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Predeterminado Mártires del cristianismo: Testimonios.

Las ACTAS DE LOS MÁRTIRES son la transcripción de los procesos
verbales redactados por las autoridades romanas y conservados en los
archivos oficiales, que los cristianos conseguían por diversos medios.

En ningún tribunal faltaban los notarii porque recogían
taquígraficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el
interrogatorio, por medio de notae o signos de abreviación. Luego se
traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos
judiciales.
Pero toda la labor de redacción de las Actas y su conservación en los
archivos oficiales era obra de los magistrados romanos. Muchas de las
actas fueron destruidas por Diocleciano S.III) que había notado que
estos relatos heroicos inflamaban el alma de los cristianos y les
daban el ejemplo para sufrir; de ahí que los colocó en los libros de
la doctrina proscrita, que ordenó recoger y quemar en la plaza
pública.

Su lectura ha hecho mucho bien a los cristianos de todos los tiempos.

Martirio de Santa felicidad y santa perpetua

Cartago, 7 de marzo de 203

Las actas del martirio de las santas Felicidad y Perpetua (7 de marzo
del 203) constituyen un relato altamente significativo para darnos una
idea, al menos aproximada, de las exigencias que el cristianismo
comportaba en la vida pública, social y familiar. El ejemplo que
protagoniza Perpetua es una muestra patente de anteponer los dictados
de la fe a los lazos de la sangre y de la familia:

[…]


Mosaico de Santa Perpetua
“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad,
ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre
ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las
artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre, madre y dos
hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito al
que alimentaba ella misma. Contaba unos veintidós años.

A partir de aquí, ella misma narró punto por punto todo el orden de su
martirio (y yo lo reproduzco, tal como lo dejó escrito de su mano y
propio sentimiento).



“Cuando todavía -dice- nos hallábamos entre nuestros perseguidores,
como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras
y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:



- Padre –le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el
suelo, una orza o cualquier otro?

- Lo veo –me respondió.

- ¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?

- No.

- Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy:
cristiana.

[…]

De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser
interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena,
se acercó a mí con la intención de derribarme y me dijo:

- Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es
que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas
manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a
todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a
tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito,
que no ha de poder sobrevivir. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a
todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te
pasa algo.

Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las
manos, se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su
hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi
padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse
de mi martirio. Y traté de animarlo, diciéndole:

- Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber
que no estamos puestos en nuestro poder sino en el de Dios.

Y se retiró de mi lado, sumido en la tristeza.

Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente
para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública.
Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se
congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados
todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el
turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me
arrancó del estrado, suplicándome:

- Compadécete del niño chiquito.



Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii
o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio
Timiniano:

- Ten consideración –dijo- a las canas de tu padre; ten consideración
a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.

Y yo respondí:

- No sacrifico.

- Luego ¿eres cristiana?

- Sí, soy cristiana.

Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme,
Hilariano dio orden de que se lo echara de allí, y aun le golpearon.
Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran
apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez.

[…]

Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial
de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que
había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían
a vernos con el fin de aliviarnos los unos a los otros.

Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme,
consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por
tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir
palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de
su infortunada vejez.

[…]

En cuanto a Felicidad, también a ella le fue otorgada gracia del
Señor, del modo que vamos a decir:

Como se hallaba en el octavo mes de su embarazo (pues fue detenida
encinta), estando inminente el día del espectáculo, se hallaba sumida
en gran tristeza, temiendo se había de diferir su suplicio por razón
de su embarazo (pues la ley veda ejecutar a las mujeres embarazadas),
y tuviera que verter luego su sangre, santa e inocente, entre los
demás criminales. Lo mismo que ella, sus compañeros de martirio
estaban profundamente afligidos de pensar que habían de dejar atrás a
tan excelente compañera, como caminante solitaria por el camino de la
común esperanza. Juntando, pues, en uno los gemidos de todos, hicieron
oración al Señor tres días antes del espectáculo. Terminada la
oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores del
parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la
dificultad de un parto trabajoso de octavo mes, díjole uno de los
oficiales de la prisión:

- Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las
fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?



Y ella respondió:

- Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en
mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él.

Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija.

[…]

Como el tribuno los tratara con demasiada dureza, pues temía, por
insinuaciones de hombres vanos, no se le fugaran de la cárcel por arte
de no sabemos qué mágicos encantamientos, se encaró con él Perpetua y
le dijo:

- ¿Cómo es que no nos permites alivio alguno, siendo como somos reos
nobilísimos, es decir, nada menos que del César, que hemos de combatir
en su natalicio? ¿O no es gloria tuya que nos presentemos ante él con
mejores carnes?

El tribuno sintió miedo y vergüenza, y así dio orden de que se los
tratara más humanamente, de suerte que se autorizó a entrar en la
cárcel a los hermanos de ella y a los demás, y que se aliviaran
mutuamente; más que más, ya que el mismo Pudente había abrazado la
fe.

[…]

Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada
expresamente contra la costumbre. Así, pues, despojadas de sus ropas y
envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió
horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, que
acababa de dar a luz. Las retiraron, pues y las vistieron con unas
túnicas.

La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas;
pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se
cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego,
requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era
decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no
dar apariencia de luto en el momento de su gloria.

Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el
suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Ambas juntas se
sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a
la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón
catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta
en el Espíritu había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con
estupor de todos, dijo:

- ¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?

Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta
que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida.
Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió
estas palabras:

- Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros y no os
escandalicéis de nuestros sufrimientos.

[…]


Santas Felicidad y Perpetua
Mas como el pueblo reclamó que salieran al medio del anfiteatro para
juntar sus ojos, compañeros del homicidio, con la espada que había de
atravesar sus cuerpos, ellos espontáneamente se levantaron y se
trasladaron donde el pueblo quería. Antes se besaron unos a otros, a
fin de consumar el martirio con el rito solemne de la paz.

Todos, inmóviles y en silencio, se dejaron atravesar por el hierro;
pero señaladamente Sáturo (que era quien los había introducido en la
fe y que se había entregado voluntariamente al conocer su
encarcelamiento para compartir así su suerte), como fue el primero en
subir la escalera y en su cúspide estuvo esperando a Perpetua, fue
también el primero en rendir su espíritu.

En cuanto a ésta, para que gustara algo de dolor, dio un grito al
sentirse punzada entre los huesos. Entonces ella misma llevó a su
garganta la diestra errante del gladiador novicio. Tal vez mujer tan
excelsa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era
temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera querido.

¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y
escogidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo! El que esta gloria
engrandece, honra y adora, debe ciertamente leer también estos
ejemplos, que no ceden a los antiguos, para edificación de la Iglesia,
a fin de que también las nuevas virtudes atestigüen que es uno solo y
siempre el mismo Espíritu Santo el que obra hasta ahora, y a Dios
Padre omnipotente y a su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien es
claridad y potestad sin medida por los siglos de los siglos. Amén.”

(BAC, D. RUIZ BUENO, ACTAS DE LOS MÁRTIRES, 419-440)



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