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| Las tres menos tres, Irene Hoy termina la primavera Irene y es luna llena y solsticio de verano, como esa noche hace trece años. Este año, el cerezo que te regalé en el tercer aniversario de tu muerte, ha florecido tarde y justo esta semana está dando las primeras cerezas. Y aunque ahora está despejado y la luna brilla resuelta, la tormenta de esta tarde ha arrancado las flores que quedaban y tu tumba parece nevada, como si fuera invierno. Te habrás fijado que hoy está aquí papá, descansando desde esta mañana a tu derecha, también ahora cubierto de blanco. El agujero negro y profundo de tu izquierda es para mí. No recuerdo la fecha exacta, querida. Sé que fue después del accidente pero cuando por fin supe que no eran imaginaciones mías, llevaba tanto tiempo sospechándolo que no consigo recordar una fecha. Quizás no hubo un día concreto o quizás eso no sea importante. Sin embargo Irene, recuerdo todo lo demás. Recuerdo que al principio lo que veía eran simples parpadeos subliminales en la periferia de mi visión: un guiño de algo que estaba y no estaba allí; un vacío en la boca del estómago y la sensación inmediata y visceral de saber que iba a morir. Aunque no moría. Nada concreto parecía provocar esos momentos de congoja. Todo era normal y de repente ese pequeño doblez en el continuo de la realidad y la angustia que me trepaba y subía como un puño cerrado desde el bajo vientre a la garganta. Cuando finalmente, después de descartar las teorías desconcertadas de oculistas, traumatólogos y oncólogos, fui al psiquiatra, me dijo que sufría ataques de pánico debido algún tipo de estrés postraumático. Y entonces, aunque no sé porque, ya que algo me decía que también se equivocaba y no volví, empecé a tomar los calmantes que me recetó. Creo que pensé que la droga me atontaría lo suficiente para mantener alejado lo que fuera que se estuviera acercando. No hace falta decir que me equivocaba de medio a medio. Así empezaron los sueños. O lo que yo creí que eran sueños al principio. Estos sueños -que nunca fueron sueños, Irene- a veces eran sobre mi infancia aunque no era mi infancia; a veces eran sobre momentos puntuales e intrascendentes de algún desconocido ya fuera una prostituta del Imperio Romano, un lord inglés del SXVI o un campesino tibetano de mediados del siglo pasado; otras, mientras dormía, revivía, con todo lujo de detalle y los ojos de otro, vidas enteras: he nacido, crecido y envejecido innumerables veces, Irene. Y en esos sueños, yo siempre era alguien distinto: algún pariente lejano en tiempo o espacio, alguna vecina, pero sobre todo gente que no conocía de nada, en épocas que no tenían nada que ver conmigo. Y nunca nadie cercano hasta ayer por la noche. Los sueños sólo tenían dos cosas en común: cómo terminaban en un fundido en negro que se aclaraba para mostrar siempre la misma imagen congelada y la hora a la que me despertaban, temblando y sudando sobre la cama, mientras el despertador marcaba, invariablemente, las 2:57 de la madrugada. Y no eran los sueños en sí mismos lo que me despertaba con angustia en mitad de la noche. Era esa sensación de vacío y muerte que me cercaba y se concretaba en esa imagen cuando por fin bajaba el telón del sueño: el reflejo de mi cara en un espejo, deformada por un grito horrorizado y mudo. ¿Cuántos años han pasado, Irene? ¿Doce? ¿Trece?. Teníamos veinte recién cumplidos cuando todo esto empezó para mí. Tú fuiste más lista y no bajaste nunca de ese coche. Recuerdo que desperté volcado sobre el volante y lo único que quedaba reconocible del salpicadero era el reloj digital parpadeando a tres minutos de las tres. Los bomberos no se explicaron, dado el estado del coche y que tuvieron que sacar tu cuerpo a pedazos, que yo saliera prácticamente ileso. La fractura de un meñique y el resto de rasguños desaparecieron en un par de meses. Excepto por una pequeña y profunda cicatriz en forma de hoz que me quedó en la mejilla izquierda, sobre la nunca me ha vuelto ha crecer la barba, se diría que el accidente que te mató, no dejó mella en mi. Hoy sé que yo debería haber muerto allí contigo. Seguramente tú lo habrás sabido siempre. Trece años de esta infecta labor de recolección. Yo no nací para esto, fue un accidente, todo fue un gran accidente: olvidé que tu cinturón estaba roto y que debía ser cambiado. Y seguramente no debería haber bebido de más hasta llegar a nuestra habitación en el hotel, pero éramos jóvenes y acabábamos de casarnos en contra de la opinión de nuestra familia y éramos locamente felices. ¿Lo recuerdas, Irene? Tú eras adoptada. Te lo contó mamá antes de morir y aunque hubiéramos crecido juntos, considerándonos hermanos de sangre hasta que cumpliste los diecinueve, nosotros consideramos que eso nos eximía del pecado del incesto. Pensamos que papá estaba celoso del amor que nos profesábamos y que se negaba porque mamá ya no estaba con él. Pensamos, cuando nos escapamos para casarnos, que lo acabaría aceptando, ¿verdad? Así que esa noche en que moriste, con mi hijo recién gestado en tu vientre, la muerte me marcó. Me salvó y me marcó como su emisario porque fui yo quién te seduje, desobedeciendo a mi padre y la costumbre. La muerte me marcó porque pequé tres veces: una por desobediencia, otra por lujuria y una tercera por soberbia. Y me he pasado trece años con la marca de la muerte en mi mejilla sin saber realmente el porque hasta esta mañana. ¿Te he dicho ya que ayer soñé el sueño que no es sueño y fui papá? Cuando me he despertado esta mañana y me he levantado, y he ido hasta baño para lavarme la cara y al incorporarme he visto mi reflejo en espejo a la vez que recordaba haber soñado con papá y mi boca se ha abierto en un grito horrorizado y mudo deformándome la cara y la certeza que hasta ahora había podido ignorar, porque nadie era cercano y siempre sucedía lejos, me golpeaba como un mazo que me quitaba el aliento y me hacia boquear como un pez fuera del agua mientras corría hacia al comedor y papá estaba muerto, sentado en su viejo sofá con el mando de la tele en la mano; cuando he visto su cara lívida tal y cómo estaba antes del negro telón y he recordado el resto del sueño dónde papá amaba a su hermana como yo te amó a ti, y le daba una hija que la mataba al nacer y le mentía a mamá para darte un hogar y nos mentía a nosotros por costumbre y vergüenza, entonces he sabido que mi culpa estaba expiada. Que esta noche a las tres menos tres, me tumbaré contigo, Irene, en la tierra fría y algún pecador soñará mi vida. lunamar may/08 |
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| "Jose Puentes" <jota_xnopuentes***mundo-r.com> escribió en el mensaje news:4832f19b.11678671***News.individual.NET... > --------------------- > ¡Guau! ¡Qué bueno! Y como tragedia griega... > Gracias por colgarlo. > Jose Puentes. le falta pulido que no veas, pero se hará más adelante cuando le deje descansar que ahora no le veo los tres pies al gato de tanto darle vueltas gracias por el comentario, José lunamar |
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| "Jose Puentes" <jota_xnopuentes***mundo-r.com> escribió en el mensaje news:4832f19b.11678671***News.individual.NET... > --------------------- > ¡Guau! ¡Qué bueno! Y como tragedia griega... > Gracias por colgarlo. > Jose Puentes. le falta pulido que no veas, pero se hará más adelante cuando le deje descansar que ahora no le veo los tres pies al gato de tanto darle vueltas gracias por el comentario, José lunamar |
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| lunamar, ha escrito aquí: >le falta pulido que no veas, pero se hará más adelante cuando le deje >descansar que ahora no le veo los tres pies al gato de tanto darle vueltas ----------------- Siempre es así, o casi. Hay que esperar que se aleje un poco en el tiempo para ver mejor... Bicos. Jose Puentes. |
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| lunamar, ha escrito aquí: >le falta pulido que no veas, pero se hará más adelante cuando le deje >descansar que ahora no le veo los tres pies al gato de tanto darle vueltas ----------------- Siempre es así, o casi. Hay que esperar que se aleje un poco en el tiempo para ver mejor... Bicos. Jose Puentes. |
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