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| Sábado, 26 de abril, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) LA LEY SE CUMPLIÓ A SI MISMA EN EL MESÍAS, PARA FIN DEL PECADO: A su debido tiempo, nuestro Padre Celestial hizo lo que era imposible posible para bendición y gloria eterna de su Ley viviente, por cuanto ella misma era débil por la carne humana: Pues a propósito envió a su unigénito a Israel en semejanza de carne, y a procedencia del pecado entonces juzgo y condenó todo pecado en su misma carne sacrificada. Es decir, que nuestro Padre Celestial hizo a Sus Diez Mandamientos santos y justos carne humana, pero sin el pecado de Adán, para que viviese como su unigénito su vida santa y mesiánica entre su pueblo escogido, para vencer la vida pecadora y ofensora de Satanás, para que sólo gloria y honra reinen continuamente en la vida del hombre. Y, hoy en día, es nuestra salvación perfecta para cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los tiempos y lugares de la tierra, para poder regresar a nuestras vidas celestiales, «por las cuales fuimos inicialmente creados en las manos de nuestro Padre Celestial, en el reino de los cielos». Es decir también que nuestro Dios convierto a Sus Diez Mandamientos en carne expiatoria, «para que entonces el Espíritu de su palabra sea sumamente cumplida, honrada y glorificada en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera» y, por tanto libre infinitamente de Satanás y de su maldades con sus tinieblas eternas de siempre. De otro modo, nuestro Padre Celestial no podía cumplir el Espíritu Bendito de Sus Diez Mandamientos en el paraíso, en donde fueron quebrantados inicialmente por Adán y Eva, ni menos en la tierra en donde todo el linaje humano hace lo mismo que sus progenitores día tras día y hasta siempre, por ejemplo. Es por eso que el Espíritu Santo descendió del cielo, como en los primeros días de la creación, para entrar en el vientre virgen de la hija de David, y así a los nueve meses de embarazo: «darnos la Ley infinita convertida en la carne y en la sangre del Mesías, para fin del pecado y del ángel de la muerte». Y si el Espíritu entro en el vientre virgen de la mujer y a los nueve meses salio en la carne y en la sangre perfecta para vivir Los Diez Mandamientos de Dios y de Moisés, «pues bien éste ser viviente y muy santo es el Hijo de David, ¡el Cristo Celestial!», especialmente prometido a los patriarcas de Israel. Y nuestro Creador tuvo que hacer este milagro asombro entre sus hijos e hijas de Israel, «porque era la única manera posible que un ser santo naciese santo para vivir su vida consagrada, para cumplir cabalmente Los Diez Mandamientos eternos y sin quebrantarlos jamás, en todos los días de su vida en Israel y en la eternidad venidera también, por supuesto». Aquí vemos que la Ley misma se cumplió a si misma, sin jamás quebrantarse en ninguno de sus estatutos, «para introducir una vida tan santa y tan gloriosa jamás vivida por ningún ser del cielo ni de la tierra, salvo el Hijo de David», el único salvador posible de la humanidad entera, por los poderes asombrosos de su sangre expiatoria. De hecho, éste es un milagro que cuando comenzó, pues jamás termino en el corazón ni en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Israel y con el Hijo de David, nuestro rey Mesías de todos los tiempos; es decir, «que éste milagro aún impacta tu misma vida milagrosamente hoy, como en la antigüedad». Y nuestro Dios lo hace así todo muy bien, hoy en día contigo y con el resto de la humanidad entera, para que el Espíritu de Sus Diez Mandamientos santos se cumpla intachablemente, «para bien eterno de sus hijos e hijas en todas las familias de las naciones». Porque ningún hombre ni ninguna mujer podía cumplir y honrar cabalmente Sus Mandamientos, sin jamás ofenderlos en todos los días de su vida, por causa del pecado original de la carne de Adán y de Eva en sus vidas normales y de siempre; aquí vemos «como la Ley se convirtió en carne expiatoria, pero sin la mancha del pecado para siempre». Por lo tanto, sólo la Ley de Dios podía realmente hacer cumplir su Espíritu Bendito, como en el reino de los cielos con los ángeles, así pues también con la humanidad entera de las naciones de toda la tierra; en otras palabras, «únicamente el Espíritu de la Ley podía realmente cumplirse y honrarse a si mismo, en cualquier parte y para siempre». Aquí vemos la gloria de Dios manifestarse, comenzando con Moisés sobre el Sinaí, para darnos al Mesías, escrito en las piedras de Los Diez Mandamientos primero, para bien eterno del hombre, como hoy mismo, con tu vida y la mía: «al recibir no sólo la Ley sin cumplir como piedras, sino cumplida en la carne y la sangre expiatoria de Jesucristo». Además, esto Dios lo hizo milagrosamente con Jesucristo literalmente, clavado a los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna, como quien dice sobre el Sinaí, para que su sangre bañara su holocausto sagrado continuamente, para expiación de pecados, «y sólo así entonces ponerle fin al pecado y empezar la nueva vida eterna». Y, además el fin del pecado tenia que tomar lugar con los cuerpos sin vida de Adán y Eva, clavados literalmente al cuerpo del Señor Jesucristo, «porque había sido con ellos y en presencia de nuestro Dios y de su Espíritu Santo que había empezado primeramente el pecado de la humanidad en el epicentro del paraíso, cuando rehusaron comer de Él». Aquí Adán y Eva pecaron, por vez primera, en contra del Espíritu de Los Diez Mandamientos de Moisés, para que el espíritu de error y de maldad del pecado empezara a hacer de las suyas en sus vidas y en el resto de la humanidad entera en los días por venir, «sólo para ofender a Dios y a su Jesucristo siempre». Y a partir de entonces fue que nuestro Padre Celestial verdaderamente empezó su lucha personal, para que el hombre volviese a honrar y a vivir su Ley santa, «pero sin ofenderla más delante de su presencia gloriosa y sumamente honrada, y sólo por la fe, del nombre glorioso de Jesucristo en sus vidas normales y de siempre». Y estas son nuevas glorias y honras de santidades infinitas las cuales salen de nuestros corazones hacia el cielo, como «para tocar y bendecir el nombre y la vida santa de nuestro Padre Celestial y su Espíritu Santo con el mismo espíritu de fe, del nombre glorioso de su Árbol de vida, la Ley viva del paraíso», ¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir, que nuestro Padre Celestial desea hondamente en su corazón sagrado que su Ley santa viva impecable en el corazón y en la vida cotidiana de cada hombre, mujer, niño y niña, «sin jamás volver a ser ofendida», como cuando Adán la ofendió en el paraíso, por vez primera, o como su genero humano lo hace continuamente en la tierra. Y nuestro Padre Celestial desea parar, tan pronto como sea posible, «esta gran maldad hecha con premeditación infame en contra de Los Diez Sagrados Mandamientos de su vida celestial» del reino de los cielos y de su nueva vida infinita de La Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo. Y, por tanto esto es algo que sólo es posible con el Señor Jesucristo clavado a nosotros por su misma sangre muy santa y expiatoria, para ponerle no sólo fin al poder del pecado, «sino también para volvernos a dar vida y en abundancia para siempre en la tierra y en el paraíso, por ejemplo». Porque sin Los Diez Mandamientos cumplidos y cabalmente honrados por el gran rey Mesías, entonces no hay bendición, ni menos salvación para nadie en el paraíso, ni mucho menos en la tierra; pero gracias a nuestro Creador y a su Espíritu Santo «por habernos dado a Jesucristo, para vivir el Espíritu de la Ley infinitamente honrado en nuestras vidas de siempre». Porque sin el cumplimiento de la Ley, pues legalmente era totalmente imposible no sólo ponerle fin al pecado y a cada una de sus tinieblas terribles, de las cuales comenzaron en el corazón de Adán y Eva por desobediencia, «sino que también su nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo no podía empezar jamás». Y esto era un dolor de cabeza terrible para nuestro Padre Celestial; y aún lo es hoy en día también, «sino no ve a Jesucristo en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de las naciones de la tierra», por ejemplo. Porque cuando el Señor Jesucristo no está en el corazón de sus hijos e hijas de todas las naciones, «pues entonces esto significa que Sus Ordenanzas no han sido aún honradas ni menos exaltadas en sus vidas», para gloria de su nombre santísimo; y esto es pecado para nuestro Creador y para su Espíritu Santo, entonces evitémoslo desde ya, para no pecar. Además, nuestro Dios desea ver la tierra llena de la gloria del Espíritu de Sus Diez Mandamientos honrados y exaltados en los corazones de sus hijos e hijas de las familias de las naciones; de otra manera, «su ira se inflama para derramar de sus juicios terribles sobre la tierra, por culpa de los desobedientes y transgresores de su voluntad libertadora». De ello, como nuestro Señor Jesucristo sufrió por nuestras culpas y pecados terriblemente clavado con su sangre expiatoria a nuestros progenitores del paraíso eterno, así pues también «nuestro Padre Celestial viene sufriendo a toda hora del día y de la noche por cada uno de nosotros», desde muchos antes de la fundación del cielo y de la tierra. En verdad, este sufrir de nuestro Padre Celestial para con cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, no cesa en su corazón y en su Espíritu Santo jamás, «y sólo hasta que finalmente su unigénito esté instalado propiamente en nuestras vidas, y nuestros labios profesen su fe salvadora continuamente». Porque de otra manera, nuestro Creador no es feliz con nadie jamás, y abandona a cualquiera o nación, sea quien sea la persona del mundo u ángel del cielo; porque «mayor felicidad de ver a su Jesucristo instalado en su corazón sagrado y así también en el corazón de sus siervos no hay otra igual, en la tierra ni en la eternidad». Entonces sin el Espíritu de la Ley glorificado en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando en Israel, «pues entonces no podría existir una nueva Jerusalén Santa y Perfecta en el cielo, para que Dios habitase con el hombre feliz y para siempre, como siempre lo soñó desde la antigüedad y hasta nuestros días». Y esto es algo que siempre le dolió mucho en el corazón de nuestro Dios, de su Espíritu Santo y de su unigénito también, el sólo hecho de pensar de que su nuevo reino sempiterno no podría empezar jamás, «sin su Ley honrada correctamente por el hombre y con la sangre de Jesucristo sobre su cuerpo y en su corazón perpetuo». (Es por eso que tienes que aceptar a Jesucristo en tu corazón, hoy y sin más ni más excusas; orando, e invocando su nombre ungido y salvador para ti, sólo con tu fe de siempre delante de su presencia santa, y mirando al cielo cada vez que puedas, para que lo encuentres en tu vida, cuanto antes mejor.) Es decir que «nuestro Padre Celestial ha sufrido mucho por todo lo que le ha sucedido a Sus Diez Mandamientos santos, desde el día que Adán se abstuvo de comer y beber de su fruto de vida eterna en el paraíso», para mal de su vida y de su género humano en toda su vasta creación y para siempre. Y, tristemente esto era muerte no sólo para Adán y Eva, sino también para cada uno de sus descendientes, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, y hasta que toco terriblemente al mismo dador de la vida, nuestro Salvador Jesucristo, «clavándolo sobre los árboles cruzados de Adán y Eva, para salvación eterna de muchos». Porque el Espíritu de la sangre viviente y expiatoria comenzó a descender del cielo desde los primeros días de génesis (gen. 1:2), para comenzar a subyugar a cada una de las tinieblas de Satanás. Tinieblas terribles e inhumanas, de las cuales se manifestarían rebeldemente en contra de Dios y de su Jesucristo en el corazón del hombre y de la mujer, para deshonrar continuamente Los Diez Mandamientos eternos de Dios y de Israel, «y así hacer con sus manos pecadoras objetos abominables de ídolos tallados y de imágenes fundidas en metal, para llamarlos equívocamente sus dioses». Y esto es obra del espíritu de error en la carne de Adán y así también de cada uno de sus descendientes en todos los lugares de la tierra, para ofender a Dios y a su Jesucristo siempre, «degradando el Espíritu de Los Diez Mandamientos sagrados, cada vez que lo puedan hacer así para maldición y muerte de muchos». Y es así que Satanás ataca a Dios diariamente con el mismo corazón rebelde del hombre y de la mujer, con sus ídolos e imágenes terribles y de gran maldad, instalados en sus corazones ciegos de la verdad de Dios, «en vez de honrar a Jesucristo», ¡el único cuerpo inmolado de la carne expiatoria del pecado para cumplir infinitamente la Ley celestial! Para que de esta manera el Señor Jesucristo no pueda jamás establecer su reino sempiterno con el hombre y con los ángeles del cielo sobre toda la tierra para servir a nuestro Padre Celestial, «como debió de ser así desde el comienzo de las cosas en el más allá, para gloria y honra eterna de su nombre muy santo». Entonces los ídolos son los que hacen una barrera de gran maldad entre la vida del hombre en la tierra y la vida sagrada de nuestro Dios en el cielo, «para que nuestro Salvador Jesucristo no sea reconocido erróneamente como el Árbol de la vida no sólo del corazón del hombre, sino de cada nación y de cada religión de la tierra». Y ha sido este mal terrible desde la antigüedad y hasta nuestros días, el cual ha separado a Dios y sus riquezas infinitas del hombre y de la mujer, «para que no haya una armonía y un enlace de amor y de cariño verdadero entre todos, para bendición infinita de muchos y en todas las naciones de todos los tiempos también». Aún así, nuestro Dios no se da por vencido jamás, porque sigue enviando del Espíritu de la sangre expiatoria de su Jesucristo, para subyugar a estas terribles tinieblas de Satanás en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de las naciones, para que al fin la tierra sea llena aún mucho más que antes de su gloria salvadora. Por ello, gracias a la Los Diez Mandamientos que se volvieron carne y sangre expiatoria en nuestro rey Mesías, el Hijo de David, por ejemplo, «por el poder sobrenatural del Espíritu Santo en el vientre virgen de la mujer, para entonces cumplir con los requisitos de la verdad y de la justicia infinita de la nueva vida eterna de todos». Y así vencer al pecado y al ángel de la muerte al fin, para que sólo pueda existir en los nuevos días venideros nuevas glorias y honras jamás alcanzadas ni aun por los ángeles fieles, «para que el amor del hombre llegue a crecer más y más para siempre hacia su Creador y hacia su Árbol Celestial», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque siempre fue en el cielo y así también en la tierra, «de que Los Diez Mandamientos podían cumplirse cabalmente por su mismo Espíritu Inviolable», dándonos en su día al unigénito, al Cordero de Dios, el sumo sacerdote celestial, para mediar por siempre entre Dios y el hombre de la tierra, «y al fin así destruir el pecado para la eternidad». Y ha sido esta mediación constante de día y noche, y muy importante a la vez, del Señor Jesucristo ante nuestro Padre Celestial, «el cual ha hecho terminantemente que abunde el amor, la justicia y la verdad, para que muchos juicios en contra de la humanidad entera no caigan sobre toda la tierra, para mal eterno de muchos inocentes e ilusos». Es por eso que el Señor Jesucristo es tan importante en nuestros corazones y en nuestro diario vivir, «para que nuestro Dios siempre vea al Espíritu de Sus Diez Mandamientos sumamente glorificados y honrados en nuestras almas infinitas, y así no tengamos ningún tropiezo jamás con el mal de Satanás», ¡gracias a las múltiples misericordias y bondades infinitas de nuestro Creador Celestial! Porque sin en el Señor Jesucristo en nuestras vidas, «entonces Los Diez Mandamientos jamás hubiesen sido cumplidos cabalmente, y así la ira de los juicios de Dios hubiese caído uno tras el otro y hasta terminar con toda vida humana», como sucedió en el mundo de Noé o como en Sodoma y Gomorra, cuando murieron perdidos sin el don del cielo. Porque sin el cumplimiento eterno y muy singular de la Ley viviente en la vida del hombre, «pues entonces era totalmente imposible alcanzar la llenura de su Espíritu en el corazón, en el espíritu y en el cuerpo humano de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera», en esta vida y en la venidera también, para siempre. Es decir, que aún estuviéramos condenados a morir nuestras muertes eternas en la tierra, para descender a nuestro lugar perdido, en el mundo de los muertos, como en el infierno, por ejemplo, «para posteriormente ser lanzados por los ángeles en el día del juicio final de las cosas al lago de fuego, para no volver a conocer la vida eterna jamás». Porque nadie que no cumpla con su Creador y con el Espíritu de su Ley, «pues no podrá ser redimido de sus pecados, ni menos podrá jamás heredar la vida del nuevo reino celestial», en la tierra ni mucho menos en el más allá, para siempre; y, además nuestro Dios no desea éste mal terrible para nadie, sino sólo el bien. Porque es el mismo Espíritu de Los Diez Mandamientos, el cual acusa o señala continuamente al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de la humanidad entera, «como el ofensor a su palabra santa y perfecta»; y, por lo tanto «cada uno de ellos es un desconocido de Dios y de su Salvación perfecta, por su pecado original». Por ello, nuestro Señor Jesucristo fue enviado inicialmente al mundo por el poder de su Espíritu Santo, como desde los primeros días de la creación, para subyugar a las tinieblas de Satanás; y, a partir de entonces «el Espíritu de la gracia y de la sangre expiatoria del pecado no ha cesado de descender, en la vida de todo ser viviente». Y esto es poder sobrenatural, un milagro tras otro milagro glorioso, para nuestro diario vivir en todos los lugares del mundo entero, para no solamente ser protegidos del mal de Satanás y de su espíritu de burla en contra de la Ley, «sino primordialmente para que caigan bendiciones más y más en nuestras vidas y hasta que sobreabunden en gran medida». Porque es necesario que el Espíritu de la gracia y de la expiación perfecta de la sangre del sacrificio asombroso y eterno de Dios toque nuestras vidas ininterrumpidamente, «antes que nazcamos, mientras vivimos nuestras vidas normales en la tierra, para posteriormente entrar a la nueva vida infinita del cielo, pero siempre llenos del Espíritu del Árbol Celestial», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque el Espíritu Salvador de nuestro Señor Jesucristo es la Ley de Dios y de Moisés eternamente cumplida en toda su verdad y en su justicia infinita, para que nuestro Creador esté siempre contento con cada uno de nosotros, «y sólo así podamos ser elevados inmediatamente a la nueva vida riquísima de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, naturalmente». Aquí podemos recordar como el Señor Jesucristo dio fe, que él no había venido a Israel a abolir la Ley, sino a cumplirla; y éste es precisamente el Espíritu de Los Diez Mandamientos que él mismo nos da progresivamente en nuestras vidas normales, pero cumplidos; «cumplidos en su totalidad sobrenatural, para satisfacer conforme con la Ley a nuestro Dios Celestial». Porque nuestro Dios es un Dios que tiene que ser satisfecho en su totalidad por el espíritu de la verdad y de la justicia del Árbol de la vida, «y esto es sólo posible en amar y en exaltar el Espíritu cumplido y sumamente honrado de Los Diez Mandamientos en nuestros corazones»; de otro modo, «Dios no es feliz con nosotros, nunca». Y si nuestro Dios no es feliz con nosotros, entonces no podemos esperar de él ninguna de sus ricas bendiciones de milagros, para llenar nuestras vidas de sus riquezas abismales de toda la vida, por ejemplo; es decir, también que cuando Dios no es feliz con nosotros, «es porque el Espíritu de su Ley no es honrado en nuestros corazones debidamente». Aquí tenemos que poner atención de no ofender a nuestro Padre Celestial y a su Espíritu Santo, por ejemplo, «para que ninguno de los frutos de vida y de salud eterna del paraíso, ni ninguno de sus muchos bienes gloriosos de siempre, jamás nos falte a nosotros, ni a ninguno de los nuestros tampoco, en toda la tierra». Pero cuando el Señor Jesucristo vive en nuestros corazones, «entonces esto significa que estamos viviendo en el Espíritu de Sus Diez Mandamientos eternos infinitamente cumplidos y honrados en nuestras vidas, para vivir con él en su paz y con sus riquezas espirituales sumamente abundantes del cielo y de la tierra», para que jamás tengamos hambre ni sed de ningún bien eterno. Es por eso que el Espíritu de la gracia salvadora de la sangre expiatoria para la vida del hombre no cesa de descender desde cielo, para enriquecer nuestras vidas, perdonando nuestros pecados, «y dándonos más y más de los milagros, maravillas y prodigios sobrenaturales de nuestro Dios, para que su Ley bendita sea glorificada en nuestras vidas aún mucho más que antes». Y nuestro Padre Celestial hace estas misericordias por cada uno de nosotros, de todas las familias de las naciones de la tierra, «porque nos ama enormemente, así como ama desde siempre a su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo!; es decir, que nuestro Creador te ama a ti, igualmente «o con la misma fuerza que ama a su Hijo amado desde siempre». Consiguientemente, muchos males de nuestras vidas desaparecerían inmediatamente, como enfermedades y hasta todas clases de dificultades comunes y hasta las incontrolables; porque muchos de estos males no sólo son problemas para el hombre por falta del cumplimiento de la Ley en sus vidas cotidianas, «sino porque no aman a Jesucristo, como le gustaría a Él, o como sólo Él lo ama». Porque aquí es cuando el Espíritu de Los Diez Mandamientos de Dios son cumplidos en nuestras vidas, «cuando amamos fielmente a nuestro Señor Jesucristo delante de su presencia santa para cumplir con toda verdad, justicia y santidad en nuestras vidas», lo cual nos hace aptos para recibir todo lo que deseemos del cielo continuamente. Sólo así es que tú vivirás por siempre feliz, porque tus problemas y enfermedades mueren y, por tanto solamente tú sigues viviendo tu vida normal y como siempre con tu Dios en el cielo feliz también; y si ambos son felices mutuamente, «ha de ser porque el Espíritu de su Ley cumplido y honrado por Jesucristo reina continuamente en tu corazón eterno». Es decir también que con un Dios tan glorioso y con su Árbol de la vida no sólo establecido en el paraíso sino también en Israel y en muchas naciones, por el poder sobrenatural del evangelio, «entonces las gentes pueden comer y beber de su fruto de vida a cada hora del día, para ser felices junto con Dios en el paraíso». Porque en el cielo nuestro Padre Celestial y así también su Espíritu Santo son infinitamente felices con todos sus ángeles fieles, «porque cada uno de ellos, en sus millares, come y bebe cada día del Árbol de la vida», nuestro Señor Jesucristo, para servirle a Él debidamente y fielmente siempre en sus corazones y en sus espíritus celestes igual. Por lo tanto, todo es amor y paz en el reino de los cielos entre Dios y sus millares de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, muy fieles a Él y a su nombre infinitamente sagrado, «porque nuestro Señor Jesucristo es la Ley cumplida para todos ellos a lo largo y a lo ancho de toda la vasta creación». Porque el amor al Señor Jesucristo, nuestro único Árbol de vida y de salud, no sólo borra nuestros pecados a toda hora del día, sino que también nos llena del Espíritu Santo y de su Ley bendita sumamente honrada, «para despertar nuestras habilidades especiales, las cuales nos confió nuestro Dios en el día de nuestra creación, en sus manos infinitamente gloriosas». Y estas habilidades especiales de Dios están en nuestros espíritus humanos, para honrar por siempre a nuestro Dios, pero sólo si el Espíritu de Satanás no reina en nuestros corazones sino sólo el Espíritu de Los Diez Mandamientos eternos, «únicamente infinitamente cumplidos por nuestro Señor Jesucristo para gloria y honra de nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por ejemplo». Y nuestro Dios nos bendice abundantemente nuestras vidas terrenales y celestiales, porque nuestros corazones le están dando a él, lo que siempre ha buscado en todos sus seres creados de la antigüedad y de nuestros días también, «el Espíritu de Sus Diez Mandamientos sumamente honrados y cumplidos», ¡gracias a la presencia del Señor Jesucristo en nuestras vidas cotidianas! Por ello, el hombre y la mujer fueron puestos en la tierra por la mano de Dios, para que conozcan Sus Diez Mandamientos muy santos y los cumplan cabalmente día y noche en sus vidas, «pero siempre por el Espíritu de amor de su fruto de vida eterna», ¡nuestro Señor Jesucristo! Fue por esta razón que nuestro Padre Celestial llevo de la mano a Adán por el camino de la verdad y de la justicia, para que conozca personalmente a su Árbol de la vida, a su unigénito, a su único gran rey Mesías, nuestro Salvador Jesucristo, «y coma siempre de Él, para que jamás deshonre su Ley viviente ante su presencia santísima». Porque no hay nada que le pueda ofender tanto a nuestro Padre Celestial que el Espíritu de su Ley santísima no sea honrado con el Señor Jesucristo, en nuestro diario vivir en la tierra; en otras palabras, «no es bueno para nuestro Dios vivir un día entero, sin que el Espíritu de su Ley sea honrada en el corazón del hombre». Porque sólo con el Señor Jesucristo en el corazón del hombre, «entonces el pecado muere para no volver a existir», ni menos a afectara nuestras vidas terriblemente, como en el pasado; por ello, «sólo el Espíritu de la Ley cumplida y sumamente honrada vivirá en nuestras almas infinitas para siempre», en el nuevo reino de Dios y de sus ángeles fieles. Y si el pecado muere en nuestras vidas, y sólo gracias a la sangre expiatoria del rey Mesías, pues entonces ya no tenemos enemistad con Dios «sino una amistad continua, la cual jamás tendrá fin en nuestro diario vivir en la tierra y así también en nuestra nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo». Y esto es ya, de vivir en el Espíritu de la perfecta gloria de Los Diez Mandamientos sumamente honrados y cumplidos en nuestras vidas, «gracias a la vida mesiánica y glorificada del Hijo de David, nuestro único Salvador posible del paraíso y de toda la tierra y aún más allá de nuestra nueva vida infinita también», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque el Espíritu de Los Diez Mandamientos se habrá cumplido a si mismo, en nuestros corazones y en nuestras vidas de cada día, «gracias a nuestra confesión constante, mediante la oración de fe, del nombre salvador de nuestras vidas, nuestro Señor Jesucristo», ante nuestro Padre Celestial y ante su Espíritu Santo que están en los cielos, siempre esperando pacientemente por nosotros. Y nuestro Dios siempre espera pacientemente por nosotros, como desde la antigüedad, para que hagamos lo correcto con su unigénito, para que entonces sin que le pidamos nada, «pues nos dé, cómo algo muy normal, de todo lo que necesitemos cotidianamente»; porque nuestro Dios nos ama profundamente en su corazón santísimo, «tal como a su mismo Jesucristo de toda la vida». Es decir que nuestro Dios nos quiere dar de todo y en cada día de nuestras vidas terrenales, pero si ve a su Ley sumamente honrada en nuestras vidas, es decir, «si tan sólo ve a nuestro Señor Jesucristo vivo en nosotros y no muerto» (como en el olvido eterno de los ídolos de Satanás, por ejemplo). Es decir también que nuestro Dios ha enviado a su Hijo amado al mundo por el poder de su Espíritu y al hombre también con su esposa y con su linaje humano, para unirse, ligarse, fusionarse con el Espíritu de su Ley, y así vivirla en su Espíritu Inviolable, para no sólo honrarlo continuamente, «sino también para exaltarlo en la eternidad». Porque eso es lo que nuestro Padre Celestial anhela ver día y noche en nuestro diario vivir por toda la tierra, que el Espíritu de Sus Diez Mandamientos sea honrado cabalmente en nuestras vidas cotidianas, es decir, «ver a Jesucristo reinar en nuestros corazones eternos sin cesar jamás, para gloria y honra infinita de su nombre muy santo, para siempre». Por ello, todos al fin viviremos llenos del Espíritu de la Ley cumplido y honrado en nuestros corazones y en nuestras nuevas vidas eternas del nuevo reino celestial de ángeles y de la humanidad entera, «gracias al amor de nuestro Dios por nosotros, para jamás volvernos a alejar del Árbol de la vida», por razones de las mentiras de nadie. Porque nuestro Dios le ha puesto fin al pecado y a la muerte también, sólo en nuestro Señor Jesucristo, como nuestro único y suficiente Salvador de nuestras almas infinitas; y las gentes deberían conocer esta verdad celestial en sus corazones, «para que el ángel de la muerte se vaya, y el ángel de las bendiciones se quede en sus vidas». Porque «nuestro Dios sólo desea bendiciones y vida eterna en nuestras vidas presentes», pero Satanás sólo desea maldad y destrucción eterna de nuestras vidas en la tierra y en el más allá también, como en el mundo de las almas perdidas o como en el lago de fuego, por ejemplo, la muerte de la muerte de todas las cosas condenadas. Como les sucedió a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, y así también a Israel; como cuando crucificaron al Señor Jesucristo sobre los árboles cruzados de Adán y Eva para consumación del sacrifico asombroso, el cual se hablaría de él día y noche para millares de generaciones sin fin, en la tierra y en la nueva eternidad celestial. Ciertamente que esto le sucedió a Israel, cuando en si, no mucho tiempo de haber crucificado al Hijo de David sobre los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva, y toda la carne humana muerta y con su espíritu apagado, ¡la sangre expiatoria del Señor Jesucristo a tiempo los cubrió del pecado, para volverles a dar vida a todos! Más adelante, Israel salio de sus tierras, como cuando salio de Egipto por la noche y en apuros, llevados por las manos de Dios por los caminos de las tinieblas (pero protegidos), para dar fiel testimonio de esta gran verdad salvadora a las naciones, cuando todo lo vivido y visto por ellos del Mesías, pues aún estaba fresco en sus vidas. Así pues, Dios uso a Israel para hacer saber de las grandezas infinitas de su Ley y de su unigénito manifestadas no sólo a ellos sino a la humanidad entera, «para que todos las conozcan de pies a cabeza como hoy en día con su evangelio eterno, por todos lados de la tierra, para perdón de pecados, sanidad y salvación eterna». Porque señales les siguen a todos los que creen en el Señor Jesucristo en sus corazones, como su único y suficiente Salvador de sus vidas, en esta vida y en la venidera; es decir, «que las enfermedades se van y así muchos problemas y hasta el ángel de la muerte también, cuando Jesucristo es honrado en el corazón del hombre». Y Dios hizo esto con sus millares de hombres, mujeres, niños y niñas de Israel, de los cuales salieron de sus hogares por diferentes caminos sombríos, «para anunciar personalmente a las naciones las buenas nuevas de perdón y de salvación, por el milagro de tan sólo creer en el corazón y así confesar el nombre ungido de nuestro Salvador Jesucristo». Al fin y al cabo, Dios hizo que Israel le obedeciese y predicase el Espíritu de la carne y de la sangre expiatoria del sacrificio eterno del Hijo de David, para cumplimiento de la Ley, y para perdón eterno del pecado de la humanidad entera en todos los tiempos de la vida de la tierra. Y esto es gloria sin igual para nuestro Padre Celestial, para su Espíritu Santo y para su Árbol de vida eterna, ¡nuestro Cordero Inmolado, para bendición en nuestras vidas y para salvación perfecta de nuestras almas infinitas! Prácticamente Israel dejo de ser la nación gloriosa de la antigüedad en sus tierras escogidas por Dios, llena de testimonios y de milagros asombrosos, para que en los últimos días no sólo vuelva a ser nación, «sino que esta vez reciba al Hijo de David en su vida normal, como Dios manda, para jamás volverse a alejar de él, para siempre». Además, Dios mismo uso a todas las familias de Israel para que salgan de sus tierras a vivir literalmente sus nuevas vidas encontradas en el sacrificio asombroso del Hijo de David, «para que las demás naciones del mundo entero conozcan esta gran verdad sólida en sus corazones, y así dejen de sufrir y de morir en sus males eternos de siempre». Y sólo ellas mismas se salven de sus pecados y de sus males eternos, al creer en los poderes sobrenaturales del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo; «entonces milagros y maravillas gloriosas de sanidad y de salvación se llevaron los israelíes a las naciones, para que el evangelio se predique a todos y sin fin jamás, como en nuestros días incuestionablemente». Francamente, fueron los israelitas y los judíos, históricamente hablando, los que primeramente predicaron con poder al Cordero crucificado, clavado a los árboles cruzados de Adán y Eva, porque lo vieron todo, «para recibir la sangre expiatoria de la Ley, y así librarse de sus pecados, recibiendo al mismo tiempo la vida del paraíso una vez más, y esta vez para siempre». Y cuando los hebreos predicaban al Señor Jesucristo, por donde sea que eran llevados por el Espíritu Santo, entonces los mismos milagros y maravillas que habían visto cumplirse con el Señor Jesucristo cada vez que hablaba de Dios y de sus Mandamientos, pues sobrevenían con ellos también, es decir, «que los gentiles eran sanados de sus males y redimidos para Dios». Realmente fueron los israelitas con los judíos que recibieron del SEÑOR sobre el Sinaí Los Diez Mandamientos para que posteriormente en ellos, al no poder con ella con su carne y con su espíritu humano, por ejemplo, «pues entonces el Espíritu de la Ley entre en una de sus vírgenes, para darnos la carne que si podía cumplir la Ley religiosamente». Y fue precisamente en una de las hijas de David, en la cual el Espíritu de la Ley entro para permanecer en su vientre virgen por nueve meses, «y así darles la carne y, además la sangre expiatoria que si podía cumplir la Ley y, juntamente expiar por sus pecados, para entrar felices al fin a La Nueva Jerusalén Celestial». Porque sólo el Hijo de David es la única y verdadera puerta no sólo del paraíso sino también del nuevo reino celestial, como La Nueva Jerusalén Eterna del más allá, «para que Adán regrese a su lugar divino y así tambiéncada uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las familias, naciones, pueblos, linajes y reinos de la tierra». Así pues, como sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida eterna y única entrada de Adán para el paraíso y para el reino de los cielos, así también para Israel; en otras palabras, «sólo el Señor Jesucristo es la puerta, el camino, la verdad y la vida, para entrar a la presencia de Dios en el cielo». Porque fue el Señor Jesucristo quien fue crucificado y muerto en las afueras de Jerusalén, en Israel, para que todo aquel que desee entrar a la nueva vida eterna y conocer cara a cara a nuestro Creador, «pues entonces sólo pase por él, para que entre a La Nueva Jerusalén Celestial y así el deseo de su corazón sea cumplido con justicia». Y así también sólo el Señor Jesucristo pude ser la puerta de entrada al cielo no sólo de cada nación, como en las afueras de Jerusalén o del paraíso, sino de cada religión y de cada familia, «para que por fin entren juntos a la nueva vida de Dios y de su Jesucristo en el nuevo reino sempiterno de las naciones eternas». Y, además de todos los seres vivientes que han descendido del cielo y, por tanto el único que podía cumplir cada palabra, cada letra y cada significado de cada tilde de la Ley por ti hoy, como en la antigüedad, «es Jesucristo crucificado a la puerta de Jerusalén»; pues acéptalo tal cual, «para que entres a tu vida saludable, libre de Satán». Por ello, el Señor Jesucristo vivía y caminaba por todo Israel, «como el Espíritu y la carne perfecta de Los Diez Mandamientos no sólo para cumplirlos y honrarlos, sino también para sanar y para levantar de los muertos a los que creen en él», como su único y suficiente Salvador de sus vidas; entonces Jesucristo es para ti hoy, pues recíbelo. Porque las gentes sufren males y mueren diariamente por razones del Espíritu de la Ley, el cual fue violado no sólo por Adán, sino también por la humanidad entera, desde sus primeros pasos de vida; y nuestro Señor Jesucristo viene cada día a nosotros, «para cambiar este gran mal constante en nuestras vidas, con la ley expiatoria de su sangre asombrosa». Sin demora, después de haber vivido y cumplido con el Espíritu de la Ley, entonces el Señor Jesucristo les dijo a sus discípulos: Todo lo que yo hago, ustedes también lo pueden hacer, si tan sólo creen en sus corazones y así confiesan con sus labios la verdad y el nombre glorioso de mi Padre que está en los cielos. Porque todo aquel que invocare el nombre del SEÑOR en los últimos días, infaliblemente será salvo; porque los que invocan su nombre santísimo y salvador, «entonces sus nombres son escritos en el acto de fe y de oración, en el libro de la vida eterna del Cordero de Dios», ¡nuestro Señor Jesucristo!, para jamás ver la muerte sino exclusivamente la vida eterna. Pero para que esto sucediese en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, entonces el Árbol de Dios tenia que descender a nosotros «como carne sumamente santa, para ser el unigénito, el Cordero Escogido, el sumo sacerdote (el mediador fiel entre Dios y el hombre)», sentado a la diestra de nuestro Creador en el cielo. Y sólo así nuestro Padre Celestial podía hacer que cada ordenanza de Sus Diez Mandamientos eternos sea cumplida e infinitamente honrada no sólo en la vida gloriosa de su Hijo amado, nuestro Árbol de la vida, «sino también en cada uno de los hijos e hijas de Dios de todas las familias de las naciones de la tierra, como hoy contigo». Porque sólo así nuestro Creador puede literalmente formar un remanente fiel a él y a su nombre bendito en su unigénito en cada generación de las naciones, para establecer su reino sempiterno, el cual no tendrá fin jamás, «porque existirá por siempre lleno del Espíritu de la verdad y de la justicia infinitamente cumplida en el Mesías de Los Diez Mandamientos, ¡Jesucristo!». Es por eso que muy bien puedes creer en tu corazón y así confesar con tus labios, que nuestro Padre Celestial le ha puesto fin al pecado y al ángel de la muerte en tu vida, y sólo por amor único a tu mismo Árbol de vida eterna del paraíso y de la tierra», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y esto es gracias a la obra asombrosa de su Cordero Escogido, clavado infinitamente con su sangre expiatoria de los pecados del mundo entero a los árboles cruzados de Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, «para que entres desde ya a tu verdadera vida», ¡La Nueva Jerusalén Colosal del cielo! Porque sólo el Señor Jesucristo es la puerta, el camino, la verdad y la vida, para entrar desde ya a la nueva vida de La Nueva Jerusalén Prometida del cielo a los antiguos, «para servirle a su Dios y Fundador de sus vidas, únicamente en el espíritu y en la verdad infinita de su Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Muy pronto, los días vienen cuando cada tiniebla de Satanás y de sus ángeles caídos no sólo dejaran de ser en el corazón y en la vida de la humanidad entera, sino que también la tierra será libre de ellas infinitamente; y esto es «infinitamente poder sobrenatural del Espíritu de Los Diez Mandamientos obrando vida y salud cada día para todos». Porque sólo éste Espíritu divino cumplió y honrado únicamente en Jesucristo podrá realmente hacer que Satanás y sus pecados de ídolos e imágenes fundidas de mental desaparezcan del mundo entero por completo, «para hacer al hombre infinitamente al fin libre para el servicio honroso de su Dios y único Fundador de su nueva vida eterna»; y esto es gloria inmortal presentemente. Es decir, que cada vez se acerca más y más el día cuando ninguna tiniebla podrá permanecer ni un sólo momento más en la tierra, «por la presencia gloriosa y permanente del Espíritu de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos y sumamente honrados a toda hora del día, en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra». Y tú mismo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, tienes que estar presente en éste día glorioso para Dios, como hoy mismo, para ti y para los tuyos, e incluyendo a tus amistades de toda la vida, también, « para que tu alma se goce infinitamente en tu SEÑOR», ¡gracias al Espíritu de la Ley cumplido infinitamente en Jesucristo! Pues entonces el pecado habrá desaparecido enteramente con Satanás y con sus malvados de siempre en el infierno, para no volver hacer que el pecado nazca otra vez y perdure para hacerle daño a nadie nunca más; pues finalmente la vida misma será libre de Satanás, «para ahora gozar continuamente sólo los frutos del Árbol de la vida», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y esto seria la llegada del primer día del nuevo paraíso terrenal, para que entonces nuestro Padre Celestial pueda descender del cielo, como en la antigüedad con Israel, libremente y sin la preocupación del pecado, para socializar y, a la vez vivir con el hombre y los suyos, tal como siempre lo deseo hacer así, desde la fundación de las cosas. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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