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| Sistema de la Naturaleza, por el barón D'Holbach, siglo XVIII Parte II, cap. I (fragmento) Todos los fenómenos de la Naturaleza hacen nacer necesariamente en los hombres sentimientos diversos. Los unos le son favorables y los otros dañinos, los unos provocan su amor, admiración, reconocimiento; los otros le turban, le producen aversión o desesperanza. Según las emociones variadas que provocan, los hombres aman u odian las causas a las que atribuyen los efectos que producen en ellos esas diferentes pasiones; esos sentimientos de admiración o temor aumentarán según la medida en que sean mas vastos, mas irresistibles, mas incomprensibles, mas inusitados o mas interesantes para ellos. El hombre se hace necesariamente el centro de la Naturaleza entera; no puede juzgar las cosas sino en la medida en que se siente afectado por ellas, solo puede amar lo que cree favorable para él, odia y teme necesariamente todo lo que le hace sufrir; como hemos visto llama desorden todo lo que trastorna su máquina y considera que todo está dentro del orden si conviene a su manera de vivir. Debido a esas ideas el género humano cree que la Naturaleza está hecha solo para el hombre; que solo para él la Naturaleza ha obrado, o bien que las causas poderosas a las que la Naturaleza está subordinada solo tenían como objeto el hombre en todos los efectos que operan en el Universo. Si existieran otros seres pensantes sobre la Tierra, caerían posiblemente en este mismo prejuicio fundado necesariamente que cada individuo se adjudica a si mismo, predilección que subsiste hasta que la reflexión y la experiencia rectifican su juicio. Así, cuando el hombre está contento, cuando todo está en orden para él, admira o ama la causa a la que cree deber su bienestar, cuando él está descontento de su manera de vivir él odia y teme la causa supone productora de sus aflicciones. El bienestar se confunde con nuestra existencia, no se siente cuando es continuo y habitual, entonces lo consideramos inherente a nuestra esencia; pensamos que somos hechos exclusivamente para ser dichosos, encontramos natural que todo concurra al mantenimiento de nuestro ser. Y no es lo mismo cuando nosotros conocemos comportamientos que nos displacen; el hombre que sufre está siempre sorprendido de los cambios que se operan en él, los juzga antinaturales, contra su propia naturaleza, se imagina que los acontecimientos que le hieren son contrarios al orden de las cosas, cree que la Naturaleza está trastornada cada vez que no le provoca sensaciones placenteras o convenientes y cree que los agentes que la mueven están irritados contra él. Así, el hombre, casi insensible al bien, siente muy violentamente el mal, cree al uno natural y al otro contrario a la naturaleza. Ignora u olvida que forman parte de un todo, formado por un conjunto de substancias de las que unas son semejantes y las otras contrarias, que los seres que formados por la naturaleza están dotados por propiedades diversas en virtud de las cuales actúan diversamente sobre los cuerpos que se encuentran al alcance de su acción; él no ve que esos seres desprovistos de bondad y de malicia obran según sus esencias y propiedades, sin poder actuar de otra manera de cómo lo hacen. A causa de desconoce éstas cosas mira al autor de la Naturaleza como la causa de los males que sufre y que el cree malévolo, es decir, animado contra él. Ve pues el hombre el bien como una deuda de la Naturaleza y el mal como una injusticia que ella le hace, persuadido de que ésta Naturaleza ha sido hecha para él, no concibe que le pueda hacer sufrir si no es movida por una fuerza enemiga de su felicidad, que tenga razones para afligirle y castigarle. De ello se desprende que es el mal el principal motor de las investigaciones que los hombres han hecho sobre la divinidad, de las ideas que se han formado y de la conducta que han tenido. La admiración sola de las obras de la Naturaleza y el reconocimiento de sus beneficios no han forzado jamás al género humano a remontarse penosamente por el pensamiento a la fuente de las cosas, familiarizados sobre el campo con los efectos favorables a nuestro ser, no nos hemos tomado las mismas molestias de buscar sus causas que en descubrir las de lo que nos inquieta o nos aflige. Reflexionando sobre la divinidad siempre lo hizo sobre la causa de sus males, sus meditaciones siempre fueron vanas porque sus males, como sus bienes, son los efectos igualmente necesarios de las causas naturales, aquellas para las que su espíritu ha inventado siempre causas ficticias pues siempre se ha hecho ideas falsas puesto que el siempre las extrae de su propia manera de ser y de sentir. Obstinado, no ve mas que a si mismo y no conoce la naturaleza universal de la que el forma una débil parte. Un poco de reflexión será suficiente sin embargo para desengañarnos de estas ideas. Todo nos prueba que el bien y el mal están en nuestra manera de ser dependientes de las causas que le afectan y que un ser sensible siente forzosamente. Dentro de una Naturaleza compuesta de seres infinitamente variados es necesario que el choque o el encuentro con materias discordantes turbe el orden y la manera de vivir de otros seres si analogía con ellos; procede como ha hecho durante años, los bienes y los males que sentimos son consecuencias necesarias de las cualidades inherentes a otros seres en la esfera de acción en que nos encontramos. Nuestro nacimiento, que nosotros consideramos un acto generoso, es tan necesaria como nuestra muerte que nosotros vemos como una suerte de injusticia; está dentro de la naturaleza de los seres semejantes el unirse para formar un todo y es la naturaleza de todos los seres compuestos el destruirse o descomponerse unos mas pronto y otros mas tarde. Todo cuerpo que se descompone hace eclosionar otros nuevos que se destruirán a su vez para ejecutar eternamente las leyes inmutables de una Naturaleza que existe solamente por los cambios continuados que sufren sus partes. Esta Naturaleza no puede ser vista como bondadosa ni como cruel, todo lo que se hace en ella es necesario. La misma materia ígnea que fue el principio de nuestra vida puede ser a menudo el principio de nuestra destrucción, del incendio de un poblado, de la explosión de un volcán. Esta agua que circula en nuestros fluidos tan necesarios para nuestra existencia actual, si es demasiado abundante nos asfixia, es la causa de estas inundaciones que a veces engullen la tierra y sus habitantes. Este aire, sin el cual no podemos respirar, es la causa de los huracanes y de las tempestades que vuelven inútiles los trabajos de los mortales. Los elementos se desencadenan contra nosotros forzosamente cuando son combinados de ciertas maneras, y las consecuencias necesarias son estos estragos, los contagios, las hambrunas, las enfermedades, las plagas diversas por las cuales imploramos a gritos a potencias sordas a nuestras voces. No nos conceden nunca nuestros deseos sino cuando la necesidad que nos aflige ha vuelto a poner las cosas dentro de un orden que nosotros creemos conveniente a nuestra especie, orden relativo que es y será siempre la medida de todos nuestros juicios. Traducción mia del francés. Saludos La religión es un verdadero síntoma de debilidad humana. |
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