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| La superstición va de la mano con la ignorancia, y si a eso lo añadimos lo que se conoce como "exigencias de Estado", ya tenemos a mano un cóctel ver daderamente explosivo que puede dar lugar a escalofriantes aberraciones en que el asesinato de mezcla con el sacrilegio. Catalina de Médicis estaba completamente desesperada por la enfermedad que padecía su hijo, Carlos IX. Tras laboriosas consultas con afamados galenos, dicha dolencia había sido calificada de "misteriosa". Por eso, agotadas to das las posíbles vías de curación, Catalina y su hijo no dudaron en invocar a Satanás, a través de la correspondiente "misa negra". Se eligió la "consul ta a la cabeza ensangrentada". Naturalmente, hacía falta cortale la cabeza a un ser hunano, y después de la correspondiente ceremonia luciferina, pedir le que brindase, haciendo de portavoz diabólico, la respuesta curativa al mal regio. Siguiendo al cronista Bodin, "Como víctima propiciatoria eligióse a un adoles cente sano de cuerpo, al que se preparó antes para hacer la primera comunión. Llegada la noche que se había señalado para la criminal ceremonia, al dar las doce se inició la misa negra. Asistían a ella el rey, su madre, algunos indi víduos de la familia real y varios personajes de su intimidad. La víctima, el infeliz destinado al sacrificio, presenciaba, vestido de blanco y de rodillas, la ceremonia maldita, sin sospechar el papel que en ella le ha bían asignado sus verdugos." Omitiremos, en honor a la delicadeza, la descripción de semejante bestialidad, llena de ritos sacrílegos, que ofenden la mínima sensibilidad de cualquier per sona "normal". Unicamente señalaremos que, una vez ejecutada la inocente víc tima, su cabeza ensangrentada fué depositada en una bandeja y situada a los pies de la imagen satánica que presidía la depravada y criminal sesión. Fué el propio rey el encargado de preguntarle al despojo humano, susurrando a su ore ja, algo inaudíble al resto de la concurrencia. Y según Bodin, la cabeza entreabrió los labios, y con voz quejumbrosa y lejana pronunció la frase "Vim patior" (Me veo obligado). Esta respuesta fué considerada por el rey como una declaración de impotencia diabólica para curarlo de su enfermedad, por lo que, completamente aterrado, ordenó que llevasen aquél despojo lejos de su presencia. Y hubo quien afirmó que Carlos IX no pudo apartar de su mente, hasta el día de su muerte, el que jumbroso lamento-trucado o no-de aquella cabeza parlante. Que al propio tiempo le recordaba su horríble y nefando crímen. .. |
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