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| Por el sur, y salvo excepciones, la tradición es más bien, si no inexistente, bastante más anodina. Aquí se es más de Semana Santa, Feria y Rocío, pero aún así guardo algunos recuerdos de esas noches por la zona. Veré de tener algún rato. "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g0fa50$3ou$1***localhost.localdomain... Afilen sus teclados con piedras de lava y bits que los fuegos literarios se acercan, un año más, en la noche mágica de san juan. Con tiempo para pergeñar un cuento de amor y fuego, Fou, Fire and Fair, o como gusten. Las hogueras arderán en el centro del patio con nuestros relatos impresos y nos calentaremos en ese fuego, saltando sobre él doce veces (Los más viejos sólo saltaremos una, ejem, y aparcando la silla de ruedas cerca) y mirando nuestras caras enrojecidas por la luz de las llamas y el wisqui irlandés (Al menos en mi caso) para ahuyentar así al pertinaz invierno. Fecha límite: La noche de san juan, 23 de junio. Tema: Amor y fuego. Que es lo suyo. Nos veremos en estas justas injustas. |
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| Por el sur, y salvo excepciones, la tradición es más bien, si no inexistente, bastante más anodina. Aquí se es más de Semana Santa, Feria y Rocío, pero aún así guardo algunos recuerdos de esas noches por la zona. Veré de tener algún rato. "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g0fa50$3ou$1***localhost.localdomain... Afilen sus teclados con piedras de lava y bits que los fuegos literarios se acercan, un año más, en la noche mágica de san juan. Con tiempo para pergeñar un cuento de amor y fuego, Fou, Fire and Fair, o como gusten. Las hogueras arderán en el centro del patio con nuestros relatos impresos y nos calentaremos en ese fuego, saltando sobre él doce veces (Los más viejos sólo saltaremos una, ejem, y aparcando la silla de ruedas cerca) y mirando nuestras caras enrojecidas por la luz de las llamas y el wisqui irlandés (Al menos en mi caso) para ahuyentar así al pertinaz invierno. Fecha límite: La noche de san juan, 23 de junio. Tema: Amor y fuego. Que es lo suyo. Nos veremos en estas justas injustas. |
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| Al sur del sur. En Alabama las hogueras arden la noche de San Juan cual si fuera la noche del desembarco de las tropas griegas en las costas de Troya. Hay comercio y bebercio en infinitancia, como si no existiera el ñamana, tradición de bañarse detrás de las orejas, o los medrosos, de enjugarse los pieses, manos y cara pasada la medianoche para festejar que nos ha tomado la playa Aquiles con sus maric.. ejemp... con sus mirmidones. En Alabama semos otra excepción que confirma la feria. Sonrisas. >Por el sur, y salvo excepciones, la tradición ... ___________________________________________ Visita http://elpatio.forosonline.es/ Espacio de refugio y transición. |
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| Al sur del sur. En Alabama las hogueras arden la noche de San Juan cual si fuera la noche del desembarco de las tropas griegas en las costas de Troya. Hay comercio y bebercio en infinitancia, como si no existiera el ñamana, tradición de bañarse detrás de las orejas, o los medrosos, de enjugarse los pieses, manos y cara pasada la medianoche para festejar que nos ha tomado la playa Aquiles con sus maric.. ejemp... con sus mirmidones. En Alabama semos otra excepción que confirma la feria. Sonrisas. >Por el sur, y salvo excepciones, la tradición ... ___________________________________________ Visita http://elpatio.forosonline.es/ Espacio de refugio y transición. |
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| Al sur del sur. En Alabama las hogueras arden la noche de San Juan cual si fuera la noche del desembarco de las tropas griegas en las costas de Troya. Hay comercio y bebercio en infinitancia, como si no existiera el ñamana, tradición de bañarse detrás de las orejas, o los medrosos, de enjugarse los pieses, manos y cara pasada la medianoche para festejar que nos ha tomado la playa Aquiles con sus maric.. ejemp... con sus mirmidones. En Alabama semos otra excepción que confirma la feria. Sonrisas. >Por el sur, y salvo excepciones, la tradición ... ___________________________________________ Visita http://elpatio.forosonline.es/ Espacio de refugio y transición. |
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| Olivia arrastraba mis cinco años lastrados de espanto, de la mano, en la oscuridad de una noche de faroles y grillos apagados, hacia la rojiza claridad del fuego. Yo refrenaba el paso quedándome a su espalda. Su hermosa trenza pelirroja colgaba hasta su cintura de quince primaveras pobladas de pecas. -No tengas miedo, no pasa nada -me susurró. Pero los gritos y la fantasmagoría de gente saltando sobre las llamas, me ponían más terror que ir en la dirección contraria, hacia el cementerio, que estaba tan cerca de casa que muchas veces tocaba oir el gorigori a cualquier hora, cuando había entierro. Llegamos al corro de gente, al centro de la bullanga y el griterío. Algo alargado, grueso y negruzco, recostado sobre la fogata medio consumida, era el reto a saltar que la chavalería no se pensaba dos veces. -¿Qué es eso? -pregunté a Olivia señalando el bulto oscuro y chispeante que atravesaba el círculo de la fogata. -Un hombre muerto. A pesar del tiempo transcurrido, ese instante es un recuerdo que permanece en alguna hilacha indeleble de mi memoria, sin posibilidad de borrarse. Al día siguiente, temprano, la inquietud de mi sueño aún seguía allí, pero la magia se había evaporado: solo un tronco de palmera, carbonizado, pero con la forma que la preciosa Olivia y el atávico terror infantil habían esculpido en mi mente. - - - - Años más tarde, acotado entre los paréntesis de mis padres, recuerdo el arco de una calle, a la salida de una plazuela de pueblo, junto al que, tendida de balcón a balcón, una cuerda sostenía una silla en la que se sentaba un monigote perfectamente ataviado. El que la boina sea aún lo más permanente en mi memoria, solo puede deberse a que humanizaba al fantoche confiriéndole humana apariencia. Y la silla. -¿Qué es eso? -pregunté a mi madre. -Un júa. -¿Un qué? -Así le llaman aquí: un 'júa', un Judas, un mal hombre al que hay que quemar por San Juan. En esa ocasión había tanta gente que el fuego solo se imaginaba por el resplandor de las paredes, blancas de cal. Los encargados de sostener la cuerda iniciaron un suave vaivén acompañado del silbido estridente de la multitud. En un momento dado, se aflojaron las cuerdas, descendió la silla y, es de suponer, el fuego convirtió en cenizas el muñeco, pero mi mente permanece virgen a esa imagen. - - - - - Lustros después, era mi mano la que sujetaban los cinco años de mi hija Rocío, camino de la playa. Aún seguía siendo yo el arrastrado aunque esta vez por la manecita entusiasta de su propietaria, dos coletas sujetas con mariposillas de plástico en el pelo, una voz chillona de pura histeria, que adivinaba desde lejos un castillo de Cenicienta en cartón piedra. Permanecimos sentados en la arena, en un corro enorme de prudencia, mientras el fuego consumía los celestes y rosas de sus cúpulas, torreones y ventanucos, princesas rubias y audaces galanes, ante la mirada fija, inmóvil y sorprendida de la niña. Hubo fuegos de artificio y la gente acabó dispersándose en busca de sus propios sueños. A medianoche, como dicta la tradición, cerca de los rescoldos y el bullicio, sujeta aún de mi mano que esta vez le aliviaba el sobresalto emocionado, sumergimos los pies descalzos en la orilla. Un lametón de mar con reflejos de luna nos estallaba olas entre los dedos. Rocío, esa noche, su primera de San Juan, no pasó miedo, porque su risa de cristal y el chapoteo de sus piececillos, habían matado todos los temores. (O'F, San Juan 2008) |
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| Olivia arrastraba mis cinco años lastrados de espanto, de la mano, en la oscuridad de una noche de faroles y grillos apagados, hacia la rojiza claridad del fuego. Yo refrenaba el paso quedándome a su espalda. Su hermosa trenza pelirroja colgaba hasta su cintura de quince primaveras pobladas de pecas. -No tengas miedo, no pasa nada -me susurró. Pero los gritos y la fantasmagoría de gente saltando sobre las llamas, me ponían más terror que ir en la dirección contraria, hacia el cementerio, que estaba tan cerca de casa que muchas veces tocaba oir el gorigori a cualquier hora, cuando había entierro. Llegamos al corro de gente, al centro de la bullanga y el griterío. Algo alargado, grueso y negruzco, recostado sobre la fogata medio consumida, era el reto a saltar que la chavalería no se pensaba dos veces. -¿Qué es eso? -pregunté a Olivia señalando el bulto oscuro y chispeante que atravesaba el círculo de la fogata. -Un hombre muerto. A pesar del tiempo transcurrido, ese instante es un recuerdo que permanece en alguna hilacha indeleble de mi memoria, sin posibilidad de borrarse. Al día siguiente, temprano, la inquietud de mi sueño aún seguía allí, pero la magia se había evaporado: solo un tronco de palmera, carbonizado, pero con la forma que la preciosa Olivia y el atávico terror infantil habían esculpido en mi mente. - - - - Años más tarde, acotado entre los paréntesis de mis padres, recuerdo el arco de una calle, a la salida de una plazuela de pueblo, junto al que, tendida de balcón a balcón, una cuerda sostenía una silla en la que se sentaba un monigote perfectamente ataviado. El que la boina sea aún lo más permanente en mi memoria, solo puede deberse a que humanizaba al fantoche confiriéndole humana apariencia. Y la silla. -¿Qué es eso? -pregunté a mi madre. -Un júa. -¿Un qué? -Así le llaman aquí: un 'júa', un Judas, un mal hombre al que hay que quemar por San Juan. En esa ocasión había tanta gente que el fuego solo se imaginaba por el resplandor de las paredes, blancas de cal. Los encargados de sostener la cuerda iniciaron un suave vaivén acompañado del silbido estridente de la multitud. En un momento dado, se aflojaron las cuerdas, descendió la silla y, es de suponer, el fuego convirtió en cenizas el muñeco, pero mi mente permanece virgen a esa imagen. - - - - - Lustros después, era mi mano la que sujetaban los cinco años de mi hija Rocío, camino de la playa. Aún seguía siendo yo el arrastrado aunque esta vez por la manecita entusiasta de su propietaria, dos coletas sujetas con mariposillas de plástico en el pelo, una voz chillona de pura histeria, que adivinaba desde lejos un castillo de Cenicienta en cartón piedra. Permanecimos sentados en la arena, en un corro enorme de prudencia, mientras el fuego consumía los celestes y rosas de sus cúpulas, torreones y ventanucos, princesas rubias y audaces galanes, ante la mirada fija, inmóvil y sorprendida de la niña. Hubo fuegos de artificio y la gente acabó dispersándose en busca de sus propios sueños. A medianoche, como dicta la tradición, cerca de los rescoldos y el bullicio, sujeta aún de mi mano que esta vez le aliviaba el sobresalto emocionado, sumergimos los pies descalzos en la orilla. Un lametón de mar con reflejos de luna nos estallaba olas entre los dedos. Rocío, esa noche, su primera de San Juan, no pasó miedo, porque su risa de cristal y el chapoteo de sus piececillos, habían matado todos los temores. (O'F, San Juan 2008) |
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| Olivia arrastraba mis cinco años lastrados de espanto, de la mano, en la oscuridad de una noche de faroles y grillos apagados, hacia la rojiza claridad del fuego. Yo refrenaba el paso quedándome a su espalda. Su hermosa trenza pelirroja colgaba hasta su cintura de quince primaveras pobladas de pecas. -No tengas miedo, no pasa nada -me susurró. Pero los gritos y la fantasmagoría de gente saltando sobre las llamas, me ponían más terror que ir en la dirección contraria, hacia el cementerio, que estaba tan cerca de casa que muchas veces tocaba oir el gorigori a cualquier hora, cuando había entierro. Llegamos al corro de gente, al centro de la bullanga y el griterío. Algo alargado, grueso y negruzco, recostado sobre la fogata medio consumida, era el reto a saltar que la chavalería no se pensaba dos veces. -¿Qué es eso? -pregunté a Olivia señalando el bulto oscuro y chispeante que atravesaba el círculo de la fogata. -Un hombre muerto. A pesar del tiempo transcurrido, ese instante es un recuerdo que permanece en alguna hilacha indeleble de mi memoria, sin posibilidad de borrarse. Al día siguiente, temprano, la inquietud de mi sueño aún seguía allí, pero la magia se había evaporado: solo un tronco de palmera, carbonizado, pero con la forma que la preciosa Olivia y el atávico terror infantil habían esculpido en mi mente. - - - - Años más tarde, acotado entre los paréntesis de mis padres, recuerdo el arco de una calle, a la salida de una plazuela de pueblo, junto al que, tendida de balcón a balcón, una cuerda sostenía una silla en la que se sentaba un monigote perfectamente ataviado. El que la boina sea aún lo más permanente en mi memoria, solo puede deberse a que humanizaba al fantoche confiriéndole humana apariencia. Y la silla. -¿Qué es eso? -pregunté a mi madre. -Un júa. -¿Un qué? -Así le llaman aquí: un 'júa', un Judas, un mal hombre al que hay que quemar por San Juan. En esa ocasión había tanta gente que el fuego solo se imaginaba por el resplandor de las paredes, blancas de cal. Los encargados de sostener la cuerda iniciaron un suave vaivén acompañado del silbido estridente de la multitud. En un momento dado, se aflojaron las cuerdas, descendió la silla y, es de suponer, el fuego convirtió en cenizas el muñeco, pero mi mente permanece virgen a esa imagen. - - - - - Lustros después, era mi mano la que sujetaban los cinco años de mi hija Rocío, camino de la playa. Aún seguía siendo yo el arrastrado aunque esta vez por la manecita entusiasta de su propietaria, dos coletas sujetas con mariposillas de plástico en el pelo, una voz chillona de pura histeria, que adivinaba desde lejos un castillo de Cenicienta en cartón piedra. Permanecimos sentados en la arena, en un corro enorme de prudencia, mientras el fuego consumía los celestes y rosas de sus cúpulas, torreones y ventanucos, princesas rubias y audaces galanes, ante la mirada fija, inmóvil y sorprendida de la niña. Hubo fuegos de artificio y la gente acabó dispersándose en busca de sus propios sueños. A medianoche, como dicta la tradición, cerca de los rescoldos y el bullicio, sujeta aún de mi mano que esta vez le aliviaba el sobresalto emocionado, sumergimos los pies descalzos en la orilla. Un lametón de mar con reflejos de luna nos estallaba olas entre los dedos. Rocío, esa noche, su primera de San Juan, no pasó miedo, porque su risa de cristal y el chapoteo de sus piececillos, habían matado todos los temores. (O'F, San Juan 2008) |
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| COño. Que bueno. Corregiría alguna cosa, pero es muy bueno. Infundía, en lugar de ponía, y cosas de dar fluidez a la lectura, pero vaya, ya sabía que escribías bien. :-) Estupendo,. * O'Flaherty: > Olivia arrastraba mis cinco años lastrados de espanto, de la mano, enla > oscuridad de una noche de faroles y grillos apagados, hacia la rojiza > claridad del fuego. Yo refrenaba el paso quedándome a su espalda. Su hermosa > trenza pelirroja colgaba hasta su cintura de quince primaveras pobladasde > pecas. > > -No tengas miedo, no pasa nada -me susurró. |
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| COño. Que bueno. Corregiría alguna cosa, pero es muy bueno. Infundía, en lugar de ponía, y cosas de dar fluidez a la lectura, pero vaya, ya sabía que escribías bien. :-) Estupendo,. * O'Flaherty: > Olivia arrastraba mis cinco años lastrados de espanto, de la mano, enla > oscuridad de una noche de faroles y grillos apagados, hacia la rojiza > claridad del fuego. Yo refrenaba el paso quedándome a su espalda. Su hermosa > trenza pelirroja colgaba hasta su cintura de quince primaveras pobladasde > pecas. > > -No tengas miedo, no pasa nada -me susurró. |
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