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| Teniendo el matrimonio una raíz-en sus orígenes-puramente economicista. Es ho ra de examinar el papel de la mujer dentro de la Institución. Me refiero al hecho práctico-tan denostado por el feminismo, con razón-de la conversión de la mujer en "propiedad" del marido. Bueno, está claro que la mujer, por su capacidad gestante, es elemento princi palísimo para la conservación de la especie, y además, del acrecimiento del patrimonio familiar, a través de su descendencia. No cabe duda, que aquellos eran tiempos más recios que los actuales, y el valor de las mujeres, en una economía primaria, era trascedental. De hecho, todas las familias se preocu paban mucho de "administrar" su cupo femenino de forma favorable a sus inte reses. Podrá parecer muy rudo-de hecho lo era-pero la mujer era una pieza fundamental de la economía familiar. Por eso se procuraba casarla con personajes de otros "clanes", para fundar consorcios familiares, evitar rencillas, y acumular pa trimonios. Y entonces a la mujer no se le podía consentir que fuese agente pro pio de su acoplamiento matrimonial, que pasaba a ser cuestión secundaria ante los otros intereses familiares que, como vimos, eran los que contaban en rea lidad. La mujer pasaba de ser propiedad paterna, para convertirse en propiedad de su marido, con el que fundaría una nueva estirpe que acumularía, en su día, las propiedades de ambas familias. Y como valor económico y social que era, la mu jer, tenía un "precio", que el pretendiente pagaba al progenitor para adquirir "ése valor económico" que representaba su futura señora. Aquellos eran tiempos duros, sujetos a una supervivencia elemental, dentro de una existencia basada positivamente en el valor que cada familia pudiese agen ciarse, porque no había Seguridad Social, ni paro, ni sanidad, ni nada de nada. Y las cosas continuaron así, durante milenios. Llegó la Edad Media, con su "amor trovadoresco"-únicamente asequíble para damas de alto copete-que idealizó a la mujer, a la cual previamente había ennoblecido el Derecho Romano y, posteriormente la Iglesia. Ciertamente, la mujer seguía estando sometida a la férrea tutela, primero del "pater familias", y luego de su marido, que abonaba la correspondiente "dote" para matrimoniar con ella; y por lo que toca a los intereses sociales, seguían reducidos a la necesidad de acrecimiento patrimonial de las familias. Por tanto, fuera de las galanterías que las damas opulentas recibían de su pretendientes, que trataban de caerle bien sobre todo al papá de la futurible, poco adelantaron las mujeres en aras de la consecución de su soñada libertad. Porque en el fondo, las cosas seguían igual que en sus orígenes: necesidad de acumular patrimonio, poder, riqueza y gloria, concretada a través de los correspondientes blasones nobiliarios. Llegó el Romanticismo, y un cierto aire nuevo se precibió en la Institución: por primera vez en la Historia los "sentimientos" pasaron a ocupar un valor acreditado dentro de una relación, en orígen, puramente utilitarista. Las se ñoritas bebía vinagre, para adquirir aspecto clorótico, porque eso se conside raba fundamental en una dama cultivada y "sentimental"; y poco a poco-a pesar de que en pleno siglo XIX, se seguían "concertando" matrimonios con arreglo a los más variopintos intereses-, la aparición en el XVIII de la nueva clase bur guesa ajena a la "nobleza de la tierra" introdujo una nueva forma de enfocar el matrimonio en que, progresívamante fué ganando cuerpo la apetencia femeni na en cuanto a su futuro matrimonial. Lo cual fué muy razonable y hoy es algo completamente consolidado, que a nadie con dos dedos de frente se le ocurre cuestionar. Pero es muy importante recalcar que, al revés de lo que algunos di cen, no fué la lucha femenina por lograr su emancipación, sino la suvización de los tiempos, que progresívamente dejaron de ser de supervivencia pura y du ra, y se tornaron propicios, al compás del progreso creciente, al ejercicio de unos derechos que hasta entonces ni siquiera se habían considerado, los que pro piciaron la "revolución matrimonial". Claro que las mujeres salieron ganando... y nosotros también. Porque ahora, por lo menos, nos "aman". O eso dicen. Y yo opino que es mejor creerlo. |
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