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| Primero, hay que reconocer que el pecado no es un tema muy popular, y muchas veces se nos critica porque insistimos en este asunto. El cristianismo no es ni pesimista ni optimista en este asunto, es sencillamente realista frente a este hecho. El pecado no es un invento de maestros religiosos que quieren mantenerse en sus puestos de trabajo. El pecado es el hecho más universal de la experiencia humana. La historia de los últimos siglos nos ha convencido de que el problema del mal no radica ni en los sistemas económicos, sociales y educativos, sino en el hombre mismo. El pecado no es meramente un problema social. En el siglo XIX floreció poderosamente un optimismo filosófico basado en la creencia en la bondad innata de la naturaleza humana. Se creía que la naturaleza del hombre era fundamentalmente buena, pero que el mal generado en la sociedad era causado por la ignorancia, por la pobreza, por la falta de educación; y que bastaba una reforma social y educativa para que el hombre alcanzara el estado perfecto de felicidad, paz y progreso. Demás está decir que esta ilusión se estrelló frente a los hechos ineludibles de la historia. Jamás en la historia del hombre se ha ampliado tanto el horizonte de las oportunidades de estudio, el avance científico y tecnológico han alcanzado niveles sin precedentes en todos los siglos anteriores. Casi todas las naciones se han lanzado a grandes programas de bienestar y seguridad social, y en los países industrializados la vida de los niños al nacer parece perfectamente bien asegurada. Sin embargo, las atrocidades que han caracterizado a las últimas guerras mundiales y los subsecuentes conflictos bélicos internacionales, la supervivencia de regímenes políticos de opresión y barbarie, las discriminaciones raciales, políticas y económicas, el incremento espantoso de la violencia y del crimen, en todas las estructuras de la sociedad, nos ha llevado a la convicción de que la raíz del mal no está fuera sino dentro del hombre. Y esta raíz tiene un nombre, aunque no nos guste: el pecado. El egoísmo humano. Muchas de las cosas que hoy admitimos como señales incuestionables de una vida "civilizada" están profundamente sustentadas y penetradas por el pecado. Tomemos, por ejemplo, el campo de la Ley. En todas partes hay un clamor por el incremento de leyes para proporcionar defensa a la sociedad. Toda esta amplia y variada legislación, expresada en el ordenamiento jurídico de una nación, supone la existencia del pecado. Los seres humanos no pueden confiar los unos en los otros; nadie cree que las diferencias y disputas entre los seres humanos se puedan resolver con justicia y sin que cada cual busque sacar el máximo provecho económico a sus propios intereses. No basta prometer algo, se requiere firmar un contrato; no son suficientes puertas y ventanas, hay que cubrirlas con rejas y candados. No basta con cobrar los impuestos, hay que poner inspectores para que vigilen a los cobradores, y vigilantes para que controlen a los inspectores. No basta la Ley y el Orden, no basta una Constitución Nacional ni un Código Penal. Hay que tener un poder policial fuerte para obligar al cumplimiento de la Ley. No podemos confiar en nadie, ni siquiera en la persona que duerme a nuestro lado. Nadie confía en nadie, porque necesitamos protegernos de los demás. Esta es la más terrible acusación contra la naturaleza humana. Todo esto se debe a esa palabra incómoda que nadie quiere pronunciar hoy: pecado. Para la Biblia es absolutamente evidente que el pecado es una experiencia universal. La sentencia que resume esta convicción es: "Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque", dice el libro del Eclesiastés. La conciencia de los escritores bíblicos les dice que si Dios se levantara en juicio contra los hombres, ni uno sólo escaparía a la condenación, porque ante Dios nadie es inocente. El profeta Isaías lo dice categóricamente: "Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino... todos nosotros somos como suciedad, y nuestra justicia es como trapo de inmundicia". Nada de esto es fantasía. El apóstol Pablo inicia su carta a los Romanos argumentando minuciosamente que todos los hombres, sin discriminaciones de razas ni de religiones, somos pecadores. Pablo describe la moral degradada de la sociedad greco-romana del primer siglo, pero luego afirma que los judíos, quienes poseían la Ley Santa de Dios, no eran mejores porque la quebrantaban diariamente. Por eso, Pablo sentencia rotundamente: "Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la Gloria de Dios". La sentencia es aún más enfática en las palabras del Apóstol Juan: "Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso, y nos engañamos a nosotros mismos y somos unos falsos". Pero, debemos preguntarnos, ¿qué es, entonces, el pecado? Que es algo universal, eso está claro; pero, ¿cuál es su naturaleza? La Biblia usa para designar al pecado varias palabras; una representa algo así como una falla, un desliz, un lapsus, un error. Otra es una palabra que significa "no dar en el blanco". Desde otro punto de vista, el pecado es una transgresión; aquello que traspasa un límite, un acto que viola la ley y la justicia. Es decir, pecado es un ideal que no alcanzamos o una ley que violamos. La Biblia remata diciendo que pecamos cuando, sabiendo lo que es el bien, no lo hacemos. |
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