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| La doctrina católica del infierno le fue tan desconocida al Dios del Antiguo Testamento como al propio Jesús (Fuente: (c) Rodríguez, P. (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: (c) Ediciones B., capítulo 17, pp. 375-381) Según el relato del Génesis, <<Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra (...) y dijo: "Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la faz de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yavé>> (Gén 6,5-8). Este pasaje nos dice, como mínimo, tres cosas: que Yahveh no fue infinitamente sabio ya que fue incapaz de prever que su creación se le iría de las manos; que fue infinitamente injusto ya que castigó también a todos los animales y vegetales vivos por una maldad que sólo era obra de los humanos; y que, al no tener otra forma de castigo posible, tuvo que recurrir al famoso diluvio universal. Parece obvio pensar que Yahveh, en esos días, aún no podía disponer del infierno - que es el lugar natural a donde debe mandarse a los malvados- y que, según cabe suponer, debía ser ya en esa época la residencia de Satanás, ese ángel caído que había truncado el destino feliz de toda la creación divina cuando, disfrazado de serpiente parlanchina, sedujo a Eva con una manzana. Si repasamos el capítulo 26 del Levítico y el 28 del Deuteronomio, donde se describen con minuciosidad todos los premios y castigos (Lev 26,14-45 y Dt 28,15-45) de Dios para quienes cumplan o no sus mandamientos, veremos que Yahveh amenazó al pecador con toda suerte de enfermedades y canalladas conocidas en aquél entonces -incluso con la de convertirle en cornudo: <<tomarás una mujer y otro la gozará>>-, le garantizó un sufrimiento continuo, insidioso y torturante en su vida terrenal... que acabaría, al fin, con su muerte. No hay una sola palabra acerca de ningún infierno -tampoco de ningún cielo- en el que seguir padeciendo el resto de la eternidad[i]. ¡Yahveh ignoraba una amenaza tan maravillosa como el infierno! Tampoco dijeron ni mú acerca del infierno los patriarcas hebreos; y, más sintomático todavía, el mismísimo Moisés no mencionó jamásla existencia del infierno a pesar de que hablaba familiarmente con Dios y había sido educado en Egipto, tierra donde hacía ya siglos que creían en la vida después de la muerte y en los premios y castigos de ultratumba. Es evidente que el Dios del Antiguo Testamento, que era sanguinario y vengativo, que condenaba a quienes se apartaban de sus preceptos o atacaban a su <<pueblo fiel>> a sufrir todo tipo de muertes, plagas, catástrofes naturales... y castigaba las faltas de los padres hasta la cuarta generación (Ex 20,5), sólo podía recurrir a los suplicios mundanos porque desconocía cualquier otro tipo de castigo para después de la muerte. Con el Nuevo Testamento nos encontramos ante un Dios que ya no es aficionado a los degüellos masivos sino que, por el contrario, propugna el amor al prójimo, aunque éste sea el mismísimo enemigo. Pero también damos un salto cualitativo hacia alguna parte cuando nos encontramos con la Gehenna ignis o Gehenna del fuego. Así, en Mateo leemos: <<todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere "raca"[ii] será reo ante el Sanedrín y el que le dijere "loco"[iii] será reo de la gehenna del fuego>> (Mt 5,22) o, algo más adelante, <<Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna...>> (Mt 5,29). También en Marcos aparece el fuego eterno o ignis inextinguibilis cuando se dice: <<Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga...>> (Mc 9,43-49). Pero lo cierto es que la palabra gehenna -a la que en la traducción latina de la Biblia, se le añade la anotación "al fuego inextinguible", que no figura en el original- no se refería sino a una metáfora basada en los vertederos de basura que, en tiempos de Jesús, ardían en el valle de Ge-Hinnom, en las afueras de Jerusalén. Y la frase que le sigue procede de Isaías y tiene un sentido muy diferente en el original: <<y, al salir, verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, y serán horror a toda carne>> (Is 66,24). El vocablo gehenna, que aparece tanto en la traducción latina de la Biblia, como en su anterior versión griega, es un término hebreo (escrito como Ge-Hinnom, Jehinnom, Jinnom, Ginnom o Hinnom) que se refiere a un emplazamiento geográfico. Si miramos cualquier mapa detallado de la ciudad de Jerusalén y sus alrededores -muchas biblias lo incluyen, marcando así mismo los límites de las murallas en tiempos de Jesús- encontraremos en el sudeste el valle Hinnom, fuera murallas y conectado hacia el sudoeste con el valle Cedrón, identificado en época barroca con el valle de Josafat, lugar en el cual debía tener lugar el Juicio Final. Ya mencionamos con anterioridad, al tratar la leyenda de la "persecución de inocentes", que en los altozanos del valle de Hinnom los antiguos cananeos habían celebrado esporádicos sacrificios de niños -a quienes se quemaba vivos en piras- con el fin de intentar aplacar a sus dioses ante el anuncio de alguna futura amenaza o catástrofe pronosticada por los adivinos; los hebreos habían guardado memoria de tales sucesos hasta el punto de que cuando alguien actuaba mal era corriente -en tiempos de Jesús y aún hoy día- significarlo con la expresión "merece que le arrojen a las llamas del Hinnom" o equivalente. Las referencias al valle de Hinnom son abundantes en el Antiguo Testamento, así, por ejemplo, en II Re 23,10 se dice: <<El rey [Josías] profanó el Tofet[iv] del valle de los hijos de Hinón, para que nadie hiciera pasar a su hijo o hija por el fuego en honor de Moloc>>; o en la cita de Jer 7,31 cuando se describe: <<Y edificaron los altos de Tofet, que está en el valle de Ben-Hinom ["Ben" significa "hijo de"], para quemar allí sus hijos y sus hijas, cosa que ni yo [Dios Yahveh] les mandé ni pasó siquiera por mi pensamiento.>> Cuando se tradujo gehenna por infernus[v], no sólo se corrompió el verdadero sentido de los textos originales sino que se sentó las bases para construir la invención dogmática que más ha aterrorizado a la humanidad del último milenio... y que más beneficio le ha producido a la Iglesia católica siempre amenazante. Para los hebreos, según el Antiguo Testamento, los muertos se reunían - tanto los buenos como los malos- en el she'ôl, donde llevaban una existencia sombría tanto unos como otros; pero, entrada ya la época helenística, según puede verse a través del II Libro de los Macabeos, apareció la creencia en un doble estado tras la muerte, uno de felicidad, para los justos, y otro de falta de ella (que no implicaba tormentos físicos) para los malvados. Durante los cinco primeros siglos de cristianismo, doctores y santos padres de la Iglesia tan importantes como Orígenes, Gregorio de Nisa, Dídimo, Diodoro, Teodoro de Mopsuestia o el propio Jerónimo, defendieron que la pena del infernus era sólo algo temporal, pero en el concilio de Constantinopla (543) se declaró que los sufrimientos del infierno eran eternos. El primer concilio de Letrán (1123) impuso como dogma de fe la existencia del infierno, amenazando con la condena a prisión, el tormento y hasta la muerte a quienes lo negasen. Se abría así camino a uno de los negocios más saneados y descarados de la Iglesia católica cuando, obrando en consecuencia, se anunció a los aterrorizados clientes del infierno, eso es todos los creyentes católicos, que podían comprar el rescate de sus almas pecadoras si antes de morir legaban riquezas a la Iglesia y contrataban la celebración de misas de difuntos en su honor[vi]. La escolástica medieval inventó dos tipos de penas infernales, las de daño o ausencia de la visión de Dios, y las de sentido, que eran los diferentes suplicios -en especial relacionados con el fuego- a que se hacía merecedor cada especie de pecado. La iconografía católica de esta época, inspirada en textos apócrifos (declarados oficialmente falsos), como el Evangelio de Nicodemo, fue la encargada de popularizar las horrendas imágenes de un infierno que ha aterrorizado a decenas de generaciones hasta el día de hoy. En este contexto, en el siglo XIII, se inventó una de las claves del negocio eclesial: el purgatorio[vii], que es un estado de expiación temporal en el que supuestamente se encuentran las almas de todos cuantos, aun siendo pecadores, han muerto en gracia de Dios. Este sofisticado subterfugio, que permitía el rescate del alma de cualquier pecador que hubiese sido previsor y generoso para con la Iglesia, fue la clave para la venta masiva de indulgencias entre los católicos, un escandaloso negocio que alcanzó su cota de máxima corrupción en el siglo XVI[viii] y desencadenó la reforma protestante de la mano de Lutero. Antes de este desenlace, por si había alguna duda, el concilio de Florencia (1442) había declarado que cualquiera que estuviese fuera de la Iglesia católica caería en el fuego eterno. Con la invención del infierno y el purgatorio, la Iglesia católica dio otro de sus habituales y rentables saltos teológicos sobre el vacío, construyendo un eficaz y demoledor instrumento de extorsión basándose en unos pocos versículos que no significan lo que se pretende y que, con mucha probabilidad, son interpolaciones muy tardías -quizá realizadas durante el concilio de Laodicea (363)- y ajenas al discurso de Jesús. En cualquier caso, tal como sostiene el gran teólogo católico Hans Küng, <<Jesús de Nazaret no predicó sobre el infierno, por mucho que hablara del infierno y compartiese las ideas apocalípticas de sus coetáneos: en ningún momento se interesa Jesús directamente por el infierno. Habla de él sólo al margen y con expresiones fijas tradicionales; algunas cosas pueden incluso haber sido añadidas posteriormente. Su mensaje es, sin duda alguna, eu-angelion, evangelio, o sea, un mensaje alegre, y no amenazador>>[ix]. En cualquier caso, todo turista que visite Jerusalén puede descender hasta la gehenna o infierno católico, pasearse tranquilamente por él, broncearse (no asarse) bajo un sol de justicia (cósmica, no divina), y salir indemne por su propia voluntad, sin necesidad ninguna de comprar indulgencias (si exceptuamos la propina que hay que darle al guía). Después de tamaña hazaña ya se estará en condiciones de poder presumir, ante los amigotes, de <<haber descendido a los infiernos>>, tal como el Credo católico obliga a creer que hizo Jesús. Pero el lector, con sobrada razón, podrá argüir: bien, pero si no existe el infierno ¿cómo es que Jesús fue tentado por el diablo y se pasó una buena parte de su vida pública <<expulsando demonios>> del cuerpo de la gente? Para responder a esta cuestión hay que tener en cuenta varias cosas: la idea del diablo y sus legiones de demonios procede de la religión pagana persa y penetró en el judaísmo -y en el Antiguo Testamento- en la época de dominación persa (siglos VI-IV a. C.); la creencia en los demonios siempre fue secundaria para el judaísmo, aunque en determinadas épocas de crisis sociopolítica -como lo fue la de Jesús y lo es, también, la época actual- se produjeran fenómenos de intensa creencia popular en esos seres malignos[x]; a pesar de que Jesús compartió con sus coetáneos la creencia en los demonios, en su mensaje no les concedió la menor importancia ni preponderancia, salvo la de ser una imagen de contraste para su evangelio o "buena nueva"; y, finalmente, en los días de Jesús, muchas enfermedades como la epilepsia o diversidad de trastornos psiquiátricos eran atribuidos a la posesión demoníaca. El Jesús del Nuevo Testamento no creyó para nada en la existencia del infierno católico -ni siquiera en la del persa, origen de los <<demonios>> que tanta fama le dieron al ser expulsados de algunos de sus seguidores- y la razón es bien simple: <<es una contradicción admitir el amor y la misericordia de Dios y al mismo tiempo la existencia de un lugar de eternas torturas>>[xi]. [i] Si tomamos al pie de la letra la palabra de Dios que se supone es la Biblia, resulta evidente que Yahveh no cree para nada en la eternidad post-mortem de los humanos. Así, cuando maldijo a Adán (y a nosotros con él) le conminó: <<Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, y al polvo volverás>> (Gén 3,19). El mensaje es claro, con la muerte se acaba todo. Palabra de Dios. [ii] Raka, que en arameo significa "canalla" o "sinvergüenza". [iii] La palabra original es moré, que en arameo significa "rebelde contra Dios". [iv] El Tofet era un gran instrumento de percusión, tipo tambor, que los sacerdotes de Moloc hacían sonar para evitar que fuesen oídos los gritos de las víctimas humanas (niños y adultos) al ser quemadas vivas. [v] Que etimológicamente procede de inferus -inferior-, puesto que se creía que ese mundo de los muertos estaba por debajo de la tierra y que el fuego de los volcanes era una evidencia clara de los antros del infernus. Cuando se elaboró el modelo del infierno católico se copió el ya existente infernus pagano y sus múltiples departamentos especializados, por eso en el Credo aún se afirma que Jesús descendió a "los infiernos" (en plural, no a uno solo, como finalmente adoptaría la Iglesia). Al confundir la gehenna (eso es el valle de Ge-Hinnom y sus leyendas antiguas) con el infierno, también acabó por transformarse a los viejos dioses paganos como Moloc en el mismísimo Satán, y a los cananeos en adoradores de demonios. [vi] La supuesta eficacia de las oraciones por los muertos se basa en el pasaje de II Mac 12,39-45, cuya interpretación católica ha sido fuertemente discutida por los expertos. [vii] Purgatorium significa "lugar de limpieza". En ningún versículo bíblico se menciona nada que se le parezca siquiera. [viii] Véase como muestra la Taxa Camarae del papa León X que figura en el anexo final de este libro. [ix] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit., p. 174. [x] Y francamente útiles, ya que cargaban con la culpa de las desgracias sociales y personales, dejando a salvo la responsabilidad que debe tener cada ser humano con respecto a sus actos y las consecuencias que se les deriven. [xi] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit., p. 176. Saludos La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión. |
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| Y no es que la teología sea absurda, sino que hay tipos absurdos metidos a teólogos tex. "Valzar" <valzar***gmail.com> escribió en el mensaje news:e0d6a99d-54dc-45f3-b8cf-be1546bed7d0***d1g2000hsg.googlegroups.com... La doctrina católica del infierno le fue tan desconocida al Dios del Antiguo Testamento como al propio Jesús (Fuente: (c) Rodríguez, P. (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: (c) Ediciones B., capítulo 17, pp. 375-381) Según el relato del Génesis, <<Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra (...) y dijo: "Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la faz de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho". Pero Noé halló gracia a los ojos de Yavé>> (Gén 6,5-8). Este pasaje nos dice, como mínimo, tres cosas: que Yahveh no fue infinitamente sabio ya que fue incapaz de prever que su creación se le iría de las manos; que fue infinitamente injusto ya que castigó también a todos los animales y vegetales vivos por una maldad que sólo era obra de los humanos; y que, al no tener otra forma de castigo posible, tuvo que recurrir al famoso diluvio universal. Parece obvio pensar que Yahveh, en esos días, aún no podía disponer del infierno - que es el lugar natural a donde debe mandarse a los malvados- y que, según cabe suponer, debía ser ya en esa época la residencia de Satanás, ese ángel caído que había truncado el destino feliz de toda la creación divina cuando, disfrazado de serpiente parlanchina, sedujo a Eva con una manzana. Si repasamos el capítulo 26 del Levítico y el 28 del Deuteronomio, donde se describen con minuciosidad todos los premios y castigos (Lev 26,14-45 y Dt 28,15-45) de Dios para quienes cumplan o no sus mandamientos, veremos que Yahveh amenazó al pecador con toda suerte de enfermedades y canalladas conocidas en aquél entonces -incluso con la de convertirle en cornudo: <<tomarás una mujer y otro la gozará>>-, le garantizó un sufrimiento continuo, insidioso y torturante en su vida terrenal... que acabaría, al fin, con su muerte. No hay una sola palabra acerca de ningún infierno -tampoco de ningún cielo- en el que seguir padeciendo el resto de la eternidad[i]. ¡Yahveh ignoraba una amenaza tan maravillosa como el infierno! Tampoco dijeron ni mú acerca del infierno los patriarcas hebreos; y, más sintomático todavía, el mismísimo Moisés no mencionó jamás la existencia del infierno a pesar de que hablaba familiarmente con Dios y había sido educado en Egipto, tierra donde hacía ya siglos que creían en la vida después de la muerte y en los premios y castigos de ultratumba. Es evidente que el Dios del Antiguo Testamento, que era sanguinario y vengativo, que condenaba a quienes se apartaban de sus preceptos o atacaban a su <<pueblo fiel>> a sufrir todo tipo de muertes, plagas, catástrofes naturales... y castigaba las faltas de los padres hasta la cuarta generación (Ex 20,5), sólo podía recurrir a los suplicios mundanos porque desconocía cualquier otro tipo de castigo para después de la muerte. Con el Nuevo Testamento nos encontramos ante un Dios que ya no es aficionado a los degüellos masivos sino que, por el contrario, propugna el amor al prójimo, aunque éste sea el mismísimo enemigo. Pero también damos un salto cualitativo hacia alguna parte cuando nos encontramos con la Gehenna ignis o Gehenna del fuego. Así, en Mateo leemos: <<todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere "raca"[ii] será reo ante el Sanedrín y el que le dijere "loco"[iii] será reo de la gehenna del fuego>> (Mt 5,22) o, algo más adelante, <<Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna...>> (Mt 5,29). También en Marcos aparece el fuego eterno o ignis inextinguibilis cuando se dice: <<Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga...>> (Mc 9,43-49). Pero lo cierto es que la palabra gehenna -a la que en la traducción latina de la Biblia, se le añade la anotación "al fuego inextinguible", que no figura en el original- no se refería sino a una metáfora basada en los vertederos de basura que, en tiempos de Jesús, ardían en el valle de Ge-Hinnom, en las afueras de Jerusalén. Y la frase que le sigue procede de Isaías y tiene un sentido muy diferente en el original: <<y, al salir, verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, y serán horror a toda carne>> (Is 66,24). El vocablo gehenna, que aparece tanto en la traducción latina de la Biblia, como en su anterior versión griega, es un término hebreo (escrito como Ge-Hinnom, Jehinnom, Jinnom, Ginnom o Hinnom) que se refiere a un emplazamiento geográfico. Si miramos cualquier mapa detallado de la ciudad de Jerusalén y sus alrededores -muchas biblias lo incluyen, marcando así mismo los límites de las murallas en tiempos de Jesús- encontraremos en el sudeste el valle Hinnom, fuera murallas y conectado hacia el sudoeste con el valle Cedrón, identificado en época barroca con el valle de Josafat, lugar en el cual debía tener lugar el Juicio Final. Ya mencionamos con anterioridad, al tratar la leyenda de la "persecución de inocentes", que en los altozanos del valle de Hinnom los antiguos cananeos habían celebrado esporádicos sacrificios de niños -a quienes se quemaba vivos en piras- con el fin de intentar aplacar a sus dioses ante el anuncio de alguna futura amenaza o catástrofe pronosticada por los adivinos; los hebreos habían guardado memoria de tales sucesos hasta el punto de que cuando alguien actuaba mal era corriente -en tiempos de Jesús y aún hoy día- significarlo con la expresión "merece que le arrojen a las llamas del Hinnom" o equivalente. Las referencias al valle de Hinnom son abundantes en el Antiguo Testamento, así, por ejemplo, en II Re 23,10 se dice: <<El rey [Josías] profanó el Tofet[iv] del valle de los hijos de Hinón, para que nadie hiciera pasar a su hijo o hija por el fuego en honor de Moloc>>; o en la cita de Jer 7,31 cuando se describe: <<Y edificaron los altos de Tofet, que está en el valle de Ben-Hinom ["Ben" significa "hijo de"], para quemar allí sus hijos y sus hijas, cosa que ni yo [Dios Yahveh] les mandé ni pasó siquiera por mi pensamiento.>> Cuando se tradujo gehenna por infernus[v], no sólo se corrompió el verdadero sentido de los textos originales sino que se sentó las bases para construir la invención dogmática que más ha aterrorizado a la humanidad del último milenio... y que más beneficio le ha producido a la Iglesia católica siempre amenazante. Para los hebreos, según el Antiguo Testamento, los muertos se reunían - tanto los buenos como los malos- en el she'ôl, donde llevaban una existencia sombría tanto unos como otros; pero, entrada ya la época helenística, según puede verse a través del II Libro de los Macabeos, apareció la creencia en un doble estado tras la muerte, uno de felicidad, para los justos, y otro de falta de ella (que no implicaba tormentos físicos) para los malvados. Durante los cinco primeros siglos de cristianismo, doctores y santos padres de la Iglesia tan importantes como Orígenes, Gregorio de Nisa, Dídimo, Diodoro, Teodoro de Mopsuestia o el propio Jerónimo, defendieron que la pena del infernus era sólo algo temporal, pero en el concilio de Constantinopla (543) se declaró que los sufrimientos del infierno eran eternos. El primer concilio de Letrán (1123) impuso como dogma de fe la existencia del infierno, amenazando con la condena a prisión, el tormento y hasta la muerte a quienes lo negasen. Se abría así camino a uno de los negocios más saneados y descarados de la Iglesia católica cuando, obrando en consecuencia, se anunció a los aterrorizados clientes del infierno, eso es todos los creyentes católicos, que podían comprar el rescate de sus almas pecadoras si antes de morir legaban riquezas a la Iglesia y contrataban la celebración de misas de difuntos en su honor[vi]. La escolástica medieval inventó dos tipos de penas infernales, las de daño o ausencia de la visión de Dios, y las de sentido, que eran los diferentes suplicios -en especial relacionados con el fuego- a que se hacía merecedor cada especie de pecado. La iconografía católica de esta época, inspirada en textos apócrifos (declarados oficialmente falsos), como el Evangelio de Nicodemo, fue la encargada de popularizar las horrendas imágenes de un infierno que ha aterrorizado a decenas de generaciones hasta el día de hoy. En este contexto, en el siglo XIII, se inventó una de las claves del negocio eclesial: el purgatorio[vii], que es un estado de expiación temporal en el que supuestamente se encuentran las almas de todos cuantos, aun siendo pecadores, han muerto en gracia de Dios. Este sofisticado subterfugio, que permitía el rescate del alma de cualquier pecador que hubiese sido previsor y generoso para con la Iglesia, fue la clave para la venta masiva de indulgencias entre los católicos, un escandaloso negocio que alcanzó su cota de máxima corrupción en el siglo XVI[viii] y desencadenó la reforma protestante de la mano de Lutero. Antes de este desenlace, por si había alguna duda, el concilio de Florencia (1442) había declarado que cualquiera que estuviese fuera de la Iglesia católica caería en el fuego eterno. Con la invención del infierno y el purgatorio, la Iglesia católica dio otro de sus habituales y rentables saltos teológicos sobre el vacío, construyendo un eficaz y demoledor instrumento de extorsión basándose en unos pocos versículos que no significan lo que se pretende y que, con mucha probabilidad, son interpolaciones muy tardías -quizá realizadas durante el concilio de Laodicea (363)- y ajenas al discurso de Jesús. En cualquier caso, tal como sostiene el gran teólogo católico Hans Küng, <<Jesús de Nazaret no predicó sobre el infierno, por mucho que hablara del infierno y compartiese las ideas apocalípticas de sus coetáneos: en ningún momento se interesa Jesús directamente por el infierno. Habla de él sólo al margen y con expresiones fijas tradicionales; algunas cosas pueden incluso haber sido añadidas posteriormente. Su mensaje es, sin duda alguna, eu-angelion, evangelio, o sea, un mensaje alegre, y no amenazador>>[ix]. En cualquier caso, todo turista que visite Jerusalén puede descender hasta la gehenna o infierno católico, pasearse tranquilamente por él, broncearse (no asarse) bajo un sol de justicia (cósmica, no divina), y salir indemne por su propia voluntad, sin necesidad ninguna de comprar indulgencias (si exceptuamos la propina que hay que darle al guía). Después de tamaña hazaña ya se estará en condiciones de poder presumir, ante los amigotes, de <<haber descendido a los infiernos>>, tal como el Credo católico obliga a creer que hizo Jesús. Pero el lector, con sobrada razón, podrá argüir: bien, pero si no existe el infierno ¿cómo es que Jesús fue tentado por el diablo y se pasó una buena parte de su vida pública <<expulsando demonios>> del cuerpo de la gente? Para responder a esta cuestión hay que tener en cuenta varias cosas: la idea del diablo y sus legiones de demonios procede de la religión pagana persa y penetró en el judaísmo -y en el Antiguo Testamento- en la época de dominación persa (siglos VI-IV a. C.); la creencia en los demonios siempre fue secundaria para el judaísmo, aunque en determinadas épocas de crisis sociopolítica -como lo fue la de Jesús y lo es, también, la época actual- se produjeran fenómenos de intensa creencia popular en esos seres malignos[x]; a pesar de que Jesús compartió con sus coetáneos la creencia en los demonios, en su mensaje no les concedió la menor importancia ni preponderancia, salvo la de ser una imagen de contraste para su evangelio o "buena nueva"; y, finalmente, en los días de Jesús, muchas enfermedades como la epilepsia o diversidad de trastornos psiquiátricos eran atribuidos a la posesión demoníaca. El Jesús del Nuevo Testamento no creyó para nada en la existencia del infierno católico -ni siquiera en la del persa, origen de los <<demonios>> que tanta fama le dieron al ser expulsados de algunos de sus seguidores- y la razón es bien simple: <<es una contradicción admitir el amor y la misericordia de Dios y al mismo tiempo la existencia de un lugar de eternas torturas>>[xi]. [i] Si tomamos al pie de la letra la palabra de Dios que se supone es la Biblia, resulta evidente que Yahveh no cree para nada en la eternidad post-mortem de los humanos. Así, cuando maldijo a Adán (y a nosotros con él) le conminó: <<Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, y al polvo volverás>> (Gén 3,19). El mensaje es claro, con la muerte se acaba todo. Palabra de Dios. [ii] Raka, que en arameo significa "canalla" o "sinvergüenza". [iii] La palabra original es moré, que en arameo significa "rebelde contra Dios". [iv] El Tofet era un gran instrumento de percusión, tipo tambor, que los sacerdotes de Moloc hacían sonar para evitar que fuesen oídos los gritos de las víctimas humanas (niños y adultos) al ser quemadas vivas. [v] Que etimológicamente procede de inferus -inferior-, puesto que se creía que ese mundo de los muertos estaba por debajo de la tierra y que el fuego de los volcanes era una evidencia clara de los antros del infernus. Cuando se elaboró el modelo del infierno católico se copió el ya existente infernus pagano y sus múltiples departamentos especializados, por eso en el Credo aún se afirma que Jesús descendió a "los infiernos" (en plural, no a uno solo, como finalmente adoptaría la Iglesia). Al confundir la gehenna (eso es el valle de Ge-Hinnom y sus leyendas antiguas) con el infierno, también acabó por transformarse a los viejos dioses paganos como Moloc en el mismísimo Satán, y a los cananeos en adoradores de demonios. [vi] La supuesta eficacia de las oraciones por los muertos se basa en el pasaje de II Mac 12,39-45, cuya interpretación católica ha sido fuertemente discutida por los expertos. [vii] Purgatorium significa "lugar de limpieza". En ningún versículo bíblico se menciona nada que se le parezca siquiera. [viii] Véase como muestra la Taxa Camarae del papa León X que figura en el anexo final de este libro. [ix] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit., p. 174. [x] Y francamente útiles, ya que cargaban con la culpa de las desgracias sociales y personales, dejando a salvo la responsabilidad que debe tener cada ser humano con respecto a sus actos y las consecuencias que se les deriven. [xi] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit., p. 176. Saludos La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión. |
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| "Suplantador de Tex" <albertotaurino***gmail.com> escribió en el mensaje news:fusqvf$f01$6***aioe.org... > Sobre todo en sectas evangelicas, evangelistas. > > tex. Una razón por la cual algunas personas religiosas no sienten que el bautismo en agua sea un prerrequisito para la salvación es porque "esto no tiene sentido". ¿Por qué demandaría Dios que un pecador fuera sumergido en agua para recibir las bendiciones celestiales que abundan "en Cristo" (cf. Gálatas 3:27; Hechos 2:38; Hechos 8:34-40; 2 Timoteo 2:10; Colosenses 1:14)? Ellos dicen que "la necesidad del bautismo parece muy arbitraria". "La necesidad de confesar la fe en Jesús como el Hijo de Dios tiene mucho sentido. Es lógico arrepentirse de los pecados personales. Pero ¿cuál es la utilidad del bautismo? ¿Qué significado tiene? Y ¿por qué si alguien se mojara físicamente, sería limpio espiritualmente?". Primero, sin tener en cuenta el hecho que las instrucciones de Dios nos parezcan razonables o no, Dios espera que obedezcamos Sus órdenes. Una de las muchas lecciones que aprendemos al estudiar el Antiguo Testamento es que Dios a menudo dio mandamientos que parecían un poco ilógicos para el hombre. No mucho tiempo después de la salida de los israelitas de Egipto, Dios mandó que Moisés golpeara a una roca para obtener agua (Éxodo 17:1-7). Aunque cavar un pozo hubiera parecido más razonable, Dios quería que Moisés golpeara una roca con su vara antes de obtener agua de la roca. Cuarenta años después, cuando los israelitas comenzaban a conquistar Canaán, Jehová instruyó que los israelitas marcharan alrededor de la ciudad de Jericó una vez por seis días, y siete veces el séptimo día para conquistar la ciudad (Josué 6:1-5). Dios dijo a los israelitas: "Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá" (6:5). La idea de que un ejército derrotara a un enemigo simplemente al caminar alrededor de la ciudad, gritar y tocar cuernos de carneros, parece irracional. La persona promedio diría que esto no tiene sentido. Pero, esto fue lo que Dios mandó que Su pueblo hiciera si quería alcanzar la victoria. Algunos siglos después, Eliseo, un profeta de Dios, instruyó a un hombre leproso llamado Naamán, diciendo: "Vé y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio" (2 Reyes 5:10). Si consideramos que las aguas del río Jordán no tenían poder curativo, entonces este mandamiento no tenía sentido para Naamán, y puede no tener mucho sentido para muchos lectores modernos. ¿Por qué quería Dios que un leproso se sumergiera en un río? Y ¿por qué siete veces? ¿Qué poder medicinal tenía el río? ¿Por qué no dijo simplemente el profeta a Naamán, "Tu fe te ha sanado"? Hoy en día, si un pecador quiere recibir "la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:57), las Escrituras son claras: a parte de confesar su fe en Cristo y arrepentirse de sus pecados (Juan 8:24; Romanos 10:9,10; Lucas 13:3; Hechos 2:38), debe bautizarse (Marcos 16:16; 1 Pedro 3:21). Es incorrecto rechazar el mandamiento a ser sumergido en agua simplemente porque sentimos que el bautismo y la salvación eterna no están relacionados en absoluto-así como hubiera sido equivocado que Moisés, los israelitas y Naamán rechazaran los mandamientos de Dios años atrás (cf. Isaías 55:8,9). No obstante, lo cierto es que la inmersión en agua no es una "instrucción ilógica" como algunos la han calificado. El plan de Dios para salvar al hombre, y las condiciones sobre las cuales se recibe esa salvación (incluyendo el bautismo) estuvieron en la mente de Dios "antes de la fundación del mundo" (Efesios 1:4). Dios siempre ha conocido este plan "que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor" (Efesios 3:11). Considerar al bautismo como un ritual frívolo y pasajero insulta el plan eterno de Dios. Primero, el bautismo tiene sentido porque Dios dice que lo tiene. Y segundo, si se considera más detalladamente los pasajes que abordan el bautismo, se tendrá un mejor entendimiento de su significado. Dios nunca quiso que la gente pensara que el poder de perdonar los pecados está en el agua, así como nunca esperó que Naamán creyera que el poder para limpiar su lepra estaba en el Río Jordán. De hecho, el apóstol Pedro fue muy claro en cuanto a este tema cuando escribió del bautismo no como algo que quita "las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios" (1 Pedro 3:21). Pablo escribió a las iglesias de Galacia, diciendo, "Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos" (Gálatas 3:27, énfasis añadido). Cuando se considera este pasaje juntamente con Romanos 6:3 et.seq., se aprende que al ser bautizados en Cristo, somos bautizados en Su muerte. ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado (Romanos 6:3-7). En vez de preguntar, "¿Por qué el bautismo?", tal vez deberíamos preguntar, "¿Por qué no?". ¿Qué otro acto calzaría tan bien para representar el final de la vida pecaminosa? En su comentario sobre Romanos 6, R.L Whiteside observó: Ser sepultado en el bautismo tiene una semejanza con su muerte; así también existe una semejanza con su resurrección en el acto de ser levantado del bautismo a una vida nueva. Por ende, al ser bautizados somos unidos con él en la semejanza de esta muerte y resurrección. Por tanto, somos compañeros con él en la muerte y también en la resurrección a una vida nueva. Jesús fue sepultado y se levantó a una vida nueva; nosotros somos sepultados en el bautismo y nos levantamos a una vida nueva. Estos versículos muestran el acto del bautismo y también su valor espiritual (1988, p. 132). En el acto del bautismo se actualiza la cruz para el pecador, y se le da un significado individual (Riley, 2000, p. 72). Cada vez que alguien llega al cristianismo, un pecador muere ("sepultados con él en el bautismo"-Colosenses 2:12) y un santo se levanta "mediante la fe en el poder de Dios que le levantó [a Jesús] de los muertos" (Colosenses 2:12). Ciertamente, el bautismo "tiene sentido" (un sentido perfecto) cuando tomamos el tiempo para enfocarnos en Aquel que dio Su vida por nosotros y en el modo del bautismo que da la bienvenida a nuestra vida nueva con Él (Mateo 28:18-20). Así como comenzó la vida nueva de Noé, en un mundo nuevo, después de haber sido transportado de un mundo de pecado por el agua (1 Pedro 3:21; cf. 2 Corintios 5:17), el pecador es llevado por el agua a la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Este acto sumiso nos saca del mundo y nos da entrada a una relación estrecha con Dios. REFERENCIAS Riley, Tom (2000), Dying to Live Again (Webb City, MO: Covenant Publishing). Whiteside, Robertson L. (1988), Paul's Letter to the Saints at Rome (Bowling Green, KY: Guardian of Truth Foundation), reimpresión. Saludos cordiales "En algún momento de un futuro no muy distante, casi con toda certeza, las razas humanas civilizadas exterminarán y reemplazarán a las razas que viven en las comunidades salvajes del mundo" Charles Darwin, El Origen de las Especies |
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| Mi suplantador escribió > Una razón por la cual algunas personas religiosas no sienten que el bautismo > en agua sea un prerrequisito para la salvación es porque "esto no tiene > sentido". ¿Por qué demandaría Dios que un pecador fuera sumergido enagua > (y bla, bla, bla) Como a mi jamás se me ocurriría copiar una página de Apologetics Press solo quiero decir así solamente demuestra la falta de ética de los creyentes, (Debo suponer que él lo es) Por eso encuentro cada vez más justificadas las palabras del Barón de Holbach cuando hace mas de doscientos cincuenta años escribía: "....Por poco que los hombres reflexionen sobre lo que son, lo que son sus verdaderos intereses, sobre el propósito de la sociedad, verán que se deben unos a otros. Unas buenas leyes les obligaran a ser buenos y no será necesario bajar del cielo las reglas necesarias para su conservación y felicidad. La razón es suficiente para enseñarnos los deberes hacia los seres de nuestra especie ¿Qué ayuda puede traer la religión que sin parar la contradice y la degrada? Se nos dirá –sin duda- que la religión lejos de contradecir la moral, le sirve de soporte y vuelve sus obligaciones más sagradas pues les da la sanción de la divinidad. Yo contesto que la religión cristiana lejos de dar soporte a la moral la torna más vacilante e incierta. Es imposible fundamentarla sólidamente sobre las voluntades positivas de un Dios cambiante, parcial, caprichoso, que con la misma boca ordena la justicia y la injusticia, la concordia y el encarnizamiento, la tolerancia y la persecución. Afirmo que es imposible seguir sus preceptos de una moral razonable bajo el imperio de una religión que hace mérito del celo, del entusiasmo y del fanatismo más destructor. Afirmo que una religión que nos ordena imitar a un déspota que se complace en poner trampas a sus súbditos, que es implacable en las venganzas, que quiere que sean exterminados todos aquellos que tienen la desgracia de desagradarle, es incompatible con cualquier moral. Los crímenes con que el cristianismo se ha manchado –mas que todas las otras religiones- han tenido como único pretexto complacer al Dios feroz que ha recibido de los judíos. El carácter moral de este Dios ha de regular por necesidad la conducta de sus adoradores . Si este Dios es cambiante, sus adoradores cambiaran, su moral será flotante su conducta arbitraria seguirá a su temperamento Eso nos puede mostrar la fuente de la incertidumbre en que se encuentran los cristianos cuando se trata de examinar si es mas conforme al espíritu de la religión tolerar o perseguir aquellos que disienten de sus opiniones. Los dos partidos encuentran igualmente en la Biblia órdenes precisas de la divinidad que autorizan una conducta tan opuesta. Ahora Jehová declara que odia a los pueblos idólatras y que se les ha de exterminar, ahora Moisés prohíbe maldecir al “Dios de las naciones”, ahora el hijo de Dios prohíbe la persecución después de haber dicho él mismo que hay que obligar a los hombres a “entrar en su reino”, Asimismo, como la idea de un Dios severo y cruel causa impresiones mas hondas y mas fuertes en el espíritu que las de un Dios bondadoso, los verdaderos cristianos se han creído siempre obligados a mostrar su celo contra aquellos que suponen enemigos de su Dios. Han imaginado que no se le podía ofender poniendo demasiado ardor en su causa; además fuesen las que fuesen las órdenes, han encontrado casi siempre mas seguro para ellos perseguir, atormentar y exterminar aquellos que consideraban objetos de la ira celestial. La tolerancia solo ha estado admitida entre los cristianos cobardes y poco celosos, con un temperamento poco análogo al Dios que sirven. ¿Un verdadero cristiano, no ha de sentir necesidad de ser feroz y sanguinario, cuado se le proponen ejemplos de los santos y de los héroes del Antiguo Testamento? ¿No encuentra motivos para ser cruel en la conducta de Moisés, aquel legislador que ha derramado tantas veces la sangre de los israelitas y que ha hecho inmolar a su Dios más de cuarenta mil víctimas? ¿No encuentra en la pérfida voluntad de Fineas, de Jael o de Judit, elementos con que justificar la suya? ¿No ven en David, este modelo acabado de reyes, un monstruo de barbarie, de infamias, de adulterios y de revueltas, que no le impiden nada ser un hombre según el corazón de Dios? En una palabra, en la Biblia todo parece mostrar al cristiano que es mediante un entusiasmo furioso como se puede complacer a la divinidad y que este entusiasmo es suficiente para cubrir todos los crímenes a sus ojos. No nos sorprendamos pues si vemos a los cristianos perseguirse los unos a los otros sin descanso; si fueron tolerantes lo fueron cuando ellos mismos eran perseguidos o demasiado débiles para perseguir a otros, desde que tuvieron el poder lo hicieron sentir sobre los que no tenían sus mismas opiniones que ellos sobre los apartados de su religión. Desde la fundación del cristianismo, vemos las diferentes sectas perseguirse, vemos a los cristianos odiarse, dividirse, perjudicarse y tratarse recíprocamente con la crueldad mas rebuscada, vemos como los soberanos, imitadores de David, se prestan al furor de los sacerdotes en discordia y sirven a la divinidad con hierro y fuego, vemos a los mismos reyes convertirse en víctimas de un fanatismo religioso que presumía de llevar la concordia y la paz, y que después de dieciocho siglos ha causado mas estragos y ha hecho verter mas sangre que todas las supersticiones del paganismo. Se elevó un muro de separación entre los ciudadanos de un mismo Estado, la unión y la ternura fueron expulsados de las familias, se creyó un deber ser cruel e inhumano. Bajo un Dios injusto por ofender de los errores de los hombres, todos los hombres se tornaron injustos; bajo un Dios celoso y vengador todos se creyeron obligados a entrar en querellas y a vengar las injurias; bajo un Dios sanguinario, finalmente, todos consideran un mérito verter la sangre humana. Estos son los importantes servicios que la religión cristiana a prestado a la moral." (Holbach, "El cristianismo desvelado") El cristianismo, con estros nobles representantes suyos en el foro se está cubriendo de gloria. Saludos. Yo no se si Dios existe o no, pero para su reputación le convendría no existir |
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