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| LAS «NEGRITAS» DE MIS SUEÑOS Me despierta un golpe de teléfono. Es mi vieja colega Oriana Fallaci desde Roma, que quiere mi respuesta para una encuesta. Y me hace la pregunta: -¿Te masturbas? -No, «caríssima» -contesto con mi talento ya legendario en el periodismo internacional-. Porque cuando se alcanza un alto nivel intelectual, no se deben desperdiciar energías en trabajos manuales. Ambos quedamos satisfechos de la respuesta, que yo aprovecharé para incluirla en mi próximo libro «El ingenio de un genio». También aprovecho el telefonazo para mandarle recuerdos a mi amigo Fredy, porque sólo yo tengo permiso para llamar así a Federico Fellini. Recuerdo nuestro último encuentro en la Ciudad Eterna, cuando le acompañé a ver al Papa que deseaba reprenderle por el descoco de su última película. Cuando dejamos al Papa, nos tropezamos con los Ponti (Carlo y Sofía), que nos llevaron a la discoteca romana de Regine. Allí, sobre una peana, un hombre se contorsionaba pronunciando un discurso. -En Italia estamos tan politizados -me comentó Sofía Loren- que en esta discoteca, además de «chica-gogó», han puesto un «dema-gogo». Recordando estoy estas chorradas cuando me telefonea mi amiguita Brigitte Bardot, para lamentarse de que el verano pasado estuve en Saint-Tropez y no fui a visitarla. -¡Pero mi «chérie»! -exclamo-. Ten en cuenta que fui acompañado por Bo Derek, que desde que se peina con las condenadas trencitas se lo tiene muy creído y se pone de un celoso inaguantable. De manera que no quise correr el riesgo de que por hablar con Be-bé, me arañara Bo-bó. Bien puede prescindir Brigitte de las atenciones de un español, puesto que vive rodeada de franceses que son tan atentos. ¡Si serán atentos los franceses con las señoras, que hasta a las verruga femeninas más repugnantes las llaman «granos de belleza»! Cuelgo a la Bardot que se pone pesadísima, pues cree que por el hecho trivial de haberme fijado en ella y haberme quedado una temporadita a vivir en su casa, ya tiene derecho a exigirme que la visite cuando vaya a la Costa Azul. ¡Aviado estaría si me dejara dominar por cualquier mujer con la que tuve en el pasado una aventurilla veraniega! Me levanto de la cama, en la que por cierto sigue durmiendo Ava Gardner (¡había olvidado por completo que anoche la invité a dormir conmigo!). Debo asistir a un desayuno de trabajo con el ministro Pérez-Llorca, que desea le cuente mi entrevista con Leónidas Breznev, de la que tanto se habló a raíz de mi último viaje a la Unión Soviética. -Cuéntame, sobre todo, cosas de la K.G.B. -me dice el «mini», pues yo llamo así al ministro. -Pues la K.G.B. -le explico- es la Policía Secreta de la URSS. Sospecho que desde el principio se llamó así, K.G.B., porque inspiraba tanto miedo que la gente se Ka-Ga-Ba. El «mini» ríe mi ingeniosa ocurrencia, con la cual doy por terminado el desayuno de trabajo. Detesto esta moda de desayunar trabajando. Como esto siga así, pronto se adelantará más todavía el principio de la jornada laboral. Y antes que el desayuno de trabajo a primera hora de la mañana, habrá también el polvo de trabajo que se echará en plena noche. Para lo cual empiezan a incorporarse señoras bastante estupendas a la política activa. Al polvo de trabajo con señora, sí me apunto; pero al desayuno con ministro, no. Bastante lata me dan ya todos los políticos del país, para que suavice las relaciones entre Leopoldo Calvo-Sotelo y Felipe González con el fin de organizar de una endemoniada vez el anhelado gobierno de coalición. Me lo decía ayer mi amiga Margarita, que es el modo amistoso que tengo yo de llamar a la Thatcher: -Eso es fácil de arreglar en tu «country», mi «darling» -me decía la Dama de Hierro, que cuando habla conmigo se vuelve de mantequilla-. Porque en España todo el «people» es conservativo, ya que trata de conservar todo lo que tiene sin repartir nada de nada. Lo mismo que la Thatcher me lo dice su imitador Ronald Reagan, que es amiguete mío desde que hacía de vaquero en las películas cuyos guiones yo escribía (con seudónimo, claro está, porque ¡cualquiera se atrevería a firmar semejantes bodrios!). Hablaré del gobierno de coalición durante mi almuerzo con Jordi Pujol, que me adula para que invierta parte de mi fortuna en Catalunya. Hablaré del mismo tema durante mi cena con Garaicoechea, cuyo nombre lo he convertido en una exclamación amistosa con la cual le saludo: - ¡Garai! ¡Pero si es el lendakari! Espero que estos dos pájaros autonómicos me darán su conformidad, pues tanto a Poldo como a Felipe ya los tengo casi convencidos. Y quiero dejar este asunto resuelto antes del invierno, ya que he prometido a Elizabeth Taylor pasar con ella el fin de semana, y no quisiera dar un plantón que desmoralice a esta pobre gorda. |
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