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| A las nueve de la mañana de un frío día de Febrero, llego a la Estación del Empalme de mi pueblo, Orense. No puedo menos de acusar el descenso de tempe ratura en comparación con la ciudad ribereña del mar de la que vengo. Allí, a primera hora ya comenzaba a despuntar el sol. Aquí me doy de bruces con una niebla gris y espesa, muy húmeda por la cercanía del Miño, que cruzaré por el Puente Romano-o Puente Viejo-en breves momentos. Enfrente de la amplia explanada ferroviara-la más grande de Galicia, junto con la de Monforte de Lemos, que son los dos nudos de comunicación con la meseta por ferrocarril-y delante de las viviendas sindicales del antiguo régimen, se alza-sobre un bloque de cemento armado-imponente, maciza, enorme, una antigua locomotora Mikado, que rinde homenaje a un glorioso medio de trans porte, fuente de actividad y progreso, de otro tiempo ya lejano. Estoy en el barrio de El Puente. Hasta 1954, a Orense se la conocía, en cír culos culteranos, como la Budapest de Galicia. A un lado del Miño, Orense; y al otro, El Puente, ayuntamientos distintos en una sola ciudad verdadera. En la fecha antedicha ambas corporaciones tomaron la sabia decisión de unirse en un solo Concejo. Y por consiguiente, desaparecieron de ambos lados del Puen te Romano las casillas de los consumeros, con su lista de impuestos fijadas en la portezuela, que eran uno de los escasos medios de que disponían los ayun tamientos de la época para financiarse. Ahora estoy bajando por la Avenida de Las Caldas, próspera arteria dedicada ca si exclusívamente al comercio, que bordea la antigua Plaza de Abastos, que a estas horas rebosa actividad. A mi izquierda, en sentido descendente, se en cuentra la iglesia parroquial de San Francisco de Regis, de fábrica del XVII. Coloquialmente se la conoce como parroquia de Las Caldas, barriada que toma su patronímico por las abundantes fuentes de aguas sulfurosas que invaden el cau ce del río en ésa zona. A mi derecha está la pétrea y noble portalada de la Sociedad Recreativa "La Troya", a cuyos bailes sabatinos solía acudir en los remotos tiempos de mi atolondrada juventud. También practiqué en sus nobles salones, la disciplina del billar artístico, con más empeño que habilidad, to do hay que decirlo. Y con la mente poblada de agridulce nostalgia, me encuentro ya en la Travesía de la Chabasqueira. Una desviación lleva directamente al Miño, a un cuidado parque con bancos y palmeras desde el que se obtiene una perspectiva privile giada del monumento romano por excelencia, que los turistas aprovechan para filmar a placer. Pero yo elijo ir directamente por encima del puente, cuya pé trea estructura, con balconadas de hierro forjado en sus antemurales, y sus antiguas farolas de tres brazos, nunca dejan de producirme la agradable sensa ción de encontrame en época más clemente que la actual. Hasta 1972, se permi tió la circulación rodada sobre el monumento, que no dejaba, al menos aparen temente, huellas en su vetusta solidez. Ahora es exclusívemente peatonal. Bien, ya estoy encima del puente. Sobre dos mil y pico años de pétrea Histo ria. Me acodo en la baranda forjada de una balconada y observo el río. Sus aguas son de color ceniza, muy de acuerdo con el reflejo del cielo opaco que reflejan. Me fijo en los aguzados espolones de sus enormes pilastras, que hienden la sosegada corriente verdegrís. Estoy a veinticico metros sobre el cauce, y recuerdo mis atrevidos saltos desde un poco más abajo, justo al co mienzo del reborde de las pilastras, a unos doce metros de altura; y todavía siento el amoroso frescor del agua en mi cuerpo sudoroso de aquellas cálidas tardes agosteñas, en que el sol era como un espejo de bronce al rojo que cla vaba sus inclementes rayos en la espalda y sugería el frescor impasible del agua cercana, como refugio inmediato y urgente. Enciendo un cigarrillo mientras oteo el Puente Nuevo; y más arriba, el imponente viaducto de la línea férrea Madrid-Zamora-Orense-Vigo. Me doy la vuelta, y me sitúo en la balconada con traria a mis espaldas. Ahí veo la corriente descendente del río, que se inter na en Las Caldas, La Chabasqueira, Reza, y allá lejos, desdibujado en la grisa lla, adivino el mágico lugar de Alongos, donde se pescan unas anguilas maravi llosas, que tenían fama de curar dolencias estomacales. También veo los nuevos puentes que sobre la acuática superficie han tendido mis industriosos y saga ces paisanos...El Puente Novísimo, y el Puente del Milenio, así llamado por comenzar su servicio con el nuevo siglo. Todo es volver a comenzar. Abandono con pesar mi posición, y me encamino hacia el convento de los Salesia nos, cuyas tejados, recubiertos con tejas esmaltadas, refulgen en los días de sol, dando al viandante la verídica impresión de encontrarse ante una de aque llas mágicas mezquitas, de áurea techumbre, o en los palacios maravillosos de las Mil y Una Noches infantiles. Ahora no reflejan nada, porque el día, a pe sar de la hora, no acaba de abrir. Me dirijo a la calle del Progreso, así llamada en su inicial apertura, a comien zos del pasado siglo, por ser arteria dedicada a la industria y el comercio. Fué durante largos años, la vía más larga de la capital, con tres kilómetros y setecientos metros de longitud. También, con diferencia, la más ancha. Sus edi ficios son, en su mayoría de piedra labrada, con amplios ventanales y balcona das, testimonio de una época en que la amplitud de espacios era muestra de señorial distinción, no reñida con la modernidad de la época, reflejada en la decoración de fachadas, y el interior de los portales, con sus escalinatas y sus primitivos ascensores, que son hoy joya modernista a conservar. Hoy los ba jos de los edificios están copados por comercios de diversas clases. También se ofrecen toda clase de servicios...saunas y masajes, acupunturas, homeopatías diversas, tiendas naturalistas, farmacias, floristerías, ferreterías y saneamien tos, ctc... A mi izquierda dejo el noble edificio de la Audiencia Provincial, anejo al parque conocido como Alameda del Crucero, y prosigo mi caminata hasta el cruce de la calle Ervedelo; unos metros más adelante, y sin abandonar al Pro greso, encuentro a mi derecha, la gasolinera de Rumbao, que es un evidente pelí gro para los vecinos de la zona. Y el único caso de estación de combustíbles sita en pleno centro urbano. Ahí lleva ya cuatro décadas. Su propietario co menzó, humildemente, con un "poste" de gasolina "a brazo"; posteriormente, se gún las malas lenguas gracias a sus influencias "en Madrid", la transformó en la bomba en potencia de la actualidad. Mi camino me conduce, directamente, a la Diputación Provincial, edificio de no ble planta edificado a finales del XIX. Amplios y elevados ventanales, y facha da pétrea y austera denotan su noble ocupación. Enfrente, justo a mi derecha, cruza la descendente calle de Reza, oscura, estrecha y recoleta, que desciende justo hasta el borde del Barbaña, riachuelo que atraviesa el mismo centro ur bano, y fuente de inundaciones en inviernos de alta pluviosidad, hasta que se decidió, muy sensatamente, canalizarlo. Atravieso el cruce, y unos metros más adelante, me encuentro a mi izquierda el Palacio Episcopal, obra del XVIII, con su verja de hierro forjado, que custodia sus jardines. Una parte de los cua les, fué donada al pueblo por el Obispo Carrascosa, que les puso su nombre. Hoy están cubiertos de plaqueta, nociva manía de las corporaciones municipales de todos los colores, que arrebatan así al paseante el escasísimo verde natural que existe en el centro ciudadano. A mi derecha queda el pétreo edificio de Co rreos y Telégrafos, obra del anterior régimen, que bordea la Alameda Municipal, y hace chaflán con la calle del pintor Parada Justel. Estoy a unos metros del lugar emblemático de Orense: Las Burgas. Fuente de aguas cálidas, cuyas propiedades benéficas van desde la curación de úlceras tórpidas varicosas, eczemas pruriginosos, males de riñón y garganta, y diver sos tipos de reumatismos, además de sus beneficiosos efectos hipotensores. Son, en esencia, las mismas aguas que fluyen en tramos del Miño, por la zona del Tinteiro, y que la gente aprovecha a tope. Incluso en el rigor del invierno se ven personas sumergidas en las cálidas aguas de la zona, para aprovechar su te rapéuticas cualidades. En cambio a Las Burgas la gente va a recoger el agua en garrafas y se la lleva a casa. La fuente tiene una construcción que quiere imi tar la plasticidad del Renacimiento. De sus dos caños sale agua hirviendo. A un lado hay un estanque con agua, igualmente en ebullición, rodeado por una verja que se instaló allí a consecuencia de un desgraciado accidente. Sucedió que uno de los mendigos que dormían a su vera, para mitigar el frío invernal, cayó allí en medio de las revueltas del sueño, y se abrasó. Todavía recuerdo el lugar sin la protectora verja, tal y como estaba en mi infancia, circunstan cia que permitía a las señoras que venían de la cercana Plaza de Abastos, des plumar a los pollos, que en la época se vendían sin limpiar. Las fuentes están en una depresión o especie de hondonada, por debajo de la ca lle del Progreso, de forma que ésta última discurre por un puente que pasa a unos quince metros de altura de los jardines de estilo francés que rodean al monumento, que se conoce como Puente de Las Burgas. Unos cien metros al oeste, se encontraba la antigua Casa de los Baños, de propiedad municipal, que servían a la higiene de una época en la que los sanitarios en las casas brillaban por su ausencia. Tenían además la ventaja de disfrutar del agua termal que les llega ba de las mismas fuentes, motivo por el que eran muy visitadas y apreciadas. Y por detrás del monumento, se encuentra el oríginal foco de la fuente, con un estanque y una inscripción latina que habla de la dama romana que tuvo un sue ño en que una ninfa de las aguas se lo desveló. Ahora encamino mis pasos por la Avenida de Pontevedra, que discurre paralela a los jardines episcopales, y que me conduce, directamente, a la Plaza Mayor, con el cuadrangular y pétreo edificio que alberga al Excelentísimo Ayuntamiento de la noble y leal ciudad de Orense. Sus galerías acristaladas, coronando severos y umbríos soportales, recrean mi vista, al tiempo que las piernas me llevan has ta la calle Ceano, remontada la cual me encuentro ante la noble y antiquísima portalada de la Santa Iglesia Catedral, cuyo deteriorado pórtico, untado en ce ras especiales para evitar el deterioro propio de siglos, me abre paso al inte rior de la basílica. Una vez dentro, me doy la vuelta para contemplar, justo encima del portón que acabo de traspasar, a la imagen que pobló mis sueños in fantiles. Nada menos que el mismísimo "santiño", Santiago Matamoros, cabalgando blanco corcel, entre cuyas patas se retuerce un sarraceno derribado, al que se dispone a ultimar el Apóstol con su alzado brazo rermatado por fulgente espa da. Discurro por el transepto al tiempo que observo las capillas que lo bordean. Miro hacia el altar mayor, justo en el centro de la cruz de la planta del tem plo. Ante su broncínea balaustrada, recibí mi Confirmación de manos del Ordina rio de la Diócesis en la época, Doctor Angel Temiño Sáez, que ya duerme el sue ño eterno en la capilla dedicada al Santísimo Sacramento. El lugar está vacío, a no ser por una señora de la limpieza que empuja su carrito con los útiles pro pios de su oficio. Le pido que me abra la capilla del Santo Cristo, otro ícono de la ciudad, y muy milagroso. Accede y se aleja a buscarlas a la sacristía. Y cuando abre y enciende las luces, vuelvo a verme en mi infancia, delante de la bendita imagen, mirando su pacífica faz y tratando de ver si la barba le cre cía. El crucificado lleva por única vestimenta un faldellín hasta la rodilla, de color granate, con ribetes dorados. Su larga cabellera se une con su barba y contribuye a afilar los rasgos de su faz, surcada por hilillos de sangre que caen de su cabeza coronada de espinas. Salgo del templo por la puerta del norte. Admiro la altiva torre, dedicada al santo patrón San Martín de Tours, que también lo es de la ciudad, y me paro un momento en la plaza adyacente, disfrutando de la mortecina luz de un sol, que cercano ya el mediodía, cala tímidamente la capa gris que tapiza el cielo. En el momento en que paso por los soportales de la casa del insigne poeta Saco y Ar ce, decido que el paseo me ha abierto el apetito. Comeré en el restaurante O Pingallo, en la cercana rúa San Miguel. Ya he decidido el menú que voy a pedir. De primero, un salpicón de nécora, y de segundo, unas vieiras, regadas con un vinillo Albarey. De postre, filloas con crema. Uno tiene la ineludible obliga ción de tratarse bien los pocos días que vive. Ya saben mi destino. Y si gus tan, están convidados. |
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| On 23 mar, 19:00, gsmiga <manuf...***mixmail.com> wrote: > . Uno tiene la ineludible obliga > ción de tratarse bien los pocos días que vive. Ya saben mi destino. Y si gus > tan, están convidados. De acuerdo y buen destino por lo que tengo en la memoria. Y gracias por la invitacion, pero llega tarde. hoy tengo que cumplir con la tradicion de "la mona", Y eso es sagrado y politicamente correcto. |
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| On 23 mar, 19:00, gsmiga <manuf...***mixmail.com> wrote: > Unos cien metros al oeste, > se encontraba la antigua Casa de los Baños, de propiedad municipal, que servían > a la higiene de una época en la que los sanitarios en las casas brillaban por su > ausencia. Tenían además la ventaja de disfrutar del agua termal que les llega > ba de las mismas fuentes, Me ha encantado este largo y descriptivo paseo por la discreta Ourense, ciudad que no conozco. Gracias, gsmiga. |
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| "gsmiga" <manuf_81***mixmail.com> escribió en el mensaje news:hfiib5-3v.ln1***news.uned.es... >A las nueve de la mañana de un frío día de Febrero, llego a la Estación del > Empalme de mi pueblo, Orense. Seb.- ¡Qué cercana sientes esa tierra tuya, gsmiga! Parece que hayas visto hacerse esas calles, que el río ha sido parte de tu cuna. Es hermoso, como suele ser hermosa toda historia, al menos cuando llega a tener una imagen algo sólida (el dolor, y tantas otras cosas, se encuentran más allá). Creo que para esas descripciones tienes una natural facilidad de penetración. Saludos. Sebastián. |
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| On 2008-03-24, Lopedesosa <manete.sosa***gmail.com> wrote: > On 23 mar, 19:00, gsmiga <manuf...***mixmail.com> wrote: >> . Uno tiene la ineludible obliga >> ción de tratarse bien los pocos días que vive. Ya saben mi destino. Y si gus >> tan, están convidados. > > De acuerdo y buen destino por lo que tengo en la memoria. Y gracias > por la invitacion, pero llega tarde. hoy tengo que cumplir con la > tradicion de "la mona", Y eso es sagrado y politicamente correcto. Otra vez será. Saludos. |
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| On 2008-03-24, zinnia <dos_mares_dos***hotmail.com> wrote: > On 23 mar, 19:00, gsmiga <manuf...***mixmail.com> wrote: >> Unos cien metros al oeste, >> se encontraba la antigua Casa de los Baños, de propiedad municipal, que servían >> a la higiene de una época en la que los sanitarios en las casas brillaban por su >> ausencia. Tenían además la ventaja de disfrutar del agua termal que les llega >> ba de las mismas fuentes, > > Me ha encantado este largo y descriptivo paseo por la discreta > Ourense, ciudad que no conozco. > > Gracias, gsmiga. Pues a ver si te animas a verla. Saludos. |
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| On 2008-03-24, Sebastián <inotnaBORRAR***ono.com> wrote: > > "gsmiga" <manuf_81***mixmail.com> escribió en el mensaje > news:hfiib5-3v.ln1***news.uned.es... >>A las nueve de la mañana de un frío día de Febrero, llego a la Estación del >> Empalme de mi pueblo, Orense. > > Seb.- ¡Qué cercana sientes esa tierra tuya, gsmiga! Parece que hayas visto > hacerse esas calles, que el río ha sido parte de tu cuna. Es hermoso, como > suele ser hermosa toda historia, al menos cuando llega a tener una imagen > algo sólida (el dolor, y tantas otras cosas, se encuentran más allá). Creo > que para esas descripciones tienes una natural facilidad de penetración. > Saludos. > > Sebastián. > > Muchas gracas, Sebastián. Orense es la fuente a la que acudo a beber de cuando en vez. Tenía razón el que dijo que la infancia es la patria del hombre. Saludos. |
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