe, del amor infinito de Dios y de su Hijo
amado por la humanidad entera «vive en sus corazones», entonces
«ustedes sí son de él, del Dios Todopoderoso del cielo y de la tierra,
hoy en día y para siempre en la eternidad venidera, del nuevo reino
celestial».

En la medida en que, «han sido comprados», sí comprados para el
paraíso una vez más, no con precio de oro, ni de diamantes, ni de
plata alguna de las riquezas de las naciones del mundo entero, sino
«con la misma sangre y vida del gran rey Mesías, nuestro Señor
Jesucristo»: ¡el mismo Árbol de la vida eterna de siempre! Entonces
«ya las tinieblas de la antigüedad y de toda la tierra no están en
ninguno de ustedes por amor a Dios, por amor a Cristo y por amor
infinito a su sangre y vida derramada por toda la tierra, por los
poderes sobrenaturales del madero de Adán y Eva y, también, del
evangelio de la oración y del perdón.

Pues ahora hay vida y con ella: Luz, santidad, paz, gozo, felicidad,
bendiciones, milagros, maravillas, prodigios en los cielos y en la
tierra, para vivir nuevos días largos y eternos, en el conocimiento
sagrado del nombre original de nuestro Creador en nuestros corazones:
gracias a la fe viviente y sumamente gloriosa del Mesías Celestial, en
nuestros corazones infinitos. Es por esta razón, que el Espíritu de
Cristo es muy importante en tu corazón y en tus labios, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, para que vivas y sólo conozcas victoria
tras victoria, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para
siempre: Gracias al nombre nuevo de nuestro Creador. ¡el Todopoderoso
de Israel y de la humanidad!

Además, «ésta es la sangre sagrada del pacto eterno entre Dios y el
hombre de la tierra», desde Israel y hasta el fin del mundo y de las
cosas, «para darle por fin un nuevo comienzo a la nueva vida infinita
del nuevo reino glorioso», de nuestro Padre Celestial, pero esta vez
con su nombre primitivo infinitamente admirado por todos. Realmente,
«sólo ahora hay luz, salud y vida infinita en sus corazones y en sus
almas vivientes», también, mis estimados hermanos y mis estimadas
hermanas: «porque así nuestro Padre Celestial lo ha querido desde
siempre, por amor a la verdad, por amor a la justicia, por amor a su
nombre único, sólo posible en Cristo Jesús, Señor nuestro, en
nosotros».

Es decir, «que lo que Dios ha hecho con la sangre de Jesucristo, y más
no con la sangre de becerros, novillas, terneros, cabríos y hasta lo
que pudo haber sido con el sacrificio de Isaac sobre el Moriah, es
verdad con cada uno de ustedes, en todos los lugares de la tierra,
para santificarlos para su nuevo nombre eternal». Y «de estos son
muchos de todos ustedes, en las naciones del mundo entero», de los que
han invocado el nombre sagrado del Señor Jesucristo en sus vidas,
«para muy pronto entrar de lleno a la nueva vida infinita del nuevo
reino celestial de Dios y de sus ángeles, para seguir sirviéndole a
Él, como debió ser desde el comienzo».

Puesto que, «sí alguno de ustedes no tiene el Espíritu del Señor
Jesucristo, entonces no se engañe más a sí mismo en su corazón
equivocado, porque no es posible que sea de Él, en esta vida ni en la
venidera, tampoco, para siempre». Porque «nuestro Dios no se asimilara
(relacionara) jamás con el pecado de ningún ángel caído del cielo, ni
con ningún pecador o pecadora, pagano o amante de ídolos e imágenes de
talla, en toda la tierra».

Pero «sí el Espíritu del Señor Jesucristo está en ustedes, aunquesus
cuerpos están muertos a causa del pecado de Adán, por ejemplo,
independientemente sus espíritus viven a causa de la justicia llevada
acabo en el nacimiento, vida, predicación, crucifixión, muerte,
resurrección y ascensión de nuestro salvador celestial, el Hijo amado
de Dios, el gran rey Mesías inigualado hasta hoy». Es decir, «que sus
almas han de seguir viviendo sí el Espíritu de fe, del nombre y de la
sangre viva de nuestro único salvador vive en sus corazones y en sus
labios, desde hoy mismo y para la eternidad venidera del nuevo reino
glorioso de su nuevo nombre infinitamente prestigioso, para nuestros
corazones y para nuestras nuevas vidas eternales.

Entonces declárate santo y libre de toda atadura del pecado, en el
nombre del Señor Jesucristo, mi estimado hermano, para que muy pronto,
si no es ya, entonces puedas no sólo recibir el perdón eternal, sino
también la pureza de un corazón, de un alma y de una vida gloriosa y
digna de conocer el nombre prehistórico de nuestro Dios. De una vida
infinitamente gloriosa, en la cual podrás ver con tus ojos, saborear
en tu corazón, en tu alma y en tu nueva vida y así confesar: el primer
nombre de nuestro Creador, para alcanzar nuevas glorias en el nuevo
reino celeste, para su corazón muy sagrado y muy amante de tu corazón
renovado en Cristo Jesús, salvador nuestro.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, el Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para
que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la
voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero
todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu
vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad.
Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y
noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber
desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos
estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor
Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe
en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus
infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también,
en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley
santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas
las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado
hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar
cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada
señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y
celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra,
del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino
de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de
Israel y de las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas as