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| Sábado, 17 de mayo, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Nuestras condolencias son para las victimas de nuestros hermanos y hermanas de la gran hermana nación de China y de Myanmar (Birmania) también, en donde muchos han sufrido los terribles azotes de la naturaleza traicionera. Oramos por cada uno de ellos y sus familias, para que nuestro Padre Celestial, por medio del Espíritu de la gracia y la bendición infinita de su sangre sacrificada por el perdón y por el bienestar de todos nosotros, no les falte jamás, sino que por siempre los bendiga enormemente y sin cesar. Todos los que han parido de nuestras vidas humanas de la tierra, pues ahora han encontrado su nueva y verdadera vida celestial e infinita, llena de gozo, de paz y de la gloria eterna de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo, ¡nuestro Árbol de la vida y de la salud eterna! Hoy en día, cada uno de ellos goza de las bendiciones infinitas de nuestro Salvador Jesucristo, porque esta es la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial, que todos ellos vivan sus vidas eternas junto a él y sus ángeles del reino de los cielos. ¡Amén! Que nuestro Padre Celestial los siga bendiciendo grandemente a toda hora del día a cada uno de ustedes, nuestros hermanos y hermanas del Continente Asiático, es nuestra oración constante hacia en cielo, en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo.) (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) EL QUE NO AMA A JESUCRISTO, PECA PEOR QUE EL DIABLO: El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio en contra de Dios y de su Jesucristo; es decir, que no es nada nuevo que Satanás esté siempre atacando la palabra y el nombre sagrado de su Hijo amado en el corazón del hombre de toda la tierra, desde la antigüedad y hasta nuestros días. Pues para esto fue necesario enviar al Señor Jesucristo a Israel primero y luego a toda la tierra, a través del poder de su evangelio vivo y eterno: «para por fin desbaratar las obras de Satanás en el paraíso, en la tierra y así también en el más allá, eternamente y para siempre». Puesto que, solamente nuestro Señor Jesucristo puede realmente deshacer las obras del diablo, «ya que fue él quien lo formo en el día de su creación como querubín protector del nombre bendito de Dios», por los poderes sobrenaturales de su palabra santa. Por lo tanto, nuestro Padre Celestial puede trastornar cada una de las obras de Satanás, las cuales han entrado al mundo para destruir toda vida humana, «comenzando con la misma obra de su Espíritu Santo en su gran rey Mesías celestial, en el corazón y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Y Satanás ha descendido del paraíso a la tierra, porque está sumamente enojado no sólo con Dios, sino también con la obra perfecta de sus manos santas y las de su Espíritu Santo: el hombre, como tú y yo hoy en día, mi estimado hermano; y cada vez que el nombre de Jesucristo es invocado, «entonces Satanás se enoja de modo espantoso». A causa de que Satanás no quiere que el nombre de nuestro Padre Celestial, el cual habita en perfecta santidad en el corazón del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, «no sea honrado ni mucho menos exaltado jamás»; y esto es como una lucha sin fin, «para humillar el nombre bendito de nuestro Creador, cueste lo que cueste». En la medida en que, el nombre bendito de nuestro Padre Celestial habita en perfecta santidad y gloria infinita, precisamente en el corazón del Árbol de la vida eterna, su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo: «para que jamás sea tocado por Satanás ni por ningún mal del pecado o por ninguna de sus tinieblas terribles, por ejemplo». Por ello, hay tantos mentirosos y malvados por doquier, los cuales siempre están haciendo sus obras malvadas, no tanto para destruir la vida humana, sino la obra de Dios primordialmente, «la cual descendió del cielo para tocar nuestras vidas grandemente, para que nuestro Dios sea glorificado por el hombre, así como lo es en el cielo por los ángeles». Dado que, si Jesucristo es invocado por el pecador y por la pecadora de toda la tierra, entonces hay libertad y sanidad infinita para muchos, porque el nombre sagrado de nuestro Dios está siendo honrado, cuando Satanás desea todo lo contrario; y esto es de blasfemarlo cada vez que pueda «para encender la ira de Dios, para mal de muchos desdichadamente». Por esta razón, cuando vemos al pecado multiplicarse como flor silvestre y sin control por muchos lugares de la tierra, entonces esto significa que el espíritu de error de Satanás está haciendo de las suyas; y, evidentemente «muchos caen en problemas terribles o se enferman y hasta en muchos casos, pierden sus vidas horrorosamente». Entonces el enemigo de Dios y de su Jesucristo en toda la humanidad está haciendo de las suyas como siempre, como en el paraíso con Adán y Eva, «para que el fruto del Árbol de la vida no llegue a entrar en el corazón del hombre», y así nuestro Dios no sea glorificado por nosotros en el mundo entero. Y esto es un mal terrible, el cual toma lugar día y noche en muchos si no en todos los lugares de la tierra, «para que haya menos luz del cielo y más tinieblas de Satanás en la vida de la humanidad entera y sus naciones, por ejemplo». Además, sólo la verdad de nuestro Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones puede vencer día y noche cada uno de los males del enemigo de Dios y de nuestras vidas del paraíso, de la tierra y de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, hoy y siempre en la eternidad: porque «sólo Jesucristo es el poder de Dios en nuestras vidas». Y sin el Señor Jesucristo, «nuestro Padre Celestial no puede hacer nada para descomponer las mentiras y las malas obras de Satanás, en el corazón de la humanidad entera y sus naciones». Por lo tanto, cada uno de nosotros es el centro de esta gran lucha de Dios en contra del mal de Satanás, para que el nombre y las mentiras de Satanás no prevalezcan jamás, sino sólo el nombre y la verdad infinita de la justicia celestial y divina de su Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! En realidad, esta es la lucha de Satanás principalmente desde el comienzo de las cosas en el cielo, primero con los ángeles y luego en el paraíso con el hombre, como hoy mismo, en tu corazón mi estimado hermano y mi estimada hermana: «para que el nombre santísimo, no sólo no sea conocido por ti, sino para que no lo invoques jamás». Y así todos mueran para siempre, sin jamás volver a ver la luz del día del paraíso. Es por eso que Satanás usa mucho al mentiroso y al malvado igual en toda la tierra, de una manera u otra, para que personas como tú y yo, no se encuentren con la verdad y con la justicia infinita de la bendición eterna de Dios y de su Jesucristo en sus corazones, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y este es un mal terrible, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, el cual no cesa de cobrar víctimas día y noche y sin cesar de gentes ingenuas, «de las cuales caen en las mentiras del mentiroso o en las maldades del malvado común en toda la tierra». Porque la verdad es que cada vez que el nombre de nuestro Señor Jesucristo es invocado por nuestros labios, entonces Satanás pierde terreno en el cielo y en la tierra también, «para que sus obras y sus muchas maldades no tengan ningún efecto en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera». Es decir, que cada vez que su nombre es invocado por los labios del hombre, entonces poderes y autoridades de gran luz celestial divina comienzan a obrar en su vida, para bien de su espíritu y cuerpo humano, y así también «para bien de los suyos en toda la tierra, para que vean y conozcan por fin la gloria de Dios». En la medida en que, el hombre hoy en día, como en los días del paraíso o sus primeros días de vida por la tierra, sólo ha conocido la mala vida y rebelde de Satanás y de sus ángeles caídos en contra de Dios y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y es por eso que al hombre se le ha hecho siempre difícil conocer a su Dios y a su Jesucristo, «porque el espíritu de error de la sangre de Adán corre por sus venas para mal de su vida y de los suyos, en el paraíso, en la tierra y hasta en el más allá también, como en el infierno». Es por eso que el pecador y la pecadora mienten como los más viles enemigos de Dios y de su Jesucristo, porque el espíritu de su sangre es el espíritu de error de la sangre de Adán y más no el Espíritu del cumplimiento de la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y esta es una lucha incesante en el corazón del hombre entre las tinieblas de Satanás y la luz del Señor Jesucristo: porque fue el Señor Jesucristo quien dijo: «Yo soy la luz del mundo»; por lo tanto, sólo Dios puede ayudar al hombre a vencer el mal de Satanás en su vida, y sólo con Jesucristo viviendo en su corazón. Ya que, sólo el Espíritu de la sangre viviente y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo puede no sólo expiar por nuestros pecados, sino también perdonarnos del mal eterno de cada uno de ellos, y hasta el punto de hacer que el ángel de la muerte ya no tenga poder alguno en nuestras vidas, para destruirnos en el infierno como antes de Jesucristo. Porque sólo Jesucristo es la muerte del ángel de la muerte en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, por siempre jamás; es decir, también «que con Jesucristo en nuestras vidas ya no existe el día de la muerte para ninguno de nosotros, porque el ángel de la muerte ya está muerto eternamente en nuestro Jesucristo». Por deducción, si el ángel de la muerte ya está muerto para nosotros para siempre, desde el día que nuestro Señor Jesucristo le declaro abiertamente al ángel de la muerte que él es su muerte, «pues entonces ya nadie nos puede quitar la vida jamás»; por ende somos libres del poder de la muerte, ¡gracias a la sangre expiatoria de Jesucristo siempre! Es por eso que el Señor Jesucristo es tan importante en nuestras vidas hoy en día, como lo fue para Adán y Eva en el paraíso y para los hebreos en el desierto, «para que no sólo no pequen jamás delante de Dios, sino para que cumplan siempre con la voluntad perfecta de nuestro Creador y de su Espíritu Santo». Y esto es de que el Espíritu de Sus Diez Mandamientos sea por siempre honrado e infinitamente cumplido en nuestros corazones eternos, no sólo en la tierra sino también en nuestras vidas celestiales de la nueva eternidad venidera; «porque sólo el Señor Jesucristo es el único cumplimento posible, perfecto y cabal del Espíritu de Los Diez Mandamientos en nuestras nuevas vidas infinitas». Además, esto es ya una realidad en nuestras vidas antiguas primeramente del paraíso y así también de La Nueva Jerusalén celestial, para que el nombre de nuestro Dios ya no sea más profanado por el espíritu de error de Satanás en nuestra sangre humana, «sino honrado continuamente por la sangre expiatoria de su fruto de vida eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Entonces esta es una verdad antigua e infinita, la cual puede cambiar drásticamente la vida de cualquier mentiroso o de cualquier malvado de toda la tierra, «sí tan sólo se arrepiente de su pecado y confiesa con sus labios la sangre expiatoria de Jesucristo»; porque «sólo Jesucristo es el fin del pecado y de la maldad del pecador para siempre». Y sólo así entonces nuestros corazones podrán realmente no sólo conocer las bendiciones infinitas de la vida eterna, «sino que también podremos conocer a nuestro Dios y Fundador de nuestras nuevas vidas del paraíso, de la tierra y del nuevo reino celestial». En vista de que, a nuestro Padre Celestial tenemos que conocerlo divinamente, «solamente en una vida totalmente nueva e infinitamente gloriosa, como la de él mismo, como la de su Hijo amado o como la de su Espíritu Santo»; es por eso que es difícil conocer a nuestro Dios en la vida que hemos recibido de Adán, infinitamente rebelde a la Ley divina. Entonces para nosotros comenzar a conocer a nuestro Padre Celestial, sólo es posible por medio de la invocación y el conocimiento del nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro único fruto de vida eterna posible en el paraíso, en la tierra y así también infinitamente en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En cuanto que, con la vida de Adán, la cual peca primeramente en el paraíso, al comer del fruto prohibido, no podremos realmente jamás conocer a nuestro Salvador Jesucristo, ni menos a Dios, ni mucho menos a su Espíritu Santo, como debe de ser en nuestros corazones, en la tierra y en el paraíso, por ejemplo, y para la nueva eternidad venidera. Porque fuera del Señor Jesucristo «entonces no existe ninguna otra verdad salvadora para alimentar el corazón, el espíritu, el alma, el cuerpo y la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo». Es por eso que vivimos día y noche «desnutridos», espiritualmente hablando, de todo lo que es el Espíritu de la palabra y del nombre sagrado de nuestro Padre Celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!; «porque sólo el Árbol de la vida es la verdadera comida y bebida para vida y salud eterna de la humanidad entera». Y un mentiroso y así también como un blasfemo, «es realmente un alma totalmente desnutrida del Espíritu viviente de la verdad y de la justicia infinita del Dios de su alma eterna», en la tierra y en el cielo también; porque no sólo de pan vivirá el hombre, «sino de toda palabra que salga de la boca de su Creador». Y es por eso que muere día a día el alma pecadora del hombre y de la mujer igual, como cada vez que ciegamente miente y hace maldades tras maldades en su vida, para dañar no sólo la vida de los demás, sino también nuestra madre tierra; y esto es pecado de condena eterna, para nuestro Dios que está en los cielos. Entonces esta es la verdadera lucha de cada uno de nosotros, en todas las naciones de la tierra, «de que Satanás con la ayuda de sus profundas tinieblas no deja que el nombre glorioso del Señor Jesucristo sea conocido como debe de ser, por nuestros corazones y por nuestras almas infinitas», para gloria y honra eterna de nuestro Padre Celestial. Porque todo aquel que puede invocar el nombre del Señor Jesucristo con sus labios, entonces es porque el Espíritu de Dios está obrando en su vida grandemente; y si el Espíritu de Dios está obrando en su vida, «entonces esto significa que Dios está con él para bien de su vida en la tierra y en la eternidad venidera también». Pero el mentiroso y el malvado de toda la tierra no conocen esta verdad celestial e infinita en sus corazones, «por lo tanto están tan muertos ya, como el mismo ángel de la muerte». Y a causa de esta gran desgracia espiritual, entonces el corazón del hombre sigue su curso de pecado y de maldades terribles, siempre inventándose más mentiras y calumnias despeluznantes por el espíritu de error, para hacerle daño no sólo a la vida del hombre, sino, de una manera u otra, a nuestro Creador, a su Espíritu Santo y a su Jesucristo principalmente. Ya que, los ataques de Satanás son lanzados en contra de Dios, humillando al Señor Jesucristo terriblemente siempre, «para tocar su corazón santísimo y así hacerle todo el daño posible que le pueda hacer a él, en su pecado y en su maldad terrible de su ceguera espiritual, con la ayuda idónea de todo mentiroso y malvado de la tierra». Porque toda mentira, calumnia, infamia y maldad lanzada por Satanás y sus gentes de la mentira eterna hacia las gentes de los pueblos de Dios, «en verdad no está atacando a la vida del hombre, sino a Dios mismo y primordialmente al fruto del Árbol de la vida», ¡nuestro Salvador Jesucristo! En otras palabras, cada vez que el hombre es herido por las mentiras, calumnias e infamias del espíritu perdido de Satanás, «entonces nuestro Padre Celestial que está en los cielos es herido terriblemente de la misma manera, como cuando Lucifer se sublevo en contra de su nombre muy santo, en el corazón de los ángeles del cielo, por ejemplo». Aquí fue cuando nacía el mentiroso y el espíritu malvado del hombre cruel y vil, rencoroso de todo lo que es de Dios y de su Jesucristo, en el corazón de cada ángel del cielo y así también del hombre de la tierra; «y es por ellos que nuestro Dios se irrita de repente para castigar al mundo entero, por sus maldades». Pues podemos ver también, como su Jesucristo sufrió por nosotros al ser clavado a los árboles secos y sin vida de Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, «para cumplir las escrituras y los sacrificios de Aron para generaciones futuras, para ponerle fin a la desobediencia infinita hacia Los Diez Mandamientos celestiales». Y sólo así entonces poder ponerle fin a la vida malvada y pecadora de todo mentiroso y malvado cruel de toda la tierra para siempre, para gloria y tranquilidad infinita de nuestro Padre Celestial y de su nombre santísimo en el cielo, por ejemplo. Porque desde el día que nuestro Dios le entrego sus ordenanzas santas a Moisés sobre el Sinaí, «el hombre no ha dejado de deshonrarlas en su corazón y en cada día de su vida por la tierra»; y nuestro Dios sufre cada día por este mal terrible constantemente en su corazón santísimo, «ampliando así su ira incontenible sobre sus enemigos de siempre». Por lo tanto, esto es muerte y condena eterna para cualquier infractor del Espíritu de sus leyes sagradas e infinitas, el cual nuestro Dios no perdonara jamás «a no ser que Jesucristo interceda por él, como Moisés rogó por Israel para no ser destruido en aquellos días, a las faldas del Sinaí, cuando pecaba ciegamente con su cordero fundido en oro». Porque fue la oración de Moisés la cual salvo de una muerte segura a todo Israel a las faldas del Sinaí, delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo; «pues hoy en día es la misma oración salvadora, la cual ya está en nuestros corazones y en nuestros labios para elevarse a nuestro Dios, si sólo creemos en su Jesucristo». Es decir, que lo único que tenemos que hacer, «es hacer la misma oración salvadora, como Moisés la hizo por Israel, y así también como nuestro Salvador Jesucristo la hizo antes de morir por nosotros y, sólo así nos salvara de nuestras transgresiones al Espíritu de Los Diez Mandamientos, sí sólo creemos en Él y honramos su nombre con nuestros labios, continuamente». Porque la verdad es que sólo la invocación, y así también la oración hecha a nuestro Padre Celestial, en el nombre misterioso del Señor Jesucristo, no sólo nos perdona nuestros pecados, «sino que cumple infinitamente con el Espíritu de Los Diez Mandamientos eternos, para nuestro Creador y para su Espíritu Santo, para no vivir más condenados, sino bendecidos por Dios constantemente». En vista de que, esta era la única manera posible para no sólo cumplir con el Espíritu de las ordenanzas y leyes de nuestro Padre Celestial, sino también para ponerle fin al pecado y a la vida terrible del ángel de la muerte, en la vida de la humanidad entera, eternamente y para siempre. Es más no hay nada tan glorioso para nuestro Padre Celestial en el reino de los cielos, «si no de oír con sus oídos santos, como el pecador deja de mentir y el malvado abandona su mala conducta, para honrar con sus labios el nombre glorioso de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!». Así pues también nada hay tan honroso en el cielo delante de su presencia santa, de ver al malvado dejar de hacer sus maldades de siempre para destruir toda vida humana en la tierra, sino que ahora hace lo correcto con su vida, para gloria y honra eterna de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo. Y esto es, sin duda alguna, de hacer con sus manos lo mismo que Jesucristo hacia, bendecir a los hijos e hijas de Dios en toda la tierra, «para que ya no sufran más la plaga terrible de las obras malvadas del malvado, sino que ahora reciban el bien del corazón y de las manos que antes les hacían el mal». Esto es gloria infinita para nuestro Padre Celestial, porque lo que se había perdido en el paraíso, nuestro Dios lo ha redimido, gracias a su Jesucristo en Israel y en toda la tierra igual por el poder de su evangelio eterno, como en el día que su mano santa toco tu corazón mi estimado hermano y hermana, para bendecir tu vida grandemente. Aquí nuestro Dios nos manifestó rotundamente que nos ama sobrenaturalmente, desde mucho antes de la fundación del cielo y la tierra, «sí tan sólo le obedecemos a él, como su corazón santísimo lo anhela desde siempre, o como los ángeles le aman, por ejemplo, por medio de su Hijo amado», ¡nuestro único Árbol de la verdad infinita y salvadora! Es decir, que sólo por medio del Señor Jesucristo cada uno de nosotros puede amar a nuestro Padre Celestial y Sus Diez Mandamientos santos, tal cual como los ángeles lo han venido haciendo así desde siempre y para siempre, como desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Porque la verdad es que «sin el Señor Jesucristo en el corazón y en la vida del hombre, entonces el hombre no sólo no podrá jamás servirle a Él, el Creador del cielo y la tierra, en la verdad y en la justicia celestial e infinita de su Hijo amado, sino mucho peor aún». Y esto es que simplemente, de modo definitivo, «el hombre jamás tendrá en su vida el poder real de poder conocer cara a cara el Dios y Fundador de su nueva vida eterna en la tierra ni menos en la eternidad venidera», como en la nueva vida santa de La Nueva Jerusalén Gloriosa y Santísima del cielo, por ejemplo. Es por eso que el Señor Jesucristo es muy importante en nuestras vidas, no sólo porque es nuestra única verdad salvadora de nuestros pecados, «sino que es el único camino para acercarnos a nuestro Hacedor y por fin hablar con él cara a cara, como Moisés lo hacia diariamente, por ejemplo, en el lugar santo de los santos del tabernáculo de Israel». Puesto que, la verdad es que Dios le habla al hombre día y noche, pero sólo por medio de su Hijo amado, su único fruto de vida eterna para Adán y para su linaje humano, ¡nuestro Mediador Jesucristo! Porque para que el corazón y el alma eterna del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, pueda conocer a su Dios cara a cara, «entonces necesita poderes sobrenaturales, de los cuales sólo existen en la verdad y en la justicia celestial del Árbol de la vida», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Es más, ni los ángeles, arcángeles, serafines, ni aún los querubines pueden ver, ni menos conocer a Dios, por medio de sus verdades, glorias y justicias personales; «ellos también, así como el hombre, la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, necesitan de Jesucristo para alcanzar la gloria de vivir con Dios y conocerle cara a cara». Porque la verdad es también de que si Lucifer, como el querubín protector del nombre santísimo y del trono de Dios, hubiese conocido cara a cara a Dios o a su Jesucristo, «entonces jamás se hubiese rebelado en contra de él, sino que la historia bíblica y así también de la humanidad seria totalmente otra, sin duda alguna». Es por eso que nuestro Creador lleva a Adán a los pies de su Árbol de vida, para que reciba de Él toda su verdad y justicia infinita, además de muchas más bendiciones espirituales e infinitas, para que entonces no sólo él pueda conocer a su Dios, sino también su linaje humano, como tú y yo hoy en día, por ejemplo. Porque que de otra manera, nosotros como humanos, ni aunque fuéramos tan santos como los ángeles del cielo, «en verdad no podríamos conocer a nuestro Padre Celestial por nuestras justicias personales jamás, sí el nombre glorioso y misterioso del Señor Jesucristo no está en nuestros corazones, por ejemplo». Es decir, también que lejos de Jesucristo entonces no hay verdad, ni santidad, ni menos justicia alguna en el hombre ni en ninguna de sus cosas, como de las que se ven y las que no (se ven), «para poder acercarnos a nuestro Creador y conocerle tal cual como siempre ha sido a través de los siglos y hasta nuestros días». Porque para poder nosotros conocer verdaderamente a nuestro Dios en la tierra y así también en La Nueva Jerusalén Celestial, pues entonces «sólo necesitamos la verdad y la justicia gloriosa del Espíritu del nombre sagrado e infinito de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo!; y, «sin estos requisitos celestiales e espirituales nadie podrá ver, ni menos vivir la vida eterna jamás». Y es por eso que el mentiroso miente sin cesar y, por ende el malvado hace sus malas obras como si fueran pan dulce en sus manos para hacerle daño a su prójimo, y hasta terminar con su vida; porque una vida muerta, «esto significa que el nombre santo de Jesucristo ya no ha de ser honrado, como Dios manda». En otras palabras, en una vida muerta y sin el Señor Jesucristo instalado en su corazón, «pues entonces el Espíritu de Los Diez Mandamientos de Dios en esa vida humana entro a la eternidad, sin ser honrado ni menos cumplido cabalmente, como debió de ser así desde siempre en su vida, sí tan sólo hubiese confiado en el Señor Jesucristo». Consiguientemente, así como nuestro Dios llamo a Adán a creer en su fruto de vida, nuestro Salvador Jesucristo, «así pues también nuestro Dios llama día y noche y sin cesar a cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, para que coma y beba de su Jesucristo, para que no muera sino que viva infinitamente, de ahora en adelante». Porque la verdad es que el mentiroso y el malvado de toda la tierra han de morir en sus propias mentiras, para ser destruidos por los poderes terribles de sus propias maldades; sin embargo, «sí se arrepienten de sus malas conductas, entonces nuestro Dios los salvara por amor a su nombre misterioso», ¡nuestro Señor Jesucristo! En la medida en que, sólo el Señor Jesucristo puede salvar al mentiroso de su mala manera de vivir, «para que no muera en su pecado ni se pierda infinitamente en el infierno ni en el lago de fuego, en el día de juicio y terrible de nuestro Padre Celestial y de su Cordero Escogido», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque nuestro Creador envió a su Jesucristo a Israel, para salvar específicamente lo que se había perdido en el paraíso con Adán, «cuando él y su esposa rehusaron comer y beber de la mesa del SEÑOR, en el epicentro del paraíso, para mal eterno no sólo de ellos, sino también de muchos de sus hijos e hijas en toda la creación». Es por eso que la cena de la mesa del SEÑOR es muy importante en nuestras vidas, «porque sobre ella podremos comer del pan del cielo y beber del vino de la vida eterna», y esto es realmente de comer y beber directamente, como los antiguos, por medio del espíritu de nuestra fe, del Árbol de la vida, ¡nuestro Salvador Mesías! Es decir, que cada uno de nosotros está llamado desde el paraíso por nuestro Creador para comer y beber del Espíritu de la carne y de la sangre expiatoria de la única vida eterna que descendió del cielo, «para no sólo salvar a Israel sino también a la humanidad entera, de los poderes terribles de Satanás y del ángel de la muerte». Por lo tanto, nuestro Dios no crea a sus hijos e hijas de las naciones, para que sufran y finalmente mueran en las manos de las gentes de la mentira y la decepción eterna de Satanás y del infierno, «sino para que vivan infinitamente en la tierra y en el paraíso, sólo creyendo en sus corazones en su Salvador Jesucristo». Porque sólo el Señor Jesucristo es la única verdad, camino y vida eterna de cada uno de ellos en la tierra y así también en la nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial de Dios y de su humanidad infinita; «y sin Jesucristo viviremos eternamente ciegos, para todo lo bueno y fructífero de la nueva vida eternal del paraíso». Es decir, también que sólo nuestro Señor Jesucristo es la verdad, el camino y la vida no sólo de regreso al paraíso, en donde Adán y Eva vivieron inicialmente sus primeros días de vida, «sino también para entrar a La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, en donde mora nuestro Dios y Fundador de nuestras vidas eternas>. Y es aquí en donde nuestro Padre Celestial siempre ha esperado por cada uno de nosotros con amor y mucha paciencia en su corazón santísimo, «así como espero por Adán para que sea formado en su imagen y conforme a la semejanza celestial de su Árbol de vida eterna, nuestro Salvador Jesucristo, para gloria y honra de su nueva vida celestial». Visto que, es la Nueva Sion Celestial, en donde nuestro Padre Celestial espera pacientemente por cada uno de nosotros, que no sólo acepte en su corazón y así confiese con sus labios el nombre amado de su Jesucristo, «sino que también vuelvan ya a sus manos, a sus brazos y a su pecho santísimo, para jamás volverse alejar de ellos, para siempre». Porque es únicamente la verdad, el camino y la vida de su Árbol de vida, su Hijo amado, quien realmente nos hace acercar cada día a nuestro Creador en la tierra, «para jamás volvernos a dejar ir cautivos por el pecado a vivir ciegos en las mentiras y en las maldades de siempre de Satanás y de sus ídolos abominables, por ejemplo». Dado que, lejos de Jesucristo, estamos totalmente lejos de Dios y de su Espíritu Santo también, para jamás vivir, ni menos conocer la bendición sin igual de la vida eterna, sino que seguiremos ciegos por siempre, para caer muertos en la tierra, perdidos y destruidos por nuestras mentiras y por nuestras maldades en el infierno candente y destructor del más allá. Y desde el día que nuestro Dios nos creo, comenzando con Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo, pues no ha dejado de buscar aún por el bienestar de cada uno de nosotros, en todas las naciones; «y esta exploración constante de nuestro bien eterno del corazón santísimo de nuestro Dios, es igual que al de su unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque nuestro Señor Jesucristo siempre quiso la prosperidad de cada uno de nosotros, como en cada momento de su vida santísima, «apartándonos día y noche del mal terrible de los poderes de la presencia del pecado, por los poderes de su nombre misterioso, para que por fin vivamos una vida sana y gloriosa delante de nuestro Dios y Creador Celestial». Dado que, una vida sin mentiras del mentiroso y sin maldades del malvado, «entonces es vivir una vida sin el espíritu terrible de Satanás y de sus anticristos», gracias a la presencia constante y muy fiel, por cierto, de nuestro Salvador Jesucristo; esto en sí, «ya es una gloria infinita para nuestros corazones y para nuestras vidas normales, en la tierra». Si, así es: Una vida sin Satanás es una vida llena de Dios y de su Espíritu Santo, gracias al nombre sagrado y misterioso de nuestro Salvador Jesucristo, ¡el Santo del paraíso, de Israel y de la humanidad entera!; es decir, también «que sólo el Señor Jesucristo es la alegría de nuestro Padre Celestial y así también de nuestros corazones para siempre». Y, además, muchas gentes no entienden esta gran verdad de Dios en sus corazones y, por tanto, siguen viviendo sus vidas normales en la tierra, según ellos, sin que se den cuenta de nada, «de que el SEÑOR necesita de ellos y de sus bendiciones sobrenaturales también, sólo posibles en sus corazones, sí tan sólo creen en su Jesucristo». Porque para nuestro Padre Celestial, sólo cuando el hombre cree en su corazón en su Hijo amado, como su único y suficiente verdad salvadora de su vida, entonces esto es una bendición infinita en su corazón y en su alma gloriosa, para gozarla infinitamente sobre su altar santo del reino de los cielos. En vista de que, cada vez que Jesucristo entra en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, «entonces el sufrir de nuestro Hacedor cambia a gozo y, ahora sólo hay felicidad infinita en su vida, porque su corazón ama a su Jesucristo, el cual es su única verdad obediente a la Ley celestial para vida eterna». Porque sólo la verdad del Señor Jesucristo obedece cabalmente al Espíritu de Los Diez Mandamientos en el corazón de los ángeles y así también en el corazón del hombre de la tierra, eternamente y para siempre; «y fuera de la vida santa del gran rey Mesías de todos los tiempos, ya no hay honra ni menos cumplimiento de la Ley eternal». Es por eso que nuestro Padre Celestial le entrego a Moisés su Ley santísima, para que el mentiroso deje de ser mentiroso, y el malvado deje de hacer sus obras malvadas en contra de los que aman y sirven a Dios, en el espíritu y en la verdad sobrenatural de la sangre expiatoria de su Cordero Escogido, ¡su Jesucristo! Porque «sólo el Señor Jesucristo es el Cordero Escogido para entregarnos de su sangre santa y expiatoria y, juntamente llena de vida y de salud eterna», lo cual el hombre, la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, necesitan mucho día y noche para vivir una vida sana y agradable, para el servicio sagrado de su Majestad Celestial. Ahora, si nuestro Señor Jesucristo sufrió terriblemente por limpiarnos de nuestros pecados sobre la cruz, y con los poderes sobrenaturales de su sangre santísima y expiatoria nos sano, «pues cuanto más han de sufrir nuestro Dios y su Espíritu Santo, como cuando le ofendemos a nuestro Dios, al no creer en el nombre salvador de su Hijo amado», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque para nuestro Creador y así también para su Espíritu Santo y sus ángeles, «no hay mayor ofensa en contra de Dios que el nombre salvador de su Jesucristo no sea honrado, en el corazón del pecador y de la pecadora»; por eso es que la ira de Dios se inflama muchas veces, «para castigo y desdicha de muchos culpables e inocentes siempre. Y sólo nuestro Jesucristo puede detener la ira de Dios que perfectamente podía estar cayendo sobre nuestras vidas cada día, por culpa de nuestros pecados o por culpa de nuestros antepasados; y sí, «únicamente la sangre expiatoria de Jesucristo nos cubre y nos protege juntamente, de los males de estos pecados terribles, sólo entonces viviremos infinitamente seguros con nuestro Padre Celestial». Porque nuestro Dios está terriblemente airado constantemente en contra del malvado, porque sus palabras mentirosas no le agradan a él en nada; puesto que, «nuestro Dios no se agrada nunca en la mentira ni en la calumnia del enemigo de la verdad redentora del Espíritu sagrado de la vida y de la sangre expiatoria de su Hijo amado», ¡el Santo de Israel! Porque mayor sangre ungida con poder, para expiar por los pecados del mundo entero no hay otra igual, en el paraíso ni menos en la tierra; por esta razón, «nuestro Jesucristo es muy importante en el corazón de las naciones y de las religiones de la humanidad entera», para que el pecado muera y todos vivan infinitamente para su único Dios eternal. Supuesto que, cada vez que no creemos en el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo en nuestros corazones, como lo manifiesta contundentemente la escritura, pues entonces «estamos mintiéndole constantemente a nuestro Padre Celestial y a su Espíritu Santo también, para mal de nuestras vidas en la tierra y en el más allá, para siempre». Y nuestro Dios está cansado de las mentiras constantes de Satanás, y así también cansado de las malas acciones de los malvados de toda la tierra, por eso el Señor Jesucristo tiene que entrar en tu corazón hoy mismo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, «para que la ira de Dios se aleje de tu vida para siempre». La ira de Dios no bendice a nadie, sino que termina con la vida del mentiroso y del malvado, como en los días de Noé o como con Sodoma y Gomorra, por ejemplo; por eso el SEÑOR desea que escapemos sus juicios terribles en contra de todos sus enemigos cuanto antes mejor, y «únicamente por medio de la sangre expiatoria de su Jesucristo». Porque la ira de Dios es para los que mienten y hacen maldades siempre y más no para los que le aman a Él, únicamente por medio de nuestro Señor Jesucristo; y sólo con la bendición del Señor Jesucristo, «nuestro Dios puede remover el espíritu de su ira destructora de la vida de cualquier hombre y mujer de toda la tierra». Por ello, el que no ama a Jesucristo, entonces simplemente le está mintiendo diariamente a su único Dios y Fundador de su vida en la tierra y en el paraíso, por ejemplo, para mal de su vida y de los suyos también; «porque el castigo del mentiroso y malvado es para todos desdichadamente, como justos e injustos, sin duda alguna». En la medida en que, cuando uno peca, entonces todos pagan por su error y por su maldad, como Adán en el paraíso, por ejemplo, y así también como con algunos patriarcas de Israel, «cuando ellos pecaron en contra de Dios, entonces muchos en Israel pagaron terriblemente por los errores y por las maldades de otros o de unos cuantos». Y nuestro Dios no cambia, en su manera de tratar al hombre de la tierra con sus juicios terribles, sino que el hombre es quien cambia, para mal de su vida y de los suyos también, «olvidándose erróneamente de las bendiciones constantes del Espíritu Santo para con los que aman e invocan completamente el nombre sagrado de su Jesucristo en sus corazones». Porque cuando el mentiroso y el malvado se salen con las suyas, ellos no terminan ahí, sino que siguen obrando sus mentiras y calumnias de siempre, «para dañar la obra de nuestro Dios en el corazón de muchos desdichadamente»; porque cada mentira, calumnia, infamia, maldad, ratería y demás frutos del pecado son hechos en contra de Dios preliminarmente, para mal de todos. Por eso es que el mentiroso y así también el malvado muere continuamente delante de Dios y de su Cordero Escogido, por su culpa, por haberse rebelado en contra de su Dios, «y si no se arrepiente de sus malas acciones, creando tinieblas para mal eterno de muchos desdichados e indigentes, entonces sus hijos terminaran como él mismo en el infierno». En vista de que, la mentira del mentiroso y así también la maldad del malvado no se queda en un solo lugar después de haber sido consumado, sino que sigue su camino de maldad invisiblemente, «haciéndole el mismo mal a todas horas a muchos desdichados e ingenuos del país y de toda la tierra también». Porque la verdad es que «el espíritu del pecado se riega y crece constantemente como flor silvestre en los corazones y en las vidas de aquellos que no conocen aún el mal del mentiroso y del malvado, por ejemplo», para mal de sus vidas y la de los suyos también, lamentablemente. Además, nuestro Señor Jesucristo declaro abiertamente a sus apóstoles y discípulos, que en los postreros días, el pecado aumentaría sin control alguno, «haciendo así que el amor de muchos se enfríe en sus corazones, para que las tinieblas aumenten terriblemente por toda la tierra; como hoy vemos, por ejemplo, cuando la violencia constantemente desgarra la vida de muchos, sin piedad alguna». Es por eso que la mentira del mentiroso tiene que parar en sus mismos labios crueles e infames, y la maldad del malvado tiene que parar en la misma vida engañosa del malvado antes que nuestro Dios actúe en contra de ellos, y así ya no haya remedio para salvar sus vidas de las manos del juez del cielo y la tierra. Rectamente, nuestro Dios actúa en contra de los que son sus enemigos, «y estos son los que se han rebelado en contra de él y de su Jesucristo», entonces su ira no sólo cae sobre sus enemigos sino también sobre mucha gente inocente, lamentablemente; porque es Dios quien se venga del pecador y de la pecadora a fin de cuentas. Porque ha sido nuestro Creador quien dijo: Mía es la venganza de la mentira del mentiroso, y de la maldad del malvado; y el que no se arrepiente de su vana manera de vivir, pues insalvablemente morirá en su mentira el mentiroso, y en su maldad el malvado; «así pues se manifiesta siempre nuestro Dios, para desbaratar las obras de Satanás continuamente». Además, nuestro Padre Celestial no quiere oírnos mentirle más a él, sino que siempre le digamos toda la verdad, no tanto de ángeles o de seres muy santos del cielo, sino de nuestro fruto de vida eterna, su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo; porque «sólo su Hijo amado es la verdad infinitamente en nuestros corazones, para salvación de nuestras vidas humanas». En verdad, «nuestro Padre Celestial ya está demasiado dolido de oírle al hombre hablar sólo las palabras mentirosas y llenas de enfermedades mortales de Satanás y de sus ángeles caídos», por ejemplo, para mal de su vida en la tierra y en el más allá, también, como en el infierno o como en el lago de fuego eterno. Porque ese es el destino final de cada una de las mentiras del mentiroso y así también de las maldades del malvado, para ser destruidos por fin, eternamente y para siempre en el fuego eterno, y así ya no vuelvan hacer ningún mal a nadie jamás, «porque el gozo del corazón de Dios es nuestro bien eterno, y más no el mal». Es por eso que el pecador y la pecadora mueren día y noche en todos los lugares de la tierra, «para descender a donde están sus mentiras y sus maldades de sus vidas mal vividas en la tierra» y, a la vez rebeldes en contra de nuestro Padre Celestial que está en los cielos para mal eterno de muchos tristemente. Pero si el mentiroso se arrepiente de sus mentiras, y el malvado confiesa sus malas obras hechas en contra de gente inocente, recibiendo así al Señor Jesucristo en sus corazones, «pues entonces nuestro Dios vera sus arrepentimientos, oirá sus oraciones, perdonando sus pecados, para jamás volverse a acordar de ninguno de ellos», en esta vida ni en la venidera, para siempre. Y «sólo lo que hayan dicho y hecho en el nombre del Señor Jesucristo ascenderán a sus nuevos lugares santos del cielo», como a La Nueva Jerusalén Celestial, por ejemplo, para honrar a su Dios y Fundador de sus nuevas vidas eternales; porque sus palabras y obras en Jesucristo permanecen, pero las que no fueron hechas en Jesucristo morirán para siempre. Por derecho propio, el lugar de toda mentira, infamia, maldad, crueldad, calumnia y raterías «es el infierno», pero para todo bien de la tierra y del paraíso «su destino final es, sin duda alguna, a la presencia de Dios, en el reino de los cielos». Es por eso que nuestro Padre Celestial nos llama día y noche para que aceptemos al Señor Jesucristo en nuestros corazones, «para que cada una de nuestras palabras sea verdad en su presencia santa y así también cada una de nuestras obras en toda la tierra permanezca para siempre», para recordarla por siempre en la nueva vida eterna, para alegría de Dios. Porque la verdad es que al mentiroso le seguirán sus mentiras para siempre en el otro mundo perdido del más allá, y las verdades en Jesucristo le seguirán a los justos que creen en él en sus corazones «y así confesaran su nombre santo continuamente en la eternidad con sus labios delante de Dios y de sus huestes angelicales, para siempre». Por cuanto, esto es lo que Dios busca día y noche en el corazón y en los labios de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, «que el nombre de su Hijo amado sea honrado, exaltado y glorificado enormemente, para alegría y gozo de su corazón santísimo en la tierra y en el cielo». En debida forma, es gloria incontenible para nuestro Padre Celestial, «cuando el pecador y así también la pecadora dejan de mentir con sus labios, para sólo hablar del nombre sagrado y misterioso de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo»; en verdad, cuando esto sucede, «entonces el pecador ha dejado de pecar, para volver a nacer del Espíritu de sus ordenanzas inolvidables». Y es, precisamente, de este nacimiento del Espíritu de Los Diez Mandamientos cumplidos cabalmente por nuestro Señor Jesucristo, por el cual cada uno de nosotros tiene que volver a nacer para nuestro Padre Celestial, «para no sólo ver la vida eterna, sino vivirla desde ahora en nuestras tierras, como sí ya estuviésemos viviendo en el paraíso, por ejemplo». (Eso es lo que Dios busca día y noche en toda la tierra, en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de las naciones y de sus muchas religiones, por ejemplo, para gloriarse y gozarse en el Espíritu de su ley bendita a partir de ahora y para siempre.) Porque todo aquel que cree en el gran rey Mesías de todos los tiempos y en su sangre expiatoria principalmente, entonces el pecador y así también la pecadora no solo ha abandonado sus pecados en el olvido eterno, «sino que ha vuelto a nacer de su Espíritu Inviolable, para seguir viviendo su vida celestial en el cumplimiento de la Ley eterna». Y esto es «una vida deliciosa para vivirla ya, ya sea en la tierra o en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, sin Satanás y sin ninguna de sus amenazas de siempre», como de pecados, enfermedades, tinieblas y demás, y como también la muerte eterna del ángel de la muerte en nuestro diario vivir, por ejemplo. Ciertamente que para nuestro Dios la mentira del mentiroso y la mala obra del malvado son trampas de muertes eternas en la tierra y en el infierno, «pero la verdad confesada en el nombre del Señor Jesucristo y así también cada una de sus obras permanecen para vida y salud eterna, no sólo en la tierra sino para la nueva eternidad venidera». Porque la mentira de Satanás lleva de mal en peor al pecador a su sufrimiento eterno del infierno, «pero nuestro Señor Jesucristo nos lleva día y noche y sin cesar hacia la vida y la salud eterna del paraíso y de la nueva vida gloriosa e infinita de La Nueva Jerusalén Celestial, prometida a sus siervos fieles de su nombre salvador». Es por eso que el mentiroso tiene que dejar de mentir y el malvado de dejar de hacer sus malas obras en contra de gentes inocentes, «para que el Espíritu de la verdad y la justicia de nuestro Salvador Jesucristo corran como el agua por toda la tierra, saciando la sed de muchas vidas para perdón y salvación de sus almas infinitas». Porque esto es lo que nuestro Dios desea ver desde su lugar santo del reino de los cielos, «que la verdad y la justicia de su Hijo amado corra por toda la tierra como las aguas libres, por ejemplo, para que todos se bañen y se limpien de sus enfermedades y de sus impurezas mortales, escondidas en sus almas infinitas». Porque para nuestro Creador todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera que confiesa con sus labios el nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, «entonces ya ha afirmado, o ya ha confesado con sus labios: toda la verdad salvadora, para jamás sufrir ni menos morir, sino sólo gozar de las bendiciones eternales de su nueva vida espiritual». Pero, sin embargo, el que continúa en su mentira, como así también como el que continúa en su maldad de siempre, «pues entonces ya ambos han confesado rebelión constante y eterna en contra del Espíritu de Los Diez Mandamientos, para muerte y destrucción infinita de sus almas humanas en el fuego eterno del infierno». Y nuestro Dios no quiere la muerte del impío, sino su salvación infinita, si tan sólo confiesa con sus labios la única verdad salvadora que lo podría no sólo salvar de sus pecados y del fuego del infierno, «sino que también su nombre seria escrito eternamente y para siempre, en el libro de la vida eterna del cielo». Dado que, únicamente todos los que tienen sus nombres escritos en el libro de la vida, «entonces verán la vida eterna y, podrán ver por fin a su Dios y Fundador de sus vidas cara a cara, como sólo Jesucristo le conoce a él, desde siempre y para siempre en su corazón santísimo, por ejemplo». Porque toda mentira y así también toda maldad va a su lugar eterno del mundo de los muertos; «pero toda verdad confesada con los labios del hombre, en el nombre sagrado de nuestro Señor Jesucristo, va hacia su nuevo lugar eterno del cielo, para jamás volver a conocer el mal, sino sólo el bien infinito de Dios y de su Jesucristo». Además, nuestro Dios sólo puede ayudar al corazón del hombre a romper esta barrera de ceguera espiritual, en el Espíritu del nombre y de la sangre ofrendada de su Jesucristo, «para que entonces pueda empezar a ver quizás desde hoy un poquito de la luz de la vida eterna y sus muchas y benditas bendiciones de la antigüedad, como del paraíso, por ejemplo». Visto que, la vida que nuestro Hacedor nos ha dado a cada uno, grandes y pequeños en toda la tierra, comenzando con Adán, «es la misma vida de su Árbol de vida, nuestro Señor Jesucristo»; es decir, que cada uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, «debe estar viviendo la vida del Señor Jesucristo únicamente, sí sólo invoca su nombre sagrado».. Porque no hay mayor nombre grandioso de parte de nuestro Dios y de su Espíritu Santo, «como el que realmente podrá por siempre destruir cada mentira del mentiroso y así también cada maldad del malvado», para que de esta manera sólo la luz de Cristo se vea por todas partes, así como en el cielo, por ejemplo. Porque cuando confesamos las mentiras de Satanás, pues realmente estamos viviendo su vida pecadora y engañosa en toda la tierra, y hasta caer muertos en el más allá, como en el infierno o en el lago de fuego, sin duda alguna. Pero si confesamos el nombre del Señor Jesucristo, «entonces estamos confesando delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, o haciendo nuestras también, cada una de las verdades que han salido de la boca de nuestro Señor Jesucristo», para que cuando nuestro Dios nos vea, entonces sólo vea la verdad infinita de Jesucristo y no las mentiras de siempre. Y esto si es vida y seguridad infinita para nuestros corazones y para nuestras almas eternas, en la tierra y así también en el paraíso o en La Nueva Jerusalén Celestial, por ejemplo, «en donde sólo viviremos por el Espíritu de la verdad y el cumplimiento infinito de la justicia inmortal de Los Diez Mandamientos eternos, ¡gracias a nuestro Jesucristo!». Porque en el nuevo reino celestial, sólo vivirán los que han vuelto a nacer no de la carne del espíritu del pecado rebele y ofensor de Adán a Los Diez Mandamientos del paraíso, «sino los que han vuelto a nacer en el Espíritu de Los mismos Diez Mandamientos gloriosos de la nueva vida eterna de Dios, cumplidos enormemente en nuestro Señor Jesucristo». Es por eso que cuando nuestro Creador lleva a Adán al pie de su Árbol de la vida, entonces le dijo a él: «Invoca el nombre de mi Hijo, tu Señor Jesucristo, para que comiences a recibir de su misma vida y de sus bendiciones eternas de su fruto de vida»; sin embargo, Eva y luego Adán «comenzaron a mentir descontroladamente». Aquí fue cuando nació el primer mentiroso y la primera mentirosa de la humanidad entera, «porque quebrantaron el Espíritu de Los Diez Mandamientos al no comer del fruto de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo»; y, desde entonces acá, «sus descendientes no han dejado de comer del fruto del árbol de la ciencia del mal y del bien, para mal de muchos». Es decir «que nuestros progenitores comenzaron a hablar las mentiras de Satanás», en vez de hablar de la palabra del Señor Jesucristo, para que entonces sus vidas comiencen a recibir cada una de las bendiciones de vida y salud de su salvador celestial, tal cual nuestro Dios lo planeo que sea así con ellos y su genero humano para siempre. Y desde aquel día Adán y Eva comenzaron a pecar en contra de Dios y sin parar, porque comenzaron a pronunciar mentiras, calumnias e infamias del árbol de la ciencia del bien y del mal, «en vez de hacer lo que Dios quería que hiciesen con sus nuevas vidas delante de su presencia sagrada y de sus ángeles fieles, por ejemplo». Y esto es de comer y beber día y noche y por siempre del fruto del Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro único Salvador Jesucristo del paraíso, de la tierra y de la nueva era celestial e infinito! Es decir, que Satanás se nos opone constantemente con sus mentiras y maldades de siempre con muchos mentirosos y malvados, como se lo hizo a Adán y a Eva en el paraíso con la serpiente antigua, «para que Jesucristo no sea una realidad viva en ninguno de nosotros, y es por eso que vamos ciegos por el mundo y hasta la muerte». Es decir, que el mundo sufre constantemente delante de Dios, «porque no conoce al Señor Jesucristo como el Hijo de Dios o como el gran rey Mesías de todos los tiempos», por lo tanto la falta de paz, amor y salud en el diario vivir de muchos reina continuamente a lo largo y a lo ancho de la humanidad entera. Pero si tú, mi estimado hermano y mi estimada hermana, le obedeces a nuestro Dios, creyendo en tu corazón en su única verdad salvadora de tu alma, en esta vida y en la venidera, «entonces Satanás huirá de ti con cada una de sus mentiras y maldades hoy mismo, para jamás volverte hacer daño a ti ni a los tuyos, para siempre». ¡Que así sea en ti y en los tuyos también, de ahora en adelante, amén! Porque todo aquel que ama al Señor Jesucristo entonces es amigo intimo de su Hacedor y de su Espíritu Santo y, a la vez enemigo eterno de Satanás y de cada una de sus mentiras y maldades de siempre, por ejemplo. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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