![]() |
| |||||||
| Registrarse | Preguntas Frecuentes | Lista de Foreros | Calendario | Buscar | Temas de Hoy | Marcar Foros Como Leídos |
![]() |
| | LinkBack | Herramientas | Desplegado |
| |||
| Chesterton by Chesterton: <<...titulé el libro Herejes. Lo reseñó Mr. G. S. Street, aquel encantador ensayista, quien comentó de pasada que no iba a preocuparse por su teología hasta que yo no hubiera expuesto realmente la mía. Con toda la solemnidad de la juventud, lo acepté como un reto y escribí un esquema de mis propias razones para creer que la doctrina cristiana, tal como se resume en el Credo de los Apóstoles, seria una crítica de la vida mejor que cualquiera de las que yo había criticado. Lo titule Ortodoxia, pero incluso entonces no me gustaba nada aquel título. Sonaba a algo muy poco consistente para ser defendido, con lo que antes de morir tendría que encontrar un título mejor para aquel libro. De todas formas, el único efecto interesante, del que yo me haya enterado, que tuvo aquel titulo o aquel libro sucedió en la frontera rusa. Creo que el censor, allí bajo el antiguo régimen ruso, destruyó el libro sin leerlo. Al titularse Ortodoxia, dedujo naturalmente que debía de ser un libro sobre la Iglesia griega. Y si era un libro sobre la Iglesia griega, dedujo que naturalmente debía de ser un ataque a la misma. No obstante, desde mi punto de vista, el título mantuvo una cierta virtud: era provocativo. Y el que fuera provocativo supone realmente una prueba para aquella extraordinaria sociedad moderna. Yo había empezado a descubrir que, en todo aquel cenagal de herejías inconsistentes e incompatibles, la única herejía realmente imperdonable era la de la ortodoxia. Una defensa seria de la ortodoxia era mucho más sorprendente para el crítico inglés de lo que era un serio ataque a la ortodoxia para el censor ruso, Y, a raíz de esta experiencia, aprendí dos cosas muy interesantes y que sirven para dividir toda esta etapa de mi vida en dos períodos distintos. Prácticamente casi todos, en el mundo de la literatura y el periodismo, empezaron a dar por sentado que mi fe en la doctrina cristiana era una pose o una paradoja. Los mas cínicos creían que era sólo un truco. Los mas leales y generosos sostenían con cariño que era sólo una broma. Todo el horror de la verdad, la bochornosa constatación de que yo realmente creía en todo aquello, estalló ante ellos mucho después. Y como digo, he descubierto que esto representa una verdadera transición o frontera en la vida de los apologistas. Los críticos se mostraron casi siempre elogiosos con lo que les gustaba llamar mis brillantes paradojas hasta que descubrieron que realmente yo quería exactamente decir lo que decía. A partir de ese momento, han sido más combativos, y no les culpo por ello. La primera vez que me di cuenta de esto fue en una cena, relacionada con otra controversia que debo mencionar aquí porque es significativa. Creo que fue una cena ofrecida por el personal del Clarión, el famoso e importante periódico socialista de aquel momento, editado entonces por Robert Blatchford, un veterano a quien envío un saludo en el tiempo y del que espero no me considere menos amigo por recordar estas batallas de un pasado lejano. Como en breves momentos explicaré, acababa yo de tener una beligerante discusión pública con Mr. Blatchford, que, naturalmente, al ser yo en aquel momento un periodista relativamente joven pero relativamente prometedor, supuso un hito en mi vida. Recuerdo que en la cena estaba al lado de uno de aquellos caballeros refinados y un tanto académicos, educados en Cambridge, que parecían formar un grupo considerable entre los rudos miembros del laborismo. Una nube oscurecía su frente como si empegara a estar confuso por algo: de repente, dijo con abrupta cortesía: —Perdone que le pregunte, Mr. Chesterton (por supuesto, lo comprenderé perfectamente si prefiere no contestar y ya sabe que mi opinión no será peor si resulta ser verdad), pero supongo que estoy en lo cierto al pensar que usted realmente no cree en esas cosas que sostiene contra Blatchford. Con meridiana seriedad le informé de que. por supuesto, creía absolutamente en aquello que sostenía contra Blatchtord. No movió ni un músculo de su rostro frío y refinado; sin embargo, yo sabía que de alguna manera estaba completamente alterado. —Oh, de modo que sí cree en ello—dijo—; le ruego que me disculpe. Gracias. Es todo lo que quería saber. Y siguió tomando su cena —probablemente vegetariana—. Yo estaba seguro de que durante el resto de la velada, a pesar de su calma, se sintió como si estuviera sentado junto a un fabuloso animal mitológico. Para que todo esto pueda entenderse, es necesario saber cuales eran las cosas que yo defendía contra Blatchford. No se trataba de abstractas tesis teológicas como la definición de la Santísima Trinidad o los dogmas de la gracia santificante o la gracia actual. Aún no había penetrado lo bastante en la ortodoxia como para ser tan teológico. Lo que yo defendía me parecía un simple asunto de moral ordinaria. En realidad, me parecía algo que planteaba la cuestión misma de la posibilidad de que exista cualquier tipo de moral. Se trataba del tema de la Responsabilidad, llamado a veces Libre Albedrío, que Mr. Blatchford había atacado en una serie de vigorosas e incluso violentas proclamas a favor del Determinismo, al parecer, basadas en un libro o panfleto que había leído del profesor Haeckel. El tema tenía muchos aspectos divertidos y llamativos, pero aquí la cuestión es lo que ya he insinuado. No es que yo hubiera empezado a creer en cosas sobrenaturales, sino que los ateos empezaron a no creer incluso en las cosas naturales. Al destruir ellos mismos cualquier posibilidad sensata o racional de una ética laica fueron los seculares los que me llevaron a la ética teológica. Yo podría haber sido laico, en tanto eso significara que yo me sintiera responsable ante la sociedad laica. Fue el Determinismo el que proclamó a voz en grito que yo no era responsable. Y puesto que prefiero que me traten como a un ser responsable y no como a un lunático que anda suelto, empecé a buscar a mi alrededor un refugio espiritual que no fuera simplemente un refugio de locos. En resumen, desde aquel día, escapé de un error que aún confunde a hombres mucho mejores que yo. Todavía existe la idea de que el agnóstico puede mantener la seguridad en el mundo mientras no desee indagar sobre lo que comúnmente se llama «el otro mundo». Puede contentarse con el sentido común respecto a hombres y mujeres mientras no tenga curiosidad por los misterios sobre ángeles y arcángeles. No es cierto. Las preguntas del escéptico van directamente al corazón de nuestra vida humana, alteran este mundo, además del otro, y lo que mas concretamente alteran es el sentido común. No puede existir mejor ejemplo de esto que aquella extraña apariencia—en mi Juventud—del determinista como un demagogo que, ante una multitud de millones de seres, grita que no se debe culpar a nadie por sus actos porque todo es herencia y circunstancias. Lógicamente, esto detendría a un hombre en el acto de decir «gracias» a alguien que le acaba de pasar la mostaza. Porque, ¿cómo agradecerle que nos pase la mostaza si no podemos recriminarle el que no nos la pase? Ya sé que puede sostenerse que el fatalismo no cambia para nada los actos de nuestra vida. Algunos dicen que los fatalistas pueden seguir castigando o culpando. Otros afirman —haciendo profesión de humanitarismo, lo que no deja de tener su gracia— que pueden dejar de culpar pero seguir castigando. No obstante, si el determinismo no suponía diferencia alguna en los actos de nuestra vida, ¿por qué Blatchford atronaba furioso desde el púlpito sobre la diferencia que suponía? La explicación había que encontrarla en el propio Blatchford. Era un hombre de lo más normal para haber sido atrapado por una herejía tan anormal: un viejo soldado con ojos oscuros de italiano, bigote de morsa y henchido de esos sentimientos que tienen los soldados y que los socialistas generalmente no tienen. Era un patriota indomable, con no poco de tory y ciertamente mucho de proteccionista. Pero este determinismo le atraía por un sentimiento de lo mas normal, un sentimiento de concentrada compasión. Tituló su libro de panfletos deterministas como un alegato «a favor de los desvalidos». Y era evidente que él pensaba en ese tipo de gente pobre, desprestigiada y a menudo oprimida a la que realmente puede calificarse de desvalida. Para él y para muchos otros hombres de modernos sentimientos sanos pero imprecisos, la idea de pecador estaba totalmente relacionada con la de borracho, vagabundo, ladrón o cualquier otro tipo de sinvergüenza en guerra contra la sociedad. En el sistema social enormemente injusto que padecemos, es bastante probable que a muchos de ellos se les castigue injustamente, aunque algunos no deberían ser castigados en absoluto y que tal vez otros no sean para nada responsables. Y también que Blatchford, al verlos conducidos a prisión en manadas, sintiera piedad por el débil y el desgraciado, lo que, en su peor aspecto, era una exageración ligeramente desequilibrada de la caridad cristiana. Estaba tan deseoso de perdonar que negaba la necesidad del perdón, De repente, despierto de estos sueños del pasado con algo parecido a una carcajada, porque el próximo episodio de mi vida fue el de ayudar a ciertos amigos y reformadores a establecer esa terrible verdad llamada Responsabilidad, no para vagabundos o borrachos, sino para los dirigentes del Estado y los hombres mas ricos del Imperio. Intentaba poner el collar y la cadena de la Responsabilidad no al cuello de los desvalidos, sino de los «validos». Cuando volví a oír hablar de Blatchford, él también estallaba de indignación y pedía justicia, castigo y venganza sin perdón contra otros tíranos poderosos que pisoteaban al débil, y exigía responsabilidad al arrogante príncipe de Prusia por la invasión de Bélgica. Así arden en el fuego los sofismas de papel>>. (Autobiografía. Gilbert K. Chesterton. El Acantilado) |
| | ||||
| ||||
| |
| |||
| On 12 abr, 17:41, jota_xnopuen...***mundo-r.com (Jose Puentes) wrote: > Chesterton by Chesterton: > <<...titulé el libro Herejes. Lo reseñó Mr. G. S. Street, aquel encantador > ensayista, quien comentó de pasada que no iba a preocuparse por su teología > hasta que yo no hubiera expuesto realmente la mía. Con toda la solemnidad de > la juventud, lo acepté como un reto y escribí un esquema de mis propias razones > para creer que la doctrina cristiana, tal como se resume en el Credo de los > Apóstoles, seria una crítica de la vida mejor que cualquiera de las que yo había > criticado. Lo titule Ortodoxia, pero incluso entonces no me gustaba nada aquel > título. Sonaba a algo muy poco consistente para ser defendido, con lo que antes > de morir tendría que encontrar un título mejor para aquel libro. De todas formas, > el único efecto interesante, del que yo me haya enterado, que tuvo aqueltitulo o > aquel libro sucedió en la frontera rusa. Creo que el censor, allí bajoel antiguo > régimen ruso, destruyó el libro sin leerlo. Al titularse Ortodoxia, dedujo > naturalmente que debía de ser un libro sobre la Iglesia griega. Y si eraun libro > sobre la Iglesia griega, dedujo que naturalmente debía de ser un ataque a la > misma. --------- Existe en este modo de echar discursos, por lo demás bastate normal, una especie de vaguedad lógica. No existe un procedimiento normal de enfrentarse a un concepto abstacto para analizarlo. Lo lógico es otrearlo como si se tratara de un toro, o jugar con la idea como si estuviéramos dando golpecitos a un globo de goma lleno de aire. Este hombre toca un par de temas, que en general no se analizan profundamente. Uno es el libre albedrío, y el otro es determinismo. y las implicaciones morales que se plantean resultan absurdas si no se analizan esos conceptos en profundidad. Podría existir el libre albedrío. Igual que podría existir la montaña magnética o los unicornios. El concepto del libre albedrío solo sirve como artefacto amenazante. Puedes negarte a unirte a mi ejercito, pero si lo haces te declaro desde este momento mi enemigo mortal, y aquí mismo te vamos a empalar sobre ese poste que hemos dispuesto al efecto. Eres libre de elegir, estás conmigo en este guerra, o serás empalado. Tienes que tomar una decisión. Como ha dicho el general, eres libre de elegir. Y no tienes razón para dudar que este general es un hijo de la gran puta, pues has visto siete u ocho tipos empalados en este campamento. El sujeto tiene que elegir, y muy rápido, porque no le han dado más de cuatro minutos para tomar una decisión. Una cosa así no puede ser la prueba del libre albedrío. Sin embargo, el ejemplo más claro. Los términos de la proposición pueden cambiar algo. Pero siempre existe la misma analogía. En todos los sistemas que pretenden establecer un orden concreto, se presentan estas situaciones. Pues hacer lo que te salga de las pelotas, eres libre, pero yo te estoy esperando aquí para empalarte. Luego, se puede hablar de moral, de castigo merecido, de lo que sea. Pero los términos son los mismos en un sistema bolchevique, cristiano, nazi, islámico, castrista, hindú, y hasta en la sociedad de los polinesios anterior a la influencia redentora de los misioneros cristianos. O haces lo que te digo, o te corto los huevos. Para que la amenaza tenga credibilidad, es necesario el ejercicio frecuente de los sacrificios humanos. Si no hubiera sacrificios frecuentes, la amenaza no tendría credibilidad. Y eso es todo lo que hay del libre albedrío. Ahora es muy tarde. Debo irme a dormir. Pero en cuanto tenga un rato libre, escribiré un breve ensayo sobre "la voluntad". leopoldo |
| |||
| On 12 abr, 17:41, jota_xnopuen...***mundo-r.com (Jose Puentes) wrote: > Chesterton by Chesterton: > <<...titulé el libro Herejes. Lo reseñó Mr. G. S. Street, aquel encantador > ensayista, quien comentó de pasada que no iba a preocuparse por su teología > hasta que yo no hubiera expuesto realmente la mía. Con toda la solemnidad de > la juventud, lo acepté como un reto y escribí un esquema de mis propias razones > para creer que la doctrina cristiana, tal como se resume en el Credo de los > Apóstoles, seria una crítica de la vida mejor que cualquiera de las que yo había > criticado. Lo titule Ortodoxia, pero incluso entonces no me gustaba nada aquel > título. Sonaba a algo muy poco consistente para ser defendido, con lo que antes > de morir tendría que encontrar un título mejor para aquel libro. De todas formas, > el único efecto interesante, del que yo me haya enterado, que tuvo aqueltitulo o > aquel libro sucedió en la frontera rusa. Creo que el censor, allí bajoel antiguo > régimen ruso, destruyó el libro sin leerlo. Al titularse Ortodoxia, dedujo > naturalmente que debía de ser un libro sobre la Iglesia griega. Y si eraun libro > sobre la Iglesia griega, dedujo que naturalmente debía de ser un ataque a la > misma. > No obstante, desde mi punto de vista, el título mantuvo una cierta virtud: > era provocativo. Y el que fuera provocativo supone realmente una prueba para > aquella extraordinaria sociedad moderna. Yo había empezado a descubrir que, > en todo aquel cenagal de herejías inconsistentes e incompatibles, la única > herejía realmente imperdonable era la de la ortodoxia. Una defensa seriade la > ortodoxia era mucho más sorprendente para el crítico inglés de lo que era un > serio ataque a la ortodoxia para el censor ruso, Y, a raíz de esta experiencia, > aprendí dos cosas muy interesantes y que sirven para dividir toda esta etapa de > mi vida en dos períodos distintos. Prácticamente casi todos, en el mundo de la > literatura y el periodismo, empezaron a dar por sentado que mi fe en la doctrina > cristiana era una pose o una paradoja. Los mas cínicos creían que era sólo un > truco. Los mas leales y generosos sostenían con cariño que era sólo una broma. > Todo el horror de la verdad, la bochornosa constatación de que yo realmente > creía en todo aquello, estalló ante ellos mucho después. Y como digo, he > descubierto que esto representa una verdadera transición o frontera en la vida de > los apologistas. Los críticos se mostraron casi siempre elogiosos con loque les > gustaba llamar mis brillantes paradojas hasta que descubrieron que realmente yo > quería exactamente decir lo que decía. A partir de ese momento, han sido más > combativos, y no les culpo por ello. > La primera vez que me di cuenta de esto fue en una cena, relacionada con > otra controversia que debo mencionar aquí porque es significativa. Creo que fue > una cena ofrecida por el personal del Clarión, el famoso e importante periódico > socialista de aquel momento, editado entonces por Robert Blatchford, un > veterano a quien envío un saludo en el tiempo y del que espero no me considere > menos amigo por recordar estas batallas de un pasado lejano. Como en breves > momentos explicaré, acababa yo de tener una beligerante discusión pública con > Mr. Blatchford, que, naturalmente, al ser yo en aquel momento un periodista > relativamente joven pero relativamente prometedor, supuso un hito en mi vida. > Recuerdo que en la cena estaba al lado de uno de aquellos caballeros refinados > y un tanto académicos, educados en Cambridge, que parecían formar un grupo > considerable entre los rudos miembros del laborismo. Una nube oscurecía su > frente como si empegara a estar confuso por algo: de repente, dijo con abrupta > cortesía: --Perdone que le pregunte, Mr. Chesterton (por supuesto, lo > comprenderé perfectamente si prefiere no contestar y ya sabe que mi opinión no > será peor si resulta ser verdad), pero supongo que estoy en lo cierto alpensar > que usted realmente no cree en esas cosas que sostiene contra Blatchford. > Con meridiana seriedad le informé de que. por supuesto, creía absolutamente en > aquello que sostenía contra Blatchtord. No movió ni un músculo de surostro > frío y refinado; sin embargo, yo sabía que de alguna manera estaba > completamente alterado. --Oh, de modo que sí cree en ello--dijo--; le ruego > que me disculpe. Gracias. Es todo lo que quería saber. Y siguió tomando su > cena --probablemente vegetariana--. Yo estaba seguro de que durante el resto > de la velada, a pesar de su calma, se sintió como si estuviera sentado junto a un > fabuloso animal mitológico. > Para que todo esto pueda entenderse, es necesario saber cuales eran las > cosas que yo defendía contra Blatchford. No se trataba de abstractas tesis > teológicas como la definición de la Santísima Trinidad o los dogmas de la > gracia santificante o la gracia actual. Aún no había penetrado lo bastante en la > ortodoxia como para ser tan teológico. Lo que yo defendía me parecíaun simple > asunto de moral ordinaria. En realidad, me parecía algo que planteaba la > cuestión misma de la posibilidad de que exista cualquier tipo de moral. Se > trataba del tema de la Responsabilidad, llamado a veces Libre Albedrío, que Mr. > Blatchford había atacado en una serie de vigorosas e incluso violentas > proclamas a favor del Determinismo, al parecer, basadas en un libro o panfleto > que había leído del profesor Haeckel. El tema tenía muchos aspectos divertidos > y llamativos, pero aquí la cuestión es lo que ya he insinuado. No es que yo > hubiera empezado a creer en cosas sobrenaturales, sino que los ateos empezaron > a no creer incluso en las cosas naturales. Al destruir ellos mismos cualquier > posibilidad sensata o racional de una ética laica fueron los seculares los que me > llevaron a la ética teológica. Yo podría haber sido laico, en tanto eso significara > que yo me sintiera responsable ante la sociedad laica. Fue el Determinismoel > que proclamó a voz en grito que yo no era responsable. Y puesto que prefiero > que me traten como a un ser responsable y no como a un lunático que anda > suelto, empecé a buscar a mi alrededor un refugio espiritual que no fuera > simplemente un refugio de locos. > En resumen, desde aquel día, escapé de un error que aún confunde a > hombres mucho mejores que yo. Todavía existe la idea de que el agnóstico > puede mantener la seguridad en el mundo mientras no desee indagar sobre lo > que comúnmente se llama <<el otro mundo>>. Puede contentarse con el sentido > común respecto a hombres y mujeres mientras no tenga curiosidad por los > misterios sobre ángeles y arcángeles. No es cierto. Las preguntas del escéptico > van directamente al corazón de nuestra vida humana, alteran este mundo, > además del otro, y lo que mas concretamente alteran es el sentido común. No > puede existir mejor ejemplo de esto que aquella extraña apariencia--en mi > Juventud--del determinista como un demagogo que, ante una multitud de > millones de seres, grita que no se debe culpar a nadie por sus actos porque todo > es herencia y circunstancias. Lógicamente, esto detendría a un hombre en el > acto de decir <<gracias>> a alguien que le acaba de pasar la mostaza. Porque, > ¿cómo agradecerle que nos pase la mostaza si no podemos recriminarle el que > no nos la pase? Ya sé que puede sostenerse que el fatalismo no cambia para > nada los actos de nuestra vida. Algunos dicen que los fatalistas pueden seguir > castigando o culpando. Otros afirman --haciendo profesión de humanitarismo, > lo que no deja de tener su gracia-- que pueden dejar de culpar pero seguir > castigando. No obstante, si el determinismo no suponía diferencia algunaen los > actos de nuestra vida, ¿por qué Blatchford atronaba furioso desde el púlpito > sobre la diferencia que suponía? La explicación había que encontrarla en el > propio Blatchford. Era un hombre de lo más normal para haber sido atrapado > por una herejía tan anormal: un viejo soldado con ojos oscuros de italiano, > bigote de morsa y henchido de esos sentimientos que tienen los soldados y que > los socialistas generalmente no tienen. Era un patriota indomable, con no poco > de tory y ciertamente mucho de proteccionista. Pero este determinismo le atraía > por un sentimiento de lo mas normal, un sentimiento de concentrada compasión. > Tituló su libro de panfletos deterministas como un alegato <<a favor de los > desvalidos>>. Y era evidente que él pensaba en ese tipo de gente pobre, > desprestigiada y a menudo oprimida a la que realmente puede calificarse de > desvalida. Para él y para muchos otros hombres de modernos sentimientos sanos > pero imprecisos, la idea de pecador estaba totalmente relacionada con la de > borracho, vagabundo, ladrón o cualquier otro tipo de sinvergüenza en guerra > contra la sociedad. En el sistema social enormemente injusto que padecemos, es > bastante probable que a muchos de ellos se les castigue injustamente, aunque > algunos no deberían ser castigados en absoluto y que tal vez otros no sean para > nada responsables. Y también que Blatchford, al verlos conducidos a prisión en > manadas, sintiera piedad por el débil y el desgraciado, lo que, en su peor > aspecto, era una exageración ligeramente desequilibrada de la caridad cristiana. > Estaba tan deseoso de perdonar que negaba la necesidad del perdón, > De repente, despierto de estos sueños del pasado con algo parecido a una > carcajada, porque el próximo episodio de mi vida fue el de ayudar a ciertos > amigos y reformadores a establecer esa terrible verdad llamada > Responsabilidad, no para vagabundos o borrachos, sino para los dirigentes del > Estado y los hombres mas ricos del Imperio. Intentaba poner el collar y la > cadena de la Responsabilidad no al cuello de los desvalidos, sino de los > <<validos>>. Cuando volví a oír hablar de Blatchford, él también estallaba de > indignación y pedía justicia, castigo y venganza sin perdón contra otros tíranos > poderosos que pisoteaban al débil, y exigía responsabilidad al arrogante > príncipe de Prusia por la invasión de Bélgica. Así arden en el fuego los sofismas > de papel>>. > ... > > leer más >> Otro día te hablo del determinismo. Lo tengo muy claro. Y no se contradice nada con la cosa del libre albedrío que planteé en otro mensaje. Si quieres podemos debatirlo. leopoldo |
| |
| |
![]() |
| Herramientas | |
| Desplegado | |
| |
Temas Similares | ||||
| Tema | Autor | Foro | Respuestas | Último mensaje |
| Los críticos hablan. Premios de la Sociedad de Críticos Online de Cine | Mary Carmen Rodríguez | Newsgroup es.rec.cine | 0 | 09-01-2008 19:52:21 |
| Los críticos hablan. Premios de la Sociedad Nacional de Críticos de Cine | Mary Carmen Rodríguez | Newsgroup es.rec.cine | 0 | 07-01-2008 18:35:45 |
| Los críticos hablan. Premios de la Asociación de Críticos del Sudeste de los Estados Unidos | Mary Carmen Rodríguez | Newsgroup es.rec.cine | 0 | 20-12-2007 12:10:05 |
| Los críticos hablan. Premios del Círculo de Críticos de Nueva York | Mary Carmen Rodríguez | Newsgroup es.rec.cine | 0 | 10-12-2007 19:42:57 |
| Los críticos hablan. Premios de la Asociación de críticos online de Nueva York | Mary Carmen Rodríguez | Newsgroup es.rec.cine | 0 | 10-12-2007 12:55:47 |