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| Sábado, 24 de mayo, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica (Feliz cumpleaños Israel, por tus sesenta nuevos años de juventud eterna; Israel, has vuelto a nacer de entre las naciones de la tierra, como Dios manda, para que vivas por Él y para Él una vez más, y esta vez para siempre. Pues espero que esta vez camines con el SEÑOR infinitamente en la nueva eternidad celestial, de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, prometida a ti desde tus días de vida en la tierra de Egipto, por Dios mismo y por tu Ángel Guardián. Aquel Ángel Guardián que no te deja quieto ni por un momento, desde que se presento en tu vida, para volverte a dar vida: Justo como en el comienzo y entre un gran incendio formidable sobre el Sinaí, para que Moisés y tú veas su gloria eterna en tu libertad infinita, nuestro gran rey Mesías de todos los tiempos, ¡el Hijo de David! Pues Feliz cumpleaños en tu nuevo nacimiento mesiánico, hoy y por siempre en la nueva eternidad celestial de Dios y de sus huestes angelicales: ángeles fieles de los cuales cantan y adoran incansablemente a Dios y a la sangre purificadora del pacto eterno de su Árbol de la vida eterna por ti y por los tuyos también, desde siempre y para siempre! ¡Amén!) (Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo) EL QUE CREE EN JESUCRISTO NACE DE NUEVO PARA DIOS: En Adán nacimos, por inicio, en su carne y en su sangre transgresora del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos del paraíso para morir condenados: sin embargo, en el Señor Jesucristo «renacemos por los poderes sobrenaturales del mismo Espíritu de Los Diez Mandamientos», pero cumplidos por su sangre purificadora sobre la cima del monte santo de Jerusalén, para vida eterna de todos. En otras palabras, en la sangre de Adán vivíamos en la amenaza constante del ángel de la muerte: pero en el Señor Jesucristo vivimos en el Espíritu Santo de la salud y de la vida eterna del nuevo reino de los cielos, para jamás sufrir la muerte, sino vivir infinitamente saludables en la eternidad, libres de las mentiras de Satanás. En vista de que, es sumamente necesario que todos los que nacen, por inicio, en la tierra, en el espíritu de error y de rebelión de Adán, violando así el Espíritu de Los Diez Mandamientos, «pues vuelvan a nacer para entrar a la nueva vida eterna». Y nadie podrá jamás volver a nacer del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, si no cree en el nombre sagrado del Señor Jesucristo, ¡nuestro único Salvador Celestial!; por eso la predicación incesante del evangelio eterno entre las familias de las naciones y de sus diversas religiones, por ejemplo. Para que sus nombre sean escritos «en el libro de la vida eterna». Es por eso que todos están llamados por nuestro Padre Celestial personalmente «a volver a nacer de nuevo», pero sólo del fruto del Árbol de la vida celestial, nuestro Señor Jesucristo, «ya sea en el paraíso o en la tierra de nuestros días, por ejemplo». Porque esta es la única manera por la cual, la nueva vida eterna del nuevo reino inmortal, como de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, podrá realmente empezar en su día perpetuo, «para que los pueblos y las naciones con sus lenguas autóctonas oren y alaben a nuestro Creador infinitamente, sólo en el nombre de su Redentor Jesucristo». Y sólo así nuestro Creador empezara su nueva vida infinita, pero esta vez con el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos, como escritos por el mismo dedo de Dios, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, «para jamás volver a pecar en contra de él ni de su Árbol de la vida». Y desde entonces acá, a todos los que recibieron al Señor Jesucristo en sus corazones, como Dios manda, como a los que tan sólo creen en su nombre antiguo y misterioso, «pues a ellos nuestro Hacedor les dio derecho de ser hechos hijos e hijas de su alma santísima en esta vida, para entrar a la eternidad venidera desde ahora». Y estos son de los cuales nacen por el espíritu de la fe, no de sangre humana, ni menos de la voluntad de la carne de Adán, ni de la voluntad de ningún varón de la tierra, como de sus padres, por ejemplo, «sino de la voluntad perfecta y santísima de nuestro único Dios», ¡el Creador del cielo y la tierra! Porque para todo aquel que desee creer en su Dios y Fundador de su vida, entonces tiene que creer en Él, sólo por medio de la invocación salvadora de la sangre santificadora de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!; de otra manera, «no es posible creer en Dios jamás en esta vida ni en la venidera también, eternamente y para siempre». Por eso, nuestro Dios requiere del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera, volver a nacer, no del espíritu de error de sus antepasados, por más bondadosos que hayan sido en sus vidas pasadas, «sino del Espíritu Santo de las ordenanzas santas, como de él mismo o de su unigénito», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque todo aquel que nace para Dios, «entonces vuelve a nacer en el Espíritu inviolable de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos, únicamente en el cuerpo, en la carne, en el Espíritu de la sangre sacrificada del Árbol de la vida», como en el paraíso y así también como sobre el monte santo de Jerusalén, en Israel, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque nuestro Señor Jesucristo descendió del cielo en su día, y de acuerdo a la Escritura, para ser el primero en nacer santo del vientre virgen de la hija de David, María y de la tribu de Judá para la humanidad entera; porque «sólo Jesucristo es el primero y el último entre todos los hombres del paraíso y de la tierra». Ahora nuestro Señor Jesucristo descendió del paraíso para nacer del hombre de la tierra, pero sin el pecado de Adán, para no mentir jamás, sino sólo hablar de la verdad infinita de su Padre Celestial y de su Espíritu Santo, «como del libro de la verdad del cielo, para bien de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Puesto que, ha sido nuestro Padre Celestial quien ha instalado a su rey Mesías sobre el monte santo, de acuerdo a la Escritura, morada de justicia eterna de Jerusalén, en Israel, para que sea rectitud, hermosura y salvación infinita para el mismo Israel y para las familias de las naciones de la humanidad entera. De aquí que, el libro de la verdad del cielo sólo nuestro Señor Jesucristo fue encontrado infinitamente justo delante de Dios, «para romper su sello y abrirlo, para que sea leído únicamente por Él», para bendición infinita de cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de las naciones de toda la tierra. Visto que, todo aquel que nace del espíritu de la sangre, manchada por el pecado de Adán, entonces nace en el mundo sólo para conocer el mal y sus dolores, de enfermedades, dificultades terribles y hasta la misma muerte del infierno y del lago de fuego, «para jamás volver a nacer del Espíritu Santo, ni menos conocer la felicidad celestial». Porque para Dios, todo aquel que nace de la sangre rebelde de Adán, en verdad peca en contra del Espíritu de Los Diez Mandamientos del paraíso, para maldición y condena eterna en la tierra y en el lago de fuego: «en donde habita el espíritu de toda mentira y de toda injusticia de Satanás y de sus ángeles caídos, por ejemplo». Pero los que nacen del Espíritu del Árbol de la vida, el Hijo de Dios, entonces vuelven a nacer milagrosamente en el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, infinitamente cumplidos en la sangre bendita del Señor Jesucristo, «para jamás ser violados en la tierra, ni menos en la eternidad, sino venerados por siempre y para siempre por las naciones eternas». Es por eso que el espíritu de error lucha día y noche con el espíritu humano del hombre y de la mujer en su corazón, «para que jamás conozca el verdadero Espíritu de Los Diez Mandamientos, infinitamente cumplidos en la vida gloriosa del Hijo de David», ¡el Cristo del paraíso y de la eternidad venidera! Es decir, que todo el mal que el corazón de Satanás desea que haga el pecador, pues eso es lo que hace todos los días de su vida inhumana por toda la tierra, «para desobedecer constantemente a nuestro Dios y el Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos», con el fin de desacreditar la vida del Hijo de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y esta es una lucha constante de Satanás y de su espíritu de error de desacreditar el Espíritu santísimo y sumamente glorioso de las ordenanzas y decretos de Dios y de Moisés, en la vida del Señor Jesucristo primordialmente y así también en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Dado que, cada vez que el Espíritu inviolable de Los Diez Mandamientos es deshonrado, «pues entonces el Hijo de Dios es deshonrado seguidamente para desgracia de muchos», como de los que aún no conocen en sus corazones: la verdad y la justicia infinita de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, para bien eterno del espíritu de la humanidad entera. Es por eso que el Espíritu de la sangre viviente del fruto del Árbol de la vida es de suma importancia en nuestras vidas, «para derrotar cada vez que sea posible cada una de las profundas tinieblas de Satanás, mucho antes que sea consumada en el corazón del hombre y de la mujer de toda la tierra». Porque las tinieblas de Satanás y así también de las gentes de la mentira eterna no dejan de deshonrar el Espíritu de Los Diez Mandamientos, porque cada vez que el Espíritu de Los Diez Mandamientos es atacado, «entonces también el Señor Jesucristo es atacado de manera parecida, para tristeza de los ángeles y mal de la humanidad entera también». Es decir, que esta lucha de atacar y de deshonrar a Dios y a su Jesucristo ha sido siempre de parte de Satanás y de sus secuaces, por medio de los ataques al Espíritu de Los Diez Mandamientos, «para que los ángeles no vivan en paz en el cielo ni menos las naciones en toda la tierra, para mal de muchos». Y es por eso que hay tantos problemas en toda la tierra, porque Satanás y el espíritu de error están activos constantemente, «atacando siempre todo lo que es del Espíritu de las ordenanzas de Dios y del rey Mesías, en el corazón y en las vidas de las familias de todas las naciones, comenzando con Israel, por ejemplo». Para que el Señor Jesucristo no sea glorificado, como es debido, en la vida de todas las familias, razas, pueblos, naciones, religiones y lenguas del mundo entero, «y así cada pecador no vuelva a nacer jamás del Espíritu obediente del Señor Jesucristo», sino que permanezca en el espíritu de desobediencia eterna de Adán, por ejemplo, para morir en el infierno posteriormente. Y así todos mueran en sus profundas tinieblas de siempre, «sin jamás llegar a conocer al dador de sus nuevas vidas eternas», en la tierra ni menos en el más allá, como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo: en donde todo es gloria infinita para el Espíritu de Los Diez Mandamientos celestiales. Además, es la sangre expiatoria del Cordero Escogido de Dios, «la cual cumplió cabalmente con el Espíritu de Los Diez Mandamientos» no sólo para gloria y honra de su nombre muy santo en el corazón del Señor Jesucristo, sino también «para gloria y honra eterna en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Esa es la única salvación posible de Dios y de su rey Mesías para Israel y para la humanidad entera, eternamente y para siempre. Para que así todos vivan por siempre felices sus días de vida por toda la tierra, como si ya estuviesen viviendo sus nuevas vidas eternas del paraíso, «libres de los males y las enfermedades de muerte eterna de Satanás y de sus huestes de ángeles caídos y de gran maldad, por ejemplo». Porque ese es el poder supremo de nuestro Dios en la vida del hombre, en la humanidad entera, la sangre santificadora de nuestro Señor Jesucristo, para perdonar pecados a cada ahora del día, como el sacrificio diario de la antigüedad y simultáneamente protegernos de los males terribles de Satanás y de sus gentes de gran decepción infernal del más allá. Porque debemos recordar que el pecado nació en el más allá, en el corazón de Lucifer y de sus ángeles caídos, en el día que se rebelaron en contra de Dios y de su Jesucristo, y luego nació en el corazón de Eva y seguidamente en el corazón de Adán, para mal eterno de su linaje humano en toda la tierra. Entonces las mentiras de Satanás entran en la vida del hombre de toda la tierra a toda hora del día y de la noche, como les sucedió a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, «para destrucción de sus vidas celestiales, si no viven en la protección santa y gloriosa del Espíritu de la sangre bendita del Señor Jesucristo». Y esto es muerte avisada para cualquier ser viviente de todas las familias, pueblos y naciones de la tierra, para que nadie sufra el mal del pecado ni de su muerte, sino todo lo contrario; «que todos vivan en el Espíritu de la vida eterna, como Dios manda, de su Hijo amado», ¡nuestro único Árbol de la vida celestial! Porque es el Árbol de la vida, el Espíritu de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos y honrados en el paraíso y así también en Israel y en toda la tierra, «sí tan sólo las naciones aman al Señor Jesucristo, como el Hijo de Dios, como el Cordero Escogido y como el sumo sacerdote», ¡el único Salvador posible del mundo entero! Ya que, es la sangre sacrificada de nuestro Salador Jesucristo, «la cual nos santifica cada día y nos da vida eterna día y noche y, a la vez nos aleja de los males habidos y por haber de Satanás y de sus gentes de gran maldad infinita, en la tierra y en el más allá también, eternamente y para siempre». Porque sin el derramamiento de la sangre expiatoria del Hijo de David, sobre la cima del monte santo de Jerusalén, en Israel, «entonces no hay ninguna expiación posible de pecado para ningún hombre, mujer, niño y niña de Israel ni de ninguna de las naciones de toda la tierra», eternamente y para siempre; y esto es muerte eterna, desde siempre para siempre. Es decir, que no es posible que sus nombres sean escritos en el libro de la vida jamás, sin creer en la sangre santificadora de Jesucristo, derramada sobre el monte santo de Jerusalén, para justicia, verdad y gloria eterna de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Y, por lo tanto, nadie jamás podrá escapar el poder terrible y constante de la mancha del pecado, a no ser que vuelva a nacer de nuevo de Dios, pero si el alma del hombre no cree en el Hijo de Dios, entonces ¿cómo podrá volver a nacer del Espíritu de la Ley divina? Sin duda alguna, esto es totalmente difícil de alcanzarlo para el hombre del mundo entero, porque está rayando lo imposible con su espíritu humano, al tratar de nacer de nuevo pero sin Jesucristo en su corazón, como el único salvador de su vida; «es por eso que Dios tenía que actuar para bien del hombre y pronto, tan pronto como hoy contigo». Como quiera que, el hombre tiene que volver a nacer milagrosamente en el espíritu no del error de Adán y Eva, como en el principio de todas las cosas y de la humanidad entera, por ejemplo, sino del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos inviolables de nuestro Salvador Jesucristo, el Santo de Israel y de las naciones. Por ello, nuestro Dios le dio a Moisés la luz del Árbol de la vida sobre el Sinaí, y luego le dio las lajas de Los Diez Mandamientos, para que Israel entre en sus tierras y cumpla cabalmente con el Espíritu de la Ley, y exclusivamente en la vida gloriosa del Mesías, derramando su sangre expiatoria sobre el monte santo de Jerusalén. Dado que, sin el derramamiento de la sangre purificadora sobre el monte santo de Jerusalén, entonces el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos en el gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, «no se hubiese regado sobre la tierra de las naciones, para perdón y para poder infinito de volver a nacer de su Espíritu inviolable». Porque nadie puede hacer que el hombre vuelva a nacer, sino sólo nuestro Jesucristo, pues para esto descendió del cielo, «para que hoy mismo vuelvas a nacer del Espíritu Santo de las ordenanzas y preceptos eternos de nuestro Creador»; por lo tanto, las naciones y sus religiones no pueden hacer a sus familias volver a nacer, sin Jesucristo en sus doctrinas y enseñanzas. En verdad, este es un milagro infinito, el cual sólo Dios lo puede hacer por nosotros, en su Jesucristo, el cual que una vez que se realiza en la vida del hombre, entonces «no cesa de hacer nacer milagros en la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la humanidad entera». Y esto es gloria infinita desde ahora, la luz de la nueva vida eterna de Dios y de su Árbol de la vida en el corazón del hombre para siempre, y para vivirla únicamente en la nueva eternidad venidera; realmente, «esta es una vida totalmente libre de Satanás, por lo tanto, una vida muy dulce para el hombre honrarla y gozarla infinitamente». Esto es justicia eterna para nuestro Padre Celestial, el que todo aquel que crea en la sangre purificadora de su Jesucristo, entonces viva para contarlo en la tierra y en la eternidad venidera de su nuevo reino sempiterno también, «lleno de verdad, derecho, justicia, gozo y alegría infinita para cada uno de nosotros y de todas las familias de la tierra». Es más, ésta nueva vida, la cual el nuevo nacimiento de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo nos da a cada uno de nosotros, en toda la tierra, «no tiene nada que ver con Adán ni mucho menos con Satanás», por eso es que es una vida sumamente limpia, pura e infinitamente santa, para gozarla desde ahora y para siempre. Porque todo aquel que desee ver la vida eterna y entrar en el nuevo reino de Dios, para vivir su nueva vida celestial, desde ahora y para siempre, entonces «tiene que haber nacido de nuevo del Espíritu Santo de la Ley de Dios, libre de toda culpa y de toda mentira de Satanás y de sus ángeles caídos también, por ejemplo». Y esto era sólo posible en la vida santísima de su Árbol de la vida eterna, su unigénito, nuestro Salvador Jesucristo del paraíso; porque sólo nuestro Jesucristo podía descender del cielo, sin él jamás mancharse con el espíritu del pecado de Adán, «para darle vida y salud en abundancia no sólo a Israel, sino a las naciones con sus familias eternas también». En realidad, esto es algo que ningún hombre podía alcanzarlo en su vida, ni tampoco ningún ángel del cielo podía hacerlo por él, sino sólo el Espíritu Santo de las ordenanzas divinas de Dios y de Moisés, «manifestada a Israel y a las naciones exclusivamente en el Hijo de Dios», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Ya que, sólo el Señor Jesucristo descendió del cielo con el Espíritu Santo de la sangre bendita e infinitamente expiatoria, para llevar a cabo victoriosamente el sacrificio sin igual sobre la cima del monte santo de Jerusalén, «para fin del pecado y el cumplimiento de la Ley inmortal del paraíso y de La Nueva Jerusalén Perfecta del cielo, por ejemplo». Porque nadie podrá entrar jamás a la nueva ciudad del cielo de Dios y de su Árbol de vida sin haber cumplido cabalmente con el Espíritu de la Ley divina, sólo posible hoy, como en la antigüedad, en la sangre santificadora y purificadora del Señor Jesucristo, ¡el Rey de reyes y Señor de señores! Y cuando Jesucristo nació del vientre virgen de la hija de David, entonces nos entrego a nosotros la sangre añorada por toda la tierra, la que se perdió en Adán en el paraíso para desdicha de muchos; y hoy la tenemos a nuestro alcance, «como en nuestros labios, como en nuestros corazones y almas infinitas también, únicamente para vivirla infinitamente». Para que de esta manera muy santa, y de acuerdo a la Escritura, entonces nosotros volvamos a tener vida, no de la vida manchada por los pecados y las mentiras de Satanás, sino libres de todos estos males terribles del más allá, «para sólo conocer los bienes eternos e innumerables del fruto del Árbol de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque una vida sin el Espíritu deshonrado de Los Diez Mandamientos, sino llena con el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente honrados en nuestro Señor Jesucristo y en nuestros corazones, «entonces los milagros juntos con sus bendiciones eternas no cesan de entrar en nuestras vidas a cada hora del día y por siempre en la eternidad». Ya esto es un milagro glorioso en tu vida mi estimado hermano, sí tan sólo le crees a tu Dios y a su Jesucristo, como dicta la Escritura. Es por eso que la sangre expiatoria del Señor Jesucristo es tan buena en cada uno de nosotros, y tan rica en bendiciones y milagros sobrenaturales a la vez, como siempre lo fue en la vida de nuestro Señor Jesucristo en el paraíso, en Israel, y por siempre será así, sin duda, en La Nueva Jerusalén Celestial del nuevo reino venidero. Porque «solamente ésta es la verdadera sangre santísima y expiatoria para el verdadero sacrificio celestial y eterno del cielo», el cual no se pudo lograr jamás en el paraíso por culpa de Adán, pero en Israel si, para no sólo limpiarnos de nuestros pecados, sino darnos vida y salud en abundancia, ¡gracias a las misericordias infinitas de nuestro Padre Celestial! Porque nuestro Dios es bueno infinitamente para los que le aman a él, sólo por medio del nombre sagrado de su Jesucristo; dado que «sólo la sangre purificadora del Señor Jesucristo nos limpia de toda maldad, calumnia, falsedad y de la muerte eterna del ángel de la muerte y de las impurezas terribles de Satanás». Además, ésta sangre es muy santa e inmortal, la cual nos bendice día y noche y sin cesar jamás en la tierra y en la nueva vida eterna de Dios y de sus huestes angelicales, «sí tan sólo le somos fieles a Él, en el Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos cabalmente cumplidos en la vida de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y como el Espíritu de Los Diez Mandamientos vive, «así pues también nuestro Salvador celestial vive en perfecta gloria, sentado a la diestra de nuestro Creador», para interceder por cada uno de nosotros, de los que creemos en él y confesamos con nuestros labios sus glorias inmortales, desde siempre y para siempre en la tierra y en la nueva eternidad celestial. Porque sólo la sangre del Árbol de la vida nos podía dar vida y salud en abundancia, para poder vivir con nuestro Padre Celestial, con su Espíritu Santo y con cada uno de sus ángeles celestiales; y sin la sangre del Señor Jesucristo, «entonces no podíamos tener vida ni menos salud infinita, para vivir felices con nuestro Dios, eternamente y para siempre». En verdad, sin la sangre del Señor Jesucristo en nuestras vidas somos presas fáciles a cada hora del día y de la noche para Satanás y para sus gentes de la gran maldad y de la decepción infernal, en la tierra y en el infierno también. Y es por eso que la vida de muchos ha sido cortada mucho antes de sus días de vida por la tierra, como en la flor de la vida, delante de Dios y de su Jesucristo, desdichadamente; pero nuestro Dios es un Dios justo, para juzgar con justicia para bien de cada uno de ellos y hacerlos nacer una vez más. Pues no importa cuando murieron, ni en manos de que enemigos murieron en sus días de muerte, sin embargo, nuestro Dios mismo los levantara a una nueva vida gloriosa, llena de días largos y sin fin del cielo y la tierra, para que conozcan que sólo él es el SEÑOR de sus almas infinitas, desde siempre y para siempre. Porque sólo ésta es la sangre santísima y expiatoria, la cual, de acuerdo a la Escritura, tenía que ser derramada por el Hijo de David sobre la cima del monte santo de Jerusalén, «para ponerle fin al pecado y así cumplir fielmente con el Espíritu de Los Diez Mandamientos eternos, para el renacimiento de Israel y de las naciones eternas, también». Porque una vida sin el Espíritu de Los Diez Mandamientos cumplidos cabalmente en nuestro Señor Jesucristo, entonces no es vida, sino otra cosa terrible, por decir lo menos posible; «y nuestro Dios no desea este mal terrible para ninguno de sus amados, como tú y yo, hoy en día mi estimado hermano, sino sólo el renacimiento eterno de su Jesucristo en nosotros». Es decir, que la vida eterna que nuestro Padre Celestial desea para Adán y así también para cada uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, «está hoy mismo, como en la antigüedad, solamente en el cuerpo santo y vida gloriosa de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y fuera del Señor Jesucristo ya no hay vida para nadie en el paraíso, ni en la tierra, ni mucho menos en La Nueva Jerusalén Colosal, «en donde Abraham, Isaac, Jacobo y sus descendientes de la antigüedad juntos con muchos pueblos, naciones y reinos, viven muy felices y en la eterna gloria de amar mucho más que antes a nuestro Creador Celestial». Porque para nuestro Padre Celestial «sólo los que aman su fruto de vida eterna, la sangre sacrificada, han de pisar la tierra santa y ver los cielos con sus mares gloriosos de La Nueva Jerusalén Celestial», y más no los que deshonran el Espíritu de las ordenanzas perfectas y justas de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, por ejemplo. Porque sólo esta sangre santísima nos da vida y salud eterna día y noche y por siempre en la nueva eternidad venidera del nuevo reino de Dios y de su gran rey Mesías, como en La Nueva Ciudad Seráfica de David, «para que los pueblos y las naciones con sus lenguas autóctonas adoren y glorifiquen infinitamente a su Creador celestial». Por ello, sin ésta sangre santísima, entonces Israel ni ninguna nación podía jamás hacer expiación por sus pecados, para perdón, sanidad y salvación de sus almas infinitas, en esta vida ni en la venidera, para siempre; «porque sólo la sangre del Señor Jesucristo es la verdadera sangre del sacrificio sin defecto alguno, para el pacto del perdón y la salvación del hombre». En verdad, sin la sangre sacrificada del Señor Jesucristo, «entonces ninguno de nosotros hubiese podido jamás escapar los terribles embates de las profundas tinieblas de Satanás y de sus ángeles caídos», como cada vez que se acerca a nosotros con sus mentiras, problemas, acusaciones falsas y enfermedades rebeldes, por ejemplo, para desgarrar nuestras vidas como si fuésemos carne para comer. Ciertamente, fue por el Espíritu de esta sangre y vida gloriosa y antigua, por la cual Moisés pudo liberar a Israel de las cadenas de esclavitud de Egipto, «para que salgan de sus casas a cruzar el mar rojo por tierra seca, por la cual ningún mortal había pisado jamás», camino al Sinaí y finalmente pasar a la tierra escogida de Canaán. Porque en Canaán estaba la Jerusalén escogida por Dios, «en donde su monte santo levantaría en su día el cuerpo inmortal de su Hijo amado, de acuerdo a los profetas y la Escritura», sangrando sangre santa y expiatoria para perdón de pecados y salvación infinita no sólo de Israel, sino de todas las naciones también. Porque sólo por la fe, en el gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, entonces no sólo Israel volvería a nacer no del Espíritu deshonrado de Los Diez Mandamientos de Adán, «sino del Espíritu Santo e infinitamente honrado de Los Diez Mandamientos en el Hijo de David, nuestro Señor Jesucristo, para vivir la vida eterna desde ahora». Y esto seria, como hoy en día y por siempre, por ejemplo, por medio del evangelio eterno, «sí sólo las naciones invocan con sus propias lenguas nativas el nombre salvador del Señor Jesucristo», para gloria y honra suprema del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos inviolables de vida y de salud eterna de la nueva vida celestial e infinita del cielo. Porque la verdad es que, como en los días de Israel y de sus sumos sacerdotes, como Aarón, por ejemplo, que tenían que hacer sus sacrificios y holocaustos continuos día y noche delante de Dios, para bien de sus vidas de aquellos días y para bien eterno de generaciones futuras, también, para fin del pecado y gloria eterna de Dios en toda la tierra. Para que así el hombre no siga viviendo su vida pecadora de las profundas tinieblas de Satanás, «sino que despierte a la luz santa y verdadera del nuevo reino de los cielos, como el despertar a la nueva luz santa e infinita de La Nueva Jerusalén del rey David», ¡nuestro Señor Jesucristo! En otras palabras, los sacrificios, ofrendas e incendios grandiosos de los altares de Israel, «fue realmente cada vez para honrar y exaltar el Espíritu Santo de la sangre expiatoria del Cordero de Dios para destruir el pecado, el ángel de la muerte y hasta el mismo infierno en su día, en el lago de fuego», para fin de toda vida pecadora. Porque cada sacrificio y cada gran incendio de ofrendas que Israel siempre presento delante de Dios y sobre sus altares santos, como en el lugar santo de los santos del tabernáculo, «siempre fue del Espíritu inviolable de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo, la cual cumpliría cabalmente Los Diez Mandamientos en Israel», para bendición y salvación infinita de la humanidad entera. Y sin el Espíritu de la sangre santísima y expiatoria del Señor Jesucristo, «entonces Moisés jamás hubiese visto el Árbol de la vida eterna, chispeando luces del gran incendio del sacrificio eterno de sangre sobre el Sinaí, para avisarle a Israel que su Dios no los había olvidado para redimir sus vidas de la vida cruel y de esclavitud eterna de Egipto». Es decir, que la sangre expiatoria y purificadora del Árbol de la vida viene salvando al hombre de la ira de Dios y del fuego eterno del infierno, desde sus primeros días de vida en el paraíso y así también desde sus primeros días de vida en la tierra, por ejemplo, y hasta nuestros días con toda seguridad. Por lo tanto, la sangre del Señor Jesucristo jamás deja de ser importante para nuestro Padre Celestial y así también para la humanidad entera, comenzando con Israel; porque la sangre del Señor Jesucristo está tan viva hoy en día y como siempre, «para expiar por nuestros pecados diariamente, y llenarnos de bendiciones infinitas de la nueva vida eterna del cielo». Por ello, el que rechaza la sangre del Hijo de David, entonces peca terriblemente, y ya no hay más sangre santísima para el sacrificio del perdón de sus pecados delante de nuestro Padre Celestial y de sus ángeles celestiales, «sino sólo condena y castigos sin fin para su alma pecadora en el infierno candente, violento e infinitamente tormentoso». Porque para nuestro Creador todo aquel que no ama el Espíritu de la sangre bendita de su Jesucristo, como religiones falsas y peligrosas, «entonces no ama su misma existencia ni menos la nueva vida de su nuevo reino celestial», como la nueva vida prometida a los hebreos y la humanidad entera, de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo. Y esto es rebelión para muerte en la tierra y en el infierno para cualquier pecador y pecadora, así como lo fue en la antigüedad, «así pues también lo es en nuestros días para desdichade muchos, como de los que caminan aún en sus tinieblas de siempre y sin el amor de la sangre expiatoria de Jesucristo en sus corazones». Porque sólo la sangre del Señor Jesucristo es el verdadero Espíritu de vida y de salud eterna, la cual no sólo cumplió con Los Diez Mandamientos, «sino que también derroto por fin a Satanás y su pecado a sus muertes seguras del lago de fuego, para jamás volver a ofender a nuestro Dios ni a su palabra santa, en nuestras vidas». Es decir, que cada mentira, cada maldad, cada infamia y, por lo tanto cada enfermedad y su muerte eterna en la tierra y en el infierno «ya han sido vencidas por Dios mismo, en nuestras vidas de cada día, gracias a la sangre expiatoria del sacrificio supremo de nuestro gran rey Mesías de todos los tiempos», ¡el Señor Jesucristo! Por ello, con la sangre santísima y milagrosa del Señor Jesucristo viviendo en nuestras vidas, entonces «somos más que vencedoras para nuestro Padre Celestial y para su Ley santa ante toda mentira, maldad, enfermedad y muerte eterna en la tierra y del más allá también, eternamente y para siempre». Es por eso que hoy en día, como en la antigüedad con Israel y sus familias, por ejemplo, «tenemos abundancia de milagros, maravillas y prodigios sobrenaturales en actividad, actuando a nuestro favor en los cielos y en la tierra, para bendecir nuestras vidas y así llenarnos de salud eterna», para el servicio constante a nuestro Padre Celestial y a su Espíritu Santo. Porque es la sangre expiatoria, la cual nos acerca a nuestro Creador y a su Espíritu Santo cada vez más, «para que los poderes sobrenaturales del cielo y de la tierra se manifiesten siempre a favor de nosotros», en todos los lugares de la tierra, para librarnos de los males de Satanás y de sus enfermedades terribles, por ejemplo. Y sólo así entonces empezar a gozar de muchas bendiciones de los lugares altos del cielo y de la tierra y hasta de sus profundidades y alturas también, «porque nuestro Dios no sólo nos ha dado de su misericordia y salvación infinita, sino que también nos ha dado todas las cosas en la vida santísima de la sangre sacrificada de su Hijo amado». En verdad, la sangre expiatoria del Señor Jesucristo no sólo nos hace volver a nacer del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos para cumplir con toda verdad y justicia celestial y así finalmente entrar a la vida eterna, sino que es además de todo esto, «nuestra medicina perfecta para destruir todos los males de Satanás, en nuestro diario vivir». Por lo tanto, hay poder infinito de vida y salud para cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra, «únicamente en la sangre santísima y expiatoria de nuestro Señor Jesucristo«; y sin nuestro Señor Jesucristo no hay poder alguno de vida ni menos de salud para ninguno de nosotros, para siempre. Es decir, también, que con el Señor Jesucristo en nuestras vidas, entonces gozamos día y noche de muchas bendiciones de nuestro Padre Celestial, como de las que se ven y de las que no (se ven), «para enriquecer nuestras vidas cada vez más que antes, para alcanzar nuevas glorias infinitas en nuestras vidas para nuestro Padre Celestial y para su Jesucristo». Porque «sin la sangre purificadora del Señor Jesucristo en nuestras vidas, entonces jamás alcanzaremos ninguna verdad salvadora», ni mucho menos gozaremos de ninguna justicia infinita para poder entrar a vivir con nuestro Padre Celestial y con su Árbol de vida, la nueva vida celestial de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Entonces lo primero que nuestro Dios ve, cuando mira a la tierra desde su altar santísimo o desde su trono infinito, es la sangre del hombre, «para ver con sus propios ojos, sin que ningún ángel ni nadie le tenga que decir nada, sí está limpia o manchada por el pecado de Adán y Eva, por ejemplo». Porque es la sangre pecadora de Adán la que nos aleja de Dios, «pero sólo la sangre sacrificada del Señor Jesucristo es la cual cumplió con Los Diez Mandamientos eternos, y la que nos acerca cada vez más a Él que está en los cielos», para nosotros entonces hallar diariamente gracia y misericordia infinita para nuestras vidas frágiles, en toda la tierra. Ahora sí la sangre del hombre está manchada por el pecado, entonces su mirada se aleja de él, con mucho dolor en su corazón glorioso: «porque nuestro Dios es un Dios santísimo y no puede mancharse con el pecado de nadie». Es por eso que la sangre de Jesucristo es indispensable en nuestras vidas, para que Dios viva alegre con nosotros perennemente y más no enojado o irritado, por ejemplo, para mal de muchos en toda la tierra. Porque sólo el Espíritu de la sangre santísima le da mucha alegría a nuestro Dios y a su Espíritu Santo para quedarse con nosotros y así bendecirnos en cada momento de nuestras vidas, para no sólo resolver nuestros problemas diarios, «sino también para darnos bendiciones de muchas cosas que ni aún nos imaginamos tener, pero nuestro Dios nos las da como quiera». Y nuestro Dios nos da lo que no podemos alcanzar ni menos tener jamás, porque él es bueno para con los que le aman a él, por medio de la sangre purificadora de su Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Además, nuestro Dios hace todas estas misericordias sobrenaturales por cada uno de nosotros diariamente, como en la antigüedad con Israel, llenas de su amor y de su Espíritu Santo, porque nos ama grandemente, «como jamás nadie nos ha amado tanto, ni mucho menos nos podrá amar así en la eternidad, por amor al nombre santísimo de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Por ello, sí nuestro Padre Celestial ve la sangre del Señor Jesucristo en nosotros, entonces sus ojos se alegran y así también su corazón y toda su alma santísima, «para darnos no sólo el perdón de nuestros pecados cotidianos, sino también cada una de sus más ricas bendiciones de salud y de salvación, para que jamás nos falte ningún bien eternal». Por cuanto, cuando nuestro Padre Celestial ve la sangre santificadora de su Hijo amado en cada uno de nosotros, en todos los lugares de la tierra, entonces sabe muy bien en su corazón santísimo, «que hemos nacido de nuevo del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos gloriosos e infinitos, para salud y vida eterna de nuestros cuerpos y espíritus humanos». Realmente, con la sangre viviente y antigua de nuestro Señor Jesucristo instalada en nuestros corazones, por nuestra fe infinita en nuestro Hacedor, «entonces Satanás pierde todo poder maligno en nuestras vidas y en la de los nuestros también, (y esto es verdad en nosotros únicamente desde el momento que confesamos y amamos a nuestro Jesucristo en nuestros corazones infinitos, por ejemplo). Para que a tal grado, entonces Satanás ya no se acerque más a nosotros para hacernos daño con su espíritu de maldad y de rebelión hacia el fruto de vida eterna del paraíso, como cuando vivíamos sin el conocimiento santísimo del Espíritu bendito del nombre y de la sangre expiatoria de nuestro Salvador Jesucristo, en nuestros corazones eternos. Por lo tanto, es la sangre santísima de nuestro Señor Jesucristo la que hace la gran diferencia entre Dios y el hombre de la tierra, «para no sólo perdonarle sus pecados, sino también para entregarle cada una de sus bendiciones celestiales y terrenales» (las cuales le pertenecen a él y a los suyos, por inicio divino, desde siempre y para siempre). Y estas bendiciones de nuestro Dios son las mismas bendiciones que su Espíritu y así también su Árbol de vida, nuestro Salvador Jesucristo, junto con sus ángeles se gozan en cada una de ellas día y noche y por siempre en la eternidad celeste; «porque nuestro Dios es felicidad y así también nosotros, si solamente vivimos con Él junto con su Jesucristo». Es decir, también, que únicamente la obediencia perfecta de nuestro Dios en nuestros corazones, ya sea en el paraíso, en la tierra o en La Nueva Jerusalén Santísima y Gloriosa del cielo, «es, sin duda alguna, el Espíritu de la sangre viviente y expiatoria de nuestro fruto de vida y salud eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y sin el Espíritu de la sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre en nuestras vidas, entonces vivimos en constante desobediencia a nuestro Jesucristo, «para maldición y condena eterna de nuestros corazones y de nuestras almas infinitas, para vivir una vida pecadora no sólo en la tierra, sino también en el mundo de los muertos», ¡en el infierno eterno! Entonces sólo la sangre bendita y sacrificada del Señor Jesucristo sobre todo lo alto del monte santo de Jerusalén, en Israel, «obedece cabalmente a nuestro Padre Celestial y a cada uno de sus preceptos eternos», y más no así en ninguno de nosotros, con la sangre manchada por el pecado rebelde a Jesucristo de Adán y Eva, por ejemplo. Y esto significa que todos están viviendo en las mismas profundas tinieblas de siempre, como de las cuales nuestro Creador nos libro primeramente del fango en sus manos santas, cuando nos formaba en su imagen y conforme a su semejanza celestial, su unigénito, el Salvador de nuestras almas eternas, para alcanzar nuevas glorias infinitas jamás alcanzadas ni aun por los ángeles santos. Porque la verdad es que en nuestras vidas hay glorias y santidades jamás alcanzadas por nadie aún, ni siquiera por los ángeles más poderosos del cielo, «de las cuales nuestro Dios las instalo en nuestras almas infinitas, en el día que nos formaba en sus manos sagradas, para el servicio santísimo de su nombre muy amado en la eternidad», ¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir, que nuestro Padre Celestial nos forma en su imagen y conforme a su semejanza celestial «para que seamos inseparables de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, nuestro gran rey Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y es únicamente Satanás quien nos separa de Jesucristo con sus mentiras de siempre en nuestros corazones. Es por eso que cada uno de nosotros es muy importante para nuestro Dios y para su Espíritu Santo, «para amar a su Hijo amado, nuestro único Árbol de la libertad eterna, con todas las fuerzas de nuestros corazones, de nuestras almas, de nuestras vidas y de nuestras mentes, para vivir en perfecta armonía con su Ley viviente, eternamente y para siempre». Porque para nuestro Padre Celestial no hay otra Ley mayor que no sea su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y así también para cada uno de nosotros, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en el paraíso, en la tierra y en La Nueva Jerusalén Celestial, por ejemplo. Verdaderamente, somos tan importantes para nuestro Padre Celestial y para su Espíritu Santo, cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, familias, pueblos, naciones, tribus y reinos de la tierra, «que nuestro Dios nos ha bendecido grandemente a sus anchas infinitas en los lugares celestiales, gracias a la sangre expiatoria de su único Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Es decir, que nosotros tenemos poderes sobrenaturales obrando a nuestro favor día y noche en el cielo y en la tierra, gracias al Espíritu del nombre y de la vida sagrada de nuestro Señor Jesucristo, «para que no sólo nuestros pecados no nos destruyan, sino para protegernos del mal constante del enemigo, y así bendecirnos grandemente cada día y por siempre». Porque nuestro Dios no crea al hombre en sus manos santas en su imagen y conforme a su semejanza celestial para que sufra la escasez de las cosas, como las muchas maldiciones eternas del mundo de los muertos (como la sed constante por la sangre purificadora y el hambre insaciable por el pan del cielo, Jesucristo), sino todo lo contrario. En verdad, cuando el hombre sufre, como siempre lo vemos sufrir en toda la tierra, es porque Satanás lo está atacando terriblemente y siempre a traición, «de la misma manera que ataco a Dios y a su Jesucristo en el cielo, como en el día de la rebelión de los ángeles caídos, para usurpar el trono de Dios, por ejemplo». Y nuestro Dios no desea que Satanás nos ataque, ni que se acerque a ninguno de nosotros por ninguna razón, ni aun por culpa de nuestros pecados, «porque el Espíritu Santísimo de la vida y de la sangre expiatoria de nuestro Señor Jesucristo nos protege constantemente y por siempre en todos los días de nuestras vidas y en toda la tierra». Porque con el Señor Jesucristo en nuestros corazones, no sólo tenemos el sello de propiedad de la santidad de nuestro Padre Celestial en nuestros espíritus y cuerpos humanos, «sino que somos constantemente llenos del Espíritu Santo de Dios y de sus dones sobrenaturales también, para servicio infinito al nombre santo de nuestro Creador celestial». Entonces nuestro Dios crea al hombre y a los suyos, para que sea feliz y jamás le falte ningún bien del cielo ni de la tierra, en esta vida ni en la venidera también, ni para que no sea presa de Satanás ni de ninguno de sus enemigos eternos tampoco, ni mucho menos presa fácil de las bestias de la maldad eterna. Por ende, es la sangre del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, la que nos hace el corazón y el alma feliz cada día, así pues como el corazón y el alma de nuestro Dios son felices también, «porque la verdad, el derecho y la justicia celestial reinan sublimes en nuestras nuevas vidas eternas y celestiales también», ¡gracias a Jesucristo! Entonces el que no tiene el espíritu de la sangre viviente del Señor Jesucristo en su corazón y en su espíritu, para expiar por sus pecados delante de Dios constantemente, «entonces no sólo no es feliz, sino mucho más que esto; verdaderamente, esta alma sufre y muere cada día, como ya viviendo en el infierno, sin el pan del cielo, ¡Jesucristo!». Es decir, que está alma perdida vive su vida por toda la tierra, como la peor de los pecadores delante de Dios y de sus huestes angelicales, «porque Satanás la tiene engañada, como cuando engaño a Adán y a Eva en el paraíso, para mal de su vida y de los suyos también, para desdicha de nuestro Creador celestial». Es decir, también, que el alma del hombre vivirá eternamente en la oscuridad del mundo de los muertos y entre los tormentos del lago de fuego, para jamás conocer la felicidad de la vida en su corazón ni menos en su alma maravillosa, por ejemplo, «cuando muy bien pudo haber conocido la felicidad celestial, sí tan sólo invocase a Jesucristo al instante». Porque es la invocación del nombre misterioso del Señor Jesucristo lo que hace la gran diferencia espiritual en el corazón y en toda la vida del hombre en todos los lugares de la tierra y a cualquier hora del día también, «para que sus problemas comiencen a solucionarse, y así su vida comience a enriquecerse en el Espíritu de Dios». Porque sólo nuestro Dios sana y salva al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de sus peores males y tormentos de sus vidas, en la invocación del nombre bendito y misterioso de nuestro Señor Jesucristo, «para que todo lo que sea tristeza entonces se convierta a la felicidad eterna del cielo, como viviendo ya en la eternidad angelical». Por lo tanto, la ley de la tierra y así también del paraíso, «es de que, sin duda alguna, todo aquel que no invoque el nombre misterioso del fruto del Árbol de la vida y de la felicidad eterna, el Hijo amado de Dios, nuestro Señor Jesucristo, entonces muere irremisiblemente desde ya y día a día y sin haber muerto físicamente todavía». Y esta es una muerte triste y lenta para Dios y para los demás también, «porque habiendo tanto poder en el nombre del Señor Jesucristo y en su Espíritu Santo, para no sólo resolver problemas y sanar enfermedades y aún hasta las más rebeldes, por ejemplo, sin embargo, el hombre muere aun así en las mentiras crueles del enemigo de Dios, Satanás». Porque la verdad es que el hombre y así también la mujer muere día a día, sin tener que morir por causa de ningún pecado, «porque hay poderes sobrenaturales obrando siempre para bien de sus vidas, en esta vida y en la eternidad, para que no mueran jamás, sino que vivan por siempre y para siempre en el cielo». Porque el que no ama la sangre expiatoria y todopoderosa de su Hijo amado, «entonces para nuestro Padre Celestial y así también para todos los seres vivientes del reino de los cielos, ha muerto para siempre, para jamás cumplir las ordenanzas de Dios y de Moisés, ni muchos menos conocer jamás la felicidad de la nueva vida eterna del cielo». Y nuestro Dios no quiere la muerte del impío, sino su arrepentimiento para que viva para siempre con él en su nuevo reino celestial e infinito de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo; por ello, «el que rechaza la sangre expiatoria de Jesucristo por falta de entendimiento en su corazón, pues esta muerto en sus delitos y pecados infinitamente». Entonces esto es muerte eterna en tu corazón, ciertamente, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si no amas a Jesucristo en tu vida; es decir, también, «que después de tu muerte, sin Jesucristo en tu corazón, realmente ya no hay vida para tu alma viviente delante de Dios y de su fruto principal de la vida eterna», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Empero, nuestro Dios no crea al hombre con cada uno de los suyos en sus manos santas, para que sufra y muera cada día de su vida en la tierra ni menos en el más allá, «sino para que viva y goce infinitamente de su imagen y semejanza celestial, para que así sólo conozca la vida celestial y sus glorias interminables». Ahora el que sufre día a día en la tierra, así como Adán y Eva sufrían en el paraíso, por ejemplo, por falta de la sangre expiatoria de Jesucristo en sus corazones, «pues entonces será porque no conocen aún en sus corazones eternos al dador de sus vidas, el Santo de Israel y de la humanidad entera», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Así pues, si desde hoy mismo comienzas a creer en tu corazón en el Señor Jesucristo, como los antiguos creyeron en él y así también los ángeles celestiales, «pues claramente comenzaras a gozarte en tu vida de muchas de las cosas gloriosas que nuestro Dios creo para todos los que le aman a él», ¡sólo por medio de su Jesucristo! Y la primer bendición que nuestro Creador te dará a tu corazón y a tu cuerpo humano también, ha de ser, sin duda alguna, el nuevo nacimiento de tu corazón y de tu alma infinita, en el Espíritu inviolable de su Ley viviente; «porque esta Ley santa es la nueva vida eterna, para sólo los que le aman a Él en su Jesucristo». Porque todos hemos nacido en el espíritu de Adán, el cual quebranta el Espíritu de Los Diez Mandamientos primero, al no comer del fruto del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, en el día que nuestro Dios lo llevo delante de su Hijo amado, para que coma y beba de Él, por siempre, para salud y para vida eterna. Y nuestro Padre Celestial hizo esto con Adán primero, antes que todas las cosas gloriosas del paraíso, «porque el Espíritu de la Ley solamente podía ser honrada y cumplida en la vida humana de la sangre expiatoria y todopoderosa de su Hijo amado», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y lo mismo es verdad, hoy en día, para contigo y para con cada uno de los tuyos también, en tu hogar y en cada uno de los hogares de todas las familias de las naciones de toda la tierra también, «para que vuelvan a nacer de Dios, cumpliendo así el Espíritu Santo de sus ordenanzas infinitas, para salud eterna». Pero esta vez el alma del hombre no volverá a nacer de Adán ni de sus antepasados, sino sólo del Espíritu divino de la vida gloriosa y sumamente santa a la vez, llena infinitamente de la honra de la Ley Dios, «para que viva desde ya la vida eterna y con sus muchas bendiciones infinitas del cielo y la tierra». Pues dale gloria a tu Dios y Fundador de tu vida eterna, mi estimado hermano, sin demora, porque sólo Él ha hecho que tu vida no se pierda en Adán, «sino que la encuentres hoy mismo en la sangre santísima y sacrificada sólo por ti, sobre el monte santo de Jerusalén, para jurarte vida y salud eterna hoy mismo y para siempre». ¡Amén! No tarde más, alégrate con la sangre expiatoria del Señor Jesucristo en tu corazón y corriendo por todas tus venas para limpiarte de tus pecados y sanarte de tus enfermedades y aun hasta de las más rebeldes de tu vida, para que goces de salud y del nacimiento infinito de la paz de una vida celestial, desde ahora y para siempre. ¡Amén! El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche, (Deuteronomio 27: 15-26): “‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’ LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”. SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”. TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”. CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó”. QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”. SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”. SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”. OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”. NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu prójimo”. DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”. Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”. Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...pe=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |
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