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| En las páginas anteriores hemos señalado que la consecuencia más catastrófica del pecado es la separación o ruptura radical entre Dios y los hombres. Esta verdad bíblica está ilustrada en la misma construcción del Tabernáculo en el desierto, tal como se describe en el libro del Exodo, en el AT, y, posteriormente, del grandioso Templo de Jerusalén, una de las grandes maravillas de la antigüedad. Ambas construcciones se hicieron con dos divisiones: El Lugar Santo, que era el más grande, y el Lugar Santísimo, en donde residía la Presencia de Dios. En el Lugar Santísimo, recinto más pequeño, estaba la "La Gloria de Dios", símbolo visible de la Presencia de Dios. Entre los dos recintos estaba una gruesa cortina o Velo, que impedía la entrada al Lugar Santísimo. Nadie podía pasar hacia la Presencia de Dios, excepto al Sumo Sacerdote, y sólo una vez al año, en el Día de la Expiación, siempre que llevara consigo la sangre de los sacrificios por los pecados. Esta demostración visible de esta tremenda verdad fue enseñada literariamente por todos los escritores del Antiguo Testamento: el pecado significa separación inevitable con Dios, y esta separación acarrea la muerte, la muerte espiritual, pues estar separado de Dios es estar separado de la fuente de la Vida. Por eso, la Biblia afirma lapidariamente: "La paga del pecado es la muerte". Esta muerte espiritual la Biblia la llama "Infierno", es decir, la muerte eterna. Dejando de lado las representaciones imaginarias del Infierno, es importante señalar que nadie debe llamarse a engaños. La Biblia llama al Infierno como una horrenda y terrible realidad: Las tinieblas de afuera, porque el Infierno no es más que la separación eterna con Dios que es la Luz. También la Biblia lo llama: La Muerte Segunda, o "lago de fuego", términos que describen simbólicamente la pérdida definitiva de la vida y la sed espantosa que supone el destierro irrevocable y eterno de la presencia de Dios. Esta separación con Dios causada por el pecado no sólo se enseña en la Biblia, sino que se confirma en la experiencia humana. Cuando los hombres intentan, por ritos, oraciones y sacrificios, acercarse a la Presencia de Dios, sólo logran experimentar la sensación como si Dios estuviera envuelto en densas tinieblas. La razón está en lo que dice el Profeta Isaías: "Vuestros pecados han hecho separación entre vosotros y Dios; vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros". Sin embargo, Dios no es el responsable de esta separación, nosotros sí. Nuestros pecados esconden de nosotros el rostro de Dios de la misma manera como las nubes cubren el rostro del sol. Muchas personas han experimentado esta horrible separación y se han sentido desamparados. Esto no es sólo un sentimiento, es un hecho. Hasta que el hombre no experimente el perdón de sus pecados, hasta que todos nuestros pecados sean perdonados, somos unos exiliados, estamos como echados fuera, como perdidos, como muertos. Esto es lo que nos causa la inquietud en nuestros corazones. Esto es lo que causa la inquietud que existe en el mundo de hoy. En el corazón humano existe un hambre espiritual que sólo Dios puede satisfacer, un vacío que sólo Dios puede llenar. Las noticias que aparecen en los medios de comunicación son solo los síntomas de la búsqueda humana. Reflejan la sed de Dios que hay en el corazón del hombre contemporáneo y la separación que experimentan de Él. Razón tuvo Agustín de Hipona, cuando dijo: "Tú nos has creado para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que encuentre su descanso en ti". Esta situación es indescriptiblemente trágica porque el hombre no logra alcanzar el destino para el cual fue hecho por Dios. El pecado no sólo nos separa y nos aparta de la relación con Dios: nos esclaviza, nos lleva cautivos. Por esta razón necesitamos examinar la naturaleza interna del pecado. Pecado no es solamente un acto o hábito desafortunado y externo. La Biblia enseña que es una corrupción alojada en las profundidades de nuestro ser. En efecto, los pecados que cometemos son meramente las manifestaciones externas y visibles de esta enfermedad interior invisible, son los síntomas de una enfermedad moral. Para enseñar esta verdad, Jesucristo usó la metáfora o la imagen del árbol y su fruto. La clase de fruto que el árbol produce (mangos o guayabas) y su condición (bueno o malo) depende de la naturaleza y la sanidad del árbol. Jesucristo también dijo que la boca habla lo que abunda en el corazón. En este sentido, Jesucristo está en total desacuerdo con muchos reformadores sociales de hoy día. Es cierto que para bien o para mal, todos estamos condicionados por nuestra condición social, educación, medio ambiente, sistema político y económico en que vivimos. También es cierto que debemos luchar por la justicia, la libertad y el bienestar de todos los hombres. Sin embargo, Jesucristo no atribuye los males de la sociedad a la falta de mejores condiciones de vida sino a la naturaleza misma del hombre, lo que en lenguaje de la Biblia Él llamó "el corazón". Esto es lo que Él dijo: "Porque de dentro, es decir, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, el adulterio, la inmoralidad, los asesinatos, el deseo de tener lo ajeno, las maldades, el engaño, la vida viciosa, los chismes, el orgullo, la falta de juicio. Todas estas cosas malas vienen de adentro, y hacen impuro al hombre" (Marcos 7:21-23). El Antiguo Testamento ya había también enseñado la misma verdad. El profeta Jeremías había dicho: "El corazón del hombre es engañoso y perverso más que todas las cosas. ¿Quién podrá comprenderlo? (Jeremías 17:9). Lo que se llama "pecado original" es una tendencia o predisposición hacia el egocentrismo, tendencia que heredamos y que está arraigada en lo profundo de nuestra personalidad y que se manifiesta de mil modos perversos. Esta naturaleza corrompida el apóstol Pablo lo llamó "la carne", de la cual trazó un impresionante inventario de sus obras o subproductos: "Porque manifiestas son las cosas que hacen los que siguen la naturaleza humana: adulterios, fornicaciones, inmundicia, cosas impuras, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas" (Gálatas 5:19-21). Este impresionante inventario de la corrupción humana está profusamente ilustrado en las páginas de todos los diarios y en las pantallas de todos nuestros televisores. Porque el pecado es una corrupción profunda de nuestra naturaleza, estamos en esclavitud. Lo que nos esclaviza no son ciertos hábitos o acciones en sí, sino más bien la infección de la cual ellos emanan. Aunque tal designación nos cause desagrado, la Biblia nos describe como esclavos. Jesucristo se lo declaró abiertamente a los fariseos cuando estos protestaron porque los había llamado esclavos. Jesús les dijo: "En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado". Todos conocemos esta tremenda verdad. Tenemos grandes ideales, pero somos débiles y estamos encadenados a la prisión de nuestros egoísmos. No importa cuanto nos jactemos de nuestra libertad, en realidad somos esclavos. La educación del intelecto no es suficiente si no hay un cambio en el corazón. Por eso necesitamos de la libertad que sólo Jesucristo puede darnos. La separación del hombre con Dios, aunque es la más catastrófica consecuencia del pecado, no es la única. Todavía quedan las consecuencias del pecado en nuestras relaciones con los demás. Hemos definido el pecado como una infección alojada en lo más profundo de nuestra propia naturaleza; es decir, está en la raíz misma de nuestra personalidad, controlando nuestro YO, nuestro "EGO". En síntesis, todos los pecados que a diario cometemos son reafirmaciones del YO contra Dios o contra el hombre mismo. El resumen que Jesucristo hizo de toda la Ley establece el orden contra el cual atenta el pecado: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante y dice: Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo" (Mateo 22:37-40). Este es el orden establecido por Dios es: Dios, los demás y YO. Pero el pecado invierte este orden. Primeros nos colocamos nosotros mismos, después a los demás y por último, si queda tiempo, a Dios, en algún rincón. Hay un libro cuyo título es el siguiente: MI QUERIDO YO. El autor de este libro no hizo otra cosa que expresar lo que todos pensamos de nosotros mismos. Cuando niños íbamos a una fiesta y al momento de repartir los helados gritábamos: "a mí primero, a mí primero". Cuando crecimos, aprendimos que eso no se debía decir, pero continuamos actuando y pensando lo mismo. Por eso el pecado describe perfectamente esta verdad. Yo soy el centro del mundo. La educación puede ampliar el horizonte de mis intereses y hacer que mi egocentrismo sea menos desastroso, pero la educación no me impide que siga viéndome como el centro y la norma de referencia para los demás. Este egocentrismo o egoísmo básico afecta toda nuestra conducta. No nos es fácil adaptarnos a los demás. Tendemos a despreciarlos o a envidiarlos; somos víctimas del sentimiento de superioridad o de inferioridad. Es verdad que todas las relaciones humanas son complicadas. Entre padres e hijos, entre esposo y esposa, entre empleador y empleado. La delincuencia tiene muchas causas, en gran medida originadas en la falta de seguridad y afectos en el hogar. Pero toda delincuencia, sea cual sea su causa, es una afirmación del YO contra la sociedad. Si sólo fuésemos humildes como para admitir nuestras culpas y errores más que las de los demás, se podría evitar centenares de conflictos. La mayoría de los pleitos se deben a malos entendidos, y los malos entendidos se deben a nuestra falta de comprensión del punto de vista de los otros. Para la mayoría de nosotros, es más importante hablar que escuchar, argumentar que comprender. Esto ocurre desde las disputas entre intelectuales hasta la más prosaica rencilla doméstica. Todos nuestros conflictos personales, sociales, familiares, o internacionales, ponen de manifiesto que la verdadera causa de todos estos problemas es el egocentrismo humano. El pecado nos mete en conflicto unos contra otros. El pecado es posesivo, es todo lo contrario al amor. El centro del pecado es el deseo de obtener. El amor es el deseo de dar. Necesitamos un cambio radical de nuestra naturaleza, pero esto no lo podemos realizar por nosotros mismos. Otra vez, necesitamos un Salvador. La presencia del pecado en nuestra vida personal y en nuestras relaciones humanas es para convencernos de la necesidad que tenemos de Jesucristo. La fe nace de nuestra necesidad. Para poder tener confianza en Jesucristo tenemos que desilusionarnos de nosotros mismos. Sólo los que están enfermos necesitan de médicos. Solamente cuando hayamos admitido que el pecado es la causa de la grave enfermedad que nos aqueja, podremos admitir la urgente necesidad de nuestra curación en Jesucristo. |
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