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Antiguo 20-05-2008, 04:00:22
lunamar
 
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Predeterminado las tres menos tres, Irene

Las tres menos tres, Irene

Hoy termina la primavera Irene y es luna llena y solsticio de verano,
como esa noche hace trece años. Este año, el cerezo que te regalé en el
tercer aniversario de tu muerte, ha florecido tarde y justo esta semana está
dando las primeras cerezas. Y aunque ahora está despejado y la luna brilla
resuelta, la tormenta de esta tarde ha arrancado las flores que quedaban y
tu tumba parece nevada, como si fuera invierno. Te habrás fijado que hoy
está aquí papá, descansando desde esta mañana a tu derecha, también ahora
cubierto de blanco. El agujero negro y profundo de tu izquierda es para mí.
No recuerdo la fecha exacta, querida. Sé que fue después del accidente
pero cuando por fin supe que no eran imaginaciones mías, llevaba tanto
tiempo sospechándolo que no consigo recordar una fecha. Quizás no hubo un
día concreto o quizás eso no sea importante.
Sin embargo Irene, recuerdo todo lo demás.
Recuerdo que al principio lo que veía eran simples parpadeos
subliminales en la periferia de mi visión: un guiño de algo que estaba y no
estaba allí; un vacío en la boca del estómago y la sensación inmediata y
visceral de saber que iba a morir. Aunque no moría. Nada concreto parecía
provocar esos momentos de congoja. Todo era normal y de repente ese pequeño
doblez en el continuo de la realidad y la angustia que me trepaba y subía
como un puño cerrado desde el bajo vientre a la garganta. Cuando finalmente,
después de descartar las teorías desconcertadas de oculistas, traumatólogos
y oncólogos, fui al psiquiatra, me dijo que sufría ataques de pánico debido
algún tipo de estrés postraumático. Y entonces, aunque no sé porque, ya que
algo me decía que también se equivocaba y no volví, empecé a tomar los
calmantes que me recetó. Creo que pensé que la droga me atontaría lo
suficiente para mantener alejado lo que fuera que se estuviera acercando. No
hace falta decir que me equivocaba de medio a medio. Así empezaron los
sueños. O lo que yo creí que eran sueños al principio.
Estos sueños -que nunca fueron sueños, Irene- a veces eran sobre mi
infancia aunque no era mi infancia; a veces eran sobre momentos puntuales e
intrascendentes de algún desconocido ya fuera una prostituta del Imperio
Romano, un lord inglés del SXVI o un campesino tibetano de mediados del
siglo pasado; otras, mientras dormía, revivía, con todo lujo de detalle y
los ojos de otro, vidas enteras: he nacido, crecido y envejecido
innumerables veces, Irene. Y en esos sueños, yo siempre era alguien
distinto: algún pariente lejano en tiempo o espacio, alguna vecina, pero
sobre todo gente que no conocía de nada, en épocas que no tenían nada que
ver conmigo. Y nunca nadie cercano hasta ayer por la noche. Los sueños sólo
tenían dos cosas en común: cómo terminaban en un fundido en negro que se
aclaraba para mostrar siempre la misma imagen congelada y la hora a la que
me despertaban, temblando y sudando sobre la cama, mientras el despertador
marcaba, invariablemente, las 2:57 de la madrugada. Y no eran los sueños en
sí mismos lo que me despertaba con angustia en mitad de la noche. Era esa
sensación de vacío y muerte que me cercaba y se concretaba en esa imagen
cuando por fin bajaba el telón del sueño: el reflejo de mi cara en un
espejo, deformada por un grito horrorizado y mudo.
¿Cuántos años han pasado, Irene? ¿Doce? ¿Trece?. Teníamos veinte recién
cumplidos cuando todo esto empezó para mí. Tú fuiste más lista y no bajaste
nunca de ese coche. Recuerdo que desperté volcado sobre el volante y lo
único que quedaba reconocible del salpicadero era el reloj digital
parpadeando a tres minutos de las tres. Los bomberos no se explicaron, dado
el estado del coche y que tuvieron que sacar tu cuerpo a pedazos, que yo
saliera prácticamente ileso. La fractura de un meñique y el resto de
rasguños desaparecieron en un par de meses. Excepto por una pequeña y
profunda cicatriz en forma de hoz que me quedó en la mejilla izquierda,
sobre la nunca me ha vuelto ha crecer la barba, se diría que el accidente
que te mató, no dejó mella en mi. Hoy sé que yo debería haber muerto allí
contigo. Seguramente tú lo habrás sabido siempre.
Trece años de esta infecta labor de recolección. Yo no nací para esto,
fue un accidente, todo fue un gran accidente: olvidé que tu cinturón estaba
roto y que debía ser cambiado. Y seguramente no debería haber bebido de más
hasta llegar a nuestra habitación en el hotel, pero éramos jóvenes y
acabábamos de casarnos en contra de la opinión de nuestra familia y éramos
locamente felices. ¿Lo recuerdas, Irene? Tú eras adoptada. Te lo contó mamá
antes de morir y aunque hubiéramos crecido juntos, considerándonos hermanos
de sangre hasta que cumpliste los diecinueve, nosotros consideramos que eso
nos eximía del pecado del incesto. Pensamos que papá estaba celoso del amor
que nos profesábamos y que se negaba porque mamá ya no estaba con él.
Pensamos, cuando nos escapamos para casarnos, que lo acabaría aceptando,
¿verdad?
Así que esa noche en que moriste, con mi hijo recién gestado en tu
vientre, la muerte me marcó. Me salvó y me marcó como su emisario porque fui
yo quién te seduje, desobedeciendo a mi padre y la costumbre. La muerte me
marcó porque pequé tres veces: una por desobediencia, otra por lujuria y una
tercera por soberbia.
Y me he pasado trece años con la marca de la muerte en mi mejilla sin
saber realmente el porque hasta esta mañana. ¿Te he dicho ya que ayer soñé
el sueño que no es sueño y fui papá? Cuando me he despertado esta mañana y
me he levantado, y he ido hasta baño para lavarme la cara y al incorporarme
he visto mi reflejo en espejo a la vez que recordaba haber soñado con papá y
mi boca se ha abierto en un grito horrorizado y mudo deformándome la cara y
la certeza que hasta ahora había podido ignorar, porque nadie era cercano y
siempre sucedía lejos, me golpeaba como un mazo que me quitaba el aliento y
me hacia boquear como un pez fuera del agua mientras corría hacia al comedor
y papá estaba muerto, sentado en su viejo sofá con el mando de la tele en la
mano; cuando he visto su cara lívida tal y cómo estaba antes del negro telón
y he recordado el resto del sueño dónde papá amaba a su hermana como yo te
amó a ti, y le daba una hija que la mataba al nacer y le mentía a mamá para
darte un hogar y nos mentía a nosotros por costumbre y vergüenza, entonces
he sabido que mi culpa estaba expiada.
Que esta noche a las tres menos tres, me tumbaré contigo, Irene, en la
tierra fría y algún pecador soñará mi vida.

lunamar
may/08


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