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| El Nuevo Testamento demuestra que Jesucristo tuvo una relación con Dios única, eterna y esencial, la cual ninguna otra persona humana tuvo ni antes ni después de Él. La doctrina unánime de la Biblia es que Jesucristo es una persona histórica que poseyó en sí mismo, en una forma perfecta y distinta, la naturaleza divina y la naturaleza humana, de un modo absoluto y único. Jesucristo no era un disfraz humano de Dios, ni tampoco un hombre con cualidades divinas. Era Dios-hombre. Solo existiendo en esta forma tiene sentido su exigencia de ser adorado, y no simplemente admirado. Una de las características más sobresaliente de la enseñanza de Jesucristo es que él habla frecuentemente de sí mismo. Ciertamente enseñó sobre la paternidad de Dios, sobre el Reino de Dios. Pero esto sólo sería una bella enseñanza de un maestro religioso más si a esta enseñanza no la hubiera seguido su rotunda afirmación de que quien lo había visto a él, había visto a Dios mismo (Juan 14:1-11) y de que la entrada al Reino de Dios dependía de la actitud de los hombres frente a él mismo. Por eso nunca vaciló al referirse al Reino de Dios como "mi Reino". Lo que desconcierta, entonces, de la enseñanza de Jesús es su carácter profundamente centrado en su propia persona, lo cual lo coloca en abierto contraste con todos los demás maestros religiosos que han existido en el mundo. Estos grandes maestros religiosos o de sabiduría se borran a sí mismos. En cambio Jesús se colocó a sí mismo en el mero centro de su enseñanza. Los maestros de religión o de filosofía suelen decir: "Allí está la verdad, Uds. deben seguirla". En cambio, Jesucristo afirmó sorprendentemente: "Yo soy la verdad: Uds. deben seguirme a mí". Ningún fundador de religiones, ni de escuela filosófica, en el mundo se atrevió a tal afirmación. En la enseñanza de Jesús el pronombre de primera persona singular se repite constantemente. Veamos algunos ejemplos: "Yo soy el pan de vida, el que viene a mí, nunca tendrá hambre. Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida. Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Vengan a mí todos los que estén cansados que Yo les daré descanso, y aprendan de mí". Aún más sorprendente es que Jesús afirmó que Abraham se había alegrado porque vio su día; que Moisés había escrito sobre Él, y que toda la Escritura daba testimonio sobre Él; que la Ley, los Salmos y los Profetas hablaban de Él. Un día sábado, cuando Jesús se presentó en la Sinagoga de Nazareth, y leyó un pasaje del Profeta Isaías, cap. 6:1-2, que dice: "El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha consagrado para dar buenas nuevas a los pobres", los ojos de todos estaban fijos en Él, y se quedaron asombrados, sin dar crédito a lo que escuchaban cuando pronunció estas sorprendentes palabras: "Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de Uds."; lo que Jesús quiso decir fue: "Esto es lo que Isaías escribió de mí". Por eso no debemos sorprendernos que Jesús no llamó a los hombres para que siguieran un conjunto de verdades; los llamó para que lo siguieran a Él. Cuando les dijo. "Vengan a mí", no les estaba cursando una invitación, les estaba dando una orden: "Síganme". Alguien podría decir: ¡Caramba, esas son pretensiones totalitarias". ¡Claro que sí! Absolutamente totalitarias. Sólo Dios mismo podría tener tales pretensiones. Jesucristo tenía plenos derecho de tener tales pretensiones totalitarias. No sólo había que creer en Él, sino que sus discípulos tenían que amarlo a Él por encima de cualquier otro amor en la vida. Sólo Dios podía exigir tal clase de amor absoluto: "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente". Este fue la clase de amor que Jesucristo exigió para sí mismo a sus discípulos. Sólo siendo Dios puede esto tener sentido. En las páginas anteriores hemos afirmados que las pretensiones de Jesucristo fueron absolutas, totalitarias, y que sólo Dios podía tener tales pretensiones. Pero lo más notable de este hecho es que tales pretensiones fueron mantenidas por alguien que insistió en que todos los hombres debían ser humildes, que reprendió a los discípulos porque buscaban su propio engrandecimiento y deseos de grandeza. Acaso ¿tenía Jesús normas distintas para sí mismo? No. Sus pretensiones correspondían exactamente con lo que Él era. Jesucristo siempre practicó lo que enseñó. Él dijo que era manso y humilde, y sin embargo reclamó para sí mismo el título de Mesías, conforme a las expectativas formadas en el Antiguo Testamento. Es evidente que Jesús se consideró el Mesías prometido a Israel, y su ministerio lo consideró como el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Afirmó rotundamente que había venido para establecer el Reino de Dios en la tierra. Empezó su ministerio público afirmando que todos los tiempos proféticos se habían cumplido en Él y que en Él el Reino de Dios se había acercadoa los hombres. Jesucristo adoptó el título de "Hijo del Hombre", título mesiánico derivado del Profeta Daniel. Cuando el Sumo Sacerdote judío le preguntó si Él era el "Hijo de Dios", aceptó esta designación con absoluta normalidad. También interpretó su misión a la luz de la figura del Siervo Sufriente que aparece en la última parte del libro del profeta Isaías. Todo el ministerio de Jesucristo resalta esta pretensión mesiánica. En cierta ocasión les dijo a sus discípulos, en privado, "Felices los que ven con sus ojos lo que ustedes están viendo; porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver esto que Uds. ven, pero no lo vieron; quisieron oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron" (Lucas 10:23-24). Pero la pretensión más radical que Cristo hizo para sí mismo no se refiere a su mesianismo, sino a su deidad. Jesucristo pretendió ser el Hijo de Dios por su relación eterna y única que mantuvo con el Padre. Constantemente habló de esta íntima relación que mantuvo con Dios como su Padre. Esta asociación íntima con Dios la mantuvo desde su más temprana edad, cuando sorprendió a sus propios padres mostrándoles un celo insobornable por los asuntos de su Padre celestial (Lucas 2:9). Al inicio de su ministerio público hizo afirmaciones como estas: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo también". "Yo y el Padre somos uno". "Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí" (Juan 5:17; 10:30; 14:11). Es verdad que Jesucristo enseñó a los discípulos a dirigirse a Dios como "Padre", pero su relación con Dios como Padre era tan distinta a la nuestra, que se vio obligado a distinguirse llamándolo "Mi Padre". Después de la resurrección, le dijo a María Magdalena: "Subo a donde está Mi Padre y Padre de ustedes"; no le dijo: "Subo a donde está "nuestro" Padre". La indignación que Jesús provocó entre los judíos comprueba que Él pretendió tener una relación exclusiva e íntima con Dios. Elos dijeron de Él: "Se ha hecho Hijo de Dios"(Juan 19:7). Tan absoluta era esta identificación, que para Él era totalmente natural comparar las actitudes de los hombres hacia Él y hacia Dios mismo; por eso dijo que: Conocerlo a Él era conocer a Dios. Verlo a Él era ver a Dios. Creer en Él era creer en Dios. Honrarlo a Él era honrar a Dios. Jesucristo estaba tan consciente de que Él tenía una relación especial con Dios, que en su controversia con los judíos les dijo: "En verdad les digo, que el que cree lo que Yo digo, nunca morirá". Esto resultó demasiado para sus críticos, quienes le replicaron: "Abraham y todos los profetas murieron, ¿acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? ¿Quién eres tú? Jesús les respondió: "Abraham, el antepasado de ustedes, se alegró porque iba a ver mi día". Los judíos se quedaron perplejos: "Todavía no tienes ni 50 años, y dices que has visto a Abraham?". Entonces Jesús les respondió con una de las afirmaciones más asombrosas que jamás hizo: "En verdad les digo, que desde antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Juan 8:51-58). Entonces tomaron piedras para matarlo, porque consideraron que había blasfemado contra Dios. ¿Por qué lo consideraron blasfemo? Porque Jesús no dijo que Él "existía" antes que Abraham; Él dijo: "Yo Soy". En la lengua hebrea, estas palabras son las mismas usadas para designar el Nombre de Dios revelado a Moisés desde la zarza ardiente: "Yo Soy el que Soy". Este fue el título que Jesús tomó para sí mismo con la más absoluta naturalidad. Por eso los judíos quisieron matarlo, porque entendieron que Él se estaba llamando a sí mismo: "Yo Soy el que Soy"; es decir, DIOS. Otro ejemplo profundamente impactante de esta pretensión divina, lo tenemos cuando después de la resurrección, Jesús se aparece a los discípulos, y el incrédulo Tomás está entre ellos. Jesús lo invitó para que metiera los dedos en sus heridas, y Tomás, sobrecogido de admiración le gritó: "Mi Señor y mi Dios". Jesús aceptó tranquilamente tal designación; censuró a Tomás por su incredulidad, pero ni una sola palabra de reproche por haberlo llamado Dios, ni por haberlo adorado postrado de rodillas ante Él. Esta pretensión de ser Dios mismo se muestra en numerosos testimonios durante todo su ministerio público. En muchas ocasiones ejerció funciones que sólo se correspondía a Dios. Así, por ejemplo, asumió la prerrogativa de perdonar pecados. La primera fue cuando un grupo de amigos le trajeron a un paralítico, tendido en una cama y lo bajaron por el techo. Jesús vio la necesidad física, pero sorprendió a todo el mundo diciéndole al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Marcos 2:1-12). En otra ocasión, una mujer de mala reputación se acercó a dónde estaba Jesús cenando con un fariseo, y, colocándose detrás de Jesús, lavó sus pies con sus lágrimas y los secó con sus cabellos, y luego los ungió con un costoso ungüento perfumado, y Jesús le dijo: "Tus pecados te son perdonados". En ambas ocasiones, los presentes arrugaron el rostro y se preguntaron: "¿Quién es este hombre? ¿Qué blasfemia es ésta? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?" Las preguntas estaban bien formuladas y justificadas, porque sólo Dios podía perdonar las ofensas cometidas contra Él. Jesucristo estaba haciendo exactamente eso: perdonando los pecados cometidos contra Dios. Sólo siendo Dios podía esto tener sentido. Igual de atrevida fue su pretensión de que Él tenía poder para otorgar la vida. Él se llamó "El Pan de vida", y la resurrección y la vida. A los discípulos les dijo que Él era la savia que da vida a las ramas de la vid; y a la samaritana le dijo que Él era el agua de la vida. Dios es vida. En numerosas oportunidades Jesús se declaró dador de la vida. La vida es un enigma, ya sea física o espiritual. Su naturaleza es tan desconcertante como su origen. No sabemos ni siquiera definir lo que es ni de dónde viene. Sólo sabemos que la vida es un don de Dios. Y esto es precisamente lo que Jesucristo pretendió ser y otorgar: Él es el buen pastor que da su vida por las ovejas. Él declaró que tenía el poder de otorgar la vida a todo aquel a quien Él quisiera darla. Esta pretensión fue tan rotunda y contundente que esto fue lo que hizo que los discípulos no se separaran de Él. Cuando todos lo abandonaron, sus discípulos confesaron: "Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna? (Juan 6:68). Pero Jesús no sólo pretendió ser la vida; también dijo que Él era la verdad. Lo que más impresionó a quienes lo escucharon, no fue tanto las verdades que enseñaba sino la forma como enseñaba. Sus contemporáneos quedaron impresionados por su sabiduría y decían: "Dónde aprendió este hombre todo esto? ¿Qué es esta sabiduría que se le ha dado? ¿No es este es el carpintero? ¿Cómo sabe éste tantas cosas sin haber estudiado? Y todos, impresionados por la autoridad con la que enseñaba, exclamaban: "¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre! Y se admiraban de cómo les enseñaba, porque les enseñaba con autoridad" (Marcos 6:3; Mateo 7:28-29). Si la autoridad de Jesús no era como la de los demás maestros de la Ley ni como la de los profetas antiguos, ¿de dónde le venía tal autoridad? Jesús no predicó diciendo: "Así dice Jehová-Dios"; Él enseñaba diciendo: "Así digo Yo". Su autoridad no era derivada sino propia. Es cierto que Él enseñaba lo que Su Padre le había ordenado enseñar, pero Él estaba absolutamente convencido de que Él era el órgano inmediato y final de la revelación de Dios. Nunca titubeó. Nunca se disculpó. Nunca se contradijo. Nunca se corrigió. Nunca modificó lo que había dicho. Habló cómo habló Dios mismo en el Antiguo Testamento. Habló del futuro con absoluta convicción. Estableció nuevos mandamientos y nuevas normar morales en la misma forma como las estableció Dios en los Diez Mandamientos. Afirmó que sus palabras eran eternas como la Ley, y que el destino personal de sus oyentes (o lectores) dependía de cómo respondieran a sus palabras, tal como el destino del Israel antiguo dependería de cómo respondieran a la Palabra de Dios mismo. Pero Jesús fue aún más atrevido. El afirmó que Él tenía autoridad para juzgar al mundo. Esta es su afirmación más extraordinaria. En sus parábolas enseñó que Él volverá al final de la historia para juzgar al mundo. Dijo que el día del juicio final será postergado hasta que Él regrese. Él mismo resucitará a los muertos y todas las naciones se postrarán delante de Él. Y Él será quien juzgue a todas las naciones.. Pero no solamente esto nos asombra. Él afirmó que el juicio a las naciones dependerá de la actitud que los hombres hayan tenido para con sus "hermanos más pequeños", que son sus discípulos, y de cómo hayan respondido a sus enseñanzas. Aquellos que lo hayan reconocido delante de los hombres Él los reconocerá delante de Dios. A los que lo hayan negado delante de los hombres, Él les dirá: "Apártense de mí; nunca les conocí". Semejante predicador, o era Dios mismo o debió haber sido llevado ante algún psiquiatra. Bendiciones. |
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| El Nuevo Testamento demuestra que Jesucristo tuvo una relación con Dios única, eterna y esencial, la cual ninguna otra persona humana tuvo ni antes ni después de Él. La doctrina unánime de la Biblia es que Jesucristo es una persona histórica que poseyó en sí mismo, en una forma perfecta y distinta, la naturaleza divina y la naturaleza humana, de un modo absoluto y único. Jesucristo no era un disfraz humano de Dios, ni tampoco un hombre con cualidades divinas. Era Dios-hombre. Solo existiendo en esta forma tiene sentido su exigencia de ser adorado, y no simplemente admirado. Una de las características más sobresaliente de la enseñanza de Jesucristo es que él habla frecuentemente de sí mismo. Ciertamente enseñó sobre la paternidad de Dios, sobre el Reino de Dios. Pero esto sólo sería una bella enseñanza de un maestro religioso más si a esta enseñanza no la hubiera seguido su rotunda afirmación de que quien lo había visto a él, había visto a Dios mismo (Juan 14:1-11) y de que la entrada al Reino de Dios dependía de la actitud de los hombres frente a él mismo. Por eso nunca vaciló al referirse al Reino de Dios como "mi Reino". Lo que desconcierta, entonces, de la enseñanza de Jesús es su carácter profundamente centrado en su propia persona, lo cual lo coloca en abierto contraste con todos los demás maestros religiosos que han existido en el mundo. Estos grandes maestros religiosos o de sabiduría se borran a sí mismos. En cambio Jesús se colocó a sí mismo en el mero centro de su enseñanza. Los maestros de religión o de filosofía suelen decir: "Allí está la verdad, Uds. deben seguirla". En cambio, Jesucristo afirmó sorprendentemente: "Yo soy la verdad: Uds. deben seguirme a mí". Ningún fundador de religiones, ni de escuela filosófica, en el mundo se atrevió a tal afirmación. En la enseñanza de Jesús el pronombre de primera persona singular se repite constantemente. Veamos algunos ejemplos: "Yo soy el pan de vida, el que viene a mí, nunca tendrá hambre. Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida. Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Vengan a mí todos los que estén cansados que Yo les daré descanso, y aprendan de mí". Aún más sorprendente es que Jesús afirmó que Abraham se había alegrado porque vio su día; que Moisés había escrito sobre Él, y que toda la Escritura daba testimonio sobre Él; que la Ley, los Salmos y los Profetas hablaban de Él. Un día sábado, cuando Jesús se presentó en la Sinagoga de Nazareth, y leyó un pasaje del Profeta Isaías, cap. 6:1-2, que dice: "El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha consagrado para dar buenas nuevas a los pobres", los ojos de todos estaban fijos en Él, y se quedaron asombrados, sin dar crédito a lo que escuchaban cuando pronunció estas sorprendentes palabras: "Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de Uds."; lo que Jesús quiso decir fue: "Esto es lo que Isaías escribió de mí". Por eso no debemos sorprendernos que Jesús no llamó a los hombres para que siguieran un conjunto de verdades; los llamó para que lo siguieran a Él. Cuando les dijo. "Vengan a mí", no les estaba cursando una invitación, les estaba dando una orden: "Síganme". Alguien podría decir: ¡Caramba, esas son pretensiones totalitarias". ¡Claro que sí! Absolutamente totalitarias. Sólo Dios mismo podría tener tales pretensiones. Jesucristo tenía plenos derecho de tener tales pretensiones totalitarias. No sólo había que creer en Él, sino que sus discípulos tenían que amarlo a Él por encima de cualquier otro amor en la vida. Sólo Dios podía exigir tal clase de amor absoluto: "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente". Este fue la clase de amor que Jesucristo exigió para sí mismo a sus discípulos. Sólo siendo Dios puede esto tener sentido. En las páginas anteriores hemos afirmados que las pretensiones de Jesucristo fueron absolutas, totalitarias, y que sólo Dios podía tener tales pretensiones. Pero lo más notable de este hecho es que tales pretensiones fueron mantenidas por alguien que insistió en que todos los hombres debían ser humildes, que reprendió a los discípulos porque buscaban su propio engrandecimiento y deseos de grandeza. Acaso ¿tenía Jesús normas distintas para sí mismo? No. Sus pretensiones correspondían exactamente con lo que Él era. Jesucristo siempre practicó lo que enseñó. Él dijo que era manso y humilde, y sin embargo reclamó para sí mismo el título de Mesías, conforme a las expectativas formadas en el Antiguo Testamento. Es evidente que Jesús se consideró el Mesías prometido a Israel, y su ministerio lo consideró como el cumplimiento de todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Afirmó rotundamente que había venido para establecer el Reino de Dios en la tierra. Empezó su ministerio público afirmando que todos los tiempos proféticos se habían cumplido en Él y que en Él el Reino de Dios se había acercado a los hombres. Jesucristo adoptó el título de "Hijo del Hombre", título mesiánico derivado del Profeta Daniel. Cuando el Sumo Sacerdote judío le preguntó si Él era el "Hijo de Dios", aceptó esta designación con absoluta normalidad. También interpretó su misión a la luz de la figura del Siervo Sufriente que aparece en la última parte del libro del profeta Isaías. Todo el ministerio de Jesucristo resalta esta pretensión mesiánica. En cierta ocasión les dijo a sus discípulos, en privado, "Felices los que ven con sus ojos lo que ustedes están viendo; porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver esto que Uds. ven, pero no lo vieron; quisieron oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron" (Lucas 10:23-24). Pero la pretensión más radical que Cristo hizo para sí mismo no se refiere a su mesianismo, sino a su deidad. Jesucristo pretendió ser el Hijo de Dios por su relación eterna y única que mantuvo con el Padre. Constantemente habló de esta íntima relación que mantuvo con Dios como su Padre. Esta asociación íntima con Dios la mantuvo desde su más temprana edad, cuando sorprendió a sus propios padres mostrándoles un celo insobornable por los asuntos de su Padre celestial (Lucas 2:9). Al inicio de su ministerio público hizo afirmaciones como estas: "Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo también". "Yo y el Padre somos uno". "Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí" (Juan 5:17; 10:30; 14:11). Es verdad que Jesucristo enseñó a los discípulos a dirigirse a Dios como "Padre", pero su relación con Dios como Padre era tan distinta a la nuestra, que se vio obligado a distinguirse llamándolo "Mi Padre". Después de la resurrección, le dijo a María Magdalena: "Subo a donde está Mi Padre y Padre de ustedes"; no le dijo: "Subo a donde está "nuestro" Padre". La indignación que Jesús provocó entre los judíos comprueba que Él pretendió tener una relación exclusiva e íntima con Dios. Elos dijeron de Él: "Se ha hecho Hijo de Dios"(Juan 19:7). Tan absoluta era esta identificación, que para Él era totalmente natural comparar las actitudes de los hombres hacia Él y hacia Dios mismo; por eso dijo que: Conocerlo a Él era conocer a Dios. Verlo a Él era ver a Dios. Creer en Él era creer en Dios. Honrarlo a Él era honrar a Dios. Jesucristo estaba tan consciente de que Él tenía una relación especial con Dios, que en su controversia con los judíos les dijo: "En verdad les digo, que el que cree lo que Yo digo, nunca morirá". Esto resultó demasiado para sus críticos, quienes le replicaron: "Abraham y todos los profetas murieron, ¿acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? ¿Quién eres tú? Jesús les respondió: "Abraham, el antepasado de ustedes, se alegró porque iba a ver mi día". Los judíos se quedaron perplejos: "Todavía no tienes ni 50 años, y dices que has visto a Abraham?". Entonces Jesús les respondió con una de las afirmaciones más asombrosas que jamás hizo: "En verdad les digo, que desde antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Juan 8:51-58). Entonces tomaron piedras para matarlo, porque consideraron que había blasfemado contra Dios. ¿Por qué lo consideraron blasfemo? Porque Jesús no dijo que Él "existía" antes que Abraham; Él dijo: "Yo Soy". En la lengua hebrea, estas palabras son las mismas usadas para designar el Nombre de Dios revelado a Moisés desde la zarza ardiente: "Yo Soy el que Soy". Este fue el título que Jesús tomó para sí mismo con la más absoluta naturalidad. Por eso los judíos quisieron matarlo, porque entendieron que Él se estaba llamando a sí mismo: "Yo Soy el que Soy"; es decir, DIOS. Otro ejemplo profundamente impactante de esta pretensión divina, lo tenemos cuando después de la resurrección, Jesús se aparece a los discípulos, y el incrédulo Tomás está entre ellos. Jesús lo invitó para que metiera los dedos en sus heridas, y Tomás, sobrecogido de admiración le gritó: "Mi Señor y mi Dios". Jesús aceptó tranquilamente tal designación; censuró a Tomás por su incredulidad, pero ni una sola palabra de reproche por haberlo llamado Dios, ni por haberlo adorado postrado de rodillas ante Él. Esta pretensión de ser Dios mismo se muestra en numerosos testimonios durante todo su ministerio público. En muchas ocasiones ejerció funciones que sólo se correspondía a Dios. Así, por ejemplo, asumió la prerrogativa de perdonar pecados. La primera fue cuando un grupo de amigos le trajeron a un paralítico, tendido en una cama y lo bajaron por el techo. Jesús vio la necesidad física, pero sorprendió a todo el mundo diciéndole al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Marcos 2:1-12). En otra ocasión, una mujer de mala reputación se acercó a dónde estaba Jesús cenando con un fariseo, y, colocándose detrás de Jesús, lavó sus pies con sus lágrimas y los secó con sus cabellos, y luego los ungió con un costoso ungüento perfumado, y Jesús le dijo: "Tus pecados te son perdonados". En ambas ocasiones, los presentes arrugaron el rostro y se preguntaron: "¿Quién es este hombre? ¿Qué blasfemia es ésta? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?" Las preguntas estaban bien formuladas y justificadas, porque sólo Dios podía perdonar las ofensas cometidas contra Él. Jesucristo estaba haciendo exactamente eso: perdonando los pecados cometidos contra Dios. Sólo siendo Dios podía esto tener sentido. Igual de atrevida fue su pretensión de que Él tenía poder para otorgar la vida. Él se llamó "El Pan de vida", y la resurrección y la vida. A los discípulos les dijo que Él era la savia que da vida a las ramas de la vid; y a la samaritana le dijo que Él era el agua de la vida. Dios es vida. En numerosas oportunidades Jesús se declaró dador de la vida. La vida es un enigma, ya sea física o espiritual. Su naturaleza es tan desconcertante como su origen. No sabemos ni siquiera definir lo que es ni de dónde viene. Sólo sabemos que la vida es un don de Dios. Y esto es precisamente lo que Jesucristo pretendió ser y otorgar: Él es el buen pastor que da su vida por las ovejas. Él declaró que tenía el poder de otorgar la vida a todo aquel a quien Él quisiera darla. Esta pretensión fue tan rotunda y contundente que esto fue lo que hizo que los discípulos no se separaran de Él. Cuando todos lo abandonaron, sus discípulos confesaron: "Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna? (Juan 6:68). Pero Jesús no sólo pretendió ser la vida; también dijo que Él era la verdad. Lo que más impresionó a quienes lo escucharon, no fue tanto las verdades que enseñaba sino la forma como enseñaba. Sus contemporáneos quedaron impresionados por su sabiduría y decían: "Dónde aprendió este hombre todo esto? ¿Qué es esta sabiduría que se le ha dado? ¿No es este es el carpintero? ¿Cómo sabe éste tantas cosas sin haber estudiado? Y todos, impresionados por la autoridad con la que enseñaba, exclamaban: "¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre! Y se admiraban de cómo les enseñaba, porque les enseñaba con autoridad" (Marcos 6:3; Mateo 7:28-29). Si la autoridad de Jesús no era como la de los demás maestros de la Ley ni como la de los profetas antiguos, ¿de dónde le venía tal autoridad? Jesús no predicó diciendo: "Así dice Jehová-Dios"; Él enseñaba diciendo: "Así digo Yo". Su autoridad no era derivada sino propia. Es cierto que Él enseñaba lo que Su Padre le había ordenado enseñar, pero Él estaba absolutamente convencido de que Él era el órgano inmediato y final de la revelación de Dios. Nunca titubeó. Nunca se disculpó. Nunca se contradijo. Nunca se corrigió. Nunca modificó lo que había dicho. Habló cómo habló Dios mismo en el Antiguo Testamento. Habló del futuro con absoluta convicción. Estableció nuevos mandamientos y nuevas normar morales en la misma forma como las estableció Dios en los Diez Mandamientos. Afirmó que sus palabras eran eternas como la Ley, y que el destino personal de sus oyentes (o lectores) dependía de cómo respondieran a sus palabras, tal como el destino del Israel antiguo dependería de cómo respondieran a la Palabra de Dios mismo. Pero Jesús fue aún más atrevido. El afirmó que Él tenía autoridad para juzgar al mundo. Esta es su afirmación más extraordinaria. En sus parábolas enseñó que Él volverá al final de la historia para juzgar al mundo. Dijo que el día del juicio final será postergado hasta que Él regrese. Él mismo resucitará a los muertos y todas las naciones se postrarán delante de Él. Y Él será quien juzgue a todas las naciones.. Pero no solamente esto nos asombra. Él afirmó que el juicio a las naciones dependerá de la actitud que los hombres hayan tenido para con sus "hermanos más pequeños", que son sus discípulos, y de cómo hayan respondido a sus enseñanzas. Aquellos que lo hayan reconocido delante de los hombres Él los reconocerá delante de Dios. A los que lo hayan negado delante de los hombres, Él les dirá: "Apártense de mí; nunca les conocí". Semejante predicador, o era Dios mismo o debió haber sido llevado ante algún psiquiatra. Bendiciones. |
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| On 24 Abr, 01:19, libera <libera.d...***gmail.com> wrote: > El Nuevo Testamento demuestra que Jesucristo tuvo una relación con > Dios única, eterna y esencial, la cual ninguna otra persona humana > tuvo ni antes ni después de Él. La doctrina unánime de la Biblia es > que Jesucristo es una persona histórica que poseyó en sí mismo, en > una > forma perfecta y distinta, la naturaleza divina y la naturaleza > humana, de un modo absoluto y único. > > Jesucristo no era un disfraz humano de Dios, ni tampoco un hombre con > cualidades divinas. Era Dios-hombre. Solo existiendo en esta forma > tiene sentido su exigencia de ser adorado, y no simplemente admirado. > > Una de las características más sobresaliente de la enseñanza de > Jesucristo es que él habla frecuentemente de sí mismo. Ciertamente > enseñó sobre la paternidad de Dios, sobre el Reino de Dios. Pero esto > sólo sería una bella enseñanza de un maestro religioso más si a esta > enseñanza no la hubiera seguido su rotunda afirmación de que quien lo > había visto a él, había visto a Dios mismo (Juan 14:1-11) y de que la > entrada al Reino de Dios dependía de la actitud de los hombres frente > a él mismo. Por eso nunca vaciló al referirse al Reino de Dios como > "mi Reino". > > Lo que desconcierta, entonces, de la enseñanza de Jesús es su > carácter > profundamente centrado en su propia persona, lo cual lo coloca en > abierto contraste con todos los demás maestros religiosos que han > existido en el mundo. Estos grandes maestros religiosos o de > sabiduría > se borran a sí mismos. > > En cambio Jesús se colocó a sí mismo en el mero centro de su > enseñanza. Los maestros de religión o de filosofía suelen decir: > "Allí > está la verdad, Uds. deben seguirla". En cambio, Jesucristo afirmó > sorprendentemente: "Yo soy la verdad: Uds. deben seguirme a mí". > Ningún fundador de religiones, ni de escuela filosófica, en el mundo > se atrevió a tal afirmación. > > En la enseñanza de Jesús el pronombre de primera persona singular se > repite constantemente. Veamos algunos ejemplos: "Yo soy el pan de > vida, el que viene a mí, nunca tendrá hambre. Yo soy la luz del > mundo; > el que me sigue tendrá la luz de la vida. Yo soy la resurrección y la > vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Yo soy el camino, > la verdad y la vida. Vengan a mí todos los que estén cansados que Yo > les daré descanso, y aprendan de mí". > > Aún más sorprendente es que Jesús afirmó que Abraham se había > alegrado > porque vio su día; que Moisés había escrito sobre Él, y que toda la > Escritura daba testimonio sobre Él; que la Ley, los Salmos y los > Profetas hablaban de Él. > > Un día sábado, cuando Jesús se presentó en la Sinagoga de Nazareth, y > leyó un pasaje del Profeta Isaías, cap. 6:1-2, que dice: "El Espíritu > de Dios está sobre mí, porque me ha consagrado para dar buenas nuevas > a los pobres", los ojos de todos estaban fijos en Él, y se quedaron > asombrados, sin dar crédito a lo que escuchaban cuando pronunció > estas > sorprendentes palabras: "Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura > delante de Uds."; lo que Jesús quiso decir fue: "Esto es lo que > Isaías > escribió de mí". > > Por eso no debemos sorprendernos que Jesús no llamó a los hombres > para > que siguieran un conjunto de verdades; los llamó para que lo > siguieran > a Él. Cuando les dijo. "Vengan a mí", no les estaba cursando una > invitación, les estaba dando una orden: "Síganme". > > Alguien podría decir: ¡Caramba, esas son pretensiones totalitarias". > ¡Claro que sí! Absolutamente totalitarias. Sólo Dios mismo podría > tener tales pretensiones. Jesucristo tenía plenos derecho de tener > tales pretensiones totalitarias. > > No sólo había que creer en Él, sino que sus discípulos tenían que > amarlo a Él por encima de cualquier otro amor en la vida. Sólo Dios > podía exigir tal clase de amor absoluto: "amarás al Señor, tu Dios, > con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente". Este > fue la clase de amor que Jesucristo exigió para sí mismo a sus > discípulos. Sólo siendo Dios puede esto tener sentido. > > En las páginas anteriores hemos afirmados que las pretensiones de > Jesucristo fueron absolutas, totalitarias, y que sólo Dios podía > tener > tales pretensiones. Pero lo más notable de este hecho es que tales > pretensiones fueron mantenidas por alguien que insistió en que todos > los hombres debían ser humildes, que reprendió a los discípulos > porque > buscaban su propio engrandecimiento y deseos de grandeza. > > Acaso ¿tenía Jesús normas distintas para sí mismo? No. Sus > pretensiones correspondían exactamente con lo que Él era. Jesucristo > siempre practicó lo que enseñó. Él dijo que era manso y humilde, y > sin > embargo reclamó para sí mismo el título de Mesías, conforme a las > expectativas formadas en el Antiguo Testamento. > > Es evidente que Jesús se consideró el Mesías prometido a Israel, y su > ministerio lo consideró como el cumplimiento de todas las profecías > mesiánicas del Antiguo Testamento. Afirmó rotundamente que había > venido para establecer el Reino de Dios en la tierra. Empezó su > ministerio público afirmando que todos los tiempos proféticos se > habían cumplido en Él y que en Él el Reino de Dios se había acercado > a > los hombres. > > Jesucristo adoptó el título de "Hijo del Hombre", título mesiánico > derivado del Profeta Daniel. Cuando el Sumo Sacerdote judío le > preguntó si Él era el "Hijo de Dios", aceptó esta designación con > absoluta normalidad. También interpretó su misión a la luz de la > figura del Siervo Sufriente que aparece en la última parte del libro > del profeta Isaías. > > Todo el ministerio de Jesucristo resalta esta pretensión mesiánica. > En > cierta ocasión les dijo a sus discípulos, en privado, "Felices los > que > ven con sus ojos lo que ustedes están viendo; porque les digo que > muchos profetas y reyes quisieron ver esto que Uds. ven, pero no lo > vieron; quisieron oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron" (Lucas > 10:23-24). > > Pero la pretensión más radical que Cristo hizo para sí mismo no se > refiere a su mesianismo, sino a su deidad. Jesucristo pretendió ser > el > Hijo de Dios por su relación eterna y única que mantuvo con el Padre. > Constantemente habló de esta íntima relación que mantuvo con Dios > como > su Padre. > > Esta asociación íntima con Dios la mantuvo desde su más temprana > edad, > cuando sorprendió a sus propios padres mostrándoles un celo > insobornable por los asuntos de su Padre celestial (Lucas 2:9). Al > inicio de su ministerio público hizo afirmaciones como estas: "Mi > Padre hasta ahora trabaja, y Yo también". "Yo y el Padre somos uno". > "Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí" (Juan 5:17; 10:30; > 14:11). > > Es verdad que Jesucristo enseñó a los discípulos a dirigirse a Dios > como "Padre", pero su relación con Dios como Padre era tan distinta a > la nuestra, que se vio obligado a distinguirse llamándolo "Mi Padre". > > Después de la resurrección, le dijo a María Magdalena: "Subo a donde > está Mi Padre y Padre de ustedes"; no le dijo: "Subo a donde está > "nuestro" Padre". > > La indignación que Jesús provocó entre los judíos comprueba que Él > pretendió tener una relación exclusiva e íntima con Dios. Elos > dijeron > de Él: "Se ha hecho Hijo de Dios"(Juan 19:7). Tan absoluta era esta > identificación, que para Él era totalmente natural comparar las > actitudes de los hombres hacia Él y hacia Dios mismo; por eso dijo > que: Conocerlo a Él era conocer a Dios. Verlo a Él era ver a Dios. > Creer en Él era creer en Dios. Honrarlo a Él era honrar a Dios. > > Jesucristo estaba tan consciente de que Él tenía una relación > especial > con Dios, que en su controversia con los judíos les dijo: "En verdad > les digo, que el que cree lo que Yo digo, nunca morirá". > > Esto resultó demasiado para sus críticos, quienes le replicaron: > "Abraham y todos los profetas murieron, ¿acaso eres tú más que > nuestro > padre Abraham? ¿Quién eres tú? Jesús les respondió: "Abraham, el > antepasado de ustedes, se alegró porque iba a ver mi día". > > Los judíos se quedaron perplejos: "Todavía no tienes ni 50 años, y > dices que has visto a Abraham?". Entonces Jesús les respondió con una > de las afirmaciones más asombrosas que jamás hizo: "En verdad les > digo, que desde antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Juan > 8:51-58). Entonces tomaron piedras para matarlo, porque consideraron > que había blasfemado contra Dios. ¿Por qué lo consideraron blasfemo? > Porque Jesús no dijo que Él "existía" antes que Abraham; Él dijo: "Yo > Soy". > > En la lengua hebrea, estas palabras son las mismas usadas para > designar el Nombre de Dios revelado a Moisés desde la zarza ardiente: > "Yo Soy el que Soy". Este fue el título que Jesús tomó para sí mismo > con la más absoluta naturalidad. Por eso los judíos quisieron > matarlo, > porque entendieron que Él se estaba llamando a sí mismo: "Yo Soy el > que Soy"; es decir, DIOS. > > Otro ejemplo profundamente impactante de esta pretensión divina, lo > tenemos cuando después de la resurrección, Jesús se aparece a los > discípulos, y el incrédulo Tomás está entre ellos. Jesús lo invitó > para que metiera los dedos en sus heridas, y Tomás, sobrecogido de > admiración le gritó: "Mi Señor y mi Dios". Jesús aceptó > tranquilamente > tal designación; censuró a Tomás por su incredulidad, pero ni una > sola > palabra de reproche por haberlo llamado Dios, ni por haberlo adorado > postrado de rodillas ante Él. > > Esta pretensión de ser Dios mismo se muestra en numerosos testimonios > durante todo su ministerio público. En muchas ocasiones ejerció > funciones que sólo se correspondía a Dios. Así, por ejemplo, asumió > la > prerrogativa de perdonar pecados. > > La primera fue cuando un grupo de amigos le trajeron a un paralítico, > tendido en una cama y lo bajaron por el techo. Jesús vio la necesidad > física, pero sorprendió a todo el mundo diciéndole al paralítico: > "Hijo, tus pecados quedan perdonados" (Marcos 2:1-12). En otra > ocasión, una mujer de mala reputación se acercó a dónde estaba Jesús > cenando con un fariseo, y, colocándose detrás de Jesús, lavó sus pies > con sus lágrimas y los secó con sus cabellos, y luego los ungió con > un > costoso ungüento perfumado, y Jesús le dijo: "Tus pecados te son > perdonados". > > En ambas ocasiones, los presentes arrugaron el rostro y se > preguntaron: "¿Quién es este hombre? ¿Qué blasfemia es ésta? ¿Quién > puede perdonar pecados sino sólo Dios?" > > Las preguntas estaban bien formuladas y justificadas, porque sólo > Dios > podía perdonar las ofensas cometidas contra Él. Jesucristo estaba > haciendo exactamente eso: perdonando los pecados cometidos contra > Dios. Sólo siendo Dios podía esto tener sentido. > > Igual de atrevida fue su pretensión de que Él tenía poder para > otorgar > la vida. Él se llamó "El Pan de vida", y la resurrección y la vida. A > los discípulos les dijo que Él era la savia que da vida a las ramas > de > la vid; y a la samaritana le dijo que Él era el agua de la vida. Dios > es vida. > > En numerosas oportunidades Jesús se declaró dador de la vida. La vida > es un enigma, ya sea física o espiritual. Su naturaleza es tan > desconcertante como su origen. No sabemos ni siquiera definir lo que > es ni de dónde viene. Sólo sabemos que la vida es un don de Dios. Y > esto es precisamente lo que Jesucristo pretendió ser y otorgar: Él es > el buen pastor que da su vida por las ovejas. Él declaró que tenía el > poder de otorgar la vida a todo aquel a quien Él quisiera darla. > > Esta pretensión fue tan rotunda y contundente que esto fue lo que > hizo > que los discípulos no se separaran de Él. Cuando todos lo > abandonaron, > sus discípulos confesaron: "Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son > palabras de vida eterna? (Juan 6:68). > > Pero Jesús no sólo pretendió ser la vida; también dijo que Él era la > verdad. Lo que más impresionó a quienes lo escucharon, no fue tanto > las verdades que enseñaba sino la forma como enseñaba. Sus > contemporáneos quedaron impresionados por su sabiduría y decían: > > "Dónde aprendió este hombre todo esto? ¿Qué es esta sabiduría que se > le ha dado? ¿No es este es el carpintero? ¿Cómo sabe éste tantas > cosas > sin haber estudiado? Y todos, impresionados por la autoridad con la > que enseñaba, exclamaban: "¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre! Y > se admiraban de cómo les enseñaba, porque les enseñaba con > autoridad" (Marcos 6:3; Mateo 7:28-29). > > Si la autoridad de Jesús no era como la de los demás maestros de la > Ley ni como la de los profetas antiguos, ¿de dónde le venía tal > autoridad? Jesús no predicó diciendo: "Así dice Jehová-Dios"; Él > enseñaba diciendo: "Así digo Yo". Su autoridad no era derivada sino > propia. > > Es cierto que Él enseñaba lo que Su Padre le había ordenado enseñar, > pero Él estaba absolutamente convencido de que Él era el órgano > inmediato y final de la revelación de Dios. Nunca titubeó. Nunca se > disculpó. Nunca se contradijo. Nunca se corrigió. Nunca modificó lo > que había dicho. Habló cómo habló Dios mismo en el Antiguo > Testamento. > > Habló del futuro con absoluta convicción. Estableció nuevos > mandamientos y nuevas normar morales en la misma forma como las > estableció Dios en los Diez Mandamientos. Afirmó que sus palabras > eran > eternas como la Ley, y que el destino personal de sus oyentes (o > lectores) dependía de cómo respondieran a sus palabras, tal como el > destino del Israel antiguo dependería de cómo respondieran a la > Palabra de Dios mismo. > > Pero Jesús fue aún más atrevido. El afirmó que Él tenía autoridad > para > juzgar al mundo. Esta es su afirmación más extraordinaria. En sus > parábolas enseñó que Él volverá al final de la historia para juzgar > al > mundo. Dijo que el día del juicio final será postergado hasta que Él > regrese. Él mismo resucitará a los muertos y todas las naciones se > postrarán delante de Él. Y Él será quien juzgue a todas las naciones. > > Pero no solamente esto nos asombra. Él afirmó que el juicio a las > naciones dependerá de la actitud que los hombres hayan tenido para > con > sus "hermanos más pequeños", que son sus discípulos, y de cómo hayan > respondido a sus enseñanzas. Aquellos que lo hayan reconocido delante > de los hombres Él los reconocerá delante de Dios. A los que lo hayan > negado delante de los hombres, Él les dirá: "Apártense de mí; nunca > les conocí". Semejante predicador, o era Dios mismo o debió haber > sido > llevado ante algún psiquiatra. > > Bendiciones. Ni lo terminé de leer. Me parece un artículo fuera de época. ¿Como puede la gente del siglo XXI aun creer dogmáticamente en esto, si es que de verdad hay muchos que lo hacen? En fin, cada uno tiene sus gustos... Vinga, una abraçada!! |
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| "Crom el nórdico" <webmestreLaStoa***gmail.com> escribió en el mensaje news:7778ffd3-a86f-4a61-b102-6496506cecf2***b1g2000hsg.googlegroups.com... Ni lo terminé de leer. Me parece un artículo fuera de época. ¿Como puede la gente del siglo XXI aun creer dogmáticamente en esto, si es que de verdad hay muchos que lo hacen? En fin, cada uno tiene sus gustos... __________________________ Pero la verdad es una tex. |
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