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| Este señor, que respondía al profético patronímico de Jeremías, nació en 1748. Fué distinguido como el primero de los llamados "Radicales filosóficos", aún que su conversión al radicalismo no tuvo lugar hasta 1808. Era tímido, y aún que escribió abundantemente, no se molestó en publicar nada. Sí lo hicieron sus amigos aprovechándose de los papeles que le escamoteaban. A él, lo que le interesaba en serio era el Derecho, sobre todo su aplicación por medio de la jurisprudencia. En éste campo de sus inquietudes no tenía re paro en admitir como sus predecesores a Helvecio y Beccaria. Y fué a través de su exámen de la Ley, como llegó a interesarse por la moral y la política. Su doctrina era muy símple, porque opinaba que lo bueno es el placer o la feli cidad-que para él eran lo mismo-y lo malo es el dolor y el sufrimiento. Por tanto una situación será mejor que otra si implica mayor cantidad de placer que de dolor; o, por lo menos, una menor cantidad de dolor que de placer. Y de ahí, estimaba que de todas las posíbles situaciones, la mejor sería aquella que implicase mayor diferencia entre la cantidad de placer-positiva- y la de dolor-negativa-. Esta doctrina no es novedosa, porque ya la defendió en 1725, Hutcheson, aún que Bentham la atribuye a Priestley, el cual no tiene ningún derecho a ella. La verdad es que la doctrina está contenida en Locke, aúnque su mérito no es tá en la definición de la doctrina en sí, sino en la aplicación de la misma a diversos problemas prácticos. Hay que señalar que Bentham afirmaba que cada indivíduo persigue siempre lo que estima mejor para su propia felicidad. Y el papel del legislador debe re ducirse a la armonización entre interés público y privado. Es por interés público por el que debo abstenerme de atracar a otros, pero eso va en contra de mi interés propio, por tanto debe existir una ley penal efectíva, que me di suada de conseguir mi felicidad particular. Éste es el método ideal para ha cer coincidir el interés individual con el comunitario, y por tanto su justi ficación. Así, el culpable de un delito debe ser castigado por la ley penal, no porque se le odie particularmente, sino con el fin de impedir el crímen. Y a éste respecto, es más importante que el castigo sea cierto que severo. Esto tiene juestificación en la ley criminal de la época, porque se castigaban con la muerte delitos menores, tal como el robo de una gallina, y por eso, los ju rados reaccionaban con frecuencia negándose a admitir la evidencia del delito que se les presentaba, ante la magnitud de la pena que se impondría con su acuerdo. Lo que tenía como desagradable consecuencia que muchos delincuentes salieran absueltos de los tribunales. Y por eso Bentham abogaba por la supre sión de la pena capital para la mayoría de los delitos, excepto de los más graves; y el caso es que, antes de su muerte, había sido suavizada la ley pe nal. Por lo que se refiere a la ley civil, estimaba que debía orientarse hacia cua tro supuestos fundamentales: la subsistencia, la abundancia, la seguridad y la igualdad. Poco se preocupó por la libertad, y llegó a admirar a déspotas benignos, como Catalina la Grande y el emperador Francisco. Y no se recataba de manifestar su desprecio de la doctrina de los derechos del hombre, a la que calificaba de "estupidez". Júzguese su opinión sobre la Declaración de los derechos del hombre: afirma que es "una obra metafísica, el non plus ultra de la metafísica". Dice que sus artículos son de tres clases: 1) Los que son inin teligibles, 2) los que son falsos, 3) los que son ambas cosas. Él, como Epicu ro, tenía el máximo respeto por la seguridad, y no por la libertad..."Las gue rras y las tormentas son buenas para leídas, pero la paz y las calmas son mejo res de sufrir". Se decidió por el radicalismo por dos causas: 1) Porque pensaba que la creen cia en la igualdad, deducida del cálculo del placer y la pena, justificaba la opción por aquella. 2)Por su inflexíble decisión de someterlo todo al imperati vo de la razón, según él la entendía. Y su aprecio a la igualdad le indujo a defender la división de las propiedades de un hombre en partes iguales entre todos sus hijos, oponiéndose a la libertad de disposición testamentaria. Ésa forma de pensar le llevó a oponerse a la aristocracia y la monarquía heredita rias, y a luchar por una democracia que incluyese el voto femenino. Por otra parte, su apelación constante a la razón le indujo a rechazar la creencia en Dios y en toda clase de religiones. También rechazó las anomalías y absurdida des de leyes mantenidas por su antigüedad o por su orígen histórico, que en contraba opuestas a la razón. El otro gran principio de su filosofía es, aparte del "principio de la mayor felicidad", el "principio de asociación", profusamente seguido con posterio ridad por la ciencia psicológica. Éste último ya había sido resaltado en 1749 por Hartley, aúnque ya se admitía anteriormente que ocurría, se califica ba banalmente-Locke así lo hace-como fuente de errores que podían conducir a conclusiones falaces. Sin embargo, Bentham siguiendo a Hartley hizo de él un pricipio básico de la psicología. A través de él se propone la explicación determinista de los sucesos mentales. Equivale para la mente, a la doctrina del reflejo condicionado de Pavlov en fisiología. Por eso la obra del médico ruso fué objeto de interpretación materialista por los behavioristas. La teo ría dice más o menos que dado un reflejo según el cual un estímulo B produce una reacción C, y dado que un perro ha experimentado frecuentemente un estímu lo A al mismo tiempo que el B, sucede a menudo que con el tiempo el estímulo A producirá la reacción C incluso cuando B esté ausente. La determinación de las circunstancias en las cuales sucede esto, es cuestión de experimento. Y claramente se observa que si se sustituye A, B y C por ideas, el principio de Pavlov se transforma en el de asociación de ideas. La cuestión a resolver ra dica en que ambos principios pueden ser válidos hasta cierto extremo, pero ha ría falta delimitar la extensión de dicho extremo. Esto no lo hizo Bentham, que se limitó a seguir a Hartley sin investigar a fondo la cuestión anterior, igual que los behavioristas hicieron siguiendo a Pavlov. Lo que ocurría es que para Bentham era muy importante la cuestión determinista en psicología, porque andaba atareado en la investigación de un sistema legal, que más tarde extendería a toda la organización social, que posibilitaría la conversión automática de los hombres en virtuosos. Y aquí entró el otro princi plo antecitado de la "mayor felicidad", necesario para definir la "virtud". En James Mill tuvo un fiel discípulo y ardoroso defensor de sus doctrinas, y también un radical activo. Lo cierto es que durante la mitad del siglo XIX, la influencia de los "utilitaristas" benthamistas fué tremenda en el Gobierno in glés, viéndose traducida al desarrollo de la política y legislación del país. En cierto sentido, Bentham parece anticiparse a Marx. En su obra sobre sofis mas políticos afirma que las morales sentimentales y ascéticas favorecen los intereses de las clases gobernantes, y son producto del régimen aristocrático. Porque los que predican la moral del sacrificio lo que en reralidad desean es que otros se sacrifiquen por ellos. Él sostiene que el orden moral tiene como fundamento el equilibrio de los intereses, y que las corporaciones gobernantes afirman, falazmente, que los intereses de gobernantes y gobernados son los mis mos, pero eso va en contra de los reformadores, que hacen ver con claridad que dicha identidad de intereses es inexistente. Sigue diciendo que únicamente el principio de utilidad puede servir de criterio moral para una legislación que establezca la base de la ciencia social. Hay un bache en su argumentación, que no percibe. Si todos los hombres persi guen siempre su propio placer...¿cómo se puede estar cierto de que el legisla dor persiga siempre el placer de la sociedad en general? El creía que la demo cracia, combinada con elementos de vigilancia y control adecuados, podría con trolar a los legisladores en forma tan absoluta, que forzosamente estarían obligados a buscar y trabajar por el interés general para beneficiar sus pro pios intereses particulares. Claramente vemos hoy que no es así. Pero en su descargo habrá que señalar que en su época se carecía de material sociológico, psicológico y político suficiente para formar juicio serio acerca del funcio namiento de las instituciones democráticas de gobierno. Por eso su optimismo era, ciertamente, justificable, aúnque hoy nos parezca completamente ingénuo. Pero por encima de todo quedan su rectitud de intención y su buena voluntad. |
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