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| Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había dibujado en las comisuras de la boca un perpétuo rictus despectivo. La verdad es que no tenía buen concepto de sus congéneres. Porque Xocas-así le llamaban-se conside raba un hombre virtuoso en comparación con los demás. Era viudo. Su difunta tuvo, un buen día, la sana ocurrencia de morise, saciada de asco y tedio. Habían tenido una hija, Generosa, a la que su padre había tra tado con la misma afección que al can de palleiro que alimentaba con las so bras de su escueta pitanza. La muchacha se había casado muy joven, para escapar de la siniestra tutela paterna. Desde entonces, Xocas, muy satisfecho, vivía so lo. Se alimentaba frugalmente, con las legumbres que él mismo cultivaba. A veces añadía algunos chinchos al magro condumio, y tan contento. No fumaba porque era un vicio infecto. Tampoco bebía porque era caro. Y no iba con mujeres porque su edad le alejaba de la concupiscencia. Su aseo corporal era por demás somero. Una vez al trimestre se lavaba los pies. Una vez al mes, se refrescaba los soba cos. Y lo hacía con agua de la acequia, por ahorrar agua corriente, que a co bran coma se fose petróleo. Tampoco la calentaba, por aforrar butano. Y tan me ritorio sacrificio, le ocasionaba, cada vez que se lavaba, tremendas bronquitis, que lo llevaban al médico en busca de remedio. Iba a gusto, porque la asisten cia y las recetas nada costaban. Experimentaba un placer indescriptíble cuan do en la farmacia, a cambio de la receta le daban los medicamentos tan bien en vasados, tan nuevecitos, completamente "jratis". Entonces se iba paseando len tamente hacia su casa, experimentando el increíble gozo de llevar en la mano algo suyo que le había caido del cielo. En cierta ocasión atrapó a una comadreja. Iba a matarla, pero su mente calcula dora le hizo pensar en sacarle rendimiento. La metió en una jaula que armó con unos alambres, la tapó con un pedazo de manta vieja, se fué a la feria de Lis tanco, y colocó un letrero para llamar la atención de papanatas y galopines: a cambio de una peseta, levantaba la manta y exhibía su presa unos minutos. Vol vió a casa con cinco duros campaneando alegremente en su bolsillo. ¡Un nejosio! Alimentó al bicho con un poco de maiz, y con algún ratón campesino despistado, y se dedicó a echar cuentas a la luz de una pupinela de aceite-había que afo rrar lus eléutrica, que vai carísma-sobre los rendimientos que podría sacar a su industria recorriendo las ferias de la comarca. Generosa iba a verlo una vez al mes, y aprovechaba para darle una vuelta a la casa. A Xocas no le gustaba aquella muestra de afección filial. Pensaba que a su hija podría ocurrírsele pedirle algo a cambio el día menos pensado. Non fai falla que te molestes, muller, eu enténdome soio. Boeno, papai, a casa hay que aireala de cando en ves. Él meneaba la cabeza mostrando su desagrado, y se iba a la cocina a ver se fervían os grelos. Otra vez, Belarmino, el primo de su difunta, pasó con el ganado por la veiga de Xocas. Era una costumbre que había adquirido con el consentimiento del ma trimonio. Pero aquello se acabó, porque ni corto ni perezoso, Xocas se fué a ver al juez de paz y denunció el caso. Hubo una avenencia amistosa, y Venancio aceptó "resarcir" a Xocas con una cantidad simbólica. Nuestro hombre salió del juzgado brincado de gozo. Se había embolsado coarenta pesos...sen avojado nin ostias...Y se había sacado de encima al Belarmino para siempre jamás. Era lo que siempre había pensado...a gusticia sempre lle da a rasón a quen a ten, madia leva. Los últimos días del mes eran para Xocas la quintaesencia de la felicidad. Se iba a la caixa de aforros, a ver si le habían ingresado la pensión. Entregaba la cartilla al empleado para que se la pusiese al día, y luego se deleitaba con templando el nuevo guarismo que acreditaba que era un poco más rico. Recreándo se en el suerte, ordenaba al funcionario que le entregase una parte, poca cosa, lo necesario para hacer frente a los mínimos gastos que tenía. Se metía los cuartiños en el peto, y se iba acercando hasta su casa, gozando el inmenso albo rozo de saber que tenía en su poder algo que le daban a cambio de nada. Para su mezquina alma, el dinero tenía todo el poder taumatúrgico que para otros repre sentan acendradas creencias inmmateriales. Vivía miserablemente...con la seguri dad de que nada le faltaría. Un día ocurrió lo que siempre había temido. Generosa fué a verlo, y le contó que su marido estaba en el paro, y que a ella se le había presentado la ocasión de coger el traspaso de un modesto quiosco de prensa. Poca cosa. Con un millón podría arreglarse. Le pedían un poco más, pero tenía unos ahorros que iba a em plear allí. En el plazo de dos años esperaba devolver el préstamo y los intere ses que acordasen...Ti pensas que os cartos medran nas maceiras-respondió Xocas malhumorado-se tivera o millón que pides, eu era rico...Veña, papai, vostede ben sabe que llo hei devolvere; non diga que no ten ises cartos, porque ben sa be que minte... ¡Non teño tal! Vaite e non volvas. Generosa se fué, y Xocas experimentó un sentimiento de alivio. La gente tenía que acostumbrarse a vivir con sus propios medios. Era una desconsideración que viniese a molestar a su anciano padre...¡por dinero! Aquello era el colmo. Si uno le fuese dando a la gente todo lo que pide, caería en la más negra miseria. Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta. Lo que pasa es que a nadie se le ocurre pensar en los demás, y todo es pedir, y venga a pedir. No se can san nunca. Ya sabía él que aquellas visitas iban a terminar así. Por si las moscas, Xocas se cerró en casa a cal y canto. Si alguien llamaba, no abría, no fuera a ser Generosa. Si tenía que salir, daba dos vueltas al cerro jo, y se aseguraba de que estaban todas las ventanas cerradas. Procuraba, espe cialmente, tener la casa cerrada aquellos días del mes en que solía venir su hija, para dar la impresión de que estaba fuera. Y se cercioró de que la caja metálica en que guardaba la cartilla, estaba bien oculta debajo de una tabla suelta del piso de su dormitorio, tapada con la alfombra. Todas las precaucio nes son pocas cuando la gente pide cuartos. En tales casos la conciencia se ha ce elástica como la goma...y uno tiene la obligación de mirar por sí mismo. Una mañanita que estaba en el sobrado eligiendo unos ajos para hacerse una so pa, sintió una especie de soponcio. Bajó a la cocina con intención de hacerse una manzanilla, pero antes de prender lumbre se sintió mucho peor. Entonces, trastabillando se fué al dormitorio, y allí se le nubló la vista y cayó redon do encima de la alfombra que cobijaba su tesoro. Su cuerpo quedó frontero a la pared, justo debajo de una imagen de la Milagrosa, de la que siempre fué devo ta su difunta, aúnque nunca se obró el milagro que esperó toda su vida. -¡Probiño-exclamó una piadosa vecina cuando encontraron el cuerpo de Xocas-sei ca lle pregaba a Nosa Señora! La pobre Generosa, que estaba presente, recordó aquella sentencia evangélica ...."donde el hombre guarda su tesoro, allí tiene su corazón". Ella, que igno rándolo su padre, conocía su secreto, sabía con certeza cual había sido su úl tima oración. |
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| Jeje gracias gsmiga, me parece que lo estoy viendo. "gsmiga" <manuf_81***mixmail.com> escribió en el mensaje de noticias 391l5-mr.ln1***news.uned.es...> > Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había > dibujado > en las comisuras de la boca un perpétuo rictus despectivo. La verdad es > que no > tenía buen concepto de sus congéneres. Porque Xocas-así le llamaban-se > conside > raba un hombre virtuoso en comparación con los demás. |
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| On 16 jul, 15:19, gsmiga <manuf...***mixmail.com> wrote: > Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había dibujado > en las comisuras de la boca un perpétuo rictus despectivo. La verdad esque no > tenía buen concepto de sus congéneres. Porque Xocas-así le llamaban-se conside > raba un hombre virtuoso en comparación con los demás. Es buenísima, gsmiga, tu descrición del personaje. Me ha gustado mucho y he pasado un rato estupendo leyéndolo. O sea que, con más palabrejas y menos salero, te vengo a decir lo mismo que Sciuro. Gracias. Saludos, Blanca |
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| Hay siempre algo esencial, básico en tus historias; una suerte de espina dorsal a partir de donde todo fluye organizadamente. Es de agradecer. Saludos :-) "gsmiga" <manuf_81***mixmail.com> escribió en el mensaje news 391l5-mr.ln1***news.uned.es...> Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había > dibujado |
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| "gsmiga" <manuf_81***mixmail.com> escribió en el mensaje news 391l5-mr.ln1***news.uned.es...> > Joaquín López Villamil, era bajo, rechoncho y calvo. La edad le había > dibujado > en las comisuras de la boca un perpétuo rictus despectivo. Seb.- Tiendes a dibujar figuras monolíticas, de una sola línea. Es interesante, pero no debe ser fácil. Supongo que, para decir algo que valga la pena, hay que cavar más a fondo de lo corriente. En "Avaro" me ha parecido valiosa la convicción que tenía el hombre, por las buenas, de que no le convenía que su hija lo visitara. Profundo y sutil. Saludos. Sebastián. |
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