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Predeterminado LOS MILAGROS, DRAMATIZACIÓN DE LAS PRETENSIONES DE JESUCRISTO.

En las anteriores páginas, hemos considerado las extraordinarias
pretensiones de Jesucristo: ser la vida, la verdad, perdonar los
pecados, ser juez del mundo, etc. Nos queda por considerar lo que
podríamos llamar la dramatización de tales pretensiones: sus
milagros.

Es imposible aquí analizar a fondo la posibilidad o el propósito de
los milagros. Debemos señalar que el verdadero valor de los milagros
no es tanto su naturaleza como el significado espiritual, porque los
milagros son "signos", "señales" de una realidad más trascendente.

Sus milagros nunca fueron realizados por motivos egoístas, o por
sensacionalismos carentes de sentido. Jesús nunca hizo un milagro para
hacer alarde de su poder ni para exigir que se le sometieran. Los
milagros son ilustraciones de su autoridad espiritual; son parábolas
dramatizadas, actuadas, para mostrar visiblemente todas las
pretensiones de las que hemos hablado. Es decir, sus obras dramatizan
sus palabras.

El evangelista Juan comprendió profundamente esta verdad; por eso
construyó el Cuarto Evangelio, en torno a siete "señales",
seleccionadas con un propósito bien definido (Evangelio de Juan
20:30-31). Juan asoció cada una de estas "señales" a una declaración
pública de Jesús que comienza con las palabras "YO SOY".

La primera "señal" que aparece en este Cuarto Evangelio es la
transformación del agua en vino, en una boda en el pueblo de Caná de
Galilea. En sí mismo, no parece ser un milagro muy "edificante", pero
su significado está debajo de la superficie.

El evangelista dice que en la casa había seis tinajas de las usadas
para el agua de la "purificación". Esta es la clave para entender este
milagro. El agua representaba la antigua religión judía, con sus leyes
y ritos, con sus sacrificios de animales para buscar el perdón de
Dios. El vino representaba el mensaje del Evangelio traído por Jesús.

El significado es este: así como Jesucristo cambió el agua en vino,
así el Evangelio superará a la antigua Ley de Moisés. De esta forma,
Jesucristo demostraba que Él estaba autorizado para inaugurar un nuevo
orden, una verdadera nueva era: la era del Espíritu, la era del Reino
de Dios. Jesús estaba diciendo: "Yo Soy el Mesías". Y sus discípulos
creyeron en Él.

En otra ocasión, Jesús alimentó a cinco mil personas con la
multiplicación de los panes. Con este milagro Jesús se proclama como
"el Pan de vida" que puede saciar el hambre del corazón humano. Un
poco más adelante, Jesús abrió los ojos a un hombre que había nacido
ciego. Él había gritado públicamente: "Yo Soy la Luz del mundo". Con
esta señal estaba enseñando que Él era capaz de abrir los ojos del
corazón humano para que vieran quién era Él y lo reconocieran como
Dios mismo.

Finalmente, trajo de nuevo a la vida a uno que antes había estado
muerto. Lázaro, su amigo, estaba muerto. Jesucristo había dicho: "Yo
Soy la Resurrección y la Vida". Jesús resucitó a Lázaro como señalde
que Él era la vida del creyente antes y después de la muerte. La
muerte nunca podrá prevalecer sobre la fe en Jesucristo, porque quien
esté unido a Él vivirá para siempre.

Todos estos milagros eran parábolas: porque los seres humanos están
hambrientos, ciegos y muertos espiritualmente, sólo Jesucristo puede
satisfacer su hambre, restaurarles la vista y levantarlos a una nueva
vida.

En lo expuesto hasta ahora, hemos concluido afirmando que sólo
Jesucristo puede llenar las ansias del corazón humano, restaurándonos
la vista y llevándonos a una nueva experiencia de vida. Sus milagros
no son otra cosa que parábolas de esta realidad espiritual. Es
imposible eliminar de los Evangelios las pretensiones radicales y
absolutas que el carpintero de Nazaret formuló sobre sí mismo y sobre
su misión en el mundo.

No es posible decir que estas pretensiones fueron inventadas por los
evangelistas o que fueron exageraciones inconscientes, por cuanto no
tenían precedentes que pudieran revelar en ellos tal grado de potencia
imaginativa y las pretensiones resultan tan radicales que chocaban de
frente con las concepciones religiosas de los evangelistas mismos.

Además, tan absolutas pretensiones de Jesús se hallan distribuidas
profusa y equitativamente en los cuatro evangelios y el retrato de
Jesús que resulta de las narraciones presentadas por los evangelistas
es demasiado consistente y equilibrado como para haber sido creado por
la imaginación de humildes pescadores artesanales.

Las pretensiones están allí. Alguien podría argumentar diciendo que
por sí solas no constituyen una evidencia de la deidad de Jesús, que
tal vez pudieran ser pretensiones falsas. Pero, las pretensiones están
allí y es necesario encontrar alguna explicación. Porque no podríamos
seguir considerando a Jesús como un gran maestro si estaba equivocado
en alguno de los puntos capitales de su enseñanza, la más importante
de todas: la enseñanza sobre sí mismo.

Algunos eruditos han señalado que, humanamente hablando, existe en
Jesús una especial "megalomanía", y que esta "megalomanía" nunca ha
dejado de ser realmente perturbadora para todos los que se asoman sin
prejuicios al Jesús retratado en los Cuatro Evangelios.

Un cierto crítico señaló, y con razón, que "tales pretensiones en un
mero hombre serían la expresión máxima de la megalomanía imperial". En
efecto, en un simple mortal, las pretensiones expresadas por Jesús
tendrían que ser consideradas como un signo de evidente locura.

Sin embargo, como afirma también otro crítico: "la discrepancia que
existe entre la profundidad, la cordura y la astucia de las enseñanzas
de Cristo, por una parte, y la megalomanía que trasunta su enseñanza
teológica, por otra parte, nunca ha sido superada completamente, a
menos que Él sea Dios".

¿Acaso fue deliberadamente un impostor? ¿Trató de conseguir la
adhesión de los hombres a sus puntos de vista asumiendo una autoridad
divina que nunca tuvo? Es muy difícil creer esto. En la vida de Jesús,
tal como está descrita en los Cuatro Evangelios, todo resulta ser
transparente, diáfano, sencillo.

Predicó fuertemente contra la hipocresía en otros, y fue absolutamente
exigente y transparente para consigo mismo. Si hubiera sido un
impostor habría salvado su vida simplemente plegándose a las
expectativas que el pueblo tenía sobre el Mesías esperado por Israel.
Pero Jesús fue absolutamente coherente consigo mismo y se negó a
satisfacer las falsas expectativas despertadas en el pueblo. Esto no
lo hace un impostor demagogo.

¿Estuvo acaso sinceramente equivocado? ¿Tenía una ilusión fija sobre
sí mismo? Jesús no da nunca la impresión de poseer la anormalidad que
uno espera descubrir en un iluso. El carácter de Cristo parece
respaldar sus pretensiones. Y este es el terreno donde debemos seguir
investigando.

Siempre han existido pretendientes a la grandeza y a la divinidad. Los
manicomios están llenos de enfermos que se creyeron Julio César,
Napoleón o Jesucristo. Emperadores hubo que se creyeron divinos y
fueron muertos por la lanza de uno de sus guardaespaldas. Nadie les
creyó. Nunca tuvieron discípulos. No convencieron a nadie, porque
nunca parecieron ser aquello que pretendieron ser. Su carácter no
avaló nunca sus pretensiones.

Con Cristo no sucedió lo mismo. Las convicciones que como cristianos
tenemos acerca de Cristo reciben su fuerza por el hecho de que Él
parece ser lo que pretende ser. Entre sus palabras y sus acciones
nunca existió discrepancia. Indudablemente, para que alguien pudiera
autenticar las pretensiones que Jesús manifestó necesitaría poseer un
carácter extraordinario. Sólo Jesús de Nazaret puede presentar el
carácter que nosotros aspiramos a encontrar en alguien radicalmente
distinto de nosotros mismos.

Es cierto que su carácter no prueba de manera concluyente que sus
pretensiones fueran verídicas, pero las confirma definitivamente. Sus
preten-siones fueron exclusivas. Su carácter es único en su género. Es
tan único que nadie, ni sus predecesores ni sus seguidores, pueden
comparársele. Jesús de Nazaret no pertenece al grupo de los "grandes
de la historia". Podemos hablar de Alejandro el Grande, de Napoleón el
Grande, de Bolívar el Grande, pero a Jesucristo tenemos que ponerlo
aparte. Jesucristo no es Grande, Él es UNICO.

Nada puede añadirse a su nombre. Él desafía todo análisis, confunde
todos los cánones de la naturaleza humana. Bien podríamos decir que si
Cervantes entrara en nuestra casa, nos pondríamos de pie para
aplaudirle; pero si fuera Jesucristo quien entrara, todos caeríamos de
rodillas para adorarle y besar el ruedo de su manto.

La categoría de Jesús de Nazaret es única. No nos satisface decir que
Él "es el hombre más grande que ha existido"; ni que es " el más
excelso maestro jamás escuchado". Con Jesucristo no podemos usar
términos comparativos, ni aun superlativos.

En cierta ocasión vino a Él un hombre muy rico y piadoso, y le dijo:
"Maestro bueno". Jesús le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? No hay
más que uno bueno, y ese es Dios."

¡Exacto! Hubiéramos exclamado nosotros. No se trata de que Jesús haya
sido mejor que los demás hombres, ni siquiera el mejor de todos los
hombres. Jesús es Bueno en la exacta dimensión de la absoluta bondad
de Dios mismo.

La trascendencia de esta absoluta pretensión debe ser puesta en
evidencia. Todos sabemos que el pecado es la naturaleza universal de
todos los hombres. Todos los hombres somos pecadores. Esta es la
verdad universal más evidente en el mundo. El pecado no es un
accidente en la vida, es parte de nuestra naturaleza. No somos
pecadores porque pecamos; pecamos porque somos peca-dores. Nuestra
naturaleza está dañada por el mal. ¡Quién diga que no tiene pecado que
tire la primera piedra!

En cambio, Jesucristo en varias ocasiones afirmó que no tenía pecado.
Él desafió a sus adversarios preguntándoles: ¿Quién de ustedes puede
demostrar que yo tengo algún pecado? (Juan 8:46).

Nadie le contestó. Cuando Él los acusó, todos se fueron; cuando los
invitó a que lo acusaran a Él, Él se quedó a esperar el veredicto. La
vida de Jesús de Nazaret es el más perfecto milagro que jamás haya
sido hecho. Su carácter es más maravilloso que el más grande de todos
los milagros.

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