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Predeterminado EL SIGNIFICADO DE LA CRUZ.

Antes de explicar el significado de la Cruz del Calvario es necesario
reconocer que todavía sigue siendo un misterio. Para la fe cristiana,
la Cruz del Calvario es el acontecimiento central de la historia de la
humanidad. No es de extrañar, por lo tanto, que nuestra propia mente
no pueda abarcar todo el significado de un acontecimiento tan
trascedental. Como dice el mismo Apóstol Pablo: "Ahora vemos las cosas
de una forma confusa, como reflejos borrosos en un espejo; pero
entonces veremos con toda claridad. Ahora solamente conozco en parte,
pero entonces voy a conocer completamente, como Dios me conoce a mí".

Nos limitaremos a exponer lo que el Apóstol Pedro escribió acerca de
la muerte de Jesús en la Cruz. Pedro fue miembro del círculo de
apóstoles que se relacionaron más íntimamente con Jesucristo. "Pedro,
Santiago y Juan" formaron un trío que disfrutó de un compañerismo más
estrecho con el Maestro que el resto de los Apóstoles. Por eso, Pedro
estaba en excelente condiciones para captar lo que Cristo pensó y
enseñó acerca de su muerte.

Pero además, podemos confiar en la enseñanza de Pedro porque al
principio se resistió a aceptar la necesidad de los sufrimientos de
Jesucristo. Él había sido el primero en reconocer la singularidad de
la persona de Cristo, pero también fue el primero en negar la
necesidad de su muerte. Después de haber declarado "Tú eres el
Mesías", enseguida exclamó con mucha fuerza: " No, Señor", cuando
Jesús comenzó a enseñar que el Mesías tenía que sufrir. Durante el
resto del ministerio público de Jesús, Pedro se opuso rotundamente a
la idea de verlo sufriendo hasta la muerte.

Cuando Jesucristo fue arrestado en el Jardín, Pedro trató de
defenderlo, pero después lo siguió de lejos. En medio de la desilusión
que lo embargaba, lo negó tres veces y las lágrimas que derramó fueron
no sólo de remordimiento sino de desesperación. Solo después de la
Resurrección, cuando Jesús enseñó a los Apóstoles que según las
Escrituras Él tenía que sufrir antes de ser Glorificado, Simón Pedro
comenzó por fin a entender y a creer.

A los pocos días, estaba tan aferrado a esta verdad que pudo hablar a
las multitudes reunidas en el atrio del Templo de Jerusalén y decirles
que Dios había cumplido lo que ya había antes dicho por medio de los
Profetas: que el Mesías tenía que morir.

Por eso, en su Primera Carta encontramos varias referencias a "los
sufrimientos y Gloria de Cristo". Es posible que nosotros también
vacilemos en admitir la necesidad de la Cruz, y seamos lentos para
profundizar en su significado, pero si alguien puede enseñarnos sobre
este asunto es Simón Pedro.

Para Simón Pedro, Jesucristo murió para nuestro ejemplo. El trasfondo
de su Primera Carta es la persecución. La hostilidad del Emperador
Nerón hacia los cristianos provocó temor y desfallecimiento en el
corazón de muchos cristianos, ya habían ocurrido violentos ataques,
pero lo peor estaba por venir.

Frente a esta amenaza, el consejo de Simón Pedro es directo. Si los
cristianos son maltratados deben asegurarse que no sea por causa de
hacer algún mal, sino que deben sufrir por causa de la justicia y
recibir la persecución por causa del Nombre de Cristo. Los cristianos
no debían ofrecer resistencia ni mucho menos desquitarse. El
sobrellevar padecimientos injustos por causa del Nombre de Cristo
contaba con la aprobación de Dios.

Para explicar esto, la mente de Simón Pedro vuela hacia la Cruz del
Calvario. El sufrimiento inmerecido es parte de la vocación del
cristiano, afirma, "porque Cristo sufrió por nosotros dándonos un
ejemplo, para que nosotros podamos seguir sus pisadas".

Jesucristo no hizo pecado ni hubo engaño en su boca, y sin embargo
sufrió sin amenazar ni insultar a nadie. El significado de la Cruz de
Cristo es tan incómodo en el siglo XX como lo fue en el siglo I.

Así mostramos cómo el Apóstol Pedro afirmó que la muerte de Jesucristo
en la Cruz del Calvario fue para darnos un ejemplo, para que nosotros
pudiéramos seguir sus pisadas. La palabra "ejemplo", usada una sola
vez en el Nuevo Testamento, se refiere al cuaderno en donde el maestro
griego dibujaba el alfabeto perfecto, para que sirviera como modelo al
alumno que estaba aprendiendo a escribir.

Lo que el Apóstol Pedro quiso enseñar es que si nosotros queremos
aprender a vivir, tenemos que trazar nuestra vida copiando el modelo
de Jesucristo. Es decir, poniendo nuestros pasos sobre la huella de
sus pisadas. Pero esto no es tan sencillo. Ya lo afirmamos antes: el
desafío de la Cruz es tan incómodo ahora, en el siglo XX o en el XXI,
como lo fue en el siglo I, y tiene tanta vigencia hoy como la tuvo en
el pasado.

Quizás no hay nada tan opuesto a nuestros instintos naturales como el
mandamiento de soportar el sufrimiento injusto sin oponer resistencia,
para vencer el mal con el bien. Pero la Cruz de Cristo nos llama a
aceptar la injuria, a amar a nuestros enemigos, a orar por aquellos
que nos persiguen, a dejar en manos de Dios los deseos de venganza.

Sin embargo, la muerte de Jesucristo en la Cruz es algo mucho más que
un ejemplo inspirador. Si fuera solamente un buen ejemplo, buena parte
de los relatos de los Evangelios serían inexplicables. Por ejemplo:
allí están esas extrañas afirmaciones de Jesucristo de que Él daría su
vida como precio por la libertad de muchos, y derramaría su sangre
para el perdón de los pecados. En un ejemplo no hay redención. Un
modelo no puede asegurarle el perdón de los pecados a nadie.

Además, ¿Por qué Jesucristo se sintió tan oprimido por sentimientos
terribles y angustiosos a medida que se aproximaba a la Cruz? ¿Cómo
explicar la inmensa agonía en el Jardín de Getsemaní: sus lágrimas, su
clamor y su sudor de sangre? ¿ Fue acaso la Cruz el trago amargo ante
el cual quiso retroceder? ¿Sintió miedo ante el dolor y la muerte? Si
esto es así, entonces su ejemplo no sería tan digno de imitar. Más
coraje mostró el filósofo Sócrates cuando, según Platón, bebió el
veneno con alegría y de buena gana.

¿Qué significado entonces tendrían las densas tinieblas que cubrieron
la tierra, el grito de desamparo, la ruptura del velo del Templo de
Jerusalén, partido de arriba abajo? Todas estas cosas carecerían de
significado si la muerte de Jesucristo fuera solamente para darnos un
buen ejemplo.

Pero nuestra necesidad humana no requiere solamente de un buen ejemplo
para ser satisfecha. No necesitamos solamente de un buen ejemplo.
Necesitamos de un SALVADOR. Un buen ejemplo puede motivar nuestra
imaginación, avivar nuestro idealismo, fortalecer nuestra capacidad de
decisión y deseos de luchar, pero nunca podrá limpiarnos la mancha de
nuestros pecados, ni dar paz a nuestra conciencia atribulada ni
reconciliarnos con Dios.

La enseñanza apostólica contenida en el Nuevo Testamento es
contundente, unánime y sin asomo de la menor duda al afirmar que la
presencia de Jesucristo en el mundo y su muerte en la Cruz del
Calvario fue para el perdón de nuestros pecados. Todos afirman a una
voz que Jesucristo vino al mundo para quitar nuestros pecados y que
murió para darnos perdón y vida eterna, la vida abundante.

En su primera carta, el Apóstol Pedro describe la relación entre la
muerte de Cristo y nuestros pecados en los siguientes términos:
"Jesucristo mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la
cruz" (cap. 2:24). Esta expresión "llevar el pecado" puede que nos
resulte extraña y para entenderla tenemos que remitirnos al Antiguo
Testamento, en donde en varios textos se dice que quien quebrante los
mandamientos de Dios "llevará su pecado". Esta expresión sólo puede
significar una cosa: es sufrir las consecuencias del pecado propio,
soportar la sentencia y el castigo.

Los sacrificios de animales ordenados en la Ley mosaica, y que hoy nos
resultan totalmente incomprensibles, tenían la finalidad de ilustrar
la posibilidad de que otra persona pudiera aceptar la responsabilidad
de llevar las consecuencias de los pecados ajenos.

En el gran Día de la Expiación, el Sumo Sacerdote de Israel debía
colocar sus manos sobre un chivo macho, acto por el cual él y el
pueblo se identificaban en el animal, y entonces tenía que confesar
sus pecados propios y los de la nación, transfiriéndolos
simbólicamente al chivo macho, el cual era arrojado al desierto hasta
morir.

Es decir, "el chivo expiatorio" llevaría sobre sí los pecados de toda
la nación. Esto muestra que "llevar el pecado de otro" significa
transformarse en su sustituto, sufrir el castigo del pecado en su
lugar.

Sin embargo, como lo afirma el Nuevo Testamento, la sangre de los
toros y de los chivos expiatorios nunca pudo quitar el pecado de los
hombres. Por eso, el Profeta Isaías, capítulo 53, anuncia que el
sufrimiento de un inocente, que es llevado "como oveja al matadero"
sobre la cual Dios puso todas las iniquidades de todos nosotros, será
la ofrenda que Dios aceptará para expiar nuestras culpas.

Cuando al fin de los tiempos llegó Jesucristo, después de siglos de
espera y preparación, Juan el Bautista lo presentó públicamente con
estas palabras extraordinarias: "Miren, este es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo". Más tarde, cuando se escribió el Nuevo
Testamento, todos sus autores no tuvieron dificultad en reconocer que
la muerte de Jesucristo era el sacrificio final en el cual todos los
sacrificios del Antiguo Testamento alcanzaron su pleno cumplimiento.

Esta verdad es una parte fundamental del mensaje de todo el Nuevo
Testamento: Cristo se ofreció a sí mismo, una sola vez para siempre,
como sacrificio vivo para quitar el pecado de todos nosotros. Él se
identificó con los pecados de todos nosotros. No sólo se contentó con
asumir nuestra propia naturaleza; también tomó sobre sí mismo todas
nuestras iniquidades. No sólo se hizo hombre en el vientre de María,
fue hecho pecado en la Cruz del Calvario en sustitución de todos
nosotros.

Esta sorprendente afirmación encierra uno de los misterios más
abismales: Dios no quiso hacernos responsables de nuestras
iniquidades, y entonces, en su amor por nosotros, un amor que nadie
merecía, descargó sobre Jesucristo, la víctima inocente, el pecado de
todos nosotros y lo trató como el chivo expiatorio para que nosotros,
unidos e identificados con Él, lleguemos a tener la Vida que Dios
siempre ha querido darnos.

"Cristo fue hecho pecado en la Cruz del Calvario", es una de las
expresiones más sorprendentes de toda la enseñanza de la Biblia.
Cuando contemplamos la Cruz del Calvario comenzamos a comprender las
terribles implicaciones de estas palabras del Apóstol Pablo.
Recordemos que cuando Jesucristo entregaba su vida en el Calvario, en
pleno mediodía, dice la Escritura que "hubo tinieblas sobre toda la
tierra", que continuaron durante tres horas.

La oscuridad estuvo acompañada por el silencio. Nadie podía ver ni
describir con palabras el terrible espectáculo: el Inmaculado Cordero
de Dios estaba llevando voluntariamente sobre su cuerpo los pecados
acumulados de toda la historia humana. En ese marco de desamparo
espiritual, de angustia y desolación, de sus labios surgió un gemido
desgarrador: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Estas palabras son parte de una cita del Salmo 22 del Antiguo
Testamento, lo que indica que durante su agonía Jesucristo estuvo
meditando en este salmo de David que habla de los sufrimientos y
gloria del Mesías. Pero, por qué citó Él ese verso? ¿Por qué no citó
algunos de los versículos que hablan del triunfo del Mesías? ¿Hemos de
pensar que fue un grito de debilidad, de desesperación humana o de
extravío mental por causa de la agonía?.

NO. A estas palabras hay que darles el peso que tienen. Jesucristo
gritó esas palabras de las Escrituras porque entendió que se estaba
cumpliendo en Él, que Él estaba llevando sobre su cuerpo todos los
pecados de la humanidad, y Dios el Padre no pudo contemplar la agonía
de Jesu-cristo porque todos nuestros pecados se estaban interponiendo
entre el Padre y el Hijo.

El Hijo de Dios, que estaba eternamente con el Padre y gozó de plena
comunión con Él durante su vida terrena, estaba siendo momentáneamente
abandonado. Por causa de los pecados de toda la historia humana,
Jesucristo estaba siendo sepultado en el infierno, saboreando el
tormento de ser separado de la comunión con su Padre.

Al cargar con todos los pecados de la historia humana, Jesucristo
murió nuestra propia muerte. Soportó en nuestro lugar el terrible
castigo que merecíamos todos nosotros.

Pero no todo fue tinieblas y silencio. En medio de esa espantosa
oscuridad, emergió un grito de triunfo: "Todo está consumado: Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu". Así había completado la obra
para la cual había venido. Los pecados de todos nosotros habían sido
quitados. La reconciliación con Dios estaba ahora al alcance de todos
los que decidieran confiar en ese Sacrificio Eterno. Todos los que
creyeran en Él como Su Salvador tendrían la oportunidad de restablecer
la comunión con el Padre.

Inmediatamente después de morir en la Cruz, como una demostración
pública de su triunfo, la Biblia nos dice que la mano invisible de
Dios rasgó el velo del Templo de Jerusalén y lo echó a un lado. Ya no
había separación del Lugar Santísimo. El camino hacia la Presencia
Santa de Dios estaba abierto para nosotros. Treinta y seis horas
después de haber sido sepultado, Jesucristo se levantó triunfante de
la tumba para demostrar que su muerte no había sido en vano. La Vida
triunfó sobre la muerte.

El tema de Jesucristo muriendo en la Cruz del Calvario por nuestros
pecados, llevando sobre su cuerpo el pecado de toda la historia humana
para reconciliarnos con Dios, no es muy popular hoy. Vivimos en
tiempos de religión de ofertas: muchas ofertas religiosas para
alcanzar la felicidad, la paz mental, la prosperidad, para aprender un
curso de milagros, para "parar de sufrir", para aprender a cómo
obtener nuestro propio auto-perdón y una cantidad incontable de
ofertas que llenan el moderno supermercado de la metafísica y el
esoterismo religioso de la "nueva era". Próspero negocio para unos
cuantos vivos.

Predicar y enseñar hoy sobre la Cruz de Cristo parece estar fuera de
moda. También en el pasado lo estaba. La Cruz de Cristo fue un
escándalo para los judíos, y una locura para la sabiduría de los
griegos. Pero esta locura de la Cruz ha sido y es la Gloria de la
Iglesia de Cristo, porque Dios escogió salvar a la humanidad mediante
la predicación de esta locura. El Apóstol Pablo lo proclamó con
orgullo santo: "Lejos esté de mí gloriarme sino en la Cruz de nuestro
Señor Jesucristo" (Gálatas 6:14).

Desde entonces el mensaje de la Iglesia de Cristo ha sido el mismo:
"Nosotros predicamos a Jesucristo y a éste crucificado", porque "Dios
estaba en Cristo poniendo al mundo en paz con Él". No podemos explicar
cómo Dios pudo estar reconciliando al mundo y, al mismo tiempo en la
Cruz, convirtiendo a Cristo en pecado por nosotros. Pero aunque no
podamos ni siquiera sondear este misterio, debemos proclamar esta
verdad: Jesucristo sufrió el castigo de nuestros pecado en nuestro
lugar.

La enseñanza bíblica es absolutamente consistente. El pecado nos había
separado de Dios, pero Cristo nos ha reconciliado nuevamente con Dios,
nos ha llevado de vuelta a la Casa del Padre Celestial. Por eso sufrió
la muerte en la Cruz en nuestro lugar, y lo hizo una sola vez y para
siempre, de una vez por todas, de modo que no puede repetirse, ni
mejorarse, ni añadírsele nada, ni suplementarse con nada.

Pero ¿qué significa todo esto? Significa que ninguna observancia o
práctica religiosa ni ninguna "buena obra", ni ninguna indulgencia,
por más Jubileo del año 2000 al cual asistamos, podrán jamás "ganar
nuestro perdón".

Mucha gente en nuestro contexto cultural considera que la religión es
un sistema de méritos humanos, y han terminado haciendo del
cristianismo una caricatura comparable a cual-quiera de las religiones
orientales. Muchos no ven la diferencia entre el Evangelio y las
religiones orientales, porque están enseñados a pensar que para
agradar a Dios tienen que hacer méritos.

Mucha gente ha sido criada y enseñada en este sistema de religión por
méritos y piensan que para obtener el perdón de Dios tienen que hacer
algo, tienen que acumular méritos. Esta enseñanza es contradictoria
con el mensaje de la Cruz de Cristo.

Jesucristo murió para expiar nuestros pecados sencillamente porque
jamás nosotros podemos expiarlos por nuestra propia cuenta. Si
pudiéramos hacerlo, el Sacrificio de Jesucristo en la Cruz sería una
redundancia. Afirmar que podemos alcanzar el perdón de Dios por
nuestros propios méritos y esfuerzos es un insulto a Jesucristo porque
equivale a decir que podemos arreglárnosla sin Él, que no era
necesario que Él muriera.

Si pudiéramos ganar el perdón de Dios por nuestras propias obras, por
muy buenas que éstas sean, entonces de nada serviría la muerte de
Cristo en la Cruz. El mensaje de la Cruz, aunque parezca una tontería
para muchos, es la única fuente eterna de nuestra paz y de nuestra
salvación. Aunque para muchos parezca una tontería, la Cruz de Cristo
es y seguirá siendo la única fuente de eterna salvación, y, nos guste
o no, ése es y debe seguir siendo el mensaje proclamado por la Iglesia
de Cristo. Pero, ¿qué queremos decir con SALVACIÓN?

"Salvación" es un término sumamente amplio, y es un gran error suponer
que se refiere única y exclusivamente al perdón de nuestros pecados.
Dios se interesa no sólo por nuestro pasado y por nuestro futuro, sino
también por nuestro presente. El propósito de la muerte de Jesucristo
en la Cruz es, en primer lugar, reconciliarnos con Dios, pero esta
reconciliación tiene por finalidad liberarnos progresivamente de
nuestros egoísmos y ego-centrismo para llevarnos a una vida de plena
armonía y reconciliación con nuestros semejantes.

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