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| LA CONDICION HUMANA Cerca del lugar donde trabajo hay un local donde venden periódicos y revistas. Es un sitio que me coge de camino; de hecho, paso varias veces al día frente a su puerta. El negocio lo lleva un matrimonio, aunque casi siempre la que se encuentra tras el mostrador es la mujer, pues el marido, o está repartiendo los periódicos a los que están suscritos los bares y oficinas de alrededor o está paseando un perrazo de muy mala catadura. No creo que haya entrado en el local más allá de seis o siete veces desde que se inauguró hará unos pocos años. Cuando lo he hecho ha sido para comprar algún lanzamiento de coleccionables de los que se anuncian por la tele y que colocan fuera del establecimiento de manera llamativa. En tales ocasiones siempre fui atendido por la propietaria, a la que llamaré Luisa porque no conozco su nombre. Luisa es una mujer muy amable, de las que no dejan de sonreír durante el breve diálogo de la transacción, ofreciéndose para quitar con unas enormes tijeras los también enormes cartonajes con que se presentan las promociones, señalando fechas de futuras entregas e informando de otras ofertas. Al final se despide con cortesía y con una nueva sonrisa. Es por otra parte, una mujer que aún conserva mucha de la belleza que debió poseer cuando joven y cuando sonríe se le marcan dos mofletitos así como infantiles y comestibles. A partir de las últimas veces que entré en su local, Luisa me ha venido reconociendo al cruzarme con ella en la calle y me ha dedicado un chispeante buenos días. Esto se produce casi siempre a la misma hora, cuando Luisa vuelve de desayunar del bar al que, a la vez, yo me dirijo mientras voy escuchando el espacio "Versiones" de Ana Sterling en Radio 5. Distingo a lo lejos a Luisa y conforme la distancia que nos separa se acorta compruebo que la sonrisa se le va formando en la boca hasta que a la altura del cruce resplandece del todo. Buenos días, me dice; y buenos días, contesto. Esto ha venido sucediendo durante semanas, hasta que he decidido que el saludo diario no se corresponde con las pocas veces que entro en su negocio. Que en cierta forma, la simpatía de Luisa hacia mí podría ser también una cordial manera de invitarme a su local, de pasar de ser un cliente esporádico a alcanzar la categoría de fijo. Para solucionarlo, pensé en entrar de vez en cuando a comprar algo innecesario, un periódico, unos chicles, y reforzar así el delgado vínculo que nos lleva a saludarnos. El caso es que no lo he hecho. Por el contrario, lo que he decidido es ignorar a Luisa, hacerme el sueco, mirar al suelo cuando nos cruzamos. Al día siguiente de tomar esta decisión no fui capaz de desentenderme. Fue algo peor. Mirándola de lado no respondí a su saludo ni a su sonrisa, queriéndole hacer comprender con mi gesto mi retomado estado de persona desconocida que deseaba romper con el recuerdo de unas pocas compras y la cortesía debida. Se quedó desconcertada, con la sonrisa puesta pero helada y la palabra en la boca. Claro que a medida que fueron transcurriendo los días, el momento del cruce con ella se endureció. No es que ya no me saludara, es que me miraba con hostilidad, y lo que antes era agradable se cambió por un diario mal trago (cambiar la trayectoria para no encontrarme con ella es una ridiculez que no estoy dispuesto a asumir). Lo cierto es que tras varias semanas en esta situación pensé en modificarla. Podríamos volver a ser viejos conocidos, no como quiosquera/cliente, sino como dos simples personajes que se cruzan día a día en el mismo sitio. Por eso, en los últimos encuentros he comenzado a sonreírle débilmente, solicitándole con ello el retomar la anterior relación. Pero ha sido un fracaso. Luisa no me mira, y si lo hace leo en sus ojos el seguro desprecio que siente por mí. Ante esta situación no encuentro remedio. No sólo eso. Es que en nuestro estado, volver por mi parte a entrar en su local es imposible. Ya digo que paso por su puerta al menos dos veces diarias, pero sé que nunca más compraré libros en campañas de lanzamiento por mucho que me llamen la atención. Ni Luisa volverá a saludarme porque he renunciado a su amabilidad voluntariamente, con el desparpajo con que asumimos y justificamos nuestras bajezas haciendo con ellas y por cada día, un mundo peor. *** Supongo que todos tenemos historias de este tipo. De las que llegan a atormentar, surgidas de algún momento de timidez, hijoputez o malos entendidos, y a las que no pudimos o quisimos poner remedio; reflejos todas de la extraña condición humana. ¿Qué tal como tema? ¿Se anima alguien a participar en este capítulo de Confesiones a la sra. Francis? Na, lo decía que por entretenernos. Publicidad: Y ya que está Vd. aquí, también podría visitar: http://elpatio.forosonline.es |
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| "Sapristi" <manigundaQUITAESTO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:62it82F22mobmU1***mid.individual.net... > LA CONDICION HUMANA > > Cerca del lugar donde trabajo hay un local donde venden periódicos y > revistas. Es un sitio que me coge de camino; de hecho, paso varias veces > al día frente a su puerta. El negocio lo lleva un matrimonio, aunque casi > siempre la que se encuentra tras el mostrador es la mujer, pues el marido, > o está repartiendo los periódicos a los que están suscritos los bares y > oficinas de alrededor o está paseando un perrazo de muy mala catadura. > > No creo que haya entrado en el local más allá de seis o siete veces desde > que se inauguró hará unos pocos años. Cuando lo he hecho ha sido para > comprar algún lanzamiento de coleccionables de los que se anuncian por la > tele y que colocan fuera del establecimiento de manera llamativa. En tales > ocasiones siempre fui atendido por la propietaria, a la que llamaré Luisa > porque no conozco su nombre. > > Luisa es una mujer muy amable, de las que no dejan de sonreír durante el > breve diálogo de la transacción, ofreciéndose para quitar con unas enormes > tijeras los también enormes cartonajes con que se presentan las > promociones, señalando fechas de futuras entregas e informando de otras > ofertas. Al final se despide con cortesía y con una nueva sonrisa. Es por > otra parte, una mujer que aún conserva mucha de la belleza que debió > poseer cuando joven y cuando sonríe se le marcan dos mofletitos así como > infantiles y comestibles. > > A partir de las últimas veces que entré en su local, Luisa me ha venido > reconociendo al cruzarme con ella en la calle y me ha dedicado un > chispeante buenos días. Esto se produce casi siempre a la misma hora, > cuando Luisa vuelve de desayunar del bar al que, a la vez, yo me dirijo > mientras voy escuchando el espacio "Versiones" de Ana Sterling en Radio 5. > Distingo a lo lejos a Luisa y conforme la distancia que nos separa se > acorta compruebo que la sonrisa se le va formando en la boca hasta que a > la altura del cruce resplandece del todo. Buenos días, me dice; y buenos > días, contesto. > > Esto ha venido sucediendo durante semanas, hasta que he decidido que el > saludo diario no se corresponde con las pocas veces que entro en su > negocio. Que en cierta forma, la simpatía de Luisa hacia mí podría ser > también una cordial manera de invitarme a su local, de pasar de ser un > cliente esporádico a alcanzar la categoría de fijo. Para solucionarlo, > pensé en entrar de vez en cuando a comprar algo innecesario, un periódico, > unos chicles, y reforzar así el delgado vínculo que nos lleva a > saludarnos. El caso es que no lo he hecho. Por el contrario, lo que he > decidido es ignorar a Luisa, hacerme el sueco, mirar al suelo cuando nos > cruzamos. > > Al día siguiente de tomar esta decisión no fui capaz de desentenderme. Fue > algo peor. Mirándola de lado no respondí a su saludo ni a su sonrisa, > queriéndole hacer comprender con mi gesto mi retomado estado de persona > desconocida que deseaba romper con el recuerdo de unas pocas compras y la > cortesía debida. Se quedó desconcertada, con la sonrisa puesta pero helada > y la palabra en la boca. Claro que a medida que fueron transcurriendo los > días, el momento del cruce con ella se endureció. No es que ya no me > saludara, es que me miraba con hostilidad, y lo que antes era agradable se > cambió por un diario mal trago (cambiar la trayectoria para no encontrarme > con ella es una ridiculez que no estoy dispuesto a asumir). > > Lo cierto es que tras varias semanas en esta situación pensé en > modificarla. Podríamos volver a ser viejos conocidos, no como > quiosquera/cliente, sino como dos simples personajes que se cruzan día a > día en el mismo sitio. Por eso, en los últimos encuentros he comenzado a > sonreírle débilmente, solicitándole con ello el retomar la anterior > relación. Pero ha sido un fracaso. Luisa no me mira, y si lo hace leo en > sus ojos el seguro desprecio que siente por mí. > > Ante esta situación no encuentro remedio. No sólo eso. Es que en nuestro > estado, volver por mi parte a entrar en su local es imposible. Ya digo que > paso por su puerta al menos dos veces diarias, pero sé que nunca más > compraré libros en campañas de lanzamiento por mucho que me llamen la > atención. Ni Luisa volverá a saludarme porque he renunciado a su > amabilidad voluntariamente, con el desparpajo con que asumimos y > justificamos nuestras bajezas haciendo con ellas y por cada día, un mundo > peor. > > *** > > > Supongo que todos tenemos historias de este tipo. De las que llegan a > atormentar, surgidas de algún momento de timidez, hijoputez o malos > entendidos, y a las que no pudimos o quisimos poner remedio; reflejos > todas de la extraña condición humana. ¿Qué tal como tema? ¿Se anima > alguien a participar en este capítulo de Confesiones a la sra. Francis? > Na, lo decía que por entretenernos. ----- Seb.- Casi me obligas a pensar que eres un hombre de mucho carácter, Sap. Eso es una especie de surfing. Has mirado el asunto por una y por otra cara, y luego lo has puesto a gusto sobre la mesa. Luego pienso que Luisa lo pasó muy mal. A ella la sepultaron las olas. Qué vida, ¿verdad? Yo no cuento nada, porque no sabría qué contar. ¡Nada de surfing, por supuesto! Sebastián. |
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| no quiero parece herr sigmund freud pero ¿en qué momento surgió la necesidad de ponerle un nombre? ¿y porqué ese nombre y no otro?¿puede relatar algún sueño que haya tenido al respecto, para que tratemos de entender su insensato comportamiento con esa pobre mujer?? bueno, es una historia graciosa "Sapristi" <manigundaQUITAESTO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:62it82F22mobmU1***mid.individual.net... > LA CONDICION HUMANA > > |
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| "Alb" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:fq1h8q$gnp$1***localhost.localdomain... >Es otra posibilidad, que duda cabe. Home, como posibilidad todo vale. Hasta que la protagonista tuviera a un hermano trabajando de cooperante en la Amazonia y un día, por correo urgente, recibiera en una caja de cartón la cabeza reducida del mismo a causa de haber intentado venderle a un grupo de jíbaros un disco de Amancio Prada. Otra posibilidad. :-) Publicidad: Y ya que está Vd. aquí, también podría visitar: http://elpatio.forosonline.es |
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| "Sebastián" <inotnaBORRAR***ono.com> escribió en el mensaje news:fq1l3b$fes$1***aioe.org... > > Qué vida, ¿verdad? Yo no cuento nada, porque no sabría qué contar. ¡Nada > de surfing, por supuesto! :-))) Bueno, Seb. el presente es de esta clase de experimentos de los que -aunque adscritos a la vieja tradición patiense de la "propuesta" o el "reto"-, te arrepientes a los cinco segundos de haber apretado el botón de enviar. Pero ya ves que me interesan mucho las historias mínimas, las que tacita a tacita, van construyendo la vida y mostrando a la vez lo paradójico de nuestras conductas. Oye, lo mismo alguien se anima y suelta prenda. ¡Y, ojo, nada de surfing, claro! :-))) (Me encantan tus comentarios y apostillas, Seb.) :-) Publicidad: Y ya que está Vd. aquí, también podría visitar: http://elpatio.forosonline.es |
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| "coppelius" <threefall***msn.com> escribió en el mensaje news:fq1q1u$1r2$1***aioe.org... > > no quiero parece herr sigmund freud pero ¿en qué momento surgió la > necesidad de ponerle un nombre? ¿y porqué ese nombre y no otro?¿puede > relatar algún sueño que haya tenido al respecto, para que tratemos de > entender su insensato comportamiento con esa pobre mujer?? :-DDDDDDDD Jjjjjjjjj... Sí, la verdad es que el episodio parece contado desde el diván de un shicólogo y que esconde la respuesta a la rabia que sentiste cuando tu padre -al que deseabas matar para casarte con tu madre, claro- comentó ante unas visitas: "No, a mi hijo parece no interesarle el violín" :-)))) Es verdad, ¿por qué el nombre? con lo bonitas que son las historias sin nombres como aquella de Brando y María Schneider. Supongo que por hacerme el personaje más reconocible mientras lo escribía ¿Y por qué Luisa? Seguro que por asociarla a la muchacha que atiende el bar de los que ambos somos parroquianos y que se llama así (la muchacha, no el bar). Sueños al respecto no he tenido, lo siento; el más inmediato -de hoy mismo- trata de un jersey que cuando me lo pongo compruebo que me está apretadísimo pero que a medida que baja a la cintura se hace enorme. Análisis y conclusión: Debo ponerme a dieta a toda leche. :-) Publicidad: Y ya que está Vd. aquí, también podría visitar: http://elpatio.forosonline.es |
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| * Sapristi: > Home, como posibilidad todo vale. Hasta que la protagonista tuviera a un > hermano trabajando de cooperante en la Amazonia y un día, por correo > urgente, recibiera en una caja de cartón la cabeza reducida del mismoa > causa de haber intentado venderle a un grupo de jíbaros un disco de Amancio > Prada. > Otra posibilidad. Pobres Jívaros, me lo ahce a mi y le corto todo el resto del cuerpo. |
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| "Sapristi" <manigundaQUITAESTO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:62kotoF235n1pU1***mid.individual.net... > > Es verdad, ¿por qué el nombre? con lo bonitas que son las historias sin > nombres como aquella de Brando y María Schneider. Supongo que por hacerme > el personaje más reconocible mientras lo escribía ¿Y por qué Luisa? Seguro > que por asociarla a la muchacha que atiende el bar de los que ambos somos > parroquianos y que se llama así (la muchacha, no el bar). Sueños al > respecto no he tenido, lo siento; el más inmediato -de hoy mismo- trata de > un jersey que cuando me lo pongo compruebo que me está apretadísimo pero > que a medida que baja a la cintura se hace enorme. Análisis y conclusión: > Debo ponerme a dieta a toda leche. No me extraña, en cuanto podéis os liáis a hablar de pitanza (ya tardáis!); eso abre el apetit y luego vienen esos sueños perturbadores, claro! |
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| gracias, me ha gustado Sapristi escribió: > LA CONDICION HUMANA > > Cerca del lugar donde trabajo hay un local donde venden periódicos y > revistas. Es un sitio que me coge de camino; de hecho, paso varias veces al > día frente a su puerta. El negocio lo lleva un matrimonio, aunque casi > siempre la que se encuentra tras el mostrador es la mujer, pues el marido, o > está repartiendo los periódicos a los que están suscritos los bares y > oficinas de alrededor o está paseando un perrazo de muy mala catadura. > > No creo que haya entrado en el local más allá de seis o siete veces desde > que se inauguró hará unos pocos años. Cuando lo he hecho ha sido para > comprar algún lanzamiento de coleccionables de los que se anuncian por la > tele y que colocan fuera del establecimiento de manera llamativa. En tales > ocasiones siempre fui atendido por la propietaria, a la que llamaré Luisa > porque no conozco su nombre. > > Luisa es una mujer muy amable, de las que no dejan de sonreír durante el > breve diálogo de la transacción, ofreciéndose para quitar con unas enormes > tijeras los también enormes cartonajes con que se presentan las promociones, > señalando fechas de futuras entregas e informando de otras ofertas. Al final > se despide con cortesía y con una nueva sonrisa. Es por otra parte, una > mujer que aún conserva mucha de la belleza que debió poseer cuando joven y > cuando sonríe se le marcan dos mofletitos así como infantiles y comestibles. > > A partir de las últimas veces que entré en su local, Luisa me ha venido > reconociendo al cruzarme con ella en la calle y me ha dedicado un chispeante > buenos días. Esto se produce casi siempre a la misma hora, cuando Luisa > vuelve de desayunar del bar al que, a la vez, yo me dirijo mientras voy > escuchando el espacio "Versiones" de Ana Sterling en Radio 5. Distingo a lo > lejos a Luisa y conforme la distancia que nos separa se acorta compruebo que > la sonrisa se le va formando en la boca hasta que a la altura del cruce > resplandece del todo. Buenos días, me dice; y buenos días, contesto. > > Esto ha venido sucediendo durante semanas, hasta que he decidido que el > saludo diario no se corresponde con las pocas veces que entro en su negocio. > Que en cierta forma, la simpatía de Luisa hacia mí podría ser también una > cordial manera de invitarme a su local, de pasar de ser un cliente > esporádico a alcanzar la categoría de fijo. Para solucionarlo, pensé en > entrar de vez en cuando a comprar algo innecesario, un periódico, unos > chicles, y reforzar así el delgado vínculo que nos lleva a saludarnos. El > caso es que no lo he hecho. Por el contrario, lo que he decidido es ignorar > a Luisa, hacerme el sueco, mirar al suelo cuando nos cruzamos. > > Al día siguiente de tomar esta decisión no fui capaz de desentenderme. Fue > algo peor. Mirándola de lado no respondí a su saludo ni a su sonrisa, > queriéndole hacer comprender con mi gesto mi retomado estado de persona > desconocida que deseaba romper con el recuerdo de unas pocas compras y la > cortesía debida. Se quedó desconcertada, con la sonrisa puesta pero helada y > la palabra en la boca. Claro que a medida que fueron transcurriendo los > días, el momento del cruce con ella se endureció. No es que ya no me > saludara, es que me miraba con hostilidad, y lo que antes era agradable se > cambió por un diario mal trago (cambiar la trayectoria para no encontrarme > con ella es una ridiculez que no estoy dispuesto a asumir). > > Lo cierto es que tras varias semanas en esta situación pensé en modificarla. > Podríamos volver a ser viejos conocidos, no como quiosquera/cliente, sino > como dos simples personajes que se cruzan día a día en el mismo sitio. Por > eso, en los últimos encuentros he comenzado a sonreírle débilmente, > solicitándole con ello el retomar la anterior relación. Pero ha sido un > fracaso. Luisa no me mira, y si lo hace leo en sus ojos el seguro desprecio > que siente por mí. > > Ante esta situación no encuentro remedio. No sólo eso. Es que en nuestro > estado, volver por mi parte a entrar en su local es imposible. Ya digo que > paso por su puerta al menos dos veces diarias, pero sé que nunca más > compraré libros en campañas de lanzamiento por mucho que me llamen la > atención. Ni Luisa volverá a saludarme porque he renunciado a su amabilidad > voluntariamente, con el desparpajo con que asumimos y justificamos nuestras > bajezas haciendo con ellas y por cada día, un mundo peor. > > *** > > > Supongo que todos tenemos historias de este tipo. De las que llegan a > atormentar, surgidas de algún momento de timidez, hijoputez o malos > entendidos, y a las que no pudimos o quisimos poner remedio; reflejos todas > de la extraña condición humana. ¿Qué tal como tema? ¿Se anima alguien a > participar en este capítulo de Confesiones a la sra. Francis? Na, lo decía > que por entretenernos. > > Publicidad: > Y ya que está Vd. aquí, también podría visitar: > http://elpatio.forosonline.es > > > > |
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