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| Tras las elecciones municipales de abril de 1931, «sin duda alguna las más libres y or-denadas de la historia española», los españoles suprimieron la Monarquía y proclamaron el 14 de abril la (Segunda) República. Era de carácter liberal-progresista, con ligera tendencia hacia el Socialismo. A pesar de los continuos sabotajes por parte de la derecha y de la ex-trema izquierda; a pesar de una situación económica en quiebra, resultante de las condicio-nes anteriores, la estabilidad política del joven Estado, de cuyo Parlamento formaban tam- bién parte muchas celebridades científicas de ideología liberal- socialista, permaneció en un primer momento a salvo. En dos años el nuevo Gobierno llevó a cabo toda una serie de reformas que en otros lugares hubieran tardado décadas enteras en realizarse: una ley penal, una modernísima ley de divorcio, leyes sobre los derechos de la mujer, comités de arbitraje, salarios mínimos y la implantación de las 48 horas de trabajo semanales. Lo más importan-te, sin embargo, fue la reforma agraria, la expropiación de los grandes latifundios, la duplicación del salario de los jornaleros y la construcción de casi 10.000 escuelas. La ira popular y el derribo de la Monarquía golpearon también a un clero estrechamen-te vinculado a la misma. «España ha dejado de ser católica», declaraba el nuevo presidente Azaña, escritor y republicano doctrinario, quien tras la quema en mayo de algunos conven-tos de monjas manifestó: «Todas las iglesias juntas de España no valen lo que vale la vida de un solo republicano». Y como quiera que el país no sólo registraba gustosamente la pér-dida del monarca (éste se apresuró, sin renunciar a sus derechos al trono, a huir a Marsella en barco) sino que desterró asimismo al obispo de Vitoria y al cardenal primado de Toledo, objeto de un odio especial; como quiera que se dieron garantías para el derecho al culto y a la libertad de concien- cia, estando asimismo prevista la separación de la Iglesia y del Estado, la suspensión de cualquier tipo de subvenciones a las asociaciones religiosas y la anulación de las partidas del presupusto destinadas al sostenimiento del culto y la de la exención fiscal del clero; como quiera que a monjes y monjas se les prohibió el ejercicio del el comercio y de la en-señanza y la Compañía de Jesús fue disuelta el 24 de enero de 1932 por una disposición que confiscaba además sus bienes, el episcopado español se esforzó de inmediato por recuperar su anterior posición, altamente privilegiada. La Iglesia española protestó contra la libertad de conciencia y la escuela laica. Natu-ralmente el Papa la secundó mediante la no concesión del plácet al delegado del gobierno republicano y conjuró a los nuevos gobernantes a volver sobre sus pasos, a la par que ape-laba a la conciencia del clero y los seglares. Entretanto, los monárquicos, apoyados por los grandes latifundistas y por la mayoría de los oficiales, atizaban la violencia contra la Repú-blica y la clase obrera. En 1932, el general Sanjurjo intentó, sin éxito, dar un golpe de Esta-do en Sevilla y hubo de huir. Tanto los obispos españoles, en su Carta.Pastoral del 25 de mayo («Declaración sobre la ley de Confesiones religiosas»), como Pío XI, en su Encíclica del 3 de junio Dilectissima nobis, exigieron ya en el año 1933 «una santa cruzada para el pleno restablecimiento de los derechos eclesiásticos». La contraofensiva clerical no quedó sin consecuencias. Como quiera que el papa no vaciló en condenar al gobierno, por su ingratitud, y a sus disposiciones hostiles a la Iglesia, declarándolas solemnemente como nulas y contrarias al bien de ésta y al del propio Estado; como quiera que el apiscopado llamaba a tambor batiente a la resistencia, a luchar «contra los anticristos rojos» —como decía el cardenal Segura en un llamamiento en el que exhor-taba a acabar con los enemigos del Reino de Cristo— la opinión pública aún se les hizo más hostil y el catolicismo más agresivo. En febrero del mismo año y (algo que la mayoría ignora) a instancias de Eugenio Pace-lli, se creó la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Este partido cali-ficaba de secundaria la cuestión de la forma de gobierno, pero propagaba un «catolicismo social» inspirado en las encíclicas de los últimos Papas, asi como la defensa de Dios y de la Patria. Su «Jefe» tal como él mismo se hacía llamar por sus partidarios, en analogía con los títulos de Duce y Führer, fue José María Gil Robles, antiguo alumno de los salesianos, ad-mirador militante de Hitler, cuyo órgano de prensa, Vólkische Beobachter, escribía en homenaje a Gil Robles que «posee ante todo un órgano con tal vozarrón, que le permite acallar los gritos de los más exacerbados marxistas». (En 1936 transfirió al general golpista Mola 500.000 pesetas de los fondos de su Partido). Especialmente interesante es esta confesión suya: «El problema religioso se estaba convirtiendo en un estado de guerra con el peligro de un confrontamiento entre las dos Españas». El 29 de octubre del mismo año 1933, año que vio nacer a la CEDA, José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador, y su hermana Pilar fundaron la «Falange Española», promo-cionada por los jesuítas e influida por el fascismo italiano. Éste apoyó económica-mente, a partir de 1934, a este partido fascista español, al cual se incorporó, ya antes del levantamiento, buena parte de las juventudes de la CEDA. Uno de sus líderes fue Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y amigo de Mussolini y de Hitler. Suñer desempeñaría más tarde los cargos de ministro del interior y de asuntos exteriores y en 1942 fue condecorado con la gran cruz de la orden «Pío IX». Dos meses más tarde, él mismo hizo público que 15.000 soldados españoles luchaban en el Frente del Este y que este número se elevaría a un millón si Alemania lo deseaba así. La Falange ambicionaba un estado cristiano, nacio-nal y totalitario. El antisemitismo fue una característica de algunos de sus mentores ideoló-gicos. Más notoria aún fue su admiración para con el fascismo y el nazismo. La coalición gubernamental republicana-socialista colapso en otoño de 1933. La iz-quierda se presentó por separado a las urnas ya que el partido socialista, confiado en su propia fuerza, fue en solitario a las elecciones y fue batido por la derecha, que obtuvo la mayoría. La contrarrevolución se estableció con el gabinete de Lerroux, antiguo anticlerical, oportunista y ambicioso, capaz de aliarse ahora con la derechista CEDA para ser jefe de gobierno. En su cargo de ministro de la Guerra, Gil Robles facilitó —al delegar en el general Franco la reorganización del ejército— el golpe militar de 1936. La policía se componía especialmente de católicos, a los que se instruyó para «aniquilar a los ateos, enemigos de la Iglesia». Todos los avances conseguidos por la joven república fueron eliminados durante este «bienio negro». Innumerables personas perdieron su trabajo, su pan y su misma libertad, sin ningún tipo de proceso, sólo por motivos políticos. El 5 de octubre de 1934 se convocó en Madrid y en Barcelona una huelga general. Tuvieron lugar toda una serie de revueltas locales, de manifestaciones multitudinarias y de enfrentamientos callejeros. Bajo la influencia determinante de los anarquistas, Cataluña se proclamó República autónoma y el País Vasco y los mineros asturianos tomaron el camino de la rebelión. El Consejo de Ministros declaró el estado de guerra y asesoradas por el general Franco las tropas del ejército regular y la legión española de Marruecos aplastaron violentamente los levantamientos. El jesuíta C. Eguía expresaba venturoso en Civiltá Cattolica que: «gracias a la energía y vigilancia del gobernador... la revuelta ha sido fácilmente dominada y los grupos rebeldes, que huyeron a la zona minera, han sido dispersados o aniquilados por la aviación y las tropas gubernamentales... Es pues bien merecido el aplauso con el que Bilbao celebró la tarea del gobernador y de las tropas». El órgano oficioso del Vaticano calificaba a los trabajadores abatidos a tiros de «asesinos», «incendiarios», «salvajes» y «bárbaros». Ese diario silenciaba, sin embargo, que, desde la torre de la catedral de Oviedo se combatió a tiros bajo las órdenes de sacerdotes. Tampoco mencionaba las causas del levantamiento, es decir, la injusticia atroz, el hambre terrible y la explotación. Para los jesuítas romanos la «única y verdadera causa... no fue otra que esa peste revolucionaria que ha infectado a España a través de conferencias, escri-tos y agitaciones de demagogos e intelectuales de izquierda» y también de «ese gusto por rebelarse contra la ordenación natural de las cosas». ¡Buen modo jesuítico-vaticanista de ir al fondo de las cosas! ¡Análisis clerical de las causas! Estaba claro: la rebelión latente de los oprimidos exigía se procediese «radicalmente» contra ella. «La justicia debe ser inexo-rable, antes que nada contra los principales responsables, y después contra todos los de-más». El diario del «Santo Padre» exigía «penas colectivas» (!). Los levantamientos fueron aplastados, ahogados en sangre: más de mil muertos y dos mil heridos en ambos bandos. Solamente durante los meses de octubre y noviembre 30.000 hombres y mujeres perdieron su libertad. A la cárcel vino a sumarse en no pocos casos la tortura. El mismo periodista Luis Sirval, que informó de todo ello, fue encarcelado y asesinado por tres oficiales. |
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