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| Si el primero de los Diez Mandamientos se refiere al objeto de nuestra adoración, el segundo: "No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las honrarás..." expresa la manera en cómo debemos adorarlo. En el primer mandamiento, Dios demanda la adoración exclusiva; en el segundo nos enseña que la verdadera adoración a Dios debe ser sincera y espiritual: "Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo espiritualmente y en verdad" (Juan 4:24). Es posible que ninguno de nosotros llegue jamás a forjar con las manos una tosca imagen de metal, de madera o de piedra; pero, ¿cuál es la imagen de Dios que guardamos en la mente? Aunque Dios no prohibe el uso de formas externas en la adoración, éstas son inútiles si no están acompañadas por una realidad interna. Es posible que asistamos frecuentemente a los actos sagrados, misas y cultos, pero, ¿adoramos realmente a Dios? Es posible que pronunciemos oraciones, pero, ¿oramos realmente? Es posible que llevemos la Biblia bajo el brazo, pero, ¿dejamos que Dios nos hable por medio de ella? ¿acaso hacemos lo que ella nos dice? De nada vale hablar a Dios con los labios si nuestro corazón está lejos de Él. Nuestra adoración puede convertirse en una pérdida de tiempo y en un formalismo vacío si nuestro corazón no tiene un profundo deseo de obedecerlo. Esto es lo que enseña el tercero de los Mandamientos: "No tomarás el Nombre de Dios en vano". La Biblia nos manda reverenciar el Nombre de Dios. El Nombre es la naturaleza y la persona misma de Dios; tomar el Nombre de Dios en vano es un asunto mucho más profundo que meras palabras: incluye nuestras acciones, nuestra conducta. Cada vez que nuestras acciones y nuestras conductas contradigan las creencias, o la fe, que decimos profesar, o nuestras prácticas sean inconsecuentes con lo que predicamos, estamos profanando el Nombre del Señor. En vano llamamos "Señor, Señor" si no hacemos lo que Él nos ha ordenado hacer. Llamar a Dios Padre y llenar nuestro corazón de odio o rencor hacia sus hijos, es profanar el Nombre de Dios. Hablar de un modo y actuar de otro, es tomar el Nombre de Dios en vano. Dios también nos ordena que debemos santificar el día de descanso. Este es El Día del Señor, no es nuestro. Es un día para descanso físico, mental y espiritual, no sólo para disfrute egoísta de nosotros mismos, sino para el bien común de todos los demás; debemos hacer todo lo posible para que nadie tenga que trabajar innecesariamente en el Día del Señor. Es un Día Santo que no debemos emplear para nuestro placer egoísta; este día le pertenece al Señor no a nosotros. Pero al afán de lucro y de placer de esta sociedad moderna ha conducido al hombre a un estado de esclavitud en la que el trabajo sólo se concibe como un medio para lograr fines egoístas. Cuando una sociedad no es capaz de proporcionar un trabajo bien remunerado a la mayor parte de sus integrantes, también está profanando el Día del Señor, porque para poder santificar el día de reposo es necesario que cada persona tenga en qué ocuparse los seis días restantes de la semana. Santificar el Día del Señor, entonces, obliga a proporcionar fuentes de trabajo y recompensar con salarios justos y protección social adecuada a todos los trabajadores, para que así puedan dedicarse con reposo, sin angustias y afanes, a la adoración y al servicio de Dios. Porque esto es algo más que una disposición humana, es un verdadero Plan de Dios. En las páginas anteriores llamábamos la atención al mandamiento de santificar el día del Señor, día santo apartado para Dios y que debemos emplear para su servicio y adoración y no para nuestro placer egoísta. Ahora queremos comentar el primer mandamiento que incluye una promesa: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que El Señor, tu Dios, te da". Este mandamiento, el quinto, es como la bisagra que une las dos tablas de la Ley. La primera parte está consagrada a los deberes para con Dios y la segunda a los deberes con los demás, con el prójimo. El honrar a padre y madre hoy día forma parte ya del folklore de nuestra sociedad de consumo; todo se ha reducido a pensar que honrar padre y madre es llenarlos de regalos en sus respectivos días, para beneplácito de nuestros comerciantes. Pero lo que la Biblia nos enseña es que nuestros padres ocupan el lugar de la autoridad de Dios en la familia. Hoy día esta imagen está muy deteriorada; son millares de niños y jóvenes que crecen sin una presencia paterna a quien deban honrar; en otros miles la imagen de la madre cumple ambos significados, mientras que, por las condiciones de la vida moderna, en millones de hogares hay ausencia de padres y madres, y los niños y jóvenes son criados y educados por personas ajenas al hogar y por otras fuentes de autoridad, como la TV o los videojuegos. El resultado es algo que se ha repetido hasta el cansancio: hay una profunda crisis en el hogar, en la familia, y esto ha provocado enormes y catastróficas consecuencias para toda la sociedad, tanto en países ricos como en los pobres. Si examinamos a nuestra sociedad con la piedra de toque de estos 10 Mandamientos la conclusión es muy simple: la naturaleza humana está sumergida en lo que la Biblia llama PECADO, no importa cómo quieran llamarlo los comunicadores sociales. Si el quinto mandamiento nos acusa, ¿qué podríamos decir del sexto?: NO MATARÁS. Este mandamiento no sólo tiene que ver con la violencia física, esa que todos los días, y cada vez más, se retrata en las páginas de nuestros periódicos y en las pantallas de los televisores. Hay miradas que matan. Hay muchos que desearían matar con tan sólo la mirada de odio. Y ¿ a cuántos no hemos asesinado con nuestras palabras hirientes? Sin duda, tendríamos que concluir que simplemente todos hemos sido asesinos alguna vez. ¿Podrá alguien decir que la Biblia miente cuando afirma que "por cuanto todos pecaron están destituidos de la presencia de Dios? Jesucristo enseñó que el enojarse contra alguien sin razón alguna o insultarlo es tan serio como un asesinato. Todo el que odia es un asesino, dice el Apóstol Juan. Cada arranque de ira, cada explosión de pasión incontrolada, cada irritación de mal humor, cada amargo resentimiento y la sed de venganza son formas de homicidio. Podemos matar con el arma de los chismes maliciosos; podemos matar con el arma del desprecio; matamos cuando exponemos a alguien al escarnio público y cuando traficamos con mentiras, con promesas no cumplidas, con el dolor de la tragedia de los demás, sobre todo si estos son pobres. Matamos cuando hablamos de otras personas toda clase de mal, mintiendo; matamos cuando despreciamos y tratamos con crueldad a otros por su condición social, raza, color, sexo o creencias intelectuales. Matamos cuando nos creemos superiores a los demás, cuando miramos la paja en el ojo ajeno y no contemplamos la viga que hay en el nuestro. Podemos matar con el arma del rencor y de la envidia. Probablemente, todos alguna vez lo hemos hecho. Un principio fundamental del cristianismo básico es que la enseñanza bíblica va siempre hacia las raíces más profundas y no se limita meramente a las cuestiones de la superficie. Los cinco mandamientos finales del Decálogo tienen un centro común: todos expresan la necesidad de respetar los derechos de los demás. Quebrantar uno cualquiera de estos mandamientos es violar alguno de los derechos fundamentales de humanidad. Es violar al prójimo las cosas más preciosas que cualquier persona puede poseer: La vida ("No matarás"); su hogar y su honor ("No cometerás adulterio"); su propiedad ("No robarás") y, por último, pero no menos importante, su reputación, su dignidad ("No dirás falso testimonio contra tu prójimo"). Por su puesto, todos estos mandamientos tienen una aplicación mucho más profunda que la expresada en su letra. Así, "No adulterarás" va más allá de la mera infidelidad conyugal. En realidad, abarca cualquier clase de relación sexual fuera de la esfera para la cual tal tipo de relación fue diseñada: el matrimonio, la vida en comunidad de una pareja. Incluye toda perversión de algo que, aunque es un instinto natural, está bajo nuestra responsabilidad. La profundidad de este mandamiento, más allá de cualquier relación física, fue expresada por el mismo Señor Jesucristo cuando dijo contundentemente: "Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en el corazón". Así como albergar cualquier clase de sentimientos de odio o de venganza en el corazón, es cometer homicidio, así también cualquier abuso que se cometa contra un don tan maravilloso, dado por Dios, santo y hermoso, como el sexo, es cometer adulterio, aunque éste se cometa en el mundo de las miradas; porque de la pureza de nuestros ojos depende la pureza de nuestras acciones. "No robarás", dice el octavo mandamiento. Robar a una persona cualquier cosa que le pertenezca o a la que tenga derecho. Pero éste no es el único sentido. La evasión de impuestos también es un robo; el trabajar menos horas de las estipuladas en el contrato, perder el tiempo de trabajo en cuestiones personales o en tontas conversaciones; hacer trabajar demasiado a los obreros y pagarles menos de lo que merecen; cabalgar los horarios en los hospitales; no atender correctamente las necesidades de los servicios públicos y los reclamos de los usuarios; retener las prestaciones sociales y desviarlas para otros usos; a todo esto la Biblia lo llama: ROBAR. Cuando nos examinamos críticamente a la luz de estos mandamientos, ¿Quién de nosotros puede sentirse absolutamente libre de pecado? Sin duda, el pecado es la verdad más evidente en nuestra naturaleza. Tal es la enseñanza de La Biblia. Los últimos dos mandamientos: "No dirás falso testimonio" y "No codiciarás", incluyen todas las formas de escándalo, de difamación, de perjurio; toda clase de habladurías, de chismes, de charlatanería, toda mentira y exageración o distorsión deliberada de la verdad; cuando escu-chamos rumores despiadados e hirientes y los hacemos correr, cuando hacemos chistes a costillas de otros, cuando creamos deliberadamente falsas impresiones. Por último, y quizás el más profundo de todos: No codiciarás. Porque es el que más revela nuestra condición humana. Porque va más allá de las leyes civiles, hasta el plano de la ética profunda. Las leyes civiles no pueden hacer nada contra la codicia, porque ésta pertenece a la vida íntima, a la vida interior. Acecha y se esconde en nuestro corazón. Un examen cuidadoso de los Diez Mandamientos ha sacado a luz un feo catálogo de peca-dos. ¡Tantas cosas tienen lugar debajo de la superficie de nuestras vidas, en los rincones de nuestra mente, que los demás no ven y que muchas veces logramos ocultar hasta de nosotros mismos! Pero Dios sí lo ve; su mirada penetra todas las cosas, hasta los recodos más profundos del corazón. No hay nada que pueda esconderse de Dios; todo está descubierto y abierto a la vista de aquel ante quien tenemos que rendir cuenta. Dios nos ve tal cual como somos y su Ley pone de manifiesto la seriedad de nuestros pecados. La Ley de Dios sirve solamente para hacernos saber que somos pecadores. Cuando examinamos los Diez Mandamientos dos verdades saltan a nuestros ojos: la Santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre. Sin duda este tema de la naturaleza y universalidad del pecado nos resulta desagradable y chocante, porque a ninguno de nosotros nos gusta que nos digan cómo somos realmente. Pero a esto hay que añadir que el pecado no solo es feo y desagradable sino que tiene profundas conse-cuencias. Consecuencias en relación con Dios, en relación con uno mismo y en relación con los demás. Aunque quizás ni nos damos cuenta, la consecuencia más catastrófica del pecado es que nos aparta de la relación con Dios. El destino más elevado del ser humano es conocer a Dios y entrar en una relación personal con Él. La Biblia nos dice que somos hechos a imagen y semejanza de Dios, y esto es lo que le otorga nobleza y dignidad a todo ser humano. Esto es lo que hace posible que tengamos la capacidad de conocer y tener una relación personal con Dios. Pero ese Dios a quien podemos conocer es infinitamente Justo y Santo. En las historias de todos los hombres que en la Biblia tuvieron la experiencia de ver la gloria de Dios, podemos observar cómo todos ellos desaparecieron de delante de su Presencia abrumados por la inmensidad de sus propios pecados. Moisés, a quien Dios se le apareció en la zarza que ardía pero que no se consumía, escondió su rostro porque sintió miedo de mirar directamente a Dios. Job, a quien Dios habló desde un torbellino, exclamó: "De oídas había yo sabido de ti, pero ahora mis ojos te ven, por eso me aborrezco a mí mismo y me arrepiento en polvo y ceniza". El gran profeta Isaías vio la Gloria y la Santidad de Dios y tuvo que gritar: "¡Pobre de mí, estoy perdido! Porque soy hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo que también tiene labios impuras. Y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los Ejércitos". Saulo de Tarso, mientras viajaba a Damasco lleno de ira contra los cristianos, fue arrojado al suelo y cegado por una luz del cielo más brillante que la luz del sol del mediodía. La misma experiencia la tuvo Juan, el vidente de Patmos, cuando vio la visión de Jesucristo Resucitado, y al verlo cayó a sus pies como muerto. Si pudiéramos descorrer por un momento la cortina que cubre la invisible majestad de Dios, ninguno de nosotros podría soportar la terrible visión, porque sabemos que mientras permanezcamos en nuestra condición de pecado jamás podremos acercarnos a la Santidad de Dios. Un gran abismo se abre entre el Dios Justo y Santo y el hombre pecador. En realidad, a duras penas podemos imaginar lo pura y brillante que debe ser la Gloria de Dios, pero sí sabemos demasiado de las tinieblas en las que estamos nosotros sumergidos, y la Biblia dice: "¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? |
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