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| Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su introducción. http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB RELIGIÓN EN DEMOCRACIA J.M. Ruiz Soroa INTRODUCCIÓN.- La persistencia e importancia del fenómeno religioso en nuestras sociedades modernas es un dato que puede interpretarse desde los parámetros de la antropología, la sociología, el derecho o incluso la filosofía; aquí, sin embargo, no hablamos tanto del fenómeno religioso en sí mismo como del tratamiento que él merece y, sobre todo, el que merecen los ciudadanos a los cuales afecta en una sociedad que se organiza bajo los principios de la democracia constitucional. Nuestro punto de vista es muy limitado en sus pretensiones y, formulado en términos sencillos, lo que pretende es tan sólo aportar alguna respuesta a una pregunta puramente política: ¿dónde ubicamos a la religión en una democracia? O, lo que es lo mismo, ¿cómo deben manejar los ciudadanos religiosos -los "ciudadanos metafísicos" como dice HABERMAS- sus creencias y sentimientos de naturaleza trascendente cuando intervienen en la esfera pública? ¿Y cómo deben contemplarlos los ciudadanos no religiosos que inevitablemente dialogan con ellos? El canon liberal en esta cuestión ha sido el de que en las sociedades modernas la religión está confinada o reducida al ámbito privado. Es una respuesta con pretensiones tanto descriptivas como normativas. Pues por un lado pretende detectar una consecuencia fáctica del proceso de modernización, el de que la religión ha quedado reducida fundamentamente en las actuales sociedades occidentales a ser una experiencia personal. Y, por otro, busca establecer el principio de que en la esfera pública sólo comparecen e intervienen unos ciudadanos abstraídos de sus creencias trascendentales, despojados de cualquier particular creencia omniabarcante o cosmovisión religiosa. Es el modelo de la "vida pública vacía de religión". A pesar de su aceptación generalizada, un tanto acrítica, la privatización de la religión suscita serias dificultades en su aplicación concreta: en efecto, por un lado sucede que (sin desconocer el valor de la experiencia religiosa como hecho individual e íntimo de la persona) la religión es un fenómeno de naturaleza manifiesta y directamente social, dado que pretende dar sentido a la vida humana y, por ello, incorpora criterios de valor y normas con pretensiones de orientar la totalidad de su conducta. Es incongruente con su propia naturaleza y, sobre todo con su fuerza motivacional, pretender reducir la religión al ámbito personal o privado. Y es que, por otro lado, resulta difícil exigir a los ciudadanos religiosos que pongan entre paréntesis sus creencias de origen sacro cuando intervienen en política, precisamente porque esas creencias son las que inspiran y dotan de sentido a su pensamiento en muchas de las materias convivenciales que allí se resuelven. Esperar que los ciudadanos prescindan en el ámbito público de sus creencias más fuertes supone admitir algo así como que las personas podrían escindir y separar con toda naturalidad sus motivaciones de sus actuaciones, una hipótesis más bien improbable. La idea-guía de privatizar la religión, vista desde la perspectiva institucional del Estado democrático, se transforma en el principio de laicidad estatal, una exigencia que se interpreta como una condición estructural de "neutralidad" y "ceguera" del aparato estatal ante la religión. Y también aquí surgen los problemas de interpretación y aplicación. En primer lugar, porque tiende a confundirse fácilmente el sujeto del que se habla al mencionar la laicidad, aplicando por igual dicha exigencia al Estado, a la sociedad, o al ciudadano mismo. Pero no es lo mismo "un Estado laico" que "una sociedad laica"; pues si bien lo primero es un ideal normativo para todo régimen democrático, lo segundo es una auténtica aporía: la sociedad no es laica ni es religiosa, es plural. Y, por otro lado, el concepto mismo de "laicidad" es bastante confuso cuando intenta contextualizarse, como lo denota el hecho de que no es nada claro cuál es exactamente su antónimo, es decir, qué excluye exactamente la exigencia de "laicidad estatal". Porque puede entenderse que a lo que se opone es a lo "clerical", de forma que la laicidad no sería sino la expresión acabada de la total y absoluta separación estructural entre Iglesia y Estado. Pero también puede interpretarse que el antónimo de "lo laico" es "lo religioso", de forma que un Estado que aspire a aquella denominación debería abstenerse radicalmente de cualquier contemplación de este fenómeno (debería ser "ciego ante la religión"). La reflexión sobre estas dificultades es especialmente oportuna en el momento histórico que vivimos, tanto con carácter general como con referencia concreta a la política española. En efecto, desde un punto de vista global es ya un tópico constatar que asistimos a una auténtica "vuelta de Dios" (G. KEPEL) en muchas áreas y países del mundo, que las religiones se han convertido en actores de primera importancia en los fenómenos geopolíticos. El mundo que está emergiendo después de la guerra fría es uno policéntrico en que los diferenciales ideológicos han retrocedido a favor de los sustratos culturales, y éstos arraigan siempre en el terreno firmísimo de los fondos de reserva religiosos (E. TRÍAS). Y desde una perspectiva más casera, es también patente que asistimos en nuestro país (al igual que en otros del sur de Europa) a una ofensiva de la Iglesia católica por recuperar su presencia en el espacio público y por influir activamente en la orientación de determinadas políticas concretas, singularmente las relacionadas con la familia, la bioética o la educación. Sucede además que este intento católico de recuperación de influencia se efectúa desde unos valores acusadamente conservadores, en general opuestos a los defendidos por el gobierno socialista español, con lo que se genera inevitablemente una encendida controversia política. Controversia, todo hay que decirlo, que es en muchos casos más efectista que sustantiva pues al socialismo le resulta políticamente muy rentable una "guerra de valores" con la Iglesia católica. El anticlericalismo es un sentimiento solidamente implantado en la sociedad española cuya agitación rinde siempre frutos seguros. Ahora bien, con independencia, de los intereses políticos concretos que se mueven en torno al tema, lo que es innegable es que asistimos a una confusa y ardiente polémica que no ayuda desde luego a la reflexión tranquila sobre la cuestión del papel de la religión en una democracia. Ni de la religión como fenómeno social, ni de la organización eclesial como grupo social, ni de las personas religiosas como ciudadanos concretos, pues todo ello queda inmerso y entremezclado en una controversia muy poco lúcida y reflexiva, que oscila entre dos exageraciones. La que exhiben los clérigos al reivindicar las verdades de la "recta razón" como límites infranqueables para el autodesarrollo de los regímenes democráticos, a los que acusan además de estar aquejados de un canceroso relativismo e indiferentismo ético. O la que patentizan los portavoces del gobierno al insistir en que la iglesia no puede adoptar posiciones políticas, y que cualquier manifestación de ella en este campo es tanto como intentar imponer su verdad particular a la sociedad entera. Más allá de los motivos concretos de esta revivida kulturkampf a la española, lo que pretendemos es sólo poner un poco de reflexión de carácter general, es decir, intentar comprender mejor cómo y dónde se sitúa la religión en una democracia actuante y ejerciente. No entramos en las concretas acusaciones cruzadas entre la cúpula de la jerarquía católica y el gobierno, sino que pretendemos abordar la cuestión desde un punto de vista mucho más abstracto. Tampoco deseamos significar nuestra opinión acerca del contenido concreto del mensaje que la iglesia católica difunde hoy entre nosotros (acusadamente conservador, lo hemos dicho), porque de lo que tratamos es de su derecho a difundir mensajes y los límites de ese derecho, no de su contenido concreto. Juzgar de la adecuación y prudencia de éste sería más bien cometido de los propios católicos. |
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| * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. |
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| * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. |
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| * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. |
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| "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g0npbi$1tr$1***localhost.localdomain... * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. --- Buenas Alba... no sé por qué hay que denunciar estos hechos, sinceramente. Si el aeropuerto tiene este servicio no entiendo por qué no va a anunciarlo por megafonía. Igual que tu lo denunciarías hay otras personas que lo agradecerán. No exigen que se asista. A veces hablamos de intolerancia y somos los peores intolerantes. MAR |
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| "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g0npbi$1tr$1***localhost.localdomain... * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. --- Buenas Alba... no sé por qué hay que denunciar estos hechos, sinceramente. Si el aeropuerto tiene este servicio no entiendo por qué no va a anunciarlo por megafonía. Igual que tu lo denunciarías hay otras personas que lo agradecerán. No exigen que se asista. A veces hablamos de intolerancia y somos los peores intolerantes. MAR |
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| "Alb-aroth" <jm_larumbeNONONO***yahoo.es> escribió en el mensaje news:g0npbi$1tr$1***localhost.localdomain... * jorfasan: > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA Ya. No hace ni cuatro dias que en el aeropuerto de madrid anunciaron por megafonía que la misa de 12 se podría celebrar en la capilla del recinto. Pa matarlos. Hasta que no esté de verdad la religión en el ámbito privado de cada cual, hay que denunciar estos hechos. --- Buenas Alba... no sé por qué hay que denunciar estos hechos, sinceramente. Si el aeropuerto tiene este servicio no entiendo por qué no va a anunciarlo por megafonía. Igual que tu lo denunciarías hay otras personas que lo agradecerán. No exigen que se asista. A veces hablamos de intolerancia y somos los peores intolerantes. MAR |
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| No he leído todo el artículo pero... ¿es democrático privatizar la religión? ¿es que cada uno no puede creer en lo que quiera? Pues vaya democracia de mierda... Yo soy cristiana, católica no siempre practicante, pero creo que, democráticamente, a de dar lo mismo eso que si soy budista o mahometana. MAR "jorfasan" <no***no.es> escribió en el mensaje news:1ih3zox.18h804q1iux6a8N%no***no.es... > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA > J.M. Ruiz Soroa > > > INTRODUCCIÓN.- > > La persistencia e importancia del fenómeno religioso en nuestras > sociedades modernas es un dato que puede interpretarse desde los > parámetros de la antropología, la sociología, el derecho o incluso la > filosofía; aquí, sin embargo, no hablamos tanto del fenómeno religioso > en sí mismo como del tratamiento que él merece y, sobre todo, el que > merecen los ciudadanos a los cuales afecta en una sociedad que se > organiza bajo los principios de la democracia constitucional. Nuestro > punto de vista es muy limitado en sus pretensiones y, formulado en > términos sencillos, lo que pretende es tan sólo aportar alguna respuesta > a una pregunta puramente política: ¿dónde ubicamos a la religión en una > democracia? O, lo que es lo mismo, ¿cómo deben manejar los ciudadanos > religiosos -los "ciudadanos metafísicos" como dice HABERMAS- sus > creencias y sentimientos de naturaleza trascendente cuando intervienen > en la esfera pública? ¿Y cómo deben contemplarlos los ciudadanos no > religiosos que inevitablemente dialogan con ellos? > > El canon liberal en esta cuestión ha sido el de que en las sociedades > modernas la religión está confinada o reducida al ámbito privado. Es una > respuesta con pretensiones tanto descriptivas como normativas. Pues por > un lado pretende detectar una consecuencia fáctica del proceso de > modernización, el de que la religión ha quedado reducida fundamentamente > en las actuales sociedades occidentales a ser una experiencia personal. > Y, por otro, busca establecer el principio de que en la esfera pública > sólo comparecen e intervienen unos ciudadanos abstraídos de sus > creencias trascendentales, despojados de cualquier particular creencia > omniabarcante o cosmovisión religiosa. Es el modelo de la "vida pública > vacía de religión". > > A pesar de su aceptación generalizada, un tanto acrítica, la > privatización de la religión suscita serias dificultades en su > aplicación concreta: en efecto, por un lado sucede que (sin desconocer > el valor de la experiencia religiosa como hecho individual e íntimo de > la persona) la religión es un fenómeno de naturaleza manifiesta y > directamente social, dado que pretende dar sentido a la vida humana y, > por ello, incorpora criterios de valor y normas con pretensiones de > orientar la totalidad de su conducta. Es incongruente con su propia > naturaleza y, sobre todo con su fuerza motivacional, pretender reducir > la religión al ámbito personal o privado. Y es que, por otro lado, > resulta difícil exigir a los ciudadanos religiosos que pongan entre > paréntesis sus creencias de origen sacro cuando intervienen en política, > precisamente porque esas creencias son las que inspiran y dotan de > sentido a su pensamiento en muchas de las materias convivenciales que > allí se resuelven. Esperar que los ciudadanos prescindan en el ámbito > público de sus creencias más fuertes supone admitir algo así como que > las personas podrían escindir y separar con toda naturalidad sus > motivaciones de sus actuaciones, una hipótesis más bien improbable. > > La idea-guía de privatizar la religión, vista desde la perspectiva > institucional del Estado democrático, se transforma en el principio de > laicidad estatal, una exigencia que se interpreta como una condición > estructural de "neutralidad" y "ceguera" del aparato estatal ante la > religión. Y también aquí surgen los problemas de interpretación y > aplicación. En primer lugar, porque tiende a confundirse fácilmente el > sujeto del que se habla al mencionar la laicidad, aplicando por igual > dicha exigencia al Estado, a la sociedad, o al ciudadano mismo. Pero no > es lo mismo "un Estado laico" que "una sociedad laica"; pues si bien lo > primero es un ideal normativo para todo régimen democrático, lo segundo > es una auténtica aporía: la sociedad no es laica ni es religiosa, es > plural. Y, por otro lado, el concepto mismo de "laicidad" es bastante > confuso cuando intenta contextualizarse, como lo denota el hecho de que > no es nada claro cuál es exactamente su antónimo, es decir, qué excluye > exactamente la exigencia de "laicidad estatal". Porque puede entenderse > que a lo que se opone es a lo "clerical", de forma que la laicidad no > sería sino la expresión acabada de la total y absoluta separación > estructural entre Iglesia y Estado. Pero también puede interpretarse que > el antónimo de "lo laico" es "lo religioso", de forma que un Estado que > aspire a aquella denominación debería abstenerse radicalmente de > cualquier contemplación de este fenómeno (debería ser "ciego ante la > religión"). > > La reflexión sobre estas dificultades es especialmente oportuna en el > momento histórico que vivimos, tanto con carácter general como con > referencia concreta a la política española. En efecto, desde un punto de > vista global es ya un tópico constatar que asistimos a una auténtica > "vuelta de Dios" (G. KEPEL) en muchas áreas y países del mundo, que las > religiones se han convertido en actores de primera importancia en los > fenómenos geopolíticos. El mundo que está emergiendo después de la > guerra fría es uno policéntrico en que los diferenciales ideológicos han > retrocedido a favor de los sustratos culturales, y éstos arraigan > siempre en el terreno firmísimo de los fondos de reserva religiosos (E. > TRÍAS). Y desde una perspectiva más casera, es también patente que > asistimos en nuestro país (al igual que en otros del sur de Europa) a > una ofensiva de la Iglesia católica por recuperar su presencia en el > espacio público y por influir activamente en la orientación de > determinadas políticas concretas, singularmente las relacionadas con la > familia, la bioética o la educación. Sucede además que este intento > católico de recuperación de influencia se efectúa desde unos valores > acusadamente conservadores, en general opuestos a los defendidos por el > gobierno socialista español, con lo que se genera inevitablemente una > encendida controversia política. Controversia, todo hay que decirlo, que > es en muchos casos más efectista que sustantiva pues al socialismo le > resulta políticamente muy rentable una "guerra de valores" con la > Iglesia católica. El anticlericalismo es un sentimiento solidamente > implantado en la sociedad española cuya agitación rinde siempre frutos > seguros. > > Ahora bien, con independencia, de los intereses políticos concretos que > se mueven en torno al tema, lo que es innegable es que asistimos a una > confusa y ardiente polémica que no ayuda desde luego a la reflexión > tranquila sobre la cuestión del papel de la religión en una democracia. > Ni de la religión como fenómeno social, ni de la organización eclesial > como grupo social, ni de las personas religiosas como ciudadanos > concretos, pues todo ello queda inmerso y entremezclado en una > controversia muy poco lúcida y reflexiva, que oscila entre dos > exageraciones. La que exhiben los clérigos al reivindicar las verdades > de la "recta razón" como límites infranqueables para el autodesarrollo > de los regímenes democráticos, a los que acusan además de estar > aquejados de un canceroso relativismo e indiferentismo ético. O la que > patentizan los portavoces del gobierno al insistir en que la iglesia no > puede adoptar posiciones políticas, y que cualquier manifestación de > ella en este campo es tanto como intentar imponer su verdad particular a > la sociedad entera. > > Más allá de los motivos concretos de esta revivida kulturkampf a la > española, lo que pretendemos es sólo poner un poco de reflexión de > carácter general, es decir, intentar comprender mejor cómo y dónde se > sitúa la religión en una democracia actuante y ejerciente. No entramos > en las concretas acusaciones cruzadas entre la cúpula de la jerarquía > católica y el gobierno, sino que pretendemos abordar la cuestión desde > un punto de vista mucho más abstracto. Tampoco deseamos significar > nuestra opinión acerca del contenido concreto del mensaje que la iglesia > católica difunde hoy entre nosotros (acusadamente conservador, lo hemos > dicho), porque de lo que tratamos es de su derecho a difundir mensajes y > los límites de ese derecho, no de su contenido concreto. Juzgar de la > adecuación y prudencia de éste sería más bien cometido de los propios > católicos. |
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| No he leído todo el artículo pero... ¿es democrático privatizar la religión? ¿es que cada uno no puede creer en lo que quiera? Pues vaya democracia de mierda... Yo soy cristiana, católica no siempre practicante, pero creo que, democráticamente, a de dar lo mismo eso que si soy budista o mahometana. MAR "jorfasan" <no***no.es> escribió en el mensaje news:1ih3zox.18h804q1iux6a8N%no***no.es... > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA > J.M. Ruiz Soroa > > > INTRODUCCIÓN.- > > La persistencia e importancia del fenómeno religioso en nuestras > sociedades modernas es un dato que puede interpretarse desde los > parámetros de la antropología, la sociología, el derecho o incluso la > filosofía; aquí, sin embargo, no hablamos tanto del fenómeno religioso > en sí mismo como del tratamiento que él merece y, sobre todo, el que > merecen los ciudadanos a los cuales afecta en una sociedad que se > organiza bajo los principios de la democracia constitucional. Nuestro > punto de vista es muy limitado en sus pretensiones y, formulado en > términos sencillos, lo que pretende es tan sólo aportar alguna respuesta > a una pregunta puramente política: ¿dónde ubicamos a la religión en una > democracia? O, lo que es lo mismo, ¿cómo deben manejar los ciudadanos > religiosos -los "ciudadanos metafísicos" como dice HABERMAS- sus > creencias y sentimientos de naturaleza trascendente cuando intervienen > en la esfera pública? ¿Y cómo deben contemplarlos los ciudadanos no > religiosos que inevitablemente dialogan con ellos? > > El canon liberal en esta cuestión ha sido el de que en las sociedades > modernas la religión está confinada o reducida al ámbito privado. Es una > respuesta con pretensiones tanto descriptivas como normativas. Pues por > un lado pretende detectar una consecuencia fáctica del proceso de > modernización, el de que la religión ha quedado reducida fundamentamente > en las actuales sociedades occidentales a ser una experiencia personal. > Y, por otro, busca establecer el principio de que en la esfera pública > sólo comparecen e intervienen unos ciudadanos abstraídos de sus > creencias trascendentales, despojados de cualquier particular creencia > omniabarcante o cosmovisión religiosa. Es el modelo de la "vida pública > vacía de religión". > > A pesar de su aceptación generalizada, un tanto acrítica, la > privatización de la religión suscita serias dificultades en su > aplicación concreta: en efecto, por un lado sucede que (sin desconocer > el valor de la experiencia religiosa como hecho individual e íntimo de > la persona) la religión es un fenómeno de naturaleza manifiesta y > directamente social, dado que pretende dar sentido a la vida humana y, > por ello, incorpora criterios de valor y normas con pretensiones de > orientar la totalidad de su conducta. Es incongruente con su propia > naturaleza y, sobre todo con su fuerza motivacional, pretender reducir > la religión al ámbito personal o privado. Y es que, por otro lado, > resulta difícil exigir a los ciudadanos religiosos que pongan entre > paréntesis sus creencias de origen sacro cuando intervienen en política, > precisamente porque esas creencias son las que inspiran y dotan de > sentido a su pensamiento en muchas de las materias convivenciales que > allí se resuelven. Esperar que los ciudadanos prescindan en el ámbito > público de sus creencias más fuertes supone admitir algo así como que > las personas podrían escindir y separar con toda naturalidad sus > motivaciones de sus actuaciones, una hipótesis más bien improbable. > > La idea-guía de privatizar la religión, vista desde la perspectiva > institucional del Estado democrático, se transforma en el principio de > laicidad estatal, una exigencia que se interpreta como una condición > estructural de "neutralidad" y "ceguera" del aparato estatal ante la > religión. Y también aquí surgen los problemas de interpretación y > aplicación. En primer lugar, porque tiende a confundirse fácilmente el > sujeto del que se habla al mencionar la laicidad, aplicando por igual > dicha exigencia al Estado, a la sociedad, o al ciudadano mismo. Pero no > es lo mismo "un Estado laico" que "una sociedad laica"; pues si bien lo > primero es un ideal normativo para todo régimen democrático, lo segundo > es una auténtica aporía: la sociedad no es laica ni es religiosa, es > plural. Y, por otro lado, el concepto mismo de "laicidad" es bastante > confuso cuando intenta contextualizarse, como lo denota el hecho de que > no es nada claro cuál es exactamente su antónimo, es decir, qué excluye > exactamente la exigencia de "laicidad estatal". Porque puede entenderse > que a lo que se opone es a lo "clerical", de forma que la laicidad no > sería sino la expresión acabada de la total y absoluta separación > estructural entre Iglesia y Estado. Pero también puede interpretarse que > el antónimo de "lo laico" es "lo religioso", de forma que un Estado que > aspire a aquella denominación debería abstenerse radicalmente de > cualquier contemplación de este fenómeno (debería ser "ciego ante la > religión"). > > La reflexión sobre estas dificultades es especialmente oportuna en el > momento histórico que vivimos, tanto con carácter general como con > referencia concreta a la política española. En efecto, desde un punto de > vista global es ya un tópico constatar que asistimos a una auténtica > "vuelta de Dios" (G. KEPEL) en muchas áreas y países del mundo, que las > religiones se han convertido en actores de primera importancia en los > fenómenos geopolíticos. El mundo que está emergiendo después de la > guerra fría es uno policéntrico en que los diferenciales ideológicos han > retrocedido a favor de los sustratos culturales, y éstos arraigan > siempre en el terreno firmísimo de los fondos de reserva religiosos (E. > TRÍAS). Y desde una perspectiva más casera, es también patente que > asistimos en nuestro país (al igual que en otros del sur de Europa) a > una ofensiva de la Iglesia católica por recuperar su presencia en el > espacio público y por influir activamente en la orientación de > determinadas políticas concretas, singularmente las relacionadas con la > familia, la bioética o la educación. Sucede además que este intento > católico de recuperación de influencia se efectúa desde unos valores > acusadamente conservadores, en general opuestos a los defendidos por el > gobierno socialista español, con lo que se genera inevitablemente una > encendida controversia política. Controversia, todo hay que decirlo, que > es en muchos casos más efectista que sustantiva pues al socialismo le > resulta políticamente muy rentable una "guerra de valores" con la > Iglesia católica. El anticlericalismo es un sentimiento solidamente > implantado en la sociedad española cuya agitación rinde siempre frutos > seguros. > > Ahora bien, con independencia, de los intereses políticos concretos que > se mueven en torno al tema, lo que es innegable es que asistimos a una > confusa y ardiente polémica que no ayuda desde luego a la reflexión > tranquila sobre la cuestión del papel de la religión en una democracia. > Ni de la religión como fenómeno social, ni de la organización eclesial > como grupo social, ni de las personas religiosas como ciudadanos > concretos, pues todo ello queda inmerso y entremezclado en una > controversia muy poco lúcida y reflexiva, que oscila entre dos > exageraciones. La que exhiben los clérigos al reivindicar las verdades > de la "recta razón" como límites infranqueables para el autodesarrollo > de los regímenes democráticos, a los que acusan además de estar > aquejados de un canceroso relativismo e indiferentismo ético. O la que > patentizan los portavoces del gobierno al insistir en que la iglesia no > puede adoptar posiciones políticas, y que cualquier manifestación de > ella en este campo es tanto como intentar imponer su verdad particular a > la sociedad entera. > > Más allá de los motivos concretos de esta revivida kulturkampf a la > española, lo que pretendemos es sólo poner un poco de reflexión de > carácter general, es decir, intentar comprender mejor cómo y dónde se > sitúa la religión en una democracia actuante y ejerciente. No entramos > en las concretas acusaciones cruzadas entre la cúpula de la jerarquía > católica y el gobierno, sino que pretendemos abordar la cuestión desde > un punto de vista mucho más abstracto. Tampoco deseamos significar > nuestra opinión acerca del contenido concreto del mensaje que la iglesia > católica difunde hoy entre nosotros (acusadamente conservador, lo hemos > dicho), porque de lo que tratamos es de su derecho a difundir mensajes y > los límites de ese derecho, no de su contenido concreto. Juzgar de la > adecuación y prudencia de éste sería más bien cometido de los propios > católicos. |
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| No he leído todo el artículo pero... ¿es democrático privatizar la religión? ¿es que cada uno no puede creer en lo que quiera? Pues vaya democracia de mierda... Yo soy cristiana, católica no siempre practicante, pero creo que, democráticamente, a de dar lo mismo eso que si soy budista o mahometana. MAR "jorfasan" <no***no.es> escribió en el mensaje news:1ih3zox.18h804q1iux6a8N%no***no.es... > Os pego un txt que me remitieron la semana pasada, mejor dicho, su > introducción. > > http://myfreefilehosting.com/f/61b70d68b9_0.03MB > > > RELIGIÓN EN DEMOCRACIA > J.M. Ruiz Soroa > > > INTRODUCCIÓN.- > > La persistencia e importancia del fenómeno religioso en nuestras > sociedades modernas es un dato que puede interpretarse desde los > parámetros de la antropología, la sociología, el derecho o incluso la > filosofía; aquí, sin embargo, no hablamos tanto del fenómeno religioso > en sí mismo como del tratamiento que él merece y, sobre todo, el que > merecen los ciudadanos a los cuales afecta en una sociedad que se > organiza bajo los principios de la democracia constitucional. Nuestro > punto de vista es muy limitado en sus pretensiones y, formulado en > términos sencillos, lo que pretende es tan sólo aportar alguna respuesta > a una pregunta puramente política: ¿dónde ubicamos a la religión en una > democracia? O, lo que es lo mismo, ¿cómo deben manejar los ciudadanos > religiosos -los "ciudadanos metafísicos" como dice HABERMAS- sus > creencias y sentimientos de naturaleza trascendente cuando intervienen > en la esfera pública? ¿Y cómo deben contemplarlos los ciudadanos no > religiosos que inevitablemente dialogan con ellos? > > El canon liberal en esta cuestión ha sido el de que en las sociedades > modernas la religión está confinada o reducida al ámbito privado. Es una > respuesta con pretensiones tanto descriptivas como normativas. Pues por > un lado pretende detectar una consecuencia fáctica del proceso de > modernización, el de que la religión ha quedado reducida fundamentamente > en las actuales sociedades occidentales a ser una experiencia personal. > Y, por otro, busca establecer el principio de que en la esfera pública > sólo comparecen e intervienen unos ciudadanos abstraídos de sus > creencias trascendentales, despojados de cualquier particular creencia > omniabarcante o cosmovisión religiosa. Es el modelo de la "vida pública > vacía de religión". > > A pesar de su aceptación generalizada, un tanto acrítica, la > privatización de la religión suscita serias dificultades en su > aplicación concreta: en efecto, por un lado sucede que (sin desconocer > el valor de la experiencia religiosa como hecho individual e íntimo de > la persona) la religión es un fenómeno de naturaleza manifiesta y > directamente social, dado que pretende dar sentido a la vida humana y, > por ello, incorpora criterios de valor y normas con pretensiones de > orientar la totalidad de su conducta. Es incongruente con su propia > naturaleza y, sobre todo con su fuerza motivacional, pretender reducir > la religión al ámbito personal o privado. Y es que, por otro lado, > resulta difícil exigir a los ciudadanos religiosos que pongan entre > paréntesis sus creencias de origen sacro cuando intervienen en política, > precisamente porque esas creencias son las que inspiran y dotan de > sentido a su pensamiento en muchas de las materias convivenciales que > allí se resuelven. Esperar que los ciudadanos prescindan en el ámbito > público de sus creencias más fuertes supone admitir algo así como que > las personas podrían escindir y separar con toda naturalidad sus > motivaciones de sus actuaciones, una hipótesis más bien improbable. > > La idea-guía de privatizar la religión, vista desde la perspectiva > institucional del Estado democrático, se transforma en el principio de > laicidad estatal, una exigencia que se interpreta como una condición > estructural de "neutralidad" y "ceguera" del aparato estatal ante la > religión. Y también aquí surgen los problemas de interpretación y > aplicación. En primer lugar, porque tiende a confundirse fácilmente el > sujeto del que se habla al mencionar la laicidad, aplicando por igual > dicha exigencia al Estado, a la sociedad, o al ciudadano mismo. Pero no > es lo mismo "un Estado laico" que "una sociedad laica"; pues si bien lo > primero es un ideal normativo para todo régimen democrático, lo segundo > es una auténtica aporía: la sociedad no es laica ni es religiosa, es > plural. Y, por otro lado, el concepto mismo de "laicidad" es bastante > confuso cuando intenta contextualizarse, como lo denota el hecho de que > no es nada claro cuál es exactamente su antónimo, es decir, qué excluye > exactamente la exigencia de "laicidad estatal". Porque puede entenderse > que a lo que se opone es a lo "clerical", de forma que la laicidad no > sería sino la expresión acabada de la total y absoluta separación > estructural entre Iglesia y Estado. Pero también puede interpretarse que > el antónimo de "lo laico" es "lo religioso", de forma que un Estado que > aspire a aquella denominación debería abstenerse radicalmente de > cualquier contemplación de este fenómeno (debería ser "ciego ante la > religión"). > > La reflexión sobre estas dificultades es especialmente oportuna en el > momento histórico que vivimos, tanto con carácter general como con > referencia concreta a la política española. En efecto, desde un punto de > vista global es ya un tópico constatar que asistimos a una auténtica > "vuelta de Dios" (G. KEPEL) en muchas áreas y países del mundo, que las > religiones se han convertido en actores de primera importancia en los > fenómenos geopolíticos. El mundo que está emergiendo después de la > guerra fría es uno policéntrico en que los diferenciales ideológicos han > retrocedido a favor de los sustratos culturales, y éstos arraigan > siempre en el terreno firmísimo de los fondos de reserva religiosos (E. > TRÍAS). Y desde una perspectiva más casera, es también patente que > asistimos en nuestro país (al igual que en otros del sur de Europa) a > una ofensiva de la Iglesia católica por recuperar su presencia en el > espacio público y por influir activamente en la orientación de > determinadas políticas concretas, singularmente las relacionadas con la > familia, la bioética o la educación. Sucede además que este intento > católico de recuperación de influencia se efectúa desde unos valores > acusadamente conservadores, en general opuestos a los defendidos por el > gobierno socialista español, con lo que se genera inevitablemente una > encendida controversia política. Controversia, todo hay que decirlo, que > es en muchos casos más efectista que sustantiva pues al socialismo le > resulta políticamente muy rentable una "guerra de valores" con la > Iglesia católica. El anticlericalismo es un sentimiento solidamente > implantado en la sociedad española cuya agitación rinde siempre frutos > seguros. > > Ahora bien, con independencia, de los intereses políticos concretos que > se mueven en torno al tema, lo que es innegable es que asistimos a una > confusa y ardiente polémica que no ayuda desde luego a la reflexión > tranquila sobre la cuestión del papel de la religión en una democracia. > Ni de la religión como fenómeno social, ni de la organización eclesial > como grupo social, ni de las personas religiosas como ciudadanos > concretos, pues todo ello queda inmerso y entremezclado en una > controversia muy poco lúcida y reflexiva, que oscila entre dos > exageraciones. La que exhiben los clérigos al reivindicar las verdades > de la "recta razón" como límites infranqueables para el autodesarrollo > de los regímenes democráticos, a los que acusan además de estar > aquejados de un canceroso relativismo e indiferentismo ético. O la que > patentizan los portavoces del gobierno al insistir en que la iglesia no > puede adoptar posiciones políticas, y que cualquier manifestación de > ella en este campo es tanto como intentar imponer su verdad particular a > la sociedad entera. > > Más allá de los motivos concretos de esta revivida kulturkampf a la > española, lo que pretendemos es sólo poner un poco de reflexión de > carácter general, es decir, intentar comprender mejor cómo y dónde se > sitúa la religión en una democracia actuante y ejerciente. No entramos > en las concretas acusaciones cruzadas entre la cúpula de la jerarquía > católica y el gobierno, sino que pretendemos abordar la cuestión desde > un punto de vista mucho más abstracto. Tampoco deseamos significar > nuestra opinión acerca del contenido concreto del mensaje que la iglesia > católica difunde hoy entre nosotros (acusadamente conservador, lo hemos > dicho), porque de lo que tratamos es de su derecho a difundir mensajes y > los límites de ese derecho, no de su contenido concreto. Juzgar de la > adecuación y prudencia de éste sería más bien cometido de los propios > católicos. |
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