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| Aunque me piden que hable sobre la actitud de Jesús ante el dinero, quiero comenzar describiendo brevemente qué entiendo por neoliberalismo, pues para comprender las palabras de Jesús sobre el dinero, pronunciadas ayer y ponerlas en práctica hoy, en los umbrales del siglo XXI, no basta ya con saber qué es lo que Jesús dijo, ni con conocer el mundo al que él hablaba; es necesario, además, situar en el nuevo contexto de la así llamada "sociedad neoliberal o pos- neoliberal" sus palabras1. Es en el contexto de la tan cacareada globalización donde tenemos que indagar qué dicen hoy a los seguidores de Jesús aquellas palabras antiguas, pero tan actuales, y cómo se han de interpretar al haber cambiado de destinatarios, de cultura y de época. Y como vamos a hablar sobre Jesús y el dinero hemos de anotar también de entrada que la economía de tiempos de Jesús no es comparable a la de hoy. Sería, por tanto, un error trasladar los modelos o fórmulas económicas del pasado al presente, aunque tal vez haya algo en común entre ambas economías al estar asentadas sobre la base de la acumulación de unos bienes que pertenecen a todos en manos de unos pocos y no sobre la base de la distribución de los bienes de la tierra entre todos los que la habitan. En tiempos de Jesús, la acumulación de capital en manos de unos pocos era tan grande que cuenta Flavio Josefo (Antigüedades Judías 15,365) que Herodes, por ejemplo, se había apoderado por medio de confiscaciones de una cantidad enorme de tierras (A.J. 17,307) y convertido en regadío un terreno de unos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados, propiedad de su hermana Salomé. De este terreno, Salomé percibía rentas de hasta sesenta talentos anuales (A.J. 17,321), o lo que es igual, el dinero equivalente a 360.000 jornales de un obrero agrícola. Herodes, por su parte, se había visto obligado a bajar los impuestos dos veces para evitar disturbios generales, dada la pobreza, paro y miseria en que andaba sumida la inmensa mayoría de la población. Sabemos también que, en la época de Herodes y durante el breve reinado de Agripa I (41-44 dC), era tan extrema la situación del pueblo, que tuvieron que arbitrarse en Palestina medidas extraordinarias para paliar el hambre de la población: se estimuló la beneficencia privada y se sancionaron jurídicamente las aspiraciones de los pobres a compartir la cosecha, reservándoles una parte de las fincas, cuyos productos podían recoger después de la recolección, y dejando para ellos las uvas caídas al suelo durante la vendimia2. Son sólo varias pinceladas sobre la situación crítica de la inmensa mayoría del pueblo en tiempos de Jesús. Además están las leyes de Dios a los judíos, en la que los Fariseos se las pasaban por el forro, puesto que si un trabajador, trabajaba la tierra durante 7 años, éstos ya estaban libres de pagar impuestos, pero los Fariséos hipócritas, no querían dejárselas y debían pagarlas por siempre. Asi es que, si no estudias un poco el contexto Histórico de aquel entonces, dudo que sepas a lo que se refería Jesucristo, bueno, ni Dios. On 3 mayo, 01:14, Valzar <val...***gmail.com> wrote: > On 3 mayo, 00:20, libera <libera.d...***gmail.com> wrote: > > > > > ¿Notas la diferencia?- Ocultar texto de la cita - > > > - Mostrar texto de la cita - > > Si, veo la diferencia entre el tema original y lo que tu aportas que > no tiene relación. > Lo que te tocaría es pasar por alto el mensaje o dar pruebas de la > existencia de Jesús. Tu y yo creemos en su existencia pero el debate > son las pruebas. > ¿No sabes seguir un debate? |
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| On 3 mayo, 01:25, libera <abba.tzeb...***gmail.com> wrote: > Acaso no estudias la Biblia para poder opinar con propiedad? > > Te lo recomiendo......porque se nota que no has estudiado ni la > Historia de los Hebreos > ni la Historia, ni la Historia de nada. Tu has estudiado la historia de los hebreos en la biblia. Que es peor que no estudiarla. Yo estudio la Biblia de la misma manera que el Coran, el Kalevala, el Popol Vuh, el Libro de los Muertos, el Zend Avesta, etc. Pero esos libros solo me hablan de mitos antiguos. Al fin y al cabo el cristianismo no es mas que un mito superviviente. La Historia es otra cosa... Saludos |
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| On 3 mayo, 01:57, Valzar <val...***gmail.com> wrote: > On 3 mayo, 01:25, libera <abba.tzeb...***gmail.com> wrote: > > > Acaso no estudias la Biblia para poder opinar con propiedad? > > > Te lo recomiendo......porque se nota que no has estudiado ni la > > Historia de los Hebreos > > ni la Historia, ni la Historia de nada. > > Tu has estudiado la historia de los hebreos en la biblia. Que es peor > que no estudiarla. > Yo estudio la Biblia de la misma manera que el Coran, el Kalevala, el > Popol Vuh, el Libro de los Muertos, el Zend Avesta, etc. Pero esos > libros solo me hablan de mitos antiguos. Al fin y al cabo el > cristianismo no es mas que un mito superviviente. > La Historia es otra cosa... > > Saludos El mito superviviente de muchos muertos por ésa fe. Y además, eres libre de creer o no que Jesucristo vino a salvarnos de nosotros mismos. Pocas cosas han durado tanto.... |
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| On 3 mayo, 01:57, Valzar <val...***gmail.com> wrote: > On 3 mayo, 01:25, libera <abba.tzeb...***gmail.com> wrote: > > > Acaso no estudias la Biblia para poder opinar con propiedad? > > > Te lo recomiendo......porque se nota que no has estudiado ni la > > Historia de los Hebreos > > ni la Historia, ni la Historia de nada. > > Tu has estudiado la historia de los hebreos en la biblia. Que es peor > que no estudiarla. > Yo estudio la Biblia de la misma manera que el Coran, el Kalevala, el > Popol Vuh, el Libro de los Muertos, el Zend Avesta, etc. Pero esos > libros solo me hablan de mitos antiguos. Al fin y al cabo el > cristianismo no es mas que un mito superviviente. > La Historia es otra cosa... > > Saludos Por cierto, si quieres andar de religión en religión como las mariposas de flor en flor, te agradecería que estuvieses en la que nos ocupa, sólo para que digas algo con propiedad,. Ah, y dime de lo que presumes, y te diré de lo que careces. |
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| On 3 mayo, 01:29, libera <abba.tzeb...***gmail.com> wrote: > Aunque me piden que hable sobre la actitud de Jesús ante el dinero, Aunque me piden que hable sobre la actitud de Jesús ante el dinero, quiero comenzar describiendo brevemente qué entiendo por neoliberalismo, pues para comprender las palabras de Jesús sobre el dinero, pronunciadas ayer y ponerlas en práctica hoy, en los umbrales del siglo XXI, no basta ya con saber qué es lo que Jesús dijo, ni con conocer el mundo al que él hablaba; es necesario, además, situar en el nuevo contexto de la así llamada "sociedad neoliberal o pos- neoliberal" sus palabras1. Es en el contexto de la tan cacareada globalización donde tenemos que indagar qué dicen hoy a los seguidores de Jesús aquellas palabras antiguas, pero tan actuales, y cómo se han de interpretar al haber cambiado de destinatarios, de cultura y de época. Y como vamos a hablar sobre Jesús y el dinero hemos de anotar también de entrada que la economía de tiempos de Jesús no es comparable a la de hoy. Sería, por tanto, un error trasladar los modelos o fórmulas económicas del pasado al presente, aunque tal vez haya algo en común entre ambas economías al estar asentadas sobre la base de la acumulación de unos bienes que pertenecen a todos en manos de unos pocos y no sobre la base de la distribución de los bienes de la tierra entre todos los que la habitan. En tiempos de Jesús, la acumulación de capital en manos de unos pocos era tan grande que cuenta Flavio Josefo (Antigüedades Judías 15,365) que Herodes, por ejemplo, se había apoderado por medio de confiscaciones de una cantidad enorme de tierras (A.J. 17,307) y convertido en regadío un terreno de unos cuarenta y cinco kilómetros cuadrados, propiedad de su hermana Salomé. De este terreno, Salomé percibía rentas de hasta sesenta talentos anuales (A.J. 17,321), o lo que es igual, el dinero equivalente a 360.000 jornales de un obrero agrícola. Herodes, por su parte, se había visto obligado a bajar los impuestos dos veces para evitar disturbios generales, dada la pobreza, paro y miseria en que andaba sumida la inmensa mayoría de la población. Sabemos también que, en la época de Herodes y durante el breve reinado de Agripa I (41-44 dC), era tan extrema la situación del pueblo, que tuvieron que arbitrarse en Palestina medidas extraordinarias para paliar el hambre de la población: se estimuló la beneficencia privada y se sancionaron jurídicamente las aspiraciones de los pobres a compartir la cosecha, reservándoles una parte de las fincas, cuyos productos podían recoger después de la recolección, y dejando para ellos las uvas caídas al suelo durante la vendimia2 Son sólo varias pinceladas sobre la situación crítica de la inmensa mayoría del pueblo en tiempos de Jesús. Hoy sucede otro tanto. Basten algunos ejemplos como botón de muestra: - De 1962 a 1992 la producción mundial se triplicó, aumentando el consumo en los sectores pudientes del mundo desarrollado y disminuyendo en los sectores más pobres, lo que traducido a cifras equivale a decir que el 20% más rico de la población mundial consume más del 80% del producto bruto mundial (también en gastos de energía, educación, salud, etc.), mientras que el 20% más pobre apenas alcanza a consumir el 1.5%. - Los datos del Informe sobre el desarrollo humano 1998 de las Naciones Unidas nos aterrorizan al hablar de la concentración de la riqueza mundial en manos de un puñado de ricos: las 225 personas más ricas del mundo acumulan una riqueza superior a un billón de dólares, igual al ingreso anual del 47% más pobre de la población mundial, es decir, de 2.500 millones de pobres. - Este mismo informe incluye también un índice específico de pobreza para los países desarrollados que da mucho que pensar. En 1960, el 20% de la población mundial que vivía en los países más ricos tenía 30 veces el ingreso del 20% más pobre. En 1985, esa relación era de 82 veces. - Incluso en América del Norte, el país de la prosperidad, están sucediendo cosas horribles, pues no todos prosperan en él: en 1969, el 20% de los hogares norteamericanos más ricos tenía siete veces más renta que el 20% más pobre. En 1992 esa relación era ya de 11 veces y ha seguido creciendo. Esto equivale a decir que, incluso dentro de los países más desarrollados, los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres. Ha aumentado la riqueza y, con ella, la desigualdad y la pobreza3. - Pero no queda ahí la cosa. Ha surgido además una porción reducida de la población (¿un 5%? ¿un 10%?) que ha perdido todo contacto con la esfera de la ciudadanía. Es lo que denominamos lumpen, los no ciudadanos, que no constituyen una clase social para sí, y que no tienen contacto alguno con el mundo oficial. Para esos no ciudadanos no existe una explicación unificada ni unificante de sus sufrimientos. Los realmente desfavorecidos por la globalización -y quienes temen perder su condición- no representan una fuerza productiva, ni siquiera un grupo social con el que se deba ajustar cuentas. Los ricos se hacen más ricos sin ellos, los gobiernos pueden ser reelegidos sin sus votos, y el PNB seguirá creciendo indefinidamente sin su participación. De la explotación a la exclusión: eso es lo que Viviane Forrester llama el horror económico4. Son algunos de los efectos más inmediatos del neoliberalismo y de su praxis globalizadora, cuyos principales postulados vamos a comentar a continuación. 1. Principios básicos del neoliberalismo El neoliberalismo es una ideología, basada en tres principios rectores: la primacía del individualismo el predominio del materialismo y la preeminencia del hedonismo. Según estos principios5, el centro de la actividad humana es el individuo y su libertad como valor absoluto y sin referencia comunitaria. Esto desemboca en un individualismo beligerante, en una insolidaridad que crea una franja de marginación y exclusión social cada vez más amplia y en una feroz y agresiva competitividad. Para el neoliberalismo, el valor supremo, que lo rige todo, es lo económico, encarnado en el culto al dinero, como dios al que se ofrecen sacrificios de vidas humanas, las de los pobres; la meta suprema es la consecución a cualquier precio de la satisfacción sensible del individuo. Para llevar a cabo estos postulados, el neoliberalismo proclama la libertad de las actividades económicas y la sacralidad de la propiedad privada, buscando el enriquecimiento mediante la expansión del mercado. El nuevo dogma de esta religión neoliberal es "fuera del mercado no hay salvación". El método que emplea el neoliberalismo es la libre competencia, de la que el Estado debe estar ausente, teniendo por norma básica la eficacia. Y en la libre competencia -ya se sabe- gana quien tiene más, quien puede más; vencen los fuertes, los ricos y los hábiles; los pobres, los desfavorecidos no cuentan para nada. Entendido así el sistema neoliberal, habría que preguntarse de entrada: ¿se puede ser cristiano y neoliberal? Si la economía -llámese capital o mercado- es el valor supremo; si el mercado global o la globalización del mercado es el único camino a seguir; si la propiedad privada -lo mío- es sagrada, y si el enriquecimiento mediante la expansión del mercado es la meta a la que se denomina "desarrollo"... ¿cabe todavía preguntarse si se puede ser cristiano y neoliberal? Pues nada hay más ajeno al evangelio que estos principios con los que dicen que se pretende conseguir "la calidad de vida", la calidad total, basada principal -y casi exclusivamente- en el enriquecimiento, la competitividad, la codicia y la acumulación del capital. En esta sociedad neoliberal, la tan propugnada libre competencia en términos de mercado no es tal, ni crea igualdad, sino desigualdad; es injusta por sí misma desde el momento en que hay muchos millones de seres humanos del planeta que no pueden competir en nada ni con nadie, al no tener nada que comprar ni vender, porque no tienen acceso al mercado. En la nueva "religión del mercado", no se dice ya "dime con quién andas y te diré quien eres" sino "dime qué compras, cuánto compras, a quién compras y te diré quién eres". Hoy el "ser" se constituye por el "comprar" y por el "tener". Consecuentemente a este principio, los 2.500 millones de pobres de la tierra sin capacidad de comprar, sencillamente no existen, no cuentan, no son. Si antes se decía unicuique suum (a cada uno lo suyo), defendiendo a ultranza la propiedad privada, hoy el eslogan es "a cada uno lo que produce". Ante este panorama, el estado neoliberal reduce al mínimo su participación e intervención en la actividad económica, quedando el individuo cada vez más desprotegido y desvalido ante los verdaderos señores de la tierra que controlan el flujo de capitales. Los estados venden hoy las empresas, incluso aquellas rentables, dejándolas en manos de las multinacionales y los grandes capitales, propugnando la libre competencia, pero practicando cada vez más un monopolio a escala mundial en el que los grandes bancos y las grandes empresas multinacionales se funden con otras igualmente grandes para dominar absolutamente el mercado y acabar con la tan proclamada libertad de mercados. Hoy más que nunca queda patente la vieja máxima: "Poderoso caballero es don dinero", revistiéndose de patetismo palabras de Jesús como éstas: "No podéis servir a Dios y al dinero (léase capital o mercado globalizador) (Lc 16,13); "vende lo que tienes y repártelo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, sígueme a mí (Lc 18,22)"; "ay de vosotros, los ricos" (Lc 6,24); "¡Con qué dificultad entran en el reino de Dios los que tienen el dinero! Porque es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios" (Lc 16,24-25). ¿Quién se cree hoy esto o se atreve a proclamarlo? Hoy que se habla de la España de las oportunidades hay que afirmar tajantemente que un sector grande de la población activa no tiene sencillamente oportunidades, ni siquiera la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo digno. En España este sector alcanza el 19%, en torno a dos o tres millones de personas según quien haga los números (la Encuesta de Población Activa o el Instituto Nacional de Empleo); en Europa hay ya 18 millones de parados y en Estados Unidos los pobres alcanzan la cifran de 40 millones. Y muchos de los que tienen un puesto de trabajo en nuestro país, lo tienen con un contrato-basura y un salario precario; no hablemos ya de las pensiones contributivas o del salario social de aquellos que ni siquiera tienen trabajo, tan reducidos a mínimos ni siquiera vitales. Pues bien, es precisamente en este campo, en la actitud que los cristianos debemos tener hacia el dinero, verdadero dios de la sociedad neoliberal, donde aparece, a mi juicio, más nítida que nunca la alternativa que el evangelio ofrece hoy, que, de ponerse en práctica, abriría la puerta a la esperanza en un mundo que no esté basado en el dinero, sino en el pleno desarrollo humano, verdadera meta propuesta por Jesús en el evangelio. 2. Las dos caras del dinero en los evangelios. Por esto hemos de preguntarnos: ¿Qué pensaba Jesús, tal como lo describen los evangelios, acerca del dinero y de la posesión de los bienes? Para Jesús, como para nosotros, el dinero tiene dos caras: una, buena y amable; otra, mala y temible. El dinero no puede demonizarse o satanizarse absolutamente. El dinero -y cuando decimos dinero, entendemos también los bienes- es bueno o malo según el uso que hagamos de él. Jesús no era un soñador utópico; sabía que el dinero es una realidad importante con la que hay que contar en la vida de cada día y así aparece en múltiples pasajes de los evangelios6. La cara amable del dinero El dinero tiene una cara amable, pues crea las condiciones para una vida digna, o lo que es igual, el dinero es necesario para vivir, pero esto no quiere decir que vivamos para el dinero, como muchos entienden. Los evangelios son realistas en este sentido y refieren a menudo operaciones de compraventa. Con dinero se compra y se vende tanto lo necesario como lo superfluo7 ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos?, pregunta Jesús (Mt 10,29); en la parábola del gran banquete se dice que todos los invitados "empezaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado un campo y necesito ir a verlo...; otro dijo: he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas" (Lc 14,18-19); la actividad de la gente en tiempos de Lot es descrita con esta secuencia de verbos: "comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y construían (Lc 17,28)". Aunque, en el evangelio aparecen con frecuencia los verbos comprar y vender, no está de más observar que Jesús no aconseja comprar, sino más bien dar, o vender y dar8. Ante la multitud hambrienta, Jesús ordena a sus discípulos: "dadles vosotros de comer", pero los discípulos, que entienden sólo de comprar y no de compartir, preguntan: "¿Vamos a comprar panes por doscientos denarios de plata para darles de comer? (Mc 6,35). A quienes, siendo ricos, se acercan a Jesús, éste les aconseja vender y dar todo lo que tienen para entrar en el reino de Dios o comunidad cristiana, que es presentada como un tesoro escondido que "un hombre encuentra, lo vuelve a esconder y de la alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo aquél" (Mt 13,44) o "a un comerciante que buscaba perlas finas; y al encontrar una perla de gran valor (metáfora del reino) fue a vender todo lo que tenía y la compró" (Mt 13,45-46). El reino de Dios o comunidad cristiana vale, para Jesús, más que todos los bienes. El joven rico, para llegar a ser un hombre logrado, debe seguir la orden de Jesús: "vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y, anda, sígueme a mí" (Mt 19,21; cf. Mc 10,21; Lc 18,22). Jesús exhorta a sus discípulos con estas palabras: "Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se estropeen, una riqueza inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni echa a perder la polilla. Porque donde tengáis vuestra riqueza tendréis el corazón (Lc 12,33-34)". Con dinero se compran también los animales para los sacrificios, pero Jesús se muestra poco amigo de quienes venden en los atrios del templo explotando al pobre. Por eso, al expulsar del templo a los vendedores y cambistas, Jesús no dirige la palabra a quienes vendían bueyes u ovejas para los sacrificios (pues estas ofrendas sólo las podían costear quienes tenían cierto poder adquisitivo, los ricos), sino a los vendedores de las palomas, que adquirían los pobres para ofrecerlas en sacrificio expiatorio por sus pecados. Jesús dice a éstos: "Quitad eso de ahí; no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de negocios" (Jn 2,16). Con dinero se pagan los impuestos o tributos: "¿Está permitido pagar el tributo al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?" preguntan los fariseos y herodianos a Jesús, tendiéndole una trampa (Mc 12,13-17). El dinero sirve también para dar limosnas y remediar las carencias de los necesitados, aunque Jesús aconseja la máxima discreción al hacerlo: "Por tanto, cuando des limosna no lo anuncies a toque de trompeta" (Mt 6,3-4); "si quieres ser un hombre logrado, vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y, anda, sígueme a mí", aconseja al joven rico (Mt 19,20-21); en la escena de la unción de Jesús en Betania, al ver cómo la mujer quebró el frasco de ungüento y lo fue derramando en la cabeza de Jesús "algunos comentaban indignados: ¿Para qué se ha malgastado así el perfume? Podía haberse vendido ese perfume por más de trescientos denarios de plata y habérselo dado a los pobres. Y le reñían" (Mc 14,4-5). Con dinero –con un denario- se pagan los jornales en la parábola de los jornaleros enviados a la viña (Mt 20,1-16). Con el dinero se negocia, invirtiéndolo o poniéndolo a interés en el banco. Esto es precisamente lo que ni siquiera hizo el siervo de la parábola de los talentos que había recibido de su amo un solo talento y a quien éste le reprocha: "¡Empleado malvado y holgazán! ¿Sabíasque siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues entonces debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver, pudiera recobrar lo mío con los intereses" (Mt 25,26-27). El dinero sirve, también, para aliviar los males del prójimo. Así el samaritano paga al posadero dos denarios y se compromete a pagar lo que sea preciso de más: "al ver al malherido, se acercó a él y le vendó las heridas echándoles aceite y vino..., lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios de plata y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta" (10,33-36). Con dinero, por último, intenta en vano la hemorroísa obtener la salud. De esta mujer, que tenía un desarreglo constante, se dice que "había sufrido mucho por obra de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía sin aprovechar nada, sino más bien poniéndose peor" (Mc 5,25-26). En los evangelios, como puede verse, el dinero se usa, al igual que hoy, como valor de cambio en una economía basada en la moneda; con él se compra y se vende; se remedian las necesidades del prójimo, se pagan los impuestos y se puede obtener la salud. El dinero es necesario para vivir y es una realidad con la que hay que contar para obtener cierta calidad de vida, según lo evangelios. Esta es la cara amable del dinero. La cara seductora del dinero Pero el dinero tiene otra cara, mala; tiene poder seductor y corruptivo, porque quien lo tiene, tiende a tener cada vez más: por esto Jesús recomienda: "Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. En cambio, amontonaos riquezas en el cielo, donde ni polilla ni carcoma las echan a perder, donde los ladrones no abren boquetes ni roban. Porque donde tengas tu riqueza tendrás el corazón" (Mt 6,19-21). Para Jesús, el dinero no es malo; lo malo es su acumulación abusiva; lo perverso es la avaricia y el ansia de tener que lleva a acaparar. Y éste es el mal que aqueja a nuestra sociedad neoliberal. En el evangelio vemos cómo por dinero pleitean los hermanos: "Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Le contestó Jesús: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Entonces les dijo: Mirad, guardaos de toda codicia, que aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes" (Lc 12,13-15). Con la seguridad que da el dinero, el hijo pródigo rompe con su padre: "Padre, dame la parte de la fortuna que me toca" (Lc 15,11) y por codicia, el acreedor de la parábola, a quien le habían condonado una deuda inmensa (diez mil talentos) es capaz de encarcelar a quien le debía una cantidad mínima (cien denarios) (Mt 18,23-35); por afán de dinero se extorsiona a la gente como reconoce Zaqueo al encontrarse con Jesús: "La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces" (Lc 19,8). El ansia de dinero lleva a robar: de Judas se dice que "era un ladrón y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban" (Jn 12,6); Judas mismo traiciona a Jesús por dinero y está dispuesto a entregarlo a la muerte: "Judas Iscariote, aquel que era uno de los Doce, acudió a los sumos sacerdotes para entregárselo. Ellos, al oírlo, se alegraron y le prometieron darle dinero. El andaba buscando cómo entregarlo y el momento oportuno" (Mc 14,10-11). Hay, también, quien usa el dinero para adquirir prestigio: "Por tanto, cuando des limosna no lo anuncies a toque de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en la calle para que la gente los alabe. Ya han recibido su recompensa, os lo aseguro. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede escondida; y tu Padre, que ve lo escondido te lo recompensará" (Mt 6,2). Algunos usan el dinero para actos de ostentación, como los ricos que echaban dinero en cantidad en el tesoro o cepillo del templo, frente a aquella pobre viuda que echó dos ochavos (Mc 12,41-44). Pero el dinero aparece en los evangelios, ante todo, como fuente de injusticia que hace a los hombres ciegos ante las necesidades de los demás, como en la parábola del rico y los graneros (Lc 12,13-21) o en la del rico y Lázaro (Lc 16,14-31), dos ricos que ignoran la existencia y los sufrimientos del pobre. El dinero, por último, crea además una falsa seguridad en quien lo posee, pues el bien más preciado que es la vida no se puede comprar con dinero, como advierte Jesús: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?" (Lc 9,25). El dinero, que sirve para obtener cierta calidad de vida, termina con la vida misma, cuando no es usado debidamente, convirtiéndose aquél y no ésta en el valor supremo. De ahí que Jesús, consciente del atractivo seductor y corruptor de las riquezas, proclame absolutamente: "No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16,13). En síntesis, cuando el dinero se convierte en dios, se pone en peligro la convivencia humana: se rompen las relaciones familiares, se olvida el perdón, se extorsiona, se roba, se traiciona y se llega hasta quitar la vida del otro, si es necesario. Con el dinero se consigue el prestigio y el poder que hace sentirse diferentes y superiores a los demás; el ansia de dinero lleva al olvido del prójimo que sufre y nos hace sentirnos seguros de nosotros mismos, hasta el punto de creer que incluso la vida se puede asegurar con dinero. El dinero es un dios que exige pleitesía y adoración. NOTAS 1 Más que de neoliberalismo, debemos hablar hoy de posneoliberalismo. "La sorpresa de este año en el Foro Económico Mundial estribó justamente en la desaparición del optimismo beato, de la ciega exaltación del modelo, de la pureza impoluta e imprescindible del mercado... Nos hallamos de lleno en el posneoliberalismo, transición que se detecta en tres tendencias: 1) la necesidad de regular los flujos internacionales de capital especulativo o de cartera; 2) la necesidad de armonizar las políticas económicas y los sistemas políticos y 3) la relación entre desigualdad, gobernabilidad y viabilidad de las políticas de mercado". Véase J. Castañeda, "Davos y el neoliberalismo", Diario El País, 10-2-99, págs. 13-14. 2 Shlomoh Ben-Ami, "Palestina en el primer siglo de la era común", en A. Piñero (ed.), Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991, 22ss. 3 Antón Costas, "Más ricos y desiguales", El País, sábado 30 de enero de 1999, pág. 12. 4 Joaquín Estefanía, "La cuadratura del círculo", El País, 12 de noviembre de 1997, pág. 11 5 Debo al profesor y amigo Eduardo Arens, del Perú, algunas de las ideas que aquí expongo sobre el neoliberalismo, sacadas de un trabajo que me hizo llegar sobre "Neoliberalismo y valores cristianos", publicado en la revista "Páginas", de Lima. 6 Véase a este respecto el excelente artículo de F. Camacho, "Jesús, el dinero y la riqueza", Revista Isidorianum, Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, 6 (1997) 393-415. 7 Los verbos comprar y vender son frecuentes en el Nuevo Testamento, juntos o por separado. Comprar -agorazô- aparece treinta veces en el NT, de las que veinte en los evangelios; vender -pôleô- veintidós en el NT de las que diecisiete en los evangelios. 8 Jesús aconseja solamente una vez en los evangelios comprar algo, empleando este verbo en sentido metafórico. Cuando está a punto de ser detenido en el huerto, dice a sus discípulos: "Pues ahora, el que tenga bolsa, que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tenga, que venda el manto y se compre un machete... Ellos dijeron: Señor, aquí hay dos machetes. El les replicó: ¡Basta ya!" (Lc 22,35-38). Cuando prendan a Jesús, nadie va a proporcionar a los suyos sustento o defensa. Esto es lo que quiere decir este consejo de Jesús que los discípulos entienden al pie de la letra, como si, antes de ser apresado para ser ajusticiado, aquél invitase a buscar la seguridad en la bolsa (al enviarlos a la misión les había recomendado no llevar bolsa, ni alforja ni sandalias, cf Lc 10,3) o a utilizar la violencia para implantar un orden justo, él que había propuesto el amor incluso hacia los enemigos, si es necesario ("Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos", Mt 5,43-45). Los discípulos, que no entienden las palabras de Jesús, le dicen: "¡Señor, aquí hay dos machetes!". Pero éste se muestra ya cansado de tanta incomprensión y les dice : "¡Basta ya!". Cf. Juan Mateos- Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid 1981, pág. 280. 9 Vender y dar, no obstante, es una fórmula evangélica que, a mi juicio, debe emplearse en nuestro tiempo sólo en casos de extrema necesidad, pues remedia a corto y no a largo plazo las carencias del prójimo. Otras fórmulas como "invertir para crear puestos de trabajo" pueden resultar más eficaces y evangélicas hoy. El evangelio hay que traducirlo a las nuevas circunstancias aplicando fórmulas que sean aptas para conseguir el fin que Jesús pretende con sus recomendaciones, a saber, la creación de una sociedad igualitaria donde los bienes de la tierra se distribuyan entre todos. 10 Cf. Juan Mateos- Fernando Camacho, El evangelio de Mateo, pág. 280. -------- Estoy de acuerdo con mucho de lo que dice Pelaez, pero la idea central gana con el mensaje completo. ¿Verdad? Está mas en la línea de lo que yo puse. Saludos |
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