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Antiguo 01-07-2008, 13:13:38
gsmiga
 
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Predeterminado Bentham.

Este señor, que respondía al profético patronímico de Jeremías, nació en 1748.
Fué distinguido como el primero de los llamados "Radicales filosóficos", aún
que su conversión al radicalismo no tuvo lugar hasta 1808. Era tímido, y aún
que escribió abundantemente, no se molestó en publicar nada. Sí lo hicieron
sus amigos aprovechándose de los papeles que le escamoteaban.
A él, lo que le interesaba en serio era el Derecho, sobre todo su aplicación
por medio de la jurisprudencia. En éste campo de sus inquietudes no tenía re
paro en admitir como sus predecesores a Helvecio y Beccaria. Y fué a través
de su exámen de la Ley, como llegó a interesarse por la moral y la política.
Su doctrina era muy símple, porque opinaba que lo bueno es el placer o la feli
cidad-que para él eran lo mismo-y lo malo es el dolor y el sufrimiento. Por
tanto una situación será mejor que otra si implica mayor cantidad de placer
que de dolor; o, por lo menos, una menor cantidad de dolor que de placer. Y
de ahí, estimaba que de todas las posíbles situaciones, la mejor sería aquella
que implicase mayor diferencia entre la cantidad de placer-positiva- y la de
dolor-negativa-.
Esta doctrina no es novedosa, porque ya la defendió en 1725, Hutcheson, aún
que Bentham la atribuye a Priestley, el cual no tiene ningún derecho a ella.
La verdad es que la doctrina está contenida en Locke, aúnque su mérito no es
tá en la definición de la doctrina en sí, sino en la aplicación de la misma
a diversos problemas prácticos.
Hay que señalar que Bentham afirmaba que cada indivíduo persigue siempre lo
que estima mejor para su propia felicidad. Y el papel del legislador debe re
ducirse a la armonización entre interés público y privado. Es por interés
público por el que debo abstenerme de atracar a otros, pero eso va en contra
de mi interés propio, por tanto debe existir una ley penal efectíva, que me di
suada de conseguir mi felicidad particular. Éste es el método ideal para ha
cer coincidir el interés individual con el comunitario, y por tanto su justi
ficación. Así, el culpable de un delito debe ser castigado por la ley penal,
no porque se le odie particularmente, sino con el fin de impedir el crímen. Y
a éste respecto, es más importante que el castigo sea cierto que severo. Esto
tiene juestificación en la ley criminal de la época, porque se castigaban con
la muerte delitos menores, tal como el robo de una gallina, y por eso, los ju
rados reaccionaban con frecuencia negándose a admitir la evidencia del delito
que se les presentaba, ante la magnitud de la pena que se impondría con su
acuerdo. Lo que tenía como desagradable consecuencia que muchos delincuentes
salieran absueltos de los tribunales. Y por eso Bentham abogaba por la supre
sión de la pena capital para la mayoría de los delitos, excepto de los más
graves; y el caso es que, antes de su muerte, había sido suavizada la ley pe
nal.
Por lo que se refiere a la ley civil, estimaba que debía orientarse hacia cua
tro supuestos fundamentales: la subsistencia, la abundancia, la seguridad y
la igualdad. Poco se preocupó por la libertad, y llegó a admirar a déspotas
benignos, como Catalina la Grande y el emperador Francisco. Y no se recataba
de manifestar su desprecio de la doctrina de los derechos del hombre, a la
que calificaba de "estupidez". Júzguese su opinión sobre la Declaración de los
derechos del hombre: afirma que es "una obra metafísica, el non plus ultra de
la metafísica". Dice que sus artículos son de tres clases: 1) Los que son inin
teligibles, 2) los que son falsos, 3) los que son ambas cosas. Él, como Epicu
ro, tenía el máximo respeto por la seguridad, y no por la libertad..."Las gue
rras y las tormentas son buenas para leídas, pero la paz y las calmas son mejo
res de sufrir".
Se decidió por el radicalismo por dos causas: 1) Porque pensaba que la creen
cia en la igualdad, deducida del cálculo del placer y la pena, justificaba la
opción por aquella. 2)Por su inflexíble decisión de someterlo todo al imperati
vo de la razón, según él la entendía. Y su aprecio a la igualdad le indujo a
defender la división de las propiedades de un hombre en partes iguales entre
todos sus hijos, oponiéndose a la libertad de disposición testamentaria. Ésa
forma de pensar le llevó a oponerse a la aristocracia y la monarquía heredita
rias, y a luchar por una democracia que incluyese el voto femenino. Por otra
parte, su apelación constante a la razón le indujo a rechazar la creencia en
Dios y en toda clase de religiones. También rechazó las anomalías y absurdida
des de leyes mantenidas por su antigüedad o por su orígen histórico, que en
contraba opuestas a la razón.
El otro gran principio de su filosofía es, aparte del "principio de la mayor
felicidad", el "principio de asociación", profusamente seguido con posterio
ridad por la ciencia psicológica. Éste último ya había sido resaltado en
1749 por Hartley, aúnque ya se admitía anteriormente que ocurría, se califica
ba banalmente-Locke así lo hace-como fuente de errores que podían conducir a
conclusiones falaces. Sin embargo, Bentham siguiendo a Hartley hizo de él un
pricipio básico de la psicología. A través de él se propone la explicación
determinista de los sucesos mentales. Equivale para la mente, a la doctrina
del reflejo condicionado de Pavlov en fisiología. Por eso la obra del médico
ruso fué objeto de interpretación materialista por los behavioristas. La teo
ría dice más o menos que dado un reflejo según el cual un estímulo B produce
una reacción C, y dado que un perro ha experimentado frecuentemente un estímu
lo A al mismo tiempo que el B, sucede a menudo que con el tiempo el estímulo A
producirá la reacción C incluso cuando B esté ausente. La determinación de
las circunstancias en las cuales sucede esto, es cuestión de experimento. Y
claramente se observa que si se sustituye A, B y C por ideas, el principio de
Pavlov se transforma en el de asociación de ideas. La cuestión a resolver ra
dica en que ambos principios pueden ser válidos hasta cierto extremo, pero ha
ría falta delimitar la extensión de dicho extremo. Esto no lo hizo Bentham,
que se limitó a seguir a Hartley sin investigar a fondo la cuestión anterior,
igual que los behavioristas hicieron siguiendo a Pavlov.
Lo que ocurría es que para Bentham era muy importante la cuestión determinista
en psicología, porque andaba atareado en la investigación de un sistema legal,
que más tarde extendería a toda la organización social, que posibilitaría la
conversión automática de los hombres en virtuosos. Y aquí entró el otro princi
plo antecitado de la "mayor felicidad", necesario para definir la "virtud".
En James Mill tuvo un fiel discípulo y ardoroso defensor de sus doctrinas, y
también un radical activo. Lo cierto es que durante la mitad del siglo XIX, la
influencia de los "utilitaristas" benthamistas fué tremenda en el Gobierno in
glés, viéndose traducida al desarrollo de la política y legislación del país.
En cierto sentido, Bentham parece anticiparse a Marx. En su obra sobre sofis
mas políticos afirma que las morales sentimentales y ascéticas favorecen los
intereses de las clases gobernantes, y son producto del régimen aristocrático.
Porque los que predican la moral del sacrificio lo que en reralidad desean es
que otros se sacrifiquen por ellos. Él sostiene que el orden moral tiene como
fundamento el equilibrio de los intereses, y que las corporaciones gobernantes
afirman, falazmente, que los intereses de gobernantes y gobernados son los mis
mos, pero eso va en contra de los reformadores, que hacen ver con claridad que
dicha identidad de intereses es inexistente. Sigue diciendo que únicamente el
principio de utilidad puede servir de criterio moral para una legislación que
establezca la base de la ciencia social.
Hay un bache en su argumentación, que no percibe. Si todos los hombres persi
guen siempre su propio placer...¿cómo se puede estar cierto de que el legisla
dor persiga siempre el placer de la sociedad en general? El creía que la demo
cracia, combinada con elementos de vigilancia y control adecuados, podría con
trolar a los legisladores en forma tan absoluta, que forzosamente estarían
obligados a buscar y trabajar por el interés general para beneficiar sus pro
pios intereses particulares. Claramente vemos hoy que no es así. Pero en su
descargo habrá que señalar que en su época se carecía de material sociológico,
psicológico y político suficiente para formar juicio serio acerca del funcio
namiento de las instituciones democráticas de gobierno. Por eso su optimismo
era, ciertamente, justificable, aúnque hoy nos parezca completamente ingénuo.
Pero por encima de todo quedan su rectitud de intención y su buena voluntad.
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