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| Entre 1917 y 1923 transcurrieron unos años dominados por una violenta agitación social. Los campesinos andaluces llenaban de toscas inscripciones, con el grito de «Viva Lenin», las encaladas paredes de los pueblos, mientras en Barcelona se producían centenares de asesinatos políticos. La desastrosa campaña del Ejército español en Marruecos aceleró el proceso de decadencia política, estimulado por la actitud de un rey inteligente y ambicioso, pero de limitada visión política. Tanto los conservadores como los liberales deseaban ar- dientemente las reformas que hubiesen podido fortalecer el Estado y reducir las disputas internas. Todo ello dio pie para el golpe del general Primo de Rivera, en 1923, que constituyó la primera manifestación oficial del nacionalismo español del siglo XX. Miguel Primo de Rivera no era un intelectual ni un político; era, sencillamente, un general andaluz un poco pasado de moda. Se impacientaba ante las normas constitucionales, los tecnicismos legales y las teorías sociológicas. Le gustaban el orden y la simplicidad. Aunque procedía de la pequeña aristocracia terrateniente, había sido educado con la modestia y el espíritu ahorrativo de la mayoría de los españoles. Aun siendo dictador de España, resultábale difícil acostumbrarse a llevar camisas de seda caras. Le gustaba beber vino, charlar y fumar, y cuanto más vino bebía, más hablaba. Era, sobre todo, muy aficionado a las mujeres, y sus preferencias iban desde las elegantes cortesanas de París, hasta las heteras de Madrid, que le acompañaban en sus nada infrecuentes rondas de bebidas. Había llegado al poder después de un lustro de confusión y de violencia y manifestó que le importaban más los españoles que los políticos o las teorías legales. El único fundamento ideológico de los siete años del régimen de Primo de Rivera fue el sentimiento patriótico. Considerando corrompido e ineficaz el sistema parlamentario, empezó por confiar el gobierno de la nación a un puñado de generales. Al cabo de unos años este equipo fue reemplazado por un gabinete de composición más normal. El gran objetivo de su régimen —la unión, al margen de los partidos, de todos los españoles— se realizó de una manera bastante superficial a través de un nuevo partido político: la amorfa Unión Patriótica, organización constituida en 1925 para poder nutrir la caricatura autoritaria de Asamblea representativa creada por Primo de Rivera. La Unión Patriótica no fue en modo alguno concebida al estilo de un partido fascista autoritario. En teoría era una asociación constitucional exclusivamente destinada a apoyar al gobierno durante un difícil período de transición. Según el dictador, la Unión Patriótica «debía estar constituida por todos aquellos que aceptasen la Constitución de 1876. Es decir, por lodos los que acaten y veneren los preceptos contenidos en el código fundamental de la nación» . A Primo de Rivera le traicionó siempre la conciencia de culpabilidad de su usurpación del poder. Reconocía abiertamente que su «golpe» fue «ilegal», aunque añadía: «pe-ro patriótico» . Incluso llegó a considerarlo como «una violación de la disciplina, que es el verdadero sacramento del Ejército» . En un intento para ganarse el apoyo popular, las condiciones para ser miembros de la Unión Patriótica fueron ampliándose poco a poco, hasta requerirse únicamente el ser «hombres de buena voluntad» . Así, pues, Primo de Rivera carecía, en realidad, de partido, de ideología y de un sistema político. La Unión Patriótica no fue otra cosa que una colección de elementos conservadores cuya sola obligación consistía en aprobar la dictadura, haciendo grandes alardes de retórica patriótica. El programa económico del régimen se limitaba a algo tan modesto como la realización de obras públicas y una mayor protección arancelaria. Carecía de un programa de reformas sociales, salvo el ambicioso proyecto de arbitraje constituido por los comités paritarios a través de los cuales el sindicato socialista (UGT) estuvo legalmente representado en el gobierno por vez primera. El régimen de Primo de Rivera no significó ningún orden nuevo, sino que constituyó los últimos pasos del viejo orden, y se vinculó estrechamente a la Iglesia para obtener su respaldo moral. Para el general —y esta fue, quizás, su única norma— la política,los políticos y el parlamentarismo eran una mala cosa, mientras que el mando autoritario y la unidad nacional eran lo bueno. Reconocía que la nación necesitaba un desarrollo económico con el fin de crear las bases necesarias para superar la lucha de clases, pero encomendó esta tarea de planificación económica a los ministros más jóvenes de su gabinete, especialmente José Calvo Sotelo y Eduardo Aunós. Por aquel entonces, este prudente paternalismo pareció satisfacer a las clases medias y a los socialistas. Los anarquistas, el único grupo discrepante que permaneció hostil al régimen, fueron duramente reprimidos. Primo de Rivera sentía una profunda admiración por el régimen de Mussolini. Acompañando al rey, el dictador visitó Roma durante los primeros meses de su gobierno y España firmó un tratado de amistad y de arbitraje con Italia en 1926. Pero Primo de Rivera no pudo pasar de ahí porque las estructuras políticas e ideológicas del fascismo italiano eran demasiado complejas para una mentalidad sagaz pero tan simple como la suya. La única nota de nacionalismo radical durante el régimen de Primo de Rivera la dio un raro esteta: Ernesto Giménez Caballero. De todos los escritores fascistas que proliferaron en Europa entre 1920 y 1930, Giménez Caballero fue, tal vez, el más estrafalario . Literato profesional, durante su breve carrera de escritor giró alocadamente en torno a diversas ideologías políticas modernas. Pero hacia 1930 se sintió completamente cautivado por el fascismo «romano».. El nacionalsocialismo le interesó mucho menos, aunque una parte de la propaganda inicial nazi en España, elaborada por los miembros del partido residentes en Madrid, se imprimió en la misma imprenta donde se tiraba su propia Gaceta Literaria . El ideal subyacente en los fulgurantes alegatos de Giménez Caballero era el «Reino Universal de España», algo que se había extinguido más de cien años atrás. España era «la nación elegida por Dios» . Por tanto, escribía, «el español ha nacido para mandar y no ser proletario» . El inconveniente estribaba en que España había dejado de ser España; la única salvación consistía en reafirmar la esencia de la hispanidad. Pero Giménez no pretendía —como la mayoría de los carlistas— un retorno al pasado; el contenido de su nacionalismo era algo moderno y radical, que se basaba en normas estéticas y no en principios espirituales. Creía que la violencia era necesaria para establecer una nueva hegemonía; «en la guerra no se asesina; sólo está el que pega el segundo o que no puede pegar más» . «España tiene que seguir en guerra» . El moderno anarquismo español constituía a su vez «el depósito de la heroica tradición de los conquistadores» y «el más auténtico refugio paraun catolicismo popular en España» . «Los pistoleros (anarquistas) no son criminales vulgares... Quienes sienten respeto por lo verdaderamente hispánico, veneran a esos pistoleros» . En 1934, durante una ceremonia patriótica cerca de Covadonga, Giménez Caballero resumió su doctrina con toda claridad: «Vamos a exaltar el sentimiento nacional con locura, hasta el paroxismo, con todo lo que sea necesario. Prefiero una nación de lunáticos» . Aunque la Gaceta Literaria publicó algunas traducciones de obras extranjeras tan sensacionales como la Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte, la retórica frenética de Giménez Caballero no llamó mucho la atención entre la intelectualidad liberal española más influyente. El prestigio que la revista pudiera tener era puramente literario. El «fascismo» español no pudo prosperar bajo el autoritarismo provinciano del régimen de Primo de Rivera. Los seis años de aquella extraña mezcolanza política que fue el «primorriverismo» provocaron gran confusión y un general descontento. Hacia 1929 la hacienda pública se hallaba en un estado inquietante. Los excedentes de la primera guerra mundial se habían desvanecido y no se disponía de nuevos fondos para obras públicas. La peseta descendió al nivel más bajo en el cambio internacional desde 1899. Los socialistas estaban cada vez más cansados de su compromiso político con el régimen, mientras sus rivales, los anarcosindicalis-tas, sólo esperaban el momento de poder reaparecer con nuevos ímpetus. Las clases altas, cuya posición Primo de Rivera había procurado mantener a salvo, se hallaban igualmente descontentas. Temerosas de que la situación económica del país empeorase todavía más, deseaban verse libres de la carga de una costosa administración que el régimen hacía pesar sobre ellas. El rey, en cuyo nombre se suponía que gobernaba Primo de Rivera, mostraba evidentes deseos de recuperar una buena parte de su control personal. Además, la salud de Primo de Rivera empezó a flaquear. Cuando los demás generales, a principios de 1930, se mostraron reacios a reafirmar su autoridad, se vio obligado a dimitir. Lo que le sucedió no fue mucho mejor. Dos breves gobiernos semidictatoriales, presidi-dos sucesivamente por un general y un almirante, no lograron restablecer la paz política, y tropezaron, además, con la gran depresión económica mundial. Alfonso XIII consideró en-tonces la posibilidad de un retorno a la monarquía constitucional, pero con siete años de retraso. Se le hizo responsable no sólo de los fallos de la dictadura, sino también de las decepciones de 1930. Incluso la moderada clase media empezó a abandonar a la Monarquía, mientras los grupos republicanos iban adquiriendo mayor vigor. Las «fuerzas de orden» empezaron a alarmarse; existía incluso cierto temor de que se produjera una posible rebelión de las izquierdas. En medio de aquella confusión, la Corte trató de conquistar el apoyo popular convocando la celebración de elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. La confusión aumentó todavía más. En las grandes ciudades las elecciones fueron ganadas por los republicanos, quienes exigieron el fin de la Monarquía. El 14 de abril, Alfonso XIII se encontró sin apenas un sólo partidario en todo el país. Los estériles decenios de la monarquía constitucional española habían dejado tras de sí un edificio vacío. Ni siquiera la derecha dio el menor paso para salvarla. Varios de los generales más importantes no ocultaban sus simpatías republicanas y la Monarquía se había quedado sin espada. Con un impulso generoso, el rey abandonó España. El mismo día fue proclamada la República. |
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| ¿Quienes dices que ganaron las elecciones municipales? ¿impulso generoso?. "El mismo día fue proclamada la República". ¿Por que medio democrático fué elegido ese sistema de gobierno?. "superateo86" <erpm***able.es> escribió en el mensaje news:6f8b30dd-8f2d-4a28-a92e-2a1730d9ff0e***8g2000hse.googlegroups.com... Entre 1917 y 1923 transcurrieron unos años dominados por una violenta agitación social. Los campesinos andaluces llenaban de toscas inscripciones, con el grito de «Viva Lenin», las encaladas paredes de los pueblos, mientras en Barcelona se producían centenares de asesinatos políticos. La desastrosa campaña del Ejército español en Marruecos aceleró el proceso de decadencia política, estimulado por la actitud de un rey inteligente y ambicioso, pero de limitada visión política. Tanto los conservadores como los liberales deseaban ar- dientemente las reformas que hubiesen podido fortalecer el Estado y reducir las disputas internas. Todo ello dio pie para el golpe del general Primo de Rivera, en 1923, que constituyó la primera manifestación oficial del nacionalismo español del siglo XX. Miguel Primo de Rivera no era un intelectual ni un político; era, sencillamente, un general andaluz un poco pasado de moda. Se impacientaba ante las normas constitucionales, los tecnicismos legales y las teorías sociológicas. Le gustaban el orden y la simplicidad. Aunque procedía de la pequeña aristocracia terrateniente, había sido educado con la modestia y el espíritu ahorrativo de la mayoría de los españoles. Aun siendo dictador de España, resultábale difícil acostumbrarse a llevar camisas de seda caras. Le gustaba beber vino, charlar y fumar, y cuanto más vino bebía, más hablaba. Era, sobre todo, muy aficionado a las mujeres, y sus preferencias iban desde las elegantes cortesanas de París, hasta las heteras de Madrid, que le acompañaban en sus nada infrecuentes rondas de bebidas. Había llegado al poder después de un lustro de confusión y de violencia y manifestó que le importaban más los españoles que los políticos o las teorías legales. El único fundamento ideológico de los siete años del régimen de Primo de Rivera fue el sentimiento patriótico. Considerando corrompido e ineficaz el sistema parlamentario, empezó por confiar el gobierno de la nación a un puñado de generales. Al cabo de unos años este equipo fue reemplazado por un gabinete de composición más normal. El gran objetivo de su régimen —la unión, al margen de los partidos, de todos los españoles— se realizó de una manera bastante superficial a través de un nuevo partido político: la amorfa Unión Patriótica, organización constituida en 1925 para poder nutrir la caricatura autoritaria de Asamblea representativa creada por Primo de Rivera. La Unión Patriótica no fue en modo alguno concebida al estilo de un partido fascista autoritario. En teoría era una asociación constitucional exclusivamente destinada a apoyar al gobierno durante un difícil período de transición. Según el dictador, la Unión Patriótica «debía estar constituida por todos aquellos que aceptasen la Constitución de 1876. Es decir, por lodos los que acaten y veneren los preceptos contenidos en el código fundamental de la nación» . A Primo de Rivera le traicionó siempre la conciencia de culpabilidad de su usurpación del poder. Reconocía abiertamente que su «golpe» fue «ilegal», aunque añadía: «pe-ro patriótico» . Incluso llegó a considerarlo como «una violación de la disciplina, que es el verdadero sacramento del Ejército» . En un intento para ganarse el apoyo popular, las condiciones para ser miembros de la Unión Patriótica fueron ampliándose poco a poco, hasta requerirse únicamente el ser «hombres de buena voluntad» . Así, pues, Primo de Rivera carecía, en realidad, de partido, de ideología y de un sistema político. La Unión Patriótica no fue otra cosa que una colección de elementos conservadores cuya sola obligación consistía en aprobar la dictadura, haciendo grandes alardes de retórica patriótica. El programa económico del régimen se limitaba a algo tan modesto como la realización de obras públicas y una mayor protección arancelaria. Carecía de un programa de reformas sociales, salvo el ambicioso proyecto de arbitraje constituido por los comités paritarios a través de los cuales el sindicato socialista (UGT) estuvo legalmente representado en el gobierno por vez primera. El régimen de Primo de Rivera no significó ningún orden nuevo, sino que constituyó los últimos pasos del viejo orden, y se vinculó estrechamente a la Iglesia para obtener su respaldo moral. Para el general —y esta fue, quizás, su única norma— la política, los políticos y el parlamentarismo eran una mala cosa, mientras que el mando autoritario y la unidad nacional eran lo bueno. Reconocía que la nación necesitaba un desarrollo económico con el fin de crear las bases necesarias para superar la lucha de clases, pero encomendó esta tarea de planificación económica a los ministros más jóvenes de su gabinete, especialmente José Calvo Sotelo y Eduardo Aunós. Por aquel entonces, este prudente paternalismo pareció satisfacer a las clases medias y a los socialistas. Los anarquistas, el único grupo discrepante que permaneció hostil al régimen, fueron duramente reprimidos. Primo de Rivera sentía una profunda admiración por el régimen de Mussolini. Acompañando al rey, el dictador visitó Roma durante los primeros meses de su gobierno y España firmó un tratado de amistad y de arbitraje con Italia en 1926. Pero Primo de Rivera no pudo pasar de ahí porque las estructuras políticas e ideológicas del fascismo italiano eran demasiado complejas para una mentalidad sagaz pero tan simple como la suya. La única nota de nacionalismo radical durante el régimen de Primo de Rivera la dio un raro esteta: Ernesto Giménez Caballero. De todos los escritores fascistas que proliferaron en Europa entre 1920 y 1930, Giménez Caballero fue, tal vez, el más estrafalario . Literato profesional, durante su breve carrera de escritor giró alocadamente en torno a diversas ideologías políticas modernas. Pero hacia 1930 se sintió completamente cautivado por el fascismo «romano». El nacionalsocialismo le interesó mucho menos, aunque una parte de la propaganda inicial nazi en España, elaborada por los miembros del partido residentes en Madrid, se imprimió en la misma imprenta donde se tiraba su propia Gaceta Literaria . El ideal subyacente en los fulgurantes alegatos de Giménez Caballero era el «Reino Universal de España», algo que se había extinguido más de cien años atrás. España era «la nación elegida por Dios» . Por tanto, escribía, «el español ha nacido para mandar y no ser proletario» . El inconveniente estribaba en que España había dejado de ser España; la única salvación consistía en reafirmar la esencia de la hispanidad. Pero Giménez no pretendía —como la mayoría de los carlistas— un retorno al pasado; el contenido de su nacionalismo era algo moderno y radical, que se basaba en normas estéticas y no en principios espirituales. Creía que la violencia era necesaria para establecer una nueva hegemonía; «en la guerra no se asesina; sólo está el que pega el segundo o que no puede pegar más» . «España tiene que seguir en guerra» . El moderno anarquismo español constituía a su vez «el depósito de la heroica tradición de los conquistadores» y «el más auténtico refugio para un catolicismo popular en España» . «Los pistoleros (anarquistas) no son criminales vulgares... Quienes sienten respeto por lo verdaderamente hispánico, veneran a esos pistoleros» . En 1934, durante una ceremonia patriótica cerca de Covadonga, Giménez Caballero resumió su doctrina con toda claridad: «Vamos a exaltar el sentimiento nacional con locura, hasta el paroxismo, con todo lo que sea necesario. Prefiero una nación de lunáticos» . Aunque la Gaceta Literaria publicó algunas traducciones de obras extranjeras tan sensacionales como la Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte, la retórica frenética de Giménez Caballero no llamó mucho la atención entre la intelectualidad liberal española más influyente. El prestigio que la revista pudiera tener era puramente literario. El «fascismo» español no pudo prosperar bajo el autoritarismo provinciano del régimen de Primo de Rivera. Los seis años de aquella extraña mezcolanza política que fue el «primorriverismo» provocaron gran confusión y un general descontento. Hacia 1929 la hacienda pública se hallaba en un estado inquietante. Los excedentes de la primera guerra mundial se habían desvanecido y no se disponía de nuevos fondos para obras públicas. La peseta descendió al nivel más bajo en el cambio internacional desde 1899. Los socialistas estaban cada vez más cansados de su compromiso político con el régimen, mientras sus rivales, los anarcosindicalis-tas, sólo esperaban el momento de poder reaparecer con nuevos ímpetus. Las clases altas, cuya posición Primo de Rivera había procurado mantener a salvo, se hallaban igualmente descontentas. Temerosas de que la situación económica del país empeorase todavía más, deseaban verse libres de la carga de una costosa administración que el régimen hacía pesar sobre ellas. El rey, en cuyo nombre se suponía que gobernaba Primo de Rivera, mostraba evidentes deseos de recuperar una buena parte de su control personal. Además, la salud de Primo de Rivera empezó a flaquear. Cuando los demás generales, a principios de 1930, se mostraron reacios a reafirmar su autoridad, se vio obligado a dimitir. Lo que le sucedió no fue mucho mejor. Dos breves gobiernos semidictatoriales, presidi-dos sucesivamente por un general y un almirante, no lograron restablecer la paz política, y tropezaron, además, con la gran depresión económica mundial. Alfonso XIII consideró en-tonces la posibilidad de un retorno a la monarquía constitucional, pero con siete años de retraso. Se le hizo responsable no sólo de los fallos de la dictadura, sino también de las decepciones de 1930. Incluso la moderada clase media empezó a abandonar a la Monarquía, mientras los grupos republicanos iban adquiriendo mayor vigor. Las «fuerzas de orden» empezaron a alarmarse; existía incluso cierto temor de que se produjera una posible rebelión de las izquierdas. En medio de aquella confusión, la Corte trató de conquistar el apoyo popular convocando la celebración de elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. La confusión aumentó todavía más. En las grandes ciudades las elecciones fueron ganadas por los republicanos, quienes exigieron el fin de la Monarquía. El 14 de abril, Alfonso XIII se encontró sin apenas un sólo partidario en todo el país. Los estériles decenios de la monarquía constitucional española habían dejado tras de sí un edificio vacío. Ni siquiera la derecha dio el menor paso para salvarla. Varios de los generales más importantes no ocultaban sus simpatías republicanas y la Monarquía se había quedado sin espada. Con un impulso generoso, el rey abandonó España. El mismo día fue proclamada la República. |
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| On 2 sep, 23:22, "1" <1...***1.dos> wrote: > ¿Quienes dices que ganaron las elecciones municipales? > > ¿impulso generoso?. > > "El mismo día fue proclamada la República". ¿Por que medio democrático fué > elegido ese sistema de gobierno?. -- No son palabras mias, son de Payne. Y aunque ahora algunos pretendan descubrir América lo cierto es que vistas como estaban las cosas, Sanjurjo no se atrevió a garantizarle el futuro a Alfonso XIII y el monarca mafioso del Santander- Mediterraneo optó por irse. ¿O no fue así? Saludos |
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| Si, pero: ¿Quienes dices TU que ganaron las elecciones municipales? ¿impulso generoso?. "El mismo día fue proclamada la República". ¿Por que medio democrático fué elegido ese sistema de gobierno?. "superateo86" <erpm***able.es> escribió en el mensaje news:c4a25ba9-ad2f-486c-88ba-5bcf32023046***e53g2000hsa.googlegroups.com... On 2 sep, 23:22, "1" <1...***1.dos> wrote: > ¿Quienes dices que ganaron las elecciones municipales? > > ¿impulso generoso?. > > "El mismo día fue proclamada la República". ¿Por que medio democrático fué > elegido ese sistema de gobierno?. -- No son palabras mias, son de Payne. Y aunque ahora algunos pretendan descubrir América lo cierto es que vistas como estaban las cosas, Sanjurjo no se atrevió a garantizarle el futuro a Alfonso XIII y el monarca mafioso del Santander- Mediterraneo optó por irse. ¿O no fue así? Saludos |
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