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| El mito del evolucionismo propuesto por Darwin se ha venido utilizando, durante todo el siglo XX, por los partidarios del materialismo puro para corroer la creencia en un Dios Creador. Muchos pensadores cristianos, como Pierre Teilhard de Chardin y otros, procuraron hacer frente a tal ataque conciliando la teoría transformista con la fe, abundando en la posibilidad de que la creación hubiera ocurrido mediante un proceso de evolución darwinista dirigido por Dios. Se elaboró así una moderna cosmogonía evolucionista- teísta que suavizaba el relato bíblico, reduciéndolo a una especie de parábola constituida por verdades simbólicas que no debían interpretarse en sentido literal. De esta manera se pretendía que la Biblia no entrara en conflicto con los enunciados transformistas de la ciencia que, en aquella época, se consideraban verdaderos. Tal como resalta el catedrático de Antropología Social de Cambridge, Ernest Gellner: “ [...] los creyentes “modernos” no se preocupan por la incompatibilidad entre el libro del Génesis y el darwinismo o la astrofísica contemporánea. Dan por sentado que los enunciados, si bien en apariencia tratan de los mismos sucesos -la creación del mundo y los orígenes del hombre-, están en realidad en niveles muy distintos o incluso, como dirían algunos, en lenguajes completamente distintos, en tipos de “discurso” diferenciados o separados. Hablando en general, las doctrinas y las exigencias morales de la fe se convierten así en algo que, debidamente interpretado, apenas está “curiosamente” en conflicto con la sabiduría secular de la época, o con nada en realidad. Así descansa la paz y la vacuidad doctrinal” (Gellner, 1994, Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona: 16). Sin embargo, a principios del siglo XXI, los últimos descubrimientos de la ciencia parecen sugerir que esta batalla era innecesaria. Hay evidencia de la variabilidad que existe dentro de las especies, pero no la suficiente como para explicar las profundas transformaciones requeridas por el darwinismo. Los seres vivos prosiguen reproduciéndose según su género y no salen del cuadro estructural al que pertenecen, tal como afirma el relato del Génesis. Los cambios observados tampoco van siempre de lo simple a lo complejo, como se suponía, sino que desde el principio las estructuras celulares y los procesos metabólicos demuestran una alta complejidad que se mantiene hasta hoy y que sólo puede ser interpretada apelando a un Creador inteligente. Toda la información de que dispone la ciencia en la actualidad apunta hacia un principio del universo en el tiempo y el espacio. La física y la cosmología han descubierto que la materia no es eterna como antes se creía, sino que empezó a existir en un momento determinado. Miles de acontecimientos físicos y químicos se dan la mano de forma asombrosa en el planeta Tierra para hacer posible la vida humana y del resto de los organismos. Pero, a la vez, la ciencia ha demostrado que en ningún lugar del planeta aparece actualmente le vida de manera espontánea, como consecuencia de las leyes naturales. El descubrimiento del ADN y de la sofisticación del genoma humano, así como de la complejidad irreductible que hay en cada célula viva, sugieren también la necesidad de un diseñador que lo haya planificado todo. No obstante, el acto mismo de la creación sigue envuelto en la bruma del misterio y aunque nos fuera explicado por el mismo Dios, seguramente tampoco seríamos capaces de entenderlo. El nivel de los conocimientos científicos actuales no está a la altura requerida, aunque lo que cada vez resulta más evidente es que tal proceso creador no es ni mucho menos el transformismo lento y azaroso propuesto por Darwin, sino que más bien se perfila como un diseño perfecto, complejo y consumado desde el primer momento. El estudio de los orígenes continúa siendo uno de los principales retos para la ciencia del tercer milenio. En lo más hondo del alma humana sigue latiendo el deseo de desentrañar los misterios que hay detrás de las leyes que rigen el universo y de los seres vivos que lo habitan. Es el eterno desafío de intentar comprender la mente del Creador. Pero conviene reconocer que hay cosas que la ciencia nunca podrá hacer, como revelar el carácter del supremo diseñador o su plan de salvación para la criatura humana. Esto es algo que pertenece a la teología. A pesar de ello, la evidencia de designio y propósito en la naturaleza interpela directamente a cada ser humano. De tal manera que como afirma el apóstol Pablo: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20). El diseño inteligente demanda una respuesta de cada persona. Una actitud de aceptación o de rechazo. Dios se ha manifestado también en el mundo natural y, por tanto, no valen las ambigüedades. La creación es la evidencia del Creador y seguirá siendo el fundamento de la visión cristiana del mundo. Antonio Cruz Suárez es biólogo, profesor y escritor. © A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2008) |
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| idiota -- Algunos datos de este desgraciado personaje http://esuntroll.blogspot.com/2005/08/nennito.html Clasificación: TROLL Especialista en insultos de todo tipos. Pagina personal http://www.amigar.com/gente/nennito/ Otros datos: > Latitud: 50G 48Min 49.26Seg Norte > longitud: 2G 28Min 28.95Seg Oeste De sus firmas: Nennito. (nennito***666.es Nenn...***UNTARANTANTANya.com Alguna Perla http://esuntroll.blogspot.com/2005/1...mara-iigo.html -- !!! RELIGION = MANIPULACION !!! !!! FUERA LA RELIGION DE LOS COLEGIOS !!! !!! ATEISMO ES LIBERTAD !!! Perlas de los Grupos http://groups.google.es/group/es.cha...ca9a36e1cf9c85 http://groups.google.es/group/es.cha...39393918bc3535 "libera" <libera.dios***gmail.com> escribió en el mensaje news:077d0d33-392d-4c6b-9118-c2443e5c3697***f63g2000hsf.googlegroups.com... El mito del evolucionismo propuesto por Darwin se ha venido utilizando, durante todo el siglo XX, por los partidarios del materialismo puro para corroer la creencia en un Dios Creador. Muchos pensadores cristianos, como Pierre Teilhard de Chardin y otros, procuraron hacer frente a tal ataque conciliando la teoría transformista con la fe, abundando en la posibilidad de que la creación hubiera ocurrido mediante un proceso de evolución darwinista dirigido por Dios. Se elaboró así una moderna cosmogonía evolucionista- teísta que suavizaba el relato bíblico, reduciéndolo a una especie de parábola constituida por verdades simbólicas que no debían interpretarse en sentido literal. De esta manera se pretendía que la Biblia no entrara en conflicto con los enunciados transformistas de la ciencia que, en aquella época, se consideraban verdaderos. Tal como resalta el catedrático de Antropología Social de Cambridge, Ernest Gellner: “ [...] los creyentes “modernos” no se preocupan por la incompatibilidad entre el libro del Génesis y el darwinismo o la astrofísica contemporánea. Dan por sentado que los enunciados, si bien en apariencia tratan de los mismos sucesos -la creación del mundo y los orígenes del hombre-, están en realidad en niveles muy distintos o incluso, como dirían algunos, en lenguajes completamente distintos, en tipos de “discurso” diferenciados o separados. Hablando en general, las doctrinas y las exigencias morales de la fe se convierten así en algo que, debidamente interpretado, apenas está “curiosamente” en conflicto con la sabiduría secular de la época, o con nada en realidad. Así descansa la paz y la vacuidad doctrinal” (Gellner, 1994, Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona: 16). Sin embargo, a principios del siglo XXI, los últimos descubrimientos de la ciencia parecen sugerir que esta batalla era innecesaria. Hay evidencia de la variabilidad que existe dentro de las especies, pero no la suficiente como para explicar las profundas transformaciones requeridas por el darwinismo. Los seres vivos prosiguen reproduciéndose según su género y no salen del cuadro estructural al que pertenecen, tal como afirma el relato del Génesis. Los cambios observados tampoco van siempre de lo simple a lo complejo, como se suponía, sino que desde el principio las estructuras celulares y los procesos metabólicos demuestran una alta complejidad que se mantiene hasta hoy y que sólo puede ser interpretada apelando a un Creador inteligente. Toda la información de que dispone la ciencia en la actualidad apunta hacia un principio del universo en el tiempo y el espacio. La física y la cosmología han descubierto que la materia no es eterna como antes se creía, sino que empezó a existir en un momento determinado. Miles de acontecimientos físicos y químicos se dan la mano de forma asombrosa en el planeta Tierra para hacer posible la vida humana y del resto de los organismos. Pero, a la vez, la ciencia ha demostrado que en ningún lugar del planeta aparece actualmente le vida de manera espontánea, como consecuencia de las leyes naturales. El descubrimiento del ADN y de la sofisticación del genoma humano, así como de la complejidad irreductible que hay en cada célula viva, sugieren también la necesidad de un diseñador que lo haya planificado todo. No obstante, el acto mismo de la creación sigue envuelto en la bruma del misterio y aunque nos fuera explicado por el mismo Dios, seguramente tampoco seríamos capaces de entenderlo. El nivel de los conocimientos científicos actuales no está a la altura requerida, aunque lo que cada vez resulta más evidente es que tal proceso creador no es ni mucho menos el transformismo lento y azaroso propuesto por Darwin, sino que más bien se perfila como un diseño perfecto, complejo y consumado desde el primer momento. El estudio de los orígenes continúa siendo uno de los principales retos para la ciencia del tercer milenio. En lo más hondo del alma humana sigue latiendo el deseo de desentrañar los misterios que hay detrás de las leyes que rigen el universo y de los seres vivos que lo habitan. Es el eterno desafío de intentar comprender la mente del Creador. Pero conviene reconocer que hay cosas que la ciencia nunca podrá hacer, como revelar el carácter del supremo diseñador o su plan de salvación para la criatura humana. Esto es algo que pertenece a la teología. A pesar de ello, la evidencia de designio y propósito en la naturaleza interpela directamente a cada ser humano. De tal manera que como afirma el apóstol Pablo: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20). El diseño inteligente demanda una respuesta de cada persona. Una actitud de aceptación o de rechazo. Dios se ha manifestado también en el mundo natural y, por tanto, no valen las ambigüedades. La creación es la evidencia del Creador y seguirá siendo el fundamento de la visión cristiana del mundo. Antonio Cruz Suárez es biólogo, profesor y escritor. © A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2008) |
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| El mito del evolucionismo propuesto por Darwin se ha venido utilizando, durante todo el siglo XX, por los partidarios del materialismo puro para corroer la creencia en un Dios Creador. Muchos pensadores cristianos, como Pierre Teilhard de Chardin y otros, procuraron hacer frente a tal ataque conciliando la teoría transformista con la fe, abundando en la posibilidad de que la creación hubiera ocurrido mediante un proceso de evolución darwinista dirigido por Dios. Se elaboró así una moderna cosmogonía evolucionista- teísta que suavizaba el relato bíblico, reduciéndolo a una especie de parábola constituida por verdades simbólicas que no debían interpretarse en sentido literal. De esta manera se pretendía que la Biblia no entrara en conflicto con los enunciados transformistas de la ciencia que, en aquella época, se consideraban verdaderos. Tal como resalta el catedrático de Antropología Social de Cambridge, Ernest Gellner: “ [...] los creyentes “modernos” no se preocupan por la incompatibilidad entre el libro del Génesis y el darwinismo o la astrofísica contemporánea. Dan por sentado que los enunciados, si bien en apariencia tratan de los mismos sucesos -la creación del mundo y los orígenes del hombre-, están en realidad en niveles muy distintos o incluso, como dirían algunos, en lenguajes completamente distintos, en tipos de “discurso” diferenciados o separados. Hablando en general, las doctrinas y las exigencias morales de la fe se convierten así en algo que, debidamente interpretado, apenas está “curiosamente” en conflicto con la sabiduría secular de la época, o con nada en realidad. Así descansa la paz y la vacuidad doctrinal” (Gellner, 1994, Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona: 16). Sin embargo, a principios del siglo XXI, los últimos descubrimientos de la ciencia parecen sugerir que esta batalla era innecesaria. Hay evidencia de la variabilidad que existe dentro de las especies, pero no la suficiente como para explicar las profundas transformaciones requeridas por el darwinismo. Los seres vivos prosiguen reproduciéndose según su género y no salen del cuadro estructural al que pertenecen, tal como afirma el relato del Génesis. Los cambios observados tampoco van siempre de lo simple a lo complejo, como se suponía, sino que desde el principio las estructuras celulares y los procesos metabólicos demuestran una alta complejidad que se mantiene hasta hoy y que sólo puede ser interpretada apelando a un Creador inteligente. Toda la información de que dispone la ciencia en la actualidad apunta hacia un principio del universo en el tiempo y el espacio. La física y la cosmología han descubierto que la materia no es eterna como antes se creía, sino que empezó a existir en un momento determinado. Miles de acontecimientos físicos y químicos se dan la mano de forma asombrosa en el planeta Tierra para hacer posible la vida humana y del resto de los organismos. Pero, a la vez, la ciencia ha demostrado que en ningún lugar del planeta aparece actualmente le vida de manera espontánea, como consecuencia de las leyes naturales. El descubrimiento del ADN y de la sofisticación del genoma humano, así como de la complejidad irreductible que hay en cada célula viva, sugieren también la necesidad de un diseñador que lo haya planificado todo. No obstante, el acto mismo de la creación sigue envuelto en la bruma del misterio y aunque nos fuera explicado por el mismo Dios, seguramente tampoco seríamos capaces de entenderlo. El nivel de los conocimientos científicos actuales no está a la altura requerida, aunque lo que cada vez resulta más evidente es que tal proceso creador no es ni mucho menos el transformismo lento y azaroso propuesto por Darwin, sino que más bien se perfila como un diseño perfecto, complejo y consumado desde el primer momento. El estudio de los orígenes continúa siendo uno de los principales retos para la ciencia del tercer milenio. En lo más hondo del alma humana sigue latiendo el deseo de desentrañar los misterios que hay detrás de las leyes que rigen el universo y de los seres vivos que lo habitan. Es el eterno desafío de intentar comprender la mente del Creador. Pero conviene reconocer que hay cosas que la ciencia nunca podrá hacer, como revelar el carácter del supremo diseñador o su plan de salvación para la criatura humana. Esto es algo que pertenece a la teología. A pesar de ello, la evidencia de designio y propósito en la naturaleza interpela directamente a cada ser humano. De tal manera que como afirma el apóstol Pablo: “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Ro. 1:20). El diseño inteligente demanda una respuesta de cada persona. Una actitud de aceptación o de rechazo. Dios se ha manifestado también en el mundo natural y, por tanto, no valen las ambigüedades. La creación es la evidencia del Creador y seguirá siendo el fundamento de la visión cristiana del mundo. Antonio Cruz Suárez es biólogo, profesor y escritor. © A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2008) On 2 ago, 12:46, libera <libera.d...***gmail.com> wrote: > El mito del evolucionismo propuesto por Darwin se ha venido > utilizando, durante todo el siglo XX, por los partidarios del > materialismo puro para corroer la creencia en un Dios Creador. Muchos > pensadores cristianos, como Pierre Teilhard de Chardin y otros, > procuraron hacer frente a tal ataque conciliando la teoría > transformista con la fe, abundando en la posibilidad de que la > creación hubiera ocurrido mediante un proceso de evolución darwinista > dirigido por Dios. Se elaboró así una moderna cosmogonía evolucionista- > teísta que suavizaba el relato bíblico, reduciéndolo a una especie de > parábola constituida por verdades simbólicas que no debían > interpretarse en sentido literal. > > De esta manera se pretendía que la Biblia no entrara en conflicto con > los enunciados transformistas de la ciencia que, en aquella época, se > consideraban verdaderos. > > Tal como resalta el catedrático de Antropología Social de Cambridge, > Ernest Gellner: “ [...] los creyentes “modernos” no se preocupan por > la incompatibilidad entre el libro del Génesis y el darwinismo o la > astrofísica contemporánea. Dan por sentado que los enunciados, si bien > en apariencia tratan de los mismos sucesos -la creación del mundo y > los orígenes del hombre-, están en realidad en niveles muy distintos o > incluso, como dirían algunos, en lenguajes completamente distintos, en > tipos de “discurso” diferenciados o separados. Hablando en general, > las doctrinas y las exigencias morales de la fe se convierten así en > algo que, debidamente interpretado, apenas está “curiosamente” en > conflicto con la sabiduría secular de la época, o con nada en > realidad. Así descansa la paz y la vacuidad doctrinal” (Gellner, 1994, > Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona: 16). > > Sin embargo, a principios del siglo XXI, los últimos descubrimientos > de la ciencia parecen sugerir que esta batalla era innecesaria. Hay > evidencia de la variabilidad que existe dentro de las especies, pero > no la suficiente como para explicar las profundas transformaciones > requeridas por el darwinismo. Los seres vivos prosiguen > reproduciéndose según su género y no salen del cuadro estructural al > que pertenecen, tal como afirma el relato del Génesis. Los cambios > observados tampoco van siempre de lo simple a lo complejo, como se > suponía, sino que desde el principio las estructuras celulares y los > procesos metabólicos demuestran una alta complejidad que se mantiene > hasta hoy y que sólo puede ser interpretada apelando a un Creador > inteligente. > > Toda la información de que dispone la ciencia en la actualidad apunta > hacia un principio del universo en el tiempo y el espacio. La física y > la cosmología han descubierto que la materia no es eterna como antes > se creía, sino que empezó a existir en un momento determinado. Miles > de acontecimientos físicos y químicos se dan la mano de forma > asombrosa en el planeta Tierra para hacer posible la vida humana y del > resto de los organismos. Pero, a la vez, la ciencia ha demostrado que > en ningún lugar del planeta aparece actualmente le vida de manera > espontánea, como consecuencia de las leyes naturales. > > El descubrimiento del ADN y de la sofisticación del genoma humano, así > como de la complejidad irreductible que hay en cada célula viva, > sugieren también la necesidad de un diseñador que lo haya planificado > todo. No obstante, el acto mismo de la creación sigue envuelto en la > bruma del misterio y aunque nos fuera explicado por el mismo Dios, > seguramente tampoco seríamos capaces de entenderlo. El nivel de los > conocimientos científicos actuales no está a la altura requerida, > aunque lo que cada vez resulta más evidente es que tal proceso creador > no es ni mucho menos el transformismo lento y azaroso propuesto por > Darwin, sino que más bien se perfila como un diseño perfecto, complejo > y consumado desde el primer momento. > > El estudio de los orígenes continúa siendo uno de los principales > retos para la ciencia del tercer milenio. En lo más hondo del alma > humana sigue latiendo el deseo de desentrañar los misterios que hay > detrás de las leyes que rigen el universo y de los seres vivos que lo > habitan. Es el eterno desafío de intentar comprender la mente del > Creador. Pero conviene reconocer que hay cosas que la ciencia nunca > podrá hacer, como revelar el carácter del supremo diseñador o su plan > de salvación para la criatura humana. Esto es algo que pertenece a la > teología. > > A pesar de ello, la evidencia de designio y propósito en la naturaleza > interpela directamente a cada ser humano. De tal manera que como > afirma el apóstol Pablo: “las cosas invisibles de él, su eterno poder > y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, > siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen > excusa” (Ro. 1:20). El diseño inteligente demanda una respuesta de > cada persona. Una actitud de aceptación o de rechazo. Dios se ha > manifestado también en el mundo natural y, por tanto, no valen las > ambigüedades. La creación es la evidencia del Creador y seguirá siendo > el fundamento de la visión cristiana del mundo. > > Antonio Cruz Suárez es biólogo, profesor y escritor. > > © A. C. Suárez, ProtestanteDigital.com (España, 2008) |
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